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Platos rotos astures, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«Lo más grande que el hombre ha hecho se lo debe al sentimiento doloroso de lo incompleto de su destino».
(Madame de Staël)

Unquera-Llanes o la fuerza del sino. Oviedo-La Espina o la burla que no cesa. La Autovía del Cantábrico a su paso por Asturias o la insostenible inanidad de una tierra que no tiene quien la reivindique. El peaje del Huerna o la promesa incumplida que alcanzó la vejez. La FSA o el discurso cautivo. El PP astur o el partido que once años después no se repuso de su única -y pírrica- victoria política. IU o la subcontrata política más ventajosa del arecismo. ¡Qué panorama, Dios mío, qué panorama!

¿Dónde está el Deus ex machina que nos condena a que, en materia de infraestructuras, nos cueste tanto alcanzar la transitividad que no tenemos? En lo tocante a nuestra salida a Europa, parece que siempre nos tropezaremos con el tramo Unquera-Llanes. Entre la gran ciudad astur y el suroccidente, siempre nos quedará la autovía de la Espina, cuyos tramos sin terminar, o bien están prácticamente paralizados, o bien el Ministerio del señor Blanco decidió rescindir el contrato con la empresa correspondiente, como en el caso de la segunda calzada entre Salas y la Espina. En lo que concierne a nuestra comunicación por carretera con la Meseta, estamos condenados a seguir pagando peaje, por mucho que se haya venido prometiendo que se iba a suprimir. Entre Asturias y Galicia, nos los fían cada vez más largo.

Pero aquí el personal está muy contento, claro que sí. Ahí tenemos, por ejemplo, al dirigente socialista Álvaro Cuesta que, a pesar de los pesares, le escanció un culín de sidra al señor Blanco en Villazón durante la visita del Ministro a nuestra tierra con motivo de la inauguración del tramo entre Grao y Doriga el pasado mes de julio, evento que se llevó a cabo con dos años de retraso. ¡Eso es velar por nuestros intereses y lo demás cuento! Pero aquí todos contentos, el señor Buendía está encantado con los recortes, y, dando muestras de unos recursos expresivos que hubieran asombrado al propio Quevedo, nos deleitó con una perorata futbolística. ¡Toma poder metafórico, que diría el señor Moreno! (Me refiero al «¡toma!», que no a la metáfora). Pero aquí todos contentos, don Javier Fernández, que tanto se afana y se desvela por el bienestar de los más desfavorecidos, comprende las últimas reformas del Gobierno en materia de pensiones y de reforma laboral. Pero aquí todos contentos. Don Ovidio Sánchez, tras la energía espiritual que le proporcionó su viaje a Tierra Santa, seguro que comienza el curso político dispuesto a todo, quién sabe si a perder por cuarta vez. Pero aquí todos contentos. El alcalde de Oviedo, a pesar de «Villa Magdalena» y otros asuntos no muy favorecedores de las cuentas municipales, es feliz desdiciéndose y anunciando buenas nuevas. Pero aquí todos contentos. El vibrante señor Sariego, dicharachero edil gijonés de retórica castelarina, pone su granito de harina y de arena al pan y circo del localismo astur, y así la diversión entre los unos y los otros está más que asegurada.

Platos rotos astures. Ni el arecismo que está en retirada, ni tampoco el emergente candidato socialista don Javier Fernández tienen a bien plantar cara al Gobierno a resultas de los recortes presupuestarios que está sufriendo Asturias. Sus señoritos madrileños son intocables, claro está.

Platos rotos astures. Ante ello, el PP, en lugar de disponer de un candidato con un proyecto para Asturias que avance lo que espera que el Gobierno español decida con respecto a nuestra tierra, está dando el espectáculo de proponer un candidato al que meses después desautoriza, está ofreciendo una imagen de división interna, no ya antes de gobernar, sino antes incluso de transmitir a la ciudadanía asturiana su proyecto.

Platos rotos astures. Por mucho que las grandes luminarias políticas de IU en Asturias digan estar en desacuerdo con las últimas medidas del Gobierno de Zapatero que con tamaña sumisión acata el Gobierno autonómico al que apoyan, ahí siguen en sus consejerías y sinecuras para los suyos.

¿Por qué nos cuesta tanto algo tan elemental e imprescindible como concretar lo que Asturias necesita a día de hoy? ¿Por qué hemos llegado a un escepticismo tan pasivo que, suceda lo que suceda, aceptamos convivir con la sumisión del Gobierno autonómico por una disciplina de partido que se antepone a los intereses de esta tierra? ¿Por qué nos resignamos a que el PP se comporte de modo tal que parece a aspirar a seguir estando en la oposición en vez de articular un proyecto y una candidatura que, al menos, suscite el debate político en Asturias? ¿Por qué nos hemos hecho a la idea de que la coalición de izquierdas sea poco más que una oficina de empleo para sus camaradas y anteponga eso a su programa político en el que, en teoría, tendría que existir, además de lo negociable, lo irrenunciable?

Me temo que, a propósito de la brillante afirmación de Madame de Staël que encabeza este artículo, en la Asturias de hoy el «doloroso sentimiento de lo incompleto de nuestro destino», en lugar de llevarnos a la necesidad de mejorar como sociedad, nos conduce a todo lo contrario: a un fatalismo que nos cercena y arruina.

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Agosto 31st, 2010 at 9:12 am

Siempre Marruecos, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de Tenerife

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Qué es lo que le pasa a este país que, cada vez que se vive un contexto histórico en el que se puede decidir no pequeña parte de nuestro futuro más inmediato, en lugar de mirar a Europa, la atención política se centra en Marruecos? ¿Cómo podemos explicarnos que ningún líder político español, sea del Gobierno o de la oposición, apueste todo lo alto y claro que se necesita por la defensa de los derechos humanos en el reino de Marruecos?

La fotografía de Aznar en Melilla, de ese intelectual con tantos oropeles, del que no podemos olvidar su lección magistral en Estados Unidos hablando de los conflictos de España contra los moros. Lo que les puedo asegurar es que, viendo y escuchando aquello, llegué al convencimiento de que con su docta y brillante disertación hubiera conseguido poner de acuerdo a Américo Castro y a Sánchez Albornoz para esperarlo a la salida e increparlo muy duramente. Bueno, pues, no conforme con aquel ridículo antológico, lo que se le ocurre es aparecer en Melilla como héroe nacional y como patriota de pro. España y él son así, señores. ¡Qué poderío, qué carisma, qué donaires!

Muy bien todos sus folclores, si no fuera porque, en su periodo al frente del Gobierno español, no se puede decir que se haya desgañitado reivindicando la democracia en Marruecos. ¿Y qué decir de aquel rocambolesco parte de guerra del señor Trillo con ocasión del asunto aquel en Perejil donde nos deleitó situándonos al alba, informándonos del viento de Poniente, y dando sus bendiciones a aquella especie de Armada Invencible que envió por aquellos lares, en alianza con la Divina Providencia?

Marruecos, siempre Marruecos. Cuando el franquismo agonizaba, nuestro país abandonó a su suerte al Sáhara. Desde el comienzo de la transición a esta parte, no sólo no se apostó jamás por el respeto a los derechos humanos en Marruecos, sino que ni siquiera de defendió nunca en serio al pueblo saharaui.

Marruecos, siempre Marruecos. En vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial, la monarquía Alfonsina miraba hacia África, concretamente hacia el conflicto bélico que teníamos con el vecino país. Que en Europa estuviesen entonces en juego las libertades y la democracia no inquietaban demasiado a la España oficial de entonces.

