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Creando futuro, de Laura Sánchez-Piñón en Público
Hoy en día nadie duda de que el conocimiento, el saber y el progreso forman un conjunto de valores que no conocen fronteras y son patrimonio de cualquier sociedad avanzada. El presidente Barack Obama afirmaba recientemente que “Estados Unidos sólo podrá mantener su liderazgo mundial si coloca la ciencia entre sus mayores prioridades”. Y el primer ministro británico reconoció que “la crisis no es el momento para disminuir la inversión en ciencia, sino para construir de forma más enérgica el futuro”.
No hay que olvidar que hace ya más de tres siglos que la ciencia moderna nacía en el seno de las universidades para construir lo que hoy denominamos civilización moderna. Como afirma Francois Jacob, de esa ciencia proceden todos los elementos de la tecnología contemporánea, tanto los que amamos como algunos de los que detestamos.
Las universidades son el lugar por excelencia de la creación del saber. Y son, en base a su naturaleza, organizaciones cuyos resultados se ven con perspectiva. La investigación, la generación de talento y formación de profesionales, así como la creación de nuevas ideas, productos y empresas, son algunos ejemplos de sus frutos a largo plazo. Sin embargo, esto no quiere decir que no estén preparadas para encontrar soluciones en el ámbito económico a corto plazo. En nuestras universidades conviven la innovación, el carácter emprendedor y la formación, lo que contribuye al crecimiento económico, crea bienestar y mejora las oportunidades laborales de la población.
Nuevas fuentes de energía, nuevas medicinas, nuevos productos, nuevas tecnologías de la comunicación y modos virtuales de interactuar que, sin duda, serán necesarios para el entendimiento de pueblos son ejemplos de lo que la sociedad demanda para construir su futuro. Pero lo que aún no tiene presente es que todo esto ya es el día a día de nuestras universidades y de la ciencia que allí se desarrolla.
Con todo ello, no todos los modelos universitarios son iguales; existen importantes diferencias entre unos países y otros. Así, por ejemplo, mientras que las universidades americanas se caracterizan por la fuerte especialización, las europeas son más generalistas, sin un perfil específico de sus campus. Y curiosamente son las universidades americanas las que encabezan los rankings de calidad de los centros de educación superior, algo que nos debería hacer reflexionar.
A esto hay que añadir que la Comisión Europea alerta en su documento Preparando Europa para un nuevo renacimiento de la necesidad de repensar el modo en que la ciencia interactúa con la sociedad. Así, apuesta por reescribir el contrato social entre el investigador y la universidad con la sociedad, creando entornos donde la excelencia sea premiada e incremente la cohesión social. Además, propone abrir los mercados, las empresas y las instituciones del conocimiento para que puedan trabajar conjuntamente a favor de una mayor productividad.
La universidad europea ya ha dado importantes pasos en este sentido de la mano de iniciativas lideradas por instituciones francesas, alemanas y británicas. En Francia, más de 100.000 estudiantes participan en un proyecto que aglutina en torno a la formación, la investigación y la promoción económica a cuatro universidades, 12 grandes escuelas y varias instituciones científicas.
Alemania se encuentra inmersa en un proceso semejante liderado por la Fundación de Investigación Germana y el Consejo de Ciencia y Humanidades. Este proyecto supone un apoyo específico a las mejores universidades investigadoras y potencia su visibilidad internacional, a la vez que crea condiciones para los investigadores jóvenes y potencia la colaboración interdisciplinar e interinstitucional.
Finalmente, el Gobierno británico ha puesto en marcha la iniciativa University Challenge, consciente de que nunca antes las universidades habían desarrollado un papel tan importante para el país tanto desde la perspectiva nacional –contribuyendo a mantener su posición en el mundo– como desde la óptica local –a través de la creación de puestos de trabajo, la renovación del tejido económico y el enriquecimiento de la vida cultural–.
El sistema universitario español está iniciando este camino. El programa Campus de Excelencia, siguiendo el ejemplo francés, el alemán y el británico, impulsa nuevas estrategias en nuestras universidades. La interacción con su entorno social, la mejora docente, la excelencia e impacto de la investigación y la apuesta por la innovación son los cuatro ejes de este gran proyecto que convertirá a 15 campus españoles en lo que ya comienza a denominarse “ecosistemas del conocimiento”.
La excelencia y la internacionalización son los objetivos, y la meta es situar a las universidades españolas entre las mejores del panorama internacional. Las mejores, por su capacidad de generar talento, de desarrollar conocimiento y de incidir en la nueva economía y el progreso social.
El programa Campus de Excelencia demanda, además, un papel protagonista y dinamizador de las universidades en el desarrollo social y económico de su entorno. Todas las ciudades que comparten espacio con las universidades conocen la simbiosis que se produce entre institución y ciudad y, concretamente, entre profesores, alumnos y ciudadanos. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en su reciente visita a España, decía: “Es imposible entender el México actual sin la UNAM”. Y nosotros tenemos los ejemplos de Santiago de Compostela, Salamanca o Granada.
Por ello, en ese marco cercano en el que se producen las transformaciones que vivimos todos como ciudadanos, la universidad, junto con otras instituciones –ayuntamientos, hospitales, empresas o entidades financieras–, debe conformar un nuevo modelo de crecimiento, propio del siglo XXI, basado en el conocimiento y la sostenibilidad.
Y este reto es propio de la universidad, porque no hay que olvidar que, tanto ayer como hoy, son las instituciones universitarias las que lideraron y liderarán la creación del saber y de nuestro futuro.
Laura Sánchez-Piñón es catedrática de Genética de la Universidad de Santiago de Compostela.
