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Los tres socialismos españoles, de Antonio Álvarez-Solís en Rebelión
El sólido periódico alemán «Die Welt» ha definido al Sr. Zapatero como un «sosoman», modismo que viene a decir que el gobernante español navega sin aguja de marear, o sea, que le da al timón como si fuera una ruleta. Esto ha llevado a otro gran rotativo germano, el «Frankfurter Allgemeine Zeitung», a preguntarse si Europa tiene algún seguro que cubra los posibles daños del semestre español. Es decir, que el Sr. Zapatero habrá de vivir su semestre como ciertas señoras pasan su mala semana, con una serie de molestias y una cierta melancolía.
La situación en La Moncloa es, pues, incómoda, lo que obliga a su titular y a sus principales asistentes a intensificar la guerra vasca, que tanto consuela y complace a los españoles que han regresado su vida a la contemplación de los laureles inmarcesibles que se solean en el secarral de Itálica famosa. La Guardia Civil, las banderas que baten el viento, un puñado de jueces empecinados y el Sr. Rubalcaba es lo que queda en el imaginario hispánico. Porque ya no permanece en pie ni el viejo partido socialista, dividido al menos en tres manifestaciones sin hilván entre ellas: la monclovita, la vasca y ahora la catalana. El resto del socialismo español es puro arcornocal.
Tengo la impresión respecto al socialismo del PSC que el Sr. Montilla ha iniciado una operación termitera que puede resultar sumamente peligrosa para el desenvolvimiento del nacionalismo catalán, entendiendo por nacionalismo el que apareja soberanismo, como es obvio, ya que hay que dejar siempre muy claro que nacionalismo sin soberanismo es como el café descafeinado. El acento puesto por el actual president en reunir a tantas instituciones catalanas frente al Tribunal Constitucional me suena a una operación de captura y digestión de incautos, entre ellos muchos nacionalistas que acabarán conformándose con la postura estatutaria, rala y falsificadora, que se aloja en el actual Estatuto, que será mostrado como gloria bendita ante los previsibles recortes que realice el mencionado tribunal, muy estimulado, supongo, por el socialismo monclovita, que se limitará a certificar una vez más la obligatoriedad de respetar la sentencia. En resumen, el socialismo catalán que abandera el Sr. Montilla -fundamentalmente entregado desde su origen a Madrid, digan lo que quieran sus hábiles conversos-, acabará siendo el reclinatorio de un multicolor catalanismo, con lo que se conseguirá que muchos sectores nacionalistas catalanes entren por sí mismos en el redil dirigido por un pastor disfrazado de trabucaire circunstancial.
No creo que deba perderse de vista, de cara a un auténtico soberanismo catalán, que el Sr. Montilla ha elevado, como un señuelo, la estrella que conduzca a su Belén de la Generalitat, mezcla de pastores, cabras y romanos. Conste que en política hay que aprovechar las circunstancias que se presenten para dar un paso adelante, pero esta habilidad no debe disolverse en dos posteriores pasos atrás. Es muy fácil en situaciones de este tipo ir por lana y salir trasquilado. Una parte sustancial del catalanismo ha quedado en un puro ejercicio de estilo.
Por otra parte, si es que la operación está diseñada como temo, no cabe olvidar que lo que gane el socialismo en Catalunya con esta irrisoria convocatoria -pan para hoy y hambre para mañana- será herida abierta en el costado del socialismo monclovita, que ha de ir a las elecciones con el banderón de la España unida, pues los territorios de alcornocal y otras producciones de secano no creo que se aclaren con la sutil y venenosa reflexión del enredo montillista. Dudo incluso que la vieja guardia jacobina del PSOE, sobre todo ahora, que ha logrado tan fructífera transformación burguesa para sus miembros ya sea en el interior o en ámbitos extranjeros, apoye la cabriola del actual presidente de la Generalitat. Todo esto, de ser acertada mi meditación, resulta demasiado complicado para llegar a la plenitud del éxito en una nación, como la catalana, que está poblándose de una generación joven que aspira a la soberanía plena de su país. No veo que un socialismo catalán incompatible con el socialismo del aparato central puede tener muchas horas de vuelo. Tanto más cuanto el Sr. Zapatero ha decidido que la única política admisible es la que contribuya a su exclusiva promoción personal, cosa que le arruinará, creo, su semestre europeo, pero con la que hará las piruetas necesarias para encalabrinar aún más la cuestión de los tres socialismos españoles, incluyendo el fotográfico del premier, que sería el cuarto.
Y queda por colocar en este puzzle al socialismo vasco. Cuestión inicial: ¿hay un socialismo vasco? No lo creo. A mí el socialismo vasco me parece una máquina mal manejada a distancia. Es un socialismo policial, sin capacidad de maniobra -ni siquiera una maniobra parecida a la catalana-, manejado por un gobernador civil que no tiene la más mínima idea de la realidad que le han encargado modificar. Al socialismo vasco, como sucede con ciertos vinos, le falta roble. Su sostén no le viene de la calle, ni mucho menos, sino del juego tornasolado de sectores nacionalistas que practican una democracia limitada y tienen terror, pánico a un pueblo soberano. Un socialismo que vive a expensas de un partido como el «popular» está totalmente desmedulado, sin personalidad alguna para emprender cualquier proyecto profundo en lo político, en lo moral y en lo social. Es más, este socialismo que ocupa ahora Lakua desaparecería tristemente tan pronto el verdadero socialismo vasco saliera de la cárcel y pudiera trabajar en un país liberado.
Dándole vueltas a esta intención unitaria del nacionalismo parece muy indicado tener siempre en cuenta las ricas sugestiones que se desprenden de la iniciativa que surgió de Lizarra. Conviene no cambiar mucho los moldes si uno aspira a producir un tipo adecuado de pan. Y en Lizarra me pareció esencial la proclama del soberanismo como base de toda concentración de fuerzas, procedieran del partido nacionalista que fuera. La adhesión al soberanismo prueba la calidad y certeza de cualquier unión nacionalista. Como resulta evidente al sostener tan neta doctrina no hablo de formar gobierno sino de hacer país, que es la meta última, pero que ha de estar presente en lo que se amase. El soberanismo viene a ser el label que garantiza la calidad nacionalista. No creo que las 44.000 almas que se manifestaron recientemente en Bilbo lo hiciesen sólo por defender exclusivamente los derechos humanos de los presos políticos, con ser esto tan importante, sino que se trataba de defender a unos vascos que sufren el insulto permanente que recibe la nación euskaldun. Esos presos son la mejilla permanentemente azotada de Euskadi. Leí así el acontecimiento y espero no haberme equivocado.
De acertar con mi análisis pueden deducirse dos conclusiones relevantes: que el nacionalismo no puede dividirse en tres o cuatro interpretaciones básicas, como le sucede al frágil socialismo presente, y que el soberanismo hay que calentarlo en las esquinas un día y otro para mantener lo que los cristianos llaman el santo escándalo y los agnósticos el escándalo a secas. Anoto que esto de la santidad obliga terminantemente y que no juego catequísticamente con el término. Quizá este último distingo esté hoy muy obligado en Euskadi, donde tratan de amarrar a Cristo otra vez a la columna.
Pero como diría Kipling, esta ya es otra historia.
Fuente: http://www.kaosenlared.net/noticia/los-tres-socialismos-espanoles
Los dogmas vacíos, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
En este artículo el periodista madrileño alerta sobre el peligro de que la derecha -«y sus administradores de la socialdemocracia»- monopolice el discurso político y social. Los ejemplos de ese «rapto» son múltiples y cotidianos, y sus protagonistas son políticos como el «popular» Antonio Basagoiti. Frente a ello Alvarez-Solís considera necesaria la recuperación del «lenguaje histórico propio del mundo del trabajo» para que «la sociedad de trabajadores vuelva a conquistar su capacidad de acción».
Escribe Susan George en «El pensamiento secuestrado» y con referencia a quienes con desenvoltura notable hablan con arbitraria autoridad asomados a puras y vacuas retóricas normalmente amenazadoras: «El pensamiento racional y la práctica democrática podrían ser reducidos (por ellos) a un polvo muy fino. No crean que es posible entablar un `diálogo’ con estas personas vengan de la parte inferior o de la parte superior de la escala cultural. No quieren discutir nada. Quieren convertirle y salirse con la suya; punto. Si usted se niega a la conversación aplicarán la coacción en cuanto ocupen el poder y, mientras esperan, utilizarán diversas artimañas». En una palabra, estamos ante los fabricantes de dogmas vacíos e instituciones armadas que convierten esos dogmas en algo válido a efectos de gobierno.
Y ahora apliquemos todo lo anterior al caso que nos ocupa. Ante la dura crítica hecha por el lehendakari Ibarretxe al Gobierno del Sr. López responde el joven e incontinente Sr. Basagoiti: «Si trabajasen por Euskadi deberían estar ayudando al Gobierno de López. Se está demostrando que el PNV pone antes sus intereses de partido que trabajar por los vascos». La frase es de una lógica irrisoria. En primer término, trabajar por Euskadi no puede reducirse a trabajar en pro del Gobierno del Sr. López. Es más, el Sr. Ibarretxe muestra con sus opiniones que trabajar por Euskadi supone todo lo contrario de lo que dice el joven líder de la minoría autoritaria; esto es, que trabajar por Euskadi significa, ante todo, oponerse hoy al Sr. López. Sostener, como hace el Sr. Basagoiti, que el Sr. López y Euskadi son la misma cosa da como resultado la divinización del actual lehendakari, cosa que no sucedía desde el Imperio romano. Evidentemente Nerón era un ultraderechista, pero al menos sabía tocar la lira. La música suaviza los disparates. Un análisis sumario del atropellado párrafo del Sr. Basagoiti nos lleva a conclusiones aún más estrambóticas. Sentar que «se está demostrando que el PNV pone antes sus intereses de partido que trabajar por los vascos» resulta demoledor para los partidos políticos, ya que los desnuda de su derecho a pensar libremente sin caer en un delito de apropiación indebida del país, acción de extrema gravedad penal. Normalmente «trabajar para los vascos» apareja una postura política, mantenida desde un partido, en la que se hace una propuesta y se rechaza la del contrario, sin que ello presuponga que ninguna de las dos partes pueda declararse lícitamente propietaria de la entidad, en este caso la nación, acerca de la que se formula la propuesta correspondiente. Sostener que un gobierno es el único propietario legítimo del país constituye un ilícito penal, aparte de una tontería. La política es el arte de la correcta discusión sin que nadie pueda proclamarse intérprete indiscutible de la verdad pública. Más aún: si se lleva a una interpretación rigurosa la frase del jefe del Partido Popular en Euskadi se concluye que los abertzales de izquierda pierden su derecho a la patria al habérsela apropiado el PP mediante su declaración de que son ellos los que trabajan para la vasquidad en toda su dimensión.
Digo estas cosas tan sencillas para ayudar al joven Basagoiti a no entrar por la lógica como un potro por una cacharrería. Cabe añadir, por otra parte, que si la frase del Telémaco «popular» pretende definir la única realidad admisible sumerge inevitablemente en un lodazal de irracionalismo al partido que comanda el Sr. Rajoy, pues no ayuda nada a los socialistas, que son quienes gobiernan en Madrid, con lo que el Sr. Rajoy también podría ser tachado de combatir por sus intereses y no por la antigua y terca nación española, depositaria de tantos lances verbales como el que nos ocupa en este pequeño estudio, tan repleto de generosa fraternidad discursiva. Llegados a este punto bien puede ser considerado como un aguerrido depositario de la españolidad cierta y legítima el ambidextro Sr. Basagoiti, tan vibrante e incómodo cuando decide pronunciarse.