¿Y qué decir, otrosí, del señor Moratinos, que parece estar ausente de todo esto? Aquí parece que todo el mundo se muestra de acuerdo en pedir la democracia en Cuba y en gestionar la liberación de sus presos políticos, afán que, además de compartir, aplaudimos, y hora va siendo ya de que la dictadura castrista deje de someter a su pueblo a la tiranía que está sufriendo, así como a la miseria que de ello se deriva.

Pero nunca hemos visto a un dirigente político español enarbolando ese mismo discurso con respecto a Marruecos, ni siquiera a don Felipe González, sabio europeo e izquierdista de pro (ji, ji, ji).

¿Tiene España política exterior? ¿Aprovechó Zapatero la Presidencia europea para aquella conjunción planetaria con Obama de la que habló en su momento doña Leire Pajín, constituyendo aquellas declaraciones suyas una aportación de primer orden al pensamiento occidental?

Marruecos, siempre Marruecos. De 1909 a esta parte, hemos pasado de una guerra absurda, capricho de un rey nefasto, a una especie de conflicto permanente en el que se percibe que no se negocia de igual a igual.

Y es que, desde el 76 a esta parte, ningún Gobierno español tuvo la decencia de apoyar al pueblo saharaui, ni tampoco de clamar por los derechos humanos.

Si hay algo que los hechos confirman, es que en nuestra política internacional somos rehenes de ese país. En eso están de acuerdo los grandes partidos. En todo lo demás se pelean.

Toda una ópera bufa, de esas que acontecen, como sentenció Marx, cuando la historia se repite, aunque sea al revés.

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Agosto 25th, 2010 at 9:09 am

La Asturias de charanga y pandereta, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Divagaciones sobre la política cultural llariega

Mi noble patria se hace cada vez más estúpida. La Estupidez general influye sobre los individuos. Poco a poco, cada uno se va poniendo a la altura de los demás“. (De una carta de Flaubert a Turgueniev).

El paso de la megalomanía de Girón de Velasco a una especie de Kremlin hecho a la medida de la disidencia de Perlora. El imprevisto lance que hizo que de repente se abandonase la apuesta por una exquisita programación con “performances” para no se sabe qué inmensa minoría, tornándose tan elitista afán en  un populismo de rumba. ¿Acaso era ésta la espedida que podía esperarse de don Vicente y su politburó cultural, convirtiendo su bienamada Laboral en un enclave para lo populachero, y, por si ello fuera poco, programando, otrosí, el último día de Asturias del arecismo con el guión de la charanga y la pandereta?

¿O es que aquí de lo que se trata es de enaltecer la estética del vino peleón, del chorizo grasiento y de la música más chabacana? Porque no estamos hablando tan sólo del sorprendente vuelco en la Laboral llevado a cabo por los privilegiados cerebros de nuestras autoridades culturales, sino que además el día de Asturias contará con una agenda muy similar. Por soleares, se arranca el arecismo en su despedida. ¿Quién lo diría?

De todo este casposo asunto, lo más inquietante de todo es, para mí, la programación que se hizo para el día de Asturias. Este partido que en nuestra tierra es también un régimen, que se reclama tan cosmopolita, que tan reticente se vino mostrando en todo momento con respecto a la cultura asturiana, sobre todo en lo que toca a su lengua, se arranca, como hemos dicho, por soleares. Claro, es mucho más universal todo lo que rodea a doña Isabel Pantoja que cualquier expresión de asturianismo. Lo nuestro es aldeano, cateto, alicortado, mientras que la oferta del señor Moreno no sitúa en la vanguardia cultural del universo. ¡Toma ya!

¿Cómo es posible que esta sociedad tolere semejante tomadura de pelo, soporte un despilfarro tan tremendo? ¿En qué podrá estar pensando el candidato socialista, don Javier Fernández, del que nos consta su escasa debilidad por el asturianismo? ¿Acudirá a los conciertos de doña Isabel Pantoja? ¿Y don Ovidio? En un arranque de espontaneidad, ¿le pedirá a la tonadillera un autógrafo en tan señalado día en la villa riosellana? ¿Y se vestirá para la ocasión doña Mercedes Álvarez, cuya trayectoria académica en la filosofía es tan deslumbrante? ¡Ay!

La pregunta que hay que hacerse no es sólo si la Laboral era esto, sino también si entre nuestros políticos hay alguien que tenga en su cabeza alguna idea de lo que es la política cultural que debe seguirse en Asturias.

De modo que aquí  no sólo es Gabino, con su majeza y ramplonería, el único que apuesta por la brocha gorda, pues hasta las más divinas huestes culturales del arecismo deciden, por lo que parece, imitarlo.

¿Qué quedará de la política cultural del arecismo, que no sea la tropelía contra Pepe el Ferreiro, que no sea su suntuoso despacho en la Laboral, que no sea su acuerdo con el señor Moreno para divertir al personal?

La Asturias de charanga y pandereta, con los Morancos de pregoneros en Oviedo y con la Pantoja como acontecimiento estrella de las fiestas llariegas. La Asturias de charanga y pandereta,  cuya izquierda transformadora gobernante ni siquiera se decidió en ningún momento hacer del 25 de mayo la conmemoración cívica que parecería obligada a poco que se conozca la envergadura histórica de sus protagonistas, empezando por don Álvaro Flórez Estrada.

La Asturias importadora de charanga y pandereta es la que emerge en la solemne despedida de un arecismo que nos ha venido gobernando en los últimos once años.

Divina izquierda que mora en Cabueñes, divina izquierda que va de feria en feria y de salón en salón, regalando cada año la
imprescindible perla cultivada. Divina izquierda que no tiene empacho alguno es justificar lo que sea menester. ¿Acaso hacen falta tantos despachos y tantos altos cargos para poner en manos del señor Moreno el ocio de la ciudadanía astur? ¡Venga ya, señores, venga ya!

Faralaes, castañuelas, coplas que entonan lastimeros lamentos, el machadiano mañana efímero cerrando el verano astur.

¿Qué podremos pensar –insisto- de nuestra divina izquierda cuando los veamos de palmeros de estos espectáculos con que deleitan al pueblo soberano? ¿Recordarán acaso sus liturgias de mecheros encendidos cuando Serrat cantaba la saeta machadiana? ¿Tornarán a su portentosa imaginación acordes de inolvidables canciones, que en su momento fueron himnos, que cantaban, entre otros,  Llach, Aute y Raimon?

Divina izquierda astur, por soleares, por celestiales, sin un Currito el palmo que nos estremezca y nos vuelva tiernos. ¿En qué quedó la educación sentimental de estos cráneos privilegiados que diría el personaje valleinclanesco?

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Agosto 24th, 2010 at 8:11 am

A propósito de Juan Marichal, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de La Coruña

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No tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía, pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias pueda formar una idea aproximada” (Larra).

Con la muerte de Marichal acabamos de perder a uno de los referentes que con mayor clarividencia se ocupó de una época tan convulsa como apasionante que sigue generando a día de hoy una bibliografía oceánica. Y es que, si hay una obra imprescindible para conocer el significado del único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea, es decir, de la 2ª República, así como de los dispersos frutos de su exilio, es la de Juan Marichal

Porque no estamos hablando sólo de un historiador claro y riguroso, de un erudito con un saber enciclopédico acerca de los temas que aborda en sus escritos, sino que nos encontramos, ante todo y sobre todo, con una obra que constituye la mejor interpretación del pensamiento y de la política española en las tres primeras décadas del siglo pasado.

Nadie supo explicar mejor que Marichal el significado de la obra de Manuel Azaña. Su libro sobre el que fuera presidente de la 2ª República es, además de otras cosas, un admirable ejercicio de lucidez interpretativa. En su ensayo sobre Azaña emplea las claves que según Ortega resultan obligadas en toda biografía: “Podemos reducir los componentes de toda vida humana a tres factores: vocación, circunstancia y azar. Escribir la biografía de un hombre es acertar a poner en ecuación estos tres valores”. Con esos parámetros escribió Marichal la biografía sobre Azaña, la trayectoria de una figura histórica que representa, como nos explica el autor del que venimos hablando, la tragedia del liberalismo español.

