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Las bellezas de Galicia, de Antón Baamonde en El País de Galicia
En sus últimos años mi padre pasaba muchas de sus tardes cuidando un pequeño curro -una extensión de pinos, robles y abedules, tal vez algún castaño- en Sancobade, al pie de Vilalba. Lo hacía por precaución, para limpiar el bosque de matorral y así evitar incendios, pero también para conversar con la gente que pasaba y con la que se demoraba sin contar el tiempo y porque, de algún modo, ese pequeño pedazo de tierra lo conectaba a lo que había sido su origen. Era una actitud en la que se mezclaba lo práctico y lo sentimental. Quién sabe qué asociaciones desataría en su mente el cuidado de aquel lugar. Tal vez la frase de Renan “la patria son la tierra y los muertos”, tan del gusto romántico, estuviese cerca de su ánimo.
Es un sentimiento que el galleguismo, que fue un movimiento que se correspondió con una sociedad agraria, como lo fue la infancia de mi padre en los años 20, supo expresar. Pero entre tanto, Galicia ha ido cambiando su estructura social y, con ella, los presupuestos de su sensibilidad. Hablar de la saudade o del sentimiento del paisaje como caracteres del pueblo gallego es algo que era plausible hasta hace 40 ó 50 años. Pero hoy el tono del país lo da mejor la reciente huelga del metal, el anuncio del Sergas de eliminar las peonadas o las discusiones sobre áreas metropolitanas y fusiones financieras. Nos hemos vuelto una sociedad moderna: qué le vamos a hacer.
En los años 60 fue muy popular un álbum de cromos, Las bellezas de Galicia, inspirado en las Estampas de Galicia que 50 años atrás había publicado el fotógrafo Ksado. Las fotografías ofrecían una imagen del país llena de paisajes bucólicos, puestas de sol en las rías, imágenes de los hórreos de Carnota o Combarro, y fotos de los pueblos aún no estragados por corporaciones venales. Era, por supuesto, una imagen que respondía a un tópico. Pero también mostraba una conciencia estética que oscilaba entre las convenciones del género -la fotografía con tipismo- y la iconografía del país que habían creado gentes como Asorey, Castelao o Sotomayor, inspirados por la pintura flamenca -Franz Hals, Pieter Brueghel- o por gentes como el pintor vasco Zubiaurre. Es una línea de sensibilidad que se ha ido diluyendo.
Entre tanto, la bandera del romanticismo la han recogido los ecologistas. La lucha por la preservación del medio ambiente es también la lucha por evitar que las formas más depredadoras de capitalismo hagan de su capa un sayo y aprovechen las riquezas naturales sin retorno social alguno. Galicia sabe mucho de esto: Fenosa es sólo un ejemplo entre otros muchos. Además de las sucesivas leyes de ordenación del territorio -sobre las que cabe preguntar si alguna vez han ordenado algo- basta con leer los periódicos para que uno se entere de cómo se le permite a Iberdrola secar en distintos tramos el Sil o de cómo el nuevo Gobierno, con un sentido de la libertad siempre encendido, concede licencias para canteras y piscifactorías y relaja la protección del paisaje costero e interior. Y qué vamos a decir de las vicisitudes de las concesiones eólicas, la próxima futura estafa. El uso adquirido del lenguaje llama conservadores a los que, de hecho, no lo son. No conservan ni protegen nada.
La historia de la privatización de los recursos naturales, desde las presas en los ríos hasta las bateas en el mar, es recurrente. Nuestro desorden, antológico. Habríamos podido ser Holanda pero de cuando en cuando nos asalta la duda de si no nos parecemos más bien a Sicilia. Aunque el nuestro es hoy un país de trabajadores, a los que interesa un fuerte compromiso de la Administración para regular y proteger derechos, sigue imperando lo peor de la mentalidad heredada: la creencia de que si uno tiene un solar nadie puede impedirle alzar un edificio de 20 plantas, aunque en la calle adyacente no se pase de las dos o, mucho menos, que una tierra pueda enajenarse, aún con la compensación más justa pensable.
