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El otro “Gironazo”, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (14-03-2010)
El ojo del tigre
Al juez Baltasar Garzón lo han declarado pieza de caza mayor. Los discípulos del fantasmagórico bunker abrieron sus armeros, sacaron sus escopetas, las cargaron con cartuchos rellenos de postas, se tiraron al monte y comenzaron el acoso a la codiciada pieza. Abajo, en este valle de lágrimas, se oyen los gritos que lanzan los ojeadores en la montaña, los ladridos de la furiosa jauría y los disparos de los monteros. Es una fiesta nacional. Quien se cargue al implacable juez de la democracia (intransitiva) española, pasará a la Historia como un héroe de la cinegética nacional. La Historia de España es una antología de relatos de caza…
La derecha carpetovetónica, cuyo principal forraje político se lo facilita una prestigiosa fábrica de piensos ideológicos transgénicos (FAES), cuyo presidente ha descubierto, por fín, el Trifinus Melancólicus de la Transición española. Esa factoría también le suministra forraje dialéctico a la derecha agremiada bajo el amparo de las siglas PP; la cual, es la que jalea a los cazadores que participan alborotada y alborozadamente en esa indescriptible caza mayor…
Pero aquí –es decir, en este país- no ocurre nada que no tenga unos claros antecedentes paleopolíticos que lo explican todo. La cacería del juez que osa juzgar a dictadores y persigue a quienes cometan delitos de lesa humanidad, no es una idea que haya surgido espontáneamente entre el espeso gremio de los afiliados al club del cartucho con posta del 12, sino que obedece a un proceso finamente maquinado para evitar que el transcurso de la historia contemporánea no fluya sin que se recuerde que en este país hubo una época –no muy lejana- en la que los hombres, llamados de bien, insistían en reafirmarse en los valores permanentes en la doctrina ortodoxamente españolista y de las JONS… Hombres que se sentían uno solo cada vez que se identificaban con el penúltimo de los apóstoles del Movimiento Nacional (José Antonio Girón de Velasco). Digo que el penúltimo porque el último –por ahora- es José María Aznar y López, prometedor ideólogo.
Aquel presidente de los Excombatientes de la Cruzada Española fue el único que se atrevió a enfrentarse al Espíritu del 12 de febrero, que acababa de echar a volar el último presidente del Gobierno franquista casi sin Franco en la Tierra… Arias Navarro acababa de exponer durante un pleno de las Cortes Españolas la nueva tesis doctrinal que preludiaba la Transición final: “No excluimos sino a aquellos que se autoexcluyan en maximalismos de uno u otro signo, por la invocación a la violencia, por el resentimiento y el odio, por la pretensión bárbara de partir de cero…” (12-febrero-1975).
El Gironazo retumbó poco después, en el alma de los españoles mientras el cielo empezaba a cubrirse de negros nubarrones, que hacían presagiar lo peor. Algunos llegaron a pensar que nunca más podrían volver a cantar, prietas las filas, el Cara al sol. Tronaba el líder de los excombatientes: “A José Antonio no se le quiere secuestrar ideológicamente: se lo proscribe. Nosotros queremos devolver al hombre a su auténtico destino, y queremos salvar a la Patria de la confusión…”. Estas apostólicas palabras habían sido lanzadas tras estas otras no menos apostólicas: “Queremos reafirmarnos en los valores permanentes de nuestra doctrina y de nuestro estilo. Lucharemos hasta la extenuación”. Unos meses después, cuando Arias Navarro había vuelto a lanzar al aire, en Barcelona, el Espíritu del 12 de febrero, en la revista Fuerza Nueva –el Evangelio según Blas Piñar…- se publicaba un artículo del líder del grupo, titulado: Señor Presidente. En él se decía: “Nos autoexcluimos de su política. No podemos, después de lo que se ha dicho, colaborar con usted, ni siquiera en la oposición. Nosotros no queremos obedecerle, ni acompañarle…”. (A veces, escuchando al líder del PP, da la impresión de que la derecha carpetovetónica se inspira en aquel fogoso líder ultraespañolista. ¿O no…?).
Aquel nubarrón fascista, conocido como el Gironazo, alteró el clima de la primavera política, que había sido diseñada como el florecimiento de la democracia; consiguió volver a oscurecer la posibilidad de una convivencia nacional basada en la razón y no en la pasión. Ahora cazar a Garzón es la recuperación del Gironazo. Es lo mismo que negar nuevamente la probabilidad de que sobre la historia más trágica de la España del siglo XX –y su sucursal: el siglo XXI- vuelva a brillar el sol de la justicia social. Los catecúmenos del Gironazo son los que, ahora, escopeta en ristre acorralan al juez que quiere zanjar definitivamente el reparto equitativo de la herencia que representa la “Ley de la memoria histórica”.
Lorenzo Cordero. Periodista.
La sucesión, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (07-03-2010)
El ojo del tigre
La Conferencia Episcopal Española le ha concedido bula al monarca de (casi) todos los españoles para que, una vez sancionada con su real firma, éste pueda acercarse a la mesa del Señor y participar gozosamente en el divino banquete de la Eucaristía. En el extenso bulario de la Iglesia Católica Española –y españolista-, la bula del rey Juan Carlos I brilla entre todas por su excepcionalidad. El rotundo portavoz de la CEE (por favor, no confundirla con la Comunidad Económica Europea; pues, mientras aquella es celestial, ésta es vulgarmente terrenal), digo que el rotundo portavoz del núcleo duro de la CEE haciendo un enorme esfuerzo dialéctico ha concluido que no es lo mismo votar a favor de la pecaminosa ley, que firmar simplemente su aprobación por el Parlamento. Sibilinas sutilezas apostólicas para diferenciar las acciones del rey de los actos de sus súbditos. Queda muy claro que en esta novísima democracia, no todos los españoles son iguales. Ni ante las leyes del Estado, ni ante el derecho canónico de la Iglesia nacional.
