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Fundamentalistas son los otros, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Para llegar hasta el velo islámico debemos recorrer antes nuestra galería de los espejos. Vivimos en sociedades de creyentes que no se dan cuenta de la fuerza de sus creencias porque les parecen algo tan normal, que no tendrían por qué sorprender a nadie. Esta es la razón por la que uno se puede comportar como un energúmeno en un campo de fútbol sin ser tildado de fanático. Se exige respeto en las iglesias y en las mezquitas, pero cualquier descerebrado te puede agredir en un estadio si manifiestas demasiado a las claras tus inclinaciones hacia el adversario. Digo más, un viejo lema anglosajón sostenía que en el deporte se demostraba la caballerosidad de los individuos, y no es verdad. Hoy día el deporte resulta la única actividad donde se exhiben las más variadas formas de violencia, y hay quien sostiene que aporta cualidades terapéuticas. Ayuda a desfogarse.
Nos engañan. No es verdad que existan religiones menores. Sólo los creyentes disponen de un medidor de frecuencias según el cual ellos pueden asegurar quién es un fundamentalista y quién un liberal consecuente. Sé de quienes, un día sí y otro también, desarrollan escritos preñados de citas de Isaiah Berlin y George Steiner, y no hace falta decir que se tienen a sí mismos por paradigmas de una visión liberal del mundo. Sin embargo, considerarían un atentado a sus principios entrar en el Bernabeu de Madrid o en el campo del Barça. Yo no se lo reprocho, entre otras cosas porque me es indiferente uno u otro estadio, pero deberían hacérselo mirar. Son como aquellos que dicen ser liberales en todo, salvo que no soportan a los gitanos, o a los negros, o a los judíos.
Y luego añaden, con rigor de convictos, que no tiene nada que ver con el fundamentalismo, que se trata de creencias.
El poder de los símbolos. Un recorrido por nuestra galería de los espejos nos lleva, tan sólo con recorrer un par de pasillos, casi a la vuelta de la esquina, a los tiempos en los que ninguna mujer podía entrar en la iglesia sin mantilla. ¡Qué decir de aquellos curas o delatores viciosos que eran capaces de asegurar qué señora o señorita no llevaba medias! ¡Las medias eran obligatorias, y detectables aunque fueran sutiles como una segunda piel! Una perversidad de sátiros. No es que parezca que fue ayer, es que fue ayer. Entonces no sabíamos que eso se denominaba fundamentalismo, tan sólo era la suma idónea de fervientes católicos junto a opositores silenciosos, que es la fórmula justificatoria que se han inventado los nietos para avalar la cobardía ética de sus padres y abuelos.
Dentro de los derechos de los ciudadanos están los más obvios, como son los de vestirse conforme a sus gustos e inclinaciones, y por tanto llevar mantilla, incluso con peineta, velo islámico, kipá judía, hábito monjil, sotana o clergyman. Son manifestaciones de creencias que no dejan de producir cierta desazón en quienes estimamos que las religiones militantes son tan legítimas como inquietantes. Es como el majadero que pone en su coche una pegatina con supuestas señas de identidad ideológica…
Hasta hace poco no conocíamos en España otras religiones militantes y proselitistas que las cristianas, y ahora esos mismos que consideraban lo más normal del mundo las damas nazarenas, las procesiones urbanas y los rosarios de exaltación masiva, se indignan ante la marea fundamentalista islámica. Y apelan al principio de unos supuestos valores. ¿Qué valores? ¿Los de la tradición? Permítanme el chiste, ¿de qué tradición hablamos? ¿De los toros bravos o de los correbous? Aquí no hay tradición que resista la prueba de la ley del embudo.
Cada vez que usted oiga la expresión “los valores cristianos de Occidente” averigüe quién la pronuncia. En España, y no digamos en Catalunya, vivimos situaciones peculiares que nos obligan a ser muy discretos a la hora de llegar a conclusiones.
Es obligado recorrer nuestras galerías de espejos, porque debemos reflejarnos antes en los retratos de familia. El primero, que obliga a la humildad, es el reconocimiento del tiempo que tardó la Iglesia católica en aceptar la democracia y el liberalismo, incluso en los límites en los que se mueve actualmente. Aquí todos parecemos hijos de hidalgos, y amén de prosapia, liberales de cuna. Por eso es más incongruente y despreciable el comportamiento de la alcaldesa de Cunit y su contubernio con el imán frente a una musulmana liberal. Porque ha hecho lo mismo que los alcaldes de todas las dictaduras: preferir la injusticia al desorden. Disculpar la represión en aras de aplacar la bicha fundamentalista. La alcaldesa, y sus colegas del PSC que la respaldan, se retratan en Goethe sin saberlo, y se colocan en el lugar preciso que les otorga la historia: fuerzas conservadoras al servicio del nuevo statu quo.
Pero hay más. En Catalunya, en mayor medida que en el resto de España, se da la particularidad de que la emigración musulmana, magrebí en su mayor parte, fue promovida con mayor benevolencia que la latinoamericana, por razones políticas. Los cerebrinos mandris del pujolismo juzgaban más útil la integración de quienes debían optar por una lengua nueva, que aquellos que traían su condición de castellanohablantes. Que yo sepa, no se llegó a formular de manera explícita, pero sí se llegó a practicar de manera implícita. Y así hoy se da la más surrealista de nuestras paradojas, y es que las zonas catalanas donde se vive más directamente del cerdo y sus derivados están dominadas por el islamismo militante. O lo que es lo mismo, los trabajadores abominan todo lo que producen. ¡No me dirán que no parece humor negro!
Pero no se extrañen, hay precedentes. El fundamentalismo de Hamas no tendría la fuerza que tiene en Palestina si el Estado de Israel no lo hubiera protegido y promovido para contrarrestar a quienes consideraba su enemigo más peligroso, la entonces laica Al Fatah de Yasir Arafat. Los talibanes afganos no serían lo que son si no hubieran pasado por la formación, ayuda y protección de sofisticados técnicos del ejército y los servicios de información estadounidenses en su lucha contra los soviéticos. En aquellos tiempos todos los creyentes religiosos se consideraban miembros de la misma familia. ¿Cuándo estalló la diferencia? Dicho en palabras brutales y precisas: cuando los siervos descubrieron que habían ganado una guerra para los otros, no para ellos.
La pelea con la emigración islámica en Occidente no ha hecho más que empezar y es de una complejidad inédita, porque aúna dos elementos que desde hacía muchos siglos no iban juntos. La lucha de clases; rasgo distintivo y, en general, desdeñado. Nuestros conflictos no están con los fundamentalistas ricos, concentrados en Marbella y aledaños, que tienen sirvientes cristianos, sino con los trabajadores musulmanes, los emigrantes. Y no acabamos de convencernos de que la emigración en España no está porque ellos necesitan comer sino porque hay trabajos que se pagan tan poco que no hay españoles dispuestos a hacerlos. Mientras no partamos de que la emigración es una obligación de la economía española y no un favor que hacemos al tercer mundo no entenderemos nada.
Y el otro rasgo, el que más rompe nuestros tradicionales esquemas políticos, es que el fundamentalismo islámico se haya convertido en una religión radical, proselitista y con inequívoca ambición política, que además le viene desde la fundación, a diferencia del cristianismo, que nació sin ambición de poder hasta que se hizo irreconocible con sus orígenes. Y a esa maraña de lucha de clases, el viejo e ineludible conflicto entre pobres y ricos, que algunos parecen haber olvidado y que sigue ahí siempre, por más que lo haga bajo diferentes formas, sumada al radicalismo musulmán convertido en militancia política, hay que añadir el aire de época. Y es que el aire de nuestro tiempo está impregnado de militancias religiosas. Creer o no creer.
Una vieja frase, que se repetía en nuestra infancia, ha dejado de tener sentido. “Creer no hace mal a nadie”. Depende de si eso de creer incluye la posibilidad de dejar de hacerlo. Ahí está la evidente coincidencia entre un imán fundamentalista y un castrista irremisible. Negar el derecho a no creer te cuesta la vida.
Se les ha pasado el arroz, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Hemos cambiado mucho. Creíamos que la aportación catalana a la política española consistía en dotarla de seriedad y pragmatismo, porque el pragmatismo creíamos que era otro componente de la dieta mediterránea. Hasta que alguien propuso organizar unos Juegos Olímpicos de nieve. Creíamos que éramos los reyes del pacto, que incluso cuando los niños leían En Patufet, subían a Montserrat y cantaban Al vent, ya alimentaban las semillas del consenso. La izquierda catalana era massa; más que mucho, demasiado. Era transversal incluso antes de que se inventara la palabra. En caso de dudas, el maestro Vicens Vives nos instruyó en las artes históricas del seny y de la rauxa, que venía a ser como el yin y el yang de los alternativos.
Hasta que el otro día llegó un inglés y nos sacó los colores; ellos, tan envarados con la historia, herederos de Gibbon y el gran Toynbee, y nosotros tan sensibles a lo nuestro que nos creíamos, de puro autocríticos, flagelantes. Habló John H. Elliot y nos dejó helados. ¡Salve, que casi no se enteró nadie!
Si alguien me preguntara cuál fue la mayor tara que dejó el franquismo en Catalunya, yo diría que fue el cultivo y fermentación del tópico. Porque es verdad que los tópicos, como los estereotipos, sirven para defenderse, son protectores como las vacunas, aunque tienen el inconveniente de durar mucho más que la enfermedad que pretenden evitar.
Y sobre todo, son recurrentes. Cuando creemos que sus efectos han terminado, vuelven, y cuando lo hacen no siempre es verdad que se atengan al principio de Marx el Viejo, no se repiten como parodia sino como amenaza.
Lo peligroso de situaciones como las que estamos viviendo no es volver a la mediocridad y violencia del tiempo pasado sino preguntarnos si no nos engañamos al creer que las habíamos superado. Si me preguntaran en estos últimos días de acontecimientos embarazosos qué es lo que más me ha conmovido, yo no diría que es el trampantojo del tripartito, ni el debate parlamentario en las Cortes, sino la respuesta de un treintañero mediático cuando le preguntaron por su orientación política. Respondió escuetamente: “catalán”.
¡Toma ya! Cuando los que ascienden por la cucaña parodian al Cambó de 1931, y todo sea dicho, sin tener ni idea del precedente, eso constituye algo parecido a una amenaza. Mala cosa cuando los jóvenes simulan ser viejos resabiados que alimentan las querencias de la parroquia. Estos chicos han salido reaccionarios, cuando nosotros, a lo más que habíamos llegado, es a ser conservadores. Imagínense si a los treintañeros de la meseta, es un decir, se les ocurre responder a la sencilla pregunta política, “¿dónde te sitúas, majo?”, con un “yo español a secas, caballero”. Recuerdo una escena del 77 que entonces no me impresionó nada pero que luego he ido actualizando. Si la memoria no me falla me la contó Escubi. Para quien no está al tanto de las historias vascas, José María Escubi Larrea fue una leyenda de los primeros años de ETA antifranquista. Cuando volvió a Euskadi en 1977 se encontró con uno de esos viejos amigos que se tienen, buena gente, de los que guardaron su valor discretamente hasta que pudieron no arriesgarlo. Escubi se interesó por la izquierda vasca, pero como el otro no hacía más que repetirle la misma pregunta -¿eres abertzale, o eres españolista?-, acabó mandándole literalmente a tomar por el culo. Pues bien, si cuento esto es porque lo que parecía imposible, que alguien te hiciera una pregunta similar en Catalunya, empieza a ser plausible. A mí, sin ir más lejos, me ha ocurrido por primera vez.
