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Que paguen los ricos, de Joaquim Sempere en P煤blico
Se dice que la presi贸n fiscal sobre las grandes fortunas no puede incrementarse para no desincentivar la iniciativa inversora y porque los capitales huir铆an a otros pa铆ses con fiscalidades menos fuertes. Se repite con la misma insistencia que la acumulaci贸n de capital es una condici贸n previa para la actividad econ贸mica y el bienestar general.
Estos estereotipos forman parte de las convicciones m谩s s贸lidas de quienes toman las grandes decisiones econ贸micas y pol铆ticas, y acaban calando en la conciencia p煤blica. Pero son una trampa.
Veamos lo ocurrido con los impuestos a los ricos en el pa铆s m谩s liberal e individualista de Occidente: Estados Unidos. En a帽os posteriores a la Primera Guerra Mundial, la presi贸n fiscal para la franja m谩s elevada de ingresos pas贸 del 25% al 63% en 1932, como medio para combatir la Gran Depresi贸n. Desde entonces hasta 1981, es decir, durante medio siglo, se mantuvo sin interrupci贸n por encima del 63% 鈥揳lcanzando picos del 94% en 1944-1945, como contribuci贸n al esfuerzo de guerra鈥 y entre el 82% y el 91% durante los 20 a帽os que van desde el final de la guerra hasta 1963. Luego no ces贸 de disminuir, hasta alcanzar el 35% el a帽o 2009.
Aquella larga experiencia de cinco decenios muestra que una clase capitalista, incluso tan poderosa como la de Estados Unidos, puede acomodarse a una presi贸n fiscal muy alta, y que esta elevada fiscalidad es compatible con un alto crecimiento econ贸mico. Los 50 a帽os en que la presi贸n fiscal estadounidense estuvo por encima 鈥搊 muy por encima鈥 del 50% para la franja m谩s rica fueron a帽os de m谩xima prosperidad del pa铆s.
La recaudaci贸n de impuestos en Estados Unidos hubiera podido servir para mejorar las prestaciones y los servicios p煤blicos en beneficio de los m谩s pobres si el presupuesto de guerra no se hubiera llevado la parte del le贸n. Pero lo que aqu铆 nos interesa es comprobar que durante 50 largos a帽os la clase capitalista de la primera potencia del mundo acept贸 una presi贸n fiscal que ahora muchos pretenden que es totalmente prohibitiva e insensata.
El tipo m谩ximo del impuesto sobre la renta en Espa帽a se situ贸 en el 43% en 2008 y el de sociedades en el 30% (en ambos casos cinco puntos por debajo de los tipos m谩ximos vigentes en 2000), y no se contempla la posibilidad de un aumento substancial de esos tipos m谩ximos, los que pagan los m谩s ricos.
El otro estereotipo es que las diferencias de presi贸n fiscal fomentan la fuga de capitales de los pa铆ses con mayor presi贸n a los de menor. Pero esto ocurre desde que se elimin贸 el control de cambios y se implant贸 una libertad irrestricta de circulaci贸n de los capitales. Lim铆tese o elim铆nese esta libertad y desaparecer谩 la amenaza de fuga de capitales. Esto no es una fantas铆a: es tambi茅n algo que ocurri贸 ya en 茅pocas pasadas, y no tan remotas. Basta volver la mirada a los a帽os anteriores a la contrarrevoluci贸n neoliberal. Alg煤n d铆a hay que atreverse a reimplantar marcos institucionales que lo hagan posible.
El tercer mito es que hace falta dejar que los capitales puedan acumular beneficios sin l铆mite para que la actividad econ贸mica funcione y todos salgamos ganando. As铆 se justifica la libertad que se concede a los capitales para desinvertir y deslocalizar 鈥揳l precio de la desindustrializaci贸n de regiones enteras y de la condena de miles de trabajadores al paro鈥 en aras de la sagrada libertad del capital para acumular, cuando lo que ocurre es que en el mundo sobra liquidez. La sobreacumulaci贸n es justamente la culpable de que se especule con cualquier cosa 鈥揷on las monedas, con la deuda externa de pa铆ses enteros, con la vivienda, con el petr贸leo, con los alimentos, etc.鈥 buscando rentabilidades desorbitadas que no se consiguen en la econom铆a productiva. Vivimos en un sistema enfermo que lo sacrifica todo a una acumulaci贸n de dinero no s贸lo innecesaria, sino perjudicial.
Los tres mitos forman parte de un mismo paquete, que habr铆a que abordar con medidas combinadas como fuertes grav谩menes fiscales sobre las grandes fortunas y la armonizaci贸n impositiva en la Uni贸n Europea; l铆mites estrictos a la circulaci贸n de capitales; la erradicaci贸n de los para铆sos fiscales; y armonizaci贸n al alza de los derechos laborales y sociales en la UE. El dinero que va a las clases populares genera una demanda de bienes y servicios que es la base de una econom铆a sana, mientras que el que va al bolsillo de los m谩s ricos alimenta el potencial de especulaci贸n de estos. (Algunos sectores populares s贸lo se dejan engatusar por los fondos de inversi贸n y de pensiones cuando se les amenaza con la quiebra de la Seguridad Social, como se ha hecho tramposamente en Espa帽a en los 煤ltimos 15 a帽os).