Al llegar a este plano de la reflexión entra en funcionamiento una serie de pensamientos sobre lo que significaría para el bien de todos la recuperación por parte de la ciudadanía de un lenguaje válido. Parece palmario que una gran parte de esa ciudadanía vive curiosamente decapitada. En la calle se acepta el lenguaje sobrevenido desde el poder como si contuviera la única razón verdadera. Antonio Gramsci señaló en sus «Cuadernos» escritos en prisión que todo progresista, y no se diga ya de los comunistas, debe tener muy en cuenta el peso de la «hegemonía cultural», en esta época profundamente penetrada de neoliberalismo. Un marxista consciente ha de evitar una aplicación mecánica de las teorías marxianas y buscar lo que de consideración hay en ellas acerca del peso y valor de las superestructuras, que retrasan sensiblemente el progreso del materialismo histórico. Como un ejemplo para clarificar este punto vale considerar la inerte conciencia, o falta de conciencia, en los sindicatos estatales, convertidos en colaboracionistas dramáticos del conservadurismo más extremado. De no darse este colaboracionismo, hijo de una orfandad radical respecto a la conciencia de clase, no podría explicarse en esta dramática hora la ausencia escandalosa de una serie de huelgas generales.
La captura del lenguaje político y social por la derecha y sus administradores de la socialdemocracia ha producido una incapacidad profunda de comunicación por parte del progresismo que es, pese a todo, muy extenso y profundo. Es un progresismo enmudecido. Por eso la recaptación de ese lenguaje histórico propio del mundo del trabajo se presenta como una tarea de extremada urgencia si queremos que la sociedad de trabajadores vuelva a conquistar su capacidad de acción. Revalidar el lenguaje propio del que está oprimido por los grandes poderes, desde el político al científico y el religioso, abriría puertas anchas al progresismo necesario para desmontar la gran conspiración de la mentira que estamos viviendo en beneficio de las minorías despóticas. Con ese resucitado lenguaje en manos de la ciudadanía básica sería imposible que florecieran dirigentes como los que ocupan las sedes del poder presente y se lograría una poderosa recreación de los medios de comunicación, entre otras valiosas reconquistas.
Frente a la lógica dogmática y torcida que brota a raudales de las fuentes de poder se instauraría una lógica directa que permitiría leer en profundidad el discurso de ese poder plagado de simplezas que convierte al «uomo qualunque» en víctima de una simpleza retórica. El ciudadano común, esto es, el desheredado de todas las facultades que le pertenecen, no puede seguir arrugado en el fondo del baúl cultural de la clase dirigente, cada vez más reducida y lógicamente más violenta. El uso de un lenguaje ambiguo, polisémico y retumbante por parte de los actuales dirigentes y de sus numerosas asistencias ha convertido la calle en un desierto donde es imposible toda vida digna de la razón. Un universo de mudos responde con repetitivos gestos de adhesión a quienes les han cortado la lengua y obturado el manantial de su ideología. El mundo del trabajo tiene que aprender otra vez a hablar en su propio idioma y hacer desde él el análisis de lo que dicen los poderosos. No le vale idioma prestado. Esta es la primera condición para que el necesario y honrado enfrentamiento de clases recobre un sentido real y deje de tributar a una justicia de clase, a una política de fuerza, a unas religiones del poder y a unos «expertos» con que la oligarquía cohíbe todo sentimiento de protesta. Sin ese lenguaje propio cómo vamos a entender al Sr. Basagoiti.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
«Eskubide guztiak», de Antonio Alvarez-Solís en Gara
Aunque Alvarez-Solís no pudo estar presente en la manifestación que bajo el lema «Eskubide guztiak» denunció la macro-redada contra la juventud independentista vasca, manifiesta su identificación plena con lo que miles de personas reclamaron por las calles de Bilbo: el respeto de todos los derechos. Ese es, además, el punto de partida del artículo.
Mi lejanía geográfica y el peso de los años me impidieron estar físicamente en la pasada y multitudinaria manifestación de Bilbo para protestar por la última ola de detenciones de jóvenes nacionalistas abertzales. Pero a donde no llegan piernas, alcanza corazón. Estaba yo allí, tras la pancarta que exigía todos los derechos. «Eskubide Guztiak». Porque el presente político y social no puede limitarse a la defensa de un derecho concreto; no debe encerrarse en el recuadro de una petición limitada y administrativa. Es preciso lo fundamental.
Y lo fundamental constituye el entramado de unos derechos muy rotundos, significativos y escasos en número que constituyen el venero de la libertad. La libertad se construye con esos derechos esenciales que funcionan como la tabla periódica de los elementos, en la que, para que funcione la vida mineral, no se puede prescindir de ninguna sustancia en el orden general de de las valencias. Cuando se quebranta o desconoce alguno de esos derechos -el de expresión, el de pensamiento, el de respeto personal, el de igualdad…- toda la construcción jurídica y humana se viene abajo y deja tras sí el polvo asfixiante de la ejercida brutalidad. Y no vale ante esta realidad básica acogerse al concepto de excepción en los momentos calificados como graves. Como no vale tampoco adjetivar esos derechos con distingos a fin de ponerlos en prisión, con abuso y escándalo. Esos derechos son plenos y determinan la total salud democrática del cuerpo social.
Siguiendo el orden de estas cavilaciones se llega a concluir que los derechos de que hablamos, fundamentales y genesiacos, no pueden declararse como propios sin contaminarlos de muerte. Son derechos que funcionan como el aire, que es de todos en común aunque cada cual lo respire a su manera. Llegados a este punto no es baladí condenar una vez más esa descripción de la libertad que consiste en definir la libertad de cada cual como aquella que empieza donde acaba la libertad del otro. ¡Monstruosa añagaza para hacer de la libertad una herramienta del poderoso frente al más débil o minoritario!
Porque trocear la libertad sólo se le acude al que posee armas para quedarse con la porción más grande y determinante. La libertad es una dimensión del nacimiento, momento en que se produce la igualdad verdadera. Y la madurez no puede gestarse abandonando la impronta primera que nos lleva a ser. Quienes desde su supuesta madurez, democrática y política, menosprecian la libertad del conjunto o la anulan totalmente saben que su postura está determinada por un exceso de fuerza que acaba siempre, siempre, en el recurso inmisericorde a la misma.
La multitud ciudadana que llenó una vez más las calles de Bilbo, en protesta contra el perverso huracán que hiere a la juventud vasca, defendía el lema «eskubide guztiak» como la única propuesta para hablar seriamente de libertad y democracia. ¿O acaso hay libertad compatible con las encarcelaciones y las torturas -desde las psicológicas a las físicas- que impiden a unos jóvenes luchar por su patria? Y no se alegue, llegados a este punto, esa salmodia sobre la necesidad de proceder políticamente y sin violencia alguna. ¿Acaso la violencia se ejerce con unas pancartas o con unas manifestaciones ideológicas? ¿Puede hablarse seriamente de que un pensamiento político, por mucho calor que contenga su manifestación, equivale a fuerza armada? Y si surge la irritación dígaseme, con la mano sobre los sagrados textos, quién de verdad ejerce la violencia primera y determinante del resto del proceso levantisco. Hablemos de ello sin falsedad ni hipocresía, sin rusticidad en los comportamientos institucionales. Es doloroso, mejor aún, triste, contemplar como la tribuna institucional se puebla de voces elementales en la expresión y nacidas de una vacío radical de ideas.
He aquí a unos dirigentes afinando las armas de su Policía y falsificando la balanza de su pretendida justicia ante aquellos que quieren hablar como pueblo necesitado de soberanía para serlo. Esos dirigentes que califican sin análisis previo y que deciden sólo para la protección de unos intereses espurios. Ante ellos estamos sin más defensa que la voz abierta al campo, entre mil peligros que acechan su manifestación. Y ante tal panorama ¿se ha de aceptar la balanza con la que tales dirigentes pretenden pesar el alma vasca por ver si su peso excede el orden de sumisión? ¡Quiten allá quienes así pretenden gobernar de tal forma y con tales maneras un país viejo de libertades y joven siempre de conciencia!
«Hemen torturatzen da». Aquí se tortura, porque es tortura no sólo el incalificable trato físico del aprisionado -de un trato condenado por instancias internacionales- y que doy por improbado al no ser debidamente investigado, sino la fuerza opresora sobre todo un pueblo que lucha por algo tan simple como ser él mismo. Leyes convertidas en látigo de siete colas, tribunales de excepción al desconocer al juez natural, parlamentos que han votado ya antes de reunirse, dirigentes que vuelcan su sombra desde una voluntad extranjera… Y todo eso ¿en nombre de qué, si no es de un propósito despótico que al fin se consume, para desgracia de todos, en una hoguera de vanidades y dominio? Qué fácil es protagonizar el comportamiento contrario, la buena voluntad, la amigable consideración del vecino, el correcto discurso del que quiere entenderse. Qué mala digestión tiene esa voracidad de tierras y seres.
Si el siglo XXI ha de sacarnos del seísmo que padecemos habrán de seguir sus hombres públicos y quienes los dirigen desde la riqueza insidiosa y el poder oculto la opuesta política de bajar a la calle, de comprender el entorno y de entender de una vez que la sociedad no puede seguir siendo gobernada por unos mandos electrónicos que fingen panoramas deslumbrantes donde no hay más que juegos verbeneros de luces y retóricas falsificadoras de la verdadera realidad. Se trata de regresar de los grandes horizontes carentes de humanidad a los territorios de vecindario y modestos deseos de bienestar. No se nos diga una y otra vez, con la conciencia hecha unos zorros, que la globalización, que hace inalcanzables para el común el control de su vida, surge por sí misma como una irreprimible mecánica histórica, como una consecuencia de las cosas mismas. Ni globalización social, ni globalización política, ni globalización religiosa, ni globalización del saber, ni estados globalizados en sí mismos para ser puestos al servicio de los grandes globalizadores. O la vida regresa al cuenco concreto y modesto de nuestras manos o esas manos serán uncidas al servicio de intereses bastardos, como ya lo son ahora.
E skubide guztiak». Pero esos derechos han de ser nuestros derechos, los que dimanan de nuestras posibles fuerzas y de nuestras emociones más íntimas. Los derechos no pueden seguir brotando de las directrices de quienes beben de la gran cascada del poder, desde los que reciben el agua con fuerza hasta los que se conforman con ponerle banderín universal a una gota ridícula y provinciana. El gobierno o es autogobierno o es opresión colonial. Creo además que el conjunto de pueblos que sean capaces de vivir para sí mismos serán muy capaces de construir una gran estructura universal. No sé si hay que tener muchas cosas, lo que parece preciso es tenerlas. En eso consiste la modernidad. En donde cada hogar posea su propia chimenea para administrar el calor que necesita ha de darse forzosamente el bienestar colectivo. Pertenecer a un gran imperio es sumir la libertad en el crimen que sostiene a los grandes intereses, sobre todo si esos intereses están gobernados por capataces que manejan la manguera por donde fluye el combustible vital.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
Medio trabajador para consumidor y medio, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
La decisión del Gobierno español de adoptar el sistema alemán de protección del empleo, es decir, primando el interés empresarial, tiene como consecuencia lo expuesto por el título del artículo, entre otras que el autor prevé, tales como el aumento del déficit presupuestario que conllevará nuevos impuestos indirectos.
