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Nuestra lengua, nuestra identidad, de Ferran Mascarell en Público

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Público me invita a reflexionar sobre el debate lingüístico que ha propiciado la decisión de imponer judicialmente modificaciones en el sistema educativo catalán. Lo hago con la convicción de que será difícil que entiendan nuestra realidad. Son tantos los prejuicios que han arraigado en muchos españoles que uno duda que tenga utilidad exponer otra vez las razones que nos impelen a desear que el catalán siga siendo una lengua viva y con futuro. Y por qué, pese a que el Gobierno español ponga reparos, defendemos el derecho de los araneses a mantener viva su antigua lengua occitana, que consideramos como propia.

Frente a todo ello, debo confesarles que somos muchos los catalanes a los que nos es difícil comprender por qué en el resto de España algunas personas no aceptan para Catalunya lo que les parecería irrenunciable en su caso. ¿Se imaginan qué dirían si alguien quisiera decidir por ellas cómo organizar su sistema lingüístico? Ni se lo pueden imaginar. Harían bien en no aceptar que nadie les dijera cómo tienen que organizar ese sistema nervioso fundamental en la configuración de su identidad personal y colectiva. En nuestro caso, lo tenemos claro desde hace 30 años, cuando pudimos decidir cómo asegurar nuestra lengua histórica –el catalán– y cómo garantizar el aprendizaje del castellano –la lengua de muchos de los que han construido su vida en Catalunya–. En eso nos pusimos de acuerdo en nuestro Parlament, con un amplísimo consenso social. A eso se le llamó inmersión lingüística, con la que hemos garantizado el aprendizaje del catalán y del castellano, la cohesión de todos en una sola comunidad, independientemente del origen, y la libertad individual en el uso cotidiano.

Pueden creerme si les digo que somos una gran mayoría los catalanes que no entendemos por qué alguien puede estar interesado en romper un modelo tan democrática y pedagógicamente construido. Los catalanes amamos nuestra lengua histórica del mismo modo que ustedes la suya. Y además queremos al español, lo aprendemos y lo usamos, a veces tanto o más que nuestra propia lengua. Quizás debería recordar que el catalán es también una lengua milenaria, transmitida de padres a hijos a pesar de sufrir todo tipo de afrentas a lo largo de la historia y aún hoy; una lengua que conoce en sus diversas modalidades más del 25% de la población de España y que es la novena más hablada de la Unión Europea. El catalán es la lengua de los catalanes y nadie debería querer que deje de serlo, como debería ser también la lengua de los españoles si atendemos a la letra de la Constitución.

Los resultados del modelo lingüístico catalán son muy satisfactorios. En Catalunya aprendemos dos lenguas por el precio de una. El catalán ha alcanzado cotas impensables hace 30 años, el castellano es conocido con un nivel de competencia igual o superior al de las demás comunidades españolas, y la convivencia lingüística y social ha sido y sigue siendo ejemplar. Y quizás sería bueno recordar que el método catalán ha sido avalado y puesto como ejemplo a nivel internacional por la Unesco y por la propia Unión Europea. Y, sin embargo, vemos cada vez más perplejos cómo nuestra realidad lingüística sigue sufriendo ataques, más ideológicos que pedagógicos. En Catalunya crece el hartazgo sobre tanta injerencia interesada. Nuestra sociedad es plural e inteligente: queremos que nuestros hijos aprendan y hablen un muy buen catalán y un muy buen castellano, y que, además, dominen una tercera lengua y si puede ser una cuarta.

A muchos catalanes el actual debate nos suena a un estertor más del tradicional partidismo centralizador y del autoritarismo de determinados individuos de las viejas élites del Estado. Muchos de nosotros pensamos que se está cuestionando la democracia. Las normas lingüísticas en Catalunya se han decidido en el Parlament y no respetarlo supone cuestionar el Estado autonómico. Recuerden lo que dice la Constitución: “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Retórica. El Estado, con sus partidos mayoritarios al frente, no sólo no es un agente activo y eficiente a favor del catalán, sino que dificulta el despliegue de nuestro proyecto lingüístico.

Quizás no se entiende que cuando una persona aprende el catalán está desarrollando una herramienta imprescindible para participar en nuestro espacio público, está configurándose como un ciudadano activo. Porque el catalán no es patrimonio sólo de quienes tienen apellidos catalanes, es patrimonio de quienes han decidido vivir en Catalunya y ofrece a cada ciudadano la oportunidad de participar plenamente en la vida de la comunidad.

Sé que muchos de ustedes me entenderán, y deben saber que a muchos catalanes nos cuesta comprender por qué tantos españoles no quieren entender que en Catalunya no hay un problema lingüístico ni queremos que lo haya. Las lenguas son herramientas de comunicación y cohesión social y así queremos que siga siendo. El problema lingüístico lo tienen quienes quieren imponer su modelo desde fuera. Dicho de otro modo, la fórmula elegida democráticamente para el aprendizaje del catalán y del castellano no es un problema en Catalunya. El problema existe para quienes, escudados bajo el paraguas del poder administrativo, económico y mediático, han configurado una lectura de España restrictiva que no admite su carácter plurinacional y plurilinguístico. Sin embargo, y a pesar de todo, el catalán seguirá siendo nuestra lengua histórica, en convivencia con el castellano. Seguirá siendo el signo más evidente de nuestra identidad, porque el pueblo de Catalunya en su mayoría más extrema así lo ha decidido.

