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Desasosiegos, de Enric Juliana en La Vanguardia
ANÁLISIS
Se oye un continuo crujir en las cuadernas de Madrid. Algo se está rompiendo. Son los últimos cables que sostenían la confianza en el Gobierno, dicen los enterados. “Esto empieza a oler a elecciones anticipadas”, proclaman los confidenciales. Los mentideros siempre exageran. Mentidero, esa palabra tantas veces repetida cuando se habla de los líos de la capital de España, era el lugar donde los madrileños se reunían para comentar los chismes del día. Hubo tres muy bulliciosos: el de la plazuela del León, el de las losas de Palacio, frente al Real Alcázar, y el de las gradas de la iglesia de San Felipe en la Puerta del Sol, que fue el más estupendo, dicen.
Humean en los mentideros la última embestida de Aznar a Zapatero (”Nadie hizo tanto daño en menos tiempo”) y el sordo lamento de un veterano ex ministro del PSOE tras conocer el atropellado anuncio de las pensiones diferidas: “Ahora ya sé que perderemos las elecciones”.
La jubilación a los 67 años ha inquietado a todos aquellos que aún vivían la crisis como un estado de ánimo, más que como un estado de precariedad. No olvidemos que en un país con ocho millones de trabajadores intermitentes (41% del total), la mayoría de las personas que han perdido el empleo son inmigrantes y jóvenes.
Más los 400.000 autónomos, comerciantes y pequeños empresarios que han tenido que arriar velas en silencio. No hay relato moral sobre el heroísmo cotidiano del hombre que lucha por no cerrar su taller. El orgullo herido de las clases medias perdedoras se llevará al PSOE por delante. Aznar sabe muy bien hacia dónde apunta cuando proclama que “España ha vuelto a ser un país de segunda”.
Obama no sirve de auxilio. Después del desayuno de oración, Obama se desvanecerá. El toque alarmante, Zapatero lo ha recibido del aliado que no ha sabido trabajarse: Alemania. El Banco Central Europeo -es decir, el Bundesbank rebautizado- no financiará alegremente el déficit español. La crisis de España puede ser más peligrosa para el euro que la debacle de Grecia, remata, en inglés, Financial Times.
El jueves habrá que escuchar al banquero Emilio Botín ante la prensa internacional en Madrid, un día antes de que el Consejo de Ministros apruebe la nueva reforma laboral. Los sindicatos temen que el viernes amanezca con sorpresas, puesto que ya saben lo que es salir trasquilados de la Moncloa. El domingo 24 de enero, Zapatero llamó a palacio a Cándido Méndez y a Ignacio Fernández Toxo para hablar de las pensiones. Salieron casi convencidos de que le habían quitado de la cabeza lo de los 67 años. “Tendré en cuenta vuestros planteamientos”, les dijo al despedirse.
Zapatero, el griego, de Enric Juliana en La Vanguardia
EL IMPACTO DE LA CRISIS
El presidente emula a Giorgos Papandreu, esforzado líder de una Grecia ahogada No se podía acudir a Davos sólo con la alarmante tarjeta del déficit desbocado El retraso de la jubilación envía una señal a los mercados, pero tensa el clima social.
Z, el griego. José Luis Rodríguez Zapatero en el papel de Giorgos Papandreu. El Gobierno maniobra a toda velocidad para evitar que el vertiginoso incremento del déficit público hunda la solvencia del Reino y convierta en misión casi imposible la colocación de deuda pública española en los mercados internacionales. Este es el retrato. Este es el cuadro que permite interpretar el súbito y precipitado anuncio de la jubilación a los 67 años. Esta es la clave: en vez de arrojarnos a las inmensidades del Atlántico, la deriva de España nos conduce a las bellas costas de Grecia, país en serio riesgo de quiebra.
El retraso de la edad de jubilación para los nacidos después de 1959 se podía haber anunciado otro día. No era una urgencia que justificase la precipitación. En realidad ha sido una hábil operación de imagen para transmitir un mensaje de austeridad y sacrificio a los mercados financieros internacionales, y amortiguar -en la cumbre de Davos y en el mercado político interior- el impacto de la noticia más negativa del año: alerta roja, el déficit público español se halla fuera de control y ya supone el 11,4% del producto interior bruto. Hace dos años, las cuentas del Estado presentaban superávit.
El posible retraso de la edad de jubilación polarizó ayer el debate público, dejando en segundo plano el alarmante desvío del déficit público, cifrado en 19.000 millones de euros, según estimaciones dadas a conocer por la vicepresidenta, Elena Salgado, al término del Consejo de Ministros. Veamos el dato con toda su crudeza. Los presupuestos generales del Estado preveían cerrar el 2009 con un déficit del 9,5%. Estamos en enero y el cierre del ejercicio revela que el déficit real es del 11,4% del PIB. Y subiendo. Todavía hay margen contable para una mayor deuda pública, pero su coste comienza a ser muy oneroso. En el 2007, el Estado debía 370.000 millones (37% del PIB); tres años después, la deuda asciende a 550.000 millones (55%) En el 2010, el pago de intereses supondrá un desembolso de 23.600 millones, cifra equivalente a los costes actuales del seguro de desempleo y el doble de las inversiones previstas. Un mayor endurecimiento de los prestatarios por la pérdida de credibilidad de España, o un súbito encarecimiento de los tipos por parte del Banco Central Europeo, supondrían una catástrofe.
Se cumplen los pronósticos del gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que en su momento Zapatero no quiso escuchar. El estallido de la burbuja inmobiliaria, el paro y la caída del consumo han provocado un descenso en picado de los ingresos tributarios, Los peores -y malévolos- augurios de la prensa anglosajona también estarían en vías de confirmarse: España es, después de Grecia, el nuevo enfermo de Europa; el fuerte endeudamiento de toda la Europa meridional podría amenazar la estabilidad del euro. Zapatero, convencido estos días de que existe una campaña anglosajona para desacreditar España (pilotada, entre otros medios, por The Wall Street Journal, propiedad de Rupert Murdoch), no podía acudir a la cumbre de Davos con el 11,4% de déficit como única tarjeta de presentación.
El jefe del Ejecutivo español debía emular al primer ministro Papandreu, que también ha prometido hacer todo lo posible para evitar que Grecia se hunda en el Hades (el inframundo en la mitología griega). El Gabinete de la Moncloa preparó el equipaje. Ello explica que el anuncio de la jubilación a los 67 años pillase de improviso a la mayoría de los ministros -¿también a Celestino Corbacho, titular de Trabajo?- a los sindicatos y a la oposición.
La focalización del debate en pensiones permitió ayer a la vicepresidenta Salgado una cierta desdramatización del plan de recorte del gasto público, valorado en 50.000 millones de euros (la misma cantidad que el Gobierno ha gastado en el plan E de estímulo a la economía), recorte cuya traducción más significativa será la reducción en términos reales de los salarios de los funcionarios, hasta la fecha tratados con cuidadoso guante de seda por el Ejecutivo socialista. Para reforzar la solvencia del Reino, para evitar el naufragio en las costas de Grecia, Zapatero ha comenzado a pisar líneas rojas.