El Gobierno socialista español y sus socios preferentes, los empresarios de la CEOE, han decidido, en defensa de los intereses empresariales, adoptar el sistema alemán de protección del empleo. El mecanismo es sencillo: una empresa podrá pagar media jornada o unas horas sueltas al trabajador y el resto del salario lo abonará la Administración pública, como si el trabajador trabajara a tiempo completo. Para dotar de un aire social al invento, el trabajador recibirá este complemento como si estuviera parado. Será un trabajador que está parado o un parado que trabaja. Depende de la óptica con que se considere la iniciativa. El remiendo irrisorio, pues no se trata de otra cosa, y ahora hablaremos de ello, les ha parecido excelente a los dos grandes sindicatos estatales, la UGT y Comisiones Obreras, que son la otra pieza del cinturón de hierro neoliberal.
En principio he hecho la cuenta de la operación y a mí me resulta que la empresa pagará a medio obrero y el consumidor abonará el producto de ese trabajo como si fuera consumidor y medio, ya que por su parte pagará el precio de la mercancía y, a través de los impuestos con que contribuye a la cobertura del paro, añadirá otro medio salario invertido en el producto mediante el subsidio a los parados. El precio final de lo que se pone a disposición del comprador -coste más beneficio- no reflejará, pues, el verdadero coste empresarial, sino que será fruto de una composición quebrada y confusa. La operación resulta de una sutilidad manifiesta y debe encuadrarse en la escandalosa política de auxilio público a las frecuentemente punibles operaciones privadas. El nuevo «brote verde» crece, por tanto, en las cenagosas aguas de la llamada libertad de mercado, mercado que hoy sólo funciona, con todos sus quebrantos, si el dinero público acude en su socorro. El escándalo lógico que supone esta extraña medida se enmascarará mediante la habitual desinformación pública y la alienación que produce en la clase trabajadora la férrea intervención gubernamental y la dogmática de falsas libertades con que es protegida.
Lo verdaderamente detestable de este tipo de iniciativas es que su entramado es difícil de desentrañar desde la calle. Los medios privados y los públicos se solapan de tal forma y con tan espurias razones que un ciudadano de infantería se ve con dificultades graves para entender el emburrio. Más aún, ese ciudadano es proclive -proclive como tendencia viciosa- a ver en esta suerte de iniciativas una voluntad social que no existe en el Gobierno. Por otra parte, el mismo hecho de que la nueva forma salarial provenga de Alemania dota a la misma de una fiabilidad basada en una admiración muy extendida hacia la ciencia económica alemana, sin darse cuenta de que Alemania ha sometido repetidamente a su población a disciplinas muy duras y prolongadas. Prueba de lo que digo es que la ministra de Economía española avaló la adopción del extraño modo salarial apoyándose precisamente en su funcionamiento en la República Federal germánica. La torpeza intelectual española es tendente de forma inmemorial a usar este tipo de fenómenos escénicos.
No es difícil presumir asimismo que la ingente disposición de fondos públicos para cumplir con este compromiso con el empresariado -en caso de que se cumpla decentemente, que no lo creo- sobrecargará el ya voluminoso déficit presupuestario del Estado, al que habrá de hacerse frente con nuevos impuestos directos e indirectos -estos últimos a cargo preferentemente de las clases más numerosas y desfavorecidas de la sociedad-, aparte de las tasas en muchos productos o servicios. Entre los instrumentos monetarios con que se hará frente al déficit figurará, como no, la deuda pública, cuyas emisiones van a parar preferentemente al sistema bancario, que de tal forma afirma su poder frente a la máquina estatal. La deuda supone siempre un traspaso de lo público a lo privado y constituye un dogal puesto a la soberanía nacional. La Deuda absorbida por la red bancaria únicamente podría tener su justificación en una Banca nacionalizada, con todo el poder que sobre ella tendrían las instituciones populares.
Al llegar aquí cabe hacer algunas reflexiones sobre las actuales «nacionalizaciones» de carácter restringido, o nacionalizaciones de clase dominante, que supone el creciente traspaso de medios públicos a la Banca privada con su cohorte especulativa, y las nacionalizaciones reales o nacionalizaciones socialistas. Vivimos una época en que los mecanismos teóricos de la socialización han pasado a manos privadas mientras se sostienen con descaro las razones de libertad creativa tan características en Friedman. La calidad de administrador de la justicia distributiva que se atribuía al Estado, con más o menos decencia, por parte de la desaparecida moral burguesa del periodo liberal se ha convertido en una justicia de presa en beneficio de una casta cada vez más poderosa y cada vez más reducida. Una casta que ha entrado ya en la fase urgente de la depredación. Desde este punto de vista cabe hablar de un estado como valor preeminente en la contabilidad de los especuladores, que obligan a una copiosa legislación circunstancial de apoyo, incluyendo la acción militar, a la vista de cómo sople el viento sobre sus intereses. Esta situación corrompe y destruye el estado y obliga a desnaturalizar la democracia. La cantidad de estado que las grandes corporaciones, fuertemente controladas por un estado mayor muy exigente, puedan tener entre sus activos resulta determinante para funcionar en la vida económica. El estado es el ring sobre el que se baten en duelo persistente esos poderes cuya autofagia resulta evidente.
La fase actual de la economía, desangrándose por la herida privatizadora, confirma la situación que acabamos de describir sumariamente. Valga añadir sobre la marcha, y sin aprovechar eso de ir por atún y a ver al duque, que el regreso desde la globalización a un entramado de naciones reales, es decir, a un nacionalismo equilibrado, devolvería a la sociedad la facultad de acomodar su modo de producción a unos ámbitos auténticamente democráticos y a la recuperación de unas libertades populares reales. Necesitamos ante todo proximidad. La proximidad a la calle pondría fin a los poderes lejanos e imbricados que caracteriza la actual fase económica, incapaz ya, por el excesivo peso de sus monstruosos componentes, para navegar por las aguas honestas de una colectividad verdaderamente autocontrolada. Pero esta operación de reencuentro con la nacionalidad ha de ser capaz de resistir la crítica insidiosa que trata de disolver ese nacionalismo mediante calificativos de retroacción, de regreso a situaciones ya superadas y de resurrección de doctrinas adversas a toda modernidad. El convencimiento de que la llamada modernidad no es más que un cepo para inmovilizar a los espíritus libres y con conciencia colectiva ha de funcionar con rigor y decisión entre las masas ciudadanas si de verdad quieren liberarse de su servidumbre espiritual y social y recuperar el dominio sobre sí mismas.
Cabría añadir finalmente que enfrentarse a medidas como la de distribuir el salario entre el generado por el trabajo y el donativo perverso mediante el aparato del Estado no equivale a oponerse a un remedio pretendidamente social, sino que busca aclarar hasta donde sea posible la diferencia entre luchar por un salario digno y estable frente a una corruptela que, además de ser pan para hoy y hambre para mañana, no sirve sino para degradar aún más la moral de la sociedad trabajadora.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
Un dato sin datos, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
Los gobernantes que componen los bloques del G-8 o el G-20 insisten en que se denotan «brotes verdes» o señales de resurrección económica. Es posible que así sea y el dato resulte confortador, pero ¿qué datos concretos y de carácter social apoyan este benévolo indicador? Las autoridades norteamericanas son las que insisten con mayor ahínco en que se ve la luz al final del túnel, pero tampoco los viandantes distinguen esa prometedora luz. Los viandantes siguen a oscuras en el túnel. Desde diciembre de 2007 Estados Unidos tienen ocho millones y pico de parados. Es decir, por primera vez en veintiséis años el desempleo estadounidense supera el 10% de su población laboral. Estos datos son reales, tremendamente reales. No hablamos de que las instituciones financieras hayan levantado cabeza, que de eso trataremos a continuación, sino de que más de ocho millones de ciudadanos no saben cómo llegar al día siguiente. Ocho millones. Por otra parte, los «brotes verdes» tampoco afectan a la masa ingente de empresas que han de trabajar por debajo de los niveles críticos para ajustarse a las normas del sistema. Es más, las grandes empresas, las que antes devoraban a las empresas chicas, han tenido que perder gran parte de su peso estructural -precisamente el dato que engrandecía hasta ahora la globalización- para pervivir en un mercado donde el consumo no sólo no se reaviva, sino que fuerza los precios hacia un abaratamiento de las mercancías y aún de los servicios totalmente inadecuado para lograr una producción sostenible.
De qué nos hablan, por tanto, cuando nos hablan de «brotes verdes»? Seamos sinceros y no ocultemos los datos que nos harían entender la situación en que realmente nos encontramos, que no es más que una situación de ruina esencial del sistema neocapitalista, que ya había devorado hace años los ahorros hechos por el capitalismo burgués que funcionó hasta la última guerra mundial. El sistema burgués de la llamada época liberal medía su salud por el crecimiento en mancha de aceite de la agricultura moderna, la industria tecnológicamente avanzada y los servicios que iban instalándose en la vida cotidiana. La Banca y otras instituciones financieras mantenían con un relativo sentido social y una cierta moral su papel de intermediación entre el productor y el cliente y la Bolsa reflejaba, sobre todo, los altibajos de la agricultura, la industria y los servicios. Es decir, la especulación era una figura secundaria que amparaba a capitalistas inactivos o entretenía a audaces tramposos.
Ahora bien, cuando se habla de brotes verdes ¿de qué se habla realmente? No se habla de un renacer de la economía real, de la economía de cosas, sino de una concreta restauración del sistema financiero, que se ha logrado, además -y sin que se asegure su continuidad-, procediendo a una descapitalización de la industria y los servicios al emplear las ayudas oficiales recibidas por la Banca y los especuladores en Bolsa en un puro maquillaje de su naufragio tipo «Titanic». La Banca ha abandonado su función de intermediación y vuelve a jugar, tras la transfusión brutal del dinero social, con los mismos fines e idénticos medios. Ese nuevo ciclo de especulación es a lo que se llama insidiosamente «brotes verdes». Los «brotes verdes» no se refieren a un renacimiento de la economía del empleo o del consumo sino a la pura salvación de los que han tripulado el barco con el más criminal de los objetivos. Más aún: en la reciente reunión del G-20 todos los ministros de economía se han conjurado para hablar de las medidas necesarias a fin de evitar que las instituciones financieras vuelvan a caer en el pecado nefando del que nos han hecho sus víctimas. Ni un solo documento salido de esa reunión se refiere a una reinstauración de la economía real, que dan implícitamente por perdida como fruto de otros tiempos irrecuperables. Escuchemos al respecto nada menos que a dos socialistas, el primer ministro británico, Sr. Brown, y a la vicepresidenta del Gobierno español y ministra de Economía y Hacienda, Sra. Salgado. Empecemos por el premier inglés: «Hay que debatir un mejor contrato social con los bancos para que estén mejor preparados ante futuras crisis», que el Sr. Brown no descarta. Sigamos con la Sra. Salgado, que es mucho más delicuescente en sus frases: «Es muy importante -habla de la reunión en Saint Andrews, en la que ella tomó parte como simple observadora- que se haya avanzado en la definición de un marco para un crecimiento más sostenible y equilibrado». Es decir, que nuestra vicepresidenta no se refiere a la curación de la enfermedad que afecta mortalmente a la economía real sino que soslaya esa enfermedad y da el crecimiento todavía por existente y para el que reclama un mayor equilibrio. Por lo visto se ha crecido mal, pero se ha crecido. Los datos sobre el subconsumo, el paro vertiginoso, el empleo cada vez más degradado, la eliminación de empresas medianas y pequeñas, el enflaquecimiento de las poderosas y otras cuestiones sobre las que sí tenemos conciencia en la calle son obviados como si al público peatonal le angustiase únicamente la situación de los banqueros. En resumen: los reunidos en Saint Andrews vuelven una vez y otra a hablar de los mecanismos financieros que deben ser reparados y respecto a los cuales asegura el Sr. Brown que se «mantendrán los estímulos fiscales hasta que la situación esté asegurada». Asegurada ¿para quién? ¿O es que la pregunta que formulo es puramente retórica o banal? ¿Acaso los que no tienen empleo, los millones de mileuristas y quienes han de vender y comprar diariamente en nuestra sociedad no pueden formular esa simplicísima pregunta de «que hay de lo mío»? ¿Es tan colosal el palacio de la especulación que no se puede entrar en él con zapatillas?