El propio Marichal dejó escrito que “El estudio estilístico se convierte en una fecunda vía de acceso a un mundo histórico”. Su primer libro, titulado precisamente La Voluntad de Estilo, abrió muchos caminos en el campo de la interpretación. Los ensayos que escribió sobre Unamuno y Ortega también son de inexcusable lectura para entender la obra de los dos gigantes del pensamiento español en el siglo XX.

En unos tiempos como éstos en los que se reclaman liberales gentes del conservadurismo más rancio, la obra de Marichal supone, entre otras cosas, un recordatorio riguroso y claro de lo que fue el liberalismo español desde Larra hasta el exilio republicano.

Discípulo de Américo Castro, yerno de Pedro Salinas, especialista en Unamuno, Azaña y Ortega, don Juan Marichal supo dar significado a parte muy importante de esa lírica de las ideas a la que se refirió Pedro Salinas cuando estudió el ensayismo español del siglo XX.

Se cuenta que Max Aub, cuando visitó España en 1962, dijo algo que se cita mucho: “He venido, pero no he vuelto”.

Yo tengo la impresión de que Marichal, cuando vino a España en el 89, si bien el franquismo se había quedado atrás, no pudo no preguntarse por lo que sería en aquel momento nuestro país, de no haber estallado aquella guerra que dio al traste con un Estado que, entre otras peculiaridades, tuvo, como dejó escrito nuestro historiador, que, excepcionalmente, las dos Repúblicas, la propiamente política y la de las letras, coincidieron de una forma asombrosa. Ortega, en aquella Conferencia en el Teatro de la Comedia el 23 de marzo de 1914, que fue todo un manifiesto generacional, dijo: “Todo español lleva dentro, como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació”.

Pues bien, acaso don Juan Marichal pensó más de una vez en aquella España a la que no dejaron desarrollarse, en la España que sólo llegó a gatear, la de la 2ª República, con sus designios de un liberalismo que terminó del modo más trágico.

A aquella generación del 14 que nuestro historiador conocía tan bien le tocó vivir el momento en que su mundo se desmoronaba de un modo tan irreversible como trágico. Y eso lo padeció Azaña en primera persona que, sin darse cuenta de que vaticinaba su propio destino, escribió en 1930, hablando de Cervantes: “Que una biografía personal mire a dos horizontes, que el declinar apesarado de un hombre, de una generación, y la clausura de un movimiento histórico coincidan, no puede menos de ser raro”.

Habría que preguntarse hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué extremo seguirá este país desconociendo la trascendencia de esa etapa histórica sobre la que Marichal arrojó tanta claridad. Y nunca dejaremos de lamentar que su último empeño por estudiar a fondo la trayectoria del doctor Negrín se haya quedado en gran medida inconcluso.

Esperemos que alguien asuma recoger esa antorcha.

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Agosto 21st, 2010 at 8:12 am

De Marichal a Fernando Vela, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«No tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía, pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias pueda formar una idea aproximada» (Larra).
«Los castaños de indias -encendidos rojos- y allá el Aramo, con sus primeras nieves, emocionan a Clarín suavemente. Piensa acaso que “el otoño es la estación más filosófica del año? y de la vida”, de su vida, y le inunda una tristeza, mitad resignación, mitad esperanzas ultratelúricas que no puede conocer la juventud» (Fernando Vela).

«El móvil literario de Feijoo no es tanto desengañar a los españoles como explayar su personalidad por el vasto campo de los Errores Comunes. Su obra, más que un repertorio de ideas dieciochescas, es su propia novela» (Juan Marichal).

El día anterior a la presentación en la Casa de Cultura de Llanes de un libro que recopila una excelente muestra de ensayos de Fernando Vela, y que publica la Fundación Banco de Santander, tuve noticia de la muerte de don Juan Marichal. Hablamos del historiador que mejor supo explicar la tragedia que sufrió el liberalismo español en la figura de Manuel Azaña. Hablamos también del ensayista que logró captar admirablemente el significado de la obra de dos grandes gigantes del pensamiento en nuestro idioma en el siglo XX, de Unamuno y Ortega. Y hablamos, en fin, de un eximio escritor que, siguiendo los designios de los personajes que con tanto rigor estudió, dio muestras de una claridad que fue, mucho más que cortesía, una referencia de primer orden que tanto contribuyó a un mejor conocimiento de una de las épocas más convulsas y apasionantes de la historia de España.

Muerte de un guía obligado para conocer los trabajos y los días de una etapa de nuestra historia que sigue generando una bibliografía oceánica y, al mismo tiempo, presentación de un libro que debe servir como punto de partida para rescatar del olvido a uno de los intelectuales asturianos más brillantes de nuestra historia más reciente, cuya trayectoria, como él mismo consignó, se encontraba entre las muertes de dos grandes hombres como fueron Clarín y Ortega.

La tesis doctoral de Marichal, dirigida nada menos que por Américo Castro, versó sobre la obra de un autor tan vinculado a nuestra tierra como fue el padre Feijoo, a quien llamó «el desengañador de las Españas». Don Juan Marichal también se ocupó en uno de sus últimos ensayos de otro asturiano de gran relieve como José Gaos.

A propósito de Vela, el que fuera secretario de la «Revista de Occidente» en la época de mayor esplendor de la iniciativa cultural más importante que Ortega llevó a cabo, no sólo era de Oviedo, como recordó Juan Antonio Cabezas, otro de los asturianos más ilustres del siglo XX, autor de una excelente biografía sobre Clarín que acaba de ser reeditada, sino que en la obra del autor de «El arte al cubo» Asturias tiene, como no podía ser de otra forma, una presencia importante. Y la influencia de Vela en el mundo editorial de su época sirvió entre otras muchas cosas para que algunos de los principales autores del 27 dieran sus primeros y trascendentes pasos en la república de las letras.

Me sigo preguntando por qué no se repara en la Asturias de hoy, cuya política cultural está generando escandaleras tan desoladoras, en que esta tierra fue en su momento el principal vivero del orteguismo, pues, para empezar, la mejor semblanza literaria del filósofo sigue siendo la que dejó escrita Pérez de Ayala en su novela «Troteras y danzaderas», donde el pensador madrileño comparecía como Antón Tejero, y, para seguir, cuando Ortega conoció a Vela en el verano de 1914, a partir de la lectura de un artículo que nuestro escritor publicó en el diario «El Noroeste», se fraguó una amistad cuya aportación a los empeños del filósofo fue decisiva, y, para concluir, en el inventario de asturianos discípulos de Ortega figuran, además de los ya citados Vela y José Gaos, intelectuales de la talla de Valentín Andrés, Pedro Caravia y Manuel Granell.

Tristeza por la muerte de Marichal y, al mismo tiempo, alegría al ver que la palabra de Fernando Vela, cuya belleza de página es incuestionable, se rescata en un libro que recopila textos que muestran la calidad de su obra.

Vela, mostrándonos a Jovellanos y a Clarín, plasmando lo más esencial del paisaje asturiano donde se manifiesta no sólo un profundo y lúcido conocimiento de su tierra, sino también la genialidad de su estilo.

Pedro Salinas, que, además de gran poeta, alcanzó gran altura como ensayista, habló con singular acierto del cultivo de una «lírica de las ideas» en el mejor ensayismo español del siglo XX, en el que se encuentra, sin duda, Fernando Vela, de obra tan dispersa como su maestro, debido, entre otras cosas, a su ilimitada curiosidad.

