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En defensa de los políticos, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Tiene razón José Bono. No en todo, claro, pero sí en su defensa de los diputados y de los que se dedican a la política en general. El presidente del Congreso se ha echado a la espalda la dignificación de una actividad injustamente maltratada y ferozmente atacada por algunas voces que no pueden dar ejemplo de nada. Tiene razón Bono cuando dice que en el caso de los políticos «ocurre algo que no les ocurre a los periodistas, los sacerdotes, los notarios o los albañiles y es que cualquier defecto no queda oculto, sino que se publica». Tiene razón en que es falso de toda falsedad que los diputados -o los senadores- sean unos vagos redomados que pasan medio año de vacaciones y otro medio dormitando en el escaño. Los periodos de sesiones en el Congreso y el Senado están regulados en el artículo 73 de la Constitución. Tiene razón en que los diputados no se forran como los futbolistas galácticos, los especuladores de los hedge founds o los notarios. Tiene razón también en que los parlamentarios soportan una transparencia sin parangón, al tener que hacer públicos sus ingresos en una web oficial al alcance de todo el mundo. Sólo una minoría de ellos tiene actividades privadas, el resto cobra una nómina cuyo importe tiene poco de escandaloso, aunque a los parados ciertamente se lo pueda parecer.
El desprestigio de la clase política es una realidad penosa para el sistema democrático, pero muy rentable para quienes vocean los supuestos privilegios, ya que sus proclamas caen en terreno abonado por la demagogia. Da la sensación de que a muchos les gustaría que los representantes democráticos de los ciudadanos vivieran en la indigencia, pidiendo limosna, viajando en auto stop y comiendo en comedores sociales. Debajo de algunas de estas críticas se esconde un desprecio olímpico por las instituciones democráticas que los políticos encarnan. La dignidad del puesto que ocupan merece un sueldo digno y una pensión digna. Puestos a escandalizarse, es mucho más escandalosa la pensión de jubilación del presidente del BBVA -68 millones de euros- que el complemento de la jubilación de los diputados, que además están sirviendo al interés de los ciudadanos. Por lo menos, la mayoría de ellos.
Hay que decirle a José Bono que no está solo en su cruzada en defensa de los políticos, porque lo parece. Pocas voces se unen a la del presidente del Congreso para reivindicar la dignidad de la función pública y el papel de las instituciones democráticas. Gobierno y oposición prefieren tirarse los trastos a la cabeza, y en esta refriega interminable, al final, acaban perdiendo todos. Y, lo que es peor, acaba perdiendo el propio sistema democrático, que no tiene quien lo defienda porque los partidos están muy ocupados en despellejarse unos a otros, lo cual les deja poco tiempo para ocuparse de lo que es realmente importante. Esto es, que los ciudadanos vuelvan a confiar en sus representantes, a los que ellos mismos votan cada cuatro años. Un diputado es una persona muy respetable a quien la sociedad encarga una función más honorable aún. Es el Catón de la democracia que de vez en cuando conviene recordar.
En el palacio de la reina Fabiola, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
El Palacio de Zurbano es un señor palacio que perteneció a los Marqueses de Casa Riera hasta que el Gobierno socialista se lo compró a sus herederos, que no debían de andar muy bien de dinero. El edificio es un bien de Estado no sólo por la riqueza artística de su decoración rococó, sino también porque allí nació, creció y vivió Fabiola de Mora y Aragón, una joven de mucho abolengo que salió de sus salones para casarse con el rey Balduino y convertirse en reina de los belgas. Desde que la granadina Eugenia de Montijo -«qué pena pena, que te vayas de España para ser reina», dice la copla- se casó con Napoleón III, España no había situado a nadie en un trono extranjero. Por esas vueltas que sólo da la vida, el actual amo de llaves del Palacio de la reina Fabiola es un ministro gallego de costumbres bastante distintas a las de los marqueses de Casa Riera. José Blanco ha decidido abrir sus salones reales para acoger la negociación de un pacto que primero fue de Estado, luego anticrisis y ahora ya veremos. El ministro sacó la vajilla imperial, los manteles de hilo y la cubertería de plata para epatar a los portavoces parlamentarios.
