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Sueño de una noche de verano, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Dicen quienes le han visto esta semana que Rodríguez Zapatero está de nuevo eufórico. La criatura es como un niño: en cuanto le baja unas décimas la fiebre, canta y baila con la alegría del inconsciente, la espontaneidad del justo sin falta que reprocharse. El político que hace unas semanas estuvo en un tris de acabar de forma abrupta con la Unión Europea a causa de la crisis de deuda española que se hubiera llevado por delante el sistema financiero del continente, cree hoy que la tormenta ha pasado, que lo peor de la crisis está superado, que la prima de riesgo va a seguir bajando y que a finales de año vamos a estar creciendo ya de forma imparable. Casi como la República Popular China. Una fiesta. “Estamos mucho mejor de lo que parece y lo vais a vivir”. El estudiante incapaz de aprobar en junio, tres años repitiendo curso, ha descubierto alborozado los mecanismos por los que se rige la prima de riesgo de un país, y cual aprendiz de brujo se dedica ahora a hacer pronósticos a trote y moche, porque “la prima va a seguir cayendo, lo vais a ver”.

Por suerte, la presión de los mercados sobre España se ha relajado notablemente, en buena parte como consecuencia de los resultados de las pruebas de esfuerzo a que han sido sometidos bancos y cajas, y que han demostrado, con todas las incógnitas intactas en cuanto a la metodología empleada, que la mitad del sistema está fundamentalmente sana, y que la otra mitad está básicamente podrida pero como no cotiza en Bolsa pues no pasa nada o eso parece. Los resultados de esas pruebas, con todo, están permitiendo ya a la banca y al propio Tesoro financiarse más barato. La presión sobre España se ha relajado abriendo una ventana de oportunidad que, bien aprovechada, debería permitir a nuestro país pasar página de las angustias pasadas y poder enfrentarse sin sobresaltos a la tarea inaplazable de ajustar, reformar, liberalizar y, en definitiva, sentar las bases de un crecimiento capaz de crear empleo. Todo depende de que nuestro aprendiz de brujo sepa aprovechar aquella ventana para hacer el homework que tiene planteado y hacerlo sin demoras, sin tapujos y sin esas vueltas atrás a que nos tiene acostumbrados. Porque si el mago se confía, si, como está diciendo estos días a quienes le visitan, cree de verdad que todo ha pasado ya y baja los brazos, volveremos a la andadas y en septiembre el relajo actual bien podría parecernos el sueño de una noche de verano.

Prolongar en el tiempo el paréntesis que se acaba de abrir significa cerrar adecuadamente la reforma laboral. Las sospechas de que Cándido Méndez andaba de nuevo husmeando por los fogones de la ley parecen haberse disipado este jueves. Con todo, las lecturas favorables al texto aprobado por el PSOE, con la abstención de CiU y PNV, que se han prodigado este fin de semana parecen un tanto precipitadas. Es cierto que las empresas podrán despedir con solo justificar “la existencia de pérdidas actuales o previstas, o la disminución persistente de su nivel de ingresos, que puedan afectar a su viabilidad o a su capacidad de mantener el volumen de empleo”, pero sigue dejando al albur de la interpretación de los jueces la valoración final de las pruebas que presenten las empresas. Es decir, que, en la mejor tradición franquista, seguiremos teniendo a la Magistratura en el centro del guiso laboral español. Por una vez, y sin que sirva de precedente, no estoy por eso de acuerdo con mi admirado Carlos Sánchez, que, en este mismo diario (“El PSOE se quita los complejos y da barra libre a los despidos”) hacía una interpretación demasiado optimista del texto aprobado.

El Gobierno sigue dando gato por liebre con las reformas

Con la crisis más terrible ocurrida en nuestra historia reciente, plasmada, de momento, en esos más de 4,64 millones de parados, es decir, en las circunstancias más favorables para meter de verdad la navaja en una legislación laboral heredera directa del franquismo, el socialismo español recula, amaga pero no da, con gran aspaviento -realzado por el sedicente enfado de los sindicatos mayoritarios- parece que va a entrar a fondo en el problema, pero se queda a mitad de camino, no hace su trabajo, no cumple con su deber, seguramente porque se lo impide “la ideología” que decía ZP. Gato por liebre. Y si esto ocurre con la reforma laboral, otro tanto podría suceder con los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2011, el segundo gran test al que después de verano deberá someterse el Gobierno para ganarse la credibilidad de los mercados. De que el Ejecutivo sea capaz de presentar unos PGE creíbles dependerá en buena medida la velocidad de salida de la crisis y la capacidad para empezar a crecer de forma perceptible. Ser creíbles implica meterle un recorte sustancial al gasto corriente. El sector privado ha hecho ya su ajuste, o lo está haciendo, por la vía dolorosa de los despidos. También las familias se han apretado el cinturón, como demuestra el comportamiento de la tasa de ahorro. Quien no ha hecho los deberes es el sector público (40% del PIB). En este contexto, el error de un Gobierno aferrado al dogma de “lo social” podría consistir en meterle mano la gasto productivo, lo que solo serviría para deprimir más la actividad, un riesgo acrecentado por la eventual subida de impuestos. Las señales que envía Moncloa no pueden ser peores: seis meses más para los 428 euros a los parados. Seguimos en la demagogia de las limosnas. ¡Viva lo social!

Además de mercado de trabajo y PGE, el Ejecutivo tendrá que llevar a cabo la anunciada reforma de las pensiones, algo que inevitablemente supondrá una considerable pérdida de derechos adquiridos en tanto en cuanto implicará prolongar la edad de jubilación. Presupuestos, reforma laboral y pensiones, tres pilares capaces de colocar a España a resguardo de tormentas como la que se abatió sobre ella aquella dramática primera semana de mayo en que el default (la noche del domingo 9 al lunes 10 en la que, según declaración propia, ZP no pudo dormir del susto, porque una agobiada Salgado le llamaba cada media hora de Bruselas para presentarle las nuevas exigencias de los ministros de Finanzas, particularmente de la delegación alemana “que dicen que quieren más, José Luis, que eso no es suficiente”) parecía inevitable. Con la prima de riesgo por debajo de los 200 puntos básicos parece claro que no habrá lugar a la intervención, es decir, no será necesario recurrir al mecanismo de rescate de los 750.000 millones acordado aquella tenebrosa noche. Zapatero ha ganado un tiempo precioso, pero el inmediato futuro depende de que no se confíe y crea que ya está todo hecho; que no baje la guardia y se tumbe a la bartola, porque, como intente engañar a los mercados tal que en ocasiones anteriores, en septiembre volverán las presiones sobre la deuda española.

España ha bajado los brazos y ha dejado de luchar

De momento, la presencia de las vacaciones cubre el paisaje con el manto de un conformismo que por todos los medios intenta olvidar los problemas por un tiempo, o al menos aplazarlos hasta septiembre. La pura verdad es que no se oye una solo opinión optimista en el mundo empresarial o financiero para la vuelta de la playa. Es posible que el derrotismo apabullante de meses atrás haya pasado a mejor vida, tal vez porque los éxitos deportivos del país han extendido un barniz de felicidad al por menor y en cómodos plazos, y porque el relajo del verano invita al sesteo, pero aquel fatalismo ha sido apenas sustituido por una resignación rayana en el conformismo. Dice Chaves Nogales en la celebrada reedición de “La agonía de Francia” (Libros del Asteroide) que “Francia no quiso hacer la guerra [a Hitler] porque se consideraba íntimamente perdida. Toda la tragedia de Francia radica en eso. No tenía fe en sí misma, ni en su régimen, ni en sus hombres”. Da la impresión de que España ha bajado los brazos y ha dejado también de luchar: en la economía como en la política. Curiosa paradoja a la Argentina: compiten sus deportistas, y con enorme éxito, mientras la sociedad civil, si es que existe, navega cual barca a la deriva, limitándose a echar pestes de su clase política.

Aun confiando en que no regresen en septiembre las presiones sobre la deuda española si, como se ha dicho antes, el Gobierno hace su trabajo, el panorama desde el punto de vista de la actividad económica sigue siendo lúgubre, con varios trimestres por delante de crecimiento negativo del PIB, más paro y ausencia de crédito para consumidores y empresas, porque la pequeña farsa de las pruebas de esfuerzo está muy bien para tranquilizar incautos, pero mientras banca y cajas no saneen de verdad sus balances (y eso cuesta, según opiniones autorizadas, entre 180.000 y 200.000 millones) no empezará de verdad a fluir el crédito. Y si esto es así en lo económico, no son mejores las perspectivas en lo que a la política concierne. La prohibición de las corridas de toros en Cataluña ha resultado ser bastante más que una decisión administrativa en contra del maltrato animal, para convertirse en una nueva muesca en la herida de esos desencuentros que parecen haberse apoderado de un país entregado de nuevo a la orgía del ¡Viva Cartagena! Los españoles de bien asisten impotentes al espectáculo obsceno de unas elites políticas decididas a blindar cada día un poco más su particular corralito de poder. También aquí parecen haber bajado los brazos, entregados al conformista “que sea lo que Dios quiera”. Quiera la diosa Fortuna que todos volvamos en septiembre imbuidos de nueva esperanza tras las vacaciones.

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Agosto 1st, 2010 at 9:06 am

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Los diez años del monstruo, de Jesús Cacho en El Confidencial

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El 7 de marzo de 2003, cuando aún faltaba un año para las elecciones generales de 2004, buena parte de la redacción de este diario digital fue recibida por José Luis Rodriguez Zapatero en su despacho de la calle Ferraz. El candidato a la presidencia del Gobierno por el PSOE, verbalmente triturado un día sí y otro también por la soberbia insolente de José María Aznar, era un hombre cuyas posibilidades de llegar a la Moncloa no hubieran logrado un euro en una casa de apuestas. Aquel día, sin embargo, y ante la cara de asombro de mis colegas del Confi, se mostró convencido de ganar las próximas generales. Nos cayó simpático. Nos envolvió con su verborrea fácil, posibilista, sin estridencias, apta para el consumo de lactantes. Durante dos horas largas nos vendió talante para parar un tren. Frente al entonces endiosado Aznar, nos pareció el chico next door dispuesto a mover montañas a base de sonrisas. Saben muy bien lo que ocurrió el 11-M de 2004, y la importancia que los atentados tuvieron para hacer de él un “presidente por accidente”, como malévolamente lo calificó el WSJ. A primeros de marzo de 2005, coincidiendo con el segundo aniversario de aquella visita, le escribí una carta recordándole su firme promesa de volver a recibirnos si un día llegara al Olimpo. “Estimado Jesús: Muchas gracias por enviarme noticias sobre el avance de elconfidencial.com. Como tú, recuerdo bien aquel encuentro de hace dos años […] Os deseo lo mejor para esta nueva etapa de la publicación y confío en que podamos encontrarnos en cuanto despeje algo la apretada agenda que ahora tengo por delante”. Firmado, J. Zapatero.

Como dicen en mi pueblo, si te he visto no me acuerdo. Nunca más se supo. Tampoco se ha sabido de sus vicepresidentes/as y ministros/as de Economía. Para un medio como este, básicamente orientado desde su nacimiento hacia la información económico-financiera, mantener relaciones fluidas con el ministerio del ramo era y es una cuestión que rebasa lo anecdótico. De todo punto imposible. Estamos inscritos en la lista negra de los espíritus libres y, por tanto, escasamente fiables. Tratados como enemigos. Y lo ocurrido con Zapatero, en la economía y en la política, ha sucedido también con el resto de ministros de sus Gobiernos, excepción hecha de Don José Blanco, que hace escasas fecha visitó nuestra redacción. Todo lo anterior viene a cuento para enmarcar mi idea, ahora que el monstruo (En sentido hiperbólico, aplicado a la persona que tiene dotes excepcionales para algo, incluso para el mal) acaba de cumplir una década de liderazgo, de que 70 años después de terminada la Guerra Civil y 35 años después de muerto Franco, Zapatero ha venido a consolidar y otorgar savia nueva al pérfido y evanescente, o eso parecía, fantasma de las dos Españas, la izquierda y la derecha, los buenos y los malos, los amigos y los enemigos, nosotros y ellos…

Todo lo tenía el personaje para haber sanado heridas, aplicado  ungüento a las viejas luchas fratricidas, liberado tensión a los desplantes acumulados por Aznar en los dos últimos años de su Gobierno. Para desgracia nuestra, el sujeto prefirió la vía de la confrontación, con el objetivo puesto en aislar a la derecha política y colocarla extramuros del Sistema, pretensión suicida más que vana, en tanto en cuanto suponía dejar a media España en las alcantarillas del juego democrático. En contra del tipo banal que parece sugerir la simpleza de su discurso, plagado de obviedades y cursilerías, Zapatero está muy lejos de ser el “bobo solemne” que algunos creyeron ver en él al inicio de su mandato. Obligado a gestionar las contradicciones del capitalismo tardío muchos años después de la caída del Muro de Berlín y de la muerte de “la revolución” en el altar del consumo, el de León se planteó un rearme ideológico capaz de asentar al PSOE en el poder por tiempo indefinido sobre la base de la emancipación de los grupos sociales más o menos marginados por el Sistema: mujeres, inmigrantes del tercer mundo, minorías sexuales, etnias y culturas oprimidas, movimientos con vocación transversal (ecologismo y pacifismo) y así sucesivamente.