El establishment hace gestos demag贸gicos para la galer铆a, como la petici贸n al FMI por parte del Consejo Europeo (11-12-2009) de una tasa Tobin para reducir las transacciones financieras especulativas y para recaudar dinero. O promesas incumplidas de que se erradicar谩n los para铆sos fiscales. Pero son gestos que dan la raz贸n a quienes piensan que medidas de este tipo son las que convienen, y que no es verdad que no se pueda hacer m谩s de lo que se hace. Las subidas de impuestos, por su parte, empezaban a figurar en la agenda europea ya en el verano pasado, favorecidas por pa铆ses como Suecia y Finlandia, con una larga tradici贸n de elevada presi贸n fiscal y a la vez de prosperidad y buenos servicios p煤blicos.
En nuestro pa铆s, el debate sobre las pensiones y sobre la viabilidad del Estado del bienestar no puede ni debe dejar estos temas al margen. Centrar el asunto en torno a la reforma del mercado de trabajo o la prolongaci贸n de la edad de jubilaci贸n es una nueva agresi贸n contra derechos de los trabajadores por parte de la oligarqu铆a internacional del dinero y sus secuaces.
Joaquim Sempere es profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
Almacenar residuos nucleares, de Joaquim Sempere en P煤blico
Almacenar residuos nucleares no es lo mismo que almacenar ladrillos o cascotes. Estos son inertes, mientras que los residuos nucleares emiten radioactividad y calor. Los de media y baja radioactividad, que son en torno al 99% del total, se trasladan, en Espa帽a, a una antigua mina de uranio situada en El Cabril (C贸rdoba). Aunque son menos peligrosos que los de alta radioactividad, hace falta encerrarlos en bidones bien sellados y depositarlos en lugares seguros.
Un reciente informe de World Nuclear News se帽ala que el Gobierno alem谩n ha ordenado que se retiren 126.000 bidones con residuos de baja y media actividad de una mina de sal abandonada de la localidad de Asse (Baja Sajonia) donde se empezaron a depositar en los a帽os sesenta. Las autoridades han estimado que hay riesgos porque esas minas han resultado geol贸gicamente inestables y han empezado a llenarse de agua.
Los residuos de alta actividad, aunque ocupan mucho menos volumen (en torno al 1% del total), son obviamente m谩s peligrosos. A los restos de plutonio hay que a帽adir, entre otros, los de estroncio y cesio, que emitir谩n radiaciones durante miles de a帽os. Lo habitual es mantener estos residuos en piscinas de agua que protegen el entorno de sus radiaciones mientras son refrigerados y van perdiendo radioactividad. Luego se vitrifican, se combinan con hormig贸n, se encierran en bidones de acero, etc. para poder retirarlos de las piscinas.
Desde que existen centrales at贸micas, se investiga sin 茅xito para lograr una soluci贸n definitiva para los residuos. Mientras, se adoptan soluciones provisionales. Se lanzan a fosas oce谩nicas profundas (entre ellas, las que hay ante las costas de Galicia) o se encierran en minas alejadas de poblaciones. Si los residuos de baja y media intensidad han de ser objeto de vigilancia permanente, como en el caso de Alemania, no hace falta decir que los de intensidad alta la requieren de modo m谩s apremiante.
En 1979 el bi贸logo ruso Medvedev, exiliado en Reino Unido, relat贸 un incidente ocurrido en 1957 en un dep贸sito de residuos de la localidad de Khistym, en los Urales, sobre el cual la f茅rrea censura sovi茅tica de prensa hizo caer un tel贸n de silencio. El Gobierno sovi茅tico acab贸 admiti茅ndolo s贸lo 40 a帽os m谩s tarde. Al parecer, se acumularon grandes cantidades de residuos de alta actividad sin las debidas precauciones produci茅ndose sobrecalentamiento, emisi贸n de gases y explosiones qu铆micas que dispersaron los materiales radioactivos. Se habl贸 de un centenar de muertos directos por la explosi贸n y de la evacuaci贸n de 20.000 personas de una amplia zona afectada por la contaminaci贸n radioactiva.
Hoy, m谩s de medio siglo despu茅s, sabemos gestionar un almac茅n de estas caracter铆sticas minimizando los riesgos. Pero el episodio de Khistym revela que los residuos nucleares no son inertes y que su deposici贸n exige una vigilancia permanente para evitar desgracias. En un pa铆s como el nuestro hoy contamos con los medios para asegurarla. Pero 驴podemos estar seguros de que a帽o tras a帽o, siglo tras siglo, existir谩n las condiciones sociales y t茅cnicas que har谩n posible una vigilancia fiable, y de que las condiciones geol贸gicas no deparar谩n sorpresas desagradables en alg煤n momento del futuro? 驴C贸mo justificar esta herencia envenenada a nuestros descendientes?