Tiempos difíciles, gente seria, de Enric Juliana en La Vanguardia
ANÁLISIS
La historia del almacén central de residuos radioactivos es muy instructiva. El proyecto comenzó a gestarse bajo la presidencia de Felipe González, época en la que en España aún se adoptaban decisiones estratégicas. Un único almacén sería más seguro, facilitaría el funcionamiento de las centrales nucleares en vida y contribuiría a saldar la onerosa factura francesa, poco conocida por el gran público, pero clave para acabar de entender la pertinaz subordinación de España al enérgico dictado de París. No hay carpeta importante (política exterior, lucha antiterrorista, conexiones interpirenaicas, balance energético…) en la que Francia no se halle en posición dominante respecto a España.
Desde el fracaso del plan nuclear de Adolfo Suárez a finales de los años setenta, se habrán pagado unos 630 millones de euros por el almacenamiento en Francia (central de procesamiento de Le Hague) de los residuos generados por la extinta Vandellòs 1. A partir del 1 de enero del 2011, la prórroga del contrato costará 59.000 euros al día (21,9 millones anuales).
El proyecto esbozado en tiempos de González quedó paralizado durante las dos legislaturas de José María Aznar. El de Valladolid es un hombre de firmes convicciones -así lo repite cada cinco minutos-, pero también posee un fino sentido de la oportunidad.
Sabe lo que le conviene.
Tras los idus de marzo del 2004, la idea fue retomada, con verdadera pasión, por el ministro de Industria José Montilla. El ex alcalde de Cornellà llegó al paseo de la Castellana con muchas ganas de demostrar que era un abnegado gestor. Los proyectos difíciles no le asustaban y por Madrid comenzó a circular la leyenda del ministro insomne. Montilla dedicó horas a perfilar el nuevo almacén central de residuos. Se dibujó una estrategia y comenzó a esbozarse la hipótesis de Ascó, aunque este extremo es hoy negado por las fuentes oficiales. El municipio que acogiese el nuevo almacén sería bonificado con una asignación de 7,8 millones de euros durante 60 años, 700 millones de inversión, 500 empleos y un centro tecnológico de punta para la investigación del tratamiento de los residuos nucleares. Un atractivo proyecto para un ministro-alcalde.
Apenas entrenado, Montilla tuvo que regresar a Barcelona para consumar la defenestración de Pasqual Maragall, el plan favorito de José Luis Rodríguez Zapatero en la primavera del 2006. Y le sucedió otro alcalde. Un alcalde que no estaba para líos después del vía crucis del Fòrum de Barcelona. Cuando Joan Clos llegó al ministerio, mandó parar. (”Yo soy alcalde y sé lo que esto significa…”, aún recuerdan haber oído algunas paredes del número 162 del paseo de la Castellana).
Clos es hoy nuestro hombre en Turquía y el ministro Miguel Sebastián, el inquieto Sebastián, el valido Sebastián, ha mantenido el proyecto en sordina hasta que la crisis ha puesto en evidencia la factura francesa. Ahora todo son prisas.
Por un extraño cálculo, los socialistas confiaban en que Convergència i Unió les sacase las castañas del fuego. El alcalde de Ascó es convergente. Bastaba con dejarle hacer, apoyarle discretamente y remitir la polémica decisión a la “esfera municipal”. Con esa hoja de ruta (¿aún se dice así?), el Gobierno de la Nación, esto es, el Govern de la Generalitat, podía abrigar la esperanza de salir indemne del fregado. Un alto concepto de la Nación, sin duda, del que los magistrados del Tribunal Constitucional ya habrán tomado cumplida nota. Observe el lector que últimamente la política en Catalunya la hacen los alcaldes. Son los únicos que arriesgan.
Han sonado los previsibles tambores de guerra y la entera clase dirigente se ha asustado. Artur Mas no quiere sucumbir en el sur: se halla ante su tercera y última oportunidad. Mariano Rajoy dice que sobre este asunto no tiene opinión, y María Dolores de Cospedal, que quiere ser presidenta de Castilla-La Mancha, ha montado un sainete increíble con el municipio de Yebra (Guadalajara), también candidato al almacén.
Montilla tenía ante sí una oportunidad de oro (¿no es verdad Antoni Gutiérrez Rubí, perspicaz asesor presidencial?). Solo ante el peligro, podía haberse agigantado, desafiando las veleidades de una opinión pública que no quiere molestias, que está enfadada con todo, que no sabe lo que le pasa; que no se fía de la política y a la vez exige sólidos liderazgos. Era la hora de ser Pujol a lo grande. Era el momento óptimo para demostrar la seriedad en tiempos difíciles, pero el PSC ha tenido miedo a la ruptura del tripartito; ese zombi, ese muerto viviente, ese Valdemar de Edgar Allan Poe al que le espera un horroroso final.
La trampa de tus ojos, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
El niño sale del cuadro y da la bienvenida a un grupo de escolares en el palacio Strozzi de Florencia. Los adolescentes italianos son tan nerviosos como los de cualquier otro lugar del mundo, pero en vez de exclamar ¡jo, cómo mola!, aún dicen ¡guarda che bello!, meciendo la ele geminada. Primer apunte en la libreta: de una nación cuyos jóvenes no se avergüenzan de decir en voz alta que una cosa es bella hay que seguir esperando cosas buenas, por ásperas que sean las crónicas sobre el hombre que gobierna en Roma.
El niño del cuadro es catalán y también sabe pronunciar la ele larga, aunque sin tanto balanceo, sin dejarse ir, puesto que su creador nació en Puigcerdà, recio enclave carolingio. El niño que atraviesa el marco es la obra más conocida de Pere Borrell del Caso (1835-1910), pintor que tuvo sus más y sus menos con la Llotja de Barcelona y acabó fundando su propia escuela. El cuadro se titula Escapando de la crítica y este invierno preside en Florencia una aconsejable exposición sobre el arte del trampantojo. Ni que decir tiene que los italianos se lo pasan en grande, puesto que las astucias del trompe l´oeil les resultan muy familiares aunque su idioma, flexible y cordial con las palabras extranjeras, no haya generado un nombre propio para la vieja técnica del engaño pictórico. Lo dicen a la francesa manera, dejándose ir, meciéndose. En castellano les daría miedo. Trampantojo es el abrupto despertar de un noble visigodo que ha estado a punto de sucumbir al enredo. Es una palabra orgullosa.
El colosal palacio Strozzi además de alzarse como uno de los edificios más contundentes del Renacimiento es también un trompe l´oeil. Es más grande que el palacio Vecchio de los Medici pero parece más pequeño. Sin una gran plaza enfrente, carece de la perspectiva necesaria para mostrar cuál llegó a ser la relación de fuerzas entre las dos familias más potentes de Florencia a finales del siglo XV. Los Strozzi, banqueros en Nápoles, tenían dinero más que suficiente para construir una mole imponente, pero los Medici, dueños del poder político, urbanizaban.
Luz y perspectiva son las claves del engaño pictórico.