Datos! La calle quiere datos sobre los «brotes verdes», esa retórica invención del lenguaje falsario de los economistas que sirven a los poderosos gobernantes y de los gobernantes mismos. ¿Dónde están los «brotes verdes»? ¿Cómo podemos identificarlos para hacer el cálculo mínimo sobre nuestras posibilidades y hacer las correspondientes previsiones? Ah, de eso no se habla a la vera del gran dato de que la estructura financiera ha sido apuntalada y que seguirán protegiéndola caiga quien caiga en este mundo en el que ya nada de la economía neoliberal tiene sentido alguno. Da lo mismo que la reparación de la mecánica especulativa produzca el único negocio de la especulación. Da lo mismo que una vez suturada la herida la sangre social siga perdiéndose a borbotones. El caso es que el dinero social seguirá entregándose a manos llenas a la clase cada vez más reducida de los poderosos, porque el mundo de la especulación es ya el mundo real, mientras la sociedad peatonal está constituida por ilotas y beocios que con su consumo vulgar han estropeado el único negocio que abre las puertas del futuro: la compra del dinero-mercancía con dinero como bien de pago, aunque en esa tremenda y autofágica negociación de los especuladores el dinero monetario ni siquiera exista en la cantidad con que se maneja. El dato parece terminantemente claro: los «brotes verdes» empiezan a alegrar la vida social de los triunfadores y la luz se divisa al final de un túnel que, de verdad, tiene tapiada la salida. Pero la sociedad a la que pertenecemos tiene dirigentes que idean cuidadosamente mil problemas para que el peatón huya de tanta complicación y desgracia y se concentre en el sudoku que hace durante su viaje en Metro hasta la oficina de empleo. Oficina en la que al llegar le dirán, como Mariano José de Larra: «Vuelva usted mañana».
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
La pobreza del horizonte, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
El discurso conmemorativo del Estatuto de Gernika pronunciado por Patxi López conduce a Alvarez-Solís a una reflexión sobre cómo se pretende apuntalar el inmovilismo con un lenguaje que, paradójicamente, sugiere dinamismo. Un falso aperturismo retórico que siempre acaba encontrándose con los topes constitucionales. Por eso el autor concluye que «si el lehendakari actual piensa realmente eso de que `no hay textos sagrados intocables’ debe dirigirse a Madrid y no a los vascos».
No parece apropiado atribuirse sabiduría alguna si se sostiene la tesis de que la calidad o trascendencia moral del objetivo perseguido determina el valor intrínseco de la propuesta. En esta fase histórica es notoria la pobreza del horizonte político, debida precisamente a la baja calidad moral o intelectual de las propuestas y afirmaciones que se formulan desde los diversos poderes en torno a los conflictos que nos sobrecogen. En la mayoría de las ocasiones si se analiza la base de la propuesta se deduce que la continuidad del poder es el objetivo único y perfectamente perceptible en las proposiciones que se sostienen. De todas formas ese poder no está vacío de ambición ideológica; no es un poder hueco. Le alimenta una pretensión de sociedad vertical preñada de un autoritarismo que llega a ser brutal. Yo definiría esa pretensión como fascista dada su carencia de respeto hacia el ser humano; en una palabra: su deshumanización. Con ello llegamos a una conclusión desoladora: el dirigente político que conduce esa política aparece como un ser al que repugna el contraste ideológico, un dirigente que carece de capacidad dialéctica con el entorno y dispuesto siempre a la violencia que quiere redimir con sus símbolos institucionales. La violencia sin símbolos institucionales es terrorismo; la violencia revestida de esos símbolos es orden. El pensamiento deshumanizado, que ahora desciende de la cumbre, puebla la vida social de barbarie que no por estar reglada deja de ser barbarie. Una barbarie hecha de un poder que contamina a los individuos.
Sobre este asunto escribe Franco Fornari en su libro «La desmitificación de la paz y de la guerra»: «En tanto el hombre siga refugiándose detrás de esquemas de pensamiento deshumanizado se sentirá protegido no sólo contra la angustia y el remordimiento, sino también contra la necesidad de participar en el tipo de acción social y en la responsabilidad administrativa que podría tener un efecto significativo (en términos de reasunción de valores) sobre el futuro individual y social». Pregunta clave ante esta situación: el poder actual ¿funciona realmente con un pensamiento empapado de futuro o es una simple expresión de fuerza para perpetuar la inmovilidad?
Teniendo en cuenta la sed de permanencia en el poder comprendo perfectamente que en Euskadi el lehendakari López quiera presentar el inmovilismo del modelo actual como una dinámica de futuro, ya que sabe que este inmovilismo en el que se ha instalado incrementará el enfrentamiento en el territorio vasco. Hay que buscar la propia salida del problema. El Sr. López sabe también que no puede apoyarse en el Estado. En la época presente el amparo de los estados no es ya posible dado su descrédito y desgaste. Esos estados han apostado por el todo o nada y no pueden supervivir cediendo partes sustanciales de su soberanía.
Ahora bien, esa dinámica de futuro con que presenta el Sr. López su gobierno queda desacreditada por el lenguaje con que pretende transmitirse. Son frases que fingen movimiento desde una serie de contradicciones insalvables, entre ellas la mortal contradicción interna de la inmovilidad. Es decir, frases retóricas. Quizá esto último se vea más claro si se disecan algunas de estas frases, que pertenecen al discurso con que se celebró en la Lehendakaritza el 30º aniversario del Estatuto de Gernika. De ese Estatuto asevera el lehendakari que es «el instrumento que garantiza nuestro derecho a decidir». Pero a continuación el Sr. López empobrece esta aserción con su aclaración sobre cómo interpreta este derecho, que es definido como la «capacidad… para decidir sobre la práctica totalidad de las cuestiones que afectan a los ciudadanos», lo que limita esa capacidad de decisión a la administración de obras y servicios que siguen incardinados en la superior soberanía del Estado. El lehendakari habla, pues, de una descentralización que no roza siquiera la gran cuestión del ser vasco, que es precisamente lo que motiva la dialéctica profunda en torno al derecho a decidir. El poder del lehendakari es así un poder vicario que se agota en la circulación de cercanías.
Otra frase de su discurso choca violentamente con la realidad: «Nadie desea imponer ideas o identidades para uniformar al país». Aquí la dispersión de posibilidades de interpretación se produce multitudinariamente. El nacionalismo real, o sea, soberanista y que trabaja realmente por el soberanismo, no pretende imponer identidad alguna sino que solicita estrictamente el reconocimiento de esa identidad, que existe ya en una nación histórica, antropológica y sociológicamente probada. Pero es que, además, esa identidad no arrastra uniformidades en torno al pensamiento político y moral de los ciudadanos, salvo la exigencia de que cualquier pensamiento político pueda ser expresado libremente como pensamiento vasco. Incluso el unionismo podría vivir con toda eficacia en el marco de una Euskadi liberada del Estado español. La Euskadi libre sería inevitablemente un país con todo el abanico concebible de voluntades. El derecho al sufragio libre haría libre a Euskadi.
Si lo anterior se entiende en su cabal forma de nación=soberanía no se puede sostener tampoco la afirmación del Sr. López de que quiere gobernar para que exista «un pacto entre vascos diferentes que decidan vivir juntos respetando esas diferencias». La frase es de una oquedad inmensa. Suponer que la diferencia radical -ser o no ser- ha de saldarse mediante un pacto equivale a sostener que la sociedad como tal exige nada menos que una tensión pactista permanente. Es decir, que hablamos de «un vivir juntos» en constante riesgo de ruina. Más aún, hablar de ese pacto es admitir que la situación vasca equivale a un roce continuo de placas tectónicas, con el peligro cotidiano de mortales seísmos. Una nación no está hecha con el absurdo de habitantes nacionales y no nacionales. Eso es un Estado, no una nación. Ser vascos no puede reducirse a un hecho administrativo en cuyo marco censalmente se es español y, emocionalmente, vasco.
A mí me gustaría que el lehendakari actual releyese su texto conmemorativo para meditar con calma su estructura interna. Por ejemplo, hay afirmaciones que cuestionan su voluntad de estar en línea con el Partido Socialista de España. Dice el Sr. López, refiriéndose a la posibilidad de abrir el Estatuto a nuevos aires, que «en política no hay textos sagrados intocables». Ahí sí que habla para tantos vascos que buscan su propio texto, pero se enfrenta, a la par, con los suyos, que colocan sobre toda ideación la caperuza constitucional, la bolsa de plástico que ahoga al aspirante. O sea, la frase debería ejecutarse en la realidad solicitando el cambio constitucional necesario para reconocer sin asfixia la posibilidad del separatismo o, al menos y por lo pronto, la consulta autodeterminatoria. Si el lehendakari actual piensa realmente eso de que «no hay textos sagrados intocables» debe dirigirse a Madrid y no a los vascos, a no ser que se trate de vascos estrictamente censales o renunciantes a su etnicismo para consolidar sus poderosos intereses en el marco del modelo dado.
Yo estoy asimismo de acuerdo con el lehendakari actual en otras frases, como esa final en que proclama que «las cosas no se deciden de una vez para siempre». Pero la frase depende de su aplicación para no resultar abstracta e indeterminada. Pensamientos de este calibre no son nada valiosos si quieren enfrentar, por ejemplo, una vasquidad transitoria y una españolidad inmodificable. Porque si las cosas no son para siempre tampoco deben impedirse para siempre. En definitiva, el discurso conmemorativo parece apropiado para una sociedad muy teórica, muy de laboratorio, lo que no es el caso de Euskadi.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
Resurrección de la libertad, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
La reflexión sobre la libertad que Antonio Álvarez-Solís ofrece en este artículo está motivada por la situación que el encarcelamiento reciente de dirigentes políticos abertzales evidencia. Con todo, no se limita a la denuncia y al lamento, sino que también muestra su esperanza, fundamentada en «las reacciones populares contra la dictadura política».
En el amplio espacio que dedica al análisis de la libertad, el «Diccionario de Filosofía» de Ferrater Mora dice lo siguiente: «El concepto de libertad ha sido usado de muy diversas maneras: como posibilidad de elección, como acto voluntario, como margen de indeterminación, como ausencia de interferencia, como liberación frente a algo, como liberación para algo, como realización de una necesidad».