Miguel 脕ngel Quintanilla ten铆a raz贸n cuando, desde este mismo peri贸dico, argumentaba que las altas compensaciones que el Gobierno ofrece a los municipios que acepten el Almac茅n Temporal Centralizado (ATC) sirven para hacer frente a un riesgo imaginado m谩s que a un riesgo real. Pero si las ofrece es porque nadie ha sido capaz de disipar la sensaci贸n de riesgo, aunque sea imaginado. En realidad, ese temor favorece un criterio muy racional, el principio de precauci贸n: ante la duda, no exponerse, sobre todo si hay alguna raz贸n para pensar que las ventajas no compensan los riesgos. Y 驴por qu茅 menospreciar el miedo? El miedo ha resultado 煤til a la especie humana desde el punto de vista adaptativo para prevenir peligros. Cuando la incertidumbre se suma al peligro, el miedo puede ser buen consejero hasta nuevo aviso.
El asunto de los residuos pone en evidencia la falta de prudencia que supuso embarcarse, despu茅s de Hiroshima y Nagasaki, en la producci贸n nuclear de electricidad. Ante el dilema de si proseguir o no con la energ铆a nuclear, la carga de la prueba corresponde a los pronucleares. Y la verdad es que no dan salidas convincentes a las objeciones que suscita su apuesta. El argumento al que acaban apelando es que 鈥渢odo tiene su riesgo鈥 y que el temor al riesgo no debe paralizarnos si no queremos 鈥渄etener el progreso鈥. Pero 驴por qu茅 es m谩s progreso la energ铆a nuclear que la fotovoltaica, la e贸lica o la solar termoel茅ctrica? 驴Por qu茅 es m谩s progreso despilfarrar energ铆a que consumirla con moderaci贸n y eficiencia?
Se investiga para transmutar los elementos m谩s radioactivos en otros que no lo sean o que lo sean sin peligro significativo. Pero en tal caso lo razonable es esperar a que esta investigaci贸n culmine: entonces ser铆a el momento de reabrir el debate. Mientras tanto, lo prudente es esperar. Al fin y al cabo, las nucleares s贸lo aportan el 17% de la electricidad y el 6% de toda la energ铆a consumida en el mundo. Esta cantidad se puede cubrir de sobra con las fuentes renovables hoy disponibles. Destinemos las enormes inversiones que se comen las centrales nucleares a desarrollar las renovables.
Por esto, y con independencia del procedimiento para elegir el lugar donde ubicar el necesario e inevitable almac茅n nuclear, los ecologistas tienen buenas razones para proponer que la decisi贸n se vincule a un compromiso del Estado para cerrar todas las centrales espa帽olas a medida que vayan agotando su vida 煤til. Si no se cierran, 驴cu谩ntos a帽os tardaremos en volver a discutir d贸nde instalar un nuevo almac茅n? Porque los residuos no cesan de salir de las centrales, por toneladas al a帽o.
Joaquim Sempere es profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
Mirada sobre Bolivia, de Joaquim Sempere en P煤blico
El aumento de apoyo ciudadano a Evo Morales y su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), se puede explicar por muchos factores. Se han destacado desde las p谩ginas de P煤blico algunos de los m谩s importantes, que se pueden resumir en su pol铆tica valiente de recuperaci贸n del control de los recursos del subsuelo y la adopci贸n de pol铆ticas sociales de protecci贸n a los m谩s desfavorecidos. Las rentas del petr贸leo han sido esenciales para financiar esas medidas sociales.
Pero la popularidad de Evo Morales seguramente tiene que ver con otros factores que han facilitado un cambio sensible de percepci贸n de la vida pol铆tica por la gente de la calle gracias a medidas que le llegan al coraz贸n.
Al acceder por vez primera a la Presidencia del pa铆s, en diciembre de 2005, Evo Morales aplic贸 de inmediato una promesa electoral: reducir su salario de presidente en un 57%. Esta medida acarre贸 la reducci贸n de los ingresos de otros muchos altos funcionarios, porque en Bolivia la ley proh铆be que ning煤n miembro de la organizaci贸n de Estado y de la funci贸n p煤blica cobre m谩s que el presidente de la Rep煤blica. La gente quiere hechos m谩s que palabras. Y agradece que un gobernante haga gestos que permitan pensar que no aspira a lucrarse con su carrera pol铆tica, sino a servir al pueblo.