La igualdad de los ciudadanos ante las leyes es una de las principales señas de identidad de la democracia liberal. Sin embargo, en este caso la democracia española actual es una excepción. Si abundamos en las cualidades que debe tener la buena democracia, observaremos que una de estas es la que supedita su existencia a la necesidad del diálogo. Sin diálogo no hay democracia. Hace casi ochenta años –en 1931- (Azaña) advertía de que ese diálogo idealista es el que se entabla entre el individuo y la multitud. Henos ante otra ausencia vital en la democracia española. Y ya son dos: ni existe la igualdad de todos ante la ley –por lo menos, el rey no es igual que sus súbditos-, ni hay la posibilidad de entablar un diálogo. Ni el rey dialoga con sus súbditos, ni a un súbdito le está permitido entablar un diálogo con el rey, como no sea para decirle: Sí señor…
Estos vacíos esenciales en la democracia (según algunos sabios, la democracia que ¡nos dimos todos los españoles…! Tan graciosamente), demuestran que el régimen que se cocinó durante los Contubernios de La Moncloa, una vez que se ha superado las tres décadas de su gran victoria sobre la ambigüedad política en que parecía sumirse su precedente –tras la muerte del monarca del Movimiento Nacional-, empieza a oscilar tímida pero evidentemente. No quiero decir que la monarquía dé muestras de que se empieza a tambalear; sino, simplemente, que el régimen que salió de aquella larga operación de cirugía estética a la decadente dictadura, empieza a oscilar entre la duda sobre la necesidad de democratizar sinceramente al sistema, y la certeza –que tienen algunos- de que esta monarquía es la única garantía posible para la supervivencia del régimen democrático (ferozmente intransitivo…) que surgió de entre las cenizas del franquismo.
Pero el rey, excluido de la excomunión con que la CEE amenaza a quienes hayan votado a favor de la ley del aborto, en opinión de algunos, empieza a dar las primeras muestras de su fatiga física, aunque se duerma en público con cara de rey… Es verdad que esto no debería significar el inicio de otra tragedia nacional: volver a buscar agónicamente a un hombre providencial. El rey de España –que lo es por la gracia de Franco- tiene asignado, incluso constitucionalmente, un sucesor. Por lo tanto, no debería cundir el pánico: está asegurado que el barco no zozobrará por falta de un patrón… Sin embargo, el problema ahora es como convencer al país de que ese inevitable proceso sucesorio no le acarreará al régimen infuso, que surgió de la Transición, ciertos conflictos transversales que están ahí. Latentes.
A sus 42 años de edad, el heredero de la Corona española tiene la edad suficiente para demostrar que su madurez psicológica no sólo se le debe suponer, sino que la tiene realmente. Y nunca mejor dicho: realmente. Uno de esos conflictos lo plantean, desde hace más de medio siglo, quienes proponen la República como la alternativa lógica al relevo del titular de la monarquía franquista. Una alternativa democrática, dicen. En su defensa argumentan que si, para instituir la monarquía infusa, que nos gobierna actualmente, no se tuvo en cuenta el histórico mecanismo sucesorio de la dinastía saltándose uno de los eslabones; ahora, ese salto del eslabón familiar no impediría legitimar también a la República. ¿O no…? Ahí está el temor a iniciar el proceso de cambio de la testa coronada: el clamor de voces que empiezan a pedir la República podría, sin duda, apagar las voces del coro de quienes insisten en la monarquía.
El aparato logístico de Zarzuela ha empezado a funcionar sin demasiados disimulos. Por ejemplo, el cambio en la dirección de la Fundación Príncipe de Asturias –la artillería intelectual de la dinastía- podría ser un síntoma clarísimo de que se prepara el cambio. Otro ejemplo: la revista Vanity Fair publicaba recientemente un laudatorio reportaje titulado: Cita en Palacio. Los Príncipes más cerca que nunca. Viene a ser un sondeo para tantear, no tanto la opinión pública (aparentemente, la tienen en el bote) como para indagar sobre la reacción de los grupos políticos que no hacen gala de su vocación dinástica.
Como botón de muestra, he aquí un ejemplo de cómo se abrocha el sistema al staff de Vanity Fair: “…durante el discurso de Navidad, don Juan Carlos concedió al Príncipe un papel protagonista en el atrezo. Puso de fondo, mientras hablaba, una foto de su hijo. Allí estaba el futuro Rey. Esperando su momento. “A estas alturas ningún asunto le es ajeno al Príncipe. Ninguno”, aseguran en Zarzuela. Letizia ya ha podido ver como su marido resolvía problemas de Estado a golpe de teléfono”. (Vanity Fair. Nº 19. Marzo 2010)
-Mas claro, agua…
Lorenzo Cordero. Periodista.
http://belmontina.wordpress.com
Mitin en la Universidad, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del Tigre
De la polémica perfomance de José María Aznar, en el aula magna de la Facultad de Económicas de la Universidad de Oviedo, sólo quedará para el recuerdo una imagen. Ideas, ninguna. La imagen de la foto en la que aparece el divino ex presidente del Gobierno levantando su mano izquierda para, con el dedo corazón erecto, corresponder al entusiasmo de un grupo de universitarios que le gritaban a la salida: !José Mari, presidente; José Mari, presidente…! Aquel dedo centrista señalando por aquí se va… al Cielo ha sido lo más brillante de aquel mitin político, que había sido anunciado previamente como conferencia… Ese gesto -inmortalizado para la posteridad por un fotógrafo con suerte- resume todo su vasto pensamiento ideológico.
Hace tres años -en diciembre de 2007-, el filósofo-estrella de la Faes le decía a una periodista de ABC que él intentaba ser cuidadoso con sus opiniones. El pasado jueves, en Oviedo lo demostró contundentemente. Y añadía: Sobre todo ahora, cuando el debate político en España no es precisamente de altura, sino de bajura… Debate en el que no quiero participar. Después de su conferencia-mitin (o viceversa) en Oviedo, queda demostrado que Aznar es también un hombre fiel a la palabra empeñada.
No sé si se habrá sentido incómodo, en algún momento, con la sonora actitud del grupo de estudiantes universitarios que intentó perturbar su ilustrada perfomance. Pienso que no, puesto que uno de sus sueños (”tengo muchos“, le dijo a la periodista) es contribuir a que haya más libertad en el mundo, más democracia (ABC, 18-XII-2007). Lo ocurrido en la Facultad de Económicas ha sido la consecuencia de esa generosa contribución que el cultivado hombre de Estado dedica a la expansión de la libertad y la democracia… En este aspecto, lo ocurrido con Aznar es irreprochable. Sobre todo, por el enorme beneficio que le supone a la democracia en la Universidad de Oviedo.
El mitin aznárido le ha sacudido la plácida modorra en la que parecía haberse sumido la Universidad desde hace más de cuarenta años. Poco más o menos, desde que en 1977 el movimiento universitario español se opuso abiertamente a la Ley General de Educación. A partir de aquella fecha, el protagonismo social del movimiento estudiantil se fue apagando hasta dejar completamente a oscuras las aulas universitarias. Es posible que la famosísima fotografía del dedo erecto de Aznar señale el inicio de un nuevo protagonismo de los heterodoxos de la Universidad -haberlos, haylos…- y, también, el despertar del liderazgo del hombre que, mucho antes, ya había dado muestras de su ingenio poniendo los pies sobre una mesa en el rancho texano de un amigo llamado Bush.
