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Parálisis, de Juan Gelman en Página 12
¿Washington en bancarrota? Es la palabra que utilizó el vicepresidente Joe Biden en una entrevista: “Actualmente, Washington está en bancarrota” (www.cbsnews.com, 17-2-10). ¿Estados Unidos inestable políticamente? Es lo que escuchó en bocas extranjeras, por primera vez en su vida, Thomas L. Friedman, tres veces premio Pulitzer de Periodismo, cuando cubría el Foro Económico de Davos (www.nytimes.com, 31-1-10). En el marco de ese barómetro económico global de primer nivel, un empresario norteamericano declaró a Friedman que todo el mundo le preguntaba sobre “la inestabilidad política en EE.UU., nos hemos convertido en algo impredecible para el mundo”.
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, no evita el tono melodramático cuando se refiere al tema: “Siempre supimos que el reinado de EE.UU. como la nación más grande del mundo llegaría eventualmente a su fin. Pero la mayoría de nosotros pensamos que nuestra caída, cuando se produjera, sería algo imponente y trágico. En cambio, lo que conseguimos, más que una tragedia, es una farsa mortífera (…) En vez de reencarnar el ocaso y la caída de Roma, estamos repitiendo la disolución de la Polonia del siglo XVIII”. Hay más voces en este coro.
Un artículo del semanario The Economist titulado “Estudio de una parálisis” (www.economist.com, 18-2-10) subraya que crece y crece la idea de que EE.UU. es “ingobernable”, en buena medida por la imposibilidad de Barack Obama de que se aprueben las leyes más importantes que ha propuesto. A un año de haber ganado las elecciones apoyado por una clara mayoría y de controlar tanto la Cámara de Representantes como el Senado, el presidente Obama no logra que se apruebe su meta prioritaria, la reforma del sistema de salud. Otras incertidumbres planean sobre temas importantes como la reducción del déficit presupuestario, la cuestión energética y la reforma financiera. Para los críticos, el sistema bipartidista facilita obstrucciones de la oposición republicana y el Congreso actual, en particular el Senado, son los grandes paralizadores.
Krugman recuerda un antecedente histórico: en los siglos XVII y XVIII, el Sejm o Parlamento polaco, integrado por nobles, debía ajustarse al principio de unanimidad para aprobar disposiciones. El desacuerdo de uno solo de sus miembros impedía la promulgación de una ley, imperaba la ingobernabilidad, Prusia, Austria y Rusia absorbieron a Polonia en 1795 y su “inexistencia” se prolongó un siglo todavía. El Nobel ilustra el caso estadounidense con un ejemplo menor: el nombramiento de Martha Johnson como directora de la administración de servicios generales, un cargo no político, pudo ser frenado durante nueve meses por el senador republicano Richard Shelby que, a cambio de aprobarlo, exigía que el gobierno financiara un proyecto edilicio en Kansas City. Esto, desde luego, jamás desembocaría en la disgregación de EE.UU.
Estas críticas, fundamentadas o exageradas, tienen un olorcillo electoral: aunque los comicios intermedios están lejos –se llevarán a cabo en noviembre próximo–, el triunfo de un republicano para ocupar la banca senatorial vacía por el fallecimiento del prominente demócrata Ted Kennedy, nada menos, elegido diez veces consecutivas y que ejerció su senaduría durante 47 años, alarmó al gobierno de Obama. Por otra parte, según las encuestas de varias empresas realizadas el mes pasado, los republicanos avanzan y podrían ganar en algunos lugares hasta por márgenes del 14 por ciento (www.pollster.com, febrero 2010). Las dificultades de la Casa Blanca no radican en su presunta incapacidad para gobernar. El tema es para quién gobierna.
Los ejecutivos de los grandes bancos, que Obama salvó de la bancarrota concediéndoles la inabarcable cantidad de 787 miles de millones de dólares de dinero público, están satisfechos: Wall Street va mejor y ellos se autopremian con bonos millonarios. En tanto, una encuesta de Gallup estima que cerca de 30 millones de estadounidenses, un 20 por ciento de la fuerza de trabajo, están desocupados o apenas se defienden con empleos de medio tiempo. Gallup interrogó a más de 20.000 adultos del 2 al 31 de enero y el 23 de febrero dio a conocer los resultados que, entre otras cosas, muestran que estos ciudadanos gastan en compras para el hogar un 36 por ciento menos que los otros, los que sí tienen trabajo. Varios millones ni eso podrán hacer cuando venzan sus seguros de desempleo.
La verdadera parálisis estadounidense radica en esta incongruencia. Se aduce que los grandes intereses dificultan los planes de Obama, pero lo cierto es que la industria farmacéutica, por ejemplo, apoya sin vacilaciones la reforma sanitaria: tendrá decenas de millones de nuevos consumidores. Y sin embargo…
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Anuncios, jactancias, silencios, de Juan Gelman en Página 12
Hay de todo últimamente en el reino del armamento nuclear. El presidente Obama acaba de dar vía libre a la construcción de dos reactores centrales, los primeros desde que un accidente la cesó en 1979. Su finalidad es pacífica: proporcionar un tipo de energía que no agrave y tal vez solucione el problema del calentamiento global. Irán se ufana de tener capacidad para elevar el enriquecimiento de su uranio del 4 al 20 por ciento y dice que lo hará también con fines pacíficos. A Washington le creen, a Teherán, no. Hillary Clinton ha declarado la intención estadounidense de imponer sanciones duras al régimen represivo que preside Mahmud Ahmadinejad. En tanto, por gracia y obra del Pentágono, varios países de Europa tienen un arsenal nuclear no declarado.
George Robinson, ex secretario general de la OTAN, confirmó que Turquía posee de 40 a 60 armas nucleares made in America en la base aérea militar de Incirlik (www.marketoracle.co.uk, 11-2-10). Nótese que esta base, construida por el cuerpo de ingenieros de EE.UU. a comienzos de la década del ’50, ha servido para los vuelos de espionaje de sus fuerzas aéreas sobre la ex URSS durante la Guerra Fría y, desde el 2001, es utilísima en las guerras de Irak y Afganistán. Podría serlo para atacar a Irán, a Siria, a Rusia, por qué no.
Cinco son las naciones europeas consideradas potencias nucleares: el Reino Unido, EE.UU., Francia, Rusia y China, estatuto que tornó oficial el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares que entró en vigor en 1970 (NPT, por sus siglas en inglés). Entre las no declaradas como Turquía, cabe sumarle otras: “Hay bombas nucleares almacenadas en bases de las fuerzas aéreas de Italia, Bélgica, Alemania y los Países Bajos, y los aviones de cada uno de esos países tienen la capacidad de arrojarlas” (www.times.com/com, 2-12-09). El NPT es el único tratado vinculante en la materia y lo firmaron 187 países. No hay otro acuerdo de desarme más ratificado, pero del dicho al hecho el trecho es bien largo en este caso.
Es dudoso que Irán esté en condiciones de enriquecer uranio hasta los umbrales de una bomba nuclear. Ninguno de los 16 servicios de espionaje estadounidenses lo estima posible por ahora. David Albright, presidente del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional (ISIS, por sus siglas en inglÉs), una institución privada que desde Washington rastrea el curso de la proliferación de este armamento, señaló que el número de centrifugadoras nucleares iraníes “es lo suficientemente bajo y los inspectores internacionales tendrían ‘muy serias dificultades’ para detectar las máquinas si Irán las oculta en lugares clandestinos” (www.nytimes.com, 9-2-10). No faltan datos nuevos y contrarios.