Pues bien, a esa lírica de las ideas de la que habló el suegro de Marichal, añadamos algo que escribió el autor de «El secreto de España»: «El estudio estilístico se convierte en una fecunda vía de acceso a un mundo histórico».

De Marichal a Vela, acompañando a don Fernando en sus itinerarios por Asturias hasta llegar a aquella última partida de ajedrez el 6 de septiembre de 1966 en el Café Pinín de Llanes cuando se despidió de la vida.

El gran escritor que, según Ortega, fue una de las mentes más claras y lúcidas que conoció, volvió a Llanes y a Asturias el pasado 9 de agosto, dejando en quienes lo admiramos ese sabor agridulce por lo mucho que hemos perdido, pero que sigue vivo gracias a ese prodigio al que conocemos como tinta impresa, tan fresca, actual y apasionante como su obra, cuya lectura asombra a quien tenga a bien llevarla a cabo con un mínimo de sensibilidad y agudeza.

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Agosto 17th, 2010 at 10:10 am

Aconteceres astures, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«El peligro de la libertad moderna es que llenos de goce de nuestra independencia privada, y dedicados a nuestros intereses particulares, renunciemos fácilmente a nuestro derecho de participación en el poder público». (Benjamín Constant)

Tiempo hacía que no vivíamos en Asturias tamaña efervescencia política. Esto, si se tiene en cuenta el inmovilismo que hemos venido soportando en los últimos once años, «fierve». Aun en pleno mes de agosto informativamente hablando, la vida política llariega no está de vacaciones. Ítem más: el domingo con el que se iniciaba el mes veraniego por excelencia, la atención política estuvo puesta en el discurso de un hipotético candidato del PP, el señor Álvarez-Cascos, y, también en la intervención de Javier Fernández, que oficialmente encabezará la lista del PSOE en las próximas elecciones autonómicas.

Con independencia de que no sepamos si el PP se decantará o no por Cascos como candidato a presidir el Gobierno asturiano, lo que resulta innegable es la importancia de su discurso. En primer lugar, porque manifestó claramente que estaba dispuesto a volver a la política activa, mostrando su voluntad de colaborar en la recuperación del Gobierno asturiano y ofreciendo su experiencia y afán por contribuir al proyecto de Rajoy en España.

Menor expectación suscitó la comparecencia de Javier Fernández, por una razón muy simple: su candidatura es oficial. Su discurso, sin ser brillante, sí resultó esclarecedor, aunque no sorprendente: si llega a gobernar Asturias, su política se parecerá muy poco al arecismo. Quedan importantes incógnitas por despejar, pero para ello se cuenta con tiempo más que suficiente: de aquí a mayo, ya iremos conociendo su programa electoral y su proyecto sobre Asturias, que tiempo tuvo a madurarlo.

Según Ortega, al que Cascos citó, hay tres cosas que un orador no debe hacer: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí. Pues bien, se podría decir que ni don Javier ni tampoco don Francisco, por fortuna, incurrieron en nada de eso en sus respectivos discursos.

En todo caso, no sería pertinente comparar ambas intervenciones, más allá de la coincidencia de la fecha, toda vez que uno se dirigía a sus votantes, mientras que el otro tenía como principales receptores a las gentes de su partido. De uno se esperaba que debutase como candidato, mientras que se contaba con que Cascos deshojase definitivamente la margarita de sus intenciones. Y, en ese sentido, el uno y el otro, con mayor o menor brillantez, cumplieron sus cometidos.

En cuanto a Cascos, hay que decir que su discurso, además de la declaración de intenciones de la que venimos hablando, alcanzó un nivel más alto del que estamos acostumbrados. Hablamos del texto en sí. Distinta cosa sería contrastarlo con la realidad política de un pasado reciente en el que tuvo un indudable protagonismo. Cuando habló de aquel Congreso de su partido en Sevilla del que salió «un proyecto ganador», habría que preguntarse si la gestión de los gobiernos en los que participó como Vicepresidente primero y como Ministro de Fomento después, fue tan modélica como sostiene, porque, sobre todo, a la segunda legislatura de Aznar se le podría aplicar perfectamente aquella máxima de Azaña en virtud de la cual «lo más difícil de administrar es una victoria política». Tengo para mí que aquella mayoría absoluta tan amplia no fue muy bien administrada, sino todo lo contrario.

Las incógnitas políticas que vive Asturias tendrán que ser despejadas por el PP cuando haga público a qué candidato elige para nuestra tierra. Y es que, aunque el curso político esté oficialmente acabado, hay una tarea para septiembre que no puede ser soslayada.

Y, por otro lado, no podemos dejar de preguntarnos cómo es posible que el partido conservador no se haya conducido en este asunto con más sensatez. Cuando Gabino de Lorenzo se refirió estos días a la normalidad que supone la existencia de un debate interno para elegir a la persona que esté al frente de la candidatura, pasó por alto una obviedad mayúscula: que un debate deja de ser interno cuando se emiten comunicados de rechazo a un hipotético candidato. Ese espectáculo, sumado a la ausencia del Presidente del partido asturiano cuando algo así se hace público, no favorece la buena imagen pública de un partido.

El «acontecimiento Cascos» sigue siendo, hasta que se descarte o se confirme su candidatura, el principal asunto político de esta tierra, seguido de otro no menos trascendente, como es el resultado de la encuesta del CIS que publicó LA NUEVA ESPAÑA acerca de lo que los asturianos piensan del estado autonómico.

Sin entrar en otras consideraciones, que tendrían que ser abordadas en un artículo aparte, el hecho de que en esta tierra no se considere que son muy útiles las instituciones autonómicas supone un estrepitoso fracaso de todos los Ejecutivos llariegos que hasta ahora hemos tenido, particularmente del arecismo que lleva once años gobernando Asturias.

De éso, los candidatos, una vez que estén oficialmente nominados, deberían tomar buena nota, porque lo que está en juego no es ya que su proyecto sea más o menos convincente, sino algo mucho más profundo: que la existencia misma de un Gobierno autonómico tenga sentido para una ciudadanía asturiana que lo sustenta con sus impuestos, sus trabajos y sus días.

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Agosto 10th, 2010 at 8:10 am

Un debate tan estéril como circense de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«Si yo fuera dictador de España, suprimiría de una plumada las corridas de toros. Pero, entretanto que las hay, continuo asistiendo. Las suprimiría porque opino que son socialmente un espectáculo nocivo. Continúo asistiendo porque estéticamente son un espectáculo admirable y porque individualmente, para mí, no son nocivas, antes sobremanera provechosas, como texto donde estudiar psicología del pueblo español». (Pérez de Ayala)

Se diría que estamos en la era de las prohibiciones, asunto nada baladí y muy inquietante. Pero lo peor de todo es la chabacanería de las polémicas que se originan a resultas de ello. El Parlamento de Cataluña acuerda prohibir las corridas de toros en su territorio en un momento en el que la patria de Espriu vive malestares varios, entre ellos, la sentencia sobre el Estatuto de 2006 y el llamado caso Millet, que trae a mal traer a más de un grupo político.

¡Cuánto mejor que se haya montado una discusión taurina en vez de llegar al fondo de un asunto que no sólo pone en tela de juicio el buen funcionamiento de las instituciones que tenían que haber detectado mucho antes lo que se cocía en el Palau, sino también algunos silencios sonrojantes! Y, por su parte, algunos gobiernos autonómicos peperos, en un alarde de españolidad de sainete, sienten ultrajado su patriotismo de charanga y pandereta. Doña Esperanza, cual Agustina de Aragón. El señor Camps, como el apoderado taurino de las Españas, aunque le falta el puro, también proscrito. Para completar el cuadro, que bailen un pasodoble. La majeza, los manolos. ¡Así da gusto!