Entre una foto y otra -la del rancho y la de Oviedo- hay una intensa actividad intelectual y política de este singular personaje español (y españolista) puesta al servicio de la libertad y de la democracia. Aznar es un político que ha demostrado su gran habilidad para sorprender a los demás utilizando sus extremidades para argumentar científicamente sus ideas. Primero, los pies sobre la mesa para luchar contra las dictaduras del mal: Irak. Luego, el dedo erecto para contener el ímpetu de sus jóvenes discrepantes universitarios. Aznar construye sus discursos ideológicos sobre la armazón de sus extremidades.
Sin duda, Aznar y Zapatero reaccionan de maneras muy diferentes. Sobre todo, cuando se entregan a la amistad de los nuevos Césares del Imperio ultramarino. Mientras el primero -con Bush a su lado- fuma un puro, estira sus piernas y pone sus pies sobre la mesa para enseñarle al mundo la suela de sus zapatos, el segundo -con Obama al lado- lee en voz alta pasajes del Deuteronomio mientras los líderes de los grandes lobbies del capitalismo occidental se disponen a desayunar. El escenario es el mismo: Estados Unidos. Más claro: Wall Street. Pero las actitudes de uno y otro son muy diferentes: Zapatero, lee. Aznar, fuma. Aquél, pronuncia palabras; éste, exhala humo. No necesita palabras para entenderse…
Volviendo al asunto de la perfomance en Oviedo: sus correligionarios se han indignado por lo ocurrido en la Universidad que, hasta hace apenas ocho días, parecía un cisne disecado. Adorna mucho y no mete ruido. En cambio, el protagonista del espectáculo no ha dicho esta boca es mía. El solo gesticula. Además, piensa que quejarse es una falta de educación (ABC. 18-XII-2007). Su partido en Asturias opina lo contrario. Incluso, no vería mal que se iniciara una caza de brujas -deporte cinegético predilecto de la derecha- para liberar a la Universidad de los riesgos que le supondrían unos brotes rojos en sus aulas. Para conjurar ese riesgo que se atisba, lo mejor sería que José María Aznar repitiera su mitin para explicarles a los díscolos universitarios de Oviedo que la libertad y la responsabilidad son las dos caras de la misma moneda (de sus declaraciones a ABC). El mismo ha reconocido que esa tarea la podría hacer él desde la experiencia.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Afirmando y reiterando, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Hace treinta y tres años, don José Maldonado -exiliado aún en París- expresaba su deseo de no morirse sin antes ver, desde Asturias (”… la tierra en donde nací y a la que llevaré en mi alma hasta el último día de mi existencia…“) cómo se cumple para todos el proyecto de conseguir una sociedad de progreso, de paz y de justicia social. Pero, Maldonado -el último presidente de la Segunda República en el exilio- no consiguió ver cumplido su deseo. Ocho años después, moría en Oviedo. Y veinticinco años más tarde de su muerte (1985), aquel deseo democrático de uno de los últimos (ya no quedan más) modelos de ciudadano comprometido con la ética republicana sigue sin cumplirse. Si aquel veterano político pudiera contemplar hoy el penoso estado de la democracia española (víctima de su improvisación) del aventurerismo político que la manosea desde sus inicios, y de la obscena situación de la ética por el lucro), seguramente que recordaría una frase de su antecesor -don Manuel Azaña- con la que lanzaba un aviso para navegantes: “Antes de un vestigio lastimoso en la existencia de los demás, es preferible ser nada“. Azaña recordaba la frase final de Montaigne: “Me hundo estúpidamente en la Nada“.
El vestigio lastimoso que, hoy, lastra la malograda democracia es precisamente el que provoca ese alborotado vocerío político -más bien, partidista- en el que naufragan el sentido común y la ética política. Si en 1977, la esperanza puesta en la inmediata recuperación de la inteligencia democrática parecía presentirse como una evidencia indiscutible, en 2010 (treinta y tres años después del final teórico de la dictadura) aquel esperanzador presagio se ha convertido en un lastimoso vestigio zarandeado por dos prepotentes partidos en los que puede más la fuerza de la superchería españolista que la experiencia de la razón ilustrada.
Quizás, la recién estrenada Fundación José Maldonado haya sido creada además para perpetuar el recuerdo de aquel singular ciudadano republicano, para intentar recuperar -o contribuir a que su recuperación no sea imposible- el sentido común democrático y la ética política; pilares ambos de la clásica moral republicana. Sin embargo, no tengo muy claro que vaya a suceder así, exactamente. Durante las últimas tres décadas de este régimen (diz que) democrático, los inicios de recuperación de esa moral concreta se han ido deteriorando implacablemente hasta desaparecer del mapa político español. Pero no solo del mapa trazado por los cartógrafos de la derecha españolista, sino que también ha desaparecido del mapa político que utiliza la izquierda sobrevenida, después de 1977, para orientarse después de haberse extraviado en medio de la espesura de esta selva plagada de lucros políticos, que son los dueños absolutos del espacio que antes ocupaban los intereses ideológicos. El lenguaje actual de la democracia es el lenguaje habitual de los economistas neoliberales. Hablar de liberalismo hoy es hablar de negocios… Aquel liberalismo político de las Cortes de Cádiz ha sido suplantado por el nuevo liberalismo económico. De tal manera, que las libertades democráticas han sido resumidas drásticamente en una sola: la libertad del mercado.
Los nuevos demócratas, aleccionados por los pedagogos del cambio insisten en afirmar que la República es un régimen que pertenece a la arqueología política. Al mismo tiempo, intentan demostrar que la Monarquía es puro modernismo progresista. De acuerdo con esta peregrina tesis, a la República (que no eran dos: la del interior y la del exilio, sino una sola: la que fue asaltada por los golpistas el 18 de julio de 1936) la excluyeron (del contubernio) de los Pactos de La Moncloa. Fue la gran ausente, a pesar de haber sido la más perjudicada por el desastre de la Guerra Civil. Aquella inaudita ausencia continúa estando vigente. Y cualquier gesto que se haga con el deseo de restituirle, por lo menos, su derecho a participar normalmente en la vida pública nacional, siempre estará considerado como una insoportable arbitrariedad científica…
No hace falta estrujarse las meninges para encontrar una idea que sirva de respuesta para frenar la carrera de ese disparate españolista. Basta con recordar aquello que decía Juan Marichal mucho antes de que se comenzara a guisar la ensalada para los entremeses de la nueva democracia: “El republicano español debe afirmar y reiterar que mientras no haya habido una consulta a la nación, el único régimen con legitimidad histórica es la República“. (Nueva apelación a la República . Ensayo. 1974).