Si hay un reproche que hacer a la clase política catalana en su conjunto es el de haber invertido los términos del debate. Aquí se ha ido de más a menos. Pocas clases políticas pueden jactarse, como la catalana, del prestigio que gozó durante la transición e incluso antes, algo insólito en toda España, incluido Euskadi, por supuesto. El prestigio de su clase política, incluso el respeto, fue una singularidad catalana que implicaba muy específicamente a su izquierda. ¿Cuándo se les pasó el arroz? Ni la mente del derechista más retorcido sería capaz de imaginar cómo fue metiéndose ella sola, con su solo impulso, sin necesidad de empujarla mucho, en un laberinto con apenas dos salidas: el aislamiento y la poza séptica. El aislamiento lo define la reducción de su base social, y la poza séptica, la corrupción institucional y transversal, es decir, la mierda. Hay un amplio muestrario, desde el Fòrum aquel de las Culturas hasta el Palau, con parada y fonda en Santa Coloma.
A mí como ciudadano no me angustia que la preocupación más llamativa del gobierno de la Generalitat haya sido la invención de un nuevo Estatut que ha reducido aún más la base de sustentación de la clase política catalana. Tampoco que prohíban los toros y bendigan los correbous, que por lo demás es una forma de hacer política que se llama desvergüenza o cacicada. Ni siquiera que haya quien va por las calles denunciando a los tenderos que no tienen los rótulos en catalán, aunque me parezca una ocurrencia fascistoide, porque no olvidemos que la característica más llamativa de los fascismos no fueron las partidas de la porra sino las legislaciones represoras. Y tampoco me inquieta, aunque me produzca cierta perplejidad, la obligatoriedad de que los funcionarios respondan sólo en catalán a quien les aborde en cualquier otra lengua, porque me parece legislar la grosería urbana y será fuente de la misma mala hostia que durante décadas acumuló quien iba a preguntar algo en catalán y decían que no le entendían. En el fondo, lo confieso ingenuamente, siempre pensé que los gobiernos estaban para resolver problemas, no para crearlos. Pero hemos vivido tiempos peores y no han conseguido echarnos de donde la voluntad nos ha traído.
Por eso, que el conseller Maragall descubra ahora que no saben adónde van y que luego asegure que sí, me parece tan patético como las audacias verbales del conseller Castells, responsable de la economía catalana desde hace algunos años, que por cierto va de puta pena, por decirlo con palabras nada alarmistas. A mí, que todos ellos hagan de su capa un sayo no me abruma y sólo me produce rubor que ahora, que se han prohibido las corridas y los aficionados han de ir a Perpiñán y alrededores, resulta que el president Montilla ejerza de don Tancredo; curiosa figura del mundo de la tauromaquia que consistía en ponerse delante del animal, tieso y callado. (Ni soy protaurino ni antitaurino; fui una vez y no entendí nada, pero jamás se me ocurrió pensar que tuviera un día que tomar posición sobre asunto tan trascendente). A mí todo eso no me inquieta. Lo que me deja estupefacto es que lo haga la izquierda, y anuncie su suicidio con fondo de sardanas y barretinas. “¡Endavant, Montilla!”. Todo eso lo hace mejor, y con mayor sentido, la derecha. O así pensaba yo cuando era más joven. Hemos cambiado tanto.
Esa debilidad del arrepentimiento, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Los políticos con mucho poder y alto concepto de sí mismos tienen un punto en común. Es posible que no se parezcan en nada, incluso que sean opuestos en los fundamentos de su poder político, pero hay algo en lo que coinciden. Me vienen a la cabeza líderes que de un modo u otro he padecido, y me sale Franco, Suárez, Pujol, incluso tirando más lejos Andreotti, Reagan, Margaret Thatcher, De Gaulle, Mitterrand. ¿Tienen algo en común? Sí. Ninguno se arrepiente de nada y todos afirman que volverían a hacer lo que hicieron. Y también todos duermen, o durmieron, como ángeles. Los líderes, señores, no tienen pesadillas. No sé si es para felicitarse o para ponernos a temblar. Pero es así.
¿Por qué los líderes políticos nunca se arrepienten y además duermen bien? Es una pregunta, la de “qué tal duerme usted”, que solía incluir hace años cuando entrevistaba a algún dirigente, ya fuera político, mediático o cultural. Luego dejé de hacerlo porque en general les parecía una pregunta impertinente y notaba que mentían como bellacos. El que tiene dificultades para dormir suele ocultarlo, porque abriga el temor de que se le interprete mal. La capacidad de dormir tranquilamente, como quien almuerza y pasea, se considera un síntoma de equilibrio, y el equilibrio se vincula con la virtud. Y ya ven ustedes cómo de salto en salto, llegamos a la conclusión -errónea- de que un tipo que duerme bien es por principio un individuo normal, sencillo y equilibrado.
¿Duerme bien nuestro president Montilla? Apuesto doble contra sencillo a que si alguien se lo preguntara respondería de manera fulminante: “Como un niño pequeño”. O como diría ahora, para ser políticamente correcto, “com un nadó“. Se supone que todo dirigente político debe dormir bien, digo más, muy bien; tanto que no quepa ni un asomo de duda. Un político que durmiera mal, y que lo contara, estaría acabado. Hay mucha gente que dormimos mal y que ni hemos matado a nadie, ni hemos mandado que los maten, ni hemos tomado decisiones trascendentales para la humanidad. Xavier Zubiri, el filósofo, dormía fatal, me consta, trufado de pastillas. También me consta que Ortega y Gasset padecía unas depresiones que le duraban meses en los que ni siquiera llegaba a levantarse de la cama; figura -o figuraba- en su correspondencia, si no la han hecho desaparecer sus hijos, sobrinos y demás legatarios. Cuando le pregunté a uno de sus hijos por las depresiones de su padre, me miró como si acabara de insultarle a él y a todos los Ortega. “¿Depresiones? ¿Mi padre?”. Un mediocre no puede admitir que los hombres grandes puedan estar con la moral por los suelos.
La gente que lee y piensa en lo que lee, si además carece de ambición de poder, tiende a sufrir algo parecido al síndrome de Raskolnikov. Como saben, Raskolnikov es el protagonista dostoyevskiano de Crimen y castigo, asesino de la mala pécora prestamista. Un crimen que pesa sobre su conciencia y al que le da vueltas y vueltas, asumiéndolo o rechazándolo. Unas determinadas tradiciones culturales nos han llevado a la candidez de pensar que un criminal es en cierta medida un sufridor que lleva sobre su conciencia la huella de su crimen. La evidencia nos muestra todo lo contrario; las justificaciones de un asesino son infinitas y ninguna roza ni mucho menos su conciencia. ¿Y en política? El crimen de Estado, o sencillamente la violencia en la lucha por el poder ¿crean problemas de conciencia? Shakespeare nos ha puesto el listón muy alto. Macbeth es un estadista sobrevenido, la que tiene madera de liderazgo es su esposa, lady Macbeth.
Todo esto y mucho más me vino a la cabeza al contemplar cómo Tony Blair respondía de sus responsabilidades criminales como estadista ante una de esas comisiones independientes, que son más dependientes aún que nuestros tertulianos, donde afirmó que volvería a hacer lo que hizo y que no se arrepiente de nada. El hombre que colaboró en la destrucción del país más desarrollado del mundo árabe, que mintió con descaro y alevosía sobre las armas de destrucción masiva y la colaboración entre Sadam y Bin Laden, el mismo que debería tener sobre su conciencia, de tenerla, tantos miles de muertos que le sitúan entre los criminales de guerra del siglo que apenas acabamos de empezar, se explica como un ángel bueno, aplicado a los designios de Dios. Si los grandes criminales de guerra del siglo pasado hubieran sobrevivido a sus errores, ahora con toda probabilidad tendrían contratos millonarios de las grandes empresas multimedia.
Eso es el único argumento de peso que podría explicar por qué un tipo como Tony Blair puede cobrar 205.000 euros por una conferencia de 90 minutos. Y sobre todo por qué hay gente capaz de pagar por escucharle. Estoy convencido de que le pagan por las mismas razones que le darían otro tanto a Mussolini si hubiera sobrevivido a 1945, o a Stalin si pudiera explicar las sucesivas purgas. Un delincuente cobra más que un pensador, por pura lógica. Tienen más cosas que mostrar. Los que están dispuestos a escuchar no soportarían la comparación entre Tony Blair e Isaiah Berlin, por ejemplo. Y en esa diferencia está lo fundamental, porque es el tal Blair quien va a hacer la apología de los valores que su desvergüenza representa, mientras que el discreto Berlin lo más que hubiera podido hacer son notas a pie de página, irónicas, sobre el papel que le tocó representar.
El peligro de situaciones sin salida como las que estamos viviendo es el de abocarnos al cinismo. Ya que no podemos vencerlos, ni volarlos, ni aguantarlos, riámonos con ellos, que no de ellos. Nadie en su sano juicio sería capaz de imaginar que un individuo de esa calaña, me estoy refiriendo a Tony Blair, que cobra 2.300.000 euros al año por asesorar al Morgan Chase, y otro tanto de un puñado de empresas, asociaciones, fundaciones y despachos de letrados, de cuya categoría ética o moral no es que haya dudas, es que existen certezas, fuera el hombre en el que han puesto su destino cuatro instituciones estatales tan importantes como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas, para una paz justa entre Israel y Palestina. Ni el mayor borracho del imperio hubiera tenido una humorada así. Algo digno de Falstaff, para seguir con el aura del inglés. El hombre que provocó, asumió y ejecutó la ocupación de Iraq, saldada con un fracaso que aún no ha terminado, ese mismo hombre que aprobó derrocar a Sadam por las mismas razones que apoya a Arabia Saudí, por propio interés, a ese hombre, digo, le encargan de nuestro futuro más evidente: Oriente Medio. O estamos locos o somos unos irresponsables, o da lo mismolo que opinemos, que ellos ya se encargarán de hacer lo que les interese.
No es que uno crea que el arrepentimiento sirva para mucho. Probablemente para nada, pero consiente un resquicio de duda; admite que hasta el hombre más cruel pueda tener miedo a que descubramos su propia crueldad y eso le limite. Algo así. Estamos como indefensos ante el líder que se enseñorea de su fortaleza sobre nuestros pobres muertos. Tony Blair se jacta de su superioridad porque es consciente de su impunidad. Él sí puede decir que gracias a sus crímenes se ha hecho inmensamente rico, y su señora, y su hijo, el agente de futbolistas de élite. No es que tengamos que enfrentarnos a otra categoría moral, es que él y otros como él son quienes imponen las categorías.
¿Quién dijo que no volveríamos a leer noticias como aquella legendaria del siglo pasado, donde se decía que el accidente de tren, afortunadamente, sólo había afectado a los vagones de tercera? Sin ir más lejos, acaba de morir John Felipe Romero en Afganistán, y el tono menor de los timbales patrióticos se puede detectar en una sola frase: “Soldado colombiano del ejército español, residente en Mollet del Vallès”. Casi sin quererlo parece la necrológica que Pepe Hierro hizo en un poema inolvidable a un paisano suyo, emigrante, en la morgue de Nueva York, al filo de los sesenta: “No ha muerto por ninguna locura hermosa… No fundó ciudades. No dio su nombre a un mar. No hizo más que morir por diecisiete dólares”.
Las cenizas de Craxi, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Murió cuando le faltaban apenas tres semanas para cumplir 66 años. Era Piscis, lo que, según los finos analistas, tiene su aquel. Fue conocido como Bettino Craxi, nacido en Milán y de procedencia sureña, de Mesina (los Crasci). Un animal político en estado sólido; lo contrario de gaseoso, que empezó a los 18 años y tras muchos problemas con su carácter se hizo con la secretaría general de una organización con demasiada historia y poca base electoral, el Partido Socialista Italiano. Esto ocurría en 1976 y a partir de un escaso diez por ciento del electorado acabó haciéndose con la presidencia del Gobierno durante casi cuatro años, los que van de 1983 a 1987. Eran tiempos para gentes audaces y con muchas estrellas en el culo. Felipe González fue secretario general de un partido ilegal en 1974 y presidente del Gobierno ocho años más tarde. El mundo lo dirigían, o aparentaban hacerlo, unos ancianos: Ronald Reagan y la gerontocracia soviética.