¿Cómo puede llegar tan lejos la ignorancia de unos y otros? ¿Con qué fundamento cabe afirmar que ser antitaurino significa ser antiespañol? ¿Fue antiespañol aquel escritor tan peculiar llamado Eugenio Noel, antitaurino por definición? ¿Acaso se puede poner en duda el patriotismo de Jovellanos, que demostró no tener ninguna simpatía hacia la llamada fiesta nacional? Moratín, por su parte, fue un gran defensor. No, no es cuestión de españolidad. Distinta cosa es que haya catalanistas que se declaren antitaurinos con la misma ignorancia que sus antagonistas, pensando que lo más definitorio de España son las corridas de toros.

Abiertamente me pregunto cuál es el bagaje de lecturas de algunas personas que se dedican a pontificar en la mayoría de las discusiones públicas. ¿Se puede divagar sobre la fiesta de los toros sin hacer mención a lo que Pérez de Ayala escribió al respecto, con una finura intelectual tan envidiable? Hablo de su ensayo «Política y Toros», imprescindible para entender lo que fue la España de las primeras décadas del siglo XX, textos que destilan ironía e inteligencia de forma más que admirable.

Para Pérez de Ayala, los políticos de entonces se conducían con la misma ordinariez que la mayoría del público taurino: «En los debates parlamentarios de los últimos días de este mes de mayo de 1918, durante los cuales se discutieron los sucesos acaecidos en agosto de 1917, la mayoría idónea, compuesta de caballeros y señoritos, toda ella del señor Dato abajo, se ha mostrado como epítome cabal del público de toros. En ninguna parte como en los toros cabe estudiar la psicología actual del pueblo español. Acaso el conde de Romanones es el político más sagaz, porque es asiduo espectador de toros; tal vez, espectador de los espectadores».

La mordacidad de don Ramón es proverbial. Y en la Asturias de hoy no sólo no tiene quien lo lea, sino que tampoco tiene quien escriba sobre él. Así nos va. No quiero creer que a Ayala le suceda lo mismo que a Jovellanos, según escribió Julián Marías, que tiene estudiosos, pero que apenas cuenta con lectores.

¡Qué buena oportunidad, a propósito de toda esta polémica, para que se rescataran anécdotas protagonizadas por Juan Belmonte, por el Gallo y compañía! ¡Qué magnífica ocasión para que la prensa reprodujese poemas de Lorca y Alberti! ¡Qué lástima que no se saquen a relucir determinados episodios en los que la izquierda que iba para divina en el franquismo se relacionaba con toreros de la época, episodios que están plasmados, entre otras referencias, en un conocido libro de Jorge Semprún! ¡Qué pena que la derecha tenga tan poca memoria de sí misma que ni siquiera recuerde lo mucho que se mofaba por el hecho de que algún torero acudiese a las conferencias que daba Ortega en la España franquista! Reparen en estas palabras de un periódico madrileño en los años 40: «El mayor milagro de don José [Ortega] ha sido poner de moda la filosofía y hacer que las marquesas hablen de la nueva interpretación de la historia a la hora del té y que los toreros lean a Dilthey».

El torero, como el majo, tenía que ser gracioso y, llegado el caso, formar parte de un dramón, crimen pasional incluido, a lo Mérimée, o, también, protagonizar historias con cabida en un cuplé. Pero que departiesen con intelectuales o que acudiesen a sus conferencias no estaba en el guión, ni tampoco se encuentra en el recordatorio de su discurso actual.

Y, en fin, los discursos antitaurinos generados por esta polémica no resultan menos tópicos que los que esgrimen sus más ardientes defensores. Deberían ser conscientes, primero, de que ser antitaurino no es sinónimo de la anti-España, y, que, en segundo lugar, un discurso nacionalista no puede construirse sólo a la contra, máxime si no se prohíben otros espectáculos que comportan un sufrimiento no menor para los animales.

¡Cuánta ramplonería, cuánto oportunismo, cuánta ignorancia y cuánto circo!

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Agosto 3rd, 2010 at 9:12 am

Las vacaciones de Rajoy, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de Tenerife

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Tras el debate sobre el estado de la nación, y con el otoño que se avecina, Rajoy debería meditar muy seriamente sobre lo que viene siendo su actuación para volcarse en lo que le espera tras el verano. No sólo ha transcurrido algo más de la mitad de la presente Legislatura, sino que además tiene ante sí la huelga sindical de septiembre, así como las elecciones catalanas. Y, para el año que viene, las elecciones municipales y autonómicas. Con respecto a Cataluña, el partido conservador tiene un grave problema de coherencia y credibilidad. Nadie ha explicado todavía por qué el PP recurrió el Estatuto de Cataluña y no hizo lo propio con los de Valencia y Andalucía, que, viendo la Sentencia de TC, también podrían sufrir recortes si les aplicasen los criterios más o menos similares. Y del malestar que se vive en Cataluña uno de los responsables es el PP, no sólo por haber recurrido el Estatuto, sino también por el discurso anticatalanista de algunos de sus dirigentes, alimentando los tópicos e invectivas de siempre. Es, de cuantos problemas tiene planteados, el que quizás tenga más difícil solución.

En lo que respecta a la huelga que está convocada para septiembre, una de las cosas más incomprensibles de Rajoy es que aún no ha tenido a bien explicar al país las medidas que propone para combatir la crisis económica que padecemos. Porque, en el momento de la huelga, la sociedad española se preguntará qué medidas tomaría el PP caso de gobernar. Debería preocuparle al líder de la oposición que, habiendo perdido por méritos propios Zapatero su credibilidad, no sea capaz don Mariano de hacerse acreedor a ella. Hasta ahora no vas más allá de la descalificación de su adversario por la falta de coherencia de éste, pero podría caer en la cuenta de que eso no basta.

Cuando seguí el último debate sobre el estado de la nación, recordé a Felipe González plateándole a Suárez una moción de censura. No la ganó, y probablemente contase con ello, pero es indudable que salió fortalecido de aquel envite. Y es que, con moción de censura o sin ella, el dirigente conservador tendría que ser consciente de que, en último extremo, alguien que tenga aspiraciones de gobernar tiene que dirigirse a la ciudadanía, ganarse su confianza, y, para ello, hace falta algo más que el recordatorio de los vaivenes e incongruencias de Zapatero.

Hora es ya de que Rajoy les diga a los ciudadanos qué piensa hacer con las pensiones, con los sueldos de los empleados públicos y, lo que no es menos importante, con la corrupción, contra la corrupción. ¿Cómo es posible que no se manifieste con claridad sobre determinados comportamientos de políticos de su partido que, por mucho que se les suponga la presunción de inocencia, son demasiadas las acusaciones que pesan contra ellos? ¿Puede aspirar al Gobierno de España un dirigente que parece estar a verlas venir, que no da un solo ejemplo de firmeza a la hora de tomar decisiones? El país no espera milagros, pero sí concreciones. Milagro sería que el PP se desembarazase de una vez de la derechona que lo habita. Milagro que sería muy bueno para la vida pública Pero sí exige concreciones que hasta ahora no ha tenido el dirigente conservador. No sé qué resultado obtendrá el PP en las elecciones catalanas, pero es fácil suponer que no será muy bueno, porque ni siquiera se sabe si el líder de este partido está dispuesto a poner los medios que lo hagan salir de la marginación de la vida política catalana. Un partido que tenga un proyecto para España no puede al mismo tiempo elaborarlo contra las aspiraciones de la mayoría de la sociedad catalana.