Un saber antiguo. Un rudimentario conocimiento del circuito neuronal: nuestros ojos acaban viendo aquello que desean ver. El artista debe sugerirlo, propiciarlo, hacerlo inevitable. Se trata de resolver con gracia el frágil equilibrio entre la curiosidad y lo desconocido. Por eso el trampantojo entusiasma tanto a los italianos, pueblo en cuyo córtex cerebral está inscrito que las cosas acaban siendo aquello que parecen. Luigi Pirandello escribió algo al respecto.
En la psicología española, más que un entretenimiento, más que una ironía, el trampantojo es un reto: a ver si caigo en el engaño, a ver si soy capaz de descubrirlo. El engaño visual en España no es un juego filosófico, es una tensión. Una tensión perpetua.
El nudo argumental de la política española gira ahora mismo sobre la posibilidad de un trampantojo; de un espectacular trompe l´oeil a finales de año. Dentro de unos meses, las estadísticas comenzarán a enviar mensajes levemente positivos sobre la evolución de la economía. Primero será un ligero pálpito, después una señal más fuerte. En diciembre habrá indicios de un ligero crecimiento estadístico del producto interior bruto. El Gobierno lo sabe y por ello ha acentuado en las últimas semanas un cierto discurso pesimista. Andan con pies de plomo. Nadie puede acusar hoy a la vicepresidenta Elena Salgado de ser una mujer que se deje arrastrar fácilmente por el triunfalismo. Teresiana y taciturna, parece llevarse bien con la adversidad. El propio presidente del Gobierno transmite ahora mensajes de una mayor aceptación de la crisis, súbito realismo que desespera a los incondicionales que aún quisieran verle montado a lomos del pertinaz optimismo. Zapatero ha decepcionado a mucha gente, pero no es Mr. Bean. Señores, el Gobierno está preparando una astucia pictórica. Fíjense en el cuadro de Pere Borrell: a mayor oscuridad, más fuerza de la luz Más verosilimitud de la perspectiva. Más verdad. El niño sale del cuadro gracias al empuje que le proporciona la iluminación. Esa es hoy la estrategia de José Luis Rodríguez Zapatero, acuciado por las encuestas y por los deseos de su esposa de abandonar la Moncloa en 2012. Ha mandado apagar las luces del optimismo para que los datos positivos generen una mayor ilusión. Una ilusión óptica. Sí, los especialistas coinciden en señalar que esa previsible mejora difícilmente va a crear empleo, dada la gravedad de la avería del modelo económico español. Una falsa perspectiva, sí, pero el ojo humano siempre acaba viendo aquello que desea ver, mientras el pincel del artista sea hábil con el juego de la luz y las sombras.
La sensación de que estamos saliendo del marco oscuro será el gran tema, cuando ya se haya despejado la embarazosa incógnita catalana y se avecinen las elecciones locales y autonómicas. ¿Una ilusión imposible en una sociedad aparentemente poco dada a los juegos teatrales de Pirandello? No caigamos en el tópico. España también es un país de trampantojos.
Ya para ir acabando, observe el lector estos otros contrastes en el fondo del lienzo: somos antinucleares, pero acaba de estallar una competición por el cementerio de residuos radiactivos; sentimos repugnancia ante la palabra discriminación, pero la mayoría sabe que en Vic late una verdad; vivimos en uno de los países más descentralizados del mundo (dicen), pero sus poderes se excitan como una damisela ante un ratón cuando un alcalde intenta salir del cuadro. Escapando de la crítica.
Encapotados, de Enric Juliana en La Vanguardia
Cuaderno de Madrid
El tablero se mueve a favor de Rajoy, pero la crisis de la patronal CEOE resta profundidad a su avance
Hace en Madrid un tiempo de perros. Cuando no nieva, cae una lluvia diminuta y helada. Una llovizna insidiosa. Han desaparecido los cielos velazqueños y todo es color panza de burro. Todo es Ministerio. Sin ese azul intenso visitado al atardecer por unas nubes de pálido algodón, sin ese azul sedoso, allá en el Campo del Moro, la ciudad Estado es de una tristeza infinita. Una tristeza áspera y eficaz.
Madrid debió de ser un lugar espantoso en invierno de 1940 (el de 1939 fue terrible). Un frío de posguerra ha tomado los anocheceres y han vuelto los rumores. Los rumores tozudos, los rumores que perforan el cuadro existente. Crece la sensación de que un tiempo se acaba. De que los socialistas se la van a pegar. Raúl del Pozo, que escribe la mejor columna de la prensa madrileña –una columna chula, bien adjetivada y esculpida con una navaja que aún siente cierto respeto por la Política–, sostiene, voluntarioso, que Zapatero aún no está muerto. Del Pozo, que fue maestro de escuela en la periferia de Barcelona durante el Alto Porciolato antes de conocer París y recalar en el café Gijón, debe de ser el único periodista de Madrid convencido de que el presidente aún tiene salvación. La crisis y el fulgor de tantas navajas que le han perdido el respeto afirman lo contrario. Dicen que no. Que no. Zapatero tiene un mal frame y George Lakoff, el inventor de los famosos marcos mentales que tanto entusiasman al PSOE versión Leira Pajín-Jesús Caldera, será su perdición. Un ignoto profesor Moriarty (¿quién será?) ha introducido en la red la venenosa metáfora de Mr. Bean. El frame ha dado la vuelta el mundo. Ha perforado las páginas del China Daily y ha regresado con una encuesta bajo el brazo que dice que tras la muerte anunciada del tripartito catalán podría venir la derrota socialista en Andalucía. Un jaque capaz de convertir la izquierda española en un nuevo y catastrófico Partido Socialista Francés. Es posible, sin embargo, que Del Pozo, con esa envidiable escritura capaz de describir la Catalunya de hoy como un castillo gótico en el acantilado, esté en lo cierto. Aún tiene baza Zapatero. Mejor dicho, aún tiene suerte. El fatídico cerco al que se halla sometido presenta un fallo estructural. El Partido Popular se ha quedado sin el apoyo aéreo de la patronal. Los manuales dicen que lo más temible en España es la huelga general. Y aciertan. Una huelga contundente en los servicios públicos puede herir de muerte a un Gobierno desgastado, pero una buena inteligencia entre patronal y oposición también es temible. Amarrado a UGT, Zapatero sabe que no tendrá huelga general. El estrepitoso derrumbe de la cúpula patronal se lo ha confirmado en Navidad. Noqueado Gerardo Díaz Ferrán por los graves problemas de sus empresas, la CEOE es hoy incapaz de combatir en campo abierto, de manera que pronto asistiremos a la firma de un remedo de pacto social. Será un pacto sin grandes cambios en las normas laborales, conforme al veto sindical. La CEOE navega al pairo, mientras su capitán afronta la aparatosa caída de Air Comet. El Gobierno, maquiavélico –como es su obligación–, no le quiere tumbar. Los sindicatos, tampoco. Y de las filas del empresariado de Madrid no parece surgir una buena alternativa, lo cual es un dato revelador: Esperanza Aguirre, claramente derrotada por Mariano Rajoy en los laberintos del PP, se está quedando sin alféreces. El Gran Madrid, endeudado hasta las cejas, también sufre la fatiga del metal. Por ahí podría contraatacar el PSOE. Esa es la Idea. Intentar la reconquista de Madrid en plena tormenta, antes de que Rodrigo Rato reorganice desde Caja Madrid las alianzas económico-financieras del baluarte central. Una contraofensiva dificilísima que exigiría el talento estratégico de Vicente Rojo, el general de ojos tristes que estuvo a punto de salvar la República. Demasiado para Leire Pajín. No tienen candidatos. Tomás Gómez, supuesto oponente de Aguirre, es muy flojo, y ningún socialista levanta cabeza frente a Ruiz-Gallardón. Algunos veteranos del PSOE sueñan despiertos: Alfredo Pérez Rubalcaba, candidato a la comunidad, y Javier Solana, candidato a la alcaldía. Una fantasía. Un movimiento audaz y arriesgado para evitar el derrumbe en las elecciones municipales y autonómicas del 2011 y la debacle definitiva un año después. La contraofensiva sería empujada por una reorganización ministerial en julio, una vez finalizado el fatídico semestre europeo. Rumor persistente: la abnegada María Teresa Fernández de la Vega abandonaría la vicepresidencia para dejar paso a José Blanco, figura en alza; tan en alza que algunos ya le imaginan como candidato alternativo a Zapatero si la crisis no mengua en el 2010. Rumores de Madrid, donde cada mañana nacen cien conspiraciones y apenas dos siguen vivas a medianoche. Hace un frío de mil demonios, los cielos velazqueños han sido secuestrados y las nubes panza de burro sólo dejan ver, a lo lejos, un castillo gótico en el acantilado. Allí comenzará el nuevo ciclo. La película de la década.