Es posible que esa sea la misión de la Fundación José Maldonado: afirmar y reiterar. Supongo.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Una democracia con brillantina, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Ya no hace falta advertir de que esta joven democracia podría sufrir un agudo trastorno bipolar. Es una evidencia. Como también lo es la causa que lo originó: el bipartidismo. Es decir, el tremendo error cometido cuando llegó el momento de diversificar la monolítica organización política que, durante medio siglo, había estado sometida al rigor pedagógico del unitarismo totalitario. La prometida pluralidad política se quedó reducida a un simple instrumento funcional puesto al servicio de dos únicos partidos políticos, que fueron el resultado de la ambigua síntesis política con la cual se cerró definitivamente el proceso de la llamada Transición.
Los problemas empiezan a surgir cuando la ingenua ciudadanía, que creyó que tocaba el sol con su mano cuando la invitaron a participar, empieza a darse cuenta de que las cosas no son, ni funcionan, como se creía que serían al principio de la metamorfosis de la dictadura. Sino todo lo contrario. Por ejemplo, la gratuita delegación que de su protagonismo individual había hecho en favor de los partidos, no era utilizada en beneficio de los derechos civiles, sino que se dedicaba a incrementar el poder gremial de los partidos. Con lo cual, la dinámica política de la sociedad quedó sometida a la voluntad de los grupos que monopolizan las funciones públicas de las instituciones democráticas. Así, nace, en primer lugar, la partitocracia, y, a continuación, la grupocracia, que es quien les aprieta los tornillos a los partidos.
Mientras la derecha asturiana (PP) espera atormentada la llegada de Cascos -su particular Godot-, en el PS(O)E se enfrentan en voz baja dos grupos: por un lado, el de los que creen que al presidente del Principado le ha llegado el momento de retirarse para dejarle el sitio al secretario general del partido; por el otro, están los que piensan que el presidente todavía tiene cuerda suficiente para seguir funcionando, por lo menos durante la próxima legislatura. En ambos casos -el del PP, y el del PS(O)E-, los militantes rasos respectivos sólo son simples extras mudos. Constituyen la base cristalizada de sus organizaciones políticas; sólo son una protuberancia mineralizada. Como también lo son -aunque externamente- quienes no han pasado de ser meros electores, sin filiación partidista, en tiempos de agitación electoral.
No son equiparables los afiliados con los electores libres, pero al final del proceso, unos y otros pintan lo mismo: nada.
En esta democracia transitiva -lo mismo que ocurría con su antecedente: la orgánica- lo único que pinta en el juego de las pasiones políticas es la minoría oligárquica, que es la que impone al resto de la militancia el orden jurídico por el que se rige el partido. Esa lógica orgánica que se impone es la que, por ejemplo, nos ayuda a entender por qué en el PP hay que esperar a Cascos, y por qué en el PS(O)E es preciso sustituir al actual presidente por el señor Fernández. Llegados a ese punto, cabe recordar la razón que tenía Clarín cuando, en uno de sus Paliques escribía: En España solo impera la democracia donde no hace falta: en la literatura. Si bien, cuando se trata de literatura política se podría matizar el punto de vista de don Leopoldo Alas: tampoco se escapa esa literatura al poder de los grupócratas. En la prensa -que es el espacio divino de la literatura política- también se notan las influencias de los oligarcas de los partidos.
En este país, la libertad de prensa sigue siendo condicional… Entre otras cosas, porque los medios tampoco se democratizaron rotundamente. Solo circunstancinalmente. Es verdad que hay raras excepciones mediáticas en las que prima el interés común y no el gremial. Pero no son las suficientes para demostrar que en la literatura política no ha fracasado la democracia.
Asturias es, en este preciso instante, un ejemplo de cómo el poder oligárquico de los partidos alcanza a los medios. Hace cuarenta años, el periodismo político apuntaba -a pesar de los obstáculos – hacia arriba. Cuando digo periodismo político quiero decir periodismo crítico. Pero aquello solo fue un espejismo mediático. Una vez coronada la Transición, más de uno pensó que aquel periodismo vanguardista, crítico e independiente, era innecesario; por lo tanto, sobraba. Porque estaba de más seguir hablando de la necesidad de las libertades. La prensa española acababa de entrar en el paraíso, y los periodistas deberían de limitarse a ser los arcángeles de la democracia cocinada a espaldas de la sociedad. Pero es que, además, ni en los medios se encontraba a alguien que insistiera en contrarrestar el poder oligárquico de los sanedrines de los partidos.
Así empezó a lucirnos el pelo: con la brillantina que nos regaló la Transición.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Los politicos y la crisis, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
En el reciente sínodo socialista, convocado por el Comité Federal del PS(O)E para someter a un debate jerarquizado las medidas que los teólogos de la economía política recomiendan, con el fin de atajar el deterioro del llamado estado del bienestar social, el presidente del Gobierno -José Luis Rodríguez Zapatero- les ha advertido a sus colegas sinodales que se enfrentará al debate sobre el futuro de las pensiones con total tranquilidad. Probablemente, lo haya dicho no solo para que se enteren sus barones, sino también para transmitirle a la sociedad española, que no las tiene todas consigo misma, un mensaje de confianza en las decisiones que sean necesarias tomar para aliviar la resaca provocada por los gurús del sistema especulativo, después de la orgía financiera de los beneficios obtenidos.
Si la estructura política del país hubiera sido concebida como una organización democrática horizontal, en la que se igualaran los intereses de los diversos grupos sociales que la componen -incluidos los de los políticos en el mismo nivel de derechos y obligaciones- es posible que la tranquilidad que dice sentir el presidente se hubiera extendido rápidamente por todo el país. Sin embargo, la rígida jerarquización de los deberes y derechos civiles, que funcionan todavía según los viejos cánones del verticalismo conservador, convierte a los grupos que están en el tramo más bajo de la escala en objetos muy vulnerables y con alto riesgo de sufrir una liquidación.
No obstante,está bien que el presidente manifieste su confianza ante los compromisos que exige el problema; ya que de esa manera quizá pueda contribuir a frenar -un poco- la probabilidad de que el conflicto genere pánico social a los pies del Gobierno, que es la zona más sensible a las maniobras desestabilizadoras. Aunque esa paladina confesión presidencial sirva, también, para desvelarle a la opinión pública la enorme distancia que separa los intereses de la jerarquía partitocrática de los que le conciernen a la base popular que la sostiene. Quien sea consciente de esa enorme diferencia tiene dos opciones: una, creer al presidente; otra, alimentar sus recelos puesto que no está claro si las ha dicho porque tiene medios para salir airoso de la prueba o, por el contrario, si las confiesa porque está seguro de ser capaz de adaptar -o ajustar- al sistema las incómodas disfunciones provocadas por los bucaneros de las finanzas internacionales.