El señorío imperial del palacio era adecuado para dar sensación de trascendencia y aunque quizá Blanco no reparara entonces en ello, Elena Salgado se da un aire a la reina Fabiola, con sus trajes sobrios y elegantes, su pelo con volumen, el gesto de abnegada servidora del Estado y esa cierta frialdad -o altivez- que sólo da ser de noble cuna o creerse llamada a grandes destinos. La vicepresidenta segunda no desentona nada, sino todo lo contrario, con la decoración del Palacio de Zurbano, donde ha ejercido como anfitriona principal de las dos rondas de conversaciones que ella, José Blanco y Miguel Sebastián han mantenido con los grupos parlamentarios.
La jugada política de llevar a palacio a los partidos -sobre todo al PP- para negociar un pacto anticrisis le salió bien a un Gobierno asediado por la realidad. Pero las películas de lujo duran lo que duran y las luces de las arañas ya no dan más de sí. Ha sido el portavoz del PNV, Josu Erkoreka, quien lo ha dicho con su naturalidad habitual: «Hay que cerrar el Palacio de Zurbano o dejarlo sólo para visitas turísticas». Demasiadas luces, demasiadas cámaras y muy poca acción que no pueda desarrollarse más cómodamente en las dependencias del Congreso de los Diputados. Lo que se está negociando, al fin y al cabo, no son más que proyectos de ley que el Gobierno presentará y los grupos apoyarán en algunos casos, y en otros no. Es decir, negociación parlamentaria pura y dura. Como se sospechaba, lo único de Estado que hay en el Palacio de Zurbano es la propiedad y la sombra de la reina Fabiola.
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Puesto imposible, Gobierno desgastado y jefe agobiado, de Lucía Méndez en El Mundo
ANÁLISIS
La Secretaría de Estado de Comunicación es un potro de tortura que se inventó José María Aznar en el año 96 cuando llegó a La Moncloa. Zapatero la ha mantenido, pero todos los que han ocupado ese despacho pueden atestiguar que es un puesto mal diseñado, sin un objetivo político concreto, con escasas competencias reales y peso específico muy limitado. Además, los ministros y altos cargos -incluidos los más cercanos- suelen jugar con este cargo al pim, pam, pum cuando vienen mal dadas, que es diariamente.
Para empezar, al secretario de Estado de Comunicación lo nombran dos personas. Mal rollo. En teoría, quien hoy lleva a la mesa del Consejo de Ministros el nombramiento de Félix Monteira es la vicepresidenta primera, porque de ella depende orgánicamente. Sin embargo, ni María Teresa Fernández de la Vega ni ninguno de sus antecesores han pinchado ni cortado a la hora de la designación de los sucesivos secretarios de Estado. Siempre es el presidente del Gobierno quien nombra a una persona de su confianza, ya que en la práctica el responsable de Comunicación del Gobierno ejerce, en realidad, de jefe de prensa del presidente. Ésta es la razón de que los secretarios de Estado hayan acabado, todos sin excepción alguna, peleados con los vicepresidentes. Le ocurrió a Miguel Ángel Rodríguez con Álvarez Cascos; a Pedro Antonio Martín Marín con el mismo Cascos; a Alfredo Timermans con Mariano Rajoy, y a Miguel Barroso, Fernando Moraleda y Nieves Goicoechea con la vice De la Vega. No es un drama, pero es molesto. Como tener dos jefes, siendo uno de ellos el que más manda del país y otro el que más manda en el complejo de La Moncloa.
Para seguir, el secretario de Estado es un cargo de segunda categoría comparado con un ministro y no digamos con un vicepresidente. Y en la Administración estas cosas tienen su importancia. Los ministros no asumen bien que un secretario de Estado les dé órdenes, por mucho que vayan de parte del presidente. Además, tiene que pelearse a menudo con los pretorianos del Gabinete del presidente, como sólo se pelean los nobles cortesanos en la Corte de un rey.
La única función clara del secretario de Estado de Comunicación es la de servir de enlace entre La Moncloa y los medios. Una cosa no muy fácil, que con el presidente actual es imposible, puesto que es él quien se relaciona directamente con medios y periodistas. Lo habitual es que un secretario de Estado de Zapatero se entere de las cosas que pasan en el Gobierno por la prensa. Lo cual nunca le va a librar de ser el saco de todos los golpes. No ha habido ningún Gobierno en la democracia que no haya tenido problemas de comunicación. Cada vez que un Ejecutivo se queda sin política, sin relato, sin leyes o se instala en el caos, los medios se llenan de sesudos análisis sobre los problemas de comunicación, instigados por los miembros del propio Gobierno. Un topicazo tan socorrido como poco preciso, porque casi siempre lo que falla es la política, que va antes y es condición imprescindible para la comunicación. Si no hay política, no hay comunicación que valga. La periodista Nieves Goicoechea ha ejercido el cargo de secretaria de Estado con dignidad, paciencia y modestia. Virtud esta última muy escasa en el universo político mediático. Félix Monteira, veterano periodista de periódicos, llega a este puesto imposible en una época de caos, con el Gobierno desgastado, una vicepresidenta que ha tenido tiempos mejores y un presidente agobiado. No le arriendo la ganancia.