¿No nos quiere Carolingia?, de Enric Juliana en La Vanguardia
LA PRESIDENCIA ESPAÑOLA DE LA UE
José María Aznar intentó convertir España en una segunda Gran Bretaña: relación privilegiada con Washington, tensión con Carolingia (París y Berlín), mal rollo con Marruecos (como consecuencia del movimiento anterior), buena amistad con los euroescépticos del Este (checos y polacos, preferentemente) y entente cordial con Berlusconia. Miami era la cabeza de puente y Florida, el modelo inmobiliario, digo económico, a seguir.
El 11-M desbarató la reconversión británica de España y la fenomenal crisis financiera del 2009 ha congelado los alegres palmerales de la ibérica Florida.
José Luis Rodríguez Zapatero llegó al Gobierno de sopetón y con tres ideas: regresar a Carolingia, escenificar el enfrentamiento con el Lado Oscuro de la Fuerza (el Washington de ayer) y seguir disfrutando las mieles de Florida (condición indispensable para poder llevar a cabo el movimiento anterior sin riesgo de descalabro).
La crisis lo está alterando todo. El mundo es otro. Preside Washington san Martín de Porres. Florida se ha evaporado. Y el problema vuelve a estar en Carolingia, porque en los últimos seis años Zapatero no ha dibujado un triángulo equilátero con París y Berlín. Es muy, muy, amigo de los franceses y no ha sabido sintonizar con los alemanes.
El Milanesado, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
El spumante no es tan bueno para la ducha como el champán francés, pero su elegante sequedad acompaña bien las ironías. Las finas ironías. Una copa de spumante, preferentemente de Asti (Piamonte), no se la vamos a negar al embajador italiano en España, Pasquale Terracciano, que estos días tiene motivos para la sonrisa -una leve sonrisa-, después de haber pasado un año de mil demonios.
La política italiana se reitera como una caricatura de sí misma. La máscara del hombre que gobierna en Roma ha dado varias veces la vuelta al mundo hasta alcanzar el paroxismo en diciembre con esa lacerante imagen de un rostro ensangrentado por las agujas góticas de la catedral de Milán. Un atentado en miniatura. Un desequilibrado empujado a la acción por la furia mediática. Algo parecido podría ocurrir en España, al paso que vamos.
En Italia ya sucedió hace sesenta años, con tintes más dramáticos. En verano de 1948, en los albores de la guerra fría y con el país todavía en ruinas, un fanático azorado por la tensión política le pegó tres tiros al dirigente comunista Palmiro Togliatti a la salida del Parlamento. El Tour de Francia evitó la insurrección obrera. Gino Bartali, el gran rival de Fausto Coppi, conquistó el maillot amarillo y Togliatti pidió calma por radio desde la cama del hospital.
Ha sido un mal año para nuestros vecinos mediterráneos. El prestigio del made in Italy se está resintiendo. Este es un dato fundamental. La marca que abre puertas en todos los mercados del mundo es la clave de la unidad civil italiana en estos tiempos en los que no se sabe muy bien qué es una nación en el magma imperial europeo. Esa pérdida de prestigio tendrá consecuencias políticas a medio plazo. En un envidiable ejercicio de independencia, el Tribunal Constitucional ya ha dicho no al blindaje judicial del primer ministro.
En Madrid, sin embargo, se siguen publicando disparates sobre un inexistente retorno de Italia al fascismo. Un juicio ideológico erróneo, envuelto en la capa de la hidalguía. La novedad es otra. El 2009 se ha cerrado con un inesperado crescendo de la influencia del capitalismo italiano en España. Como el lector recordará, la cadena Telecinco, controlada empresarialmente por el hombre que gobierna en Roma, acaba de hacer pública la compra del canal Cuatro y del 22% de la plataforma Digital Plus.
Todo empezó en los años ochenta. El multimillonario milanés fue invitado a participar en el despliegue de la televisión privada en España gracias a la mediación del líder socialista Bettino Craxi ante su homólogo Felipe González. Craxi -más tarde acusado de corrupción y exiliado voluntariamente en Túnez, donde murió- se había convertido en el gran protector del hombre que desafiaba el monopolio de la RAI, granítica fortaleza de la Democracia Cristiana. El desembarco de Mediaset fue completado, años más tarde, por la entrada del grupo milanés De Agostini en Antena 3. La televisión privada en España lleva sello italiano. Los directivos Maurizio Carlotti y Paolo Vasile, ambos hijos de Mediaset, son las dos personas que más han influido en la reconfiguración de la cultura popular española.
Los milaneses también poseen el diario que tanto se esforzó para echar a González del poder. El grupo Rizzoli, propietario del Corriere della Sera, el gran periódico de la burguesía italiana, controla El Mundo. En la Via Solferino de Milán, Rizzoli sindica a los principales nódulos económicos del norte, con Fiat en proa. (Cesare Romiti, antiguo consejero delegado de Fiat, nunca perdonó que Felipe González, bien conectado con Alemania, propiciase la entrada de Volkswagen en Seat; mejor dicho, nunca perdonó que Fiat perdiese la gran red comercial de Seat en España.)