Hacia una hegemonía socialista duradera

La “revolución” de Zapatero se ha llevado a cabo mediante una intensa actividad legislativa que a duras penas ha conseguido disfrazar los perfiles de lo que a todas luces parecía una gran operación de ingeniería social destinada a dislocar el tradicional sistema de valores del español medio, sobre la base de una sociedad sin jerarquía y una ciudadanía con más derechos que obligaciones. Y con el punto de mira puesto en la promoción de un nuevo tipo de individuo despersonalizado, desideologizado, igualitario, acrítico, incluso idiotizado. Primando la igualdad sobre la libertad. La masa sobre la persona. El pueblo sobre el ciudadano. El todo sobre cada una de sus partes. “De lo que se trata es de la producción de otro individuo, un individuo que ya no sea más construido a partir de la matriz del individuo posesivo” (Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia.  Ernesto Laclau y Chantal Mouffe). Todas y cada una de esas decisiones legislativas conseguían poner contra las cuerdas a una derecha atemorizada y  bobalicona, mal preparada para aceptar el envite (el último, la posibilidad de abortar a chicas menores de 16 años sin el consentimiento de los padres), aunque ningún rebote en el PP ha sido comparable al producido por el intento, realizado en paralelo, de reescribir la reciente Historia de España procediendo a desenterrar, nunca mejor dicho, los viejos demonios familiares históricos hispanos.

El terremoto no ha sido menor en lo que al horizonte político e institucional se refiere, como corresponde a un personaje para quien la nación es “un concepto discutido y discutible”. En la antípodas de lo que gente como Gustavo Bueno entiende por el término (“Y digo la Nación española; no el pueblo. El pueblo no puede disponer de la Nación, el pueblo está sometido a la Nación. El pueblo es el viviente, pero la Nación contiene a nuestros muertos y a nuestros hijos”), Zapatero ha abierto en canal, sin la menor idea sobre cómo cerrarlos, melones de importancia capital en la estructura territorial del Estado, graves puñaladas a la Constitución del 78 por la puerta de atrás de los Estatutos de autonomía. Su “omnipresente esperanza fue pasar a la historia como el gran Pacificador” (Churchill sobre el incauto de Chamberlain), le llevó a intentar pactar con ETA, y con idéntica desenvoltura regaló al nacionalismo catalán un Estatut que una mayoría de catalanes sensatos ni reclamaban ni necesitaban. El resultado de tanta frivolidad a la vista está.

Estado cuarteado y españoles empobrecidos

Las consecuencias de los dislates de Zapatero serán perdurables y, al contrario de lo que ocurre con la crisis económica, puede que no tengan vuelta atrás. El Estado, tal como lo consagra la vigente Constitución, cuarteado y abocado a acontecimientos tal vez traumáticos, y los españoles empobrecidos para muchos años. No hay hoy un solo empresario o financiero importante en el país que no abomine del personaje y de su pobre gestión de la Economía. Vale la frase formulada hace unas semanas por un norteamericano de visita en España: “¿Pero no disponen ustedes de filtros capaces de impedir que un tipo como este pueda llegar a la presidencia del Gobierno?”. Impasible el alemán, el personaje ha seguido, no obstante, dedicándonos la mejor de sus sonrisas -a menudo trufadas de embustes- incluso en plena tormenta. De su boca es capaz de salir cualquier extravagancia, cualquier provocación propia de líder universitario de los sesenta, cualquier boutade sin sentido, sin que se le quiebre la sonrisa, convencido de que todo se lo perdonará la hedonista, anestesiada sociedad española actual. Sonriendo a media caña dijo el jueves, con motivo de la celebración de sus 10 años como Gran Jefe Sioux, que “estamos mucho mejor de lo que parece y lo vais a vivir”. Es posible que su entorno más cercano esté mejor de lo que parece; la realidad es que para una gran mayoría de españoles las cosas están bastante peor de lo que parecen.

Cuando aún quedan casi 20 meses para el final de la  Legislatura, el interés dentro y fuera del Partido Socialista está ahora centrado en saber, adivinar más bien, si Rodríguez Zapatero encabezará la lista socialista a las generales de marzo de 2012, en el supuesto, que es mucho suponer, de que la fiesta aguante hasta entonces. Las opiniones entre la propia nomenklatura socialista están divididas. Hay quien opina con rotundidad que por supuesto que sí. “¿Es que tiene algo mejor que hacer…? A menos que se vaya de penene a León, no sabe hacer otra cosa”, asegura un alto cargo de Moncloa, que lo define como “un duro disfrazado de blando, un tipo que jamás pega un puñetazo en la mesa, que te mata a besos, pero que tiene el virus de la política en sangre”. Cada día son más, sin embargo, los que piensan que ZP no será candidato por tercera vez, lo que aboca a los socialistas a la celebración de un Congreso para nombrar nuevo secretario general y candidato a la presidencia del Gobierno. “Es la reflexión que se están haciendo en el seno del PSOE”, asegura un destacado militante. “El problema es saber quién; es encontrar una alternativa con posibilidades de volver a ganar, porque éste optimista irredento va a dejar el partido como un sembrado”. Plagado de minas, además.

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Julio 25th, 2010 at 9:06 am

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Garzón y sus rehenes, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Conocí en los años setenta a un modesto albañil que, a base de talento natural y esfuerzo, logró hacer una considerable fortuna construyendo pisos en el sur de Madrid. El buen hombre regresaba  cada verano a su pueblo conduciendo orgulloso su Mercedes Benz y presumiendo de su nueva condición de hombre rico. Se había construido su propio chalé y era tal el entusiasmo que ante sus paisanos desplegaba relatando la majestuosidad de la obra, que al dar detalles de la bodega -porque, naturalmente, su nueva casa contaba con una que dejaba en pañales a las viejas cuevas del pueblo-,  llegó a manifestar jacarandoso que “las pinturas de mi bodega son más bonitas que las de la Capilla Cristina”. En otra ocasión un antiguo vecino le preguntó cuánto le había costado hacerse rico. He aquí lo que el menda respondió: “lo más difícil es hacer el primer millón; luego la cosa coge excremento…”

También el episodio protagonizado por Baltasar Garzón con la financiación de unos cursos en la Universidad de Nueva York, años 2005 y 2006, ha ido cogiendo excremento conforme se han ido conociendo los detalles de un “trinque” que ya va por el millón de euros. Toda nueva aportación noticiosa hace crecer el nivel de detritus que envuelve el entero episodio y que amenaza con pringar a mucha gente. Esta semana han declarado ante el juez del Supremo  Manuel Marchena, que instruye la causa por presunto cohecho y prevaricación en este caso, los representantes de Endesa (con su ex presidente Manuel Pizarro a la cabeza); de BBVA (Francisco González en carne mortal), y de Telefónica (un par de mandaos). Prodigio praeter naturam: ninguno sabe nada; todos escurren el bulto, pero todos soltaron religiosamente la pasta que pidió el malandrín.

Sabemos ya que a los 302.000 dólares que el Banco Santander regaló al interfecto para financiar unos cursos del Centro Rey Juan Carlos de la citada Universidad, hay que sumar los 625.000 aportados por Cepsa, Endesa, Telefónica y BBVA. En concreto, Telefónica y BBVA colaboraron con 200.000 dólares cada una en el patrocinio de una serie de conferencias sobre terrorismo organizadas en el Centro de Derecho y Seguridad de la citada Universidad, mientras CEPSA aportó 100.000 y Endesa otros 125.000 dólares. Y en los alrededores de la Audiencia Nacional (AN) hay quien asegura que la cifra real ronda los 3 millones de euros, 500 millones de las antiguas pesetas. Pues bien, ¿es el terrorismo un problema exclusivamente español que hay que estudiar precisamente en Nueva York? No parece. Entonces, ¿por qué solo aportaron financiación las grandes empresas españolas? ¿Cuánto puso, por ejemplo, la Fundación Rockefeller? ¿No se le ocurrió al orondo juez de Jaén pedir pasta a dos gigantes del petróleo como Exxon y Chevron, que todos los años invierten ingentes sumas en proteger sus instalaciones y pozos de eventuales ataques terroristas? ¿Cuánto donó la gran banca americana? ¿Golpeó Garzón con el mazo la puerta de Citibank, implorando el conocido dame argo, payo?

Ybarra y el caso de las cuentas secretas en Jersey

Pues no. La razón es sencilla: esas grandes corporaciones yanquis quedan fuera del área de influencia de Garzón, no son potenciales justiciables en manos de la criatura. Es decir, no tienen por qué tenerle miedo. Porque esas entregas de dinero, y alguna más que irá saliendo, están generalmente ligadas a algún procedimiento judicial en marcha que, oh casualidad, siempre suele caer en su juzgado. En el caso del Santander, fue una denuncia contra la cúpula del banco, un coletazo del famoso caso de las “cesiones de crédito”, que el magistrado archivó al regresar de su año sabático neoyorquino en lugar de haberse inhibido motu proprio, como era su obligación tras el obsequio recibido. Garzón no dijo la verdad al ocultar la relación que mantenía con el banco. Esta es la clave del arco de este escándalo. En el caso más reciente del BBVA, mientras el aludido sentaba en el banquillo a la cúpula saliente del BBV, encabezada por Emilio Ybarra, con una mano, con la otra pedía dinero a la entrante -ya BBVA-, con un González al frente que directamente se benefició del estallido del escándalo de las cuentas secretas en Jersey y Liechtenstein. Difícil imaginar al de Chantada negando los 200.000 dólares que pedía el andoba. La evocación del caso del juez Estevill resulta inevitable.

La línea de defensa de Garzón ha consistido en argumentar en el caso del Santander que nunca cobró de los fondos aportados por el banco a la Universidad. Es cierto, lo hizo de ese “pool” del millón de euros ya conocido, abrevadero que sufragó también los gastos de su hija -un curso de inglés- y de la propia secretaria judicial o aide de chambre que le acompañó en su año sabático. Por eso resulta tan llamativo que el ex director de Comunicación del BBVA argumentara esta semana que se aseguró de que ni un céntimo del dinero de su banco fuera a parar a los bolsillos de Don Baltasar. Excusatio non petita. Es la mejor prueba de la materia que aquí se trata. ¿Qué impediría reconocer que parte de esos fondos se destinó a pagar a Garzón? Que ello implicaría asumir la relación directa entre los pagos y la causa penal abierta en el Juzgado de Instrucción número 5 de la AN contra Ybarra y otros. El BBVA ha querido evitar que la justicia establezca una relación causa-efecto entre ese dinero y el pago de un servicio. No reconocer, en suma, que se trataba de una transacción comercial entre el banco y la sociedad Garzón S.L.

“Aunque parezca mentira, nosotros nos hemos salvado”, aseguran en otra gran empresa, “seguramente porque estamos lejos de su ámbito de influencia y no tenemos líos en la AN”. Naturalmente que no toda la culpa de este escándalo recae sobre el juez o jueces que utilizan para sus fines dinero ajeno. “¿Necesitas pasta para montar algo…? Pues date un paseo por las cinco o seis empresas de costumbre y pide lo que necesites”, asegura un alto cargo madrileño. “Claro que no se la soltamos a cualquiera. El que pide tiene que presentar avales, poder, influencia y relaciones bastantes”. La responsabilidad de los banqueros y empresarios que, abducidos o atemorizados por garzas y garzones, aceptan este tipo de prácticas, es innegable. Cediendo a las presiones, primero, y amparándolo con su silencio, después. Llamados por el juez Marchena del TS, ninguno -ni Pizarro, ni Paco González- se acuerda de lo ocurrido. Es la siciliana ley de la omertá, genuina representación de ese miedo a hablar, a decir la verdad, a denunciar la corrupción, que caracteriza a las democracias de medio pelo. Mejor callar a cumplir con nuestra obligación. Con tan pedestre filosofía, nuestras grandes empresas vienen sosteniendo con respiración asistida ideas sin sentido y proyectos ruinosos, muchos de ellos en prensa, que tendrían que cerrar sin el oxigeno de la banca. Así, los supuestos apóstoles del libre mercado son los que menos creen en el mercado, rehenes de la servidumbre del “hoy por ti mañana por mí” y “mejor estar a bien con fulano o mengano, no vaya a ser que…” La cuenta corre a cargo de los accionistas, sobre todo de los pequeños, y de los consumidores, que al final pagan las comisiones bancarias más abusivas, los teléfonos más caros y el recibo de la luz más elevado.

Una fortuna cercana a los 10 millones de euros

Curioso, por ello, resulta constatar la supervivencia en nuestro país de tanto tunante como sigue viviendo gracias a la venta de literatura relativa al “buen gobierno corporativo”, la “responsabilidad social” y demás hojarasca teorizante. Curioso, también, el silencio que los titiriteros que apoyan la causa garzonita han mantenido esta semana. Las evidencias admiten escasa réplica: “El patrocinio empezó con una llamada que me hizo Garzón” (caso BBVA); “Hablé con el juez Garzón y juntos hicimos el borrador del convenio” (Telefónica). Es decir, que quien pedía la pasta, querido Emilio, era el propio juez, ello acorde con los escasos escrúpulos que se le conocen a un  personaje cuya fortuna estiman en los aledaños de la AN cercana a los 10 millones de euros, unos 1.600 millones de las antiguas pesetas, que ya decía el albañil antes aludido que lo difícil es hacer el primer millón, porque luego la cosa coge excremento. Poco importa, con todo, la cuantía de esa fortuna, seguramente lograda en buena lid, sino las eventuales responsabilidades penales de las tres causas que contra él se siguen: la obligación de inhibirse en la querella interpuesta contra el Santander; la apertura de procedimiento judicial contra una serie de notorios fallecidos (entre ellos un tal Franco), estando vigente una Ley de Amnistía, y la decisión de grabar en la cárcel las conversaciones entre unos encausados y sus abogados.