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El extraño caso del ex presidente, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Lo habitual es que las personas cumplan años hacia adelante y acaben haciéndose viejas con el paso del tiempo. Sólo algunos elegidos, como Isabel Preysler y José María Aznar, lucen más jóvenes cada año que pasa. La una se conserva en química y el otro sumergido en política pura. El jueves 25 de febrero, el ex presidente del Gobierno cumplirá 57 años. Pero nadie lo diría. En los últimos años ya había dado muestras de estar sufriendo una especie de regresión a su juventud, con el pelo largo, el abdomen como los niños de 17, las pulseras indígenas y una actitud entre desahogada y provocadora. El último dedo de Aznar confirma que, efectivamente, le importa todo un bledo, o una higa, expresión que él mismo utilizaba mucho en su juventud biológica. A base de descumplir años, ya va por los trece, que es la edad a la que los niños suelen sacar ese dedo tan expresivo para referirse a compañeros frikis, empollones o profesores. A nada que se descuide vuelve a nacer, como el protagonista de El extraño caso de Benjamin Button.
La vida suele transformar a las personas, pero la metamorfosis de Aznar es extraordinaria. Un dato al respecto. En el año 91, en plena construcción de su liderazgo, el entonces presidente del PP visitó la Universidad Complutense después de haber apoyado a González en su respaldo al primer ataque contra Irak. Le abuchearon, igual que en Oviedo. Pero aguantó el chaparrón y ni se le ocurrió mirarles mal. Su portavoz, Miguel Ángel Rodríguez, cogió del suelo uno de los pasquines que decía: «Aznar, zurraspilla de Bush» y lo colocó en su despacho. Entonces todo parecía gracioso, no como ahora.
Si quitamos el castigo que diariamente inflinge a su cuerpo, el caso de Aznar es envidiable. ¿A quién no le gustaría sacarle el dedo a la cantidad de idiotas que uno se encuentra por ahí? Este hombre no sólo descumple años, sino que ha llegado a ese estadio superior de leyenda urbana o personaje legendario donde no se tiene miedo a nada y no se está condicionado por nada. Hace lo que le da la gana y no sufre remordimientos, sino al contrario. Es más. Tiene una corte de trompeteros que le justifica y le jalea, haga lo que haga. Si algún día decide tunear el Audi blindado y subir por la Castellana a 200 por hora, bakalao a tope y sacando la cabeza por la ventanilla, dirán que la culpa la tienen Zapatero y los que le odian, que «no pueden vivir» sin él.
En realidad, si Aznar sigue tan presente en la vida de España es porque tiene un asuntillo pendiente que también empezó con un dedo. El dedo con el que designó a su sucesor. Ni su cuerpo ni su alma podrán descansar tranquilos hasta el día en el que Rajoy entre en La Moncloa o pida el reingreso en el registro de la propiedad.
«Sólo algunos elegidos, como Isabel Preysler y Aznar, tienen el privilegio de descumplir años»
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‘Hay que ser humildes’, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
La semana pasada fue la mirada de los niños la que alegró aquella mañana gris de Zapatero en el Senado y ayer fue la visita de los Premios Goya la que le dio un respiro antes de una comparecencia en el Congreso que será a cara de perro. El presidente del Gobierno procura encontrar momentos de respiro a sus tribulaciones y está bien que así sea. Nadie puede vivir eternamente amargado por los problemas. Como dijo Durão Barroso -que parecía muy aburrido hasta que conocimos a Van Rompuy y a lady Ashton-, «hay que combatir el glamour intelectual del pesimismo». Zapatero y el clan de la ceja en La Moncloa, toda una orgía para los que han hecho del combate contra el jefe del Gobierno la razón de su existencia. Los cineastas españoles y la Academia han sido machacados sin misericordia por los medios conservadores desde aquella célebre gala del No a la guerra. Muchos opinantes se refieren a directores y actores de forma despectiva como el clan de la ceja. El cliché anti ZP se ha impuesto a la realidad y los que lo inventaron han ganado la batalla del lenguaje. Hay gente que identifica la Gala de los Goya con una reunión del club de la ceja, a pesar de que en el vídeo electoral de apoyo a Zapatero solo salían tres o cuatro cantantes y un par de actores.