Pero los recelos se agravan cuando desde la ultraderecha mediática aprovechan el conflicto económico para disparar continuas ráfagas de miedo contra la indefensa ciudadanía. En la práctica, estamos -es decir, están- en la misma situación en que se hallaron, primero, Adolfo Suárez cuando desde los medios del Grupo 16 -diario y revista- decidieron acelerar el acoso y derribo del primer presidente de la democracia transitiva; y después, le tocó experimentarlo a Felipe González. A Suárez le dinamitaron con la ayuda de su propio partido: UCD; a González le defenestraron utilizando un error de Estado: la creación del GAL; un disparate que había sido tramado y alentado mediáticamente por quienes luego lo aprovecharon para cazar al líder socialista en las urnas. Ahora, frente a Zapatero vuelve a estar la misma siniestra conspiración mediática ampliada. Si consiguen derribarlo, serán tres los apeos sucesivamente logrados -con total impunidad-, por los cazadores de cabelleras presidenciales, en tan solo tres décadas de democracia.
Hay algo que no acaban de captar los políticos de la democracia; la existencia de un fascismo mediático disfrazado de lagarterana, paseándose impunemente por las páginas de ciertos medios que, al mismo tiempo, lucen el mismo disfraz por la pasarela de la libertad de expresión… Esto sí es más peligroso que la crisis económica. Casí, me atrevería a decir que incluso la posibilidad de una reforma negativa del mítico Pacto de Toledo, el dique que al parecer impide que las pensiones se ahoguen con los revisionismos de los derechos sociales. El peligro está en que entre en crisis la propia democracia transitiva, apenas recién estrenada, para darle paso a la antigua democracia intransitiva -vulgarmente, orgánica-, en cuyo renacimiento están pensando, sin duda, los francotiradores de la ultraderecha mediática.
Rodríguez Zapatero -si antes no se produce un milagro…- podría ser el segundo Adolfo Suárez de la Transición; incluso, contando con que los barones del PS(O)E decidan -consciente o inconscientemente- apoyar maliciosamente a los artilleros de la batería mediática que utiliza la ultraderecha posfranquista empeñada en salvar a España por enésima vez. En esta democracia parlamentaria y dinástica, salida a empujones de las urnas de 1978, no cuenta con una clase política fiable. Aunque de uno en uno, es posible que todos los políticos merezcan el favor de la duda. Mas, cuando se convierten en casta, a veces dan ganas de ponerse a temblar. Este es el problema actual: la clase política se reorganiza en castas. Los barones -concepto creado por la UCD- son una casta empeñada en dominar a la clase política. Esta duda incrustada en un momento en el que los sembradores de confusión abundan tanto, acaba por aniquilar la esperanza. Sobre todo, cuando a los políticos les da por hablar de economía, y a los economistas de política.
Lorenzo Cordero. Periodista.
La democracia vertical, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Esta democracia de arte y ensayo -inspirada por los mitólogos de la Transición- no fue una idea original de los libretistas que argumentaron la opereta del cambio político de aquel régimen que acaudillaba el general que la Divina Providencia había elegido para salvar a España de la masonería y el comunismo. En realidad, esta entretenida -y entretenedora- democracia de arte y ensayo se tramó utilizando las viejas trovas de la democracia orgánica, convenientemente restauradas. Se trata de un ingenioso instrumento político prácticamente idéntico al que, hasta entonces, habían utilizado los mantenedores de los retóricos juegos florales con los que el Reich español entretenía a los (supuestos) ciudadanos que habían sobrevivido al tsunami del 18 de julio de 1936.
Los viejos dogmas franquistas fueron hábilmente pulimentados para que se adaptaran al nuevo régimen que sustituiría a la antigua tragedia del Movimiento Nacional -representada hasta ese momento en el teatro español- con la moderna comedia costumbrista de una Monarquía reinventada. Para entender cómo funciona esta nueva democracia es imprescindible conocer a fondos sus antecedentes: los principios fundamentales de la democracia orgánica. Que tampoco fueron una idea original de aquel pertinaz general (ísimo), aunque no pueda negársele su condición de líder de la misma; si bien más orgánico que demócrata.
El autor intelectual de la teoría de la democracia orgánica fue Salvador de Madariaga, cuyas tesis políticas sobre la democracia empezaron a ocurrírsele después de haber leído La crisis del humanismo, una de las obras capitales de Ramiro de Maeztu, con quien Madariaga había iniciado la que sería una larga amistad durante la estancia de ambos en Inglaterra.
Enemigo irreconciliable del movimiento obrero -sobre todo, a partir de 1934- para este contradictorio personaje del retablo burgués republicano, la democracia debe discurrir apaciblemente por un cauce de libertades. “Fuera del marxismo y respetando la libertad individual aún en lo económico”. Añadiendo que, siendo así, “seamos demócratas. Si no, no”. Tenía una idea rigurosamente aristocrática de la condición de clase. Quizá, de ahí procedía su tendencia al verticalismo. Así como también las tesis orgánicas que desarrolló en su ensayo político Anarquía o jerarquía.
Sus contradicciones son parte de su biografía, sin las cuales probablemente no se entendería su personalidad. Fue embajador de la II República en Washington y París; diputado en las Cortes Constituyentes de 1931 por el ORGA -partido autonomista gallego de Santiago Casares Quiroga-; en las elecciones de 1933 no se presentaría porque quería dedicarse a la política con independencia de los partidos; lo cual, no le impidió aceptar la cartera de ministro de Instrucción Pública en el Gobierno que presidía Alejandro Lerroux. A Madariaga se le escuchaba decir, con cierta insistencia, que él era un “liberal de nacimiento”. Por consiguiente, un burgués republicano. Sobre todo, un elitista radical al que le molestaban las masas. Despreciaba a los obreros porque se empeñaban en luchar abiertamente por sus intereses. Por su derechos sociales y económicos.
Cuenta en sus memorias (Amanecer sin mediodía ) que conoció al general Franco por mediación de Ramón Prieto Bances. Los tres se reunieron en el comedor del Hotel Nacional (no podía ser menos) para almorzar y hablar de lo divino y humano. Según confirma, el general le había impresionado “por su inteligencia concreta y exacta“. Es decir, quedó impresionado por los aforismos del heroico militar… Unos días después, Madariaga le envió un ejemplar de su obra Anarquía o jerarquía. Libro que también leería Ramón Serrano Suñer, quien, después de aquella lectura -en un momento en el que el cuñadísimo atravesaba una profunda crisis ideológica, según su propia confesión- consiguió encontrar un nuevo camino. Aleluya.