Ferran Mascarell. Conseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

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Septiembre 20th, 2011 at 7:13 am

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Los próximos cuatro años, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Si todo va normal, la legislatura que ahora empieza durará hasta finales del 2014. Suena lejano, pero pasará deprisa. El 2014 será un año de previsible subidón simbólico. Se cumplirán 300 años de los hechos del 11 de septiembre que sustenta la vindicación nacional de los catalanes. Es de suponer que en cuatro años va a coincidir la reflexión sobre el pasado lejano y unas nuevas elecciones autonómicas. No sé si para entonces habremos comprendido -y hecho comprender- que los aspectos más singulares del malestar social y el estrés político que se vive en Catalunya tienen que ver con el sobreesfuerzo que supone el inacabable pleito político entre Catalunya y el Estado. En realidad todo acaba en lo mismo. Las herramientas políticas que posee la autonomía catalana y su capacidad de intervención en las políticas del Estado son cuando menos insuficientes.

El problema de fondo que se viene arrastrando desde tiempo inmemorial es que el Estado actúa con criterios demasiado alejados de los intereses de los ciudadanos de Catalunya. Sin herramientas de Estado adecuadas, es difícil afrontar la crisis y el paro. Sin herramientas y poder, difícilmente se articula un nuevo industrialismo, una decidida economía del conocimiento, una mejor educación o se modifican los principios culturales de fondo. Sin un Estado predispuesto no se consigue una financiación más adecuada, infraestructuras avanzadas y políticas económicas a la altura de las circunstancias. Ese es el punto en el que muchos se confunden. El problema actual de los catalanes -como lo ha sido durante casi 300 años- es la incomodidad con la acción del Estado.

No lo es una supuesta obsesión enfermiza con la identidad. Incomodidad e identidad se vienen dando la mano desde hace siglos. El catalanismo que hemos conocido no hubiese existido con un Estado más proclive a defender los intereses políticos, económicos y culturales de los catalanes.

Todo apunta a que la nueva legislatura será necesariamente pragmática -la crisis obliga-. Pero se equivocan quienes piensan que menguarán las cuestiones de la identidad. Se hablará más que nunca de catalanismo, de soberanismo, de federalismo y de independencia, y en realidad sólo se estará hablando de la crónica incomodad de los catalanes con el Estado español actual. Tal vez se entienda que la sentencia contra el Estatut ha sacado del armario un proverbial pudor histórico de la sociedad catalana a enfrentarse con el Estado, a hablar de él, a imaginarlo, a hacerlo propio. Los resultados electorales indican que ha ganado quien mejor ha sintetizado la idea de que Catalunya es una nación, una nación que no quiere aventuras independentistas, pero que ha perdido el miedo a pensar en ello; una nación que desea más Estado, compartido o exclusivo, pero en cualquier caso mucho más eficiente.

Mi apuesta es que perderán protagonismo la independencia o el federalismo de manual y tomarán consistencia formulaciones mucho más precisas sobre el modelo y la forma de Estado que Catalunya necesita para salir adelante. Se hablará más del Estado como sinónimo de la herramienta eficiente capaz de defender los intereses de ciudadanos que viven en Catalunya y menos del Estado como abstracción. Se hablará del Estado en términos reales, como una geometría variable de soberanías repartidas entre las competencias autonómicas, las que posee Europa y las que administra el Estado central. Tal vez la sociedad catalana se atreva a dibujar con precisión qué Estado quiere y a establecer las alianzas para lograrlo. Veremos. Los acontecimientos de 1714 confirmaron que la construcción del Estado español se haría desde una matriz castellana, con una capital -Madrid- que se quería como París, con la lengua de Castilla como argamasa cultural, con la política y los instrumentos del Estado absolutamente centralizados. Desde entonces todas las políticas se destinaron a esos fines. Los burgueses catalanes se acostumbraron a mirar el Estado de lejos. Pedían aranceles proteccionistas y el préstamo de las fuerzas de orden cuando los obreros se revolvían. La pequeña burguesía se acostumbró a mirar el Estado como algo impropio que imponía impuestos y daba pocos servicios. Los trabajadores catalanes se acostumbraron a ver el Estado como represor y absolutamente contrario a sus intereses; por eso arraigó el anarquismo. Con pocas excepciones, el Estado ha sido visto como algo lejano, inoperante, propiedad de otros y escasamente útil en la defensa de sus intereses culturales, económicos y políticos. Pocas generaciones se han sentido cómodas con él. La fuerza y las leyes impuestas adjudicaron a Catalunya un papel secundario en la construcción del Estado moderno. Ese es el problema de fondo que nunca se ha conseguido resolver. La incomodidad de los catalanes y sus anhelos de identidad se fundamentan en ello y no en una manía de la identidad por la identidad.Tal vez la proximidad del 2014 servirá para recordar que cuando el Estado es eficiente y propio gran parte del anhelo de identidad se absorbe en la práctica política democrática.