Aunque sólo fuera por el discurso de Álex de la Iglesia, la gala ya hubiera merecido la pena. Somos muchos los que estábamos deseando oír lo que dijo al comienzo de su discurso. Muchos españoles hartos del ombliguismo político y mediático. Mira por dónde, el presidente de la denostada Academia de Cine ha proporcionado a Zapatero un buen comienzo para su comparecencia parlamentaria. «Señor presidente, señoras y señores diputados, hay que ser humildes. A mí me cuesta mucho, soy soberbio y engreído. Parece que forma parte de mi trabajo, y no debe ser así. No somos tan importantes. Importante es salvar vidas en un hospital. Eso sí que debería tener trascendencia mediática. Tenemos que ser humildes, estar agradecidos a la gente y pedir perdón por haber fallado. Nunca reconocemos nuestros errores. Nos miramos al ombligo, nos encanta nuestro ombligo. Tenemos pósters de nuestro ombligo en casa, cuadros de ombligos llenando nuestras paredes. Los primeros que tenemos que arrimar el hombro somos nosotros. Hasta aquí, señorías, las palabras que el presidente de la Academia de Cine pronunció en la Gala de los Goya. Las he tomado prestadas porque me parecen oportunas para este momento. Hay que ser humildes y voy a intentar dar ejemplo. Me equivoqué con la crisis desde el minuto uno y ahora quiero exponer ante sus señorías la voluntad de mi Gobierno de rectificar el rumbo, sabiendo que ello va a suponer un sacrificio para todos los ciudadanos. Expondré a continuación cuáles son las reformas que, a juicio de todos los expertos, necesita la economía española y pido humildemente a todos los grupos de esta Cámara, sobre todo al partido mayoritario de la oposición, que las tomen en consideración para que podamos debatirlas porque de ello depende el futuro de todos. Hasta ahora nos hemos mirado demasiado el ombligo y tenemos que dejar de hacerlo».
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‘Lesx Column’, palabra de Dios, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Todos los días, antes de salir a buscar trabajo, millones de parados se lanzan sobre el Financial Times para conocer cómo va el Nikkei. Lo mismo hacen los camioneros del centro de transportes de Benavente, los que descargan la fruta en Mercamadrid y los empresarios del campo almeriense. De norte a sur y de este a oeste, España despierta leyendo el Financial Times, un periódico de color salmón editado en Londres que antes era sólo «prestigioso» y ahora dicen que es la Biblia del capitalismo en dura pugna con The Economist, la revista que los españoles devoran el fin de semana. La vicepresidenta Elena Salgado lee el FT -efti deletrea ella que sabe inglés y economía- antes de hacer su agenda, y en el despacho contiguo al que ocupa Mariano Rajoy en la sede del PP, Jorge Moragas escudriña sus páginas a fondo para saber si Zapatero va a dimitir.
El pasado día 2 de febrero, la columna Lex del FT -que viene a ser como las tablas de la ley entregadas por Dios a Moisés- causó una honda conmoción de sur a norte y de este a oeste. En los mercados de abastos no se hablaba de otra cosa. Se titulaba S’painful -qué dolor- y decía que la situación de España era tan dramática como la de Grecia, al borde de la quiebra. «Horror», pensaron los parados. «Estamos perdidos», dijeron los pequeños empresarios. «Como los griegos no, eso es lo último», repetían los españoles en los bares a la hora del desayuno. Zapatero tembló de miedo y Rajoy mandó planchar el traje para su investidura como presidente del Gobierno.
La convulsión social provocada por la Lex Column alcanzó tales proporciones que los parados, los transportistas y los trabajadores enviaron un mensaje urgente a Elena Salgado: «Vicepresidenta, tienes que salir de road show por la City y el FT para que los hedge founds dejen de practicar operaciones de short position que están machacando nuestra deuda pública en los mercados debido a los credit default swaps». Elena Salgado se plantó en Londres con su elegante chaqueta y su mejor inglés para aplacar las iras de la Lex Column. Por fin la mañana del 10 de febrero, el FT dictó sentencia: España no es Grecia. Un suspiro de alivio recorrió los mercados de abastos, los polígonos industriales y las oficinas del INEM. Zapatero podría seguir en La Moncloa y Rajoy tendría que seguir esperando.