Irán padecería retrocesos notables en sus esfuerzos para enriquecer uranio, fallas del equipo y otras dificultades que “podrían socavar los planes iraníes de adelantar rápidamente su programa nuclear” (www.washingtopost.com, 11-2-10). Los informes del 2009 del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) muestran una caída de la producción en la planta principal de enriquecimiento de uranio cercana a Natanz, según el borrador de un estudio del propio David Albright: “Más de la mitad de sus 8700 centrifugadoras” estaban ociosas a fines del año pasado y el número de las que funcionan descendió de 5000 en mayo a poco más de 3900 en noviembre. Además, el producto de las que nominalmente funcionan fue apenas la mitad del esperado”. La voluntad política de Teherán no puede, solita, equiparar en pocos años el medio siglo de progreso tecnológico occidental.
Sucede, en cambio, que tiene confirmación la capacidad nuclear de los cinco países europeos mencionados que no la declaran. EE.UU. les ha proporcionado bombas termonucleares 480 B61 y, subraya el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC, por sus siglas en inglés), “la presencia continuada de estas armas enerva las relaciones con Rusia, debilita los esfuerzos globales para disuadir a otras naciones de que desarrollen armas nucleares, impide la evolución de la OTAN en consonancia con el fin de la guerra fría” (www.nrdc.org, febrero 2005). Tal cual: la nueva hipótesis de guerra de Moscú establece que su probable enemigo sería la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
El país con más abundancia de armamento atómico es Alemania, con tres bases de las que dos funcionan a pleno. No es oficialmente una potencia nuclear, pero produce cabezas nucleares para la marina francesa y podría haber almacenado hasta 150 bombas B61 estadounidenses. Lo cual no impedirá a Berlín apoyar todas las sanciones contra Teherán que Wa-shington proponga. Se sabe: el doble discurso y el ejercicio de los dos pesos y las dos medidas son prácticas universales.
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Altruismos, de Juan Gelman en Página 12
¿Quién dijo que el Fondo Monetario Internacional no es altruista, que impone más pobreza a los países pobres y les origina catástrofes económicas, que le importa más el capital que el género humano (entre otras cosas)? Pues no: acaba de dar una muestra cabal de su generosidad, su esplendidez, su largueza enviando a Haití “una ayuda de urgencia” de 114 millones de dólares. Como sucede algunas veces, conviene examinar el contenido de la palabra “ayuda” en este caso.
Se trata de un préstamo que el FMI ha decidido empezar a cobrar dentro de cinco años y medio sin que se acumulen intereses durante dicho período. Esto ya es magnanimidad. El señor Dominique StraussKahn, director general y presidente del consejo de la institución, señaló que de ese modo participa en el esfuerzo de reconstrucción del país asolado (www.imf.org, 27-1-10). Agregó que “ayudará a las autoridades (haitianas) a preparar y llevar a cabo un plan de reconstrucción y de recuperación económica a mediano plazo”. Cejas de muchos países se fruncieron: es el anuncio de un “plan de reforma estructural”, según la terminología en curso, que los castiga todavía.
El Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (Cadtm) calificó de escandalosa “esta nueva maniobra del FMI tendiente a relegitimar su acción en Haití” (www.cadtm.org, 30-1-10). Subrayó “la responsabilidad abrumadora” del Fondo, el Banco Mundial y otros organismos financieros en la violación de los derechos humanos, la liquidación de la autosuficiencia alimentaria del pueblo haitiano y el endeudamiento aplastante y progresivo del país. Esto último empezó hace mucho.
Haití nació endeudado: para reconocer la independencia lograda en 1804, Francia obligó al país recién nacido a pagar 90 millones de francos oro como indemnización por la pérdida de sus esclavos. El pago de esta deuda le llevó a Haití más de un siglo: empezó en 1825 y terminó en 1947. En el interín, EE.UU. lo ocupó militarmente (1910-1934) y saqueó el tesoro nacional. Los dictadores que apoyó después –François Duvalier y su hijo Jean-Claude, alias Bébé Doc– obtuvieron del Banco Mundial, el FMI y el BID un préstamo tras otro que emplearon sobre todo en financiar escuadrones de la muerte, los tonton macoute primero, los Leopardos después.
La conjunción militar-político-económica de EE.UU. y las instituciones financieras ejecutaron políticas nefastas para el pueblo haitiano. Por ejemplo, le cambiaron la alimentación, como señala el Cadtm. El dumping de productos estadounidenses subvencionados arrasó prácticamente con la producción local: “Víctima de esta competencia desleal, Haití se ha convertido en una cloaca de productos agrícolas, avícolas y piscícolas de baja calidad de EE.UU.”, observa el escritor Camille Loty Malebranche (www.michelcollon.info:80, 14-1-2010). Lo sucedido con el ganado porcino local es paradigmático.
Haití contaba con 1.300.000 cabezas de cerdo negro, una variedad local vigorosa que se alimentaba de desechos y gusanos. Se alimentaba: aprovechando un brote de fiebre porcina que estalló en la República Dominicana en 1978 y la aparición de algunos –pocos– casos en Haití, EE.UU. blandió el fantasma de una amenaza inminente de contagio y logró, vía el BID, que el Bebé Doc liquidara todo ese ganado. Miles de familias se quedaron sin un recurso fácil de mantener. Se beneficiaron las empresas estadounidenses que vendieron cerdos demandantes de dieta y cuidados especiales. No fue el único golpe propinado a la producción agrícola haitiana: el FMI y el BID lograron que Bébé redujera del 30 al 10 por ciento los aranceles impuestos a la importación de arroz. El subsidiado de EE.UU. inundó la plaza provocando la migración a Puerto Príncipe de numerosos campesinos. En 1970 el país era autosuficiente en la materia.
El presidente Jean-Baptiste Aristide fue nuevamente derrocado el 29 de febrero del 2004 por no cumplir la imposición del FMI de privatizar bancos, la empresa cementera y la telefónica. El método fue simple: el FMI y el Banco Mundial instauraron un bloqueo de la “ayuda” que estaba en perfecta consonancia con el deseo del gobierno de W. Bush. Recuerda el Cadtm que el economista Jeffrey Sachs, ex asesor de los dos organismos, manifestó al respecto: “Los dirigentes estadounidenses estaban perfectamente conscientes de que el embargo de la ayuda provocaría una crisis de la balanza de pagos, el incremento abrupto de la inflación y el derrumbe del nivel de vida, lo que a su vez azuzaría la rebelión (contra Aristide)”. Un grupo paramilitar invadió Haití y se conoce el resto: prácticamente raptado por fuerzas estadounidenses, Aristide fue sacado de Haití y sólo fue repuesto a condición de cumplir el “plan de reforma estructural” del FMI, siempre espléndido, siempre generoso.
Congelamientos, de Juan Gelman en Página 12
El 1º de febrero se conocerá con exactitud qué gastos del presupuesto de EE.UU. congelará el presidente Obama durante tres años. Lo anunció en su primer mensaje a la Unión del miércoles pasado (www.nytimes.com, 27-1-10) y el Pentágono y el organismo de seguridad nacional se salvarán del hielo. El monto del ahorro en materia de servicios y de expensas burocráticas que no atañen a la “guerra antiterrorista” podría elevarse a 250 mil millones de dólares en el trienio (//edition cnn.com, 26-1-10). Lástima que BO pedirá 708 mil millones de dólares para continuar las guerras en el solo año fiscal de 2011 (AP, 13-1-10), una suma que ni W. Bush superó con esos fines. Multiplíquesela por tres. Por ahora.