Mientras tanto y según sus escoltas -que seguimos pagando-, el señorito apenas ha pisado un par de veces La Haya, sede del Tribunal Penal Internacional, donde su amigo, el fiscal argentino Ocampo, le ha buscado acomodo temporal. Dicen en la Audiencia que dos gallos no caben en un mismo corral, sobre todo cuando Ocampo sabe de sobra que la verdadera ambición de Garzón es llegar a ocupar su puesto en La Haya. Su actual empeño, como es lógico, se centra en preparar concienzudamente su defensa en Madrid. Su fiel guardia de corps, con ex fiscal Carlos Jiménez Villarejo al frente, trabaja al tiempo activamente tratando de cerrar el arribo a Madrid de una serie de celebrities que, bien como testigos de la defensa o, en su caso, como “observadores internacionales”, asistirían a los juicios abiertos contra el Campeador. Se habla de varios premios Nobel de la Paz. Incluso se ha establecido contacto con Nelson Mandela, a pesar de su delicado estado de salud. Sin duda, el mayor espectáculo que vieron los siglos. Para mantener su caché, el sujeto acaba de viajar a la Argentina de los Kirchner, fieles devotos del Estado de Derecho como todo el mundo sabe, para recibir un homenaje. Y dijo Garzón: “desde que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo entraron a mi despacho, la vida cambió en mí y en España”. Otrosí dijo el cursi: “No puede un país construirse sobre el olvido”. Ni sobre la soberbia de sentirse por encima de la Ley.

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Julio 18th, 2010 at 9:04 am

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Y el visionario acabó convertido en caradura, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Alguien dijo que una característica común a todos los líderes populistas que en el mundo han sido es que mienten con tanto descaro que incluso es falso lo contrario de lo que dicen. Confieso que contemplar a Rodríguez Zapatero desgranando desde la tribuna del Congreso los desequilibrios macroeconómicos que han terminado poniendo en la calle a 5 millones de españoles como si la cosa no fuera con él, confiado y campanudo, afectadamente solemne, como si no hubiera tenido nada que ver con el desastre a pesar de estar gobernando desde marzo de 2004, me produce una impresión cercana al aturdimiento. Con más cara que espalda. Con todo el morro. Como un profesor de Historia de un colegio de secundaria narraría la invasión de España por las tropas de Napoleón o la batalla de Lepanto.

Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004. Una nueva estación en el vía crucis de un país condenado a vivir su calvario hasta purgar, de grado o por fuerza, los excesos cometidos por mucha gente -promotores inmobiliarios, banqueros codiciosos, políticos corruptos-, pero fundamentalmente por un Gobierno de tan alta ideologización como bajo nivel de capacitación técnica, presidido por un peligroso visionario que se cree sus propias fantasías. La novedad es que el visionario  ha terminado convirtiéndose en un caradura.

Si el 3 de julio de 2007 -último debate sobre el estado de la Nación de su primera legislatura-, el aludido realizó un balance triunfalista de sus tres años en el poder que culminó con el anuncio-guinda de la canastilla de 2.500 euros para cada nuevo hijo, además de la promesa del “pleno empleo” si resultaba reelegido en 2008, en el debate del año pasado (12 de mayo de 2009), el prestidigitador sorprendió a todos con una catarata de planes y paquetes y ayudas, al menos supuestas, que dejaron noqueado a un Mariano Rajoy que no se esperaba tal aluvión. Gasto público a mogollón. Regalos a todos aquellos grupos de interés con alguna capacidad de presión o influencia electoral.

Entre ambas fechas, en esos casi dos años que van de julio de 2007 a mayo de 2009, el señor presidente se había dedicado a negar la crisis y a calificar de antipatriota a quien afirmara lo contrario. En pleno 2008 se refería a ella calificándola de “periodo de desaceleración del crecimiento”. Cuando resultó evidente, a cuenta del desplome de la actividad con su correlato de paro, que debía cambiar de registro, trató de enmascararla en la situación financiera internacional, intentando ocultar, mintiendo siempre, que España tenía su propia y demoledora crisis, personal e intransferible, tan distinta, tan cruel como atestiguan esas tasas de paro que no conocen parangón en el mundo civilizado.

En mayo de 2009, sin embargo, el inquilino de Moncloa creía haber encontrado el antídoto perfecto para acabar con la pesadilla: el gasto público. Los economistas en nómina le habían convencido de que el ratio deuda pública/PIB español, entonces en el entorno del 36% frente a una media del 59% en la UE, le permitía gastar con liberalidad en las cosas más variopintas, por improductivas que fueren. El déficit público así generado se vio engrosado por el aumento de los gastos del seguro de desempleo y el derrumbe de los ingresos fiscales, consecuencia todo ello de la aparatosa caída del PIB. Con el agravante de que como se podía gastar sin ton ni son, porque el Tesoro público era un pozo sin fondo, no era necesario adoptar reformas estructurales de ningún tipo. El corolario del desmadre descrito es que, entre diciembre de 2008 y el mismo mes de 2009, las cuentas públicas pasaron de un superávit del 2% a un déficit del 11,4%. Más de 13 puntos de PIB desaparecidos por el sumidero de las “políticas sociales” de Zapatero.

Miedo a la suspensión de pagos de España

El castillo de naipes se vino abajo con la crisis del euro ocurrida en mayo pasado, una crisis en buena medida causada por las sospechas de los mercados sobre la capacidad de España para pagar sus deudas. Y, de pronto, Zapatero se asustó. Se asustó tanto que de un día para otro, tras la dramática noche del 9 al 10 de mayo vivida en Bruselas por la ministra Salgado (“me dicen que eso no es suficiente, José Luis, que quieren más…”) ante sus pares, la UE y el BCE acordaron crear un fondo de hasta 750.000 millones para “proteger a la divisa europea de los ataques especulativos”, aunque la verdadera razón estaba -está- en dar seguridad a los mercados de que España no suspenderá pagos.

El resultado fue un radical volantazo a la derecha, con replanteamiento de la política económica del aprendiz Zapatero. No iba a tocar el gasto social, ni el sueldo a los funcionarios, ni las pensiones, ni, por supuesto, el mercado de trabajo sin el acuerdo de patronal y sindicatos… Rajoy tuvo ayer la humorada de leer una página del diario de sesiones del citado 12 de mayo de 2009. Cita textual del genio de León: “Yo he dicho, señor Rajoy, que no hay que hacer una reforma laboral. Usted es el que afirma tal cosa. He mantenido y mantendré que no se producirá ninguna reforma laboral que debilite los derechos de los trabajadores o facilite, abaratándolo, el despido. Lo mantengo y lo mantendré”.

Pues, con un par, ha terminado haciendo la reforma -reformita- y por Decreto. ¿Alguien vio ayer en Zapatero alguna sombra de duda, algún gesto de vergüenza ante semejante ejercicio de travestismo, algún ligero temblor facial? ¿Oyó alguien algo parecido a una disculpa ante los funcionarios, los pensionistas o los trabajadores españoles en general? Muy al contrario, alardea, alardeó ayer, del ajuste emprendido -más bien ajustito para las verdaderas necesidades de nuestra Economía- como el que presume de haber ganado el Nobel. Y con la fe del converso, se compromete a “culminar con ambición todas las reformas que hemos puesto en marcha”, mientras descubre el Mediterráneo de que “hay que crecer sin incrementar el gasto público…”. A buenas horas, mangas verdes.

Es lo que tiene el personaje: que aprende tarde, mal y nunca; que lleva tres años de retraso en casi todo, en reconocer la crisis y en adoptar decisiones mínimamente coherentes que la situación reclamaba. Tres años perdidos y muchos más de sufrimiento, en términos de paro y pérdida de nivel de vida, colectivo. Y esto es así no solo en el terreno económico, sino también en el político e institucional. Un botón de muestra: el presidente del Gobierno que juró guardar y hacer guardar la Constitución, se dispone a desguazarla con la ayuda de su cuate Montilla, para resolver los problemas que enfrentan a PSOE y PSC. Lo nunca visto en el mundo de las democracias occidentales. Vale el viejo doliente lamento: ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto…?

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Julio 15th, 2010 at 8:10 am

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Evasión y Victoria, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”. Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto, elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no planificado. La belleza de lo espontáneo.

Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el sol de julio surgió como un torrente en la noche del domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de soñar despierto.

Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a tener una innegable influencia en el futuro colectivo. El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha asistido a la publicación de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el viernes; a la gran manifestación que en las calles de Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a la victoria futbolística del domingo.

Tres acontecimientos que, en mayor o menor medida, apelan al sentimiento, apuntan directamente a las emociones -a veces las más primarias, las que están más a flor de piel- de las masas. Tres hitos unidos por el hilo invisible de lo emocional, que están llamados, repito, a dejar huella en el futuro común. Para que eso ocurra, para que podamos calibrar la fuerza de ese impacto y su dirección, tendrá que pasar tiempo, tendrá lo ocurrido que reposar en las bodegas del inconsciente colectivo, tendrá que digerirse y destilarse en alguna de esas lecciones capaces de alumbrar caminos de convivencia, de arrojar luz sobre el futuro en común.

Al margen de lo estrictamente deportivo, que no es poco, el triunfo sobre Holanda del domingo se presta a lecturas varias en el terreno de esos valores colectivos que en los últimos tiempos están en el epicentro de la pérdida de protagonismo de España y de lo español en el mundo. Me refiero al valor del esfuerzo continuado, del trabajo duro, de la capacidad de sacrificio, de la voluntad de vencer por encima de las dificultades. Ninguno de los equipos a los que se ha enfrentado nuestra selección en su camino hacia el título se lo ha puesto fácil. Todos han sido, por el contrario, conjuntos aguerridos, duros, bien plantados sobre el campo, que se sabían de carrerilla la medicina -a veces violenta, como demostró el combinado holandés-, a aplicar sobre el césped para contrarrestar la superioridad técnica del once español.

Un mensaje para la clase política

Todos ellos pusieron un alto precio a su derrota, demostrando así que nada se puede conseguir sin ese catálogo de virtudes que resumen el trabajo colectivo bien hecho. El éxito sudafricano es paradigma de esa antigua verdad que sostiene que juntos los españoles somos más y mejores que separados. La selección como ejemplo de la capacidad colectiva de conseguir altas metas desde la diversidad o la pluralidad, como ustedes quieran; un manchego de Fuentealvilla (Iniesta); un vasco de Tolosa (Alonso); un asturiano de Langreo (Villa); un canario de Santa Cruz de Tenerife (Pedro); un catalán de Viella (Pujol); un andaluz de Sevilla (Ramos); un madrileño de Móstoles (Casillas), un navarro de Pamplona (Llorente)… y así sucesivamente.

Viene aquí a cuento un párrafo del discurso pronunciado por Nicolás Sarkozy el 29 de abril de 2007 en Bercy (París): “Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no estamos solos para afrontar un futuro angustioso, en un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, somos más fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos superar…” Juntos salieron anoche a la calle millones de españoles; muchos más de los que asistieron a la manifestación del sábado lo celebraron en las calles de Barcelona. Por una vez, la buena gente de España decidió festejar algo sin necesidad de recibir consigna alguna de su clase política.

Porque esta es otra de las enseñanzas de lo ocurrido estas últimas semanas en Sudáfrica. Esa lección de unidad en lo fundamental, ese ejercicio de trabajo colectivo, esa demostración de sentido común es lo que hoy cabe pedir a una clase política que a menudo demuestra estar muy por debajo del ciudadano del común al que dice representar, ocupada la mayor parte de las veces en aventar elementos de fricción en lugar de en resolver problemas, empeñada en generar conflictos en vez de aportar soluciones. Una vez más, la selección y el pueblo español en su conjunto han demostrados estar por encima de su clase política. ¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!

Volvamos al discurso de Sarkozy en Bercy: “La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor”. Esperemos que lo ocurrido contribuya a mover a la reflexión a esa clase que, ayuna de liderazgos, parece empeñada en vivir al margen de los deseos de paz y prosperidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, ocupada en aquello que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de poder y más poder, que cesa solo con la muerte”.

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Julio 13th, 2010 at 8:08 am

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Oda a Cataluña, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Imposible bucear en la historia del nacionalismo catalán sin tropezar de inmediato en con la famosa Oda a Espanya de Joan Maragall, quizá el poema que con mayor desgarro describe el drama que para la España de finales del XIX supuso la derrota ante los Estados Unidos de América y la pérdida de Cuba. El desastre de Santiago vino a poner en evidencia no solo la inferioridad militar del paquidérmico, viejo y mal pertrechado ejército colonial español, sino la situación de atraso secular de un país que parecía reñido con la modernidad y el desarrollo. “Escucha, España, la voz de un hijo que te habla en lengua no castellana; hablo en la lengua que me ha legado mi tierra áspera; en esta lengua pocos te hablaron; en la otra, demasiado”. Del profundo sentimiento de frustración que significó la “crisis del 98” surgió con fuerza el brote de un catalanismo que, en una doble vertiente, reclamaba la modernización de España en línea con los valores de la Europa mercantil e industrial de la época, por un lado, y el reconocimiento político de la pluralidad del Estado español, por otro, lo que implicaba la aceptación del hecho diferencial catalán frente a la uniformidad impuesta por Castilla.