Probablemente, el mismo camino que, después, tendrían que recorrer obligatoriamente los súbditos del general, para llegar a reunirse todos en el corporativismo político que, sin demasiado esfuerzo, se puede descubrir todavía hoy en esta democracia de arte y ensayo, cuyos cimientos son los mismos que los de la democracia orgánica. Aunque parezca mentira.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Democracia de arte y ensayo, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
En los años de la década de los 60, en el siglo XX, había más motivos que ahora para confiar en que la política activa, en aquel momento, dejaría de ser, a corto plazo, un tabú para los ciudadanos; incluso se podía pensar que las instituciones de gobierno se convertirían en unos funcionales órganos de participación política en vez de ser -como lo eran entonces- instrumentos de poder reservados únicamente para beneficio exclusivo de las élites del régimen. Aquellos años -de los que nos hemos alejado cronológicamente, mas no históricamente- permitieron que atisbáramos algunos fugaces destellos con leves intenciones democratizadoras; los cuales, nos permitían iluminar, en parte, la utópica esperanza que teníamos puesta en un cambio radical del régimen.
Aquella ilusionada perspectiva liberalizadora, que se vislumbraba en el horizonte apenas perceptible de aquel cerrado sistema político, que parecía estar perfectamente blindado contra cualquier contingencia antagónica que pudiera destruirlo o debilitarlo, se acrecentaba a medida que la mítica década prodigiosa de los 60 avanzada en el tiempo, abriéndose camino por entre una serie continuada de sucesos que nos parecían señales de un cambio imparable.
Recordemos, por ejemplo, el llamado Contubernio de Munich (1962), en donde un reducido grupo de notables disidentes del franquismo alzaron la bandera del europeísmo para liderar una oposición al régimen; el brote de la resistencia protagonizada por el movimiento obrero, que tuvo en Asturias unos de sus escenarios privilegiados (1962); la aparición de las encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963), en las que se defendían los derechos humanos, la libertad de expresión y el derecho de asociación, así como también abrían ventanas al viento libre de las tesis del Concilio Vaticano II; la famosa Ley de Prensa de 1966, con la cual el régimen amagaba con liquidar la larga etapa de la censura previa y el control totalitario de los medios de comunicación, hasta entonces sometidos a la dura ley de 1938, inspirada por las normas del viejo nazismo.
Los 60 fueron un discreto atisbo de libertades y un alivio -duró poco tiempo- para quienes tenían por oficio el ejercicio de la libertad de prensa. Se le abría al periodismo político un resquicio -que, a veces, era una trampa- para que entrara por él una suave brisa que animara a esta ensimismada región a comprometerse con la necesidad de abrir un debate político sobre el Estado y el futuro de las libertades públicas. De aquella época, oscilante entre las sombras del poder omnímodo -y omnívoro- y la centelleante luz que iluminaba el ansia de liberación ideológica, muy pocos son los que conservan el recuerdo de una etapa en la que un reducido grupo de jóvenes periodistas que trabajaban en la pequeña Redacción de este periódico en la calle Gil de Jaz, en Oviedo, iniciaron una lúcida batalla mediática por la democratización de la sociedad asturiana.
LA VOZ DE ASTURIAS, a partir de 1965, fue un periódico que se adelantó a los primeros indicios de una posible prensa democrática y democratizadora, independiente del poder que disfrutaban los oligarcas del régimen; que dio abundantes muestras de su vocación de periódico abierto y crítico con el sistema dominante. Aunque algunos se incomoden, hay que decir que este periódico fue, en solitario, una avanzada de la democracia que parecía estar aguardando a que le abrieran la puerta; fue una plataforma mediática muy activa para quienes reivindicaban la democratización del Estado; fue un campo en donde se experimentaron las primeras pruebas de la necesidad de tener un periodismo claramente comprometido con las libertades, rechazando los maximalismos y obviando las insensateces sin pedigree democrático…
No era la primera vez que arriesgaba incluso su existencia para luchar en favor de la tolerancia y el sentido común. Desde su aparición en el mercado de las ideas (1923) -seis meses antes del golpe de Estado del general Primo de Rivera, que contaba con el beneplácito de Alfonso XIII-, ya había dado pruebas fehacientes de su vocación por las libertades.
Cuatro años después de que La Voz de Asturias liderara aquel solitario compromiso democrático, apareció la revista Asturias Semanal (1969) con su activismo ideológico en favor de las libertades. Ya eran dos voces con el mismo discurso. Pero aquella arriesgada aproximación a un periodismo abierto, libre, crítico, distante del compromiso con el poder, para La Voz duró tan solo veinte años. Hasta que un nuevo muro levantado por los aprendices de la intolerancia -en pleno régimen democrático- volvió a encerrarlo. Al parecer, esta democracia de arte y ensayo, con la que han vestido a la nueva Monarquía sincopada, también es incompatible con un periodismo libre de ataduras partidistas, ponderado en sus expresiones pero implacable con los nuevos oligarcas de la Transición. Conviene saberlo.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Los aperturistas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Hace un cuarto de siglo, cuando el dictador ya había realizado su viaje triunfal hacia el Tribunal de Dios y la Historia -el único que, al parecer, podía exigirle cuentas por su severa conducta con una gran parte del pueblo-, y cuando sus súbditos -los españoles que le sobrevivieron- aun no habían asimilado cabalmente la realidad de la situación en que quedaban, mezclándose los del miedo cerval al cambio con los de la euforia irreflexiva por aquella ausencia, a nadie se le ocurrió pensar que, transcurridas tres décadas más, aquel momento crucial en la vida de los españoles, convenientemente mitologizado, acabaría determinando de nuevo sus vidas. El franquismo -azote bíblico para unos y plácida paz para otros-, acababa de convertirse en un mito ideológico que continuaría marcando el ritmo de la vida nacional.
La épica histórica de la Transición -el fugaz viaje de la dictadura hacia la democracia- acabaría por continuar determinando el modelo de convivencia entre españoles: unos, los buenos, situados a la derecha del hombre providencial elegido para salvar a la Patria; otros, los malos, encadenados a su izquierda…
Los viejos métodos utilizados por la dictadura franquista fueron muy útiles para conseguir el desmantelamiento suave de la misma. En este sentido, ocurrió lo mismo que les pasó a los soviéticos cuando decidieron liquidar el sistema estalinista: usaron al estalinismo como método ideal para acabar con él mismo. Sin embargo, en el caso de la URSS hubo algunas voces que se pronunciaron planteando la necesidad de rechazar ese método para que el desmantelamiento del estalinismo fuera auténtico. La historia real del saneamiento ideológico llevado a cabo en la URSS -al final de un tiempo marcado por las dictaduras europeas: Italia, Alemania, España…- no se repitió en nuestro caso. No hubo ni una sola voz que cuestionara el método elegido para provocar el cambio lampedusiano de la dictadura de España.