opinio@ferranmascarell.com

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Diciembre 9th, 2010 at 7:16 am

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Política para el día después, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Me cuento entre quienes confían poco en las campañas electorales. Pienso que el proceso electoral suele durar cuatro años, que nos acercamos al duelo electoral con opciones confirmadas y deseando que termine cuanto antes. Nos indispone su simplicidad. No quiero decir que no sean necesarias y a menudo determinantes. El president Montilla parece dispuesto -mucho más que sus socios- a defender con uñas y dientes lo hecho por su gobierno. Es lógico. Su gobierno ha hecho mucho más de lo que se le reconoce. Artur Mas pone el acento en lo que se ha hecho mal, quizás en exceso; también es su papel. En todas las campañas se tiende a simplificar. El país no está tan mal como suele decir la oposición, ni tan bien como suele afirmar el Gobierno, aunque suele afinar más. La campaña agudiza el problema que ha tenido el tripartito -y también la oposición-: ausencia de un relato global y coherente de país en el que hayan encajado sus múltiples realizaciones.

Y ese es hasta el momento, también, el mal de la campaña electoral. Apenas se plantean las cuestiones globales de fondo; apenas se dibujan las opciones que nos permitirían saber qué país se pretende construir, qué modelo de sociedad se nos propone, que políticas de fondo se harán. La precampaña está sometida al imperio de los grandes enunciados (federalismo, concierto, independencia) sin, por así decirlo, el relleno concreto y preciso que nos permita entenderlo. Con los fragmentos que se nos proponen, los ciudadanos no desafectos tratamos díaa día de componer a modo de puzle el país que queríamos votar. Tratamos de diferenciar entre la removida hojarasca electoral lo que era razonable pedirle al Gobierno saliente y lo que corresponde al futuro. Tratamos de saber cómo se afrontarán los retos pendientes: el Estatut recortado, una financiación que, pese a las mejoras logradas por el tripartito, sigue siendo insuficiente; una tasa de parados de vértigo, un sistema económico que deberá cambiar aún más para ser competitivo a escala global, una descomunal crisis de la política y un pacto constitucional entre Catalunya y España al borde del abismo. Tratamos de entender cómo se abordarán los desafíos a medio plazo: envejecimiento, retraso tecnológico, investigación, dificultades educativas, inseguridad global, consumo energético, cambio climático, defensa, migraciones, sostenimiento del bienestar y escepticismo europeo.

Las recetas simples dominan el proceso electoral y sin embargo sabemos que vivimos un tiempo que exige respuestas complejas. Sabemos que sólo algunas soluciones están en manos directas de la débil política catalana; sabemos que muchas cosas sólo se pueden resolver en el marco de la intransigente y desorientada política española y sabemos que muchas más sólo se afrontarán en la frágil política europea. Sería fantástico, por tanto, que el resto de la campaña sirviese para que los líderes nos expliquen qué relato global de país tienen en mente, cómo van a ensanchar los límites del discurso político catalán, cómo irán más allá de las etiquetas genéricas dirigidas a sus propias clientelas, si están dispuestos a dibujar soluciones globales para el país real, qué combates concretos van a proponernos librar y con qué mayorías sociales las van a tratar de ganar.

Las consignas simples no sirven. Después del 29 de noviembre se tendrán que impulsar a la vez nuestra autonomía -insuficiente, pero con competencias muy aprovechables-, las grandes reformas/rupturas que precisa el Estado español para adecuarse a los intereses de los ciudadanos catalanes y, claro está, las enormes competencias que Europa tiene y apenas despliega. Deberá hacerse con liderazgos fundamentados en una dosis justa de rigor, fineza, eficacia, austeridad, realismo, voluntad de diálogo, pactismo, sentido común y mucho sentido de Estado. Deberá hacerse desde líderes dispuestos a romper moldes, cambiar reglas de juego, suprimir corsés y multiplicar nuestra autoexigencia. Cada candidato debería decirnos cómo sacará el máximo rendimiento a la autonomía, cómo construirá mayorías sociales amplias capaces de construir un Estado a la medida de los intereses catalanes y cómo sabrá mirar a Europa. Nuestro futuro está ahí. Lean en clave catalana Mi idea de Europa de Felipe González. No hay futuro para Catalunya sin Europa, como no lo hay para España. Gran parte de nuestra soberanía está en manos europeas y los desafíos se resolverán en ese escenario. Europa es nuestro Estado federal futuro.

A partir del 29 de noviembre empieza una nueva y compleja partida de ajedrez, con alguna mano de póquer por medio. Se jugará a lo largo de los próximos cuatro años y algunos más. Una campaña sólo a base de proclamas desorienta y empobrece. Vivimos tiempos complejos y hacen falta razonamientos complejos. En realidad, ganará las elecciones quien mejor cuente a los catalanes cómo piensa vencer las dificultades, que no son un mal nuevo para Catalunya, que en otros tiempos tampoco fáciles otras generaciones supieron superar; qué relato de nación piensa impulsar que sea capaz, como antaño y una vez más, de amasar pan de las piedras, como diría el profesor Jordi Nadal.

opinio@ferranmascarell.com

Ferran Mascarell i Canalda. Historiador y político catalán. Fue consejero de Cultura de la Generalidad de Cataluña [1] y concejal de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona .

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Octubre 14th, 2010 at 8:16 am

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La hora del consenso, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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El Cercle d´Economia preguntará a todos los partidos políticos cómo se proponen afrontar los temas que nos atenazan: España, reformas estructurales, déficit fiscal, Estado de bienestar, diversidad, política y administración pública. No sé si los dirigentes se referirán a la metamorfosis sistémica que atravesamos y -si es así- qué principios constituyentes, ideas de largo recorrido y futuro preconizarán.

Obviamente, cada dirigente defenderá su parcela; nadie expresará dudas; nadie admitirá que su preocupación son las próximas elecciones. Tratarán de parecer distintos. Se basarán en el disenso. No buscarán acuerdos ni apuestas a largo plazo, ni considerarán la posibilidad de actuar juntos. Predicarán consenso, pero harán poco para conseguirlo. Los neoconservadores explotarán su autoritaria modalidad de anticonsenso: sólo es aceptable su propuesta.

El consenso es decisivo en una situación geopolítica como la catalana. Su soberanía está repartida entre instituciones autonómicas, españolas y europeas. Las herramientas del gobierno autonómico son escasas. Las demás instituciones no presentan soluciones convincentes. Ningún gobierno parece saber cómo crear empleo y mantener los niveles de bienestar. Todo indica que sin una estrategia de largo recorrido y un amplio acuerdo social no hay salida. La sociedad civil sabe que las recetas pasan por el consenso; pero no sabe cómo fabricarlo. Su principal herramienta -la política- está privatizada por quienes viven de ella y la han convertido en sinónimo de disenso.

Consenso para modernizar lo que ha envejecido, para poner en primer plano el genio emprendedor y participativo de la gente, para revalorizar el pensamiento libre, para recuperar el sentido estratégico de las decisiones, para aprender a pensar el futuro. Consenso para reiniciar una nación capaz de ubicarse en un planeta que ha convertido su globalidad en la nueva unidad de medida. La unidad de referencia ya no es la nación, sino el mundo. El futuro de una nación pequeña sólo puede ser pensado si es capaz de ser una nación abierta al mundo. La unidad mundo exige un pacto que permita construir un Estado eficiente. La España de hoy no lo es. La relación de Catalunya con España es una cuestión de sentimientos y de intereses.

Las procedencias se han universalizado y los vínculos de pertenencia se han debilitado. En cada barrio está el mundo entero. Sólo un renovado consenso político y social permitirá establecer nuevas reglas que garanticen la convivencia y reinstauren el respeto entre los ciudadanos sea cual sea su nacionalidad, cultura o etnia. Consenso para volver a dar valor al sentido de comunidad. Los individuos sólo prosperamos en comunidades fuertes donde los unos apoyan a los otros. Consenso para elegir el mejor camino para mantener nuestro bienestar, para refundar una economía sostenible y próspera, para priorizar la inversión en infraestructuras, educación, universidades, cultura, investigación y salud; para aprovechar la revolución tecnológica, para reformar el mercado laboral y la seguridad social, para hacer un país competitivo, para hacer más eficientes los gobiernos.

Consenso para defender el Estatuto que ratificaron los catalanes. Para construir un nuevo catalanismo que evite la previsible batalla fratricida entre independentistas y federalistas. Ambos tienen un largo camino conjunto por recorrer. Consenso para definir una vía catalana para España.

La España autonómica está a punto de fracasar. Nadie ganará. Catalunya sólo se autogobernará plenamente en una España democrática y avanzada. Pacto para componer un proyecto catalán para España.

Consenso para recuperar la política, herramienta imprescindible para la comunidad. Los ciudadanos rechazamos el gremialismo de los partidos, pero no la política. Queremos líderes nacionales antes que líderes de partido. Queremos participación cívica, políticas públicas eficientes, pactadas, que den oportunidades y estén pensadas para agrandar el bienestar. Políticas que se fundamenten en una ciudadanía comprometida y responsable de su libertad. Queremos una política construida sobre ideales, capaz de mirar al futuro, basada en el consenso. Queremos que nos gobierne quien mejor sepa sintetizarlo. La sociedad votará a quienes mejor razonen qué pactos van a buscar y a quienes ofrezcan mayor credibilidad sobre sus convicciones de ruptura con los sistemas partidistas vigentes. Nuestro futuro exige abandonar las etiquetas generales y fabricar llaves más artesanas basadas en el consenso y la renovación de los viejos idearios. Los resultados electorales dirán qué concentración gubernamental será posible; pero sin duda impondrán una amplia concertación social. Catalunya necesita recomponer su pactismo y establecer un consenso general que oriente la redefinición del proyecto de país. Catalunya exige hoy -es decir, después de las elecciones- unos pactos generales para afrontar el futuro; rigurosos, pensados para el medio plazo, rompedores de las viejas ensoñaciones y corsés ideológicos que nos atenazan. Las épocas de metamorfosis exigen ideas y consenso. Sólo pensando y pactando recuperaremos la confianza, la complicidad y la esperanza en el futuro.

opinio@ferranmascarell.com

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Marzo 11th, 2010 at 8:14 am

Proyecto, liderazgo, consenso, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Decía Einstein que la separación  entre pasado, presente y futuro, aunque tenaz, sólo constituye una ilusión. Era un sabio y posiblemente tenga razón. Sin embargo, los humanos vivimos en esa ilusión. Necesitamos comprender el pasado, entender el presente y tener una idea de hacia dónde vamos. Sin combinar esas tres ilusiones la sociedad humana se hunde en la incertidumbre, la ansiedad y el estrés. Frente a todo ello sólo cabe una receta: preguntar qué país queremos y tratar de obtener respuestas.