Y, en cuanto a políticas sociales y económicas, más allá de los tópicos, sabemos que las diferencias entre el PSOE y el PP no son tan grandes como dicen sus voceros. Pero sí hace falta ganarse una credibilidad con propuestas viables. Y es que, por mucho que sea el deterioro que viene sufriendo el Gobierno, la ciudadanía no está dispuesta a dar un cheque en blanco a un partido cuyo discurso se sustenta sobre ambigüedades y luchas intestinas. ¿Saldrá Rajoy de su tibieza y de su falta de concreción? ¿Aprovechará las vacaciones para saber a lo que tiene que enfrentarse desde septiembre hasta mayo? ¿O su único discurso consistirá en recordarnos lo mal gobernante que es Zapatero?

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Julio 28th, 2010 at 8:11 am

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Desapego astur, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«Asturianos e ingleses son, por naturaleza, colonizadores (….) y, en mi sentir, se asemejan muy principalmente en que Inglaterra representa dentro de Europa lo que Asturias representa dentro de España (…). La verde Asturias, humorismo. ¿Pensáis que es poco lo que representa? Por lo pronto, esta rara cualidad yo no sé que la posean en tanto grado sino dos pueblos: Inglaterra y Asturias». (Pérez de Ayala)

¡Qué contradictoria es esta tierra! Por un lado, nuestro síndrome de insularidad existencial es omnipresente. Pero, de otra parte, las formaciones políticas, no ya nacionalistas, sino tan sólo asturianistas, apenas tienen presencia en nuestra vida pública. ¿Qué explicación podría darse al hecho de que, aun sintiéndonos aislados del resto de España, no tengamos un discurso político propiamente asturiano, y no hablo necesariamente de nacionalismos, que pudiera contribuir a que nuestra presencia en España tuviese mayor calado?

Hablo, en efecto, de aislamiento y hablo, al propio tiempo, de sucursalismo. Pensemos en la FSA, que, ante los recortes a las obras en marcha que acaba de anunciar el Ministerio de Fomento, acepta con resignación que se suspenda un tramo de la autovía entre Salas y La Espina y que el resto de las infraestructuras que se estaban acometiendo, ya con grandes retrasos, avancen a partir de ahora a un ritmo mucho más lento.

Pensemos, otrosí, en el PP. Al tiempo que algunos de sus dirigentes dan el bochornoso espectáculo de decir primero que proponen a Cascos como candidato y luego lo rechazan, no les queda otra que esperar a lo que se decida en la calle Génova, que, sea lo que sea, admitirán sin reparos, hasta el extremo de que, llegado el caso, no sentirán mucho empacho por desdecirse, un verbo que algunos conjugan muy bien.

Es innegable el interés sociológico de una tierra que, al tiempo que vive un aislamiento grande con respecto al resto de España, no sale de su sucursalismo, un sucursalismo, a decir verdad, muy literario, en cuanto a que se acepta con una fatalidad que parece habitar en el hondón del sentir colectivo.

Desapego astur, sucursalismo astur. Es una forma paradójica de vivir el presente político, pero es la que tenemos. Desapego astur que, por cierto, nada tiene que ver con el que a día de hoy se vive en Cataluña. Aquí, la decepción empieza por la propia casa. Se cuenta con que los políticos sucursalistas que tenemos no darán nunca el puñetazo en la mesa defendiendo los intereses de Asturias ante sus mandamases madrileños. Se les considera, por lo común, muy poca cosa y no se espera de ellos ni valentía ni coherencia. Lo curioso es que no arraigue en la sociedad asturiana un discurso que se enfrente a esto.

Desapego astur hacia los políticos llariegos. Desapego astur que guarda no poca relación con nuestro sentido del humor. Recordemos, por ejemplo, aquel Consejo Soberano de Asturias y León que se instituyó en la Guerra Civil. Pues bien, a pesar de que los tiempos no invitaban mucho a la ironía, aquello, como se sabe, era conocido como el «Gobiernín»; y es que nuestros diminutivos no sólo pueden tener una enorme carga afectiva, es que además pueden estar llenos de sarcasmo. En el momento mismo en que se habla de «ministrinos o ministrinas» la mordacidad es tan tremebunda como definitoria.

Desapego astur, digo, que, en no pequeña medida, nos limita. Aquí no se trata tan sólo de tener poca confianza en los políticos en general; lo terrible es otra cosa y consiste en la creencia de que esta tierra, como tal, no tiene el más mínimo peso en el ámbito de decisión que más puede influirnos, es decir, en Madrid.

Desapego astur que está muy vinculado a ese síndrome de insularidad al que aludí al principio del artículo. No hablamos, por supuesto, del aislamiento legendario que Asturias vino sufriendo a causa del déficit por las malas comunicaciones, sino de otro mucho más hondo, acaso de aquel que planteó en su momento Ortega acerca de nuestra falta de transitividad.

Una cosa es que siempre haya habido asturianos que llevaron consigo su tierra al lugar donde se encontraban y culminaron con éxito su proyecto vital, y otra muy diferente es que Asturias, como tal, apenas tenga voz en España, y ello no se debe sólo a que seamos una provincia con una densidad de población limitada a la llamada área central; la casuística es, en este sentido, mucho más compleja. Hay diversas formas de estar en la España actual y la más venturosa, a juzgar por los resultados, no parece que sea continuar en el sucursalismo político.

El problema no radica necesariamente en que la inmensa mayoría de nuestros parlamentarios, aquí y en Madrid, sean del PSOE y del PP, sino en que ambos partidos no consiguieron hasta el momento que Asturias esté presente en el ámbito estatal de la manera deseada.

Lo que nos pasa, por otro lado, no hay que buscarlo en el covadonguismo ni en bucles melancólicos mohosos, sino en claves históricas mucho más cercanas, que tienen mucho que ver con la falta de confianza en nosotros mismos.

Se exculpa al alcalde de un concejo con el argumento de que en Oviedo no se le escucha. Ese mismo argumento se emplea también con respecto al político asturiano al que no se le presta atención en Madrid. Lo malo de tan tremendo fatalismo es que nos lleva -velis nolis- a una resignación que nos deja sin salida, que nos sitúa en la encrucijada actual.

Encrucijada actual que puede ser el principio del fin del bipartidismo en el que venimos viviendo desde la transición a esta parte, bipartidismo que, al menos, debería llevar incorporado un discurso sustentado en un proyecto sobre Asturias en el que puede haber muchas cosas negociables, pero también algunas irrenunciables.

¡Cuántas aristas y matices tiene nuestra vida pública! Somos un país, pequeño, familiar, atopadizo, en el que el nacionalismo difícilmente puede aflorar, dado que el aislamiento que vivimos impide que nos sintamos abrumados, pero existencialmente sí que somos un país, cuyo «hecho diferencial» lo vivimos en no pequeña parte como un problema, puesto que, a día de hoy, no es que no tengamos acomodo en España, es que no contamos siquiera con un discurso para exigir ser acogidos con la dignidad que da el mero hecho de existir.

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Julio 27th, 2010 at 9:12 am

La posibilidad de España, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de Tenerife

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Tribuna abierta

La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el aniquilamiento progresivo de la posibilidad España. No, no podemos seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa que solo en casos de extrema rareza ha sido cumplida… Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridiscente, la España que pudo ser“. (Ortega)

“La angustia española de los subnacionalismos y los separatismos no tendrá alivio mientras los capítulos de agravios y dicterios no cedan el paso al examen estricto de cómo y por qué fue lo acontecido. El convivir de los individuos y las colectividades se basó en Occidente en un almohadillo de cultura moral, científica y práctica, pues en otro caso hay opresión y no convivencia. Castilla no supo inundar de cultura de ideas y cosas castellanas a Cataluña, como hizo Francia con Provenza y luego con Borgoña” (Américo Castro)

Tras la Sentencia del TC y la manifestación del 10 de julio contra los recortes del nuevo Estatuto, los datos que arrojan las encuestas son inequívocos: en Cataluña, el independentismo va a más de forma imparable. Desde luego, caben matices, entre ellos, el estado de crispación del momento. Pero, por mucho que se quieran dulcificar esas cifras, el problema no sólo está ahí desde hace tiempo, sino que se ha incrementado considerablemente. No vale el carpetazo, tampoco, mirar hacia otro lado, sino afrontar el estado de la cuestión con realismo y, ojalá, con un mínimo de inteligencia. Y es que, entre los muchos problemas que tenemos planteados, uno, nada insignificante, es la ausencia de políticos de talla, de personajes públicos con visión de Estado.