Y milaneses, o formados en Milán, son los directivos (Andrea Brentan, Luigi Ferraris…) que la eléctrica Enel, propiedad del Estado, ha enviado a Madrid para tomar el control de Endesa, la principal empresa española de energía, que antes que catalana debía ser alemana, pero que, como todo el mundo sabe, acabó siendo italiana.
Una copa de spumante a la salud de Francesco Sforza, que dio marcha al ducado de Milán antes de que lo conquistasen los españoles en el siglo XVI. El condottiero debe de estar echándose unas risas en la tumba.
El Rey llama a España a prepararse para amenazas “complejas e inciertas”, de Enric Juliana en La Vanguardia
LA CRÓNICA
El avispero de Afganistán sobrevuela la celebración de la Pascua Militar
Si España fuese un país serio, el gran tema del día sería el creciente esfuerzo del Estado para mantener un mínimo consenso social sobre la presencia militar en el avispero de Afganistán, el peligroso desfiladero en el que sucumbieron el Imperio Británico y la Unión Soviética. Ese fue ayer el principal acento del discurso del rey Juan Carlos en la celebración de la Pascua Militar. “Junto a los riesgos y amenazas tradicionales para la paz y la seguridad, han surgido otros capaces de causar daños indiscriminados. Así, debemos estar preparados para afrontar, de manera dinámica, amenazas complejas e inciertas”, dijo el Monarca en clara referencia al terrorismo yihadista, clave del conflicto afgano.
En la medida en que España sólo es un país serio en días alternos -en el mejor de los casos-, resulta muy probable que el foco acabe centrándose hoy en los pantalones que lució la ministra de Defensa en la citada celebración. Por segundo año consecutivo, Carme Chacón volvió a interpretar los límites del protocolo -previa consulta a la Casa Real-, moderando esta vez la intensidad del maquillaje, optando por un peinado más convencional y matizando contrastes. En términos militares podríamos decir que la ministra corrigió el tiro sin abandonar la trinchera. De haber acudido con falda al Palacio Real, hoy estaríamos hablando de rendición incondicional. Tenaz y siempre con el gesto muy estudiado -quizá demasiado-, Chacón sobrevivió al telediario de las tres.
Vayamos a lo serio. Occidente se la juega en Afganistán. Después de casi nueve años de ocupación, los progresos en la edificación de un Estado mínimamente democrático y autónomo del fanatismo islamista son muy escasos, por no decir que inexistentes. La Administración que preside Hamid Karzai, el hombre que luce las mejores túnicas de seda de Oriente, se ha demostrado corrupta, ineficaz y tramposa. Karzai apenas gobierna más allá de los muros de Kabul. El país sigue anclado en la edad media, el cultivo de opio no conoce límites y al amparo de sus beneficios el talibán ha recuperado prestigio e influencia ante los jefes tribales, verdaderos señores del país. El talibán acecha. Combates, escaramuzas y atentados son cada vez más numerosos, con el consiguiente incremento de muertos y heridos en las tropas de los 37 países de la misión Isaf.
Afganistán comienza a rimar con Vietnam y ese no es el mensaje que los gobiernos occidentales vendieron a sus electores. No es una misión de paz. Es una misión de guerra, de guerra latente, de guerra intermitente, pero de guerra. En el sondeo del Instituto Noxa publicado el pasado fin de semana por La Vanguardia, un 60% de los encuestados se pronunciaba por la retirada de tropas de Afganistán. José María Aznar se metió en el infierno de Iraq con el 80% en contra. ¿Le queda a José Luis Rodríguez Zapatero un margen de 20 puntos?
Azuzado por los republicanos que le acusan de blando ante la amenaza terrorista, el presidente norteamericano, Barack Obama, exige una mayor implicación europea. España enviará 500 soldados más en el 2010 y otros 19 países de la Isaf también han comprometido más tropas. El próximo día 28 de enero una conferencia internacional convocada en Londres tratará de redefinir la estrategia occidental. Se pretende acelerar la formación y adiestramiento de un ejército afgano fiel al oficialismo, que permita evacuar cascos azules en los años venideros. En febrero de 1989, retirado el último hombre del Ejército Rojo al otro lado del río Amu Daria, los oficiales afganos que se mantuvieron fieles a los rusos fueron ahorcados por el talibán en las farolas de Kabul.
Afganistán no está para muchos eufemismos. La ministra Carme Chacón evitó ayer las dulces referencias a la paz del primer zapaterismo y reconoció sin ambages que la misión afgana es muy peligrosa. “Es la misión más dura, más compleja y más arriesgada en las que han participado las fuerzas armadas españolas en veinte años de labor en el exterior”, dijo.
El Rey reforzó su alerta con otra apelación: concienciar a la sociedad de que la política de Defensa es parte de la cultura democrática, “estrechando los vínculos entre la sociedad española y sus fuerzas armadas”.
¿Ha muerto Sepharad?, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
Jordi Pujol dice que Salvador Espriu ha fracasado. Y un viento gélido azota los cipreses del cementerio de Arenys de Mar, donde el poeta está enterrado. Un invierno plúmbeo se cierne sobre la bella Sinera, que desde hace años se sabe condenada a la ingratitud y al olvido. El edicto es tajante: ¡Espriu ha fracasado!
Cuando quiere hacerse oír, Pujol primero provoca y después matiza. Matiza y nos dice que lo que en realidad ha fracasado es Sepharad, que no es una princesa oriental, sino el nombre hebreo de España y de la entera península Ibérica desde la edad media. Sepharad encarna el mito de la España reconciliada en La pell de brau, el libro de poemas más famoso de Espriu (no el mejor, según Xavier Bru de Sala, el más documentado de sus críticos), editado por primera vez en abril de 1968. Sepharad es una idea en verso:
Sempre que goso mirar el meu cor i el seu esglai veig l´estesa pell de brau vella Sepharad
El mito de Sepharad ha fracasado, nos dice Jordi Pujol, tras tomar nota de las más airadas reacciones españolas al editorial de los doce diarios catalanes en defensa del Estatut, un texto amistoso -claro, pero amistoso-, que apelaba implícitamente a Sepharad, sin necesidad de citar los más azucarados -¿e ingenuos?- versos de Espriu, un hombre que fue muy poco dado a la dulzaina.
Diversos són els homes i diverses les parles i han convigut molts noms a un sol amor
Sepharad ha fracasado, afirma Pujol apuntando a los federalistas, extraña raza de pingüinos desde que don Estanislau Figueras constatase en 1873 que la Primera República iba camino del manicomio.
(”Estoy hasta los cojones de todos nosotros”, proclamó Figueras antes de dimitir y coger billete para París). Y envía un mensaje cifrado a los suyos. Les dice que, por ahora, no se dejen tentar por las ofertas de pacto español. Ofertas que serán golosas y, si es necesario, hablarán catalán en la intimidad.