En Italia se ha abierto un debate del mayor interés político al cumplirse la pasada semana el décimo aniversario de la muerte de Bettino Craxi. Una reflexión de la que nosotros tendríamos mucho que aprender, no sé si para bien o para mal, pero de todas maneras utilísima para nuestra formación política. Porque Craxi murió en Túnez en una mansión junto al mar -su residencia de verano-, y en una situación peculiar que admite dos maneras de enfocarla; para unos como prófugo de la justicia, para otros en el exilio. Está enterrado en el cementerio tunecino de Hammamet y allí ha tenido lugar una ceremonia fúnebre y reivindicativa cargada de significado. Unos doscientos militantes del neonato Partido Socialista, llegados de toda Italia, desplegaron un montón de banderas rojas. Junto a su viuda y sus dos hijos, estuvieron tres ministros del Gobierno Berlusconi: Frattini (Exteriores), Sacconi (Sanidad) y Brunetta (Administración Pública).
En el periodo de Craxi como presidente del Gobierno sorprendieron algunas actitudes en relación con los palestinos, negoció una benevolente renovación del concordato con el Vaticano y se hizo una figura dentro de la Internacional Socialista, junto a Willy Brandt, Mitterrand, Soares y Bruno Kreisky; Felipe González apenas empezaba. Pero fue en la política interna donde dejó huella indeleble. Fue el rey del pragmatismo y la transversalidad, antes de que tal término se hiciera forma de gobierno; una transversalidad basada en la deferencia hacia el jefe como condición imprescindible de la promoción política. Mereció elogios de personajes como Indro Montanelli, cuyo prestigio como analista, incluso como oráculo, nunca logré entender. Otro periodista, Eugenio Scalfari, en fecha tan pegada a los hechos como 1985, definió al partido socialista de Craxi como “una banda de trepadores”, entre otras lindezas; le acusó de convertir la Banca Nazionale del Lavoro en el banco del partido. Nanni Moretti y Daniele Luchetti le dedicaron una película. Francesco De Gregori una canción sarcástica y la novelista Natalia Ginzburg insultos irrevocables. Pero lo que haría a Bettino un político trascendental en la historia de Italia fue sentar las bases para convertir a Silvio Berlusconi y su Fininvest en el grupo mediático hegemónico y monopolístico que hoy es.
Sin Craxi no es posible entender el poder de Berlusconi, y sin los modos y maneras de Berlusconi tampoco sería posible definir el estilo de Craxi como gobernante. Fue el gran promotor del espectáculo en la política, en los mítines, en las apariciones estelares, en el desprecio a los críticos. De él se puede decir que consiguió promover una figura hoy habitual también entre nosotros, el intelectual ornamental, ese personaje mediático que acompaña al poder desde su apariencia de responsabilidad y equilibrio. Anunciaba una tercera vía entre la corrupta Democracia Cristiana y el miedo al Partido Comunista. Después de cuatro años en el poder la estela de Bettino Craxi dio paso a lo que se vino en llamar Tangentópolis, es decir, el descubrimiento de una monumental corrupción del poder político que fueron sacando a la luz un puñado de jueces comprometidos en el saneamiento de la República; los jueces de Mani Puliti, que pondría patas arriba el sistema. La última intervención parlamentaria de Craxi, en vísperas de su huida a Hammamet, donde moriría ahora hace diez años, consistió en un singular reconocimiento de culpa. “Todos los partidos violamos la ley de Financiación, empezando por el Partido Socialista”.
¿No les suena familiar todo esto? La izquierda española nunca se miró en Italia, excepción hecha de Catalunya. Italia, la cultura italiana y la política italiana, fueron ya durante el franquismo una fuente de civilización en Catalunya, aunque mejor sería precisar en Barcelona. Basta leer las memorias de Carlos Barral para detectar esta diferencia entre el influjo italiano barcelonés y esa meseta, en sentido irónico, que miró más hacia París o Alemania. La más importante editorial literaria española de los años sesenta, Seix Barral, iniciará su aventura con un libro tan insólito como La conciencia de Zeno de Italo Svevo, y por cierto, la cerrará con otro título del autor triestino. Sin esa cercanía italiana sería difícil comprender la singularidad que fue el PSUC con respecto al PCE. Manolo Sacristán y el sacristanismo, tan influyente otrora por acá, no es posible explicarlo en su peculiaridad sin la figura de Giulia Adinolfi, su mujer. Veníamos de los dogmas y sin salirnos demasiado de ellos, Italia atemperaba los sueños dogmáticos. No es grano de anís que en la reunión editorial de la revista Mientras Tanto sobre qué posición tomar frente a nuestra Constitución del 78, la única persona que entendió el texto y el contexto fuera Giulia Adinolfi, una comunista italiana, allí donde había jóvenes tan sutiles como Toni Domènech y Rafa Argullol.
En el socialismo hispano de los ochenta la única italianófila que recuerdo era la esposa del presidente González, pero se limitaba a traducir poesía. No puedo evitar el rubor al recordar el comportamiento del entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, ante el hispanista Oreste Macrì, al que ningún antifranquista decente se hubiera atrevido a faltarle al respeto. Fuera de Barcelona no se prestaba demasiada atención a la izquierda italiana, socialista o comunista. El único artículo elogioso que recuerdo sobre Craxi lo escribió Ernest Lluch, en uno de aquellos descubrimientos políticos que Lluch alumbraba con cierta pasión por lo novedoso. Sólo que Craxi era lo más viejo de la política con un disfraz espectacularmente insólito. De haber sido lector -Craxi era de esos que no necesitan o creen no necesitar leer, porque piensan dictando- se hubiera entusiasmado con un antiguo texto de Ortega y Gasset, Vieja y nueva política,donde su modo de denostar a los Romanones animaba a los Primo de Rivera.
Parece como si la responsabilidad ciudadana de los jueces de Manos Limpias hubiera sido la liquidación de los partidos tradicionales -creo que fueron cinco los que de algún modo desaparecieron en la resaca de Tangentópolis, que coincidió con la crisis terminal de los partidos comunistas-. Como si el juez Di Pietro fuera el culpable de la llegada de Berlusconi. En definitiva, como si la mejor manera de abordar la corrupción mafiosa de los partidos fuera adaptarse a ella y convertirla en programa electoral.
Pero sería muy poca cosa limitar la figura de Craxi sólo a eso, a Tangentópolis y Berlusconi. Ahí está también un intento -¿el último?- de hallar una fórmula que permitiera una simbiosis entre la sociedad civil -que en Italia es mucho más que una declaración de intenciones, es una realidad histórica secular- y el Estado, siempre ajeno, distante y absorbente. No es extraño que en el 2008 se hayan llevado a cabo 75 tesis doctorales sobre Bettino Craxi. ¿Cuántas tesis doctorales se hicieron sobre Suárez o González? Lo desconozco, pero sería importante saberlo.
La pasada semana ironizaba Dario Fo: “Resulta molesto que tantos quieran rehabilitar a Craxi para rehabilitarse a sí mismos”. Convendría pararse a pensarlo, porque también es un problema nuestro.
¿Por qué odian a Michael Moore?, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Lo recomiendan los médicos. Evitar los impulsos. Contar hasta veinte antes de decir nada. De tanto atenernos a seguir esta norma sucede que a veces uno se toma tanto tiempo para reaccionar que cuando nos disponemos a hacerlo ya ha perdido toda actualidad, y periodísticamente carece de sentido. Por ejemplo, entre las numerosas genialidades que se me escaparon en el 2009 figura aquella del responsable cultural del diario más leído de España, que mostraba su sorpresa por la ausencia de mordacidad crítica en la actual inteligencia española. Algo similar a encontrarnos a un director general del Ministerio de Economía interrogando a los parados sobre los males que aquejan a nuestra economía. Reconozcamos que en el fondo somos una media apenas equilibrada entre lo que queremos ser y lo que nos dejan. Ahí están nuestro valor y nuestras limitaciones. El resto es presunción o cinismo.
Algo parejo me ocurre con el cineasta Michael Moore y las reacciones de sus críticos españoles ante su último filme documental, Capitalismo, una historia de amor. Se le reprocha falta de equilibrio y ausencia de objetividad. También, que ha dejado de ser documentalista político para pasar a hacer “comedias negras” (sic). Incluso se le echa en cara su afán de protagonismo, lo que tratándose de un showman, es como aquel que se quejaba a Mozart por componer “demasiadas notas”.
Sus intervenciones personales, en mi opinión brillantes y de eficacia incontestable, las califican de payasadas, y algunas, tal que la impagable con Charlton Heston, a propósito del libérrimo derecho a portar armas de fuego, la juzgan una crueldad ejercida sobre un anciano, y no como un ejercicio legítimo de mostrar a los espectadores la catadura del portavoz de la ley del Oeste.
Cuando se estrenó en el último festival de Venecia Capitalismo, una historia de amor, los medios de comunicación españoles, en su inmensa mayoría, se inclinaron por ningunear la película y detenerse en algo tan chusco que conviene pararse un momento para detallar los mecanismos del oficio periodístico. En la rueda de prensa un avispado no preguntó sobre el documental, una narración cinematográfica sobre los efectos de la crisis económica en Estados Unidos y su final en “golpe de estado financiero”. No, eso carecía de interés. Haciendo el ademán de interrogar aprovechó para informar al mundo de que Michael Moore cobraba por las entrevistas. Para el ciudadano de a pie, un escándalo. ¡Un radical cobrando un buen pellizco por ser entrevistado!
Fue muy sencillo, bastó con replicar que no tenía ni idea, y que la campaña de promoción depende de la multinacional distribuidora, que cobra las entrevistas en numerario o en contraprestaciones publicitarias -cosa que por cierto nunca explicamos, por obvio, y también porque haría feo-. ¿Se imaginan un titular dedicado a Harrison Ford durante su paseo por Venecia para estrenar su última película, al que le pusiéramos un subtítulo: “Nos ha costado 6.000 dólares”?
El pasado mes de noviembre el inefable diario económico madrileño La Gaceta de los Negocios publicaba en primera página y a cuatro columnas, foto incluida: “Un alto dirigente de UGT cena en El Bulli a 300 euros el cubierto”. El subtítulo no le iba a la zaga: “La central se manifestará el 12 de diciembre en contra de los empresarios y a favor de los derechos de los trabajadores”. Ya lo saben los sindicalistas, a partir de ahora los periodistas de raza se atendrán al principio de que si te manifiestas quedan suspendidos los caprichos, aunque te lo pagues de tu bolsillo. Admitamos que las clases subalternas no disfrutan, trabajan. O como diría monseñor Munilla, obispo de San Sebastián, evitar el sufrimiento espiritual del materialismo.
Hay que volver a la tradición; los radicales deben comer el menú y los señores a la carta. Pero si te invitan, acepta orgulloso, que para eso nos portamos tan bien con ellos. Creo que nadie expresó tan plásticamente como El Roto la arrogancia del reaccionarismo hispano reciente: “Los sindicatos son un anacronismo, repetía machaconamente la marquesa a su caballo…”.
Parece mentira que tengamos que volver a pejiguerías de este jaez, pero lo cierto es que lo novedoso en el pasado festival de Venecia fue hacer saber a la gente que Michael Moore cobraba por las entrevistas y no que había presentado un filme demoledor sobre la otra cara de Norteamérica; los efectos de la gran estafa financiera y sus consecuencias. Algo de admirar entre nosotros por muchas razones. La primera y principal, la envidia profesional, por vivir en una sociedad que se deja retratar con la rotundidad, la frescura y la ironía que desprende Capitalismo, una historia de amor. Porque nosotros sufrimos, a nuestra pequeña escala, todas y cada una de las situaciones que documenta Michael Moore, pero jamás conseguiríamos financiación, ni recursos, ni la acumulación de valentías necesarias para llevar a cabo una obra parecida. Impensable entre nosotros. ¿Una cuestión de talento? Es posible. ¿Un tema de infraestructura democrática? Seguro.