Los partidos y los medios de comunicación están ya en plena campaña electoral. Nos preguntamos quién ganará.

Ysin embargo, paradójicamente, apenas escuchamos respuestas a nuestras preguntas de fondo. ¿Cómo hacer frente a una realidad desbocada? El paro, por ejemplo, atenaza la vida de un 20% de nuestros compatriotas y a un 40% de jóvenes. El déficit del Estado se ha disparado (12%); obligará a un recorte de gasto social que afectará al bienestar de todos, especialmente a las clases medias y populares. El Estado de bienestar no podrá garantizar las prestaciones actuales. Nadie sabe cómo crear oportunidades para los jóvenes, ni cómo evitar la inquietud de los mayores. La edad actual de jubilación no parece sostenible. El sistema de pensiones puede quebrar en 25 años; por cada trabajador habrá un jubilado y un joven que mantener. Un modelo productivo que no es nada competitivo en un mundo global. Nuestro papel en Europa es escaso y se aleja del nuevo centro del mundo. España parece incapaz de salir de su laberinto de intereses primarios; no consigue ser un Estado eficiente, igual para todos quienes en él viven. El país no tiene el mínimo proyecto compartido. La política se muestra incapaz de recuperar la confianza de los ciudadanos. La gente no percibe lo que hoy es Catalunya, sus deficiencias, pero también sus ingentes potencialidades.

No conseguimos salir de nuestro tono social ciclotímico. No sabemos evitar nuestro simplismo sectario y cainita. En cada una de esas afirmaciones se esconde un pozo de preguntas y sin embargo apenas las formulamos. Es propio de los humanos no hacerse las preguntas pertinentes, dice con razón Joaquim Coello.

No deberíamos estar pensando en el resultado electoral, sino en cómo resolver los serios problemas que nos atenazan. Ningún partido puede garantizar por sí solo respuestas creíbles y verdaderas. La realidad es demasiado complicada y los retos muy complejos. El mundo está materializando una metamorfosis profunda y en casa seguimos pensando a la antigua. Nos atenazan cuatro crisis simultáneas: modelo económico, sistema político, relaciones con España y cambio de modelo social, con la consiguiente transformación de valores. Es imposible salir bien parados de ellas sin renovar nuestras viejas ideas, sin buscar consensos sociales más creativos, sin desplegar liderazgos más exigentes y sin aceptar responsabilidades de un modo compartido. Habrá que aceptar algunos sacrificios. Nadie en solitario -dirigente o partido- podrá dar respuestas adecuadas. Las viejas recetas han caducado. Los apologistas neoliberales del mercado han quedado fuera de juego y la socialdemocracia anda desconcertada. La mística de las grandes palabras (independentismo, federalismo) no afronta las preguntas de fondo sobre la crisis del modelo de sociedad.

La cercanía electoral difumina, más si cabe, las preguntas y las respuestas, oscurece el proyecto de país en juego, incrementa los temores cotidianos de las gentes y las aleja de un horizonte más esperanzado. Lo escribió Isak Dinesen: Todas las penas se pueden soportar si las ponemos en una narración o nos cuentan una historia; es decir, si sabemos hacia dónde caminamos. Si las elecciones no se adelantan tenemos casi diez meses por delante. Usémoslos para mejorar nuestra maltrecha narración colectiva. Produzcamos nuevas ideas y nuevos consensos políticos y sociales, exijamos liderazgos más decididos y aceptemos responsabilidades más repartidas y mejor compartidas. Ya casi nadie atiende a la sistemática del disenso, a la cantinela de que el oponente lo hace todo mal, al quién da más, a las etiquetas sin contenido.

Sabemos que antes o después de las elecciones habrá que fabricar nuevos consensos y renovar los viejos idearios. Catalunya reclama, más allá del resultado electoral, una amplia concentración social y tal vez política; parecen necesarios unos pactos generales de Catalunya para afrontar el futuro (los de la Moncloa a la catalana). Hay que orientar un proyecto de país, a medio plazo y compartido, que nos permita recobrar el orgullo y gestionar el porvenir. Las épocas de gran metamorfosis exigen ideas y consenso, pero además exigen liderazgo y responsabilidad. Las próximas elecciones las ganará quien mejor sepa reescribir un proyecto creíble para Catalunya, quien mejor sepa convencer a los ciudadanos de que liderará buscando consensos sociales no partidistas, quien busque con mayor convicción la respuesta a las preguntas verdaderas y sepa decirnos hacia dónde caminar. Einstein tenía razón, el futuro es sólo una ilusión, pero no sabemos vivir sin ella.

opinio@ferranmascarell.com

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Febrero 11th, 2010 at 8:10 am

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Una nación en busca de Estado, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Lo escribió Kundera: “Todas las previsiones se equivocan, es una de las escasas certezas de que disponemos los seres humanos”. Sin embargo, me atrevo a hacerles una previsión: el actual desorden de la política española sólo terminará cuando Catalunya encuentre por fin el Estado que anda buscando. Los referéndums son el aspecto más efervescente de una cuestión de fondo, enormemente compleja y peliaguda: Catalunya, una nación vieja, se ha empeñado en encontrar el Estado moderno que le conviene.