Moralejas. Tenemos un serio problema de autoestima como país. Los pobres griegos tienen motivos para odiarnos por tratarles como si fueran apestados, o como si nosotros siempre hubiéramos sido ricos. El FT va a lo suyo, como todos los periódicos del mundo. El capitalismo no se va a refundar ni de broma y Zapatero no es tan rojo como parecía.
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La decepción, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
De todas las desgracias que han caído sobre su cabeza en esta su semana horribilis, la que más le tiene que haber dolido en lo personal es la frialdad de Obama. A su llegada al Desayuno de Oración, el presidente estadounidense saludó a la traductora casi con la misma intensidad que a él. Y después de los rezos se fue volando con Michelle, sin ni siquiera tomar un café rápido con su «querido amigo». El presidente Zapatero pudo consolarse con el éxito de su brillante plegaria ante la comitiva multicolor que le acompañó a Washington, pero en su fuero interno es difícil que no se haya sentido decepcionado. Un poco como aquella mujer soñadora y sensible que recibe una invitación de alguien con mucho glamour para ir a una fiesta y, tras recorrer medio mundo, comprarse un vestido en la Quinta Avenida y ponerse estupenda, llega a la fiesta y su anfitrión le saluda calurosamente, le dice diviértete y después desaparece.
Con la de cosas que tienen en común -nacieron el mismo día, dan gracias a Dios por estar casados con sus mujeres, tienen dos hijas, les votaron los jóvenes, han sufrido ambos despiadadas campañas de desprestigio de la derecha más montaraz, admiran a Borges-, él había creído que la química entre ellos daría pie a una relación especial, más humana que política o diplomática. ¿Qué menos que un café si vas a visitarle al otro lado del mundo? A sus 49 años, el presidente Zapatero tendrá que aprender a aceptar las decepciones. Le pasa a mucha gente. Cuando se ponen demasiadas expectativas en las personas, siempre nos acaban decepcionando. No digamos ya si hablamos del hombre más poderoso del mundo. Una vez asumida la desilusión, a Zapatero le toca decir lo que dijo Nicolas Sarkozy, a quien Obama no ha recibido aún en la Casa Blanca ni quiso visitar en El Elíseo cuando estuvo en París, aunque es un líder megafuerte y Francia aún no ha sido comparada con Grecia ni castigada por los mercados. «¿Cuál es el drama de que no venga Obama (a la cumbre de la UE en mayo)?, ¡como si no tuviéramos cosas más importantes de las que ocuparnos!».
Así es. Sin poder permitirse descansar del jet lag, el presidente del Gobierno aterrizó en un país donde los diarios hablaban de emergencia nacional. Mientras él oraba en castellano al Dios de los Evangelios, el dios de los mercados había decidido castigar a España. El Gobierno es tan torpe que apenas se lo puede uno creer. Pero ahora ya no valen llantos ni crujir de dientes (Mateo 13:42). Ni tampoco sirve de mucho rasgarse las vestiduras (Génesis 37,34). Los mercados no vienen a por Zapatero. Vienen a por España. En la hora de la responsabilidad, todos los que se apunten al descrédito del país, creyendo que así rematarán a Zapatero, merecen ser castigados.
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¿Un país serio?, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Ha dicho el presidente del Gobierno que España es un país serio y nos ha pedido Mariano Rajoy que seamos serios como él. Es una coincidencia muy oportuna en el tiempo, ya que la última semana el debate político ha tenido toda la pinta de ser una broma. Qué más quisiéramos nosotros que tener un país serio, ahora que nos han declarado en estado de debate permanente. No acabamos de abrir uno, cuando ya llega otro, y otro, y otro. Discutíamos sobre la inmigración y de repente surgió el debate del cementerio nuclear. Aún sin recuperarnos, llegó la cadena perpetua, la reforma de las pensiones, la edad de jubilación y el cierre de El Bulli. Esto último ha sido una interesante aportación al debate público de los más prestigiosos medios nacionales e internacionales, sabedores de que millones de españoles, europeos, norteamericanos y japoneses no duermen pensando qué van a comer cuando la Capilla Sixtina de lentejas sin lentejas al aire de zanahorias cierre sus puertas. El asunto ha liofilizado a la opinión pública provocando ríos de tinta.