Es un reto conseguir en un documental narrar de manera expresiva, eficaz, el fin del sueño americano; ese final de ciclo en el que estamos metidos sin remisión, y que empezó con los gozos de Ronald Reagan y llegó a su punto más bajo con el presidente más estúpido de la historia de los Estados Unidos, George Bush júnior. Y hacerlo con sentimiento y con gracia, llegando al corazón y a la cabeza. No he visto todo el cine de Moore, pero de las tres o cuatro que conozco esta es la que considero mejor ritmada y con mayor inteligencia narrativa, con un dominio de la visualización del espectador que literalmente le engancha, le guste o no lo que está viendo. Y por encima de todo, un auténtico prodigio de montaje. Superior, en mi opinión, a Farenheit 9/11, que le valió el máximo galardón en Cannes del 2004.
¿Que no le agrada a usted lo que cuenta? ¿Que es demagogia? Explíqueme por qué. ¿Acaso no es verdad la expulsión de los propietarios de sus viviendas hasta el punto de cambiar el paisaje de algunas ciudades? Como nosotros. ¿Y los buitres de las hipotecas? Nosotros no conseguiríamos encontrar a alguien con el valor necesario para explicar su negocio carroñero ante la cámara. Eso es Norteamérica. En nuestro caso habría que meterse con subterfugios en los consejos de administración, y al final entre jueces y abogados te obligarían a comerte la grabación. ¿Y los pilotos de avión con salarios mileuristas? Aún no salgo de mi asombro. Ya sabíamos que se había producido algo parecido a un golpe de estado financiero, el que proveyó de 700.000 millones de dólares a los banqueros para que siguieran igual, pero nadie había osado contárnoslo tan cerca del oído. ¿O no fue así, y se lo inventó Michael Moore? Explíquemelo entonces, que llevo meses ansiando conocerlo.
Tiene su gracia ver a los acomodadores del circo mediático llamando payaso al que les muestra en su disfraz de sirvientes del mercado. Quizá les da vergüenza que les hayan pillado en su año malo y desnudos, haciendo esas cosas que confirman la vieja parábola de Bertolt Brecht sobre los grados de responsabilidad delictiva que tiene crear un banco o atracarlo. O lo que es lo mismo, ser implacables con los clientes y benévolos con ellos mismos. Nuestro estómago está tan estragado de comulgar con ruedas de molino que llamamos esquemático a mostrarnos las cosas sin la corrección política, esa camisa de fuerza voluntaria para majaderos felices. Nuestro hígado está tan trabajado que denostamos como panfletario lo obvio. ¿Panfleto? Caballero, disculpe la impertinencia, ¿cuándo vio o leyó usted el último panfleto? Confiéselo y empezaremos a hablar de las mismas cosas con el mismo lenguaje. Siempre hay unos peldaños que subir para poder mirar con cierta perspectiva las cosas que nos suceden. Por ejemplo, si yo tuviera que decirle a Michael Moore en qué se ha equivocado, desde la perspectiva de un español, le diría que en el título. En España la palabra capitalismo no está bien vista. ¿Verdad que es para desternillarse de risa?
Deberíamos cambiar el disco, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Cuando sucede algo parecido a lo que ocurrió el 30 de diciembre en Jost, ni al más obtuso de los analistas le cabe la más mínima duda: la guerra no declarada de la OTAN en Afganistán y Pakistán está perdida. Podrá durar más o menos -eso depende de otros parámetros-, pero de allí las tropas de la Alianza Atlántica no saldrán triunfadoras, porque en términos convencionales la victoria es imposible a menos de arrasar a toda la población; algo equivalente a un bombardeo nuclear. Posibilidad que más de uno estaría tentado de plantearse si no fuera por el pequeño y significativo detalle de que Pakistán es una potencia nuclear. De donde cabe deducir la más odiosa de las conclusiones: que el único escudo eficaz para que no puedan hacer contigo lo que les dé la gana es proveerse de armamento atómico. De ahí el interés por que Irán no disponga de armas nucleares y el respeto con el que se trata al régimen probablemente más inicuo de la tierra -Corea del Norte-, que sí las tiene.
El talento estratégico de aquel pedazo de estadistas inolvidables -George Bush hijo y Tony Blair, con la colaboración entre otros de nuestro José María Aznar- nos ha metido en un mundo muchísimo más inseguro y frágil del que teníamos, y lo que es más imperdonable, en una guerra de la que quizá la única duda razonable es la de evaluar el volumen y consecuencias de la derrota. Pero partir de ella es inevitable. Y henos aquí enzarzados una vez más en una lucha que pronto alcanzará la década y que con los años transcurridos ha creado tal tejido de intereses que incluso desmontarla, es decir, ponerle fin, exigiría en estos momentos una monumental operación económica, no sólo política, que convierte la actual encrucijada en una especie de nudo gordiano cuya descripción se acerca a la paradoja. Pararla es más difícil que continuarla, y continuarla constituye una amenaza permanente que nos hace cada día que pasa más débiles y más susceptibles de derrotas sucesivas. Por ejemplo, lo sucedido en Jost el 30 de diciembre.
El mundo de los servicios de información, o de espionaje, tiene dos maneras de enfocarse. Desde fuera o desde dentro. Desde fuera suele ser incluso divertido. Si ustedes van a ver por ejemplo el documental Garbo podrán admirarse, e incluso desternillarse de risa, contemplando como un paisano nuestro es muy listo, muy listo y cómo los alemanes son muy tontos, muy tontos. Pero si la figura de Garbo la tuviera que explicar un profesional, desde dentro, con algo más de detalle que lo hace un experto como Mark Seaman, quien lo sabe muy bien, tendría que empezar a contar el lado cruel del asunto, que puede resumirse en algo parecido a una sencilla explicación aritmética: la credibilidad de un espía doble es directamente proporcional a la capacidad de perversidad de un equipo de inteligencia capaz de engañar al contrario y proporcional a su vez al número de víctimas que ha sido capaz de facilitar al enemigo para eliminar las sospechas. Me estoy refiriendo a un espía en tiempos de guerra; una profesión más arriesgada aún que la de un soldado en el frente.
El pasado 30 de diciembre, en la base de operaciones de la CIA norteamericana en Jost, Afganistán, no lejos de la frontera con Pakistán, se produjo un hecho sin precedentes en la historia de los servicios de espionaje. Un solo agente del enemigo logró eliminar a siete profesionales de élite de la potencia más poderosa de la tierra. Aparentemente el procedimiento, si quisiéramos contarlo por lo llano y en documental brillante, se reduce a la perfidia de un tipo que gracias a la falta de precaución de los agentes estadounidenses logra introducirse en la oficina y volarlos a todos, inmolándose él; un suicida islámico con buena suerte el día que optó por convertirse en mártir. Pero todo es algo más complicado. Nosotros tendemos a simplificar las cosas en aras, supuestamente, de la comprensión de los lectores. Y yo creo que con eso conseguimos que, en vez de hacernos entender, los sumamos en la perplejidad.
La jefa de la CIA en la base de operaciones de Jost tenía veinte años de experiencia en los servicios y diez en el seguimiento de Al Qaeda. Con ella, Elizabeth Hanson, 31 años, reclutada como agente apenas terminada su tesis doctoral, en Maine, sobre aspectos económicos del islam en comparación con el judaísmo y el cristianismo. Dos mujeres trabajando en tareas de información ejecutiva en el ojo del huracán del islamismo radical. Las acompañaban otros seis profesionales, de los cuales hasta el momento sólo conocemos el nombre de cinco. El enlace árabe, un capitán jordano, Ali ben Zeid, y cuatro norteamericanos con experiencia en zonas conflictivas -Scott Robertson, Harold Brown jr., Jeremy Wise y Dane Clark Paresi-, cuyos nombres conseguidos por la prensa norteamericana, muestran un detalle curioso y significativo. Los dos últimos eran empleados de una empresa privada, la antigua Blackwater, que por razones de decencia nominal ahora se llama XeServices. Cuando en una guerra el Estado echa mano de una empresa privada para combatir es un mal síntoma; está alimentando una red económica interesada en mantener el negocio, es decir, que la guerra no termine nunca.
Y el agente doble. Jalil Abu Mulal al Balaui. Un médico jordano formado en la Universidad de Estambul, casado con la periodista turca Defne Bayrak, autora al parecer de un texto titulado Bin Laden, el Che Guevara de Oriente. A sus 32 años, Balaui había trabajado en dos hospitales de Jordania, donde se recogieron palestinos tras la invasión israelí de Gaza. Fue un hecho para él traumático; si lo fue para nosotros, qué no iba a serlo para él. ¿Cuántos interrogatorios, pruebas, celadas, delaciones hubo de cumplir Balaui para lograr la confianza de los profesionales de la CIA , hasta el punto de ser trasladado a Afganistán para servir sobre el terreno al ejército norteamericano? E incluso entrar en el centro de operaciones de Jost, que en buena lógica debe de ser una auténtica fortaleza instalada en territorio enemigo. ¡Qué estupidez decir que cometieron el error de no hacerle pasar por los detectores! Los espías de confianza en una guerra no pasan controles; ya vienen controlados. Ahí está el meollo. ¿Cómo se ganó la confianza y por qué era menester reunir a Balaui con la plana mayor de la base de Jost?
La explicación más obvia es la ansiedad. Cuando una guerra se está perdiendo lo primero que se va al traste son las precauciones. La ausencia de canales de información que ha llevado al responsable de la inteligencia norteamericana en Afganistán, general Michael Flynn, a calificar las informaciones que le suministran de “predicciones esotéricas más que trabajos serios”. Es el lógico castigo que padece toda fuerza de ocupación sin el más mínimo apoyo de la población, lo que llevó al mismo general Flynn a exigir que se dediquen a saber algo más de los jefes tribales y que se enteren de lo que dicen las radios locales, para tratar de evitar que “el hecho de matar insurgentes no sirva más que para multiplicar el número de enemigos”.
Por si fuera poco el escarnio de eliminar de un golpe a siete profesionales de los servicios de información, el médico jordano se había tomado el tiempo y el riesgo de grabar antes un vídeo para que fuera emitido tras la operación. ¿Qué cantidad de odio se ha ido acumulando en el islam para que un médico, padre de dos hijas, haya seguido todo un proceso de preparación y concienciación que le lleve a inmolarse arrastrando a la cúpula del espionaje norteamericano en Jost? Mientras no seamos capaces de acercarnos a eso estaremos al pairo. Intimidados en los aeropuertos, acojonados en los aviones, inseguros en nuestras ciudades y asustados ante los vecinos. Yo no sé si los siete profesionales de la CIA muertos en Jost sabían muy bien qué demonios defendían, además de su vida y su oficio. Pero el jordano Al Balaui era un soldado voluntario, y eso no hay dinero que lo alimente ni ejército que lo frene. No puede ser que vivamos sujetos al dilema de morir en atentado o morirnos de miedo.
Gervasio Sánchez, un homenaje, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Hace un siglo era costumbre que en ocasiones señaladas, como la publicación de un libro o tras un éxito profesional, se organizara un almuerzo de homenaje. Por lo general no era nada pomposo ni estirado, por más que se denominaran banquetes, sino un grupo de amigos y colegas que se reunían para darle una alegría a quien la sociedad por lo común no hacía nada por dársela, y así pensaban, y con buen criterio, que se le compensaba de los sinsabores de la vida. Una particularidad de estos homenajes es que eran públicos, es decir, que se anunciaban por los medios habituales, sin olvidar la deferencia hacia los susceptibles asistentes de señalarles el precio del cubierto, el lugar y la hora. No era por tanto imprescindible ejercer de amigo o compadre del homenajeado, bastaba con mostrarse solidario con él, pagarse el condumio a tocateja y escuchar al final los diversos circunloquios de los convocantes más atrevidos y locuaces.