El mensaje presidencial abordó la situación económica imperante en el país del Norte y prometió medidas que contrarrestarían la creciente tasa de desempleo que afecta a los estadounidenses. Fue, sin embargo, omiso o parco en lo que hace a la política exterior. Obama reiteró el compromiso de retirar las tropas de Irak antes de septiembre de este año, pero no mencionó que el día anterior a su mensaje había informado al Congreso que hasta 50.000 efectivos podrían permanecer allí por tiempo indefinido y participando en operaciones de combate (AP, 26-1-10). Tampoco recordó que, en verdad, estos militares no están regresando a sus hogares: son enviados a Afganistán.
Item más, como escribía Hernán Cortés: el mandatario reconoció en entrevista concedida al semanario Time que habían fracasado sus intentos de terminar con el punto muerto en las relaciones Israel/Palestina. Dicho de otra manera, no logró persuadir al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu de que cesara su política de construir aún más asentamientos en territorio palestino ocupado (www.theguardian.co.uk, 22-1-10). Notable. Israel es uno de los países del planeta que más se benefician de la ayuda militar –y otras– de EE.UU., fue el segundo detrás de Irak en el 2004, y en el 2007 W. Bush la incrementó en más del 25 por ciento. Actualmente el gobierno de Tel Aviv recibe armamentos –y avanzados– por valor de 3000 millones de dólares anuales. La Casa Blanca tiene medios –que no emplea–- para convencer a su mejor amigo en Medio Oriente, pero Obama no mencionó el tema en su mensaje.
Otra casi ausencia fue Afganistán: el presidente le dedicó apenas menos de 100 palabras de las más de siete mil del texto, aunque es el centro de su política militar y resolvió enviar otros 30.000 soldados. Cantidad aparte, la calidad de esas palabras no es muy convincente. “En Afganistán –dijo–- estamos aumentando nuestras tropas y entrenando a las fuerzas de seguridad afganas para que tomen el mando en julio de 2011 y nuestra tropas puedan comenzar a volver a casa.” Los mandos militares dudan de que sea posible: hubo más de 300 bajas estadounidenses en el 2009, cifra nunca registrada antes en los ocho años de ocupación y guerra.
Washington propuso a algunos aliados crear una Fundación para la Paz y la Reintegración que permitiría invertir de 500 a 1000 millones de dólares en los próximos cinco años para comprar talibán rasos y cuadros medios con dinero en efectivo y promesas de empleo y de cargos en el gobierno de Karzai (www.thenational.ae, 26-1-10). Al parecer, la Casa Blanca tampoco confía plenamente en un triunfo por las armas. Está por verse el éxito de esta táctica monetaria: la dirigencia taliban denunció que era “una trampa” para dividir sus fuerzas (www.thenews.com, 29-1-10). En efecto.
Se dice que Obama careció por completo de un buen asesoramiento al diseñar la estrategia para Afganistán. Quién sabe. El teniente general (R) Karl W. Eikenberry, actual embajador de EE.UU. en el país centroasiático, sirvió dos veces en el terreno –la primera, encargado de reconstruir las fuerzas de seguridad afganas; la segunda, en calidad de comandante en jefe de todas las tropas invasoras estadounidenses– y supo advertir a Obama en un cable que le envió el 6 de noviembre pasado: el aumento de tropas “entrañará más gastos y obligará a EE.UU. a un desempeño militar a largo plazo y en gran escala… Nosotros sobreestimamos la capacidad de las fuerzas armadas afganas de hacerse cargo hacia el 2013 y subestimamos el tiempo que nos llevará instaurar o establecer un gobierno civil” (www.nytimes.com, 26-1-10). No fue escuchado.
Una manifiesta omisión del mensaje de Obama: la prisión de Guantánamo y su incumplida promesa de cerrarla en el primer año de su mandato. Otra: Yemen, a pesar de que lo incluyó en los frentes de batalla contra el terrorismo y que ya combaten allí comandos especiales estadounidenses. Y un alarde: se jactó de que en 2009 habían sido muertos y capturados más miembros de Al Qaida que en 2008. Imposible verificarlo. Se sabe, sí, que abundan las víctimas civiles de afganos y paquistaníes. Esa matanza tampoco se congela.
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Viejos rencores, de Juan Gelman en Página 12
No hay palabras para abarcar la espantosa tragedia que vive el pueblo haitiano. Algunos predicadores evangelistas estadounidenses creen que sí. El muy radiotelevisivo Pat Robertson es uno de ellos. Atribuyó la catástrofe “a algo que sucedió en Haití hace mucho tiempo, de lo que la gente tal vez no quiere hablar”: “un pacto con el diablo” (//edition.com.cnn, 13-1-10). Impertérrito, Paterson recordó que bajo la férula francesa “ya saben, Napoleón III y demás, los haitianos se reunieron y cerraron un pacto con el Diablo. Dijeron: ‘Te serviremos si nos liberas de los franceses’. Pasó de verdad. Y el Diablo dijo ‘OK, trato hecho’”. No es fácil pensar al Diablo diciendo OK y el predicador se equivocó de Napoleón. En fin, lo imaginativo no quita lo ignorante.
El pastor baptista de la parroquia Buena Park, Wiley Drake, que el año pasado aconsejó rezar por la muerte de Barack Obama, acompañó los dichos de Paterson aunque con más cautela. No sabía si Dios trajo ese terremoto o no, pero aseveró que “las desgracias del país, su extrema pobreza, la turbulencia política constante y la frecuencia de los desastres naturales podrían ser la consecuencia del pacto con Satán” (//totalbuz zofreedomblogging.com, 18-1-10). Hubo pacto, entonces. Los esclavos de Haití comenzaron su rebelión contra el dominio francés en 1791 alentados por el grito de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” y por los vientos que llegaban del Norte con la revolución de las colonias británicas. De estas paradojas se alimenta la Historia.
Napoleón, el primero, el único, intentó aplastar un alzamiento provocado por la explotación extrema de miles de aborígenes africanos que, sometidos a un régimen brutal y obligados a servir tres años en una milicia dedicada a ejecutar a los prófugos, producían hacia el 1700 casi la mitad del café y del azúcar que consumía Occidente. Eran mano de obra esclava hasta el fin de sus días. Desde 1787 llegaban cada año más de 40.000 oriundos del Africa subsahariana y maduró la rebelión a un costo humano no calculado todavía.
El emperador fue derrotado dos veces por las tropas rebeldes comandadas por el general autodidacto Toussaint Louverture y la rebelión culminó en 1804 con la Declaración de la Independencia de Haití, la segunda en el continente americano y la primera en la Historia de esclavos que abolieron la esclavitud. Las afirmaciones de Paterson y Drake parecen un remedo tragicómico de las relaciones entre Napoleón y Thomas Jefferson, el tercer presidente de EE.UU.
La rebelión negra en Haití despertó las simpatías del American Federalist Party y de uno de sus principales arquitectos, Alexander Hamilton. Pero no todos los Padres Fundadores acompañaban ese sentimiento: Thomas Jefferson era dueño de tierras cultivadas por 180 esclavos, de las que nació su poder económico y político, y temía que cundiera el ejemplo haitiano. Apenas asumió la presidencia en 1801 fue secretamente sondeado por emisarios de Napoleón, quienes le pidieron que avituallara a las tropas francesas que navegaban hacia Santo Domingo para aplastar la rebelión negra.