Sin ninguna duda, el debate más chistoso ha sido el de la instalación del cementerio nuclear. Para demostrar que no siempre la cadena alimentaria sigue un orden lógico, las cosas más sensatas las han dicho los alcaldes: Queremos el cementerio para dar vida a nuestros pueblos.
En este desorden tan poco serio, van perdiendo los partidarios de la energía nuclear. Las empresas del sector se han gastado una millonada en contratar gabinetes para blanquear la imagen de la energía nuclear. Buena, limpia, segura y barata. En una semana, dos presidentes socialistas, Barreda y Montilla, la dirección de CiU y María Dolores de Cospedal, número dos del PP, se han cargado todas sus campañas, dando la razón a IU y los ecologistas. Si ellos no quieren el cementerio nuclear en sus comunidades será porque piensan que la energía nuclear es mala. Si no, estarían pidiendo a gritos el ATC. Rajoy lleva tiempo reclamando la apertura de un debate nuclear para denunciar el activismo «irresponsable» de Zapatero. Pero su secretaria general no quiere depósitos de uranio en su patio trasero. Cuando estalla la polémica, Rajoy confiesa que no tiene una opinión formada.
Todo muy sensato, coherente y responsable, como le gusta al líder de la oposición. Él siempre se ha considerado un tipo serio, tanto como el protagonista de la última película de los Cohen. Su idea de seriedad y rectitud es ciertamente original, ya que pasa por no opinar u opinar siempre lo mismo sobre todos los temas: Zapatero es un inútil. Ya. ¿Y…? Esta semana, sin embargo, nos ha dejado una sentencia muy interesante: «Todo es consecuencia de no tomar decisiones, ya que al final se genera polémica y no se resuelve nada». Un diagnóstico brillante.
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Llamazares y ‘Los bárbaros’, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
El novelista y dramaturgo italiano Alessandro Baricco, que saltó a la fama mundial con una obra exquisita y romántica titulada Seda, ha logrado su segundo gran éxito editorial con Los bárbaros. Se trata de un ensayo con planteamiento original y desarrollo audaz. Su tesis es que los bárbaros ya no son hordas que vienen de fuera a destruir la civilización, sino que los tenemos dentro, producidos por la mutación del desarrollo tecnológico de la propia sociedad occidental. Los bárbaros se han inventado al hombre horizontal, que viaja por la superficie y no por el fondo. Los surfistas ya no encuentran la intensidad del mundo en las profundidades del pensamiento, sino en la piel y han sustituido la reflexión por la velocidad, la expresión por la comunicación y la cultura tradicional por el movimiento permanente en busca de experiencias veloces.
Para Baricco, que no califica sino que se limita a describir el fenómeno, Google tiene menos de 10 años y ya se ha situado en el corazón de la civilización. «Cuando visitamos Google, no estamos visitando una aldea saqueada por los bárbaros, estamos en su campamento, en su capital, en el palacio imperial». El secreto de los bárbaros, si es que tienen alguno, está ahí dentro.
Gaspar Llamazares debería leer el ensayo para entender lo que le ha pasado porque es una víctima de los bárbaros, tal y como los describe Baricco. El ha logrado fama mundial gracias a Google y a un artista gráfico del FBI que utilizó su foto para dibujar el retrato de Bin Laden envejecido. Es muy lógico que el ex coordinador general de IU esté sumido en la estupefacción más absoluta. El no quería pasar a la Historia por una cosa así. Es un hombre de izquierdas de toda la vida, un político serio -quizá demasiado si me apuran- y nunca se ha permitido una frivolidad en el combate contra el mundo capitalista. ¿Cómo no le va a extrañar que de todos los millones de habitantes que tiene el planeta, el FBI haya ido a dar precisamente con su cara? Raro sí que es, pero también posible. Los surfistas se mueven tanto que pueden acabar en cualquier sitio.
Debería consolarse pensando que no es el único al que le pasan cosas parecidas. Sin ir más lejos, hay otro ejemplo reciente de cómo los bárbaros de la mutación social pueden llegar a condicionar las profundidades. Un surfista colocó la foto del cómico Mr. Bean en el lugar que ocupaba la del presidente Zapatero en la web de la Presidencia europea. Se han publicado en estos días sesudos comentarios acerca del papel de España en Europa que incluían como elemento importante de los análisis la broma de Mr. Bean. Baricco sostiene que no se puede luchar contra los bárbaros porque están dentro de cada uno de nosotros.