Más de treinta años después de aquel mítico fenómeno político, conocido como la Transición, si alguien tuviera la osadía de decir que el régimen cívicomilitar del 18 de Julio había sido liquidado mediante el uso de métodos específicamente franquistas, lo más probable es que sobre él se desplomara toda la aparatosa tramoya política de aquel inolvidable sistema orgánico que sustentaba la bóveda del casticismo españolista.
No digamos lo que le hubiera ocurrido si, además, el osado crítico de la mitología de la Transición decidiera añadir que, para garantizar la autenticidad de ese cambio era necesario romper definitivamente con los métodos franquistas. La sombra de aquel personaje, que protagonizó la tragedia griega de la Guerra Civil, oscureció definitivamente el luminoso paisaje democrático que intentaba institucionalizar la República. Franco, en un momento concreto de la Historia Sagrada de España, había encandilado a la aristocracia agropecuaria; fascinado a la burguesía que creía que las espadas siempre son triunfos, y magnetizado a una masocracia cuya vocación consistía en ejercer funciones de burguesía… Ese esotérico magnetismo político aún no ha desaparecido del todo. Con lo cual, aquí se ha rizado el rizo de la Transición: franquismo y democracia se complementan.
No es verdad que la Transición significó la erradicación definitiva del Movimiento Nacional -Suma Ontológica de aquel régimen-, sino una dulce metamorfosis que le permitió sobrevivir frente a la democracia a medio cocer que nos han puesto sobre la mesa.
Treinta y cinco años -tres décadas y media- después de su ascensión al limbo de la Historia, el recuerdo de Franco sigue determinando las líneas maestras de aquello que sus ideólogos llamaron aperturismo; el cual no consistía en la sustitución del sistema franquista por otro antagónico. Lo dejó bien claro un ministro secretario general del Movimiento (José Utrera Molina) con un discurso sobre el desarrollo político, pronunciado ante el Consejo Nacional del Movimiento -vivero de aperturistas- al presentar un documento base sobre desarrollo político, el 22 de julio de 1974: “Hay un tema que está en todos los labios: apertura (…) Pero la apertura, para nosotros, no puede ser otra cosa que un proceso que culmine, al nivel del tiempo que hemos alcanzado, los ideales germinadores del 18 de julio de 1936 (…) La apertura, pues, ha de hacerse hacia adelante, desde nosotros mismos hacia el futuro…“.
En ese compromiso sigue trabajando don José María Aznar.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Simplicidad democratica, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Si el miedo al paro y a la crisis económica no les permite a los españoles dormir con sosiego, tampoco los partidos y los políticos les ayudan a serenar sus inquietudes. Estas son, al parecer, las conclusiones más preocupantes que, al parecer, acabar de descubrir los investigadores del actual mercado de las ideas. Sondear a la opinión pública para, después, explicarle a ella misma cuáles son las causas de su desasosiego social, es algo que se ideó en la primera mitad del siglo XX. Concretamente, en 1936, por un norteamericano llamado George Gallup, quien, posteriormente, fundaría el famoso Instituto Gallup. A partir de entonces, los sondeos públicos son las matemáticas del poder político. Pero no como ciencia exacta, sino como mera hipótesis coyuntural.
Cuenta Eric Hobsbawn, en su Historia del siglo XX, que, en 1939, a la pregunta de quién preferirían que fuera el vencedor en el caso de una guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin, el 83 por ciento de los norteamericanos respondieron que los soviéticos; tan solo un 17 por ciento optó por la victoria nazi. Este es un buen ejemplo para empezar a dudar del valor de las encuestas cuando son utilizadas como elementos básicos para apoyar determinadas apuestas políticas como resoluciones definitivas. Sin embargo, setenta y cuatro años después, los sondeos, las encuestas y los cálculos porcentuales -a pesar de su relatividad- son instrumentos indispensables para que el poder político justifique sus decisiones. Incluso, sus errores…
Así como en la llamada burbuja inmobiliaria está el origen de la llamada crisis económica que arrasa al mundo occidental, en este santo país -que, curiosamente, es en el que moraba el gran Centinela de Occidente- el pánico social que genera la desconfianza en los políticos y en los partidos, es la consecuencia de la explosión de otra fabulosa burbuja : la de la democracia inorgánica .
Después de cuarenta años de celosa pedagogía antidemocrática, es imposible -y, además, increíble- que la cultura democrática haya conseguido imponer sus principios de la noche a la mañana. Y mucho menos cuando se trata de un país en el que el instinto político supera a la inteligencia analítica. Los sondeos sirven para alimentar ese instinto; pero los análisis serenos y bien ponderados no les sirven a quienes siempre tienen prisa. Las prisas de los políticos son la causa de que en este país no haya anidado la reflexión política. Y esta ausencia se nota mucho y cada vez se hace más necesaria. Con lo cual, el lenguaje político es cada vez más simple.
Aquí, los políticos se han pasado las tres últimas décadas simplificándolo todo: la historia, la democracia, el poder, la ciudadanía… A la historia, para dejarla reducida a un increíble cuento de hadas; a la democracia, para disminuirla hasta confundirla con un trámite burocrático; al poder, para ejercerlo como siempre: de arriba a abajo; a la ciudadanía, para utilizarla como un coro…
A punto de concluir la primera década del siglo XXI, nos damos cuenta de que casi estamos en el mismo sitio en el que estábamos -o en el que nos tenían atrapados- en 1976: entre la melancolía por lo orgánico y la ignorancia de lo democrático. O dea, que estamos como siempre: entre la sombra y la luz.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Escolástica franquista, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del Tigre
Contaba José María Pemán, el poeta del glorioso alzamiento nacional, que, en cierta ocasión, casi al final de una de una animada charla mantenida en la intimidad de un despacho en El Pardo –por lo visto, era el lugar en donde aquel general de generales se le ocurrían geniales frases para adornar la historia de su sobria inteligencia personal-, el Caudillo le había dicho: No crea, Pemán, a mí me gustaría contemplar desde fuera mi sucesión, y poder disfrutar e unos años de vida civil. Transcurridos ya treinta y cuatro años e su insólita muerte (digo insólita porque casi todos los españoles de la época creían que aquél elegido por la Divina Providencia, para salvar a los buenos españoles, era inmortal…); después de haber presenciado sus bienaventurados súbditos el desarrollo político de su sucesión; incluso de comprobar cómo la Iglesia católica mantiene en lo más alto de su eterno compromiso con España, su lealtad a la escolástica política que aquel general había ido tejiendo con meticulosa precisión para que su obra fuera recordada y alabada por las futuras generaciones, es probable que el fino interlocutor de Pemán de sintiera, hoy, orgulloso de su obra.