Jefferson tenía el mismo deseo y abasteció a la flota del emperador y a sus hombres, aunque se mantuvo neutral porque tuvo indicios de que el plan de Napoleón no terminaba allí: pretendía establecer una prolongación del imperio francés en territorio estadounidense con centro en Nueva Orleans y colonizar la vasta región al oeste del Mississippi en su poder. Los reveses napoleónicos terminaron con el proyecto: Francia se retiró de Haití y vendió a EE.UU. Nueva Orleans y la Luisiana. Jefferson nunca reconoció un hecho que el catedrático John Chester Miller, de la Universidad de Stanford, subraya: “Con su larga y dura lucha, los negros de Santo Domingo coadyuvaron a que EE.UU. pudiera duplicar con creces su superficie” (The Wolf by the Ears: Thomas Jefferson and Slavery, University of Virginia Press, 1991).
El presidente Obama, al anunciar el envío de asistencia realmente masiva a Haití, incluidos 100 millones de dólares y 10.000 efectivos para garantizar la seguridad, señaló “una larga historia vincula a nuestros dos países”. No precisó en qué consistía: más que estar con Haití, EE.UU. estuvo en Haití, la ocupó militarmente de 1915 a 1934 agravando su miseria. También se ocupó de Haití. En el 2004, el presidente haitiano Jean-Baptiste Aristide fue derrocado por paramilitares que ingresaron a Haití desde Santo Domingo. Una docena de sus jefes habían sido entrenados durante años por las Fuerzas Especiales estadounidenses basadas en Ecuador (www.nydailynews, 24-2-04). Y luego: un alto funcionario de la embajada de EE.UU. visitó a Aristide para asegurarle que lo iban a matar, que era mejor que se fuera “para evitar un derramamiento de sangre”, al mismo tiempo que la Casa Blanca emitía una declaración culpándolo de contribuir “a la honda polarización y a la violencia imperantes” porque “no había observado los principios democráticos” (www.america.gov, 28-2-09). Al día siguiente, el mandatario depuesto abandonaba Port-au-Prince escoltado por militares norteamericanos. Parece que Aristide, ex sacerdote católico, no había pactado con el Diablo.
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El Dr. Gripe, de Juan Gelman en Página 12
Es el apodo del profesor Albert Osterhaus, celebradísimo y respetadísimo especialista en virología que cuenta entre sus logros científicos la detección –entre otros– del virus de la gripe aviar y últimamente el de la gripe H1N1 o gripe A. Ha alertado infatigablemente acerca de los peligros de la última y su equipo hasta preparó a esos efectos un videojuego en el que se recuerda la pavorosa “gripe española” que segó la vida de 40 millones de personas en 1918. Consejero eminente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), habría contribuido a que el organismo de las Naciones Unidas estableciera que el virus H1N1 había desatado una pandemia con la consiguiente ola de temor que recorrió el planeta. El prestigio del Dr. Gripe padece hoy una declinación abrupta: se lo investigó por corrupción.
La cámara baja neerlandesa, sospechando un grueso conflicto de intereses y/o una posible malversación, creó un comité parlamentario para indagar un hecho inquietante: alimentadas por empresas farmacéuticas, las cuentas bancarias del profesor Osterhaus habrían engordado a la vez que la OMS incrementaba la cota de peligro del virus H1N1 hasta instalarlo en el nivel 6 de “urgencia pandémica” (www.theflucase.com, 3-12-2009). El semanario científico británico Science señaló sobre el tema: “En los últimos seis meses, rara vez se encendía un televisor en los Países Bajos sin ver al afamado cazador de virus Albert Osterhaus hablando de la pandemia de gripe A. O así lo parecía. Osterhaus dirige un laboratorio de virología renombrado internacionalmente en el Centro Médico Erasmus (sito en Rotterdam). Pero la semana pasada su reputación cayó en picada cuando se adujo que estaba azuzando el temor a una pandemia para promover sus propios intereses comerciales en el desarrollo de vacunas” (www.sciencemag.org, 16-10-09). Según The Market Oracle, informativo diario online sobre cuestiones financieras, el Dr. Gripe “es el nexo de una red internacional que se conoce como ‘la Mafia farmacéutica’” (www.marketora cle.co.uk, 8-12-09).
El cuerpo parlamentario de los Países Bajos rechazó finalmente la moción de romper todo vínculo con el virólogo, aunque anunció una ley que obligará a los científicos neerlandeses a revelar sus vínculos financieros con empresas privadas. Pero una investigación del reconocido periodista, historiador y analista de cuestiones económicas F. William Engdahl llega a la conclusión de que el Dr. Gripe “pudiera ser el eje de una estafa de varios miles de millones de dólares montada alrededor del peligro de una pandemia. Se trataría de un fraudulento sistema por el que vacunas no sometidas a los necesarios procesos de ensayo estarían siendo utilizadas en seres humanos, lo cual conlleva el riesgo –que ya se ha observado– de provocar serias secuelas, como parálisis graves e incluso la muerte” (www.voltaire net.org). Casi nada.
Engdahl señala que el Dr. Gripe preside el Grupo Europeo de Trabajo Científico sobre la Gripe (ESWI, por sus siglas en inglés) que asesora a la OMS y que “está enteramente financiado por los mismos laboratorios farmacéuticos que ganan miles de millones gracias a la urgencia pandémica, mientras que los anuncios que hizo la OMS obligan a los gobiernos del mundo entero a comprar y almacenar vacunas. El ESWI recibe financiamientos procedentes de los fabricantes y distribuidores de vacunas contra el H1N1, como Baxter Vaccins, Mediummune, GlaxoSmithKline, Sanofi Pasteur y otros, entre los que se encuentran Novartis, que produce la vacuna, y el distribuidor de Tamiflu, Hoffman-La Roche”. Los grandes, pues. El ESWI insistía en que la gripe A podía convertirse en una pandemia tan feroz como la causada por la gripe española y Engdahl recoge una estimación del banco JP Morgan: gracias a la alerta de pandemia declarada por la OMS, los grandes industriales farmacéuticos podían acumular entre 7500 millones y 10.000 millones de dólares de ganancias.
¿Y el papel de la OMS en todo esto? El número de muertos que el virus H1N1 produjo no alcanza el nivel de una pandemia y Engdahl cita las declaraciones que el epistemólogo Tom Jefferson formuló en una entrevista concedida a Der Spiegel (21-7-09). La OMS dio a conocer en abril del 2009 una nueva definición de “pandemia” de la que habían desaparecido conceptos anteriores: “La vieja definición –indicó Jefferson– remitía a un virus nuevo, de rápida propagación para el que no existe inmunidad y que provoca una alta tasa de enfermos y de muertes. Hoy estos dos últimos parámetros sobre las tasas de infección han sido suprimidos y fue así cómo la gripe A entró en la categoría de las pandemias”.
Engdahl propone una explicación del oportuno corte: en virtud de las alianzas entre sectores públicos y privados que la OMS ha alentado en la última década, el organismo recibe de las empresas privadas, además de los fondos proporcionados por los gobiernos de los países miembros de la ONU, “cerca del doble del presupuesto que habitualmente le destina la ONU, en forma de becas y de ayudas financieras. Esos fondos proceden de los mismos fabricantes de vacunas que se benefician con decisiones oficiales como la adoptada en junio de 2009 sobre la urgencia endémica del virus H1N1”. Si así fuere, la OMS habría ayudado al Dr. Gripe a mantener en vilo al mundo entero para las ganancias multimillonarias de unos pocos.