No se pedían adhesiones incondicionales ni se reservaba el derecho de admisión. Iba quien quería y quien podía pagarse el modesto menú. Gracias a esta costumbre tenemos fotos y recordatorios memorables de personajes como Unamuno, García Lorca, o el incontinente don Marcelino Menéndez Pelayo.
Son magníficos retratos de época donde se homenajea la amistad y se desvanece la envidia.
Las cosas han cambiado mucho y esa práctica hoy sería casi imposible. Por muchas razones, desde la cuestión de los escalafones -si van los jefes, están fuera de lugar los indios-, hasta el mismo pago del condumio, que exigiría un sponsor,según es costumbre, bajo la forma institucional de asociaciones, agrupaciones o demás faramalla de los diversos gremios, o de la empresa que pone las bebidas. Hoy, así entre amigos, sólo se da la alambicada costumbre de la cena sorpresa, que no deja de ser un compendio de los peores hábitos de nuestra sociedad: sorprender al homenajeado con gente que probablemente no le gustaría ver si le dieran la oportunidad de escoger, pero está obligado a hacer el paripé de lo mucho que le gusta verlos a todos reunidos. Sólo una sociedad pervertida por los hábitos horteras de la televisión es capaz de haber formalizado en sociedad la fórmula de los encuentros sorpresa.Usted se deja invitar a una cena íntima y se encuentra rodeado de un centenar largo de caras babeantes de sonrisas, a las que tiene que ir concediendo la venia como en un besamanos nobiliario.
Amí me habría gustado hacerle un homenaje a Gervasio Sánchez, a quien ustedes no conocerán pero cuyas fotos a buen seguro habrán visto. Un banquete a la manera antigua, con respeto y merecimiento, donde un grupo de colegas no necesariamente amigos tuviéramos el gesto de reconocimiento y admiración hacia un profesional del periodismo que goza de la doble cualidad de ser honesto y coherente. O lo que es lo mismo, conoce la diferencia entre protestar y llorar. El periodístico es un gremio cada vez menos inclinado a la protesta (pública) y más al llanto (privado). Él se queja, pero insiste. Y desde que sigo sus trabajos no hay ningún retroceso ni en la calidad ni en la responsabilidad ni en la insistencia. Porque Gervasio Sánchez es un fotoperiodista que nació en Córdoba, se crió en Tarragona y reside en Zaragoza. Y aquí sí que podríamos regodearnos en los tópicos: la gracia andaluza de nacimiento, la laboriosidad catalana de su formación y la tozudez aragonesa en su trayectoria profesional.
Acaban de otorgarle el premio Nacional de Fotografía o Periodismo, no lo sé muy bien, y prefiero no saberlo porque ese tipo de cosas cuando entras en ellas te desazonan. Los premios en España exigen la condición previa de humillarte solicitándolo, confirmando la tesis general de “el premio para el que lo trabaja”. Por eso me admira y me conmueve que Gervasio Sánchez haya aprovechado la concesión de un galardón individual para recordar nuestros muertos, los profesionales caídos en el ejercicio de una profesión en la que las glorias se conceden por lo general con carácter póstumo, y suelen ser tan efímeras que apenas pasan de los funerales. Pero aún queda otra, tan cruel y despiadada que en general no nos atrevemos a denunciar. Nuestras víctimas periodísticas de los últimos años, casi sin excepción, fueron baleadas, torturadas o asesinadas bajo la condición laboral de colaboradores; es decir, aquellos que, cuando son procesados, la primera preocupación de sus empresas consiste en explicarles a los jueces que aquel plumilla, aquel fotógrafo, no tiene nada que ver con la empresa que el ilustre letrado representa, y que el reo apenas es otra cosa que un colaborador a tanto la pieza. Ahora bien, si muere, ay, si muere, entonces automáticamente asciende a la categoría de bien empresarial fecundo y enajenable. Los periodistas, como los poetas, ganan las mejores batallas cuando mueren en ejercicio.
Un homenaje a Gervasio Sánchez favorecería una reflexión gremial, porque la profesión de fotoperiodista es el más gráfico de los retratos de la crisis del periodismo, la de su identidad y la de su economía.
Para quien desconoce el gremio hay que decirle que fotoperiodista es aquel profesional que cumple dos tareas paralelas, la escritura y la fotografía, y lo hace de tal modo que no desmerezca ninguna de ellas. Por eso mismo quizá el fotoperiodista trabaja sobre el meollo de las angustias, el de una profesión desvirtuada por la instrumentalización y abocada a que la reducción de costes no se traduzca en hacer dos trabajos al precio de uno, y además en precario. Sobrevivir con honestidad y coherencia en este oficio, con lo que está cayendo, tiene algo de prodigioso. Recuerdo unas declaraciones de Gervasio evocadoras de sus comienzos en el periodismo. “Los más prepotentes eran los más mediocres”.
No creo que exista otra profesión donde el mediocre tenga tantas posibilidades de disimular sus limitaciones. Es lógico. Distribuye información reservada, por tanto selecta, y eso le hace creerse parte integrante de los que manejan el mundo. Ocurre con los empleados de los grandes hoteles, que se les pegan las maneras de sus clientes, tanto que alcanzan a considerarse de la misma clase. Quizá es por eso que el periodismo, como los camareros, constituye el gran refugio de los fracasados sociales, de los resentidos. Ni eso significa que los camareros sean así ni los periodistas asá, sino que son gremios de aluvión donde el aprendizaje lo genera el tiempo. También les pasa a los vinos, pero nadie dice nunca que el tiempo tiende a estropear las botellas, sino que aseguramos que es la vieja añada la que mejora los caldos.
La crisis económica, entre otras cosas, ha actualizado el dilema del camarero. ¿Estamos para servir o estamos para informar? Cualquier directivo-economista diría que se trata de un falso problema, ¿acaso un buen camarero no es aquel que sirve y a la vez informa? Una variante, adaptada a los tiempos, del histórico enseñar deleitando.Nosotros no llegamos tan lejos, lo nuestro en apariencia es más rutinario: qué hacemos con la información. ¿La damos, la estudiamos, la valoramos? Hemos entrado en una época en la que uno puede sobrevivir haciéndose a la idea de que apenas nada depende de nosotros. Hago lo que me mandan. Yo no decido. Sobre este caldo de cultivo fermenta el mediocre.
No es extraño entonces el doble descubrimiento que han hecho empresas y periodistas de las ventajas de los gabinetes de información propios. Para las empresas es una manera de tapar un flanco siempre susceptible de crearte serios problemas, de modo que sus responsables de prensa han de abordar dos tareas: conseguir que lo positivo aparezca y lograr que lo negativo se difumine. Para los periodistas es una forma magnífica de ganarse muy bien la vida sin horarios enloquecidos ni angustias cotidianas. Lo que no nos atrevemos a decir es que se trata de dos oficios diferentes, que uno y otro están en diferente lugar de la barricada. Porque hay una barricada, porque en la información siempre existió una barricada; la de quien vive de informar y la de quien tiene como misión que tú no consigas saber lo que la gente debería saber.
Por todo eso me gustaría hacerle un homenaje a Gervasio Sánchez, porque siempre tuvo claro su lugar en esa barricada. Qué mejor elogio de alguien que se pueda decir: Gervasio Sánchez, fotoperiodista. Un respeto.
Poco oasis y mucho camello (y 2), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Una modesta proposición. Por eso de la salud pública propongo que los medios de comunicación de Catalunya, especialmente los escritos, que parecen gozar de historia y sensibilidad, inserten un pequeño recuadro donde den cuenta, día a día, del tiempo que va transcurriendo sin que el señor Fèlix Millet entre en la cárcel. ¿Cuánto llevamos? ¿Cien, ochenta, cuarenta y cinco días? Esa misma discusión sería una buena terapia social y una pregunta digna para el equipo de Redactores de Informes Institucionales (cuyas siglas RII lo identifica con la época del jijiji-jajaja que disfrutamos). Se podría adjuntar una pregunta sencilla que obligaría a la ciudadanía a definirse: ¿Cuándo se enteró usted que don Fèlix Millet era un chorizo? Los resultados estadísticos pueden ser excepcionalmente reveladores de los segmentos en los que se divide la sociedad catalana. Soy consciente de la primera dificultad.
La idea de que Catalunya esté segmentada no deja de resultar tendenciosa porque aquí segmentos, lo que se dice segmentos, sólo hay uno. Los demás están en trance de integrarse, y si aún se consideran segmentos es porque no han terminado su proceso de adaptación. Pero si dejamos esta afirmación canónica para otro día y hacemos un soberano esfuerzo por aparcarla, hemos de abordar lo fundamental.
Fèlix Millet no está en la cárcel.
Ni está ni se le espera.
Alcachofa de encuestador en mano usted podría recorrer la geografía catalana e ir preguntando, y de seguro que se encontrará dos bloques fundamentales. Uno que no necesita demasiadas explicaciones porque tiene experiencia y sabe que la gente como Fèlix Millet no va a la cárcel sino que pasa una estancia carcelaria, y el otro bloque, muy puesto y serio, que le responderá con otra pregunta ¿por qué no dejamos trabajar a la justicia? Quizá sea por la edad y la experiencia pero cada vez que oigo que alguien dice “tengo confianza en la justicia”, me echo a temblar, porque soy consciente de que están preparándose para engañarme. Yo no tengo ni la más mínima confianza en la justicia, me sobran las razones, y me bastaría decir que los primeros que desconfían de la justicia son quienes viven de ella.
El episodio Fèlix Millet es la ecografía menos deseada para una sociedad, la expresión más brutal de un tumor canceroso. El más vulgar de los ladrones de pisos, el tironero más desalmado, no alcanzan el grado de desfachatez de un tipo capaz de estafar a su consuegro y hacer cobrar a la sociedad que le apacienta hasta sus condones, sin contar con lo de orinarse sobre los trajes de gala con fondo modernista y música orquestal en vivo. Como dicen los posmodernos, lo de Millet es el top de una sociedad corrupta y narcisista. No le den más vueltas, lo uno y lo otro, inseparables. Ahora bien, a partir de aquí hay gente que asume la necesidad de una terapia y quien se encomienda al santo patrono, porque tiene mucha fe. Y eso cada uno lo aborda como puede, como sabe o como quiere. Mi opinión personal es que esta sociedad tiene difícil arreglo, porque está demasiado instalada en su narcisismo. Se reparte tanto dinero para alimentar el narcisismo, que chocaría con muchos intereses creados reconvertir ese personal en algo socialmente responsable. Por lo demás lo que ocurra en Madrid, Oviedo o Sevilla, en este caso me trae al pairo. Estamos hablando de nosotros, y punto.
Para un observador de la sociedad catalana que no cobre de las instituciones, ¿qué es lo más llamativo de la detención del grupo Prenafeta-Alavedra-Muñoz? La irritación de buena parte de sus representantes sociales. Clase política y clase mediática, con pocas excepciones, han tomado el asunto como si fuera suyo; como si se tratara de un pariente, de un amigo, casi de un socio. Y si nos detenemos en las tres figuras emblemáticas quizá nos encontremos con eso, son socios. Mitad compadres, que dirían los mexicanos, mitad amici según dicen por Sicilia. Porque si hay algo que distinguía al triángulo Prenafeta-Alavedra-Muñoz es su sociabilidad, su simpatía, su capacidad para generar amigos allí donde otros llaman socios o compadres. Por supuesto, tres especialistas en ese oficio difícil y exquisito de la corrupción de mayores. Su transversalidad los hace más genuinamente representativos y no sólo porque se trate de una cuestión de partidos o de ideas. Que nadie dude que estamos ante tres ideólogos. Han sido capaces de hacer de sus ideas una fortuna; el sueño de todo pensador.