Mi previsión es pues que la primera década del siglo XXI será señalada como aquel momento en el que los catalanes asociaron definitivamente su vieja voluntad de reconocimiento nacional a su necesidad de contar con un Estado adecuado.

A los catalanes de 1800 no les quedó más remedio que ceder poder político a cambio de poder económico. Sin embargo, los catalanes de 1900 se verbalizaron como nación. Ahora, los de la primera década del siglo XXI pasarán a la historia como quienes comprendieron que una nación sólo puede hacer frente a sus retos con un Estado eficiente y propio. Único o no, se verá. En cualquier caso, propio y apropiado para los retos de este tiempo.

Ese es el sustrato explicativo de las cosas que están sucediendo: los referéndums, las propuestas federalistas, los editoriales conjuntos y todo lo demás. Los catalanes quieren Estado. Ese es el fondo del debate entre la sociedad catalana y la española. Los catalanes desean un Estado que garantice sus derechos, necesidades e ideales. Hace más de 150 años que lo buscan. Siempre han pretendido que se les reconociese su cultura, su lengua y también su carácter nacional. En casi todos los momentos cruciales de la historia han aceptado compartir con el resto de los españoles un Estado democrático, modernizado, plurinacional y eficiente.

Así pues, sería mejor no equivocar el diagnóstico. La sentencia del Constitucional será importante, pero no decisiva. El fondo del asunto es infinitamente más complejo. Los catalanes no quieren satisfacer el reflejo nacional romántico y trasnochado que algunos le atribuyen. Los catalanes quieren ser reconocidos como nación para ejercer su derecho a poseer un Estado que dé respuesta a sus retos futuros. ¿En el marco de España? Se verá. Dependerá de la España que los españoles quieran construir.

Una nación sin un estado eficiente detrás es papel mojado; no sirve para acrecentar el bienestar de los ciudadanos. Los retos presentes y futuros exigen Estado, poder y eficiencia. La autonomía, tal como la entienden los partidos españoles, no es suficiente. El progreso desde la desconfianza mutua es muy complicado. El bienestar, sin un Estado eficaz y bien engrasado, es imposible.

Los catalanes sabemos que el futuro necesita ideales nuevos. Estamos hartos de batallas simbólicas y defensivas. Nos aburre consumir tanta energía razonando la legitimidad de nuestros planteamientos, de nuestros derechos, de nuestro deseo de tener Estado; queremos que cuide de nuestros intereses, que sea cercano, que juegue a favor. Muchos catalanes queremos una nación más satisfactoria y sabemos que para construirla necesitamos un Estado más democrático y mucho más eficiente. Si queremos una nación de primera precisamos un Estado de primera. Un Estado que admita la diversidad, que surja del pacto, que busque el futuro, que sea vigoroso, que esté al servicio de todos los ciudadanos, que sea propio, y si además es compartido que sea inequívocamente plurinacional, asimétrico y eficiente.

La sociedad española está terminando el ciclo de su historia que empezó con el pacto constitucional del 78. El pacto político y social que lo alumbró se ha apagado. La España de hoy genera desafección entre un número creciente de catalanes. La Catalunya de hoy genera desconfianza en un número significativo de españoles. El Estado no acepta su diversidad nacional; la política no acierta a plantear un nuevo pacto de convivencia eficaz, la sociedad no parece capaz de pensar un futuro compartido. ¿Entonces?

El tiempo lo dirá y la actuación de unos y otros decidirá. Hoy la mayoría de los catalanes no son todavía independentistas, pero pueden serlo relativamente pronto. Los demócratas tendrán que aceptarlo.

Son tiempos nuevos. Los ciudadanos serán más exigentes, desearán vínculos de pertenencia más sólidos, más respeto a las identidades múltiples. Querrán un Estado que los defienda y les garantice la libertad, que sea eficiente, regulador, equilibrado, neutral, compensado, ponderado, democrático y plurinacional; que los ayude a mejorar la vida, que les permita escoger los mejores caminos, que les permita el máximo bienestar.