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¿Fallas o estrategias?, de Juan Gelman en Página 12
El presidente Obama salió enérgico de la reunión que el martes pasado mantuvo con su secretaria de Estado Hillary Clinton, el jefe del Pentágono Robert Gates y una decena de altos funcionarios de los organismos de inteligencia estadounidenses. “La seguridad del país falló de forma potencialmente desastrosa”, espetó, y culpó a los servicios de espionaje de no haber realizado un análisis correcto de datos en su poder que hubiera impedido al nigeriano Umar Faruk Abdulmutallab abordar un avión con una bomba guardadita en sus pantalones. Pero quién sabe si la cuestión radica en tales falencias o habita en otro lugar.
Datos había, sí. Por empezar, el servicio secreto británico tenía al fallido terrorista bajo vigilancia desde que era estudiante de University College London en razón de su “involucramiento político con redes extremistas” (www.guardian.co.uk, 3-1-10). Según el Sunday Times, el M15 no compartió la información con sus pares norteamericanos (www.timeesonline.co.uk, 3-1-10). Difícil y aun improbable, pero sirve para alimentar el argumento oficial acerca de los defectos presuntos o reales del FBI y demás instituciones cofrades. Que, de paso, justifica las nuevas medidas de revisión impuestas a quienes viajan a y desde EE.UU.
La afirmación del muy británico Times es a todas luces espuria: la inteligencia estadounidense tenía elementos suficientes sobre el atentado en preparación. A principios de agosto de 2009 la CIA contaba ya con información sobre “una persona apodada ‘El Nigeriano’ sospechosa de reunirse con elementos terroristas en Yemen” (www.cbs.news.com, 29-12-09). Hubo más.
El Dr. Alhaji Umaru Mutallab, ex ministro de Desarrollo Económico de Nigeria, banquero y uno de los hombres más ricos de Africa, pero sobre todo padre del novato terrorista, se reunió en la sede de la embajada norteamericana en Abuja con agentes de la CIA, el FBI y funcionarios del Departamento de Estado para mostrarles los mensajes de texto del celular de su hijo. “Es una amenaza para la seguridad” de EE.UU., aseveró (www.nytimes.com, 31-12-09). Este encuentro tuvo lugar el 18 de noviembre, cinco semanas antes de la Navidad que Abdulmutallab intentó manchar de sangre. Pero lo importante es que a esta reunión de inmediato siguió otra entre servicios. Aparentemente, no tomaron en serio la denuncia paternal.
Aparentemente. El caso tiene similitudes notables con lo ocurrido el 11/9: el FBI estaba perfectamente enterado de que Mohamed Atta y otros perpetradores del brutal atentado contra las Torres Gemelas seguían cursos de aviación en el territorio mismo de EE.UU. ¿También en esta ocasión fallaron los servicios de inteligencia o esa información se bloqueó en alguna parte? Diversas investigaciones indican que el gobierno W. Bush sabía de los preparativos del ataque y lo dejó venir. Sus fines fueron claros: la invasión y ocupación de Irak. Es que el terrorismo islamista “no se puede entender sin tomar en cuenta la medida en que sus redes son utilizadas por los servicios de inteligencia militar de Occidente para controlar los recursos energéticos estratégicos y contrarrestar a sus rivales geopolíticos” (www.newint-org, octubre 2009).
Llegó el turno de Yemen, por lo visto. Joe Lieberman, presidente de la Comisión de Seguridad Interior del Senado de EE.UU., lo anunció rápido y sin ambages: “Irak es la guerra de ayer, Afganistán la de hoy y Yemen la de mañana si no se lleva a cabo una acción preventiva” (www.foxnews.co, 227-12-09). El vocero demócrata de los “halcones-gallina” de Washington es un sofista: finalmente, las “acciones preventivas” son nomás la guerra.
En el mundo hay siete puntos de control estratégico del tráfico naviero de petróleo, y el estrecho de Bab el Mandeb que separa a la Península Arábiga de Africa, y a Yemen de Eritrea y Djibuti, es uno de ellos. El cierre de este estrecho “podría impedir que los buques tanques procedentes del Golfo Pérsico llegaran al oleoducto de Suez/Sumed”, alertó el Departamento de Energía estadounidense (www.eia.doe.gov, enero 2008). Unos 3,3 millones de barriles de petróleo pasaban cada día del año 2006 por Bab el Mandeb con destino a Europa, EE.UU. y Asia. La militarización de las aguas del estrecho sumaría otro eslabón a la estrategia de dominación del comercio mundial de oro negro.
El acto de El Nigeriano prologa una intensificación de la intervención militar de la Casa Blanca en la región. Obama no tuvo empacho en declararlo: “Hemos establecido una misión clara y factible: interrumpir, desmantelar y derrotar a Al Qaida y a sus aliados extremistas (…) y por eso forjamos nuevos entendimientos, como en Yemen, y ejercemos una severa presión sobre estos extremistas allí donde complotan y se entrenan, de Asia del Este al Sudeste asiático, de Europa al Golfo Pérsico” (The Wall Street Journal, 2-1-10). La “guerra antiterrorista” da para todo.
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Regalitos de Navidad, de Juan Gelman en Página 12
Y qué regalitos. La Casa Blanca los ofreció a Fannie y Freddie el día de la Nochebuena del año que acaba de terminar. F. y F. no protagonizan una película de Ingmar Bergman: son dos gigantes financieros del mundo hipotecario que Obama decidió salvar de la bancarrota en el 2008. Ahora les aumentó el crédito que les otorgó y otorga el Tesoro estadounidense. Se comprende: antes tenían un techo de sendos 400.000 millones de dólares apenas. Ya no: crédito sin límites en adelante.
Por Fannie Mac se conoce familiarmente a la Asociación Nacional Federal Hipotecaria, una megacompañía que se ocupa de comprar y asegurar hipotecas y que embolsó fortunas incalculables durante la burbuja desencadenadora de la crisis. Freddie Mac es el apodo cariñoso de la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios que lleva en el nombre su propósito. Entre las dos eran, o son, dueñas o garantía de la mitad del mercado hipotecario de EE.UU., valuado en 12 billones de dólares. Algo es algo.
El presente del gobierno repercutió inmediatamente en la Bolsa: las acciones de Fannie subieron un 19 por ciento y las de Freddie, el 21 por ciento (www.bloomberg.com, 26/12/09). Hablando de acciones: las de Fannie aumentaron un 66 por ciento este año, las de Freddie más del doble. Pareciera que la crisis no golpea a todo el mundo. El Tesoro fue todavía más pródigo con la pareja: anunció que sus principales ejecutivos recibirán en el 2010 bonificaciones de 4 a 6 millones de dólares cada uno. No es mucho, en realidad, si se toma en cuenta lo que solían percibir.
El sector financiero norteamericano provocó la crisis más grave desde la Gran Depresión, pero gracias al poder político ha vuelto a la vida. Y está más vivo que nunca: Absorbió el 34 por ciento de todos los beneficios empresariales en el último trimestre del 2009 (www.guardian.con.uk, 28/12/09). Con el desequilibrio económico actual de fondo, Goldman Sachs, el banco de Wall Street que acopia vituperios en todos los rincones del planeta, repartió bonos navideños por valor de 13.000 millones de dólares entre su personal. El Financial Times designó “hombre del año” a Lloyd Blankfein, presidente de la entidad financiera (www.ft.com, 24/12/09). Claro que sí: Blankfein supo decir “Estamos haciendo (los banqueros) el trabajo de Dios” (www.timesonline.co.uk, 8/11/09).