¿Corruptos? Todo el mundo está de acuerdo en luchar contra la corrupción en abstracto, las diferencias aparecen cuando se citan los nombres. ¿Quién de nosotros tiene la menor sombra de duda de que el señor Prenafeta ejercía de corruptor de mayores? Lo es desde que tengo noticia de su existencia. No habrá muchos periodistas veteranos a los que no haya contratado o despedido. Los famosos regalos de Prenafeta; un hombre de detalles. Nadie quiere recordar hoy aquella suculenta invención periodística que se llamó El Observador, tan irregular y corrupta que hubiera sido imposible sin los fondos y los poderes de la Generalitat pujoliana que administraba Prenafeta. ¿Cuántos fondos públicos fueron usados en intereses privados? ¿Dónde está lo privado y lo público de Prenafeta? ¿Ven ustedes cómo volvemos al tópico? Unos roban, otros defienden las instituciones. ¡El temido Prenafeta, recitador de Leopardi y responsable de la caja B de la Generalitat desde sus albores, en la cárcel! Seamos claros, no me imagino aun juez en Catalunya, ni cargado de razón y de pruebas, que hubiera osado tal desmesura. Eso es lo que ha trasbalsat al cogollo de la barretina.
No sé si ustedes gustan de las metáforas, yo las adoro porque al escribir vivo de ellas, pero podemos confundirnos con las metáforas. No existe ningún peligro de que venga un Berlusconi haciendo populismo y extorsionando a la opinión, porque Berlusconi ya habita entre nosotros. Observen a Joan Laporta; ensaya todos los días. Estamos tan sumidos en una sociedad berlusconiana que ante la detención de tres personajes excelentes, cuyos delitos deberá probar la justicia pero sobre cuya imposible honradez han trabajado ya la fiscalía y la policía, brota otra agrupación transversal: los defensores de la presunción de inocencia. Quizá muchos olvidan que no es lo mismo la condena judicial que ser inocente. Ahí tienen a los Albertos madrileños, delincuentes notables y reiterados, pero absueltos por prescripción. Vivimos en una sociedad que lleva con la mayor tranquilidad una humillación a la ciudadanía como es la simple visualización de un Fèlix Millet en vecindad, ¡y en familia, qué cojones! Una sociedad que ante la aplastante evidencia de tres individuos y sus laxos entornos políticos, tan transversales ellos que recorren toda la geografía del país, lo que debería avergonzarnos, puesto que no hemos sido nosotros, sino quienes se hicieron favores y se los cobraron, como es obvio.
Y ante todo esto lo que más nos ha llamado la atención no es la estafa, ni los estafadores, ni el deterioro de nuestro propio respeto como sociedad democrática, y según algunos hasta modelo de igualitarismo. ¿Qué es lo que nos desasosiega? “La pena de telediario”.
Hemos visto de todo en los basurales de nuestras televisiones, pero aún no habían sacado a tres de los nuestros. Bajarse de las lecheras de la Guardia Civil, esposados -odio las esposas; es una ofensa humillante, y deberían desterrarse para todos los que no estén acusados de delitos de sangre y violencia-,y con sus pertenencias en bolsas de basura. ¡En bolsas de basura! O sea que nuestros detenidos, los nuestros, han de meter sus cosas, cordones de zapatos incluidos, como todos, en bolsas de basura y no de Vinçon! Y los ponen ante los ojos de la opinión pública. ¿Humillación social? Yo la mayor humillación y escarnio me parece poner el grito en el cielo porque aparezcan en el telediario y no porque han sido detenidos por estafa y asociación delictiva tres hombres a los que la sociedad había concedido un crédito ilimitado. La idea del oasis nació bajo la forma de sarcasmo, pero algunos se lo acabaron creyendo por el simple hecho de que ayudaban a abrevar a los camellos.
Poco oasis y mucho camello (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
El problema más alarmante en Catalunya no es ni el futuro de la lengua catalana, plenamente subvencionada, ni la supervivencia del castellano, garantizada por la evidencia. La cuestión más inquietante es la tercera lengua. ¿Y cuál es la tercera lengua? ¿Acaso el inglés? ¡Qué más quisiéramos, que se tratara de una lengua así, muy útil para llamar a las cosas por su nombre y escasamente sofisticada en las reglas! La tercera lengua es la jerga con la que nos expresamos en Catalunya para no decir lo que estaríamos obligados a decir si nos creyéramos lo que decimos. Este trabalenguas, que parece una charada, resulta muy simple de explicar a partir del caso Millet, nuestro Madoff de diseño. Caso modélico de la tercera lengua y de nuestra cultura institucional.
Cuando el abogado de nuestro prestidigitador financiero afirma “que no se preocupe la gente, porque el Palau recuperará el dinero, y si el señor Millet tiene que ir a vivir bajo un puente, pues irá”, caben dos posibilidades. Como mínimo, dos. La primera es impresionarnos porque todo un letrado, que además canta y se apellida Molins, de los Molins de toda la vida, pueda usar una expresión tan radical como echarse a vivir debajo de un puente, nada menos que un Millet. Incluso como augurio resulta excesivo, y muchos sensibles intelectuales autóctonos entenderán que se trata de un exceso oratorio.
¿Quién podría tener tan mala entraña como para mandar a Fèlix Millet debajo de un puente?
Sin entrar en el pequeño detalle de que tratándose de tantos parientes y amigos como los que participaron en el saqueo del Palau no cabrían, o cuando menos estarían incómodos en tan inhóspito espacio. Entonces llegamos a la conclusión de que con toda probabilidad el ilustre letrado Pau Molins se está descojonando de nosotros. O lo que es lo mismo, está usando la tercera lengua.
Creo que la mejor metáfora sobre el latrocinio de Millet y compañía la ha dado Domingo Marchena en este periódico. Lo de Millet es un circo, y como todo gran circo tiene varias pistas. La pista principal la ocupa por derecho propio, valga la expresión, el protagonista, con ese gesto cansado que suele distinguirse en gente que no ha trabajado en su vida.
Me presentaron -mejor sería decir de acuerdo con las categorías de la tercera lengua fui presentado- a Fèlix Millet hacia 1991 o 1992 en el vestíbulo del Palau, y lo único que me impresionó, y me hace recordarlo aún hoy, es que el mismo que hizo de intermediario, un periodista radical converso luego al nacionalismo, me susurró inmediatamente después: “Es un delincuente, pero se apellida Millet”. Como no volví a encontrármelo en mi vida, la verdad es que se me olvidó el tal Millet hasta hace bien poco.
¿Qué es lo que tiene de peculiar la prodigiosa historia del estafador Fèlix Millet en una España donde es difícil sorprenderse? El color local, eso que vuelve a ser otra manifestación de la tercera lengua. Si el Madoff norteamericano se distinguió por saber explotar el sionismo con la audacia de un estafador de altos vuelos, Millet fue nuestro Madoff. Digo más, ahora que se había puesto de moda entre nuestros nacionalistas de regadío equipararnos al pueblo semita -somos los judíos de España- resulta que el color local se reduce a eso: cómo engañar a la gente usando las creencias más profundas. Pero hasta aquí todo sería normal, todo lo normal en una historia de estafadores y estafados, pero la tercera lengua nos introduce un elemento sorprendente: detrás de la denuncia de Millet hay un ataque a las esencias culturales de Catalunya. La verdad es que el asunto sería cómico si no trascendiera lo patético.
La tercera lengua obliga a considerar que hay dos tipos de estafadores. Los nuestros, que se desviaron del pacto implícito que les hubiera permitido robar un poco y vivir de ello, y se excedieron en el descaro y la alevosía. Y luego están los demás, que cuando roban lo hacen sin principios. A nuestros estafadores hay que suponerles siempre gente de principios muy arraigados. Casi se podría decir, parodiando una vieja película española, que nuestros ladrones son gente honrada.
En un país con opinión pública, donde la tercera lengua no se constituyera en el canon de las relaciones sociales, políticas e informativas, lo primero que se hubiera hecho es formar sociedades de agraviados por nuestro Madoff, porque se ha producido una estafa a la sociedad, no sólo a particulares. En Catalunya hoy no existe opinión pública; existía, pero se disolvió en los años del pujolismo. Es creencia de la tercera lengua que nos habíamos hecho tan excelentes que la envidia carcomía a nuestros ancestrales enemigos. Por eso ahora estamos apenados, porque nos van a decir que nos parecemos a los demás. Esta ideología de patio de colegio funciona. Es sorprendente, pero funciona.
A los portavoces de la tercera lengua se les llena la boca hablando de la sociedad civil. O mucho me equivoco o el plenario de esa denominada sociedad civil asistió a las bodas de las hijas del Midas de la música catalana. ¿Hicieron regalos o consideraron que la inversión ya estaba amortizada? A ese consuegro doblemente estafado, el que pagó a Millet lo que Millet había sustraído, ¿nadie le pregunta si reclamará o se mantendrá callado? Me imagino los sudores del juez Juli Solaz, el del 30, enfrentado a un dilema shakespeariano digno del Mercader de Venecia.
Mirémoslo desde el ángulo de la ironía. Nuestra aportación y desprendimiento hacia la cultura. Dudo mucho que haya país alguno en el que sea posible que alguien sin necesidad de tocar un instrumento ni tener zorra idea de música alcance tal nivel de sofisticación armónica como para forrarse él y los suyos. ¡Millet, el primer estafador mundial de la música!
¡A qué esperan nuestros diseñadores estelares y nuestros chistosos mediáticos para exportar esa mina! Incluso las escuelas empresariales de rompe y rasga, y con influencia en el mundo entero, deberían incluir un programa de estudios que tuviera un título imaginativo y con pegada: “Fèlix Millet, un crac del negocio musical sin saber lo que es una corchea”. Yo animo a hombres de reconocida solvencia en este campo, Oscar Tusquets por ejemplo, que tan bien conocía al protagonista cuando nos vendió un proyecto hotelero suculento, para que nos ayude con su proverbial imaginación plástica a lanzar el producto.
La tercera lengua facilita entender al juez Juli Solaz. Una opinión pública exigente nos hubiera hecho saber todo sobre el juez, amén de que pertenece a la otrora progresista Jueces para la Democracia. La izquierda en Catalunya se arrugó hacia 1980 y ahí se quedó, en el calor de la tintorería. El juez Solaz se lo piensa. Tiene su lógica. Si Millet lleva nueve años robando -las investigaciones ya están en el 2000 y seguirán bajando- por qué se quejan si su señoría se lo toma con calma. Y además intuyo que el juez Solaz -qué idoneidad la del apellido; solazarse viene de solaz- debe de tener esposa y quizá hijos, y suegros y hermanos y parientes, y le gustará comer en familia canelones -¡ojo, canelones!; los canalones,en castellano, son de metal-. Se imaginan qué dirían de él los de la tercera lengua, los suyos en definitiva, si metiera en la cárcel al chisgarabís de Millet. ¡Mientras pueda demorarlo! ¿Quién osaría arrostrar una responsabilidad así? Sería como encarcelar una institución. ¿O no era una institución?
Conmueve la preocupación por el buen nombre de las instituciones. ¡Hay que preservar el prestigio de las instituciones! Bueno, vale, preservémoslo. ¿Y cómo lo hacemos? Tenemos en la cárcel a nuestro empresario modélico Javier de la Rosa, también al formador de generaciones de abogados catalanes, reconocido prohombre del derecho, Piqué Vidal. También a Pascual Estevill, nuestro juez más profesional -yo me aterrorizo cuando oigo que se dice de alguien que “es muy profesional”, expresión muy utilizada para los sicarios-. A lo mejor ni siquiera están ya en la cárcel, sino en el limbo del tercer grado, en función de sus muchos méritos.
No es por ponerme dramático, pero tras lo de Millet “deberíamos hacérnoslo mirar”, que dicen por aquí. Con eso ya habría como para una sesión. Pero entonces aparecieron los del Pretoria.