En aquest escenari de Sepharad, pengem de fils que mouen secretes mans i puntegem al pulcre ball del parrac
Y les recuerda -Pujol a los suyos- que los buenos tiempos que Convergència i Unió puede estar acariciando después de seis años años en el desierto sólo serán posibles desde una reubicación sociológica, puesto que el país está inflamado. Si en los ochenta el centro catalanista oscilaba entre el utilitarismo, la fe sincera en Sepharad y una mínima ensoñación por la independencia, hoy, ese campo central parece situarse entre el crónico enfado y una creciente fascinación por el tan manido Adéu, Espanya del poeta Joan Maragall. ¿Cuántos grados se ha desplazado el centro de gravedad? Nadie lo sabe a ciencia cierta. He ahí el misterio que decidirá, quizá por mucho tiempo, el largo empate entre socialistas y convergentes, con las consiguientes repercusiones, de importantísimo calado, en la política española. Pujol advierte el riesgo.
Ara sortim del recer al camp ras, al perill, i enceníem focs de guaita en la nit
Sepharad ha fracasado, también parece decir la encuesta que publica este domingo La Vanguardia.Un abismo comienza a separar a catalanes y españoles en asuntos de alta sensibilidad. (Y algunos ingenuos descubrirán hoy que es en el País Vasco donde tienen más ganas de que al Estatut le peguen un buen hachazo). Hay que rendirse a la evidencia. Sepharad no ha podido convertirse en una única esfera, en una nueva comunidad de sentimientos, confirmando al Espriu más sombrío.
Dèiem: ´Hivern de Sepharad hem de donar senyoria a la foscor i al glaç´
Y, sin embargo, ¿ha muerto Sepharad? Un poeta anterior a Espriu, el portugués Fernando Pessoa, habló de una península y tres naciones. Radicalmente adverso a la unicidad (con sus seis o siete heterónimos, era él y otros muchos), Pessoa escribió fantasías confederales que en los últimos años -¡paradojas de Iberia!- han tenido buena prensa en Madrid. Pessoa imaginó Sepharad sin darle nombre, sin precisar su forma, pues esta sea, quizás, la sustancia más real de su existencia. Una hipótesis necesaria a la vez que inalcanzable. Una metafísica.
(Pujol acaba elogiando “el espíritu honesto y la energía moral” de Espriu. No está de más recordarlo, puesto que algún patriota del morro fort podría interpretar que la consigna es otra. Que es hora de enterrarlo por segunda vez, ignorando que sin clásicos no hay nación).
Quai d´Orsay, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
El suelo cruje en los pasadizos del Quai d´Orsay con la música acogedora y misteriosa que suele teclear el entarimado de las casas antiguas. Sucede en Europa. En la vieja Europa. En París. Esa seca melodía sólo se oye de los Pirineos para arriba, donde la tensión con el invierno siempre ha sido un acontecimiento radical.
Crujen las viejas tablas del Quai d´Orsay, dilatadas por el paso del tiempo y el calor benéfico de una calefacción sin concesiones a los acuerdos de Kioto y a los desacuerdos de Copenhague. Europa es, ante todo, una buena calefacción. Nieva en París y siempre envidiaremos sus inviernos. Esa contención. Ese sentido de la realidad. Ese temor de Dios, que nunca será del todo nuestro porque la verdadera civilización europea surge del miedo a la intemperie. Hambre, guerra y frío. El europeo del norte, el europeo genuino, jamás dejará de oír una voz interior advirtiéndole de que todo se puede desmoronar entre diciembre y febrero. Aunque Castilla se vista de tundra y los niños catalanes canten muy tiernos villancicos al desembre congelat, los europeos del sur vivimos sin verdadero temor al gélido abismo. Entre nuestras pesadillas no figuran el Kremlin y Gazprom cortando el gas de Siberia. Otros son los fantasmas. Y apuntan más al sur. A las puertas del desierto. El adversario sigiloso. El fanatismo. Y ese calor. Ese calor africano de todos los dieciocho de julio.
Divagaciones ociosas en una sala de espera del Quai d´Orsay mientras la nieve cae sobre París. Las tablas crujen, la calefacción mantiene a raya al general invierno y los infinitos corredores del segundo cuerpo diplomático del mundo (16.000 personas a su servicio) tejen la visión francesa del mundo. Una lógica cartesiana que cada día, a las doce en punto, enuncia una idea. Los norteamericanos vigilan el planeta. Los británicos velan por su manual de uso. Y los franceses lo piensan. Cada mediodía, la oficina del porte parole del Ministerio de Asuntos Exteriores, hoy comandada por el vivaz embajador Bernard Valero, ex cónsul general en Barcelona, aporta una idea interesante, en orgullosa competición con Ian Kelly, portavoz del Departamento de Estado (18.900 empleados), y Tony Mather, jefe de información del Foreign Office (14.900 servidores de Su Majestad).
Francia es una idea del mundo. Es un programa escolar único. Un idioma elegante; el más elegante. Es París. Es la República. Es un Estado nacional que pasó por la guillotina a los federales girondinos y ridiculizó en la escuela a los niños que hablaban occitano y bretón. (Atención, nostálgicos del uniformismo español, el truco era ese: ridiculizar y sofocar con una buena administración. Franco, el Africano, se cargó por los siglos de los siglos la remota posibilidad de una España jacobina). Francia es una unidad de destino en lo cartesiano. Cincuenta y ocho reactores nucleares que venden electricidad a casi toda Europa y al norte de África. Cuatro submarinos atómicos. El portaaviones Charles De Gaulle. El amor a la lógica. Una Iglesia católica inteligente (que sabe influir sin la ortopedia del Estado). La pedantería de sus intelectuales. Y por encima de todo, el orgullo de poseer y exhibir tantos atributos. ¿Qué espera Francia del inminente semestre europeo español? “Esperamos, sobre todo, que Europa deje de vivir obsesionada por sus mecanismos institucionales y se dedique a tomar decisiones que la gente aprecie y comprenda”, responde Pierre Lellouche, secretario de Estados para Asuntos Europeos, con categoría de ministro. Nacido en Túnez, hijo de un artesano judío, el señor Lellouche es un francés imperativo, que matiza el obligado exhibicionismo intelectual parisino con un retraimiento árabe. Habla al modo bonapartista, dibuja el mundo según los intereses de Francia y luego se recluye en su medina.
En el Quai d´Orsay todo son palabras amables para “nuestros buenos amigos españoles”. Fracasado el experimento aznariano de transformar España en una segunda Gran Bretaña, en acerada tensión con París y Berlín, el engranaje neobonapartista funciona y fluye. Francia piensa el mundo y España le secunda, con fatigosa eficacia, buena voluntad y notable autonomía de vuelo en Latinoamérica.
(¿Qué espera realmente el Quai d´Orsay de José Luis Rodríguez Zapatero en los próximos seis meses? Sobre todo, una cosa: que ayude a Herman Van Rompuy y a lady Catherine Ashton a ponerse en pie al frente de la nueva nomenklatura europea. Que les ceda protagonismo en la foto. Así se hará).