Un trabajo nada abarcador: 463.000 asalariados perdieron su empleo en noviembre del 2009, según datos de la Oficina de Estadísticas del Trabajo de EE.UU. (www.bls.gov, 4/12/09). El número de desocupados durante un largo período (27 semanas o más) aumentó de 293.000 en diciembre del 2007 –el inicio de la crisis– a 5,9 millones. La cifra total de desempleados transitó de 7,5 millones a 15,4 millones en ese mismo lapso. Es decir, se duplicó en dos años. Goldman Sachs no hace con ellos el trabajo de Dios.
El desastre tampoco se reparte con equidad: su peso mayor recae en los afroamericanos y en los inmigrados de América latina. La tasa de desocupación de los primeros asciende al 15,6 por ciento y al 12,7 por ciento la de los últimos. Es del 9,3 por ciento la de los trabajadores blancos. Esto causa inquietud en la bancada de legisladores afroamericanos del Congreso. La representante Barbara Lee, presidenta del grupo que aglutina a unos cuarenta miembros de la Cámara baja, emitió en nombre de éstos una severa declaración: “Con más del 24 por ciento de afroamericanos bajo la línea de la pobreza, parte de una población que tiene un 55 por ciento más de probabilidades de perder el empleo que los demás estadounidenses, es innegable la existencia de desigualdades raciales” (www.politico.com, 8/12/09). Hechos son.
Demuestran, además, que la guerra no es la solución de los graves problemas económicos que aquejan a EE.UU. y al mundo, concepción que ningún economista serio sostiene ya. En The Three Trillion Dollar War: the True Cost of the Iraq Conflict (Penguin Books, Londres, 2008), el Nobel Joseph Stiglitz y la experta en finanzas Linda Bilmes subrayan que el dinero que la Casa Blanca gasta en Irak no estimula la economía norteamericana del mismo modo que si se invirtiera en EE.UU. Los coautores ejemplifican: los mil dólares destinados a pagar los servicios de un trabajador nepalés en el país invadido no acrecientan el ingreso de los estadounidenses. En cambio, los mismos mil dólares utilizados para costear la investigación científica en casa fortalecen directamente la economía del país.
El envío de otros 30.000 efectivos a Afganistán, la intervención militar en Pakistán y la guerra en Yemen que se avecina (ver Página/12, 27/12/9) ennegrecen aún más el panorama. Es una cortesía de los grandes consorcios petroleros y del complejo militar-industrial que tanto preocupó al general Eisenhower.
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Yemen, de Juan Gelman en Página 12
Forma parte ya de la lista de países –Mali, Pakistán, Somalia, Uganda y otros– en los que el Pentágono y la Casa Blanca desarrollan esa clase de guerra no declarada que abunda en los llamados “daños colaterales”. En este caso, con la participación de Arabia Saudita, su aliado más sólido en la región. Los bombardeos de cazas estadounidenses y de la fuerza aérea saudí son tan constantes como los argumentos falaces que los “justifican” y, sobre todo, como la muerte de civiles yemeníes.
El general David Petraeus, jefe del comando central a cargo de las guerras de Irak, Afganistán y Pakistán, declaró que “EE.UU. apoya la seguridad de Yemen en el contexto de la cooperación militar que proporciona a sus aliados en la región” (www.yemenpost.net, 13-12-09). El mismo día de esas declaraciones, el diario Yemen Post dio a conocer fotografías de los cazas norteamericanos que bombardeaban la provincia de Sa’ada, al norte de Yemen, en una de las veinte incursiones que llevaron a cabo esa jornada. Su objetivo: liquidar a todos los guerrilleros houtis posibles. El resultado: decena de bajas civiles.
Los pretextos, como siempre, son Irán y Al Qaida. Los rebeldes houtis forman parte de la minoría chiíta del país, un tercio de la población, y se han alzado en armas contra un gobierno autoritario que los discrimina y reprime. Se los acusa de recibir armamento del gobierno de Teherán, pero su chiísmo Zaydi es una versión muy diferente del iraní. Hasta altos funcionarios estadounidenses admiten que no hay evidencias de que Irán los alimente. El Pentágono, a su vez, arguye que bombardea reductos de Al Qaida y, de nuevo, estos insurgentes no sólo no tienen vínculos con las redes de Bin Laden: son posibles blancos de sus atentados.
El Departamento de Estado negó que EE.UU. interviniera en Yemen (www.upi.com, 16-12-09) al día siguiente de que bombardeara repetidamente el norte del país. La Casa Blanca se retractó 24 horas después: Barack Obama había ordenado la ejecución de múltiples ataques con misiles a varios puntos de Yemen en coordinación con el eterno presidente Ali Abdalá Saleh. Realizada la acción, el mandatario estadounidense llamó por teléfono a su colega yemení para felicitarlo por el “éxito” de los bombardeos, que dejaron un saldo de 120 muertos, civiles en su mayoría, mujeres y niños incluidos (www.dailystar.com.ib, 17-12-09). Pese a este anuncio, el mariscal Saleh desmintió la intervención de EE.UU. en la matanza.
Es su costumbre. A pesar de informaciones oficiales de las autoridades de Riad, rebatió a un vocero de los houtis que denunció los ataques lanzados por el ejército saudí el domingo último contra los habitantes de Al Nadheer, un poblado de la provincia norteña de Saada, limítrofe de Arabia Saudita: 54 civiles muertos y numerosos heridos (AP, 20-12-09). Saleh lanzó en agosto pasado un ofensiva contra los rebeldes del Norte con la evidente colaboración de Washington y Riad. Pero los sureños también sufren estas acciones militares.
El gobierno yemení realizó una operación contra un presunto campamento de Al Qaida ubicado en la aldea de Al Maajala, a unos 480 km al sureste de Sana, la capital, que segó la vida de 64 civiles, 23 niños y 17 mujeres entre ellos. Esto provocó una desusada reacción popular: miles de manifestantes se derramaron por las calles de varias provincias exigiendo que se investigue lo acontecido. Miembros del Movimiento del Sur, un frente secesionista pacífico, subrayaron que el objetivo del ataque no era Al Qaida, sino los sureños que sueñan con restaurar lo que hasta 1990 era la República Democrática de Yemen, independiente del norte (www.thenational.ae, 20-12-09). Es un deseo compartido por muchos habitantes de la zona.
Cabe preguntarse el porqué del interés de EE.UU. por el país más pobre de la región: forma parte de la estrategia destinada a extender el conflicto de Afganistán a zonas concéntricas más amplias de Asia central y del sur, el Cáucaso y el Golfo Pérsico, el sudeste asiático y el golfo de Aden, el Cuerno de Africa y la península arábiga (//rickrozoff.word press.com, 15-12-09). La sedicente guerra mundial contra el terrorismo de W. Bush cambió de nombre con Obama: ahora se llama “operaciones de contingencias en ultramar”. Pero los dos productos tienen el mismo olor. A petróleo.