Buena parte de nuestras discusiones públicas lo son entre el intento de establecer criterios racionales -de instituir una cierta modernidad- y esa anarquía conservadora que amalgama a los entusiastas del capitalismo sin reglas con el criterio del paisano que considera inadmisible cualquier intromisión en su propiedad. Está claro que en los últimos 30 años habríamos podido hacer las cosas mucho mejor si fuésemos una sociedad más culta y consciente. Pero ha imperado el tipo social del nuevo rico, gente sin complejos que ha pasado por encima de lo que ha podido. Con mucha frecuencia, por cierto, con el aplauso público. Entre nosotros hay mucho paleto que admira al cínico, al trepa y al oportunista con no disimulada satisfacción, aunque a él no le vaya nada en ello, y aún siendo un perjudicado. Son las paradojas de un crecimiento económico muy veloz pero también muy desequilibrado, como iremos comprobando en lo sucesivo.
Sanxenxo, de Antón Baamonde en El País de Galicia
Sanxenxo es nuestro más conspicuo fenómeno de gregarismo estival. La atracción magnética que ejerce sobre la gente con pretensiones es total y absoluta. La playa de Silgar, las terrazas en las que se practica un marujeo sin restricciones (¡qué es una terraza si en ella no se puede ejercer el marujeo!) y las discotecas por las que se deja ver un cierto who?s who compone sin duda el conjunto arquitectónico más efectista del verano. El adobo de la muchachada madrileña, mezclada con líderes políticos autóctonos y foráneos y doctores en estado de levitación permanente da el tono sobre un fondo de conversaciones acerca de matrimonios, comida, dinero y yates, -el nuevo objeto de distinción social, una vez que los coches han perdido su glamour-. La turbamulta que aquí se reúne hace de Sanxenxo un escaparate de primer orden. Es de suponer que, como es fama en los palcos futbolísticos, al hilo de las coincidencias se cerrarán también algunos tratos y se pedirán algunos favores. Galicia y España no serían lo que son sin estas cosas.
Pero más allá de la alegre atmósfera de las toallas en la playa y las tertulias en restaurantes y furanchos no deja de extrañar el prestigio entre horteras de este pueblo de urbanismo apelmazado y de notorias incomodidades. ¿Cómo ha llegado Sanxenxo aquí? Para encontrar la respuesta Internet es impagable. Curioseando por la red si uno busca las entradas del ítem “Sanxenxo” encontrará una sucesión interminable de anuncios de hoteles. Pero espigando aquí y allá podrá encontrar documentos como la ponencia redactada por Antonio Castro Martínez y Victoriano Andrés Otero Iglesias para el XXII congreso de Jueces para la Democracia titulado “El urbanismo en las Rías Baixas de Galicia. Sanxenxo como ejemplo paradigmático”. La tesis de los autores es clara y podría predicarse también de muchos otros pueblos del país: Sanxenxo ha desaparecido. Lo que queda de él es un ectoplasma, un cierto sabor en el aire que sólo aquellos que han conocido Sanxenxo antes de la destrucción podrán reconocer.
Aunque se trata de una ponencia para un congreso de juristas es fácil reconocer el tono de indignación ante la impunidad con la que infinidad de construcciones ilegales han sido premiadas. La historia de esa impunidad se detalla en el texto pero también es posible reconocer en él el dolor por la manera en que la belleza y la armonía fue sacrificada a manos del interés de unos pocos y el mal gusto de los más. La que fue villa de pescadores, salpicada con edificios pertenecientes a una nobleza de segundo orden y que en ningún caso pasaban de las dos alturas hasta 1960, ha sido tragada por un urbanismo de especuladores.