Ahora contrastemos esta variada oferta de posibilidades que definen la libertad -que como forma de razón es absoluta- con su posibilidad de ejercicio en el marco de la política española en Euskadi. Hagámoslo sintéticamente: «Como posibilidad de elección» (ahí está su repetida cohibición con una radicalidad furiosa). «Como acto voluntario» (apareja un riesgo altísimo en su ejercicio cotidiano). «Como marco de indeterminación» (la creatividad propia de la indeterminación se agosta en la omnipresente definición de crimen). «Como ausencia de interferencia» (¿hay acaso duda alguna sobre la inexistencia de cualquier camino franco para la palabra plena?). «Como liberación frente a algo» (ese «algo» está armado hasta los dientes tanto en sus medios humanos como en sus leyes, porque las leyes son también armas). «Como liberación para algo» (ese «algo» es nada menos que la imposible libertad del pueblo vasco). «Como realización de una necesidad» (las necesidades o son previa y estrictamente constitucionales o se las niega como tales).
Es muy misteriosa la libertad, decía Agustín de Hipona. Se altera con sólo una ráfaga de violencia, se arruina con una imposición, se corrompe con una única torpeza. Un solo hombre sin libertad destruye la libertad. Lo grave es que esa materia tan perecedera es con la que se hace el ser humano. Para ser hay que ser libre. La definición no es mía, sino de Fichte, es decir, se abrió como una luz en el siglo XVIII y aún no ha llegado a España. La medida española para alcanzar la madurez filosófica es de años-luz. Pero si no se es cuando no se es libre, ¿qué somos, ya que estamos innegablemente aquí? Esta situación es terrible. Resulta volcánica. El hombre puede padecer necesidades, vivir con injusticia, pero lo que no puede es existir si se le niega su propio ser. El hombre de papel, el que existe únicamente en el documento contable de los poderosos inclementes, se debate por tener carne y alma. No es lícito, pues, acusarle de violencia si procura como sea su propio nacimiento. Y, sin embargo, el hombre vasco -no el censado como tal, sino el hecho de vasquidad- trata de explicarse, de usar la razón que posee como un bien precioso frente a la rudeza intelectual de su oponente. Sobre las tierras vascas pasaron muchas oleadas humanas para que el vasco no sepa que únicamente puede serlo si se ata al roble. Usted, Sr. Pérez Rubalcaba, quizá no entienda esto porque es cántabro y Cantabria está siempre erizada de suspicacias entre la genuinidad asturiana y la solidez vasca. Conste que no quiero usar etnicismos en mis palabras, pero es usted quien los sugiere con sus actitudes. Piense usted que con los robles no puede fabricarse el papel que sostiene las Constituciones.
Pero avancemos un poco más en eso de la libertad, que es lo que importa. Yo me eduqué en una nación de tejedores, es decir, en Catalunya. Allí aprendí, entre otras cosas, que el tejido, que la tela, es cuestión de tramas y urdimbres. Para lograr la urdimbre hay que manejar hasta quinientos hilos. Son muchos hilos, evidentemente. Pero el resultado final es que nace la materia con que confeccionar el vestido. La libertad es como un telar. Hay que dejar que los hilos se crucen y entrecrucen para lograr la riqueza del resultado. Ya sé que digo cosas muy simples, pero los españoles ¿saben realmente cómo funciona un telar? Uno no puede abrigarse siempre con la dura piel de un toro. Ustedes, Sr. Rubalcaba, se indignan pomposamente cuando los irritados por la injusticia queman un cajero, pero no reflexionan sobre el hecho de que ustedes queman diariamente los hilos de la libertad. Ahora mismo han encarcelado a un grupo de tejedores nacionalistas bajo la ridícula especie de que tejen para destejer, que fabrican un abrigo democrático para ocultar bajo él la daga asesina. En Madrid siempre piensan como el marqués de Squilache, que recortaba las capas para evitar las navajas, cuando la realidad es que lo que había que recortar era la monarquía perversa que poblaba con su ejemplo la vida de navajeros.
Pero realmente ¿a ustedes les importa la violencia, que es un accidente moral tantas veces producido por el malévolo acoso del adversario? Si fuera creíble esa indignación de ustedes ante la violencia procurarían ponerla sobre la mesa de las palabras para que funcionara bien el telar de la libertad. No hay que tetanizar las heridas, sino desbridarlas para que el oxígeno actúe abiertamente. Van ustedes desnudando a Euskadi de toda posibilidad de ejercer las libertades. El gozo de ver pueblos libres no es un gozo que ustedes vivan con admiración. ¡Y mire que es hermoso contemplar un pueblo libre! Claro que el imperio asfixiante del colonialista funciona con la genética de los virus, que necesitan invadir las células circundantes para poder reproducirse. Están ustedes vacíos de vida.
La libertad es el otro. Es la compañía en la marcha de la humanidad hacia su propio reconocimiento. Todo esto puede sonar a rousseaunianismo, pero tampoco viene mal un poco de sueño, que es el ámbito en que se fabrican las más sugestivas imágenes en libertad. ¡Lástima que ustedes no duerman, siempre ocupados en la cacería nocturna! Ahora han añadido ustedes otro problema más al pisto que está cocinando el Sr. Zapatero. Con las detenciones en LAB, sindicato repleto de fuerza popular, nos abren el horno a los demás, al que hemos de entrar, si somos resignados, con la misma alegría con que lo hicieron los macabeos. Muchos pensamos lo mismo políticamente que el Sr. Diez Usabiaga: deseamos ámbitos políticos que no se disuelvan en el apetito de los grandes estados y amamos vivir en pueblos definibles. Pueblos para pueblos. Esto de la globalización no es sino el último intento de supervivencia de un imperialismo desesperado que sólo puede vivir mediante transfusiones de sangre. Deseamos una dimensión institucional en que los hombres y las mujeres no hayamos de delegar nuestra estatura en secretas órdenes de caballería mecanizada. Es decir, ser siendo, que dicho en el lenguaje filosófico alemán suena de lujo. Pero ¿dónde se puede emplear ya ese lenguaje? Yo me pregunto si quienes andamos por la calle no acabaremos por solicitar un adecuado encarcelamiento para poder discutir con holgura temas apasionantes, como el de la libertad. Sé que la vida exige más terreno que un patio de prisión para entretener la mente y buscar el corazón, pero es lo que queda tras sus leyes del suelo.
No valdrían nada estas reflexiones de anciano si no expresase a la par mi esperanza. Quizá por la edad no me animan nada los funerales. Uno siempre teme que lo confundan con el muerto. Pues bien, esa esperanza está penetrada por algo patente: por las reacciones populares contra la dictadura política. Las gentes se levantan aunque les den con la porra, mecánica que es ya de uso universal. Y me consuela, pese al dolor de la herida, porque al fin y al cabo siempre pienso que hay más ciudadanos que porras. No soy gandhiano, porque la India se liberó también por otras cosas, pero en esto de caer y levantarse radica lo más soberbio de la especie humana. Un día ustedes caerán también, pero dudo que el suelo les sea propicio.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
La majestad del Estado, de Antonio Álvarez-Solís en Gara
Las palabras de este artículo destilan indignación. Rezuman ese sentimiento de manera contundente pero a la vez serena. La indignación de Alvarez-Solís no proviene sólo de un suceso concreto que considera injusto -como es la detención de militantes independentistas por el mero hecho de serlo-, ni de la cadena de injusticias en la que se incluye este suceso, sino sobre todo por la manera en la que el Estado pretende justificar su estrategia. El autor se queja amargamente de que, junto con diez personas, se intenta secuestrar la dialéctica.
Majestad: Calidad que constituye una cosa grave, sublime y capaz de infundir admiración y respeto». Bien. ¿Aparece con majestad el Estado? Evidentemente, no. ¿Es cosa grave y sublime? Obviamente, no. ¿Infunde admiración y respeto? Todo lo contrario. Desde el punto de vista de un ciudadano con plena conciencia de su cualidad de depositario de la soberanía nacional, el Estado y sus gobiernos, según escribe J.M. Roberts, y así se creía en tiempos de la Santa Alianza, «son antagonistas naturales de los ciudadanos».
Ya tenemos arrestados a Arnaldo Otegi, Rafa Diez Usabiaga, Rufi Etxeberria, Sonia Jacinto, Arkaitz Rodríguez… Frente a ellos se alza un Estado patrimonial, absoluto, violento ante las ideas ajenas, criminalizador de todo debate. Lo que debiera ser una máquina fomentadora de las ideas a fin de convertir la razón en el único escenario del debate, se torna un mecanismo de autocracia exaltada, de represión escandalosa. No es posible divisar en el panorama estatal un solo detalle de confortabilidad para la circulación de la palabra. Por el contrario, la escena resulta agobiante y un viento reseco barre toda expresión ideológica que no esté al servicio del pensamiento único. De las razones el juez extrae delito; de las intenciones, crimen; de la circulación de ideas, violencia. Hablen ahora el Gobierno español o el vasco de brotes verdes. Una inmensa máquina reductora de cualquier tipo de creación política ha sido acelerada en las últimas horas. Quien ante esto calle está conspirando a la construcción de un gran muro de silencio que convierte la ciudad de Dios, como diría San Agustín, en un reducto de penalidades e inhumanidad.
Pero no se trata sólo de llorar sobre la profanación de la libertad. Es hora de otra cosa. Es hora de que todas la conciencias pronuncien el ¡basta ya! Es el momento en que hay que enfrentar con gallardía el reduccionismo radical de la convivencia a una sumisión permanente y empobrecedora de la dignidad humana. Ni siquiera vale la pena analizar un auto judicial que, una vez más, ha sido precedido por una obcecada incitación gubernamental. La máquina funciona con una absoluta precisión degradante. Un día y otro la engrasan con un lamentable cuidado. La máquina se mueve con rigor inalterable, con el ritmo de un martillo pilón que va desmenuzando no ya ideas concretas sino la misma posibilidad de que las ideas broten. Ahí está la aterradora intención de todo este acerbo movimiento: en la destrucción de la raíz que alimenta la ideación. La ciudadanía ha sido concitada a expresarse con una sola voz, a hablar con argumentos sin la validación de los contraargumentos. Tras cuarenta años de silencio y violencia reaparece con toda su potencia el mismo quehacer desde el poder. ¿Y qué sociedad puede creerse viva en esta acre situación?
La gran ironía ha ocupado el lenguaje mismo hasta convertirlo en estéril. Hablan los reductores de la libertad de defensa de la democracia. ¿Y qué es la democracia sino la palabra viva sin frontera alguna? La democracia está muerta. Aquí y en medio mundo. Pero su muerte no es siquiera sutil; es torpe, encarnizada. No se combate con un estoque delicado sino con el garrote con que pelean en el cuadro goyesco los seres zafios que en él son reflejados. ¿A dónde ha venido a parar el poder que usa tales modos?
Repiten una y otra vez con insistencia rudimentaria que sólo la palabra es válida. Y a continuación envían a la cárcel al que la utiliza. Se dice, con rigor fraudulento, que la palabra está armada. Pero armada ¿de qué? No puede extenderse de una manera analógica, sin destruir la paz, que las armas, elemento de sobra material, estén hechas de la intención sutil de las ideas. Ni siquiera una coincidencia de fines morales -como es la petición de independencia- puede alegarse para confundir arma y palabra. Las armas son un objeto concreto y la acción con las mismas, una acción concreta. Inventar la paridad de ambas cosas es abrir la puerta a la indefinición más absoluta de lo uno y de lo otro. No es admisible que algo que está hecho de razón, participable o imparticipable, constituya un objeto material destinado a privar de la vida. La vida puede arrebatarse de mil maneras, pero nunca es lícito condenar a Sócrates.