Hay un aspecto convergente y nada despreciable. El papel que Arabia Saudita y las monarquías afines del Golfo Pérsico desempeñan en la “nueva estrategia” de Obama los llevará a invertir en la compra de equipos militares estadounidenses la friolera de 20.000 millones de dólares en los próximos diez años (UPI, 25-8-09). Yemen no participa en el gasto, pero sí en la conjura. Y pensar que alguna vez lo gobernó la reina de Saba, que muchos siglos después se reencarnó en Gina Lollobrigida, dirigida por King Vidor en una película de la que Tyrone Power no alcanzó a ser su amado rey Salomón.
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El tuerto es rey, de Juan Gelman en Página 12
Los estadounidenses estiman que su país está jugando un papel menos importante que antes en el planeta: tal es el resultado de una encuesta que el Pew Research Center for the People & the Press de Nueva York llevó a cabo en noviembre y dio a conocer este mes, titulada “El lugar que ocupa EE.UU. en el mundo” (//people-press.org/re port/569). El 45 por ciento de los interrogados que hace una década pensaba que ese lugar era el más importante se redujo al 25 por ciento y los que creían lo contrario pasaron del 28 al 41 por ciento.
Hay más: el 49 por ciento –“la proporción más elevada en casi medio siglo de encuestas”– opina hoy que “EE.UU. debería ocuparse de sus propios asuntos en el plano internacional y dejar que los demás países se ocupen de los suyos del mejor modo que puedan”. Y luego: un aplastante 78 por ciento de los 2000 estadounidenses encuestados coincidió en que EE.UU. debería “concentrarse más en nuestros propios problemas nacionales y construir nuestra fuerza y prosperidad en casa”, contra el 14 por ciento que se inclinó por la propuesta de que “EE.UU. debe pensar en términos internacionales”. Cualquier relación con las guerras de Irak y Afganistán, más otras que asoman, no es producto de la casualidad.
Otra sorpresa: el 44 por ciento entiende que China goza de la economía más potente del mundo, contra el 30 en el 2008, y un 41 por ciento considera que EE.UU. ha pasado a un segundo plano en la materia, contra el 27 el año pasado. Pero lo más saliente de la investigación del Pew es que llevó una encuesta paralela con las mismas preguntas entre 642 miembros del Council of Foreign Relations (CFR) de Washington, un think-tank o más bien un braintrust que financian 200 multinacionales, agrupa a 4200 ex funcionarios de alto nivel y otras personalidades políticas, edita la prestigiosa revista Foreign Affairs (125.000 ejemplares) y baja línea sobre la política exterior de EE.UU. El CFR no es un vocero del establishment, es el establishment.
Las dos indagaciones revelan que entre el ciudadano estadounidense corriente y los elitistas del CFR hay brechas notorias en casi todas las cuestiones importantes, por ejemplo, el incremento de tropas en Afganistán decidido por Obama: el 50 por ciento de los últimos lo apoya, contra apenas un 32 por ciento de los primeros. Un 40 por ciento de los ciudadanos se pronuncia por la disminución de los efectivos que combaten en Afganistán, contra el 24 de los interrogados del CFR. A la pregunta de si EE.UU. debe desempeñar un papel mundial “más agresivo”, sólo el 19 por ciento de los primeros responde por la afirmativa, acompañados por el 62 por ciento de los últimos. No es difícil entrever el pensamiento del CFR.
Un caso interesante es cómo los unos y los otros perciben a Israel y su conflicto con los palestinos. El 51 por ciento del público general se pronuncia en favor de Israel, postura con la que sólo coincide el 26 de los sondeados del CFR. El 30 por ciento del primero juzga que la Casa Blanca apoya demasiado a Israel, coincidiendo con el 67 de los últimos que, además, evalúan que el Estado sionista no es prioritario para Washington. En la lista de países que serán en el futuro “los aliados y socios más importantes de EE.UU.” sólo el 4 por ciento de los interrogados del CFR incluyó a Israel, muy lejos de China (58 por ciento), la India (55), Brasil (37), la Unión Europea (19), Rusia (17), Japón (16), el Reino Unido, Canadá, Indonesia Australia y otros. Cuando se preguntó a los de la elite cuáles serán los menos importantes, clasificaron a Israel en el puesto 23 detrás de Canadá, entre otros, y de Turquía, Egipto y Arabia Saudita en la región del Medio Oriente.
Se desprende de estos datos que la opinión pública se atiene a la información de los grandes medios, muy aplaudidores de las políticas de Tel Aviv gracias a la excelente labor del activo lobby estadounidense pro–israelí. No se trata, desde luego, solamente del trabajo del Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (Aipac, por sus siglas en inglés).
Una investigación de The New York Times reveló que, detrás de los “analistas militares” que aparecen en distintos canales de televisión y estaciones de radio para convencer a la audiencia de la necesidad y la eficacia de la política bélica de la Casa Blanca, se encuentra un aparato del Pentágono creado por W. Bush en el 2005 que sigue en acción (www.nytimes.com, 20-4-08). “La mayoría de estos analistas tiene vínculos con contratistas inmersos en las políticas de guerra y se les pide que las avalen en el aire.” Mandos militares y funcionarios de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Departamento de Justicia los preparan en reuniones ad hoc. Lógico: la Historia enseña que los caballos de Troya deben estar bien hechos.
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Explicaciones repetidas, de Juan Gelman en Página 12
Barack Obama tardó 92 días en decidir, sin sorpresa para algunos y con desilusión para muchos: enviará 30.000 efectivos más a Afganistán, serán ahora 100.000, y prometió que en 18 meses comenzará a retirarlos (lati mesblogs.latimes.com, 1-12-09). El enemigo que amenaza la seguridad de EE.UU. –subrayó, y parecía W. Bush– es Al Qaida, una opinión que no comparte, o no compartía, su asesor en materia de seguridad nacional, general (R) James Jones: “Ha disminuido mucho la presencia de Al Qaida (en Afganistán), se estima que tiene, como máximo, menos de cien hombres operando en el país, carecen de bases y de la capacidad de lanzar ataques contra nosotros o nuestros aliados” (www.huffintonpost.com, 4-10-09). Es una estimación que comparten la Comunidad de Inteligencia y el Pentágono (abcnews.go.com, 2-12-09). ¿Entonces?
El costo del aumento ascenderá a 30.000 millones de dólares, es decir, un millón de dólares anuales por soldado, y valdrá 300 millones la vida de cada terrorista de Al Qaida que se mueve en Afganistán. Funcionarios del Pentágono y de la Casa Blanca se apresuraron a justificar de manera anónima semejante exageración: declararon que cien miembros de Al Qaida pueden hacer “muchísimo daño” y sugirieron que los talibán “obedecen sus órdenes”. Hace un año decían que éstos habían roto todo vínculo con las redes de bin Laden (edition.cm.com, 6-10-08). ¿Entonces?
El presidente estadounidense apuntó: “En los últimos años, el talibán ha hecho causa común con Al Qaida, ambos tratan de derribar al gobierno afgano”. No aclaró que sus fines son diferentes: la causa del primero es la destrucción en el territorio continental de EE.UU.; la del último, el derrocamiento del gobierno de Karzai y la retoma del poder. Obama incurrió en una curiosa omisión: “Es bien conocido el agudo debate sobre la guerra de Irak y no hay necesidad de reiterarlo ahora”. El presunto arsenal de armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein pasó al olvido.