Los rescoldos de una ilusión, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Quizá sea una significativa casualidad que el estreno del documental Hollywood contra Franco, de Oriol Porta, coincida con el cierre del último cine urbano de Tarragona. ¿Cuántas ciudades españolas conservan algún cine? No me refiero a los multicines de los centros comerciales, con sus salas sórdidas pensadas para niños consentidos o viciosos emboscados. Esos cines del extrarradio tienen algo de lupanares posmodernos, más lúgubres que un tanatorio, idóneos posiblemente para la masturbación discreta o la pareja clandestina. Todo lo contrario de los cines urbanos que nacieron pensados para exhibir su condición de centros del espectáculo. Quien conoció la Gran Vía madrileña en los años cincuenta y sesenta sabe de qué hablo. Una arteria urbana salpicada de murales anunciando los grandes filmes de Hollywood o las espantosas españoladas.
Mi generación posiblemente fue la última que pasó por todas las gamas del cine. Primero y fundamental, las películas que proyectaban los domingos en los colegios -algunas del cine mudo-, en desbordante exhibición de represiones; había gritos, pateos, chillidos y peleas, y el olor agrio a ganado escolar y también la mano del fraile que interrumpía la proyección ante la más mínima candidez amorosa para dar paso a brutales fundidos en negro. En el fondo aquellos cines de colegio tenían sobre todo una virtud transformadora; no la daba el filme sino la oscuridad. Era la oscuridad, y no la historia de la pantalla, lo que nos hacía libres, otorgándonos el efímero derecho a mostrar los instintos.
El cine colegial es inseparable de los programas dobles en los barrios, la única ventana al mundo de miles de españoles durante tres décadas y elemento formador de nuestra educación escasamente sentimental. Había algo de eso que hoy se llama transversalidad en la mezcla de clases que se amontonaban en las salas cinematográficas, y un sentimiento grupal muy acusado; entonces los niños no contaban a sus padres las películas que habían visto, como se hace ahora con un gesto de afectado paternalismo. Las películas entonces quizá fueran muy malas, y muchas lo eran, pero sobre todo las ponían para nosotros, eran nuestras. Cuando digo a alguien que entonces había precios especiales para niños y reclutas, me miran como si saliera de un frenopático.
Nunca he leído nada sobre los pomposos estrenos de fin de semana, y es pena porque equivalían en provincias a las representaciones teatrales del XIX, en lo que tenían de exhibición social. Yo recordaré mientras viva lo que significó en el Oviedo de mi infancia escuchar los comentarios de los mayores -sin derecho, entendámonos, a pronunciar palabra- ante los hitos cinematográficos de la época. El cine estaba metido en la vida familiar de una manera absorbente, como espectáculo y cultura; el fútbol era sólo competición. A nadie se le hubiera ocurrido entonces referirse a la cultura futbolística sin creer que se trataba de un chiste.
Lo más popular fueron las pantallas de verano, a cuya evocación tanto partido ha sabido sacarle el cine italiano, pero se daban poco en el norte por razones climáticas; programar cine al aire libre era jugársela y con muchas garantías de perder. El cine espectáculo y la omnipresente censura provocaron primero los cinefórums y luego las salas de arte y ensayo. Lo cierto es que aquellos lugares improvisados, convertidos en salas de proyección, donde a falta de filmotecas se pasaba de todo, desde lo más rudimentario hasta lo más sofisticado, constituyeron auténticas escuelas de cine. A mí las sesiones de cinéfilos de entonces me recuerdan esas tenidas matutinas de filatélicos en las plazas mayores, los domingos, porque había algo de secta de iniciados; pocos y correosos, capaces de aguantar impertérritos aquel inolvidable Año pasado en Marienbad (1961, aunque aquí debió darse algo más tarde), donde Alain Resnais nos sometía apenas adolescentes a una prueba iniciática definitiva: después de aquello, hasta el Deserto rosso de Antonioni nos parecía tan lineal como un cómic.
Y pensar que quizá en un futuro cercano los cines urbanos, hoy desmantelados por la especulación y la desgana, se inaugurarán bajo la forma de Museos del Cine, para ver reposiciones en tamaño natural de Ciudadano Kane, o Eva al desnudo, o Rey y Patria, la obra maestra de Losey, que imagino pasarán en una copia decente, y sin humillarnos como hizo la Filmoteca de Catalunya en fechas recientes. ¿Quién protesta por esas cosas, si somos como los filatélicos? Nada que ver con jeremiadas, sino con la vida cultural normalizada por la que cada uno de nosotros ha peleado.
Todo junto, las salas de antaño, los ciudadanos de Tarragona que ya no podrán ir al cine como personas normales, los cinéfilos sufrientes y despreciados, todo eso me vino a la cabeza tras contemplar el emotivo documental Hollywood contra Franco, una exhibición de historia y humanidad. Orgullosos se tienen que sentir quienes elaboraron este nada fácil documental sobre la actitud de Hollywood, magnates y creadores, frente a Franco durante la guerra civil y la posguerra. Tan pedagógico y esclarecedor que se podría pasar en los colegios y universidades. Un cursillo, un máster como se dice ahora, sobre la democracia, la solidaridad y la libertad. La libertad de crear y de vivir. Conmueve el testimonio cálido y rotundo de la voz en off recitando el memorial de Alvah Bessie, guionista legendario e incorruptible luchador. Por qué empezó todo, dónde nació su ilusión y su empuje, y aquella voluntad de venirse a España para repetir el gesto de decencia que tuvieron tantos -tres mil norteamericanos, que se dice pronto- y arriesgarse a morir por la libertad de un país lejano y ajeno. El voluntariado de las Brigadas Internacionales en la guerra de España es un capítulo especial de la historia del siglo XX; único, y con toda probabilidad irrepetible.
En ese misterio de la solidaridad humana al precio de la vida está el meollo de este filme brillante -no es fácil montar noventa minutos de documental que pasan como un suspiro- por el que desfilan los grandes de la industria del cine y las estrellas antes y después del maccarthismo. Hay que escuchar al guionista de Tal como éramos, el evocador filme de Sydney Pollack, cuando expresa con la sencillez de un maestro cómo no hacía falta ser un radical para comprometerse con la lucha de la República frente a Franco; bastaba la decencia, aquella que obsesionaba al propio Orwell y que terminaría convirtiéndose en su divisa. Es verdad que hay en el Hollywood contra Franco una especial preocupación por evitar las curvas, esos lados malos del hombre y de la historia, sus traiciones y renuncias. Eso la hace evidente y pedagógica, tanto, que uno pediría una segunda parte, donde aparecieran las contradicciones que la primera no pudo sacar.
La fuerza de Hollywood contra Franco está también en su poder refrescante. No porque nos rejuvenezca, que maldita falta hace, sino por reverdecer algo que parecía consagrado en las verdades del celuloide. Esos poderes del mito que están encardinados en el cine, que son su espacio natural hasta el punto de que no hay mito sin cine, y se podría decir que tampoco cine sin mito. Y entramos así en el inevitable territorio de la paradoja. Los mitos cinematográficos se multiplican mientras los soportes del cine entran en una crisis que cuestiona su supervivencia. Se cierran las salas urbanas pero aparecen películas de mérito bajo la forma de documentales, un género que tiene una fuerza en España que en parte aún desconocemos por falta de exhibición. Hollywood contra Franco probablemente sólo podrá verse dentro de muy poco en el ordenador o en la pantalla doméstica. Quizá sea una reminiscencia del pasado pero aún es un privilegio cada vez que uno va al cine y acierta. Y por eso cabe una responsabilidad intelectual, la de decirle a la gente: no se demore, vaya a ver Hollywood contra Franco, de Oriol Porta. ¿Quién sabe qué pasará con ella mañana?
Otra visita a George Orwell (y 2), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Nuestro conocimiento de Orwell, en general, está basado en una serie de tópicos a los que el tiempo ha puesto sordina y, como muchas veces ha ocurrido en nuestra malhadada historia, se han ido conformando a partir de la ignorancia. Así, por ejemplo, es el autor de un libro legendario sobre nuestro sufriente país del que bastaría el título para darnos cuenta de cuánto nos estimaba. HomenajeaCatalunya.Publicado en 1938 tras una experiencia de casi seis meses formando una brigada del POUM, el libro, de constituir un homenaje a alguien, es a la España popular, revolucionaria, manifiestamente anarquista, a la que reprocha que no haya volado el edificio de la Sagrada Família, en su opinión uno de los más feos del mundo.
Y henos ya de lleno en las particularidades de la más que singular trayectoria de Orwell en España. Como texto, Homenaje a Catalunya es una obra trascendental para el conocimiento de la personalidad del autor, porque en ese libro están esbozos que caracterizan su pensamiento e incluso su manera de ser, pero como obra literaria me parece de menor cuantía. Su importancia como documento humano sobre la personalidad de Orwell es notable, su relevancia periodística de los hechos relatados es limitada y sufre, en el caso español -castellano y catalán- más quizá que en ninguna otra lengua, el castigo de su servidumbre instrumental. Eric Blair -auténtico nombre de George Orwell-, voluntario británico en las Brigadas Internacionales en la lucha contra el fascismo, es decir, contra Franco, se convertiría por esos milagros de la taumaturgia intelectual post mórtem en el primer denunciador de los comunistas y de cuantos lucharon en el bando republicano. ¿Verdad que nunca le explicaron que el libro que usted había leído en castellano o en catalán estaba censurado y que la única edición digna (Tusquets) apenas cuenta seis años?
Orwell murió en 1950, a los 46 años, y de él se puede decir que vivió dos vidas; la suya propia y la de sus escritos, que habrían de convertirse en arietes de la guerra fría frente al comunismo. Hora sería en España de reconstruir el personaje y quitarle las charreteras que le pusieron; todas esas boberías sobre su supuesto anarquismo conservador, para que aparezca el radical que fue, tanto en sus juicios, como en sus actitudes y sobre todo en sus escritos. Estamos ante un tipo difícil, con una acusada personalidad que rozaba lo atrabiliario, y cuya principal obsesión y ambición fue la literaria. Y a eso dedicaría su vida, interrumpida siempre por obligaciones de la decencia. Por eso a Orwell cabe considerarle el paradigma del compromiso político, en su sentido genuino de compromiso con la verdad.
¿A qué llamo obligaciones de la decencia? Pues a asuntos tan evidentes como apuntarse para defender la República española frente al fascismo que la amenazaba. ¿Qué otra cosa podía hacer un hombre decente? Que luego llegara a Barcelona y se encontrara con unos republicanos divididos y enfrentados, y que por supuesto comprobara in situ que ninguno tenía interés por la democracia, era otro asunto que no negaba la mayor: como revolucionario su obligación estaba en España y frente al franquismo. Y aquí ya entramos en el terreno propiamente orwelliano. Se había apuntado como voluntario a partir de una asociación de escritores británica y le adscribieron a un batallón del POUM. Nada más alejado de las ideas de Orwell que las posiciones del POUM durante la guerra española. Por una pereza mental muy nuestra, el POUM, o Partido Obrero de Unificación Marxista, se adscribe al trotskismo, incluso durante la Guerra Civil, afirmación que al propio Trotsky sacaba de quicio porque no paraba de denunciarlos, y que cabe interpretarlo como un éxito de la propaganda estalinista. Lo cierto es que Orwell marcha al frente con los del POUM y por más que rechace sus posiciones y esté mucho más cerca de Negrín y de los comunistas, hay algo que choca con su sentido de la decencia: que las diferencias políticas se transformen en calumnias. La acusación estaliniana según la cual los del POUM eran agentes emboscados del fascismo y debían ser exterminados, como ocurriría con Andreu Nin entre otros, será algo que marcará las coordenadas políticas de Orwell.