Preveamos, pues, esa posibilidad: para un creciente número de catalanes España es el pasado. Es aquel lugar que no quiere cambiar; es aquel lugar donde muchos suponen que los tiempos sólo cambiaron cuando Bob Dylan los describió en una bella canción, es aquel lugar donde no se quiere entender lo que ya sabía Heráclito: lo único cierto es el cambio, nada permanece. Y menos todavía las formas de poder.

opinio@ferranmascarell.com

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Diciembre 16th, 2009 at 8:15 am

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Un país con atributos, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Releamos a Musil: si existe el sentido de la realidad también debe de existir el sentido de la posibilidad. Hagámosle caso. Dejemos los lamentos y pensemos qué queremos ser. Recuperemos la política, liquidemos la catarsis y miremos al futuro. Nadie lo hará por nosotros. Empeñémonos en reconstruirnos como sociedad y como país. Exijámonos un nuevo catalanismo -deucentista-. Dejémoslo surgir del esfuerzo de todos quienes rechazamos la realidad actual. Convirtámoslo en el lugar de encuentro de los ciudadanos que anhelamos un país mejor. Hagámoslo integrador y modernizador. Usémoslo para actualizar la idea de nación y nuestro modelo de bienestar. Convirtámoslo en sinónimo de orden, claridad, convicción y proyecto colectivo.

De poco sirve vindicarse como nación y pretender hacer frente a los retos del XXI con un imaginario del siglo XIX. El deucentisme es el nuevo catalanismo. Es el ideario de la renovación, de lo común, de lo que nos une, de quienes aspiren a mejorar este país, de nuestro derecho a ser plenamente reconocidos como nación en España y en Europa, de nuestra voluntad de ser una sociedad avanzada en derechos sociales, en economía y en cultura. Su punto de partida: mejor democracia, más unidad social, mejores partidos políticos. Se nutre de los partidos políticos, pero no sólo; también de la sociedad civil, de los emprendedores, del mundo académico, de los nuevos catalanes y de los jóvenes.

La sociedad catalana debe dejar de lamentarse. Tiene tareas pendientes. Por ejemplo: digerir de una vez el malentendido de 1978. Lo que aquí era un principio, en otros lugares era un final. Sólo hay un camino: emplazar la nueva estación término. Por ejemplo: liquidar la ambigüedad política. Por ejemplo: componer una estrategia política de largo recorrido. Por ejemplo: acabar con el modelo partitocrático que nos encorseta. Por ejemplo: actualizar los ideales, los objetivos y los viejos atributos colectivos.

La sociedad catalana debe reinventar el país y afinar la configuración del catalanismo. De un lado, se consolidará un catalanismo independentista. Está por ver si conseguirá ser más claro, creíble y eficiente que el actual. Obviamente si mantiene su oquedad abstracta difícilmente ampliará su influencia. De otro lado, se desplegará un catalanismo constitucionalista de espíritu federal. Marcará su destino su habilidad estratégica en relación con el Estado. Deberá ser preciso, contundente, unitarista y correoso. Deberá combinar excelencia en la gestión del autogobierno y capacidad de confrontación con el Estado.

El catalanismo constitucionalista y el independentista son opciones legítimas. Serán transversales. Sintetizan los dos derechos que Catalunya está defendiendo con políticas ambiguas y conceptualmente confusas. De un lado, el derecho a que el Estado sea también su Estado, adecuado a sus intereses. Para eso pagamos impuestos. De otro lado, el derecho a la independencia, si así lo reclama una mayoría suficiente de ciudadanos. Para eso somos demócratas. El futuro dirá: pero parece obvio que si España no acepta su carácter plurinacional a nadie podrá extrañar que en términos democráticos una mayoría de catalanes se incline por la independencia.

No es menos cierto que la independencia no puede ser una excusa para no ejercer un buen autogobierno. Usemos el Estatut del 2006. El Estatut debe ser defendido por todos los catalanistas y por los demócratas. Fue votado en referéndum; contiene herramientas suficientes para mejorar el país.

El catalanismo debe, pues, encarar su relación con el Estado con mayor convicción. Además España no está bien. Está en manos de una generación hueca, surgida de los aparatos de los partidos estatales, sin apenas memoria histórica. No se sienten implicados en los pactos de la transición. Afirman sin más que la Constitución de 1978 fue el punto final. Fuera de eso no tienen proyecto para España. Les enferma la idea de un Estado plurinacional. Están acomodados en un españolismo banal, de corte castellano y capitalino, apoyados por príncipes periféricos. Se gratifican diciéndose cosmopolitas. Administran el aparato del Estado a su gusto. Su afán es mantener lo conseguido. No son audaces. Uno de sus pocos argumentos es su populismo anticatalán.

Una España sin proyecto hace más imprescindible, si cabe, una estrategia catalana. Se impone una propuesta constitucionalista, clara, vindicadora, sin concesiones y acomodada también a los intereses de los catalanes. Se fundamenta en la exigencia de una nueva Constitución que consagre un Estado plurinacional y la consecuente adecuación de los principios, las instituciones del Estado y todos sus derivados. Los catalanes debemos tener un proyecto para España y el resto de los españoles deben conocerlo. Quizás no lo quieran. Pero entonces será más obvia la razón que empuja a más gente a sumarse al independentismo, hoy por hoy, para bastantes sólo una segunda y lejana opción.