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El aburrimiento, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Los sociólogos Víctor Pérez Díaz y Juan Carlos Rodríguez, en su comentario sobre la última encuesta de la Fundación de las Cajas de Ahorro, analizan con detalle la llamativa falta de confianza de los españoles tanto en el Gobierno como en la oposición y concluyen que en este momento «el debate público se centra en cómo manejar el presente». Ante la crisis, tanto el PSOE como el PP se inclinan por mantener «el statu quo». Es decir, han decretado el aburrimiento general, dicho en términos menos científicos que los utilizados por los sociólogos. Los datos indican que están logrando sus objetivos, ya que -según todos los estudios de opinión- la gente contempla el debate político con sopor, desgana, cansancio e incluso hartura. El presidente del Gobierno cree que los españoles están tan cabreados por la crisis que hasta se ven más feos, más gordos y más viejos en el espejo. Por eso cree que sus males son pasajeros y que como no hay quien resista mucho tiempo viéndose más viejo, más gordo y más feo, es cuestión de esperar -o de cambiar de espejo- para que sus votantes vuelvan a verse bien. El líder de la oposición está convencido de que los votantes ahora ven a Zapatero más feo, más gordo, más viejo y que por eso le darán el poder a él. Tanto uno como el otro han decidido que lo mejor es no hacer gran cosa, salvo administrar el día a día.
Zapatero tiene en la presidencia de la UE la excusa perfecta para volcarse en los grandes expresos europeos. No hay presidente que se resista a convertirse en el líder no sólo de un país, sino de todo un continente. Es un caramelo demasiado goloso para no apurarlo hasta el final del semestre. Sin embargo, si hablara con sus antecesores en el cargo, le dirían que ni un minuto del tiempo destinado a la preparación de cumbres y reuniones europeas, ni uno solo de los grandes esfuerzos desplegados por los sucesivos gobiernos en las presidencias rotatorias le dio un solo voto a los gobiernos de Felipe González o de Aznar. En el primer semestre de 2002, el entonces Gobierno del PP dedicó el 100% de su tiempo a la UE. Cuando acabó la presidencia, sin darse cuenta, tenía el Ejecutivo hecho unos zorros y fue necesaria una crisis para recuperar el pulso. Zapatero supone que las fotos con Obama -además de una satisfacción personal indisimulada- le servirán para tomar impulso. Aunque tal y como estamos es mucho suponer.
Por contra, a Mariano Rajoy le ha dado por hacerse fotografías muy al estilo Callejeros, un programa de Cuatro en el que salen vagabundos, pobres de solemnidad y habitantes de las barriadas periféricas de las ciudades. Primero se fotografió blandiendo una mata de tomates para denunciar que el Gobierno había cambiado a Aminatu Haidar por un acuerdo hortofrutícola con Marruecos. Después se fue a un comedor social a servir cocido gallego a personas que no tienen para comer. Más tarde lo vimos en EL MUNDO en la cola del INEM, observando a los parados con cara de circunstancias. ¿Quién será el asesor que le recomienda estos posados? Lo que más hay en la cúpula del PP son abogados del Estado y no creo que ninguno de ellos se vea identificado con Callejeros.
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El vergonzoso caso de Gerardo, de Lucía Méndez en El Mundo
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La Bolsa ha subido mucho en el año que acaba de terminar, pero sólo la de los valores financieros. Hay señales inequívocas de que los comportamientos éticos no cotizan al alza, sino muy a la baja, en la sociedad española. Esta Navidad nos ha dejado un ejemplo escandaloso de ausencia de valores -éticos, que no financieros- en la clase empresarial. Gerardo Díaz Ferrán, el hombre que quería volar, ha disfrutado de sus vacaciones tan tranquilo y tan calentito en alguna de sus mansiones, mientras los desgraciados a los que estafó pasaban la Nochebuena en el aeropuerto de Barajas, comiendo el pollo asado que les dieron los policías. El patrón de patronos habrá brindado por la prosperidad del Año Nuevo, mientras el Estado ha tenido que desembolsar cuatro millones y medio de euros para que las víctimas de Díaz Ferrán pudieran viajar a sus países. El empresario que quería volar no pagaba el sueldo a sus trabajadores desde hacía meses ni las cotizaciones de la Seguridad Social desde hacía años. Tal vez por ello pidió en la mesa del diálogo social un recorte drástico de esas cotizaciones. Barriendo para casa.