Cuando los únicos –y, quizá, irrepetibles- partidos, que encarnan la democracia que sustituyó a la dictadura, protagonizan escandalosas broncas dentro y fuera del Parlamento; cuando el mismísimo jefe de Estado que le sucedió –a título de rey- tiene que recordarles que sean sensatos, que no olviden que el Estado posfranquista es un delicado jarrón de porcelana china, que puede rompérseles en mil trocitos después del trabajo que les costó modelarlo, pintarlo y ponerlo en un sitio bien visible para adornar la nueva democracia que ilumina e inspira la inteligencia de los españoles; cuando la Conferencia Episcopal Española (C.E.E.) saca a la calle a su ejército (el de la buena familia española), para demostrar que, con ellos, a España no osarán tocarle ni un pelo los seculares enemigos de la patria. Y de Dios, claro. Y lo que es más conmovedor aun: la Iglesia que gobierna la C.E.E. –Rouco Varela mediante- le demuestra que no sólo sabe velar por los Diez Mandamientos (con mayúscula, como Moisés…), sino que es fiel cumplidora del décimo –y último- mandamiento que el general superlativo escribió para los cadetes de la Academia General Militar de Zaragoza, después de haber sido nombrado director de la misma, en 1928. Dice así: Ser fiel cumplidor de sus deberes y exacto en el servicio. ¿Hay o no hay continuidad escolástica?
Si el general(ísimo) contemplara hoy, desde fuera de la vida cómo es obvio, el resultado de su sucesión se quedaría estupefacto al comprobar como la mayoría de los (nuevos) españoles recitan de carrerilla –y con soniquete- los conceptos sagrados de su inolvidable pedagogía españolista: Dios, Patria, Cruz, Espada, destino en lo universal… Ideas que permanecen intactas en el ideario común e todos los partidos (sólo dos) que hacen posible que el Estado democrático actual funcione y meta ruido. Este es el milagro que, seguramente, quería contemplar el amigo de Pemán, mezclándose con la multitud que llenaba el Paseo de la Castellana, en Madrid; como si fuera uno más.
Pero sin aplaudir todas las palabras del apocalíptico cardenal Rouco, es posible que apostando por ser el próximo Papa. Sobre todo, aquellas que decía frunciendo el ceño: Este es un panorama oscuro y desolador… ¡Pero hombre de Dios…!
Si todo el mundo –España es el mundo…-, si todo el mundo se está expresando aquí y ahora con el profundo sentimiento de la escolástica franquista, y Franco también era la Luz, ¿en dónde está la oscuridad? Y si -como es fácil de comprobar- la izquierda (rojos, masones y demás familia aún permanece en el exilio, junto con la República, ¿en dónde ve el carismático cardenal la desolación…? Por eso, al pié de la tribuna instalada en la Plaza de Lima, estaba Franco luminosamente transparente y gritando ¡Arriba España! No me diga usted que no le vio.
Lorenzo Cordero. Periodista.
¡Que (no) viene Cascos…!, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
Aunque, como dicen en los partidos que representan el pluralismo político democrático español (sólo dos) aún no toca hablar de candidatos para las elecciones municipales y autonómicas –en 2011-, ni para las generales –en 2012-, lo cierto es que en los gallineros del PSOE y el PP hay un gran alboroto que, a través de los intermediarios mediáticos, están consiguiendo que en esta granja ovina, llamada España, empiece a cundir el pánico preelectoral. La atmósfera política está tan sobrecargada de impaciencias, de sutilezas supuestamente ideológicas, de presiones demagógicas y de prisas alternativas, cuya única finalidad es la de acelerar el convencimiento público de que lo que necesita la sociedad española actual es un cambio de protagonistas para sacarla del pozo al que, por lo visto, la han arrojado los incompetentes que la gobiernan y los inútiles que los aplauden.
No es que quieran cargarse el sistema, sino a quienes lo personalizan: unos, en La Moncloa; otros, en las autonomías y, por fin, a los mandarines municipales de la misma cuerda que los primeros y los segundos. Evidentemente, la prisa por despejar a la oligarquía socialdemócrata, que es la que, al parecer, estorba, la tienen aquellos que personalizan la otra oligarquía: la que se quedó atrapada bajo la pesada losa ideológica de la soberbia españolista y filofranquista, labrada por quien hoy preside la FAES, el almacén que le suministra las ideas a la moderna ultraderecha española.
Esa oligarquía –en su versión asturiana- invoca por enésima vez la reaparición de un antiguo secretario general del PP nacional, exministro e ideólogo reconocido cuyo magisterio doctrinal brilló tanto –e hizo brillar tantísimo a la derecha asturiana- que, ahora, sin su presencia ni su protección, la rotunda derecha de esta región parece un agujero negro en el espacio sideral del universo españolista. Y de las JONS. Al grito de “¡Que viene Cascos…!”, el PP asturiano intenta darse un chute de adrenalina política que le permita encararse eufórica a las elecciones –cuando éstas toquen- con el mismo ánimo triunfal con que Pelayo se enfrentó a los árabes a morrillazos, sacados del arsenal rosado de la caliza de Covadonga.
En España –o sea, en este país- siempre se le ha confiado a un salvador providencial la papeleta de lograr el triunfo total. Y en Asturias -¡que es España, coño…!- la lista histórica de salvadores es tan larga como la guía telefónica. Y aún está sin cerrar.
A pesar de todo, es probable que Cascos no acuda a las llamadas de la selva que le lanzan desde este espeso territorio sagrado. Quizá porque en realidad aquí ya no tiene un partido político, propiamente dicho, sino un complejo puzzle tribal cuyas piezas son muy difíciles de encajar para completar un todo aceptable, disciplinado y eficaz. En Asturias no existe un PP, sino muchos PPs con demasiados jefes de tribu, y excesivas ambiciones personales. Esto para un personaje bien acomodado en la cúpula del Olimpo españolista desde hace años; con una historia política personal muy brillante; celoso del poder jerárquico, con un claro sentido elitista del liderazgo, esto, repito, para un líder que fue –según sus devotos- el Jovellanos del siglo XX, no ofrece las garantías necesarias para despertarle el deseo de volver a torear en esta plaza.
“¡Que viene Cascos!” significa, en realidad, “¡Que (no) viene Cascos!”. Y este es el problema real que tiene planteado la ultraderecha posfranquista asturiana: ¿Por quién lo sustituimos? Jovellanos I ya no está para esos trotes. Y la Santina –que yo sepa-, nunca tuvo aficiones toreras. Con lo cual, Areces lo va a tener más fácil para figurar en solitario en el cartel taurino de las próximas autonómicas.
Lorenzo Cordero. Periodista.