La Catalogne, en observación
Las referencias a Catalunya eran constantes en la charla informal de altos funcionarios franceses con un reducido grupo de periodistas venidos de España a mediados de diciembre. Le Monde afirmaba aquellos días, a cuatro columnas, que “Le indépendantisme progresse en Catalogne“. Dos apuntes en el bloc de notas. Primero: “Los vascos habrán tomado nota de que se pueden defender ciertas ideas sin necesidad de matar a nadie”. Segundo: “¿Flandes, Escocia y Catalunya, independientes? Vaya faena. Tendríamos que renegociar el tratado de Lisboa y someterlo de nuevo a 30 referéndums. ¡Uf!”.
Eslovenia, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
He venido a verle antes de que me lo prohíban.
- En el gulag catalán toda atrocidad comienza a ser posible. Es horripilante el recorte de libertades que está sufriendo Catalunya.
- Perdone, Segador, creo que no me ha captado bien. Pretendía ser irónico. He venido a desearle unas felices fiestas, a probar el sabroso caldo de hueso de jamón con manzanilla que en invierno sirven en esta su casa, la Cueva de Zaratustra, y a charlar un rato.
- Es usted el que no ha entendido. Soy toro disecado, perdí la vida para mayor gloria de la Fiesta Nacional, hablo algunos días y sé leer entre líneas. Mi condición de estoico condenado a la eternidad me impide toda contemplación fanática de la realidad, incluidas las espesuras y rarezas de Catalunya. Le noto tenso. Quise responder con un sarcasmo a su arranque inseguro. ¿Acaso necesita usted justificarse de algo?
- No. Pero la verdad es que dudé en venir esta vez a la Torre del Oro. Temía una escena demasiado tópica. Está usted flanqueado por dos fotografías. En una se ve al general Franco departiendo con el Cordobés, y en la otra a Ernesto Che Guevara en Las Ventas durante su visita a Madrid en septiembre de 1959. Creo que estas dos fotos lo explican todo. La afición al toreo es hoy un rasgo nacional español. No sé qué votaría.
- No me extraña. A usted le interesa más la política que la moral.
- Hombre, dicho así…
- Se lo digo como lo pienso. Le tengo estudiado. Ve el mundo como una constante y caótica relación de fuerzas, y ahora cree que el debate sobre los toros es inoportuno. No se puede defender el Estatut con energía, jugar al Sis d´Octubre los fines de semana y encima irritar la piel de millones de españoles tratándoles de crueles e inmorales por su afición a los toros.
- De la misma manera que en el 2005 no se podía aprobar un Estatut casi confederal y a la vez pretender que el centro de gravedad de la industria energética española se desplazase a Barcelona, sin sufrir contratiempo alguno. Ya sabe, la ingenuidad de la Brigada Pomorska, aquella alocada caballería polaca…
- No, no tienen ustedes cuajo para librar tantas batallas políticas a la vez, aunque algunas de ellas sean meramente simbólicas. Nunca lo han tenido. En los años treinta ya quedó demostrado. Pero las cosas son como son. Si la legislación catalana admite iniciativas populares en el Parlament, las iniciativas surgen.
- Catalunya es la sociedad más democrática de España.
- También la más desorientada.
- Tengo, sin embargo, una convicción.
- ¿Usted? No me lo creo.
- Recuerdo dos cosas de mi primera vez en Las Ventas: un tipo que vendía tragos de whisky transportando la botella y los vasos en un cubo de plástico -una estampa para Valle-Inclán-, y la sensación de paz que tuve a la salida. La muerte ritual reafirma la vida.
- Dígamelo a mí.
- ¿Fue doloroso?
- Sonaron los clarines la tarde del 9 de junio de 1994 en Las Ventas. Yo estaba agotado y el Fundi, un matador ya maduro de Fuenlabrada, no falló.
Tuve suerte. Una sola estocada, una punzada ardiente, y aquí me tiene: estoico para la eternidad.
- Creo que un pacto ritual con la crueldad puede ser benéfico. Lo veo como un conjuro. Es un error querer barnizarlo todo de bondad. Este es uno de los puntos débiles de la Catalunya actual: ese constante deseo de ejercer una suerte de superioridad moral. Dicho esto, me parece absolutamente histérica la respuesta de casi todos los diarios de Madrid. Histéricos ante la defensa del Estatut; histéricos cuando los independentistas se movilizan respetando las leyes; histéricos cuando el Parlament ejerce su soberanía. La obsesión de la prensa madrileña con Catalunya es patológica.
- Una patología que vende, amigo mío.
- Y que a la vez demuestra una gran inseguridad. Una parte importante de la opinión pública madrileña está hoy secuestrada por ideas y actitudes de la extrema derecha. Eso es un problema para España.
- No se ponga dramático, que en TV3 tampoco son mancos. Yo lo veo de otra manera. Ya le he dicho que he aprendido a leer entre líneas. La crisis es severa para los medios de comunicación y estamos en vísperas de grandes reajustes. Todo el sistema España deberá ser reajustado en los próximos años. En Madrid se ve a venir el final del ciclo Zapatero, pero aún no está claro cuál puede ser el grupo más influyente en un nuevo turno conservador. La competencia es dura. Muy dura. Fíjese, sin embargo, en la prudencia del Partido Popular. Esta vez, Rajoy se ha puesto de perfil.
- ¿Una falsa histeria?
- Digamos que en el momento en que vuelva a ser necesario todos o casi todos los editorialistas de Madrid hablarán catalán en la intimidad.
- A eso se le llama desfachatez.
- No se ponga estupendo. La astucia castellana también existe y tiene capacidad para la frenada en seco. Lo más importante ahora es la sentencia del Estatut. Habrá que estudiarla con atención. Con mucha atención. No me haga decir más, porque no puedo. Lea El Gatopardo de Lampedusa estas Navidades y, ande, tómese otro caldito. Sosiéguese porque en Eslovenia, digo en Catalunya, muchos también apuestan por que todo cambie para que todo vuelva a ser igual.
La conjunción PSOE-UGT gobierna España, de Enric Juliana en La Vanguardia
LA CRÓNICA
El curso político agota el 2009
“Objetivo: Zapatero”, titulaba la portada de La Vanguardia del domingo 20 de septiembre. El presidente del Gobierno había comenzado el curso con mal pie y parecía irremediablemente atrapado por una crisis que aleja a España de la sala de máquinas de Europa. La suma de adversidades presentaba hace tres meses perfiles de verdadero jaque mate: escalofriante subida del paro; encuestas adversas; fracaso del pacto social; fría animadversión de la Iglesia católica; una geometría parlamentaria demasiado complicada; el Estatut de Catalunya de cuerpo presente en el Tribunal Constitucional; notable pérdida de apoyos en la prensa de centroizquierda, y crecientes críticas en la vieja guardia socialista por el bonapartismo a la española, ese “¡dejadme solo!” tan propio de las plazas de toros.
Tres meses después, ¿cuál es la cartografía de la legislatura? ¿Ha logrado llegar sano y salvo Zapatero a su ansiado semestre europeo? ¿La imagen del declive de Adolfo Suárez en 1981 sigue siendo válida para narrar las horas más bajas del hombre de la palabra dada?