Otro logro de su primer mandato es haber promocionado a personas con un historial en los movimientos populares y ciudadanos, en organizaciones sindicales y vecinales. El propio partido del presidente se hab铆a constituido en gran medida a partir de activistas de esos movimientos, que no arrastran los vicios frecuentes entre quienes se han dedicado largos a帽os a la pol铆tica institucional. El nuevo personal gobernante tiene as铆 un cr茅dito que, a juzgar por los resultados electorales, goza de buena salud.
Una tercera baza de Morales es haber tomado medidas que representan para la mayor铆a ind铆gena del pa铆s el final de su marginaci贸n hist贸rica. Esto es visible no s贸lo con la presencia de muchos quechuas y aymaras en cargos p煤blicos, sino tambi茅n con una mayor presencia de la filosof铆a y de los valores ind铆genas en la vida del pa铆s.
Esto se puede ilustrar con un ejemplo. La ministra de Justicia del primer Gobierno de Morales, Casimira Rodr铆guez, explicaba con las siguientes palabras la incorporaci贸n de los 鈥渦sos y costumbres鈥 tradicionales al mundo de la justicia formal: 鈥淒e pronto dos hermanos tienen un contencioso, cada uno un lotecito, cada uno con llamas, ovejas y vacas; van a la justicia ordinaria y las vacas van pagando la justicia, as铆 pasan cinco a帽os sin que ninguno ceda. Finalmente en la comunidad se enteran de que ya han perdido sus vacas y no han resuelto el problema. La autoridad de la comunidad les pregunta si quieren resolverlo. En un d铆a se parte la mitad del terreno y sin gastos. As铆, muchas veces, los problemas se pueden resolver transparentemente, tan s贸lo escuchando鈥. He aqu铆 una buena herencia de la tradici贸n aut贸ctona. 鈥淥tra diferencia 鈥揳帽ad铆a la ministra鈥 es que en la Justicia comunitaria la sanci贸n no incluye la c谩rcel (generalmente se opta por el trabajo comunitario o la expulsi贸n de la comunidad), mientras que en la Justicia ordinaria normalmente el conflicto se agranda con la c谩rcel鈥.
El Gobierno, seg煤n la ministra, no pretende instalar la justicia ancestral, sino lograr la convivencia de esta con el derecho moderno. En Europa estamos ensayando la justicia de proximidad, los juicios r谩pidos, los procedimientos de mediaci贸n entre v铆ctima y agresor. En Bolivia, buscando tambi茅n f贸rmulas m谩s 谩giles, baratas y transparentes, recuperan a la vez su identidad cultural y tratan de insertarla en los esquemas modernos de organizaci贸n social y pol铆tica, cosa muy distinta de un simple retorno al pasado sobre bases tradicionalistas e identitarias. En Europa no se acaba de entender el potencial de renovaci贸n social y pol铆tica de los movimientos llamados de la 鈥渁utonom铆a ind铆gena鈥, que tendemos a ver s贸lo en clave identitaria y llenos de peligros particularistas y comunitaristas. De hecho, la izquierda boliviana ha sido un crisol de sindicalismo obrero moderno e indigenismo, facilitado por la composici贸n pr谩cticamente ind铆gena en su totalidad de los movimientos populares. La Constituci贸n, por otra parte, declara su adhesi贸n a la Carta Universal de Derechos Humanos, que excluye la tortura y el trato degradante, y por tanto rechaza las pr谩cticas tradicionales que puedan violar la Carta.
Obs茅rvese, pues, que el proyecto del MAS no se ancla en valores tradicionales. Su reivindicaci贸n del protagonismo ind铆gena no es un retorno al pasado, sino un salto hacia delante que incorpora valores democr谩ticos de progreso social. Una se帽al inequ铆voca de ello es la fuerte presencia femenina en cargos p煤blicos, incluido el Gobierno de la naci贸n, en clara ruptura con el machismo tradicional de la sociedad boliviana. En el primer Gobierno de Evo Morales hubo cuatro mujeres, y la t贸nica se ha mantenido. Casimira Rodr铆guez, una de ellas, era de familia quechua pobre. Desde los 13 a帽os fue trabajadora dom茅stica, a veces s贸lo a cambio de techo y comida. Promovi贸 la Organizaci贸n de Trabajadoras Dom茅sticas de Bolivia, desde la que impuls贸 la primera ley, en 2003, que regul贸 el horario y otros derechos de estas trabajadoras.
La voluntad pedag贸gica de los dirigentes del MAS 鈥搈uy alejada del populismo que a veces se le achaca鈥 es evidente en este caso, como lo es en la autorreducci贸n del sueldo del presidente. De momento, este pa铆s supuestamente atrasado est谩 dando lecciones 鈥揳 quien quiera aprovecharlas鈥 para renovar la pol铆tica y acercarla a la ciudadan铆a. Su Gobierno est谩 mostrando con medidas valientes que la poblaci贸n trabajadora, marginada, pobre y 茅tnicamente ninguneada puede sentirse protagonista de sus destinos y lograr conquistas sociopol铆ticas impensables hace tan solo unos a帽os.