De un tiempo a esta parte se viene hablando del desapego que se vive en Cataluña con respecto al resto de España. Y, desde el otro lado, se lanzan excesivos topicazos, cada vez más hirientes, contra esa comunidad que en muchos casos no son de recibo. Todo ello no significa –perdón por la perogrullada– que en el desencuentro que actualmente se vive no haya errores y responsabilidades de parte y parte. Pero, en cualquier caso, estamos obligados, una vez más, a esbozar de nuevo un proyecto de España en el que quepamos todos. Al menos, esto sería lo deseable para una parte nada desdeñable de la población catalana y también, según quiero, creer, para la mayoría de ciudadanos españoles.

¿No sería, como mínimo, pertinente que alguien se plantease, por decirlo al orteguiano modo, “la posibilidad España” considerada como el conjunto de sus pueblos y tierras, en lugar de concebir a Cataluña como una parte del territorio que no quiere integrarse en el resto, si bien ese “resto” tampoco se interesa lo más mínimo por ella, más allá de esperar una solidaridad presupuestaria que no siempre se valora con magnanimidad?

Tras la última Sentencia del TC, una de las cosas que más se debaten es el concepto de nación. Recordemos una vez más las palabras de Renán: “Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho juntos grandes cosas, querer hacer otras más; he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo… En el pasado, una herencia de glorias y remordimientos; en el porvenir, un mismo programa que realizar… La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”. Y Ortega, partiendo de Renán, postula que la nación ha de ser “un sugestivo proyecto de vida en común”.

Pues bien, esa “posibilidad España”, está lejos de pasar por su mejor momento, al menos desde la transición a esta parte. La Sentencia del TC habla de que la Constitución sólo reconoce una nación que es España, con lo que, al menos conceptualmente, invalida el famoso preámbulo del Estatuto catalán de 2006.

Lo que uno se pregunta, teniendo en cuenta que la tan invocada Constitución del 78, habla de “nacionalidades” y regiones, de dónde proviene el término nacionalidades más que de “nación”. Y, al hilo de esto, una cuestión para el debate consiste en plantearse si “la posibilidad España” no podría ser la suma de esas “nacionalidades” y “naciones”.

Ya no estamos hablando de aquel momento de la España Invertebrada de Ortega, publicada en 1921, en la que según el filósofo, “Castilla ha hecho a España y Castila la ha deshecho”. Ya no es una Castilla, tampoco los tópicos más folclóricos de los que muchos renegamos, sino una “posibilidad España” en la que Cataluña, sintiéndose su ciudadanía tal como es, pueda formar parte de ese país sin ser una parte díscola o disconforme. ¿Tenemos que renunciar a que algo así pueda ser viable?

José María Ridao, en un reciente artículo publicado en “El País”, ponía de manifiesto, creo que muy razonablemente, que se hablaba mucho de nación y naciones, al tiempo que no se ponía el énfasis necesario en la necesidad de un Estado, un Estado que, desde mi punto de vista, tendría que reconstruirse incorporando los llamados sentimientos identitarios, sin que nadie se sintiese marginado.Y es que el llamado problema catalán es también un problema español y España tiene que concebirse con Cataluña, con una Cataluña que no se sienta ahogada.

En 1978 se pactó algo que, de en aquel momento, resolvió el problema. Creo que ahora procede buscar un nuevo acuerdo que tenga como horizonte, a un tiempo, no debilitar al Estado y también no ahogar a nadie. Déjenme creer que entre demócratas algo así tiene que ser posible.

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Julio 23rd, 2010 at 8:11 am

A qué juega el PP en Asturias, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Sobre el rechazo a la «hipotética» candidatura de Cascos.

Pase lo que pase, seguiremos siendo estúpidos. (Flaubert)

Los últimos acontecimientos del PP en Asturias son cualquier cosa menos imprevisibles. Y, como también era de esperar, tienen como principal protagonista a Gabino de Lorenzo. Cierto que la memoria, sobre todo en política, es muy frágil. Cierto es también que el regidor ovetense avezado está a desdecirse. Sin embargo, hay cosas que muy difícilmente se pueden borrar. Por ejemplo, cuando el primer edil de la capital asturiana decidió encabezar la lista de su partido al Congreso de los Diputados hubo apoyos que no tuvo, entre ellos, el de Cascos, que vino a sugerir que cada cual debería continuar en su ámbito. Tras aquella experiencia fallida, puede darse por seguro que Gabino no incurrirá en tentativas más allá de perpetuarse, mientras así lo desee, en su Alcaldía. Sin embargo, está fuera de toda duda el peso que tiene en su partido en Asturias.

Una vez más, Ovidio Sánchez fue ninguneado. Esta vez no recibió una carta escrita en llariego que anunciase la buena nueva de Gabino, sino que, estando en Jerusalén, se hace público el comunicado de las juntas locales de las agrupaciones más numerosas de Asturias rechazando a Cascos. Ovidio el ausente.

Y, tras lo acontecido, con el bochornoso episodio de un político que asegura no haber firmado esa buena nueva, lo primero que hay que preguntarse es en qué situación queda el PP en Asturias. Faltando unos diez meses para las próximas elecciones autonómicas, la formación conservadora no sólo no tiene a día de hoy una candidatura, sino que además se desconoce cuál es su proyecto para la Asturias de los próximos años.

El PSOE, a pesar del desprestigio más que merecido que sufre Zapatero, acaba de sacar una gran ventaja al PP en Asturias. Las formas han sabido guardarse y no se ofrece una imagen de conflicto ni de ruptura como la que está dando el PP.

¿A qué juega el PP astur?, ¿a qué juega Gabino de Lorenzo, sobre todo este último, vetando a un político del que había dicho que era un magnífico candidato? Y, mientras tanto, hay que preguntarse también sobre las consecuencias que tendrán estos hechos en el PP en el ámbito nacional.

Decía con mucho tino en este periódico Alberto Menéndez que estaba claro que a Cascos no lo querían ni aquí ni tampoco en la sede de Génova. Lo que sucede es que, tal como se han gestionado las cosas, los sectores del partido conservador más críticos con Rajoy se volverán casi con toda seguridad más beligerantes, pues Cascos personifica para ellos el tiempo de Aznar, al que reivindican constantemente.

Y es que tampoco hay que perder de vista que en esta tierra no ha habido renovación en el Partido Popular, ni de personas, ni de proyectos. Porque aquí, precisamente desde la crisis del marquesado en la que Cascos tuvo tanto que ver, la provisionalidad se hizo costumbre. ¿O es que acaso Ovidio Sánchez como cabeza de lista no fue una solución provisional que hasta el momento se ha repetido tres veces?

Cascos aquí sigue siendo para muchos el virrey que actuó con mano de hierro y que dejó hecho unos zorros a un Gobierno al que había avalado con mimo en su primera andadura. Cascos sigue siendo temido en el sentido más maquiavélico. Y de aquellos temores que aún perviven deriva este espectáculo tan poco edificante para un partido que tenga aspiraciones de gobernar.