¡Qué pobreza revela en un Estado que haya de ser mantenido con el cuestionamiento de la razón, que es un caudal rico e inmenso alimentado por las razones! Las razones de cada cual en su inmenso valor de ser humano. Un Estado temeroso, invadido por la inseguridad moral, pervertido por los procedimientos elevados a valor absoluto en sí mismos. Un Estado inmovilizado en la contemplación de su propia supervivencia. No hablo aquí, repito, del contenido concreto de las ideas sino de su calidad constitutiva, de su valor ontológico, que es el material con que se hace la libertad. La libertad, que no es un bien inmóvil sino un valor dinámico, productor nada menos que de la dialéctica, que es el molde donde se genera la vida individual y colectiva. Usted, Sr. Zapatero, usted y los suyos me arrebatan el gran motor de la dialéctica mientras anda por el mundo hablando de la precisión de otra sociedad. A este respecto he de decir que no sé si pienso en todo como los ciudadanos que acaban de detener, pero estoy absolutamente seguro de que ellos piensan ¿Y acaso he de vivir mi calle temiendo por mi vida porque ellos piensen? No valen los enredos menguadamente filosóficos de transformar el pensamiento en motor de violencia material. Cada cosa es la que es. De un pensamiento pueden deducirse ¿cómo no? acciones inconvenientes -esto sucede al Gobierno un día tras otro- pero es a partir de ahí que se debe imaginar la protección social correspondiente. La aventura humana está hecha de mil cosas distintas, pero no ha de extirparse del hombre el noble deseo de la aventura por el riesgo posible que represente su traducción a la vida fáctica. Si Dios creó el mundo seguro que tuvo en cuenta el uso que habríamos de hacer de su creación -incluida la existencia de los jueces- pero decidió que la existencia soberana estaba preñada de libertad. ¿Qué pasa: es que se creen ustedes dioses demiurgos encargados, tejas abajo, de corregir la existencia y convertirla en un traje a medida? Sr. Zapatero: usted que acude a tantas misas, con el palio vivido por dentro, ha de saber que eso de reinventar el alma es pecado contra el espíritu. El único pecado que al parecer condena, si uno creyera en fuegos eternos.
Los vascos empiezan a convivir cotidianamente con la opresión y esto es malo. O el pueblo euskaldun se autodestruye como nación digna, y acepta todo lo que sobre ella se proyecte, o ha de vivir con un irreprimible enfurecimiento interno por lo que ocurre a determinados vascos que, al fin y al cabo, son hermanos de los demás. Sobre este detestable suceso no he oído que en el Parlamento se alce voz alguna que solicite un análisis serio de tal situación. El Parlamento español opera con espíritu colonial y las guerras coloniales siempre se pierden y, lo que es peor que la derrota, dejan heridas anaerobias que llevan a la muerte de toda relación sincera. ¿Alguien ha dicho, o al menos ha insinuado, algo de esto en esa Cámara feroz que hasta doma y reduce a servidumbre a las voces más inimaginables en el silencio? Que yo sepa, nadie ha dicho nada sólido al respecto. Se asiste al espectáculo persecutor con la convicción de que estas cosas pasan ligeramente sobre la piel de la vida. Malos dermatólogos, por cierto. Porque la vida es como «El velo pintado» de Somerset Maughan y siempre acaba por rasgarse para desvelar al fin la realidad.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
No hay lenguaje para el ser humano, de Antonio Álvarez-Solís en Gara
La frase revela un profundo desprecio hacia el ser humano, sobre todo si quien la pronuncia alardea de socialista y la emite acerca de unos pescadores. Esta vez corresponde el exabrupto a la vicepresidenta del Gobierno de Madrid, Sra. Fernández de la Vega. Inconveniencia, además, que añade a su desdén la incoherencia más elemental por contraste con otras realidades. Pero leamos la frase. Se refiere la vicepresidenta a los familiares de los secuestrados en el «Alakrana»: «Entendemos la preocupación que puedan tener, ya con carácter general, en cuanto a los riesgos que se asumen pescando en una zona de esa naturaleza, pero esto también forma parte de su trabajo». ¿Se puede decir algo más hiriente, más desdeñoso, más desatinado? ¿Acaso cabe objetar sobre el oficio del pescador algún riesgo como propio que no sea el riesgo mismo de la mar o los daños profesionales en el trato de los aparejos? ¿Es que el pirata es inevitable?
Por lo visto, la vicepresidenta carga sobre las espaldas de los pescadores la falta de reflexión política sobre la pesca que hacen en aguas infestadas por la piratería. Los pescadores no sólo han de saber pescar sino que han de afrontar su tarea con un maduro razonamiento diplomático. Incluso no tiene en cuenta la frase el carácter de trabajo subordinado de esos trabajadores.
La vicepresidenta -en la que se adivina siempre un talante despectivo y acre- no muestra el más leve pesar por la ausencia de protección oficial en aguas hábiles para la explotación pesquera. No siente el rubor de abandonar a su suerte a los que parten para aquel mar. Los peligros, subraya, «forman parte de su trabajo». ¡Qué distinta consideración a la que guardan desde el Gobierno a los soldados que mueren en guerras absurdas o a los miembros de los cuerpos de seguridad del Estado cuando se enfrentan con la lucha armada que se produce en el ámbito de la nación!
Para los marineros hay una despectiva consideración del riesgo, aunque ese riesgo no lo generen ellos sino quienes allá los envían. Para los soldados o los policías o guardias el riesgo es anotado en sus expedientes como heroica participación en una lucha que, esa sí, es evidentemente propia del oficio que ejercen los uniformados. Ante ellos el Gobierno despliega las banderas, dispone las condecoraciones, ordena los himnos, habilita las pensiones. Ser víctima del oficio marcial o policiaco no es, al parecer, algo adecuadamente propio del oficio, ni forma parte de su trabajo.
Lejos de nosotros el más mínimo desprecio respecto al riesgo que corren policías o soldados. Más aún, lejos de nosotros tomarnos a la ligera los caídos en una guerra que no aciertan, no pueden o no quieren resolver los políticos que ocupan el poder y sus entornos más próximos. Pero también lejos de nosotros la más mínima consideración o respeto hacia quien ha pronunciado la infausta frase.
El oficio de la pesca no conlleva la aceptación del riesgo somalí. El pescador es un ciudadano a quien su empresa envía a pescar sin más consideración que el resultado económico de la misma. En este caso, a zonas que además teóricamente debieran estar libres de delincuencia, si es que esas zonas se controlaran con la radicalidad con que se controlan otras zonas más domésticas y por causas que no revisten los perfiles miserables de la piratería.
Yo me pregunto, con la sencillez de cualquier ciudadano de la calle, si en tiempo en que el paro asola la sociedad cabe despreciar un contrato para trabajar a bordo de un barco pesquero. ¡Claro que los pescadores saben el riesgo que corren yendo a faenar en las aguas frente a Somalia! Pero la consideración de ese riesgo de captura y aún de muerte violenta no compete a quien realiza su natural labor sino a quien ha de protegerla eficazmente. ¿La protege el Gobierno poniendo en el asador toda su fuerza política y diplomática?
La señora vicepresidenta sabe de sobra que no, prueba de ello es que a estas alturas contesta «que es importante, que es interesante, en el ámbito parlamentario y de la propia comunidad internacional abrir un debate sobre la cuestión». ¿A estas alturas del problema se habla de abrir el debate correspondiente? Sra. vicepresidenta ¿por qué a los socialistas les cuesta tanto trabajo aproximarse a la vida del ciudadano común? ¿Por qué además le azotan en cuanto muestra su indignación públicamente? Comprendo, para usar la debida coherencia, que a los llamados «populares» el ciudadano común les parezca simple yesca para encender su hoguera cuando les conviene, pero ¿a los socialistas tampoco les preocupa el ciudadano vivo y concreto, el que tiene piel, músculos y corazón?
Hace tiempo que debía estar condenado por la calle el lenguaje que se está empleando en los planos del poder. En ese lenguaje desaparece la persona concreta del ciudadano, que queda sumido en cifras abstractas, en consideraciones teóricas, en estadísticas con decimales, en discursos que hablan de una sociedad que no está hecha con segmentos vivos sino con sumas y restas sobre el papel. El ciudadano aparece dibujado como en los naipes que se arrojan sobre la mesa sin otra consideración que ganar una partida. Se habla del paro, no de los parados; del futuro no de sus habitantes; de los planes, no de los planificados. El poder es una sociedad en sí misma que sobrenada a la masa ingente de sociedades que viven como las algas, inertes a grandes profundidades. Por ejemplo, el Sr. Blanco, voz del PSOE emite una tremenda acusación contra el Sr. Rajoy: «El Sr. Rajoy -dice- está favoreciendo los intereses de los piratas». ¡Feroz denuncia que debería ser ilustrada con el debido acompañamiento de razones que dieran sentido a inculpación tan criminal! ¿Y por qué favorece el Sr. Rajoy a los piratas? Pues no lo sé, aunque el Sr. Rajoy ha dicho otra tremenda cosa: «Cuando no se previene ocurre la catástrofe y hacemos el ridículo». ¿Es lo que preocupa al Sr. Rajoy: que España haga el ridículo? Pero ¿en qué manos estamos?
Uno acusa a su oponente nada menos que de connivencia con un crimen. Y el acusado responde que la falta de protección a los pescadores secuestrados nos ha llevado a una situación risible. Al fondo Calderón de la Barca mantiene que honra es lo que reside en otro. Siempre España cuidando de las apariencias: no la ética sino la estética.
A unos les importa un higo lo que sucede a los pescadores del «Alakrana» y los otros se sonrojan porque unos somalíes que ni siquiera se sabe quienes son o por quienes son manejados se han burlado de los leones que custodian las Cortes. Ser español, aunque sólo sea a título administrativo, constituye una dolorosa desventura. Queremos estar en el G-8, fotografiarnos con los que manejan el desgraciado mundo actual, cenar con los que mejor cenan, acudir a fastos y fiestas… Y ante esa voluntad barroca de apariencias huecas ¿cuentan algo unos pescadores apresados en aguas frente a Somalia? ¡Quite usted allá! Como decía la sobrevenida mujer de un dirigente socialista durante la República ante una batalla de los obreros en la calle: «¡Hasta azúcar quieren ahora!».
Mañana acontecerá otra situación como la que están viviendo los tripulantes del «Alakrana». Y será empleado el mismo lenguaje. La democracia popular seguirá siendo un sueño en estas tierras gobernadas siempre por la arrogancia desde el poder, por el menosprecio hacia las masas, por los acuerdos para mantener viva la trituradora de la libertad. La gran burguesía seguirá teniendo faz rural y los que dicen enfrentarla desde la izquierda harán todos los días su ofrenda al becerro de oro. La libertad siempre será aquí de cartón piedra y la democracia sobrevolará con mucho cuidado sobre los piratas.
Antonio Álvarez-Solís, Periodista.
Títulos para capítulos en blanco, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
Alvarez-Solís analiza con humor pero en serio la faceta de consejero que ha adoptado Rodríguez Zapatero respecto a otros mandatarios, el último de ellos un Gordon Brown en horas bajas. Zapatero mezcla en sus consejos la defensa de ciertos valores y la fórmula para ganar votos. Pero su praxis denota que para él lo primero depende de lo segundo.