Joaquim Sempere es profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
Los verdaderos piratas, de Joaquim Sempere en P煤blico
En 1991 se hundi贸 el orden pol铆tico de Somalia, pa铆s que sucumbi贸 a una guerra civil empeorada por la intervenci贸n estadounidense. El colapso pol铆tico dej贸 la sociedad somal铆 sin defensas, situaci贸n que fue aprovechada por nav铆os procedentes de Europa, Estados Unidos, China y otros pa铆ses para verter en sus aguas grandes cantidades de residuos t贸xicos y radioactivos. El abuso se hizo visible cuando, en 2005, un tsunami deposit贸 en las playas y costas somal铆es bidones corro铆dos y otras muestras de estos residuos. Seg煤n el enviado de las Naciones Unidas en Somalia Ahmadou Ould-Abdallah, la porquer铆a t贸xica acumulada en pocos d铆as por la cat谩strofe marina provoc贸 煤lceras, c谩nceres, n谩useas y malformaciones gen茅ticas en reci茅n nacidos y, al menos, 300 muertes.
Pero las desgracias no terminan ah铆. Aprovechando el desgobierno, una multitud de barcos de pesca empez贸 a faenar en las aguas frente al pa铆s, incluidas sus aguas territoriales. En 2005 se calcul贸 que pescaron all铆 unos 800 barcos de distintos pa铆ses, muchos de ellos europeos y, m谩s espec铆ficamente, espa帽oles. Se estima que los ingresos generados durante un a帽o por esta pesca extranjera ilegal ascend铆a a 450 millones de d贸lares. El resultado fue la r谩pida disminuci贸n de unas reservas pesqueras que eran el principal recurso para las comunidades de pescadores del pa铆s, catalogado como uno de los m谩s pobres del mundo.
Un reportaje de Al Yazira informa de que grupos de somal铆es trataron de constituir un cuerpo autodenominado 鈥淕uardacostas Voluntarios de Somalia鈥, reuniendo dinero con el que pagar a la empresa estadounidense Hart Security, que se dedica a entrenar y formar luchadores y mercenarios por todo el mundo 鈥搚 que, a帽os m谩s tarde, ha actuado como mediadora para el cobro de rescates en aquellas mismas aguas: 隆negocio redondo!鈥. Al parecer, hubo intentos de esos guardacostas voluntarios de negociar con los buques de pesca extranjeros para que dejaran de faenar o pagaran un impuesto para seguir haci茅ndolo, intentos que resultaron fallidos. El desenlace final fue lo que hoy se califica como pirater铆a somal铆. En un pa铆s plagado de armas, desgarrado por bandas rivales y sometido a una situaci贸n econ贸mica desesperada, un desenlace as铆 no deber铆a sorprender. A la vista de lo anterior es leg铆timo preguntarse: 驴qui茅nes son, en esta historia, los verdaderos piratas?
Hay en Espa帽a quien propone que los atuneros espa帽oles (que son sobre todo vascos) lleven militares a bordo para disuadir a los piratas. En el Parlamento vasco, los votos del PP y el PNV han hecho posible el pasado 8 de octubre aprobar una moci贸n en esta l铆nea. El Congreso ya lo hab铆a descartado meses antes arguyendo que la legislaci贸n espa帽ola no lo permite. Francia s铆 lo permite, y hace tiempo que en el 脥ndico los barcos de pesca franceses llevan militares a bordo. Pero esta diferencia es de detalle: ambos pa铆ses lograron que el 10 de diciembre de 2008 los ministros de Defensa de la Uni贸n Europea aprobaran la llamada Operaci贸n Atalanta contra la pirater铆a somal铆, y que se diera luz verde al env铆o de entre 6 y 10 buques de guerra para 鈥済arantizar la seguridad鈥 en el golfo de Ad茅n con el mandato de vigilar las costas de Somalia, 鈥渋ncluidas sus aguas territoriales鈥.
Estos hechos muestran que el colonialismo no s贸lo no ha muerto, sino que est谩 tomando nuevos br铆os. Y un nuevo aspecto marcado por la crisis de recursos naturales, en este caso la pesca. Las flotas pesqueras de los pa铆ses ricos, compuestas por buques con capacidad para moverse por todos los mares del mundo, esquilman un caladero tras otro: son las principales culpables de la sobrepesca que desde hace a帽os viene destruyendo la capacidad de regeneraci贸n de las especies marinas y preparando un colapso de las capturas a escala mundial. Las primeras perjudicadas son las poblaciones de los pa铆ses pobres que dependen de la pesca local: ellas carecen de flotas potentes para pescar lejos de sus costas. El caso somal铆 es uno de los m谩s sangrantes por las circunstancias pol铆ticas internas, pero no es el 煤nico.