Esa especulación desmedida ha sido provocada por una versión del desarrollismo español. Sanxenxo fue el primer pueblo gallego que, ya en los años sesenta, celebró el “Día del turista” y lo que vino después no es sino el producto combinado de lo que los autores llaman el efecto Benidorm y el modelo Marbella -la conjunción del boom inmobiliario y agresivas campañas publicitarias-. Transcribamos esta escena, digna de una película de Berlanga y no diferente de otras que podemos leer hoy en la prensa. Al final, y más allá del maquillaje de modernos con el que disimulamos las fallas, aún no hemos salido de Paco Martínez Soria.
“Recién renovada la corporación municipal de 1973 se envió al Levante una Comisión Corporativa compuesta por tres concejales y un funcionario, para que recorrieran los pueblos más representativos del turismo, hablaran con sus alcaldes y trajeran a Sanxenxo sus conclusiones. Se puso a disposición de los comisionados un taxi de la localidad que los trasladó de pueblo en pueblo. La conclusión que los ediles sacaron del turístico viaje es que en Sanxenxo nunca se podría alcanzar el bienestar levantino mientras no se construyeran grandes edificaciones para apartamentos y hoteles, así como paseos marítimos. Claro está, a partir de ahí… manos a la obra. En aquella época no había ni diez hoteles. En 1989 pasaban ya de cincuenta y hoy son más de 150″.
En realidad, después de leer narraciones como ésta y pensando en lo que podría reservarle el futuro inmediato a otras zonas de nuestra costa hemos de darle gracias a Dios o a quién sea por el mal tiempo que suele acompañarnos. También, naturalmente, a las hipotecas subprime y a los ninjas que han causado el parón inmobiliario. Sin esos factores de disuasión nuestra costa habría sido esquilmada hasta el último centímetro a cargo de los más brutos entre nuestros paisanos. Veremos el gobierno de Núñez Feijóo qué hace a este respecto. Pero no es, desde luego, muy tranquilizador tener entre sus candidatos a Telmo Martín. No sé si la segunda modernización que promete el nuevo Presidente incluirá un modelo turístico sostenible o si volveremos a las andadas. Pero es de temer lo peor.
Galicia saldrá perdiendo, de Antón Baamonde en El País de Galicia
No hay que engañarse: cuando se explicite el nuevo modelo de financiación lo más probable es que Galicia salga perdiendo. Lo digo de modo condicional por pura prudencia y cortesía, porque lo lógico sería escribir directamente Galicia saldrá perdiendo. Ello es consecuencia de factores objetivos, de la progresiva pérdida de peso del país en términos demográficos y económicos pero también de factores políticos. Núñez Feijóo tendrá que lamentarse de haber cerrado el camino a la aprobación de un nuevo Estatuto para Galicia. Seguir al pie de la letra -cosa que no hicieron sus colegas andaluces, valencianos o castellanos- las consignas emanadas de la procaz prensa de derechas nos costará a todos una cifra contante y sonante.
Pero bien es verdad que esa actitud no fue castigada en las urnas. Ni nuestra prensa facilitó el debate, ni la opinión pública se sintió interpelada. Nuestro anarquismo conservador es ciego, inveterado y ligero de cascos. No quisimos entender que ese nuevo texto legal podría indicar requerimientos que hacer valer en la actual negociación. Dentro de unos años, sin embargo, veremos engrosada la lista de gallegos enredándose los tirabuzones y gimiendo ante el Muro de las Lamentaciones. Es la vieja historia del país, protagonizada por una derecha que no se avergüenza de tirar piedras contra su propio tejado.
Esa pérdida relativa de posiciones se hará más importante porque ya se acabaron los tiempos de las vacas gordas. No sólo el estado dispondrá de menos fondos para Galicia. Tampoco Europa soltará sus dineros, ya que nos hemos equiparado y otros nuevos países, más pobres, golpean a la puerta por el Este. Perderemos en porcentaje del PIB en relación con otras comunidades y aumentará la dualización de nuestra sociedad ya en marcha. Las diferencias entre ricos y pobres crecerán, como ya están haciéndolo. El Estado del Bienestar en Galicia se resentirá. En un país de viejos la parálisis de la aplicación de la Ley de Dependencia no ayudará.