Díaz Ferrán vendió billetes que valían 1.500 euros a trabajadores inmigrantes que tienen que vivir con un sueldo de 650 euros al mes. Y los vendió hasta los últimos días, cuando él y sus abogados sabían que tendrían que cerrar Air Comet. Desconozco si el patrón de patronos ha podido incurrir en algún delito penal -en todo caso ha contratado a un prestigioso y carísimo bufete madrileño- pero estafar a los pobres es un delito social por el que debería responder ante alguien, aunque sólo sea ante su conciencia. Son demasiados ya los casos de grandes empresarios -de la construcción por ejemplo- que después de quebrar y dejar a miles de trabajadores en el paro siguen viviendo como marajás, sin que nadie les pida responsabilidades. Por no hablar de los directivos de Caja Castilla-La Mancha, que no han pasado ni una mala noche, a pesar de su desastrosa gestión.
Lo más vergonzoso del caso del empresario que quería volar no es su resistencia a abandonar la Presidencia de la CEOE, ya que alternando con líderes políticos y sindicales se divierte mucho más que al timón de sus negocios. Lo increíble es que sus colegas de actividad empresarial no le hayan pedido que se vaya. Por decencia, por ética, por responsabilidad, para no producir escándalo público, para no agraviar a las víctimas de su estafa ni a los trabajadores que ha dejado en el paro. Por vender unos billetes que ni siquiera él habría comprado. El cierre de filas de los empresarios con Díaz Ferrán indica que los únicos valores que importan en determinados ambientes son los del Ibex 35.
«Lo más escandaloso es que sus colegas no le hayan pedido que dimita por ética y por decencia»
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El rastro de Aminatu, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
El coordinador general de IU, Cayo Lara, lloró cuando le comunicaron que Aminatu Haidar volvía a su casa en El Aaiún y dijo que conocía a muchas otras personas que también habían llorado. Sin llegar a tanto, el resto de los españoles hemos sentido un gran alivio. La sola idea de que se pudiera morir en su cuchitril del aeropuerto de Lanzarote era insoportable porque, aún sin comerlo ni beberlo, nos golpeaba en la conciencia. El pulso de esta saharaui con Mohamed VI, librado en la cara de Moratinos y en la espalda de Zapatero, ha servido para revitalizar a un sector de la izquierda bastante mortecino desde que el PSOE gobierna. Ya casi se nos había olvidado aquello de «un saludo a los compañeros y amigos del Frente Polisario» y Haidar nos lo ha venido a recordar. Aunque ni la activista ni los saharauis deberían dejarse llevar por el optimismo. Su causa se nos volverá a olvidar dentro de nada, puesto que el Gobierno español ya eligió de qué lado estaba nada más tomar posesión.
Marruecos no puede tener queja de la diplomacia española, a pesar de lo cual, Mohamed VI le manda mensajes a Sarkozy, pero a Zapatero ni le llama ni le escribe. Tampoco a nuestro Rey. Al menos que sepamos, porque mientras el presidente francés informa con detalle en sus comunicados de los mensajes que se cruza con el monarca marroquí, nuestro Gobierno ha optado por no darnos ni una pista sobre las negociaciones que han devuelto a casa a la activista.
Zapatero ha vuelto a demostrar que es capaz de solucionar las crisis satisfactoriamente, si bien necesita un par de semanas de estrés colectivo y sufrimiento gubernamental. Hay muchas preguntas sin responder sobre este caso. No sabemos por qué razón Mohamed VI decidió respetar los derechos humanos de Haidar cuando ella llevaba 32 días en huelga de hambre y había ingresado en un hospital. ¿Por qué no accedió a entregarle el pasaporte a los 25 días, a los 27 o a los 30? ¿Necesitaba que pasara por un hospital para mantener el suspense y el dramatismo? ¿Necesitaba más tiempo para encarecer el precio de su magnanimidad? No hace falta dejar volar muy lejos la imaginación para concluir que Marruecos ha tenido que sacar algo a cambio de devolverle el pasaporte a Haidar. El altruismo nunca ha sido la seña de identidad del régimen alauí.
Moratinos dice que no ha habido concesiones. Lo malo es que resulta difícil de creer cuando quien habla es el mismo ministro que, preguntado una y otra vez, tardó 32 días en reconocer que su homólogo marroquí le informó personalmente de que mandaba para acá a Aminatu. Con lo fácil que es decir la verdad.
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