Barack Obama anunció el incremento de las fuerzas armadas norteamericanas en un discurso pronunciado en West Point ante un auditorio militar que sólo lo aplaudió dos veces y sucintamente. Comparó la guerra de Vietnam con la de Afganistán: y rebatió a quienes dicen que la última es como la primera: “Arguyen que no se puede estabilizar al país y que mejor sería poner fin a nuestras bajas mediante una retirada rápida. Este argumento es producto de una lectura falsa de la historia. A diferencia de Vietnam, estamos acompañados por una amplia coalición de 43 naciones que reconocen la legitimidad de nuestra acción”. Esta afirmación pasa por alto el hecho de que tropas de Canadá, Francia al principio, Australia, Corea del Sur, Taiwán, Nueva Zelanda, Tailanda y la España de Franco combatieron junto a EE.UU. en Vietnam. En efecto, hay lecturas falsas de la historia.
El mandatario afroamericano amplió el tema: “A diferencia de Vietnam, no estamos enfrentando a una insurgencia de amplia base popular”. ¿Para qué enviar más tropas, entonces? Funcionarios de inteligencia especulan que hay varios centenares de terroristas de Al Qaida en Pakistán y Obama aseveró: “Estamos en Afganistán para prevenir el cáncer que una vez más se extiende desde ese país. Pero el mismo cáncer se ha instalado en la región limítrofe de Pakistán y por eso necesitamos una estrategia que funcione a ambos lados de la frontera”. ¿Qué entrañaría ese funcionamiento eficaz? ¿Una invasión a Pakistán, dada la notoria incapacidad de acabar con su propia insurgencia que Islamabad exhibe?
“Pocos días después del 9/11 –manifestó Obama– el Congreso autorizó el uso de la fuerza contra Al Qaida y contra aquellos que lo amparan, una autorización que sigue en pie hoy.” Recoge así el legado de W. Bush para insistir en aventuras bélicas. “Es fácil olvidar que cuando comenzó esta guerra (los estadounidenses) estábamos unidos por la memoria aún fresca de un ataque horrible y por la determinación de defender nuestra patria y los valores que apreciamos. Me niego a aceptar que no podamos reconstruir esa unidad.” ¿Con base en el mismo miedo que W. y su equipo sembraron entonces? La sociedad norteamericana no parece dispuesta.
“Las palabras del presidente suenan vacías para ellos”, titula Los Angeles Times del día siguiente al del discurso; “ellos” son miembros de una organización de familias de militares, reunidos frente a un televisor para escucharlo. “Cuando el comandante en jefe sugirió que los críticos se equivocaban al comparar el esfuerzo militar en Afganistán con la guerra de Vietnam, varios se carcajearon”, testimonia el periodista Louis Sahagun. Cunde el desánimo entre quienes votaron a Obama creyéndolo pacifista. Es natural: les espera la pérdida de sus seres queridos.
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Una extraña guerra, de Juan Gelman en Página 12
¿Qué, si no, puede decirse de una guerra en que los dos bandos se alimentan el uno al otro como si se propusieran eternizarla? Ocurre en Afganistán. Los camiones cargados con víveres, medicinas, municiones, armamentos et al para las tropas de EE.UU. llegan a sus bases custodiados por los talibán. Los talibán reciben fondos del Pentágono. No es una cortesía recíproca, es una necesidad y se resuelve gracias a la corrupción imperante.
“¿Qué se puede esperar de un sistema en que el gobierno de Kabul sólo paga a los señores de la guerra y a ellos les confía el reparto del dinero entre sus hombres? A veces no les dan nada.” Es el capitán británico Doug Beattie Mc quien formula esta preocupación (www.dailymail.co.uk, 6/11/09). Fue condecorado por su valor en el campo de batalla y conoce bien los entresijos de esa guerra. Otras comprobaciones de Beattie: los policías afganos carecen de preparación, tienen sueldos miserables, el 70 por ciento de ellos vive drogado y son de compra fácil para los talibán. El que ametralló a cinco soldados ingleses a comienzos de noviembre tenía contactos con aquéllos. La policía está infiltrada en todas partes y en todos los niveles.
Los talibán compran armas con el dinero de lo que venden, es decir, seguridad para los camiones con abastecimientos destinados a las tropas invasoras contra las que combaten. Los vehículos deben atravesar rutas escarpadas y, sobre todo, controladas por una guerrilla que, de hecho, domina casi todas las carreteras del país. Grupos de talibán emboscados atacan a los conductores y mercenarios que los escoltan con armas largas y lanzagranadas, impidiendo que las caravanas de camiones lleguen a destino sin daño. Los mandos militares estadounidenses han optado por cerrar los ojos y encargan a las empresas de seguridad que negocien el libre paso con los insurgentes a los que deben combatir. Como paradoja, nada deja que desear.
Una investigación del enviado especial Aram Roston, del matutino londinense The Guardian, revela que los talibán fijan sus tarifas según las rutas y según las cargas. Una caravana de diez camiones se paga a razón de 800 dólares por unidad y el paso sin dificultades está asegurado. El precio aumenta si transportan petróleo y/o vehículos resistentes a las minas que los talibán plantan en las carreteras, su arma más mortífera. Las agencias de seguridad son privadas y cada señor de la guerra es dueño de la propia: contactan y negocian con la guerrilla y a saber cuánto dinero del presupuesto de EE.UU. queda en sus bolsillos. Hecho el trato, los insurgentes brindan una escolta al convoy –una camioneta adelante, una atrás– para evitar que lo ataquen otros insurgentes, una indudable prueba de lealtad.
Roston indagó asimismo los casos de corrupción al más alto nivel. Ahmad Rateb Popal peleó contra la ocupación soviética y en 1988, un año antes de que las tropas de la URSS se retiraran, fue detenido en EE.UU. por gestionar la importación de heroína. Salió de prisión, volvió a Afganistán y estableció con su hermano Rashid el Grupo Watan, un gran consorcio de telecomunicaciones y logística que, sobre todo, proporciona seguridad al transporte de pertrechos para el ejército norteamericano. Rashid Popal fue a su vez juzgado en EE.UU. por posesión de heroína en 1996. Los hermanos se enriquecieron fabulosamente. Un pequeño detalle: son primos del presidente Karzai. El grupo controla un tramo estratégico de la carretera a Kandahar por el que deben pasar todos los camiones, tiene arreglos con el señor de la guerra de la zona y recoge dólares a cuatro manos.
Hamed Wardak es el ejecutivo principal de NCL, otra empresa autorizada a prestar servicios de seguridad. Joven y norteamericano de nacimiento, su padre casualmente es el general Rahim Wardak, actual ministro de Defensa. La NCL no tenía experiencia en la materia, pero a comienzos de este año fue elegida como una de las seis compañías encargadas de manejar la seguridad de los convoyes que transportan suministros a todas las bases estadounidenses, incluidos los puestos de vigilancia de las zonas más remotas del país. El Pentágono multiplicó por seis el valor de su contrato con la NCL, y el de los contratos con las otras cinco saltó abruptamente a 360 millones de dólares. La suma total de este negocio asciende a 2200 millones de dólares, un 5 por ciento del PBI anual de Afganistán.
Hay ejemplos históricos de ejércitos a los que el enemigo arma a su pesar. En la etapa final de su lucha contra Chiang Kai-Shek, el Ejército Rojo de Mao se apoderaba fácilmente de los arsenales de los nacionalistas en fuga y sus dirigentes declaraban que Harry Truman, el presidente norteamericano entonces, tenía la gentileza de pertrecharlos. Lo de Afganistán es otra cosa.
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