Tras las dos dictaduras que España conoció en el siglo XX, el desarrollismo franquista de los sesenta sentó las bases para la modernización del Estado y el arraigo de la democracia. A la muerte del dictador, el nacionalismo catalán de derechas, mayoritario, participó en condiciones de igualdad con el resto de fuerzas políticas, fundamentalmente el Partido Socialista y la UCD heredera del franquismo, en el diseño político de la España Constitucional, árbol del que nacería en 1979 un Estatuto para Cataluña que otorgaba a los catalanes un grado de autogobierno superior al de la mayoría de regiones autónomas  europeas. De alguna manera, la España democrática ha sido capaz, casi 100 años después del desastre cubano (“Yo vi barcos zarpar repletos de hijos que a la muerte entregabas: sonriendo iban hacia el azar, y tú cantabas junto a la mar como una loca. ¿Dónde tus barcos? ¿Dónde tus hijos? Pregúntalo al Poniente, a la ola brava: perdiste todo, a nadie tienes. ¡España, España, vuelve en ti, rompe el llanto de madre!”), de hacer realidad las transformaciones que el catalanismo proponía para el país tras la pérdida de las colonias, proceso al que ha contribuido decisivamente CiU con su papel de bisagra tanto con los Gobiernos de Felipe González como de José María Aznar.

España es hoy un país moderno en lo económico, con una amplísima base de clases medias que no existían hace tan solo 50 años, mientras que en lo político es uno de los más descentralizados del viejo continente. La constatación de ambas realidades podría hacer pensar a un observador recién llegado que las aspiraciones más queridas del catalanismo –riqueza y reconocimiento del hecho diferencial sobre la base de un territorio y una lengua propias- se han alcanzado ya, de modo que Cataluña y España tendrían que vivir ya instaladas en la normalidad de un postnacionalismo en el que los partidos catalanes tendrían que ser de derechas, de izquierdas o mediopensionistas a palo seco, como en todas partes. Nada más lejos de la realidad. Una parte de aquel catalanismo que perseguía la regeneración moral y material de España vive instalado desde hace tiempo en una deriva independentista que mezcla lo sentimental y lo político con una actitud victimista de permanente agravio frente a “Madrid”, inextricable mejunje que provoca la irritación de aquellos españoles que siguen añorando la uniformidad y piensan que “el nacionalismo nunca tiene bastante”. Es un nacionalismo que ha puesto en el frontispicio de su quehacer político el “¡Adeu, Espanya!” con que termina la oda maragalliana: “¿Dónde estás España, dónde que no te veo? ¿No oyes mi voz atronadora? ¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla? ¿A tus hijos no sabes ya entender? ¡Adiós, España!”.

Agotado el modelo autonómico y cuando millones de ciudadanos podían pensar que el catalanismo había alcanzado la mayor parte, si no todos, de sus objetivos fundacionales, la clase política nacionalista intentó, tras la llegada de ese pirómano de nombre Rodríguez Zapatero al que los españoles pusieron a partir de 2004 al cuidado del polvorín, ir más allá con un nuevo Estatut que venía a suponer la validación de derechos e instituciones propios de un Estat Catalá al mejor estilo Francesc Maciá: lengua preferente en el orden administrativo, reconocimiento de Cataluña como nación, poder judicial propio, Consell de Garanties Estatutaries cual Tribunal Constitucional catalán, centralismo autonómico frente a autonomía financiara municipal, etc. Ello mediante un texto profundamente antiliberal convertido en remedo de Constitución al estilo de las viejas dictaduras comunistas, que interfiere en ámbitos de derechos y libertades individuales irrenunciables en cualquier democracia occidental. Apenas un 6% de los catalanes se mostró interesado en el nuevo texto cuando se estaba discutiendo en el Parlament, según reveló una encuesta, y solo el 36,18% del centro electoral lo avaló en el referéndum de junio de 2006. Porque esta es una de las señas de identidad de este nacionalismo: su progresiva ruptura de amarras con la base social a la dice representar

El nacionalismo ha gestionado mal

En la base de ese desapego se encuentra la pérdida de prestigio de una elite política que, al margen de su verborrea irredentista, ha fracasado a la hora de hacer posible una vida mejor para el ciudadano de a pie, ha sido incapaz de ofrecer esa calidad de vida democrática que supuestamente le negaba Madrid. El nacionalismo no ha sabido gestionar. La Generalitat se ha dotado de una estructura organizativa elefantiásica que devora recursos sin medida y que se ha demostrado ineficaz para resolver cualquier imprevisto de gravedad, como se vio en el apagón de marzo de este año. Si a ello se le añade un gasto sanitario desbocado, tendremos dibujado el panorama de un endeudamiento autonómico imposible de asumir con sus propios recursos. La banca no considera hoy solvente a la Generalitat, como acaba de demostrar el intento fallido de La Caixa de sindicar un crédito de 1.000 millones que le había encargado el tripartito. Toda la banca extranjera se negó a participar. “Aquí nadie se atreve a decirle a Pujol que hemos hecho muchas cosas mal”, asegura un prominente barcelonés, “y que no podemos sostener el coste de tres Administraciones a cual más grande y más ineficiente. Esto no se aguanta, y alguna culpa tendremos los catalanes en lo ocurrido”. Cataluña ya no es la región más rica de España, como lo fue durante el siglo XX. El nacionalismo ha gestionado mal, y de eso no cabe echarle la culpa a Madrid.

Seguramente consecuencia de la frustración que le produce el resultado de tantos años de Gobierno autonómico, Jordi Pujol ha pasado en los últimos tiempos a integrar las filas del catalanismo más radical cercano al independentismo. Para él, el fallo del TC ha sido “una humillación para Cataluña”. Tesis compartida por Miquel Roca, otro “radical”, padre que fue de la Constitución del 78 y hoy cabeza de un bufete que se está haciendo de oro gracias al monopolio que en temas legales de enjundia mantiene en Barcelona. Es otra de las características de ese nacionalismo: su capacidad para repetir los peores vicios de la corrupción que hoy exhibe la democracia española, como demuestran dos de los escándalos más recientes: el caso Millet y la operación Pretoria, redes de corrupción en estamentos públicos ambas, que afectan por igual a PSC y CiU. En el sistema clientelar que dirige esa elite política se integra, cual hermano siamés, la totalidad de los grupos de comunicación catalanes, acostumbrados a vivir de las ayudas públicas. En el cuadro solo falta esa Justicia genuina y exclusivamente catalana que reclama el nuevo Estatut, a la que cabe imaginar bien sujeta por el ronzal del establishment barcelonés, para componer el cuadro tenebrista de un Régimen manejado por ese grupito de políticos, periodistas y jueces, todos obviamente nacionalistas. Alejamiento de los ciudadanos y corrupción. Para ese viaje, no hacían falta alforjas.

La reacción del nacionalismo ante el auto dado a conocer el lunes sobre el Estatut ha consistido en negar legitimidad al Constitucional para decidir el futuro de las relaciones entre España y Cataluña. El argumento que soporta la protesta es que el criterio más o menos ilustrado de diez magisters no puede prevalecer sobre la decisión del pueblo catalán representado mayoritariamente en su Parlament, una idea que echa raíces en las insuficiencias de la Constitución de 1978. En efecto, en aras del sacrosanto consenso y por miedo a los entonces temibles “poderes fácticos”, el texto constitucional no cerró el catálogo de decisiones políticas sobre el modelo territorial, a consecuencia de lo cual fue necesario delegar en un órgano jurisdiccional –el TC- la solución de los conflictos surgidos en el desarrollo posterior del modelo. Estamos en la reedición, 80 años después, de la polémica que en 1931 enfrentó a Carl Schmitt y Hans Kelsen acerca del defensor de la Constitución. Frente a la tesis de Kelsen, recogida en la Constitución austriaca de 1920, que atribuye a un tribunal especializado el monopolio del control de la constitucionalidad de las leyes, la propuesta de Schmitt hace recaer en el Reichpräsident, en su condición de poder elegido por el pueblo, la custodia de las esencias de la Constitución cuando resulte amenazada.

Es hora de reconocer errores y rectificar

Buena parte del Estatut, por la vía de la declaración directa de inconstitucionalidad, por la vía de la ausencia de eficacia jurídica de su Exposición de Motivos o Preámbulo, o bien por la indirecta de la interpretación obligada conforme a la Constitución, ha resultado afectado por el fallo del tribunal  presidido por María Emilia Casas, y con él los Estatutos que, por mimetismo, han pretendido ponerse a la cola en la orgía del ¡Viva Cartagena! autonómico en que ha devenido la España de nuestro Zapatero pirómano. Su responsabilidad en lo ocurrido es total, y tendrá consecuencias importantes en el resultado de las elecciones catalanas y en las relaciones futuras entre PSOE y PSC, aunque quizá no sea esto lo más importante habida cuenta de lo que está en juego. La sentencia del TC, desconocida todavía en su fundamentación, puede convertirse en un semillero de futuros conflictos en virtud de la interpretación que la fuerza política dominante en cada territorio vaya a hacer de la misma. Y un anuncio de nuevos recursos ante el propio TC a resultas de tales disposiciones autonómicas, porque donde hay una interpretación caben nuevas interpretaciones.

Llegados a este punto, los españoles, catalanes incluidos, se hallan ante uno de esos cruces de caminos que marcan el destino de una nación para muchos años. Si el modelo de organización territorial no está cerrado; si, además, no se respetan las decisiones del órgano llamado a dirimir los conflictos, y si, encima, el mantenimiento de dicho modelo, imposible de financiar, nos conduce a la ruina, es hora de coger el toro por los cuernos y reconocer, 32 años después, que cometimos un error, que se equivocaron los padres de la Constitución, que el “café para todos” autonómico con el que se pretendió enmascarar el hecho diferencial catalán y vasco fue un dislate, y que ha llegado el momento de corregir el rumbo asumiendo la reforma de la Constitución del 78. Operación muy difícil, cierto, porque habrá que lidiar con la intransigencia de quienes, desde la extrema derecha hasta el independentismo más ramplón, solo están interesados en echar leña al fuego (lista en la que hay que incluir al propio ZP, que ya se ha ofrecido a José Montilla para dar esquinazo al TC), por no hablar de la dificultad de desmontar los aparatos de poder levantados en estos años por los distintos virreyes autonómicos.

Los esfuerzos que tantos catalanes sensatos (“si Madrid no puede vivir sin Cataluña, Cataluña tampoco puede vivir sin Madrid”) están realizando estos días para templar los ánimos, sofocados por la sentencia del TC y la llamada a la rebelión efectuada por Montilla en la tarde noche del pasado lunes, así como la intencionada sordina que el Partido Popular le está poniendo al entero episodio, son señales que apuntan al triunfo del sentido común y alimentan la esperanza. La próxima legislatura puede ser clave, porque parece difícil que esto pueda aguantar mucho más. Dijimos el pasado domingo que Mariano Rajoy podía ser la última oportunidad de regenerar el Sistema desde dentro del Sistema. Como es precisa una mayoría parlamentaria de 3/5 para abordar la reconversión del Estado autonómico, la tarea reclamará el esfuerzo común de PP y PSOE, bloque al que habría que tratar de incorporar al nacionalismo democrático catalán y vasco. Un gran pacto de esta clase, incluso con Gobierno de coalición o concentración, no solo permitiría anclar de forma estable el futuro de Cataluña y el País Vasco dentro de la España plural, sino que, además, posibilitaría la adopción de las reformas estructurales capaces de procurar libertad y bienestar a los españoles a lo largo del problemático siglo XXI. Un gran pacto dispuesto a primar la calidad de vida democrática de los ciudadanos, en lugar de las ensoñaciones de poder de la clase política. El reto es inmenso, cierto, pero la recompensa puede ser aún mayor. Y soñar no cuesta dinero.

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Julio 4th, 2010 at 8:05 am

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Cataluña como problema o por qué lo peor de Zapatero no es la Economía, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Seguramente serán millones los españoles que a partir de hoy comenzarán a visualizar en toda su dimensión la tragedia que para el porvenir colectivo van a terminar significando los ocho años de presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. Porque lo malo del personaje, que también, no es su penosa no-gestión de la crisis económica, con ser ello grave en tanto en cuanto afecta directamente al bienestar de todos. Al final, la crisis que padecemos se terminará superando, por duros que sean los años de estancamiento que debamos superar por delante. Lo peor de los seis años y pico que lleva ZP de presidente del Gobierno es el fenomenal lío político en que ha metido a la nación con la ruptura del marco constitucional pactado entre todos en 1978. Lo de la Economía tiene remedio; tardío, pero tiene remedio. Lo de Cataluña, no. Mucho me temo que no. Es la herencia de discordia que este personaje infame deja a España y a los españoles.

Dejó escrito Pío Baroja en sus Memorias que, poco antes de la proclamación de la II República, Ortega y Gasset pensaba en un cambio mágico para el país. “Yo auguraba algo muy malo y acerté”, dice el novelista de Vera de Bidasoa. “Estaba inclinado a pensar que sólo los Gobiernos viejos y llenos de experiencia pueden dar una vida tranquila a los pueblos. Este convencimiento mío procedía de que, en mi juventud, había leído varias historias de la Revolución francesa, lo que no habían hecho mis compañeros, y a mí aquella Revolución me parecía un esquema que se repetiría en los pueblos de Europa siempre que se intentase un cambio político de esa índole, con sus tres fases: utopía, revolución y reacción”.