Espa帽a est谩 recuperando sus blasones imperiales contribuyendo a empobrecer a uno de los pa铆ses m谩s pobres del mundo. Al hacerlo no s贸lo comete una injusticia, sino que practica una pol铆tica sin futuro tambi茅n para sus habitantes. Porque cuando ya no haya caladeros por explotar en ning煤n rinc贸n del mundo, 驴qu茅 har谩n nuestros marineros y pescadores?
Es una indignidad aprovecharse de un pa铆s desangrado por una guerra civil y luego mandar a los soldados a defender una causa indefendible que no hace m谩s que profundizar la tragedia de ese pueblo. Y si se quiere mirar desde otra 贸ptica, 驴cu谩nto nos cuesta mantener la dotaci贸n de dos buques de guerra, un avi贸n y 395 efectivos de la Marina espa帽ola que tenemos destacados en la zona?
El caso tiene su moraleja. Un pa铆s desarrollado como Espa帽a no debe, tras agotar sus propios recursos pesqueros, expandirse por los mares del mundo privando a otras poblaciones m谩s pobres de sus medios de subsistencia, porque agrava la situaci贸n de esas poblaciones y las empuja a una resistencia que desemboca en aventuras violentas y salidas militares. La soluci贸n hay que buscarla en casa, adapt谩ndose a unos ecosistemas da帽ados y gestion谩ndolos mejor (por ejemplo, con la piscicultura como alternativa a la pesca), y adoptando medidas previsoras para que nadie se quede sin trabajo y sin fuente de ingresos. Es inquietante que se est茅 haciendo exactamente lo contrario: optar por la huida hacia delante y por un neoimperialismo ecol贸gico reforzado militarmente que s贸lo puede redundar en un empeoramiento de la situaci贸n.
Joaquim Sempere es Profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
Nucleares y trampas dial茅cticas, de Joaquim Sempere en P煤blico
Durante tres decenios, ya desde antes del accidente de Chern贸byl, ha tenido lugar una moratoria de facto en la construcci贸n de nuevas centrales nucleares en los pa铆ses desarrollados. Pero 煤ltimamente los pronucleares vuelven a la carga, y lo hacen esgrimiendo varios argumentos tramposos. Uno es la crisis energ茅tica y otro el cambio clim谩tico: frente a las fuentes f贸siles, que tienen los d铆as contados y contribuyen al calentamiento de la superficie de la Tierra, la energ铆a at贸mica no emite carbono a la atm贸sfera. Un estudio publicado en septiembre de 2008 por la Coordinadora per una Nova Cultura de l鈥橢nergia 鈥搎ue impulsa desde hace un tiempo en Catalu帽a la campa帽a 鈥淭anquem les nuclears鈥 (鈥淐erremos las nucleares鈥)鈥 prueba que por cada megavatio-hora nuclear se emiten entre 140 y 290 kilos de CO2, que es casi tanto como la cantidad que emiten las centrales de gas de ciclo combinado (las menos sucias de las que usan combustibles f贸siles). Es cierto que la reacci贸n por la que un neutr贸n rompe el 谩tomo de uranio y desprende una cantidad gigantesca de energ铆a no emite carbono. Pero para que la pila at贸mica funcione ha hecho falta extraer el mineral de la mina, concentrar el uranio (muy escaso en el mineral: s贸lo entre el 0,05% y el 0,1%), transportarlo, enriquecerlo, construir la central, desguazarla al final de su vida 煤til y tratar los residuos. Todo eso consume mucha energ铆a f贸sil, y explica las emisiones de carbono mencionadas. Decir, pues, que la energ铆a nuclear es 鈥渓impia鈥 desde el punto de vista de las emisiones de CO2 es totalmente falaz. (El mencionado estudio, que no toma en consideraci贸n la construcci贸n y desguace de las centrales, por falta de datos fiables, y que por eso se queda corto en sus resultados, puede consultarse en www.tanquemlesnuclears.org. Se basa en los datos publicados de Asc贸 2 entre 2001 y 2005.)
Otro argumento es el de la dependencia respecto del exterior: el suministro de petr贸leo y gas nos hace depender demasiado de unos pocos pa铆ses y compa帽铆as que tienen la llave de estos combustibles, como ilustr贸 la crisis del gas de Rusia el pasado invierno. Pero veamos qu茅 ocurre con el uranio. El 84% de las reservas mineras del mundo se concentra en seis pa铆ses: Canad谩, Australia, Kazajst谩n, Rusia, Namibia y N铆ger. Siete compa帽铆as concentran en sus manos el 78% de las reservas. Y casi todo el enriquecimiento del uranio, un 92%, lo hacen s贸lo cuatro compa帽铆as. 驴A qu茅 viene, en un contexto as铆, invocar el argumento de la dependencia exterior en el caso de las f贸siles e insinuar que con la nuclear no ocurre otro tanto?