Brighton. Septiembre del 2009. Los laboristas se reúnen en un agónico congreso para analizar su difícil situación electoral. El Sr. Brown ve la tempestad sobre su cabeza. El Sr. Zapatero aparece como invitado y aún más, a lo que se ve por su discurso, como consejero. El Sr. Zapatero se está convirtiendo en un caballero de consejo. Europa pasa por este trance. Los consejos del Sr. Zapatero son elásticos y de amplísima aplicación. A mí me recuerda con frecuencia la irónica y fingida escena en que el rey de España, al que acompañaba su embajador en Liberia, miraba desde el coche a los desnutridos niños liberianos que agitaban banderitas españolas a su paso durante una visita oficial: «Dime, embajador ¿por qué están tan delgados esos niños?». «Porque no comen, señor», contestó entristecido el diplomático. Entonces el monarca ordenó a su chofer que parase, se apeó del vehículo y dirigiéndose a una de las criaturas le dio un cariñoso cachetillo en la mejilla y le dijo: «Hay que comer, hay que comer».
Si hay algo que domine el Sr. Zapatero son las frases convencionales sin contenido comprometedor. Pueden aplicarse por el anverso y por el reverso. El Sr. Zapatero anima al Sr. Brown: «La mejor manera de obtener el voto de los ciudadanos es ser fieles y coherentes con nuestros valores, ser el partido de la gente que no tiene de todo». En principio la frase parece granítica, digna de un monumento griego del siglo de Pericles. Dice: ser coherentes con nuestros valores… Suena bien. Pero ¿qué valores? Recorramos la historia del PSOE de la República acá. Y aún en la República. ¿Los valores políticos de unos dirigentes para conservar el poder o los valores ideológicos que se planteó el socialismo de masas en su nacimiento? ¿Los valores aptos para edificar una sociedad revolucionariamente distinta o los valores para únicamente «obtener el voto de los ciudadanos»? ¿A qué jugamos, a Moncloa o a sociedad? ¡Oh tempora, oh mores! Que traducido por un socialista de Pontevedra venía a decir melancólicamente: ¡Oh tiempo de los moros!
La situación resulta terminante en la mentalidad del dirigente socialista español: «Tenemos que crear un nuevo modelo económico». El espectador engalla la mirada, aprueba con el índice y espera animoso la descripción del modelo. Pero no hay descripción. Si acaso, el Sr. Zapatero aclara: mas no un modelo como en el pasado sino «garantizando que haya una transferencia de tecnología a los países pobres para que no se queden atrás». ¡Esto es absolutamente proletario! Solamente un pero: los países pobres ¿se han quedado atrás o los hemos dejado atrás? ¿Se han hundido en la pereza o los hemos desangrado? Esto no se aclara en Brighton. Es más, si transferimos tecnología a esos países ¿se hará para que el trabajo de sus masas, vendido miserablemente a las grandes multinacionales, produzca más plusvalía a los explotadores o para que esa transferencia fortalezca una producción propia, un sólido mercado propio y una capacidad igualitaria en la fijación de los precios originales? ¿Quién establecerá los precios de las materias primas obtenidas o semielaboradas por esos países: las bolsas de Washington, Londres, París o Berlín o los mismos productores nativos de esas naciones pobres a fin de autorescatarse mediante un mercado transparente y honesto? Tampoco se aclara en Brighton.
El Sr. Zapatero añade a lo anterior que «no habrá futuro para la humanidad si no hay un futuro para lo que menos tienen». Repito: la frase sería proletaria si tuviera fronteras intelectuales. Pero el «menos» la convierte en difusa; no se sabe si es absoluta o comparativa. «Los que menos tienen». Ay, ese reborde retórico… ¿Menos que qué, que quién, que cómo? Queda el cabo suelto. ¿Tiene menos ahora el Sr. Botín, por ejemplo y tras la crisis, que otros banqueros de su entorno occidental? ¿Entra, pues, el ilustre financiero como beneficiario en el ámbito de la frase? Dejemos la malicia. No retorzamos. Parece claro eso de los que «menos tienen». El Sr. Zapatero se refiere a los millones que sobreviven, no ya debajo un puente o en un set de cartones -porque esos han sido ya enterrados en la fosa común de la estadística- sino a quienes con un trabajo tenido por normal superan la última semana del mes devorando sucesivos platos de pasta al huevo adobada con un poco de encarchutada salsa de tomate. Conozco muchos casos. ¿Los conoce el ministro Sr. Corbacho, ministro de Trabajo, que ha declarado su seguridad de que una subida del IVA no afectará al coste de la vida? Tome usted un caballero de Hospitalet de Llobregat, trasládele a Madrid, ponga un banderín en su automóvil y el IVA se transforma simplemente en un verbo con falta de ortografía.
Las frases se suceden en Brighton como titulares de los capítulos de un libro con sus páginas en blanco. Ahora toca el momento de la creación de la nueva sociedad. Asunto trascendente, de calado definitivo. El Sr. Zapatero decide que es hora de abordar esa creación aprovechando los brotes verdes. Esto cobra tintes de ecologismo minimalista. Brotes verdes. Tomates verdes fritos ¿Cómo ha de ser la nueva sociedad? Para lograrlo sería menester realimentar el almacén de lo público. De ello hemos hablado ya en estas mismas páginas. Necesitamos rescatar la herencia creada con el esfuerzo colectivo y desviada hacia la riqueza privada por medio del testamento que consagra la propiedad como excluyente y adjudicada. Pero el Sr. Zapatero no se refiere a esta posibilidad ideológica. La nueva sociedad ha de constituirse simplemente «con hombres y mujeres que no sufran ningún tipo de dominación; ni por su situación económica ni por su origen, ni tampoco por su raza o por su orientación social». Ahora hay que ver cómo lograr este hermoso objetivo. ¿Permiten los sres. Brown y Zapatero esa dominación? Yo creo que sí. Es más, la alimentan militar y policialmente. El ser humano puede evadirse por si mismo de la dominación circunstancial, psicológica, emocional… Es difícil, pero se puede. Lo imposible es soslayar la dominación estructural a no ser que se cree un aparto institucional que permita al hombre ser sujeto de poder y de libertad, sujeto de soberanía, protagonista de su propio ámbito político. A eso se llama revolución, siempre menos dolorosa que la sangrienta represión necesaria para conservar la pirámide de clases. Ahora bien, lo primero que ha de hacer un socialista, si está tocado por el ala de la mariposa, es evitar los circuitos de represión para que el modelo nuevo pueda venir al mundo. De ello tampoco se habló una palabra en Brighton, que acabó con la ovación sentida de todos los delegados laboristas puestos en pie cuando el amigo español decidió regalarles el slogan mágico, los polvos de la madre celestina, la pata de conejo aún estremecida: «Suerte, suerte, trabajo, trabajo; esta es la clave de la victoria». Uno leía con buena fe, analizaba con honestidad. Pero ¿quién nos regalará la suerte? El mundo ha podido surgir del azar, aunque el azar es la forma con que los positivistas designan a Dios. Y Dios nos ha entregado el mundo para que no nos hagamos azarosos sino conscientes y determinados por la voluntad ¿Había alguna voluntad en Brighton? Había. Pero era una voluntad que se escurre como una serpiente por la boca de la urna. En cuanto al trabajo… ¿Aún más trabajo, Sr. Zapatero? Trabajo para sobrevivir, que no más; para librarnos del mal, para llegar arrastras al día siguiente. Trabajo comprado en el mercadillo del poderoso, donde nos miran los dientes y nos palpan los testículos reciclados en el INEM. Trabajo en definitiva para buscar trabajo. ¿Y esa es la clave de la victoria? Pero hombre, que mala suerte.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
La zona neutra y vacía, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
Las declaraciones de Alan Greenspan en las que afirmaba que la crisis económica actual se debe «a la naturaleza insaciable del ser humano», en boca de quien durante dieciocho años fuera presidente de la Reserva Federal estadounidense, mueven a la risa, pero sobre todo resultan cínicas, como el periodista Antonio Alvarez-Solís evidencia.
El Sr. Greenspan acaba de descubrir que la gran crisis económica que destroza al mundo se debe a la naturaleza «insaciable» del ser humano. El Sr. Greenspan ha ocupado durante más de dieciocho años la presidencia de la Reserva Federal de Estados Unidos, desde la que introdujo al universo occidental y a grandes países de Oriente en la libre economía de los llamados «derivados financieros», constituídos por los mercados de futuros, el juego de las opciones, los fondos de alto riesgo y otras invenciones, liberaciones y procedimientos perversos que han permitido comportamientos mortalmente corsarios cuando no de abierta piratería o filibusterismo. Pues bien, al final de su vida el Sr. Greenspan descubre que todos los sucesos que estamos viviendo no se deben a esa perversa libertad financiera que él protegió y con la que intoxicó al gran mundo occidental, sino a la «naturaleza» humana, abstracto lugar, según parece, que está gobernado por nuestros más nefastos demonios personales. El Sr. Greenspan hace bueno el dicho astroso de que el «diablo harto de carne, se metió a fraile». Ahora ha resuelto, para absolverse del desastre que creó tan expeditivamente, proyectar su pecado hacia la innata perversidad del ser humano, de la que él, por supuesto, no participa. Ha olvidado que en el año 2003 afirmó solemnemente ante el Senado de Estados Unidos que «lo que hemos visto a lo largo de los años en el mercado es que los `derivados’ han sido un vehículo extraordinariamente útil para transferir el riesgo de las personas que no deberían asumirlo a aquellas que están dispuestas y son capaces de hacerlo». ¿De hacer qué, Sr. Greenspan? ¿Se da usted cuenta de su infinito cinismo?
Se están multiplicando en nuestra hora y sociedad profundísimas zonas vacías, inmensos agujeros negros en los que son arrojados por sus presuntas culpas seres de toda índole que han colonizado el sistema. Con la creación de este infierno todo lo que queda al margen de la caverna de los condenados es declarado sano y esperanzador, sin reparar en que esa colectividad ignominiosa -formada por los que saben manejar los riesgos, según el anciano Greenspan- volverá a repetir los mismos procedimientos al margen de sus gravísimas responsabilidades, que deberían ser juzgadas duramente por tribunales especiales como actos propios de gran terrorismo. Pero ese terrorismo jamás ocupará el banquillo porque está protegido y aún fomentado por los estados de clase, que definen lo que es democracia y libertad, lo natural y lo recusable. Ahora han caído en los infernales pero transitorios agujeros negros banqueros que hace dos días eran citados como ejemplo moral a seguir por las masas.
Las lo indignante de la situación es que en esas áreas vacías donde todo es llanto y crujir de dientes están cayendo, junto al siniestro estafador, y asimismo por obra de su «insaciable naturaleza», los parados, los desposeídos de sus entecos ahorros, los pueblos que luchan por su libertad, los enfermos que resultan caros a los gobiernos, los que malviven en barrios infernales, los que no han podido recibir una educación conveniente… Si se aplica la delicuescente doctrina Greenspan, esos seres pertenecen también, a lo que parece, a esa naturaleza insaciable de la que no han sabido liberarse a tiempo. Seres que jamás se han preparado para evitar su paro, su enfermedad, su dependencia, su situación desesperada. Debe ser salvado el mundo creador del poder y para ello hay que meter toda esa masa que supone las tres cuartas de la humanidad en alguno de esos agujeros situados en la metafísica. Es decir, no deben desaparecer sólo los verdugos sino la totalidad de los ajusticiados, que han malogrado con sus menudas ansias vitales la gran obra de los poderosos. Todos los días los gobiernos hablan acerca del uomo qualunque, de su pecado de consumismo, de su disfrute alocado del crédito, del libertinaje de los que han pedido otro plato de sopa en el orfanato de Oliverio Twist. En una palabra, todos los días los Gobiernos nos acucian con nuestra obligación de apretarnos el cinturón cuando hace ya mucho tiempo que nos arrebataron los pantalones.