Al margen de su empeño en reescribir la Guerra Civil desde la exclusiva óptica de quienes la perdieron, nadie sabe lo que hay de utopía en el magín de un tipo tan pobremente avituallado desde el punto de vista intelectual. El caso es que este licenciado en Derecho por León, que no es precisamente Yale, en su empeño por reformar la Constitución del 78 por la puerta de servicio preparó en 2006 un desaguisado -la revolución- con el Estatuto de Cataluña, cuyas consecuencias –la reacción- ayer noche empezamos ya a calibrar tras el encendido discurso del presidente de la Generalitat, José Montilla. Zapatero dejará a los españoles empobrecidos para una década y políticamente divididos, enfrentados, para varias generaciones, y ello en el mejor de los casos.

El texto del Estatuto catalán no tenía convalidación posible desde el punto de vista Constitucional. O se derogaba la Constitución y prevalecía el Estatut o viceversa. Encajar el texto catalán en la horma constitucional era misión imposible. Y conste que han sido muchos los compatriotas que, en aras a un arreglo fraternal, han defendido una interpretación abierta de la Constitución. Ayer mismo me escribía un amigo palentino enamorado de Cataluña, como yo mismo: “Creo que debieran llegar a una solución de síntesis. A dictar una sentencia que intentara encajar lo máximo del estatuto catalán en una interpretación abierta y dinámica de la Constitución. Se trataría de interpretarla de forma que, sin traicionarla, le diera más vida y recogiera mejor la realidad. Sería una síntesis jurídicamente creativa y políticamente integradora de una compleja y real pluralidad. Sin desarmar el Estado de todos, recogería la legítima diversidad que lo compone”.

Declaración de guerra de Montilla

Tal ha sido el trabajo, en el fondo, de la denostada Maria Emilia Casas. La interpretación más favorable de la Constitución hacia el del texto autonómico, lograda después de que la presidenta del Constitucional lograra abducir para sus tesis al conservador Guillermo Jiménez y al progresista Manuel Aragón, los dos vocales del alto tribunal que han terminado “cambiando de bando” tal vez inmolando sus prejuicios en el altar de la concordia, no ha servido para nada. La declaración de guerra del señor Montilla anoche mismo habla a las claras del empecinamiento de una clase política –abocada, además, a elecciones autonómicas casi inminentes- que parece dispuesta a romper todas las compuertas de la convivencia dentro del marco constitucional.

Recogemos los frutos podridos de la política de un personaje que llegó en 2004 a la presidencia del Gobierno sabiendo muy poco o nada de la Historia de España y de lo peligroso que a lo largo de los siglos ha resultado siempre abrir la puerta a los demonios familiares históricos de los españoles, a los que es menester mantener en todo momento bien cerrados bajo siete llaves.  Zapatero es el gran responsable del enfrentamiento que se avecina porque fue él, convine recordarlo, quien actuó de motor de un nuevo Estatuto que apenas interesaba al 6% de la población catalana cuando estaba siendo discutido en el Parlament.

Aquel Estatuto parecía embarrancado, más muerto que vivo, hasta que el Presidente del Gobierno no tuvo mejor idea que llamar una infausta noche a Moncloa a Artur Mas (CiU) y darle nueva vida, enloquecida vida a una especie de prolija Constitución que invade algunos derechos fundamentales de la persona que en Europa se consideraban sagrados desde la Revolución francesa, un proyecto que únicamente convenía a su mentor en Madrid y a una clase política alejada de las preocupaciones diarias de la gente y empeñada en juegos de poder en su personal provecho.

El culpable tiene nombre: Rodríguez Zapatero

Aunque moleste mucho a los nacionalistas, es inevitable recordar aquí que los votantes dieron mayoritariamente la espalda al Estatuto en el referéndum celebrado en junio de 2006: únicamente votó el 48,85% de un censo electoral de 5.202.291 personas, de las cuales 1.882.650 respaldaron el texto con un “sí”, lo que equivale a decir que solo el 36,18% del censo aprobó el Estatuto o, lo que es lo mismo, uno de cada tres catalanes. Porcentajes estos, por lo demás, significativamente peores que los registrados en el referéndum celebrado en 1979 para aprobar el Estatuto nacido de la Constitución del 78, que contó con la participación del 59,7% de los catalanes, el 88,15% de los cuales aprobaron el texto.

El recordatorio anterior es doloroso, lo sé, pero la lección que cabía extraer de la consulta de junio de 2006 es que el catalán de a pié no necesitaba ningún nuevo Estatuto, porque ya tenía uno y había demostrado funcionar aceptablemente bien. Tres años de Gobierno tripartito y ríos de tinta, cientos de horas de televisión y miles de horas de radio no consiguieron movilizar a los votantes en apoyo de un texto que la inmensa mayoría consideraba innecesario. Aquella lección no fue ni escuchada ni atendida, y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Conviene recordar, también, que ZP negó su apoyo al Plan Ibarretxe en el Parlamento de la nación por llegar a Madrid con el respaldo de solo el 51% del parlamento vasco. El daño que la irresponsable conducta política del inquilino de Moncloa ha ocasionado a los españoles tiene difícil arreglo. Y bien, ¿qué hacemos ahora, señor Zapatero? ¿Qué hará usted ahora, aparte de obsequiarnos con alguna de sus famosas frases entre lo lapidario y lo bobo? No es que sea usted el único culpable, no señor, de lo ocurrido, pero la sentencia del Constitucional conocida ayer en sus líneas maestras es una enmienda a la totalidad de su estrategia de demolición de la Constitución del 1978, un clamoroso fracaso personal que debería conducirle, si tuviera usted vergüenza, a convocar elecciones generales y a irse a su casa de inmediato. Dimisión. Los españoles, catalanes y no catalanes, no nos merecemos tanta desgracia.

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Junio 29th, 2010 at 8:08 am

Rajoy en clave de Gobierno, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Un día importante en la vida de Mariano Rajoy Brey. Una jornada convertida en punto de inflexión en la carrera política del personaje. Seguramente muchos de los que acudieron el viernes a escuchar al líder de la derecha en el Hotel Ritz de Madrid, esperando asistir a la presentación en sociedad del programa de Gobierno del Partido Popular, salieron defraudados o complacidos solo a medias. Esa era sin duda una pretensión carente de sentido cuando aún quedan 21 meses, en el peor de los casos, para las próximas elecciones generales, si bien resulta casi imposible imaginar a José Luis Rodríguez Zapatero llegando vivo al solsticio de invierno de 2012. Pero lo importante no estaba el viernes en lo que Rajoy dijo, sino en el entorno, en el atrezzo, en el momento histórico y en la audiencia ante quien lo dijo. El espectáculo de la calle Antonio Maura atestada de berlinas de lujo, lo mismo que la Plaza de la Lealtad, chóferes y escoltas invadiendo las aceras, hablaba a las claras de que algo importante estaba a punto de ocurrir. “¿Pero qué pasa hoy aquí…?” se preguntaban los porteros de las fincas cercanas.

Pasaba que Mariano Rajoy, 55, se disponía a presentar ante el mundo económico y financiero las líneas maestras, la filosofía de acción de un partido capaz de sacar a España del atolladero. Y hacerlo en clave de Gobierno. Ese es el cambio que se ha producido en el país en las últimas semanas. Tras años de dudas y vacilaciones, casi todas resultado del trauma que supuso el dramático 11-M y la derrota electoral del 14 de marzo de 2004, Rajoy se ha convertido en el instrumento imprescindible para intentar volver a la senda del crecimiento, el único, además, de que disponen los españoles. “El mundo del dinero es hoy consciente de que necesita imperiosamente un cambio de Gobierno para salir a flote”, aseguraba el viernes en privado un destacado empresario. “Y cuanto antes mejor, porque esta etapa está agotada. Zapatero está liquidado y pocos dudan ya de que Rajoy será el próximo inquilino de Moncloa”. Para que ese cambio se haya producido ha sido necesaria una de las mayores crisis económicas de nuestra historia, que ha dejado sin empleo a más del 20% de la población activa, una conquista que ya figuraba en los anales del Partido Socialista a resultas de la crisis de primeros de los noventa. Dos tercios de esos 5 millones de parados no volverán a trabajar nunca, y el tercio restante no sabe ahora mismo donde podrá hacerlo.

Una crisis gestionada por el Gobierno Zapatero con una falta de solvencia difícil de hallar en lugar y tiempo alguno. El peor Gobierno para la peor crisis. Tras negarla durante años, no tuvo mejor idea que enfrentarla con el uso y abuso de un gasto público tan desbocado como improductivo. En solo dos años, los que van de finales de 2007 a finales de 2009, las cuentas públicas pasaron de un superávit del 2% a un déficit del 11,4%, más de 13 puntos del PIB consumidos en fuegos artificiales y en tiempo record. El Gobierno se defiende diciendo que el ratio de deuda es muy inferior al de otros países, naturalmente Grecia, pero aquí cabe la frase de José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, según el cual “lo que mata de las balas no es el plomo, sino la velocidad”. España luce hoy el aspecto de un páramo esquilmado, con un endeudamiento (público y privado) gigantesco, un sistema financiero sobre cuya salud existen más que fundadas dudas, a pesar de esas “pruebas de esfuerzo” que tan contento han dejado a ZP (voces de distinto signo calculan en 200.000 millones las pérdidas que cajas y bancos mantienen represadas en sus balances), un mercado único  cuarteado en 17 mercaditos al gusto de otras tantas Administraciones autonómicas, unos sindicatos convertidos en poderes fácticos que se niegan a ceder las ventajas heredadas de la legislación social del franquismo, una Justicia reducida a escombros, etc., etc. Un paisaje, en suma, que se pierde en un horizonte de años, demasiados, de bajo crecimiento y altas tasas de paro. Paisaje de inevitable empobrecimiento colectivo.

Crisis política de más difícil solución que la económica

Pero si en lo económico la situación es más que preocupante, no lo es menos en lo que a lo político e institucional atañe. Esta es una crisis económica que ha tenido la virtud, por así decirlo, de poner de manifiesto la profunda crisis política, crisis de agotamiento del sistema, que España arrastra desde al menos mediados de los noventa. Crisis de valores y orgía de corrupción. De modo que la tarea de un futuro Gobierno popular no será solo la de acometer, bisturí en mano, las reformas de fondo que la situación reclama (más allá de los parches Sor Virginia con que el Gobierno Zapatero nos está obsequiando), para abrir la vía a un nuevo patrón de crecimiento, sino la de abordar la gran reforma política y de saneamiento de las instituciones, de regeneración democrática -reformas a las que se niegan los beneficiarios del sistema de corrupción en que vivimos- imprescindible para, de la mano del crecimiento económico, hacer de este país un proyecto de futuro capaz de convertirse en ilusionante casa común de castellanos, catalanes y vascos, capaz de dar trabajo a las nuevas generaciones y volver a situar a España como un player respetado en la aldea global. La herencia Zapatero no solo es desastrosa en lo económico: es aún más grave, más trascendente, de más difícil solución, en lo que a la política, la vertebración de España, se refiere. El problema de Cataluña ha adquirido dimensiones insospechadas hace unos años, por culpa de la irresponsable conducta del personaje al que una mayoría de españoles entregó el poder en 2004.

La desafección a este ajado proyecto carcomido por la corrupción en que ha derivado nuestra democracia, afecta a la práctica totalidad de las comunidades que hoy forman España.

En este sentido, Mariano Rajoy es seguramente la última oportunidad de abordar una reforma desde dentro del Sistema. Última oportunidad para liderar un cambio en profundidad de la Constitución de 1978, capaz de corregir el desafuero del “café para todos” con la vista puesta en mantener la unidad de la nación, una tarea para la que ineludiblemente tendría que contar con la anuencia de un PSOE con otro líder al frente. Asunto que reclamará también una revisión a fondo de los planteamientos del propio PP en relación a Cataluña. No queda mucho espacio para el equívoco. No hay tiempo que perder. En El Ascenso del Dinero, el profesor de Harvard Niall Ferguson asegura que “los mercados han derribado más gobiernos que las derrotas militares”. Los mercados, en julio, y los PGE para 2011 a partir de septiembre. Fracasado este último tren reformista, todo lo que venga después tendrá forma de aluvión capaz de llevarse por delante siglos de Historia compartida. Y sin necesidad de que sea el nacionalismo catalán quien actúe como mecha de la implosión. La desafección a la vieja casa común, a este ajado proyecto carcomido por la corrupción en que ha derivado nuestra democracia, afecta a la práctica totalidad de las comunidades que hoy forman España.

Un político lejos de periodistas y banqueros

¿Demasiada tarea para los hombros de un Rajoy sobre quien tantos chuzos de punta han caído en estos años? En mayo de 2004 escribí en esta diario a propósito del PP que “para poder resucitar en el cielo monclovita, tal vez sea necesario morir antes. Tal vez sea necesario que todo se pudra, para que del desastre pueda germinar un partido de derecha liberal de nuevo cuño, sin la menor adherencia de la vieja AP de Aznar”. Y un mes después sostuve que “el PP debe dar por definitivamente superado el trauma del 14-M y ponerse a trabajar en serio cara al futuro. Sin renunciar a embarcarse en un proceso de renovación necesario tras la ocurrido, Rajoy está obligado a desaznarizar el PP a toda velocidad y convertirse, con nuevas gentes y nuevas ilusiones, en el partido de las reformas liberales capaz de hacer realidad esa España abierta, más próspera, más solidaria, pero también más convencida de la importancia de su papel en el mundo actual”. Habiendo admirado siempre en él esa especie de elegante desapego hacia el poder que transmite su figura (el de Pontevedra es quizá el único político conocido que no parece llevar marcado en la frente la determinación de matar por el poder), es evidente que no soy lo que se dice un rajoyista. A menudo sus vacilaciones y, en particular, su capacidad para desaparecer de la escena política durante días cual misterioso Guadiana me han sacado de quicio. Menos aún he podido soportar su, a mi juicio, falta de contundencia a la hora de condenar con energía la corrupción en las filas de su partido y obrar en consecuencia, por citar algunas diferencias con el personaje.