Hay pocos escritores que conviertan en eje de su trayectoria la convicción de que la verdad es revolucionaria en sí misma, y que la libertad para expresarla constituye la medida de una civilización. Orwell convertirá su literatura en una permanente reflexión sobre la verdad y en un brillante ejercicio paródico de la mentira en sus infinitas variantes, sociales y políticas. Si no tengo en especial estima un libro como Homenaje a Catalunya es porque aún está ahí un escritor en ciernes que no sabe muy bien qué estructura darle al libro; basta ver las diversas recomendaciones sobre futuras reediciones para entender que no estaba aún fino. Esa finura que saldrá de un tirón en un libro escrito en estado de gracia como es su Rebelión en la granja,donde hay mucha densidad reflexiva pero sobre todo mucha literatura, desde Jonathan Swift hasta sus adorados Dickens y Somerset Maugham, un autor que por eso de las modas literarias otoño-invierno ahora no se usa.
El Orwell póstumo, su instrumentalización política, limitó su alcance literario. Así, por ejemplo, junto a esos dos jalones, los más conocidos de su obra, Rebelión en la granja y 1984,está una novela preciosa, Subir a por aire,que desde pautas alejadas de la política plantea, y de una manera emocionante e incluso tierna, el monotema de la obra orwelliana, la verdad. La búsqueda de las raíces de la infancia, esa eterna fuente de la literatura que se convierte en este texto de Orwell en un recital de las sensibilidades del hombre común. Y aquí entramos ya en el George Orwell persona, un tipo raro, mucho. Con un agudo sentido de clase, de la suya y de las otras, de esas manifestaciones notorias de las clases altas que Elias Canetti consideraba la imagen de marca más notoria del mundo británico: el orgullo.
La complejidad de la personalidad de Orwell en su relación con las mujeres, o con los niños y su particular concepto de la experiencia en la pedagogía. Su denuncia de las dos actitudes más despreciables del intelectual, la impostura y la frivolidad, a las que no dudaba en poner nombres y apellidos. La inclinación hacia la vida tranquila y la ausencia de vida social, que para él representaba el sueño de instalarse en un faro, y en su defecto en el campo o en una isla; su tozuda estancia en Jura merecería más de una reflexión por lo que significó para un enfermo de tuberculosis. Su valentía, que rozaba la temeridad, en la guerra civil española y en la mundial, y lo que es aún más arriesgado, en las durísimas batallas intelectuales de los cuarenta.
Si contemplamos con una cierta distancia la vida y la obra de Orwell mientras se le van cayendo las adherencias instrumentales de la guerra fría, nos queda una evidencia. Fue fiel a la verdad incluso en la denuncia de la mayor de las convenciones sociales, la que no permite sacarles los colores a los impostores ilustres. Hace unos años causó un verdadero escándalo que se encontrara un listado de 38 personalidades a las que Orwell describía como criptocomunistas. ¡Cuánta hipocresía, y menudo ejercicio para tartufos! Lo que Orwell planteaba en esa lista respondía a la norma que había regido su vida: una verdad debe ser asumida con mayor fuerza que una mentira, yasí no es posible apoyar al estalinismo y no asumirlo, porque sería tanto como jugar con dos barajas y optar siempre a la que gana.
¿Con qué criterio se puede valorar la obra de Orwell? Él partió de su experiencia española durante la Guerra Civil y de las calumnias a los adversarios hasta convencerse de que el régimen soviético era una gran mentira. Mientras la clase obrera europea no desterrara el mito de la revolución rusa no había ninguna posibilidad de un socialismo que no fuera una siniestra dictadura. ¿Quién, con lo que sabemos hoy, puede reprochárselo?
Una visita a George Orwell (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Osea, que cayó el Muro, el socialismo real se convirtió en un parque temático de los horrores, el estalinismo se vio superado por la competitividad mafiosa, el orbe casi entero se hizo liberal con pedigrí renovable cada cuatro años, y fue a resultar que los dos emblemas de la denuncia del totalitarismo -la granja de animales que se rebelaban y el número mágico de 1984 que parecía inalcanzable- resultaron ser parodias del paraíso que nos hemos construido. Y así George Orwell, el que parecía paradigma de los escritores frente a la amenaza comunista, se ha situado entre nosotros con una familiaridad digna de Kafka y de Buñuel, a caballo entre la crueldad del poder y la gracia surrealista.
Usted no necesita leer esa fábula atroz y divertida titulada Rebelión en la granja, escrita en estado de gracia y con el talento preciso del gran narrador que fue Orwell, ni siquiera esa otra obra, en mi opinión menos magistral aunque con mayor densidad reflexiva que es 1984, la que un hombre con el talento de Tim Robbins lleva paseando por los escenarios desde hace dos años. Para sentirse inmerso en el mundo orwelliano no hace falta ni siquiera leerle, porque empieza a ocurrir con él algo similar a lo sucedido con Kafka tras la Segunda Guerra Mundial; un mundo literario montado sobre el humor judío más negro -Kafka al decir de sus amigos era sobre todo un humorista- se transformó en la representación del horror y la barbarie, y entonces leer El proceso o La metamorfosis, tenía mucho de bucear en las raíces de la perversidad absoluta, en su incomprensible evidencia. Kafka seguía siendo el mismo escritor; éramos nosotros y la sociedad los que habíamos cambiado, por eso un lector de Kafka en los años veinte no era capaz de encontrarle la cantidad de matices que otro lector de los años cincuenta. Lo mismo ocurre con George Orwell. Le basta a usted llegar a la terminal del aeropuerto, cruzar el umbral y ya se echará de bruces sobre ese mundo orwelliano que usted creyó con total ingenuidad que se refería a Stalin y el totalitarismo, porque nunca se le ocurrió pensar que Orwell era mucho más que eso que nos hicieron creer sobre la Granja y el Gran Hermano. Fijemos las imágenes, reconstruyámoslo como si fuera una parodia de nuestra cotidianidad más evidente.
Apenas entre en el aeropuerto deténgase y mire. Habrá de situarse en el centro, denominado meeting point, debidamente señalizado para que usted vaya familiarizándose como la neolengua. Sólo los simples piensan que es el inglés el que domina en el orwelliano territorio aeroportuario; le engañan, es una jerga creada por los iniciados para que la gente sepa a qué atenerse, no haga preguntas y sea sumisa. Todo está pensado para que las máquinas, las grandes pantallas, eviten que usted pregunte a nadie; no es sólo una cuestión de costos, es algo también referido a los contenidos. Las máquinas sólo responden a las preguntas precisas; se atoran ante el manipulador que duda. ¿Se ha fijado en que le basta con su tarjeta de identidad para entrar en el proceloso mar de los vuelos y los billetes? No necesita papel ni comprobantes, le basta con su tarjeta de identidad. ¿Y qué es su tarjeta de identidad? Un trozo de plástico que le otorga el Estado. Es muy cómodo porque usted puede hacer casi todo con él, ¿pero ha pensado usted alguna vez en lo que le ocurriría si se lo quitaran? Si los que se encargan de conceder las tarjetas de identidad decidieran retirársela, pongamos por caso, para hacer una comprobación; un asunto rutinario, nada grave, no tiene usted por qué inquietarse. Ni siquiera podría permanecer en el hall del aeropuerto. Le detendrían.
Ha conseguido la tarjeta de embarque. Un triunfo de la técnica, donde usted no sabe nada y ellos lo saben todo, porque les ha bastado su tarjeta de identidad para conocer desde su estado de cuentas -es positivo, y sobre todo han constatado que tiene capacidad para endeudarse- hasta su pasado, no sólo financiero, sino también si ha tenido o no conflictos con la justicia, y dónde vive y ha vivido, estado civil… Bueno, hasta el momento es usted un tipo normal, puesto que ha conseguido que le den la tarjeta de embarque con la sola presentación de su carnet identitario. ¡No se puede imaginar usted cuántas cosas se han dado por correctas con la sola presentación del carnet y la obtención inmediata de esa frágil cartulina rectangular que le servirá en su momento para embarcar! En su momento, porque antes debe cruzar las líneas de seguridad.
¿Qué le voy a decir yo a usted que no haya pensado cada vez que cruza por un control de seguridad del aeropuerto? Es la conciencia del humillado, lo sabe, pero confía en que será tan breve que en seguida se le pasará, y la ilusión del viaje o las ventajas del avión pronto le harán olvidar el mal trago. Vaya amontonando sus cosas en las bandejas de plástico y no se deje nada. Póngalo todo y sin excusa posible, porque si no, se lo reprochará un tipo o una señora, con ese tono chusco del sirviente con galones. Mucho cuidado con los sirvientes con galones. No les mire a los ojos; puede usted tener un lío. Ni les haga preguntas poco pertinentes o ambiguas. Mejor que no diga nada y que mire al suelo. Siga atentamente las instrucciones. Olvídese de su condición de ciudadano, es por su bien, porque ellos aseguran que lo hacen por su seguridad y usted debe creerlo a pies juntillas, y si no lo cree da igual, pero sobre todo que no se le note. Si le dicen que se descalce, descálcese humildemente, todo lo más cabecee disgustado, pero sin exagerar, porque entonces le harían quitarse el cinturón, y los pantalones, incluso dejarle en pelota, o cuestionar su tarjeta -”¡A ver, su tarjeta de embarque!”, con ese tono que usted sabe que no preludia nada bueno.
Acéptelo usted todo sin rechistar, es por su seguridad, y además por no perder el vuelo ni el dinero ni el tiempo, sin olvidar la mota que desde entonces podría tener cada vez que entregue el carnet de identidad. Vale, vale, de acuerdo. Me quito lo que haga falta, y lo hago ante un individuo, hombre o mujer, constituidos en guardianes del Estado por horas, sus servidores, mercenarios por tanto; pero no se le ocurra que detecten lo que está pensando de ellos. Son seguratas,un personal que cobra una mierda y que asume la responsabilidad del Estado, y ambas cosas se les notan; tanto que cobran poco como que saben que a ellos, mientras estén allí y con ese uniforme prestado, no les tose nadie. Son como la Guardia Civil, pero sin historia; una guardia civil orwelliana en su sentido estricto, cumplen con su obligación que consiste en que tú hagas lo que les han dicho que debes hacer. Son una empresa que ejerce de Estado por horas. ¡Por tu seguridad! ¿O es por la del Estado? ¡No te atrevas a pasar esa línea con una duda semejante! Tu seguridad es siempre la del Estado, y la del Estado es la tuya. Ellos son un ariete en la lucha frente al terrorismo. ¿De verdad alguien ha pensado alguna vez que los seguratas del aeropuerto son un brazo fundamental de la lucha contra el terrorismo? Lo que piensa usted no lo diga. En el mundo orwelliano cabe una total libertad para que cada uno pueda pensar lo que quiera, siempre y cuando no lo manifieste ni se le note. Se llama libertad interior inalienable; en el pasado los teólogos escolásticos hicieron auténticos castillos intelectuales sobre la materia. El maldito Orwell odiaba las iglesias en general y la católica en particular; probablemente nunca se lo han explicado a usted, pero se entiende.
Si tienes alguna duda y acabas de cruzar, cabreado, sordamente cabreado, esa línea de demarcación entre dos mundos que son el mismo mundo – los que van a embarcar y los que han sido admitidos para que puedan embarcar-,si tienes, digo, alguna duda sobre tu seguridad y la del Estado, levanta la cabeza. Ya puedes mirar alto, por tanto alza la vista y comprobarás que toda una maraña de cámaras te están filmando. Creías que bastaba con las radiografías de tus maletas, tus bolsas, tus ropas…, pero no basta, porque ellas pueden equivocarse o no ser muy precisas. En ese momento, mientras observas, escucharás por primera vez una voz rotunda que cubre todo el aeropuerto: “Por su propio interés mantenga sus pertenencias controladas en todo momento”… “Por su propio interés mantenga sus pertenencias controladas en todo momento”.