Por supuesto, el cambio del modelo de financiación deriva de las luchas en curso por definir la evolución estratégica del Estado. La España de hoy es un escenario complejo en que los esfuerzos por federalizar el estado coexisten con pulsiones de fondo que intentan vaciar de competencias a las comunidades autónomas y renacionalizar el Estado. Si hubiese que poner un rostro los dos tipos ideales serían Pasqual Maragall y José María Aznar. Maragall llevó a cabo la tarea de aprobar un nuevo Estatuto que tenía como objetivo evitar la progresiva pérdida de peso económico de Cataluña apelando a la política. Aznar implementó, en una línea que viene de lejos, el peso demográfico, económico, e ideológico de Madrid, que es la clave de bóveda del nuevo nacionalismo español.
No hay ni que decir que el peso relativo de la administración es más importante en Galicia que en esas dos comunidades, de muy pujantes economías privadas, por lo que el peso de la política, a la hora de decidir el grado de bienestar colectivo, también es mayor. Eso hace que sobre los hombros de nuestros gobernantes recaiga una mayor responsabilidad. Sin embargo, la gestión de los recursos públicos nunca se ha caracterizado por su alto nivel de exigencia entre nosotros. La Cidade da Cultura y el puerto exterior de A Coruña amenazan con convertirse en los dos paradigmas clásicos de venalidad y lasitud. Se sabe que la una carece de proyecto alguno y que en el otro es difícil que puedan amarrar buques con contenedores en las épocas del año más crudas. Pero a ningún responsable eso le ha eximido de tirar para adelante.
Dicho de otro modo: lo que a Galicia le conviene es una España federal en la que hacer valer las demandas de autogobierno constitucionalmente legitimadas. Pero tener los instrumentos no sirve de nada si el que los maneja es ignorante, estúpido, incompetente o corrupto. Galicia carece de un modelo de crecimiento propio, dado que nadie se ha tomado la molestia de formularlo -habría que excluir tal vez a un par de economistas- y, mucho menos, de construir sobre él los ejes de un buen gobierno. Núñez Feijóo se presentó a las elecciones con este programa: austeridad y rebaja de impuestos. Es evidente que es una visión de una vulgaridad absoluta, un neoliberalismo de primero de carrera. Como el tiempo no lo remedie, el actual gobierno gallego seguirá dando muestras de no saber qué hacer.
Ni en los peores tiempos del bipartito se alcanzó el grado de desconcierto, ineptitud y despiste que caracteriza al actual Gobierno, formado casi al azar. La pura verdad es que los conselleiros no parecen tener idea alguna salvo la repetición de los mantras de la derecha más derecha. De momento, les ha ido bien con ello, tal vez por la novedad. Pero no se puede vivir toda la vida de consignas ni aunque sea de aquellas que halagan los oídos del público.
Valencia como hipótesis, de Antón Baamonde en El País de Galicia
La magnitud de la crisis económica puede estar ocultando un progresivo desplazamiento del eje izquierda/derecha en España que va mucho más allá de la actual coyuntura. Desde el derrumbe de la UCD y hasta mediados de los noventa era el PSOE el partido llamado a ejercer el gobierno. El PP apenas sí podía aspirar a ejercer una modesta oposición que se compensaba con su poder en algunas plazas fuertes, entre ellas Galicia. Pero la primera victoria de Aznar signó un profundo cambio: las clases medias españolas se mantienen leales desde entonces al proyecto conservador.