Pero está claro que el líder del PP tiene su personal manera de hacer las cosas y su propia forma de medir los tiempos en política. Desde luego parece claro que para hacer una cosa o su contraria no necesita en absoluto de las prédicas de los periodistas. Muy lejos del apasionado romance que Zapatero vive con cierto célebre saltimbanqui del periodismo y con el banquero más importante de aquestos Reynos, el de Génova pasa de periodistas y no se le conocen servidumbres con la gran banca. Muy al contrario, ha sido capaz de poner en su sitio al correveidile y firme se mantiene, sin importarle el precio a pagar por ello. En realidad, con Rajoy podríamos asistir al milagro de un político que llega a Moncloa sin el apoyo de ningún gran grupo de comunicación –desde luego en contra de todas las grandes cadenas de tv- y sin el respaldo expreso de la gran banca. Como tampoco es hombre que se haya dejado seducir por “lo social” y mucho menos por el olor a sobaco que despide la aristocracia del dinero capitalina, ese madrileñeo bobalicón de las fincas de caza, los jets privados y los yates en Baleares, todos ahora en discreta retirada por culpa de la crisis, habrá que concluir que Mariano Rajoy es un político sin lastres, un tipo independiente a quien la Historia podría encomendar muy pronto la hercúlea tarea de insuflar vida nueva a ese moribundo que llamamos España.

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Junio 27th, 2010 at 8:07 am

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Campeón del caos, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Difícil encontrar en la historia de la Unión Europea un ejemplo tan claro de improvisación. Difícil hallar Gobierno alguno capaz de ofrecer tal sensación de liviandad, de ser un mero rehén del azar, una vela movida por el viento de las circunstancias. Y no es que la reforma del mercado de trabajo haya sido asunto caído del cielo. Desde el célebre episodio de Davos, enero pasado, Rodríguez Zapatero se sabe viviendo sobre un barril de pólvora. Aquel viaje a los Alpes suizos marcó un punto de inflexión en la legislatura y probablemente en su carrera política. A los pies de La Montaña Mágica de Mann tuvo la brillante idea de sentarse en el estrado al lado del presidente letón y del primer ministro griego, y allí se pego nuestro soldadito de plomo un tiro en sus partes. Volvió asustado, tras descubrir de pronto el colmillo del lobo de la crisis, prometiendo acometer reformas, recortar el gasto público y meterle mano a las pensiones. Y en Bruselas respiraron alborozados. Hasta los mercados le creyeron, con resultado de un alivio momentáneo de las tensiones sobre nuestra deuda. Pero llegó Paco con la rebaja, es decir, Cándido Méndez. El líder de la UGT dijo que ni hablar, que eso sería considerado un atentado contra los derechos de los trabajadores, y en ese mismo instante ZP reculó y aclaró que de lo dicho nada, que lo anunciado no pasaba de ser una simple especulación a futuro.

En Bruselas se sintieron engañados. Ahí perdió Zapatero el crédito de que disponía ante sus pares, y en ese lance se percataron los mercados de que el presidente español era un individuo poco fiable que, además, carecía de la autoridad suficiente para hacer las reformas que reclamaba el país y los mercados. Desde el lance de Davos ha pasado mucha agua desbordada bajo los puentes hispanos. En las últimas semanas, la posibilidad de que la UE tuviera que poner en marcha el rescate de España a la manera griega ha sido algo más que una hipótesis. La presión había alcanzado tales cotas, que la reforma laboral llegó a plantearse hace una semana como la prueba definitiva para el Gobierno y para España. Había que hincarle el diente al problema para enviar un mensaje de seriedad a los mercados. Pero las ineficiencias y rigideces de la legislación laboral española no son de ahora, razón de más para que la imprevisión y la incuria demostrada estos días por el Ejecutivo haya provocado el asombro de tanta gente.

Imposible encontrar mejor ejemplo de ese caos que la reunión nocturna entre Gobierno, patronal y sindicatos que, iniciada a las 8 de la tarde del miércoles 9, terminó en fracaso en torno a las 6 de la mañana del jueves. Desde primera hora de la noche se discute un proyecto salido del magín del jefe del Gabinete del Presidente, José Enrique Serrano, que lleva la voz cantante en su condición de Inspector de Trabajo. Cuando parecía cercano el acuerdo, con los jurídicos incorporados a la negociación, los sindicatos se plantan y Celestino Corbacho extrae de su cartera, pasadas ya las 4 de la madrugada, un nuevo texto más restrictivo, un papel de cuya autoría los reunidos tienen pronto pocas dudas: Méndez, el auténtico ministro de Trabajo del Gobierno Zapatero. Tras años de románticos paseos y dulces reflexiones sobre el brillante futuro del leonés como apóstol de los trabajadores, en la CEOE aseguran que el Presidente le ha cogido miedo al de la UGT. Miedo político, desde luego, aunque hay quien dice que incluso físico. El líder sindical le habría amenazado con provocar un motín en el ala izquierda del PSOE (hay cabreo en el Grupo Parlamentario socialista entre los diputados con carné ugetista) y poner a los sindicatos en la calle de forma permanente. Y Zapatero acepta el chantaje a cambio de que la UGT no se eche al monte. Cuando Corbacho pone sobre la mesa el proyecto inspirado por Cándido, el café y el agua a punto de agotarse, uno de los reunidos masculla un “¡joder, qué Gobierno!” que aparca en el tímpano cansado de muchos de los reunidos.

Navegando en un mar de contradicciones

La  patronal no tarda en levantarse de la mesa, cargando con las culpas de un fracaso que los sindicatos se encargan de airear de buena mañana. Tras el Consejo de Ministros del viernes, el Ejecutivo distribuye un proyecto de reforma que rápidamente llega a los medios y que cosecha una casi unánime reprobación. La alarma es general: si eso iba a servir de base al Decreto Ley que el Gobierno pretendía alumbrar el miércoles 16, no era aventurado afirmar que los mercados podían terminar con España en un santiamén. La preocupación alcanza cotas máximas. ZP pasa el fin de semana recibiendo llamadas de banqueros y empresarios alarmados por lo que se viene encima. “Es que los mercados han llegado al límite; estamos muy por encima de Italia y algún día hemos llegado a pagar más que Portugal… Y con el ahorro español escapando a bancos y fondos extranjeros”. El Presidente recibe, entre otros, a una representación de los “Cien Economistas”. “Es impresionante lo de este tío”, reconoce alguien que le ha visto estos días. “A todo el mundo le dice lo que él cree que el interlocutor quiere oír y ante todos se manifiesta convencido de la necesidad de reformas radicales. Incluso ha llegado a decir que los sindicatos son una maldición para España. Algo parecido le dijo al presidente de la patronal europea, Jürgen Thumann, que le visitó en Moncloa el viernes 11. Pero, luego, por un oído le entra y por otro le sale: no hace caso a nadie”.

El desbarajuste es de tal calibre que el lunes 14, a poco más de 24 horas de la salida del Decreto Ley, Moncloa pide informes varios a bufetes de abogados expertos en la materia, entre ellos a Sagardoy y Cautrecasas. Íñigo Sagardoy responde que el material que le han pasado no va a servir para crear empleo, porque está plagado de incoherencias. La reforma es un “fetiche” al que el Gobierno, un mar de contradicciones, no sabe cómo rendir culto. Por fin a mediodía del miércoles, a poco más de un hora del fiasco de la selección en Sudáfrica (“los españoles están deprimidos, José Luis”, que diría Felipe González), el Ejecutivo pare un Decreto Ley que redacta Valeriano Gómez, ex secretario general de Empleo con Jesús Caldera, resultado de refundir, añadir, corregir, cortar y podar montones de papeles manejados en días previos, donde también pone su gratino de arena el fontanero Serrano, pero del que se aparta a Javier Vallés, jefe de la Oficina Económica de Moncloa, y a la ministra de Economía, Elena Salgado, que no ha tenido vela en este entierro, caso insólito en la práctica de un país europeo. Valeriano es el hombre puente entre el Gobierno y la UGT, como militante del PSOE y ugetista al tiempo que es, síntoma claro de que Zapatero ha tratado por todos los medios de aplacar, si no complacer, a su amigo Méndez. En el peor de los casos, el genio de León quiere que, si ha de haber ruptura en meses venideros, lo del Gobierno y la UGT sea una separación amistosa, jamás el “divorcio por lo criminal” que supuso la huelga general del 14 de diciembre de 1988 entre González y Nicolás Redondo.

Imposible encontrar una valoración compartida. Opiniones divergentes por doquier. “El Decreto es peor que el texto que se discutió a partir de las 10 de la noche del miércoles, y un poco mejor que el bodrio que UGT intentó colar a las 4 de la madrugada del jueves”. Existe cierto consenso a la hora de admitir que se ha avanzado en el abaratamiento del despido, pero poco o nada en asuntos tan importantes como la clarificación de las causas del despido objetivo (los jueces seguirán calificando de “improcedentes” 8 de cada 10 de los que ahora se producen); la negociación colectiva (imprescindible que una empresa en dificultades pueda descolgarse del convenio del sector); el seguro de desempleo; la flexibilidad interna en las empresas y algunas cosas más. Una Ley tan genuinamente estalinista como es el Estatuto de los Trabajadores seguirá enseñoreando las relaciones laborales en nuestro país. Por lo demás, la Reforma aprobada es un galimatías ininteligible desde un punto de vista formal, con una redacción oscura y obtusa, acorde con la jungla intransitable en que se ha convertido la legislación laboral española. Un texto idóneo para seguir dando trabajo a los 80.000 abogados laboralistas que se calcula existen en España.

Al enfermo ya no le vale con una “reformita”

¿Es mejor este Decreto Ley que lo que había? “Hombre, sí, un poquito mejor, cierto, pero es que el enfermo está en quirófano con más de un 20% de paro, y en las actuales circunstancias, las peores de nuestra Historia reciente, esto ya no es suficiente”. En efecto, una economía que no es capaz de crear puestos de trabajo con tasas de crecimiento del PIB inferiores al 2% y que destruye 2,5 millones de empleos cuando se desacelera o entra en recesión, necesita algo más que una reformita, por mucho que ello moleste a los sindicatos. “Es una pena, por eso, que con el anuncio de huelga general sobre la mesa, Zapatero no haya pisado el acelerador a fondo para haber hecho algo realmente importante”. El Presidente espera que el trabajo sucio de mejorar ese texto corra a cargo de los grupos parlamentarios, fundamentalmente de CiU, durante su tramitación (¡albricias, por vía de urgencia!) en las Cámaras. Una situación que de nuevo coloca al Partido Popular ante el espejo. Alguien que representa a 10 millones de votantes no puede no tener opinión sobre asunto tan capital. No parece suficiente la abstención. A estas alturas será difícil encontrar un español que no tenga formada opinión sobre el daño infligido por el señor Rodríguez al bienestar de los españoles. Eso ya no tiene arreglo. Lo que sí puede aliviar la situación es ver a la oposición cambiando de estrategia y aportando soluciones. La posibilidad de que, de acuerdo con PNV y CIU, el PP lograra imponer al Gobierno algunas mejoras en el texto aprobado el miércoles aportaría a Mariano Rajoy un caudal de credibilidad incuestionable.

De momento, la tensión sobre España parece haberse relajado tras la cumbre de Bruselas del jueves. La señora Merkel se decidió por fin a echar una mano a nuestro país, mano interesada, desde luego, por la cuenta que le tiene a los bancos germanos. Ninguna de los problemas que ensombrecen nuestro futuro ha menguado y mucho menos desaparecido, pero en el panorama de este fin de semana parece apreciarse un cierto punto de inflexión en la catastrófica deriva a la que nuestro Capitán Achab pilotaba la nave. La decisión de filtrar la situación de la banca tras las pruebas de esfuerzo; el recorte salarial a los funcionarios; la reforma de las Cajas (eppur si muove); la futura LORCA, unido todo a la promesa de reforma de las pensiones (en su tónica, ZP dice también en privado a los visitadores de Moncloa que será “radical”), empieza a sumar una cierta masa crítica de tareas emprendidas que apuntan hacia ese mentado punto de inflexión. “Tal como estaba la situación, ya es una buena noticia que algo como lo publicado esta semana por la edición alemana del FT no se haya llevado a España por delante”. La tensión de los mercados, aunque sigue siendo muy elevada, parece haber aflojado un poco. Habrá que ver si es tendencia o flor de un día. Las cosas están muy mal, cierto, pero hay espacio para abrir hoy un ventanuco a la esperanza.