Un tercer argumento se resume en la frase recientemente pronunciada por Ana Palacio, actual vicepresidenta de la compa帽铆a francesa Areva, filial de EDF, dedicada a la electricidad nuclear: 鈥淯n 96% del combustible de uranio es reciclable鈥 y supone 鈥渦na soluci贸n econ贸mica y mediambiental鈥 (El Pa铆s, 8-04-2009). Subyace a este argumento la idea de que, pese a que el uranio es tan finito como el petr贸leo y destinado tambi茅n a agotarse, al poderse reciclar, su suministro es casi indefinido. Lo que esta tesis oculta es que para la utilizaci贸n de combustible reprocesado no sirve cualquier reactor, sino s贸lo los reactores r谩pidos, tambi茅n llamados 鈥渟upergeneradores鈥, que est谩n siendo un fracaso. En Francia, pa铆s pionero en energ铆a nuclear, se decidi贸 en 1997 cerrar el 煤nico supergenerador del pa铆s 鈥揺l Superph茅nix鈥 por su coste econ贸mico desorbitado y su escasa eficacia pr谩ctica. Su desguace est谩 en marcha. El reciclado del combustible de uranio y su promesa de un suministro pr谩cticamente inagotable es otra falacia.
Los partidarios de la energ铆a del 谩tomo est谩n, en suma, orquestando una campa帽a de mentiras y medias verdades para vender a la opini贸n p煤blica una t茅cnica fracasada e inaceptable. Los problemas de la propaganda pronuclear no terminan aqu铆. Esta propaganda se enfrenta a otras verdades tambi茅n inc贸modas. 1) La t茅cnica nuclear arrastra un fracaso sonado: no haber hallado en los 60 a帽os de su existencia ninguna soluci贸n satisfactoria al problema de los residuos. 2) Los riesgos asociados a las emisiones radiactivas. 3) Las centrales fabrican el combustible de las bombas at贸micas. 4) Las centrales son un objetivo potencial privilegiado de terroristas de toda laya. 5) Por la raz贸n anterior, requieren una protecci贸n polic铆aco-militar peligrosa para los derechos humanos y las libertades. 6) Los da帽os posibles debidos a accidentes son tan altos que ninguna compa帽铆a de seguros acepta asegurar, en ning煤n lugar del mundo, ninguna central nuclear: deben asumirlo los Estados. Y 7) las nucleares son ruinosas desde el punto de vista econ贸mico y no pueden subsistir (隆despu茅s de 60 a帽os!) sin subvenciones p煤blicas. Muchos responsables pol铆ticos muestran cada vez m谩s dudas sobre la viabilidad econ贸mica de los programas nucleares renacidos, especialmente con motivo de una crisis que ha recortado dr谩sticamente las disponibilidades financieras. El renacer nuclear est谩 condenado por su enorme coste econ贸mico. Esto es una buena noticia, porque parece como si el lenguaje econ贸mico fuera el 煤nico que entienden los que mandan.
Finalmente, conviene recordar que el primer uso de la energ铆a at贸mica fue militar, y que en las explosiones de Hiroshima y Nagasaki de agosto de 1945 nos horrorizan no s贸lo la magnitud del dolor y la destrucci贸n infligidos a las v铆ctimas, sino la afectaci贸n al n煤cleo biol贸gico mismo de nuestra naturaleza como especie: el genoma humano. La capacidad para provocar mutaciones teratog茅nicas aparece como s铆mbolo del pacto f谩ustico de la modernidad: poder a cambio de vender el alma al diablo. Chern贸byl mostr贸 que el uso pac铆fico de esta energ铆a conlleva una exposici贸n a riesgos de igual naturaleza.
Joaquim Sempere es Profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
Publicidad y televisi贸n, de Joaquim Sempere en P煤blico
La publicidad que me gusta es la puramente informativa, que viene ilustrada por la cartelera de espect谩culos o las listas de novedades en discos y libros. El resto de anuncios comerciales no suelen tener ninguna utilidad. Nadie que sea razonable se dejar谩 convencer por las proclamaciones de los vendedores sobre las maravillas de los productos que quiere vender. La informaci贸n fidedigna sobre las mercanc铆as se busca entre gente de confianza que las conozca o sea experta en la materia. O, si existieran, en revistas independientes que difundieran informes fiables. En otro tiempo las hubo en Espa帽a (recuerdo la que se llamaba Ciudadano), eran promovidas por asociaciones de consumidores. Pero perecieron bajo la presi贸n de las grandes marcas.
Naturalmente los vendedores tienen derecho a proclamar la bondad de sus mercanc铆as y tratar de convencernos o engatusarnos: el juego de la seducci贸n es corriente en el comercio, como en el amor. Tampoco niego que los anuncios tengan efecto sobre las ventas, pese a su inutilidad para el consumidor: si no lo tuvieran, las empresas no se gastar铆an tanto dinero en ellos.