En cada instante empieza un tiempo nuevo, no desaprovechemos el de hoy. Un país mejor se construye aprovechando todos los instantes y sumando todos sus atributos.

opinio@ferranmascarell.com

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Noviembre 12th, 2009 at 8:13 am

Posted in Nacionalismo, Política

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Un país sin política, de Ferran Mascarell en La Vanguardia

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Qué es razonable hacer cuando la nación se desvive en un creciente estrés cívico? ¿Qué le está pasando a este país? La respuesta no es simple. De un lado, el reciente debate de política general estuvo presidido por la placidez y las bromas a través de los SMS. De otro lado, en la calle domina un profundo malestar. En las conversaciones se entrecruzan el enojo por la política económica, las enloquecidas cifras del paro, la dificultad del Gobierno catalán para marcar perfil propio, la poca solidez de la oposición, la apariencia infantil de los referendos, la alucinante historia del saqueo del Palau, los ridículos informes gubernamentales, la grotesca crónica de los espionajes en el Barça, el aparente desgobierno en Barcelona, la corrupción en las filas de la derecha valenciana y la manifiesta incapacidad de los partidos políticos estatales. Estamos instalados en un lodazal. Todo lo político, lo público y también lo civil, tras el estallido del caso Millet, está bajo sospecha.

Es evidente, lo sé, que emparejar todas estas cosas es una simplificación. No es menos cierto, de todos modos, que la ciudadanía está más que harta; está perpleja, crispada y avergonzada. Se agotan las definiciones. Catalunya no está feliz consigo misma; tampoco con España, es cierto, pero eso es menos novedad.

¿Qué está pasando? Sucede que Catalunya se ha quedado sin política en mayúscula. Catalunya se autogobierna, pero apenas se hace política. No la hacen los partidos, tampoco la hace la sociedad civil. La acción política ha quedado asimilada a la politiquería y en el mejor de los casos a la administración del poder. Los proyectos políticos se caracterizan por su simplicidad. El socialismo catalán gobierna con la seriedad que imprime el president Montilla, trata de concretar hechos, pero mantiene el brazo encogido. Se le escapa el relato global, le da miedo la identidad y no se atreve con la apuesta federal para España. El mundo convergente zigzaguea, no consigue ser creíble, sigue escondiendo la mano. Nadie sabe qué piedra tirará, ni en qué dirección. Se relame en la ambigüedad. Sus dirigentes tratan de imitar la vieja fórmula pujolista; pero sin Pujol no es lo mismo. Es difícil descifrar la propuesta que formulan, qué país imaginan y a qué España juegan. Sin política está la gente de Iniciativa. Sin política está el mundo independentista, por mucho que se diga lo contrario. El independentismo da pelotazos que muy pocos aciertan a seguir; no consigue enlazar su activismo de corte romántico y de larguísimo plazo con propuestas que ofrezcan credibilidad de gobierno y continuidad a la política de cada día. La Catalunya política se mueve entre las abstracciones (independencia, federalismo, soberanismo) y los hechos inmediatos. Las buenas acciones de gobierno, incluso las buenas ideas de la oposición, se confunden con las estupideces. Lo que le está pasando a Catalunya es que vive sin relatos de referencia, sin ideales y sin valores compartidos. Han envejecido los marcos ideológicos de antaño y nada ha construido sobre ellos.

Lo que está pasando es, pues, simple, demasiado simple. Catalunya está dominada por cuatro pulsiones políticas que se retroalimentan sin cesar: la política del corto plazo, mirarse el ombligo, el partidismo y la partitocracia. Todo ello es una responsabilidad de los políticos profesionales, pero no sólo; también de la sociedad civil. La sociedad civil se desentendió de la política hace mucho tiempo. Por eso el caso Millet es algo más que una anécdota. Muestra la enflaquecida musculatura de la sociedad civil. Por eso duele.

En el Ateneu barcelonés, Francesc Cabana, en una magnífica conferencia inaugural del curso, recordó hace unos días la aguda observación que Jordi Nadal soltó frente al rey Juan Carlos. Se preguntó si acaso los catalanes no habríamos vivido prisioneros de una disyuntiva. Desde 1714 hacia delante -dijo- habíamos aceptado jugar la partida de la prosperidad económica a cambio de la decapitación política; hoy parecemos haber optado por el declive económico, por lo menos relativo, con pérdida de espíritu empresarial, a cambio de autogobierno.

Quizás ahí arranca el problema: Catalunya optó por administrar la mayor capacidad de autogobierno que nunca había tenido en los tiempos modernos, pero parece que lo hizo a cambio de dejar de lado su espíritu emprendedor y su voluntad política. Catalunya se autogobierna, pero su clase política y su sociedad civil han diluido su espíritu cooperativo, su afán emprendedor y su deseo de futuro.

Nada cambiará si no cambia la cultura política del país. Catalunya necesita una política nueva, que rompa con las viejas jerarquías, que renueve el envejecido catálogo de ideas, valores y principios sobre nosotros mismos, sobre lo que queremos ser y el modelo de sociedad que queremos construir. Sólo si la sociedad civil decide que se haga política mayúscula, los partidos la harán. Somos una nación, pero de nada sirve proclamarlo si no hacemos la política que se corresponde con los tiempos que corren.

opinio@ferranmascarell.com

Written by Reggio's

Octubre 8th, 2009 at 8:14 am

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