La historia -mutatis mutandis- viene a repetirse en muchos sentidos. Recuérdese que el PSOE en Asturias le cerró todas las puertas en su momento a Fernando Morán, que tuvo que presentarse por Jaén al Congreso de los Diputados. No se olvide que Gerardo Iglesias no fue muy bien acogido por su partido en Asturias tras su etapa madrileña. Por ver está lo que sucederá con Llamazares, aunque no es muy difícil de barruntar. Y aquí tenemos lo que acontece con Cascos.

Resucita Álvarez-Cascos el verano pasado. Cuando habla de política nacional, como en el caso del proceso a Matas, muestra su lado más reaccionario y bronco. Cuando habla de Asturias se limita a constatar el clamor que hay para que regrese a la política en la tierra donde comenzó su vida pública, y en su partido hay temblores y entusiasmos, si bien estos últimos parecen apagarse tras los acontecimientos de los últimos días.

De puertas adentro el virreinato pasó a Gabino, un Gabino de Lorenzo que siempre contó con carta blanca para sus actuaciones dentro de su partido, que no tuvo inconveniente en poner en su lista a personajes como el señor Mortera, un Gabino de Lorenzo que, en poco tiempo, pasó de alabar a Cascos a ser el artífice de su defenestración ante una candidatura que no pasó de la hipótesis.

Hasta ahora el mayor problema del ex ministro de Fomento en Asturias, como escribí más de una vez, ha sido que o bien vino siendo objeto de mezquindades intragables o bien recibió halagos hiperbólicos. Pero, a partir de esta especie de guerra de comunicados lo que se pone de relieve es que le bastó amagar para que saliese a relucir la precaria salud de un partido que aún no se ha curado de las heridas que sufrió hace más de once años.

Cuchillos largos, cristales rotos, desquites premeditados que afloran, aunque siempre estuvieron ahí. Un fantasma sigue transitando la senda del PP asturiano, el fantasma de un enfrentamiento que nunca se cerró. Lo que sucede es que algunos cambiaron de trinchera. Pero la guerra continúa.

Se pierde de vista algo esencial, y es que de haber superado el PP astur su provisionalidad la «posibilidad Cascos» no sólo sería remota, sino que además, caso de asomarse, no hubiera supuesto cataclismo alguno, como ahora mismo está sucediendo.

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Julio 20th, 2010 at 9:14 am

Aquella comida en Grandas, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«El mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la convicción» (Nietzsche).

«Un hombre que insiste es un temperamento plebeyo, porque insistir es no saber triunfar ni renunciar». (Ortega)

¿Cómo no recordar la fotografía de Cascos y Pepe el Ferreiro compartiendo mesa y mantel con unos amigos en Grandas de Salime cuando estaba tan reciente la tropelía del cese de Naveiras como director del Museo Etnográfico? ¿Acaso no escenificaba el pistoletazo de salida del ex ministro de Fomento para encabezar la candidatura de su partido al Gobierno de Asturias? No se pierda de vista que el que fuera secretario general del PP tiene, como otros muchos asturianos, la doble condición y pertenencia rural y urbana, Luarca y Gijón, en este caso. Sabe muy bien el político de origen valdesano que el Ferreiro representa en gran medida lo que es la Asturias occidental, la misma que tienen abandonada los socialistas asturianos desde hace décadas, destinándola a poco más que a ser un parque eólico, en el que proliferan también parques temáticos diseñados a golpe de ocurrencias, no siempre afortunadas.

Si bien los rumores sobre su posible vuelta a la política se produjeron a primeros de julio del pasado año, cuando dijo estar dispuesto a bailar si así se lo solicitaban, tras la foto aludida, todo parecía ir en esa dirección, mientras que los mandamases populares tanto en Asturias como en Madrid guardaban silencio.

Incómodo para Rajoy en la medida en que su regreso a la política aumentaba la presencia del entorno más próximo de Aznar; incómodo también para determinados dirigentes «peperos» astures en la medida en que parecía tener las ideas muy claras con respecto a algunos cabecillas de agrupaciones de ciudades muy importantes. Añádase a todo ello que el propio Cascos nunca se pronunció claramente al respecto, sino que vino siendo su fiel infantería la promotora de esta larga precampaña que parece haber quedado en mero intento.

Lo cierto es que, volviendo al momento de la foto de Grandas, aquello sí que parecía un inequívoco punto de inflexión. Ya había rumores, que demostraron estar bien fundados, de que Areces no volvería a encabezar la lista del PSOE al Gobierno de Asturias. Y, por otro lado, la destitución del Ferreiro supuso un mazazo tan fuerte al sentir del occidente de Asturias, con razones más que sobradas para sentirse desencantado, que parecía tenerse claro que, de celebrarse elecciones en ese momento, el partido gobernante podía perder representación parlamentaria por la circunscripción occidental, con lo decisivo que aquello podía ser en la composición del Parlamento autonómico.

Se podía pensar que habría dos nuevos candidatos por parte de los grandes partidos asturianos, que serían Javier Fernández y Álvarez-Cascos, respectivamente. Puede darse por hecho que el señor Fernández encabezará la lista de su partido, mientras que la candidatura del PP es una incógnita.

¿Quién no recuerda aquello de que cuando la historia se repite lo hace en forma de ópera bufa? Fíjense ustedes: cuando se rompió el PP durante el marquesado, lo que quedó del partido estaba bajo la batuta de Álvarez-Cascos. Pues bien, once o doce después, el que parece sobrar, al margen de otras consideraciones, es el principal artífice de aquella ruptura. Se diría que Cascos, oficialmente hablando, está ahora tan solo como lo estuvo Marqués en su momento. Que, según se mire, el PP vuelve a ser un URAS sin Marqués, o que, también, Cascos viva un aislamiento comparable al que soportó el que fuera su gran amigo y compañero de partido. Toda una lección en el desconcertante juego del birlibirloque.

Podría asegurarse que el PSOE no recibiría con nerviosismo la noticia de que Ovidio Sánchez lo intentase por cuarta vez. Está prácticamente descartado que Gabino de Lorenzo intente salir de la órbita de Oviedo tras su experiencia en 2008 como cabeza de lista por Asturias al Parlamento español. Y todo lo demás son especulaciones, pues no hay dirigentes del PP en Asturias que sean muy conocidos en su tierra.

De verano a verano, el llamado «culebrón Cascos» sirvió para animar especulaciones y tertulias, probablemente también para que cundiese el desasosiego en las filas de su propio partido y, hay que insistir en ello, para las luchas que se libran en el partido conservador en el ámbito nacional, porque el entorno de Rajoy quiere librarse en lo posible de la sombra de Aznar en la que, sin duda, se encuentra Cascos.

Y hay algo en lo que incomprensiblemente no se ha reparado. El propio Cascos representa muy distintas cosas en Madrid y en Asturias; sería la vuelta atrás en el primer caso, mientras que, en su tierra, supondría un cambio bastante profundo y radical. Lo primero es ideológico, es decir, el ala más conservadora del PP; lo segundo es, sería, renovación, y no precisamente lampedusiana, pues amenazaría a la plana mayor del partido más o menos avezada a una oposición cómoda.

Esta dualidad de la que hablo da mucho de sí a poco que se repare en ella, y no acierto a explicarme que apenas haya sido abordada en los análisis políticos que se vienen haciendo sobre el particular.

Sea como fuere, aquella foto de Grandas parecía ser el punto de partida de un relato político que no llegó a desarrollarse, especie de espectro narrativo de un punto de inflexión que no cuajó, aunque el guión así parecía indicarlo.

He aquí la historia de un pie de foto que no llegó a escribirse.

Written by Reggio's

Julio 16th, 2010 at 8:11 am

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