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Junio 20th, 2010 at 8:06 am

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¡Malditos bastardos!, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Semana de infarto. Miedo a mansalva. Situación que muchos economistas de prestigio describen como próxima al colapso. Y sensación generalizada de que el mal ya está hecho y no hay freno capaz de parar la deriva de esta locomotora hacia el precipicio. Los mercados siguen empeñados en cuestionar la sostenibilidad de las finanzas públicas españolas, hipótesis que se ha visto contrastada por el aumento de la prima de riesgo de nuestra deuda. El diferencial con el bono alemán ha llegado a rebasar los 200 puntos básicos, a pesar del plan de ajuste presupuestario presentado por el Gobierno de Rodriguez Zapatero hace justo un mes. Los especuladores, esos “malditos bastardos” que dicen en las deprimidas filas socialistas, no acaban de creer en las buenas intenciones del genio de León, de modo que la amenaza de una crisis de deuda no solo no ha desaparecido, sino que puede intensificarse en el corto plazo.

En realidad son legión los convencidos de que España no va a poder hacer frente en los próximos 18 meses a sus compromisos, por lo que la sombra alargada de la suspensión de pagos parece ya llamando a la puerta del gran fondo de rescate que por importe de 750.000 millones creó la UE de la nada, porque polvo de momento es, para socorrer a los pigs del sur de Europa. El Financial Times Deutschland lo puso el viernes negro sobre blanco, obligando a La Moncloa a salir a desmentirlo. Puertas al campo. Las cosas son más simples, aunque para quienes tratan de enmarañar la realidad con conspiraciones astrales puedan parecer complicadas. El juego entre los Estados y los inversores se puede definir como un “equilibrio múltiple”. Aunque el endeudamiento de un país no sea demasiado alto en términos comparados, caso de España, los inversores pueden cuestionar su capacidad de pago si no se producen dos condiciones básicas, íntimamente relacionadas: la generación de ingresos para hacer frente a sus obligaciones, lo que implica que la Economía tiene que crecer a un ritmo bastante, y la aplicación de un recorte sustancial y creíble del binomio gasto/déficit público. Si esas dos situaciones no se producen de forma paralela, la reducción del endeudamiento del sector público no sólo será misión imposible, sino que, por contra, el agujero seguirá aumentando.

Más que de una paradoja se trata de una auténtica parajoda. Las razones son, también, bastante claras. Quien pertenezca a la cofradía del muy ilustre John Maynard Keynes, sostendrá contra viento y marea que el recorte del gasto del sector público reducirá inevitablemente el crecimiento de la economía y por tanto los ingresos tributarios, lo que se traducirá en un incremento del déficit y la deuda. Pero si uno se ha liberado del cliché keynesiano y cree en el impacto expansivo de una política fiscal disciplinada, y ello porque la disminución de las necesidades de financiación del Estado libera recursos para el consumo y la inversión privada y porque, además, las familias y las empresas descuentan una menor carga tributaria futura y en consecuencia gastan e invierten, entonces no temerá la llegada de ese apocalíptico binomio que forman déficit y deuda. Pero para mantener alejado ese fantasma es condición sine qua non que el sistema financiero, bancos y cajas, funcione con normalidad, y que se apliquen reformas estructurales capaces de estimular la economía. Porque, en caso contrario, el recorte del trinomio gasto/déficit/deuda se vuelve tarea abocada al fracaso.

Esta es exactamente la situación de la Economía española. Por un lado, el mercado de crédito sigue severamente dañado y sin expectativas de mejora. Es más, podría deteriorarse de manera adicional en los próximos meses cuando algunas cajas de ahorro empiecen a enseñar la patita de los problemas de solvencia que hoy esconden. Casi tres años después de que estallara en los USA la gran crisis de las hipotecas basura, al Banco de España le ha entrado una súbita fiebre por las uniones, fusiones y SIPiones de cajas y bancos, en una alocada carrera en la que hay más improvisación que arte. El más grave problema español, o uno de los más graves, es que aquí nadie ha cumplido con sus obligaciones, caso flagrante del gobernador Miguel Ángel Fernández Ordóñez, por no hablar de un presidente del Gobierno a quien todo le viene excesivamente grande. Nuestros cargos públicos se han acostumbrado a vivir bien dando esquinazo a sus responsabilidades, por notorias que fueren. Gusto al oropel con desprecio al sacrificio implícito en él. Caja Madrid y Bancaja acaban de anunciar la creación de la mayor entidad de ahorro española. No es una fusión. Es una SIP, un truco que permite mantener operativos no solo los Consejos de Administración, con su océano de gabelas, respectivos, sino la creación de un tercero, el de la sociedad holding de la que colgarán ambas marcas. ¿Y no hubiera sido más sensata una fusión a palo seco, con el ahorro de costes consiguiente, a la vista del delicadísimo estado de salud de ambas instituciones? Uno de los infinitos ejemplos que hoy ilustran el desbarajuste español.

Todos pendientes de la Reforma Laboral

De modo que no hay crédito y tampoco hay reformas. A día de hoy el Gobierno no ha introducido reforma estructural alguna capaz de impulsar la recuperación y generar empleo. Todas las esperanzas parecen puestas en la Reforma Laboral. Las sensaciones no son buenas. Cuando el jueves pasado se anunció que las partes en conflicto se iban a reunir a las 7,30 de la tarde para seguir negociando, una sensación de incredulidad y hastío se extendió por la piel de toro. Oiga, ¿y no sería mejor que empezaran a negociar a las 8 de la mañana? Aquello sonaba a reunión de amigos dispuestos a tomarse una copa de despedida. El caso es que, a menos que el Ejecutivo apruebe por Decreto una reforma laboral en serio, capaz de convencer a los mercados de que el Gobierno está dispuesto a meter el bisturí de las reformas estructurales en profundidad, la situación de España se hará insostenible. Ahora ya no sirve cualquier reformita que hubiera sido suficiente hace un par de meses. Ahora ya es demasiado tarde para los juegos florales.

Hemos sabido, aunque nada se ha publicado, que Zapatero y Cándido Méndez, el conocido como “cuarto vicepresidente” del Gobierno durante los últimos años, se reunieron en secreto antes de ese encuentro nocturno del jueves para fijar las “líneas rojas” que la oferta del Gobierno a los agentes sociales no debería rebasar nunca para poder ser asumida por UGT. “Zapatero le compró la mercancía a Méndez”, aseguran las fuentes. Delicada posición, entre la espada y la pared, la de un sindicato que no puede hacerle ahora una huelga general a un Gobierno con el que, al margen de los viejos lazos familiares perennemente renovados, lleva encamado desde el 2004. El problema de UGT es frenar a una CCOO no solo libre de tales ataduras, sino liderada por un comunista cuyo poder en el sindicato está más que en cuestión. Y el del Gobierno es convencer a una CEOE que sabe que por una vez tiene la sartén por el mango. Con Zapatero sometido a estrecho escrutinio de los mercados, es hora de que la patronal se plante y exija una reforma que aborde el coste del despido, desde luego, pero también la judicialización de los mismos y, naturalmente, la negociación colectiva. Con cerca de cinco millones de desempleados, ha llegado el momento de dar a los parados la oportunidad de trabajar con independencia de cuáles sean los días de indemnización en caso de despido futuro. ¿Por qué no dejar elegir a quienes ya no tienen nada que perder?

¿Qué parirá la burra? Todos pendientes del miércoles 16. De momento, sin crédito para familias y empresas y sin reformas de calado, es decir, sin posibilidad de crecimiento económico a corto plazo, auténtica madre del cordero del drama español, el plan de ajuste presentado el 12 de mayo tiene efectos depresivos adicionales sobre la actividad, por lo que ni de lejos logrará el objetivo de reconducir las finanzas públicas a un escenario de sostenibilidad. Con una economía en recesión o estancada y con unos tipos de interés nominales que crecen por encima del  PIB, la deuda pública mantendrá imperturbable su carrera alcista. Una situación de sobra conocida por los “malditos bastardos”, antes muy honorables inversores, cuyas decisiones al respecto se traducirán en problemas crecientes para que el Reino de España pueda cubrir sus emisiones de bonos.

La mayor salida de capitales desde la muerte de Franco

La alarma se apoderó de muchos despachos esta semana. “La financiación tanto para empresas y bancos como para sector público se ha secado. El mercado de Repos de deuda lleva dos días colapsado”, se oyó decir a la altura del miércoles. “El BCE tendrá que hacer algo mañana”. Lo hizo. El jueves 10, Jean-Claude Trichet anunció que la entidad que preside dará a los bancos toda la liquidez que necesiten en las operaciones de refinanciación con tres meses de vencimiento. Barra libre. En realidad, el BCE es ahora mismo el único comprador significativo de deuda pública española, pudiendo hacerlo directamente y en firme en el mercado secundario, algo que no deja de ser una monetización de deuda, lo que a medio/largo plazo generará una depreciación intensa del euro y una “burbuja” de deuda condenada a estallar en el momento procesal oportuno. La decisión del BCE ha supuesto un balón de oxigeno para un enfermo que se encontraba al borde de la asfixia. En modo alguno es una solución estable a los problemas españoles, pero nos permite ganar tiempo. El enfermo, que parecía condenado antes del verano, podrá respirar unos meses más. Pero el escenario de crisis fiscal provocado por la depreciación de la deuda pública denominada en euros terminará por llegar. Cuestión de tiempo.

Alguien ha comparado la política del BCE con la actitud de un arenque dispuesto a tragarse una ballena. Mientras tanto, la creciente preocupación ciudadana en torno a la posibilidad de que España termine enfrentada a un problema de solvencia en un plazo de tiempo muy breve, antes o inmediatamente después del verano, se está traduciendo en lo que alguien con fundamento ha definido esta semana como “la mayor salida de capitales ocurrida desde la muerte de Franco”. Huyen por la desconfianza en un Gobierno que hace mucho tiempo perdió la batalla de la credibilidad para lidiar con una crisis tan brutal como la presente, y por la amenaza de subidas de impuestos para las rentas altas anunciada por Zapatero, medida que muchos de los barones socialistas ya han puesto en vigor en sus Autonomías. A la impericia técnica se une el dislate de la revancha ideológica. Justo lo contrario de lo que acaba de hacer, por ejemplo, el nuevo Gobierno húngaro. En España, por el contrario, no solo ha desaparecido el ahorro extranjero que financió nuestra brillante burbuja, descanse en paz, sino que nuestros Montillas, Griñanes y demás familia, al grito de ¡que paguen los ricos!, han decidido poner en fuga nuestro propio ahorro. La estulticia en España no conoce límites.

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Junio 13th, 2010 at 8:05 am

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Rebelión a bordo, de Jesús Cacho en El Confidencial

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La frágil, bella, casi anoréxica ministra de Economía Elena Salgado, Orense, 61, no para de lamentarse estos días del error que supuso no haber honrado la promesa que a sí misma se hizo de no volver a la política activa. Tras su paso por varios altos cargos durante los Gobiernos de Felipe González, y una tormentosa presidencia de la Fundación Teatro Lírico, de la que fue expulsada por el malvado Miguel Angel Cortés, año 96, primer Gobierno Aznar, la señora peregrinó por cargos de distinto pelaje en el sector privado, el más notable de los cuales fue la consejería delegada de Vallehermoso Telecom, filial del grupo Sacyr. A las órdenes de Luis del Rivero, del que terminó diciendo pestes cuando abandonó la empresa para regresar a la política, se encontraba cuando Jesús Caldera, íntimo amigo y entonces hombre de confianza del incipiente Rodríguez Zapatero, fue a visitarla para plantearle su incorporación inmediata al programa de la “tercera vía” con la que el leonés pretendía cambiar el mundo. La respuesta de Salgado fue rotunda: “Conmigo no contéis y os digo más: si Zapatero llegara un día a ganar las elecciones yo me iría de España…”

La frágil, bella, casi anoréxica Elena Salgado no ha recibido excesivas alegrías de la política, aunque su ego de mujer orgullosa y segura de sí misma haya podido escalar las más altas cotas de la autoestima. Cuando Zapatero retiró su proyecto de Ley del Vino, la Salgado se vino abajo. “Ha sido la única vez que la he visto llorar”, señala uno de sus colaboradores más directos, “la única en que vi a una mujer tan fría pidiendo ayuda a gritos en silencio”. Adicta al trabajo hasta altas horas, a la doña le entraban golpes de sueño en los consejos de ministros “y entonces, apenas apoyada en el borde del sillón, componía un extraño escorzo para dar la espalda al jefe, de modo que no la viera bostezar”. Zapatero no la destituyó tras el episodio del vino, como muchos esperaban. Muy al contrario, puso en sus manos la gestión de la Economía de un país que ya se deslizaba sin frenos por la pendiente de una crisis de dimensión desconocida. Demasiada carga para los frágiles hombros de una mujer cuya ambición le impidió advertir el riesgo que entrañaba penetrar en las fauces del dragón. “Nunca nadie en la vida política española ha tratado tan mal a una mujer como Zapatero, el profeta del feminismo, está tratando a Salgado. La ningunea, la desautoriza, la desprecia, no se le pone al teléfono y, lo que es peor, no se recata en admitir en público que su nombramiento fue un grave error…”