“Nos hemos manifestado contra Carlos III”
La gran manifestación sindical de ayer en Madrid quizá sea la verdadera piedra de toque de la legislatura. Mar Díaz-Varela, periodista de La Vanguardia que lleva más de treinta años registrando el pulso socioeconómico de la capital de España, sostiene que estamos ante la segunda mayor manifestación sindical de la democracia, dejando en el primer lugar la protesta del 14 de diciembre de 1988 contra la política laboral de Felipe González. Fue la de ayer una manifestación “contra el rey Carlos III”, según irónicas palabras de un alto dirigente de UGT, puesto que no hubo ni una sola pancarta en contra del Gobierno y la marcha concluyó en la Puerta de Alcalá, la obra más significada del rey-alcalde.
La manifestación pone claramente de manifiesto que España está hoy gobernada por la conjunción PSOE-UGT, con el líder sindical Cándido Méndez en el papel de vicepresidente en la sombra. Con esa conjunción, que deja atrás, muy atrás, la enconada rivalidad entre Indalecio Prieto (socialismo liberal) y Francisco Largo Caballero (socialismo corporativo) en los años treinta, y entre Felipe González y Nicolás Redondo en los ochenta, Zapatero está atravesando la peor tormenta económica de los últimos cincuenta años con la esperanza de cabalgar dentro de poco las noticias positivas de una lenta recuperación. El principal objetivo estratégico del PSOE, evitar la huelga general y preservar la unidad del núcleo rocoso de su electorado, parece hoy encarrilado.
Rajoy, a por el voto del trabajador tranquilo
Ni el Partido Popular ni la patronal CEOE han podido perforar ese núcleo. De la mano de Mariano Rajoy, plenamente consolidado como líder de la alternancia, el centroderecha está optando por el desgaste lento del Gobierno sin recurrir al martillo neumático de la anterior legislatura (Zaplana-Acebes). El PP es inclemente con los errores de gestión del Ejecutivo, pero evita dibujar horizontes de sangre, sudor y lágrimas para los próximos veinte años. Alejado del hiperrealismo, Rajoy repite hasta el aburrimiento que el país necesita seriedad y sentido común, en busca del electorado menos ideologizado del PSOE: ese trabajador del área metropolitana de Madrid o de Barcelona al que no le hace mucha gracia que el Gobierno socialista conceda libertad sin límites a su hija de 16 años.
La CEOE tampoco se mueve por la senda del drama. Su presidente, Gerardo Díaz Ferrán, ha debido hacer frente durante este trimestre a graves problemas en sus empresas. En tiempos de José María Cuevas (empleado de la CEOE), la presidencia de la patronal se hallaba a salvo de las adversidades del mercado. Díaz Ferrán ha logrado, sin embargo, una victoria moral. Ha conseguido que Zapatero acepte públicamente la necesidad de una reforma laboral en España; una reforma cuyos límites fueron fijados por la contundente manifestación de ayer “contra Carlos III”.
El inesperado auxilio de los católicos vascos
Asegurado su núcleo rocoso, el PSOE ha conseguido durante este trimestre sumar al Partido Nacionalista Vasco al barco de la estabilidad parlamentaria, en detrimento de la algarabía de izquierdas (IU-ICV, ERC, BNG…). Los presupuestos del 2010 son los presupuestos pactados con el PNV, no los del Frente Popular.La ley del aborto también saldrá adelante con el voto católico del PNV, fundado en 1885 con el nombre de Euzko Alderdi Jetzalea, esto es, Partido Vasco de los Simpatizantes de Dios y las Leyes Viejas. La alternancia en Euskadi, gracias a la alianza con el PP, está teniendo efectos muy beneficiosos para el PSOE. Le ha redimido de sus veleidades catalanistas ante millones de electores españoles, ha propulsado a Patxi López como nueva figura de la política nacional (hoy es el político mejor valorado en España) y ha forzado al PNV a un realismo desconocido en tiempos del lehendakari Juan José Ibarretxe.
La ´maldición africana´ agiganta los problemas
Protegido el núcleo rocoso y garantizada la estabilidad parlamentaria con un apoyo de centro, ¿por qué sufre tanto el Gobierno?, ¿por qué sigue viva la sensación de que las cosas le están yendo muy mal a Zapatero? Responde un alto funcionario de la Moncloa: “Además de los problemas gordos, todos los contratiempos de menor calado se nos están agigantando, todo acaba pareciendo más grave de lo que realmente es, quizá por fallos de coordinación y seguramente por falta de una política de comunicación más eficaz”. El secuestro del barco Alakrana, el secuestro (mucho más dramático en términos reales) de los tres cooperantes catalanes en Mauritania y la huelga de hambre de la activista saharaui Aminatu Haidar han puesto de manifiesto una suerte de maldición africana contra la capacidad de gestión del Ejecutivo. No hay suficiente solidez ante la opinión pública. Hay serios problemas de coordinación en el Gobierno, y la enemistad entre algunas de las figuras más relevantes del Gabinete (De la Vega versus Chacón, De la Vega versus Salgado…) ha dejado de ser un secreto.
La presidencia europea no será un oasis
Las encuestas hablan de una ventaja del Partido Popular de cuatro o cinco puntos, que ningún analista considera irreversible, aunque el sondeo de la revista Temas (órgano de la Fundación Sistema, pilotada por Alfonso Guerra) detecta en el área socialista una notoria deserción de trabajadores maduros y de jóvenes, los dos grupos sociales que perciben con mayor angustia la crisis. El Gobierno llega tan abollado a la presidencia de turno de la Unión Europea, que ya ha caducado la idea, todavía vigente en septiembre, de un milagroso semestre europeo. A Zapatero no le espera un oasis reparador en Bruselas. Una de las principales misiones del presidente en los próximos meses será evitar que la ventaja del PP salte a los ocho puntos, empiece a ser irreversible y las elecciones municipales y autonómicas del 2011 se perfilen como la gran oportunidad de castigar al PSOE con una debacle.
Y de golpe… reaparece el ´problema catalán´
Para que ese escenario de debacle no se prefigure es muy importante el estado de ánimo en Catalunya, donde se han fraguado – aunque en la calle Ferraz no les guste reconocerlo-las principales victorias electorales de Zapatero. Y es que los efectos benéficos del pacto vasco han estimulado en el interior del Partido Socialista el apetito de la españolidad.Recordemos que hoy gobierna la conjunción PSOE-UGT y no la conjunción PSOE-PSC de los primeros meses de la anterior legislatura. A mediados de noviembre, Zapatero estuvo muy tentado de dar un paso más en esa dirección y mandó recado a los magistrados del Tribunal Constitucional: “El PSOE acatará la sentencia y se confrontará con los catalanes si es necesario”. Quince días después, tras la publicación del editorial conjunto de los 12 diarios catalanes, el presidente declaraba en el Congreso: “Yo volvería a votar el Estatut”.
El nuevo mensaje, acompañado por el prudente silencio de Mariano Rajoy, al que también le preocupa – ahora-el malhumor de la sociedad catalana, está siendo procesado por quienes corresponde hacerlo. Como tantas otras veces, Catalunya es la línea secante que altera las conjunciones de la política española. Sin Catalunya, España sería muy aburrida.