Lo que no es natural es que las sociedades modernas hayan aceptado ceder a los mercaderes tanto espacio p煤blico para sus anuncios: fachadas, paredes, vallas, autobuses y tantos otros. Pero el espacio p煤blico m谩s escandalosamente colonizado por la publicidad es la televisi贸n, y esto merece consideraci贸n aparte. El receptor de televisi贸n es un artefacto de efectos muy considerables, pues recala siempre en uno de los puntos centrales de cada hogar, donde sus miembros aceptan someterse a un bombardeo de mensajes. La ubicuidad, capacidad de penetraci贸n y atracci贸n hipn贸tica de la pantalla son poderes que deber铆amos tratar con una cautela y prevenci贸n que suelen brillar por su ausencia. El zapping es una defensa, pero tiene sus l铆mites. Siendo tan potente la capacidad de la peque帽a pantalla para entrometerse en nuestro espacio 铆ntimo e influir en nuestras vidas, 驴c贸mo es posible que las normativas autoricen que los anuncios comerciales se apoderen de tanta cuota de pantalla? En los Estados Unidos ocupan una cuarta parte, en promedio, del tiempo de emisi贸n. En Europa no se llega tan lejos, y en Espa帽a se sit煤a en torno a la sexta parte.
Los anuncios, adem谩s de carecer de utilidad para el p煤blico, ejercen la funci贸n insidiosa de transmitir unos valores y unas pautas de conducta muy nocivas. Cuando ya sabemos desde hace tiempo que el consumo de masas ha sobrepasado todos los l铆mites razonables y es factor decisivo en la destrucci贸n del planeta, los anuncios comerciales siguen cultivando con tenacidad y alevos铆a el fomento del consumo y un clima cultural de inconsciencia e irresponsabilidad. La visi贸n de la vida que transmiten esos mensajes es que todo es f谩cil y sin problemas. Exaltan la comodidad y el placer anodino, la novedad trivial incesante, la idea de que todo gusto es posible y alcanzable鈥
El volumen mundial de gasto en reclamos comerciales alcanz贸 en 2002 cerca de 500.000 millones de d贸lares, nueve veces m谩s que en 1950. Para hacerse una idea, esta cifra equivale aproximadamente a la mitad del gasto mundial en armamento. Y al despilfarro de un dinero que podr铆a destinarse a mejores causas, se suma el despilfarro de tiempo, energ铆a, ingenio y dignidad de quienes se dedican a idear y realizar los anuncios. Me deprime ver c贸mo tanta gente de evidente talento lo malgasta en el circo alienante y manipulador de la publicidad.
Un alto dirigente de TF1, la principal cadena televisiva de Francia, declar贸 hace pocos a帽os que 鈥渓a tarea de TF1 es ayudar a Coca-Cola, por ejemplo, a vender su producto. Y para que un mensaje publicitario sea captado, hace falta que el cerebro del telespectador est茅 disponible: esto es, distraerlo y relajarlo para prepararlo entre un mensaje y el siguiente. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible鈥. M谩s claro, el agua. Esto significa, adem谩s, que la degradaci贸n est茅tica y moral de la programaci贸n televisiva, en la medida en que deriva de la b煤squeda a toda costa de la m谩xima audiencia, es m谩s que un efecto colateral no buscado: forma parte del modelo de televisi贸n como instrumento de la mercadotecnia al servicio de un consumo irresponsable.
Por todo eso, el debate en torno a la nueva normativa espa帽ola sobre publicidad en televisi贸n no deber铆a haber omitido este lado oscuro. Se me objetar谩 que sin publicidad se hundir铆an las industrias del espect谩culo, el entretenimiento y la producci贸n y difusi贸n cultural. Esto es una gran falacia que sirve para legitimar el poder cultural y de manipulaci贸n que se ha entregado al gran capital tanto por la v铆a de la publicidad como por la autorizaci贸n de que haya cadenas privadas controladas por el gran capital. Hay muchas f贸rmulas para escapar de esta aparente fatalidad. A las grandes empresas se les podr铆a permitir la publicidad de promoci贸n (del tipo: 鈥淟a empresa Tal les ofrece el programa que sigue鈥), como ya se hace. Se puede financiar con cargo al presupuesto p煤blico (como parcialmente ocurre en Espa帽a con la televisi贸n p煤blica) o con un canon (en Francia cada hogar con televisor paga 116 euros al a帽o salvo los m谩s pobres, y en Gran Breta帽a 180). Financiaci贸n p煤blica no equivale a control estatal, como muestra la BBC, acreditada por su independencia respecto del poder pol铆tico. La libertad de expresi贸n y el pluralismo no se ven favorecidos por la existencia de cadenas privadas, sino todo lo contrario. La televisi贸n es un servicio p煤blico, con un enorme potencial educativo e informativo. No la pongamos al servicio de la codicia.
Joaquim Sempere es Profesor de Teor铆a Sociol贸gica y Sociolog铆a Medioambiental de la Universidad de Barcelona.