Scopes, Darwin y Gina, de Laura Sánchez Piñon en Público
Las teorías de Charles Darwin revolucionaron nuestro conocimiento del mundo y sus ideas sentaron las bases de la sociedad y la ciencia moderna”. El presidente del Museo de Historia Natural de Londres, Oliver Stocken, hacía esta afirmación durante la presentación, en febrero de este año, de la exposición Darwin, la gran idea, con la que Reino Unido conmemora el bicentenario del nacimiento del científico británico y el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies.
En la actualidad, el evolucionismo es una teoría científica contrastada y de enorme relevancia social, pero no siempre fue así. En 1925 protagonizó en Estados Unidos el juicio a John Scopes, un profesor de educación secundaria acusado de “enseñar una teoría que niega la historia de la Creación Divina del hombre tal y como recoge la Biblia y enseña que el hombre desciende de un bajo orden de los animales”. El Scopes Monkey Trial o Juicio del Mono, tal y como se le conoce comúnmente, enfrentó a dos de los abogados más brillantes de la época, William Jennings Bryan y Clarence Darrow. Este último demostró ante la opinión pública la necesidad de enseñar en las escuelas las teorías científicas, lo que supuso un triunfo para Scopes, quien, gracias al juicio, pudo enseñar al mundo una lección que hasta el momento sólo impartía a unos pocos alumnos. Pero no todo se quedó ahí.
El juicio inspiró en 1960 la película Herencia del viento, donde el magistral Spencer Tracy da vida al abogado Clarence Darrow, deslumbrándonos aún a día de hoy en la defensa del valor de las teorías científicas frente a la sinrazón.
Charles Darwin adquiere una inusitada actualidad en nuestros días; y no lo hace únicamente por estas conmemoraciones a nivel mundial, sino por su trascendental aportación al conocimiento y las aplicaciones derivadas de una teoría capaz de proporcionarnos los conceptos y las explicaciones necesarias para comprender, de manera racional y sin recurrir a la mitología, el mundo natural.
La teoría de la evolución ha impregnado el desarrollo de la inmensa mayoría de las disciplinas científicas, reforzando así su aplicabilidad y concediéndole una mayor importancia, ya que, en palabras del biólogo Thomas Henry Huxley, acérrimo defensor del evolucionismo, “el verdadero conocimiento alcanza en la utilidad su valor más alto”. Un ejemplo de ello lo encontramos en la ciencia forense y en las poderosas herramientas suministradas por la genética evolutiva.
En la década de los setenta del pasado siglo, el genetista Alec Jeffreys descubrió en su laboratorio, analizando geles de ADN, una serie de similitudes y disimilitudes entre los miembros de la familia de un técnico de su laboratorio. Estaba descubriendo el ADN hipervariable, origen de la genética forense, cuyo desarrollo está además generando una verdadera revolución en el sistema judicial internacional.
Fue en 1998, en el famoso caso de Louisiana contra Schmidt, en el que se juzgaba de asesinato a un médico que presuntamente había infectado a su enfermera con el virus del sida de un paciente cuando, por primera vez, un tribunal estadounidense aceptó una prueba de ADN para emitir una sentencia. Posteriormente, en 2002, se ratifica esta sentencia a través del fallo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que admite las pruebas genéticas presentadas. Se inaugura así una nueva era en la ciencia jurídica derivada de la aplicación de criterios científicos que suponen la esperanza para muchos acusados inocentes.
Precisamente, diez años antes, en 1992, nacía el proyecto Inocencia, una brillante iniciativa de unos abogados de Nueva York concebida e ideada a través de una ONG, que promueve y persigue la utilización de la genética forense para invalidar sentencias erróneas de los tribunales. Así, desde 1989 la discordancia de marcadores genéticos ha exonerado en EEUU a 240 personas, muchas de ellas en el corredor de la muerte y con condena a cadena perpetua por crímenes que no habían cometido.
Pero la genética forense va más allá y cada día nos asombra con nuevas posibilidades. Todos tenemos muy reciente el caso del niño Enmanuel, hijo de Clara Rojas, secuestrada por las FARC, identificado por análisis genéticos en el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago.
Al permitir la identificación de individuos, los conocimientos de la genética y de la genómica nos conducen al viejo dilema de las aplicaciones de la ciencia, discusión que trasciende a la sociedad, que debe valorarlo desde el punto de vista ético; y en esto, una vez más, la sociedad norteamericana ya ha dado importantes pasos. Recientemente, Estados Unidos acaba de aprobar la ley Gina (Ley de Información Genética Antidiscriminatoria). Este texto, debatido durante 13 años, prohíbe a los empresarios, entre otras cosas, utilizar la información genética a la hora de contratar, despedir o promocionar a sus empleados y a las compañías de seguros solicitar pruebas genéticas o acceder a información existente para establecer primas o determinar la suscripción del seguro. En definitiva, evita la discriminación por razones genéticas.
Pero la ficción suele adelantarse a la realidad y el film Gattaca narra excepcionalmente esta cuestión. Su protagonista, Vincent, no podría alcanzar su sueño, viajar a Saturno, porque su constitución genética no le permitiría estar en el grupo de los aptos y se veía relegado en esa sociedad imaginaria por ser considerado imperfecto.
Darwin nunca podría imaginarse el gran alcance de su teoría. El científico inglés abordó cuestiones que afectan directamente a la esencia de la condición humana pero no pudo vislumbrar en su época la inmensa trascendencia de su aportación; una teoría que aún hoy, 150 años después de darse a conocer, sigue abriendo nuevas vías e impulsando nuevos desarrollos científicos y tecnológicos, siendo capaz, todavía, de asombrar a la sociedad.
Laura Sánchez Piñon es catedrática de Genética de la Universidad de Santiago de Compostela.