Ese partido ha sabido crear una constelación de medios de comunicación que, perdida la vergüenza de la derecha por su complicidad con el franquismo, han conseguido unificar su base social en torno a un núcleo ideológico fuerte: la unidad de España al estilo borbónico -un Madrid fuerte y unas provincias oscuras-, la movilización de la derecha religiosa y la defensa doctrinaria de la libertad de mercado vista con los ojos de Milton Friedman y tarareada a la manera de Hayek. La derecha no ha hecho más que modernizar sus ítems de toda la vida, pero con gran éxito de crítica y público. Tanto, que si el PSOE hubiese escogido a Bono -la versión de izquierdas del castizo populismo español- es sobrecogedor imaginar dónde estaríamos hoy.
La geometría de España es hoy bien distinta de la que fue en los años de Felipe González. El PP está ya en un práctico equilibrio con el PSOE al sur de Madrid. Andalucía sigue siendo el granero de votos de los socialistas, pero las distancias se han acortado considerablemente. Madrid y Valencia son hoy emblemas de los conservadores. Las antaño capitales de la República son hoy verdaderos agujeros negros de la izquierda. ¿ Y al norte? Al norte se juegan hoy dos gambitos que tienen por objeto la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán y la cada vez más cercana derrota de ETA, con la posterior recomposición del mapa político vasco. Nadie que haga política en España con visión de futuro puede dejar de hacer ejercicios de imaginación sobre el tablero resultante.
No es fácil que el PSOE pueda aspirar a seguir siendo el partido que en mayor medida representa a España. El pacto con el PP en Euskadi y la dificultad de encajar los intereses catalanes en la nueva financiación autonómica ponen piedras en su camino. No hay ni que decir que la ausencia de un discurso federal explícito le concede la iniciativa a una derecha que no tiene prejuicios a la hora de agitar todos los fantasmas del ¡se rompe España¡ con la mayor de las demagogias. Así que es probable que nos situemos en un escenario en el que los conservadores sustituirán al PSOE durante una larga fase como el partido con más posibilidades de ejercer el gobierno. Con, eso sí, presumiblemente un doble rostro: el de la derecha radical madrileña y el de un Rajoy -o quien le sustituya- más moderado, obligado a pactar con PNV y CiU, que tal vez regresaran en sus lomos al poder.
¿Qué implicaciones tiene todo ello en Galicia? De entrada, hay que entender que, si las hipótesis que manejo son plausibles, el PSdeG se verá llevado por la polarización política española a dibujar con mayor precisión su perfil de izquierdas. Esto tal vez no gustará a los dirigentes del socialismo gallego, pero parece inevitable. Además, Galicia será más necesaria para el PSOE. Con una relación de fuerzas tan justa entre los dos grandes partidos cada voto contará. Eso también significa que el PSdeG no podrá practicar lo que Manuel Fraga y Francisco Vázquez promovieron en el pasado: una especie de alianza tácita que tenía por objeto la clausura del espacio político a los nacionalistas. Para romper la hegemonía del PP el PSOE tendrá que reconstruir relaciones de confianza con los partidos nacionalistas que no presenten un desafío al Estado.
Otra posible implicación es una progresiva “valencianización de la política”. Por ello entiendo la aparición de una nueva hornada de conservadores con mentalidad y ansiedades de nuevo rico. Gentes que necesitan afirmarse a sí mismas en su nuevo estatus contra todo signo de identidad del país, empezando, como es lógico, por un idioma que les sigue pareciendo impropio de gentes con dinero y buena posición y al que ahora pueden acusar, con buena conciencia importada de los ideólogos del nuevo nacionalismo español, de ser impuesto por separatistas. En su imaginario, una Galicia sin proyecto propio: una costa edificada hasta la extenuación, turismo y balnearios en el atlántico y, eso sí, pulpo y tortilla. El desorden y la brutalidad de ciertas zafias y nuevas clases medias, en definitiva.
Ahora bien, si no forma parte de nuestro afán crear industria, ni capacidad tecnológica, ni una clase política digna de tal nombre, ¿qué nos quedará? El horizonte se presenta feo si hemos de estar en manos de gentes cuya mayor preocupación en la vida es que no los confundan con la gente que trabaja.