En esas zonas vacías, donde desaparecen todas las tristes realidades, reside ahora un mundo que no está originado, según se proclama, por la explotación, sino que ha nacido de su propia inoperancia, de una desgracia sin más origen que su torpeza. El infortunado ha pasado a autor de su propio infortunio. Es más, hasta hace cuatro días, en que se ha desgarrado por fin el velo de los perfectos, los fantasmales seres que pueblan ahora el desempleo o padecen la enfermedad sin medios para afrontarla o carecen de los bienes básicos de la vivienda o de la cultura, habían llegado a creerse culpables de sus males y discurrían por la vida de los «normales» como si fueran pecadores o suicidas. Hasta hace muy poco escuché a muchos trabajadores decir de los que empezaban a sufrir el paro que la culpa de tal situación era de los mismos parados por no haber sabido forjarse a sí mismos. La sociedad opulenta había envenenado de pragmatismo americano -esa doctrina en que se señala a los poderosos como los elegidos por Dios para gobernar el mundo ¿verdad, Sr. Greesnpan?- a los mismos pobres, a los marginados, a los inmigrantes, a los venidos de razas «inferiores», a los que no habían pisado ninguna calavera para alcanzar una superior altura. Trastornados por su propia situación, muchos individuos llegaron a suponer que había alguna razón de la que eran responsables para encontrarse sumidos en el lodazal en que se debatían. Por su parte los estados alimentaban el ideario de esta discriminación por medio de tristes asistencias, por las llamadas «políticas sociales» -esa nada entre dos platos-, recurriendo a la misma represión sobre el innominado, culpando día tras día, con insidiosa dialéctica, a los descolgados que habían ido a parar a las inmensas zonas vacías en que ahora yace la mayoría de la humanidad. Era la proterva época del triunfo de los «hechos a sí mismos» que normalmente salen deformes moralmente.
Ahí tenemos, pues, la «naturaleza insaciable» del ser humano como referencia absoluta de todo lo que nos sucede. Ya no es preciso cambiar el sistema económico-social sino rezar tres padres nuestros y tres ave marías a la puerta de la Reserva Federal. Ni siquiera cabe sostener la tesis de que la naturaleza parte de muy pocas grandes formas platónicas para convertir su decurso en cultura y, por tanto, en historia. El ser humano ha vuelto a reducir su voluntad y su libertad a la demoníaca insaciabilidad que antes de la actual recesión sólo se apoderaba del alma de los débiles y que ahora ha llegado a la cima donde hacen balance los elegidos. El Sr. Greenspan se aleja horrorizado de tal escenario y decreta, con perplejidad, su inocencia. El universo del dinero se ha poblado de agujeros negros a los que van a parar masas ingentes que no creen que hayan sido engañadas sino que piensan todavía como real su propia incapacidad para colocarse debidamente en los estantes adecuados. Hasta tal punto ha penetrado el engaño de los miserables sacerdotes. «Su naturaleza, hermano, les ha perdido», claman los pontífices que se asoman a sus balcones dorados para adoctrinar a la sociedad angustiada. Nadie quiere creer que se ha producido una colosal estafa por parte de los que manejan la gran máquina. Una estafa que empieza a repetirse. La responsabilidad es de nuestra carne flaca. Posiblemente hayamos tomado dramáticos y falsos atajos para acabar en donde estamos; pero lo cierto es que alguien ha aprovechado la noche oscura del alma para cambiarnos las señales de tráfico.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
Persona y vida colectiva, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
El autor analiza en este artículo el proyecto político de lo que él denomina «el abertzalismo pleno o de la recta observancia». La soberanía y el socialismo le parecen a Alvarez-Solís objetivos políticos deseables, viables y pertinentes, más si tenemos en cuenta que «hay en la nación vasca una gran tradición de esfuerzo colectivo para levantar las estructuras económicas y sociales que sostienen al pueblo euskaldun en un permanente espíritu de progresismo personal».
Cuando el abertzalismo pleno o de la recta observancia habla del futuro soberano y socialista de Euskadi lo hace de algo que conviene entender en toda su profundidad a fin de no inmovilizar el juicio en clisés viejos y en términos inadecuados a lo que ese abertzalismo pretende, si es que a mi vez he comprendido correctamente la cuestión. Hago esta última salvedad porque nunca está de más manifestar cómo entiende uno las cosas a fin de producir una dialéctica leal y oxigenante. Pues bien, el abertzalismo al que me refiero aquí y ahora manifiesta apasionadamente luchar por una Euskadi soberana y socialista.
Respecto a la soberanía de Euskadi no precisa el término de mayores aclaraciones. Si acaso no está de más confirmar que la soberanía es el derecho básico que se desprende de la realidad de cualquier pueblo, en este caso del pueblo vasco. No tiene sentido hablar de nación sin referirse seguidamente a todas las capacidades que comprende el término, entre ellas la de desplegar en plenitud las posibilidades soberanas que se derivan de la existencia nacional. Una nación sin soberanía o es una entelequia o desvela una dolorosa opresión. Como es obvio no es practicable la orientación de la propia vida si no se dispone de ella en plenitud. Vivir libre no es un hecho intelectual sino una emoción totalizante. Hablar, pues, de Estado plurinacional por parte de quienes pretenden seguir con su dominio sobre otros pueblos es una variante de retórica vacua y, en muchos casos, aviesa. Está entre la estupidez y el crimen. Pasemos, pues, a la segunda cuestión, la del socialismo. Sigamos con el método socrático, que es tan elemental.
El concepto de socialismo afecta de modo radical al modo de propiedad. Pero ¿cómo le afecta? ¿Significa el socialismo desposesión intolerante de las cosas que pertenecen al perfil más íntimo del individuo? La defensa de la propiedad como expresión de lo propio, esto es, como disponibilidad de lo que es más próximo para el individuo sólo puede darse correctamente en el marco de la gran propiedad colectiva, que garantiza el goce de lo doméstico. La propiedad no puede ser jamás otra cosa, si aspiramos a la felicidad de los pueblos, que la facultad para elaborar nuestra vida íntima en el marco protector de lo colectivo. Nada surge de ese falso «sí mismo», o lo que es igual, individualmente, si no es a través de complejas relaciones que se forjan en una constante interacción con «lo nuestro», con lo de todos, desde los hechos biológicos a los aconteceres sociales. Para ser dueño individual hay que ser previamente dueño colectivo. Es decir, la propiedad personal no puede extenderse más allá de un límite muy cercano de disfrute. Se es libre como cualquier miembro del cuerpo parece serlo a condición de que el cuerpo exista y pueda proceder como ensamblaje de sus partes constituyentes. De ahí se deduce que la privatización de los medios de producción -desde los medios materiales a los humanos- constituye un acto de usurpación que se opone radicalmente a la libertad y maduración del individuo. A estas alturas de la historia no resulta ya lógicamente concebible como mínimamente honesto y aceptable que el suelo o el aire, que las distintas energías, que los recursos sanitarios o culturales, que el mismo dinero -simple expresión para el intercambio- esté en manos privadas y excluyentes bien a través de la superestructura financiera bien mediante la intermediación del estado o de instituciones creadas para justificar la rapacidad de una minoría. La propiedad privada ha de alimentarse en la gran propiedad colectiva.
Este urgente esquema para edificar un futuro auténticamente humano mediante el socialismo no obrará beneficio alguno si no se dan dos presunciones básicas: el convencimiento del individuo acerca de su estructura colectiva de constitución y la correspondiente decisión de poner en marcha el proceso revolucionario que, pese a sus altibajos en la realización, origine un cambio radical en las mentes y las creencias superestructurales. Mi casa es mía, pero a condición de que no lo sea el suelo. Mi dinero es mío, pero a condición de que lo sea el mundo financiero. La futura democracia o se da en un marco de convencimiento socializante a todos los niveles o no será posible recuperar el espíritu básico del gobierno del pueblo por el pueblo, ya que el pueblo es el principio esencial de la existencia libre de cada individuo. Terminantemente, la libertad no es concebible en un marco de gran propiedad de los medios de producción o de los elementos que proporciona la naturaleza. Hay que decir, como prólogo a cualquier afirmación de este tipo, que el lenguaje ha de recuperar una elementalidad repleta de fuerza o todo se disolverá en la filosofía abstrusa y originada en la creencia de que la humanidad es una máquina guiada por seres excepcionales o dotados de míticas facultades de posesión. La gran paradoja del miedo a perder lo que se tiene es que realmente no se tiene. Sólo el socialismo -prefiero llamarle colectivismo, para evitar contaminaciones- garantiza que sea real la discreta propiedad de lo próximo. ¿Cabe identificar, siguiendo esta dialéctica, lo que significa el socialismo abertzale?
Aclarar esta aspiración socialista -de un socialismo muy vasco- mediante un gran y sostenido debate público equivale a avanzar sólidamente en el segundo postulado del abertzalismo. En Euskal Herria este debate puede resultar particularmente fructífero, ya que hay en la nación vasca una gran tradición de esfuerzo colectivo para levantar las estructuras económicas y sociales que sostienen al pueblo euskaldun en un permanente espíritu de progresismo personal. La nación vasca ha constituído a través de los tiempos un ejemplo vivo de quehacer colectivista sin renunciar a ninguna emoción de lo propio como dato próximo y doméstico. La época de la industrialización, tan ajena emocionalmente a lo euskaldun, alumbró una poderosa propiedad particular de los grandes medios de producción que no brotó del corazón vasco. Por eso hubo de nutrirse de una inmigración en que radica ahora algún problema relevante para la libertad de Euskal Herria como pueblo soberano. Del herrero vasco al gran empresario siderometalúrgico hay un camino adoquinado muchas veces por el imperialismo extraño al país. Madrid no ha querido entender nunca este perfil euskaldun, que hace de la concepción social una tarea muy propia del ciudadano vasco del común. El vasco es depositario de un colectivismo respetuoso con los diferentes disfrutes personales, si estos no interfieren el pensamiento y la emoción colectiva. Los abertzales de la recta observancia parece que anclan ahí sus dos propuestas: la de la soberanía y la del socialismo. Una soberanía con espíritu robusto a pesar del largo agravio del imperialismo español para degradarla -y que vive ahora un momento duro hasta lo brutal- y un socialismo que ha de entenderse no como una restricción de la individualidad, siempre respetada y gozosa, sino como una exigencia de retornar a formas colectivas aquellos bienes fundamentales cuya propiedad no puede resignarse jamás en manos privadas. Euskal Herria ha conservado con decisión unas fibras emocionales en tal sentido y ha demostrado que solamente mediante el ejercicio de las mismas puede aspirarse no sólo a la realización elemental como pueblo sino al robustecimiento material del mismo. Creo que todo esto que digo es mucho más que un sueño.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