La Salgado como ojos, cara y gesto de un Gobierno desbordado por la gravedad de una crisis que rebasa de lejos su nivel de competencia. “Es el principio del fin”, asegura un dirigente del partido. “La parálisis es total. No hay Ejecutiva; el Gobierno está roto; el Comité Federal, como las propias  federaciones, desmotivadas, y el Grupo Parlamentario sin recibir instrucciones de ningún tipo salvo ocurrencias. De la Vega está amortizada, aunque las desgracias de Salgado le han producido un subidón en los últimos días. La Pajín no existe, y Chacón no se moja ni en la ducha: ha decidido esconderse en espera de tiempos mejores y lo único que hace es pedir ‘todo el apoyo para José Luis’. Nadie en el Consejo de ministros del jueves 20 sabía que se iba a prohibir endeudarse a los Ayuntamientos. Nadie sabe lo que cocina el presidente, de modo que vas un día a una radio y cuando llegas resulta que el Gobierno ha cambiado el Decreto o ha rectificado la Orden o lo que sea, y te encuentras con que el periodista sabe más que tú y tú haces el ridículo… La sesión del Congreso de este jueves donde aprobamos las medidas de ajuste resultó un calvario: votamos por disciplina, como siempre en el PSOE, pero en contra de nuestros instintos, después de soportar el castigo inmisericorde de todos los grupos, particularmente de la derecha, y con razón, porque en el fondo lo que estábamos aceptando era una enmienda a la totalidad de la línea ideológica y el programa del partido y, además, por decreto…”

Rodríguez Zapatero como lastre para el PSOE

La foto del banco azul, las caras -estoicas, inmóviles, cansadas- de las vicepresidentas (¡qué dos rostros para un retrato a lo Gertrude Stein!), escoltadas por un adusto Zapatero y un desencajado Chaves, era la viva demostración del estado en que hoy malvive un Gobierno reducido a escombros. Muchos recordaron la escena de Il Gattopardo, cuando el Príncipe de Salina y su familia huyen de la Sicilia invadida por las tropas de Garibaldi para ir a refugiarse en el castillo familiar de Donnafugatta. A su llegada, el pueblo les ofrece un solemne tedeum de bienvenida, y en la iglesia, con la familia en la primera bancada, Visconti hace desfilar la cámara por los rostros cetrinos, agotados, cubiertos por el polvo de la diligencia, de los Salina, caras como espectros envueltas en un halo de misterio, caras como símbolos de la decadencia de una  familia que se creyó dueña inmutable de su tiempo. “El presidente está groggy. Nadie sabe lo que puede estar pasando por su cabeza. Al margen del apoyo que pueda estar recibiendo de gente como Javier de Paz y sus amigos empresarios socialistas, su círculo más cercano ha quedado reducido a su jefe de gabinete, José Enrique Serrano, su primo y confidente, José Miguel Vidal, flamante consejero de la Agencia EFE, y su inseparable Angélica Rubio”.

Si en cuestión de precios hay que seguir de cerca la evolución de la inflación subyacente, y en lo que a cimientos atañe hay que vigilar las corrientes subterráneas para que el edificio no se venga abajo, tal vez la pista más importante a seguir en el seno del PSOE sea el convencimiento que se ha instalado durante las últimas semanas en el partido de que José Luis Rodriguez se ha convertido en un lastre que amenaza con llevarle a la oposición durante muchos años, partido laminado, sin perfiles, reducido a cero por la ambición del leonés. ¿Rebelión a bordo? El segundo oficial Fletcher Christian solo se decidió a quebrantar la ley y tomar el mando de la Bounty después de soportar durante meses la férrea disciplina y los brutales castigos a que el despótico capitán Bligh sometía a la tripulación. ¿Está el PSOE maduro para alzarse contra Zapatero? ¿Han llegado las cosas a tal punto de irreversibilidad como para hacer inevitable la defenestración del presidente por accidente? ¿Cuenta el partido en la reserva con su oficial Christian?

Puede que ese momento no haya llegado todavía, pero llegará. La situación solo puede empeorar. El plan de ajuste aprobado el jueves, a pesar de ser claramente insuficiente para las necesidad reales del momento, unido a la inminente subida de impuestos (IVA entre otros) tendrá efectos demoledores sobre el consumo y, sobre todo, la confianza de los españoles, retrasando por tanto el crecimiento y, naturalmente, la creación de empleo. Lo aprobado el jueves no es más que el inicio de una dolorosa cadena de sacrificios traducidos en dolor para muchos y pérdida de riqueza para casi todos. Los españoles hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades durante años, con un Gobierno que, en lugar de adoptar las medidas correctoras que hubieran podido paliar el desastre, se ha limitado a llevarnos alegremente hasta el pie de precipicio durante 6 años. De la cordura y capacidad de sacrificio de los españoles, de la calidad (?) de su clase política, dependerá que la crisis se acorte de modo que a partir de 2014 seamos capaces de empezar a generar empleo neto de forma apreciable. En caso contrario, España tiene por delante no menos de 10 años de estancamiento, al final de los cuales habremos retrocedido varias décadas en lo que a nivel de vida se refiere. Para que ocurra lo primero, es preciso adoptar cuanto antes una serie de reformas que pasan por adelgazar el sector público, recortar la nómina funcionarial, reformar las pensiones, meter el bisturí en el gasto sanitario, acabar con una legislación laboral heredada del franquismo, privatizar, liberalizar, y algunas cosas más. ¿Es utópico mentar esta letanía sin al tiempo abordar una profunda reforma de nuestras instituciones, concretada en esa genérica regeneración democrática tan ansiada como perennemente olvidada?

Todo al albur de las elecciones catalanas

Muchos pensamos que sí. Que es utopía. Lo cierto es que estamos ante una tarea que rebasa con mucho las capacidades de un Ejecutivo y un presidente cuyo ciclo ha terminado. La crisis de Gobierno que se avecina servirá apenas para darle un respiro hasta septiembre. Los movimientos ya han empezado en el PSOE para buscar un recambio a Zapatero. Parece evidente que la alternativa, difícil de concretar antes de las próximas generales, tendrá que surgir de un gran pacto entre el viejo PSOE (Alfredo Pérez Rubalcaba) y el nuevo (José Blanco). Ambos están ya dando los primeros pasos en busca de un acuerdo. ¿Adelanto electoral? Todo queda al albur de las elecciones catalanas, hito en el camino de una CiU dispuesta a que nada ni nadie enturbie su regreso al Palau de la Generalitat. A partir de ahí, los de Artur Mas podrían dejar caer a Zapatero cual fruta madura, incluso pactando una moción de censura con el PP. “En Ferraz están presionando a tope para que Montilla convoque las catalanas antes de la votación de los PGE para 2011, sesión que suele celebrarse el 22 de octubre, pero Montilla insiste en que serán después, justo en la segunda semana de noviembre, dispuesto como está a luchar por recuperar terreno hasta el último minuto”.

¿Y el Partido Popular? Pocas veces la decisión de votar en contra –iniciativa defendida con ardor, pásmense, por el mismísimo Pedro Arriola- del paquete de ajuste ha dividido tanto el voto popular. Curioso: los que viven de la política –dentro y fuera del PP- entienden y hasta justifican ese voto, mientras que la gente del común mayoritariamente lo critica. El PP corre un serio riesgo, que no es otro que el de jugar a rebasar al PSOE por la izquierda, sin reparar en que, para populismo, siempre será mejor el original que la copia. Son los atavismos de aquella “justicia social” de la Falange, tan cercana al concepto de “lo social” de ZP, metida hasta el tuétano español desde los tiempos de Don Pelayo. La derecha política sabe de sobra que España se enfrenta, de grado o por fuerza, a un ajuste de caballo si quiere recuperar competitividad y salir del hoyo. Llamada a gobernar en breve, ¿qué sentido tiene poner piedras en el camino de un Ejecutivo obligado por los amos de la UE a realizar parte del “trabajo sucio” que él mismo tendrá que acometer si llega a Moncloa? De chiste resulta oír a gente principal del PP retar a Zapatero a subir impuestos a los ricos. Los millonarios de verdad no pagan impuestos, como bien sabe Cristóbal Montoro, y quienes soportan el peso de esa carga son las clases medias. No estaría de más que un partido que se dice de derechas se comportara como tal. De modo que, señor Rajoy, menos “política” de corto plazo y más sentido común a largo. No es tiempo para bromas.

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Mayo 30th, 2010 at 8:03 am

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El BdE frustró hace un año la fusión Cajasur-Caja Murcia que hubiera evitado la intervención, de Jesús Cacho en El Confidencial

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El Banco de España (BdE) frustró hace justamente un año, en mayo/junio de 2009, la fusión entre la cordobesa Cajasur y la murciana Caja Murcia, una operación que estaba prácticamente acordada en todos sus extremos, al plegarse a las presiones de la Junta de Andalucía, que se oponía a que una caja andaluza fuera absorbida por otra de una Comunidad gobernada por el PP. Esa fusión hubiera acelerado el saneamiento del sector impidiendo el drama actual de la intervención, que tanto daño está haciendo al sector financiero entero. El BdE intenta ahora cargar las tintas sobre Cajasur para eludir su responsabilidad en lo ocurrido.

El 22 de mayo de 2009, este diario publicó una información (“La cordobesa CajaSur intenta una fusión de urgencia con Caja Murcia”) dando cuenta de la apertura de conversaciones entre los responsables del Cabildo catedralicio cordobés y el presidente de Caja Murcia, Carlos Egea Krauel. Los servicios de inspección del BdE habían estrechado el cerco sobre la Caja presidida por el sacerdote Santiago Gómez Sierra, que entonces ya incumplía el coeficiente de solvencia.

A la presión del BdE se unía el deseo del Cabildo de dar esquinazo al guión que la Junta de Andalucía ha tenido siempre escrito para la caja cordobesa, que no ha sido otro que una fusión con Unicaja (aunque en la primavera de 2009 también se habló de la sevillana Cajasol). En Cajasur esta ha sido una constante en el último año y medio de actividad: intentar a la desesperada soluciones de futuro situadas fuera del ámbito de influencia del Partido Socialista de Andalucía.

Como intermediario ante Murcia actuó Juan Ojeda, ex europarlamentario del PP y vicepresidente segundo de CajaSur. Ojeda puso en contacto a Gómez Sierra con los responsables de la Caja murciana a través de Manuel Atencia, ex diputado del PP por Málaga, hombre de confianza de Javier Arenas –además de vicepresidente de Unicaja- y a su vez íntimo amigo del diputado popular por Murcia Andrés Ayala, que es quien puso en marcha los contactos con Egea. “Más que un guiño, nos han explorado con toda franqueza”, manifestó entonces a este diario un alto responsable de la entidad murciana.

El Banco de España impidió la operación

El propio Gómez Sierra ha manifestado estos días en distintos foros que la fusión con Caja Murcia estuvo prácticamente hecha. Hay quien sostiene que lo impidió una hábil maniobra de Braulio Medel, presidente de Unicaja, para quien Cajasur era una pieza demasiado codiciada como para dejarla escapar, más aún cuando estaba necesitado de una operación de fusión que le franqueara el paso a un nuevo mandato al frente de la entidad malagueña.

Alertada la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán mueve sus influencias en Madrid dispuesto a impedir que Caja Murcia se quede con Cajasur. A resultas de lo cual, el BdE no autorizó una operación que tenía toda la lógica. Con una tasa de cobertura entonces de apenas el 2,20%, la segunda más baja del sector solo por detrás de la BBK, Caja Murcia era y es una de las entidades más saneadas del sector, que está capeando el temporal de la crisis con relativa comodidad.

La operación, por lo demás, hubiera supuesto un precedente como fusión entre Cajas de distinta Comunidad Autónoma y no digamos ya estando gobernadas por partido de distinto color, aspiración  muy querida por todos los estudiosos del sector. Pero el gobernador del BdE, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, militante del PSOE, se plegó a los intereses de su partido y de la Junta de Andalucía desaprovechando la oportunidad de oro de una fusión que hubiera acelerado la reconversión del sector, evitando el trauma que ahora ha supuesto la intervención. El Banco de España no cumplió con su obligación, razón por la cual trata de ahora de ocultar su responsabilidad mediante filtraciones interesadas a la prensa.

“No vamos a autorizar una fusión con Caja Murcia”

A primeros de junio del pasado año, este diario daba cuenta de la determinación de la Junta andaluza de impedir la “escapada” de Cajasur. “No estamos por autorizar cualquier fusión con Cajas de afuera. El campo de juego está en Andalucía”, aseguraba la consejera de Economía de la Junta. Igualmente, Luis Pizarro, consejero de Gobernación, declaraba que “no vamos a autorizar esa fusión (con Caja Murcia) porque no es lo que le conviene a nuestro sistema financiero (de Andalucía)”. Medel, por su parte, había tocado a Salvador Blanco (PSOE-A), vicepresidente primero de CajaSur, a fin de asegurarse su apoyo a una operación con Unicaja.

El Banco de España, con todo, pudo burlar el cerco de la Junta de haberlo pretendido, merced a las alternativas que la propia Cajasur le puso en bandeja. La entidad cordobesa, en efecto, orientó su estrategia de resistir el cerco de La Junta y Unicaja en espera de la inminente [entonces] entrada en funcionamiento del FROB. “Con el Fondo en marcha, el Banco pudo haber intervenido CajaSur y habérsela entregado después a Caja Murcia con la ayudas pertinentes”, señala una fuente cercana al BdE. “No lo hizo por sectarismo y por falta de voluntad para entrar a fondo en los problemas del sector”.

“Los curas de Córdoba nunca quisieron la fusión con Unicaja, nunca, y eso lo tuvimos siempre muy claro en el Banco”, sostiene al misma fuente. “Lo cual no es de extrañar porque, al margen de la responsabilidad que les compete en la mala gestión de la entidad, el comportamiento de la Junta con ellos ha sido de una prepotencia y de una petulancia insultante. Sencillamente querían arrollar, y eso la Iglesia no podía consentirlo”.

Written by Reggio's

Mayo 26th, 2010 at 8:06 am

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