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La poética de un territorio, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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En la muerte de Miguel Delibes

Nunca dejé de preguntarme qué interés pueden tener todas aquellas necrológicas que no van más allá de apresurados resúmenes sobre la vida y obra del finado que, ahora más que nunca, con las enciclopedias digitales, están al alcance de todo el mundo sin necesidad de emplear mucho tiempo en tales pesquisas. Y todo ello, en el caso de Delibes, es más claro aún. Nadie pone en duda su talla como narrador, ni tampoco su admirable trayectoria como periodista. Por si ello fuera poco, hay datos que avalan su honestidad y su coherencia, entre ellos, el haberse negado a escribir ex profeso una novela para un conocido premio que pretendía contar con su nombre en su inventario de galardonados. Otros, tanto de su generación como también más jóvenes, no pusieron reparos a ello. Así pues, la grandeza como ciudadano del autor de «Cinco horas con Mario» no estuvo por debajo de las otras, lo que lo convierte, si no en una excepción, sí al menos en uno de los pocos casos que no incurrieron en contradicciones entre la prédica y los hechos. Y, en este mismo orden de cosas, anotemos que Delibes dejó de escribir en el momento en el que ya no se sentía con fuerzas para ello. Es decir, no hay en su obra unos últimos libros flojos, carentes de interés, viviendo de sí mismo, como hicieron otros novelistas de su misma generación, que, tras haber creado obras maestras en su momento, acabaron publicando auténticos bodrios. Pongamos que hablo de Cela.

Dicho todo ello, más allá de la constatación y recuerdo de todas las excelencias que hemos apuntado, acaso no esté de más apuntar, aunque sea casi de soslayo por los límites de espacio de un artículo periodístico, qué es lo más genuino de la obra narrativa de Delibes.

A este propósito, en el caso que nos ocupa, entre las muchas cosas que merecen un estudio profundo del conjunto de su obra, se encuentra sin duda un cotejo a fondo entre dos Castillas, tan distintas y tan distantes, que fueron la que forjó literariamente el 98, frente a la que se encuentra en muchas de las novelas del gran escritor recientemente fallecido.

Delibes hizo, en efecto, una poética de un territorio en su obra, en este caso, de Castilla, que no es la del 98, sino la suya propia, aquella que contempla, no con los ojos decadentes de un Azorín, ni con las visiones agónicas de Unamuno y Machado, sino como un universo que, literalmente, se está desnaturalizando y desgarrando, no por una decadencia histórica, secuela última de un imperio que se desmembró, sino por las imposiciones de una nueva sociedad de consumo que impone la deserción de un modo de vida. No son, en general, los ganapanes machadianos los que se llevan la peor parte en el universo narrativo de Delibes, sino una clase media en gran medida desnaturalizada.

Una clase media que no existía en el momento en que la Generación del 98 hizo de Castilla la doble metáfora de la decadencia material y espiritual de España. Una clase media que tampoco tenía protagonismo cuando el regeneracionista Julio Senador habló de aquella Castilla en escombros. Así las cosas, sería muy conveniente que se conociese a fondo la Castilla que plasmó Delibes en su universo literario, frente a la noventayochista.

Tras la lectura de la mayor parte de su obra literaria, el lector sale satisfecho no sólo por la maestría de Delibes como narrador, sino también y en una medida no menos importante, por haber asistido a un proceso de justicia poética con unos personajes que, aun teniendo casi todas las circunstancias en su contra, salen airosos existencialmente de la peripecia en la que se han visto envueltos.

¿Acaso Cayo, del que se pretende el voto en las primeras elecciones tras la muerte del dictador, no queda muy por encima del mundo que le rodea, al tiempo que deja en el lector un poso melancólico inevitable? Pero, en todo caso, gana la dificilísima batalla de la coherencia.

¿Y qué decir de Mario y de su mujer? No me refiero en este caso a las grandes dificultades que plantea la estructura de ese largo monólogo hecho novela, sino al interés y respeto que nos suscitan dos perdedores, tanto el propio Mario como su viuda, en un mundo que discurría muy ajeno a lo que ambos representaban.

Personajes los de Delibes que, como la atmósfera en que casi todos ellos se desenvolvían, no estaban contaminados por los imperativos de una contemporaneidad que se enfrentaba a ellos, en tanto implicaba un mundo en el que no tendrían sitio.

Personajes muchos de ellos de una coherencia y una pulcritud moral que estaban en consonancia con esa prosa más alambicada que sencilla y, sobre todo, tan limpia como el cielo de Castilla y la mirada de este narrador irrepetible.

Poética de un territorio poblado en gran parte por personajes que representan el fin de un mundo que se va con ellos, un mundo puede que más inocente, pero, insistimos, más limpio y más afín.

Poética de un territorio en un universo narrativo de referencia. No es menos rica literariamente la Castilla de Delibes que la Castilla noventayochista.

Poética de un territorio concebida y creada más acá y más allá de un gran oficio periodístico, el mismo que reivindicaba este diario en su último editorial.

No sólo hemos perdido a un gran narrador y a un gran periodista, sino también a un ciudadano en cuya trayectoria pública no hay nubarrones negros y procelosos, sino claridad, el gran imperativo ético y estético de un eximio escritor, de un auténtico maestro.

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Marzo 16th, 2010 at 9:08 am

A vueltas con el pacto educativo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«La democracia que sólo instituye los órganos políticos elementales, como son los comicios, el Parlamento, el jurado, no es más que aparente democracia. Si a quien se le da el voto no se le da la escuela, padece una estafa. La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura. En los países donde el sufragio no ha ido antes a la escuela, se busca el descrédito y la falsificación de la democracia. Pero no se haga de esto un argumento para retirar los derechos políticos, so pretexto de que los ignorantes no pueden usarlos. Ésta es la argucia preparada, esperada por los enemigos de la libertad, que para algo dejan a los pueblos pudrirse en las tinieblas. Nada se aprende a hacer si no es haciéndolo. ¿Se prohíbe andar al niño mientras no sepa andar?» (Azaña).

«Principio de educación: la escuela, como institución normal de un país, depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. Sólo cuando hay ecuación entre la presión de uno y otro aire la escuela es buena». (Ortega).

Alguien recordaba estos días, al cumplirse cien años desde que la mujer en España pudo acceder a los estudios universitarios, que en su momento Concepción Arenal se vio obligada a disfrazarse de hombre en el aula universitaria, así como las amargas y lúcidas reflexiones de doña Emilia Pardo Bazán sobre el particular. Cien años después de aquella conquista, lo que tenemos es un sistema de enseñanza que resulta insuficiente, sobre todo, en cuanto a su nivel de exigencia.

Hablemos claro: el llamado derecho a la educación no puede ni debe ser sinónimo de aparcar a niños y adolescentes en los centros de enseñanza. O partimos de la base de que la escuela y los institutos son sitios donde se va, sobre todo, a aprender, o estamos hablando de muy distinta cosa. Todo lo demás es demagogia.

Y es que, con la testarudez propia que arrojan una y otra vez los datos del llamado «informe Pisa», con el desprestigio que sufre la profesión docente, con la estulticia de una jerigonza que atenta contra el idioma y que insulta a la inteligencia, no se puede seguir aplazando una reforma a fondo en nuestro sistema de enseñanza.

Dar el voto y negar la escuela, como dice Azaña en el texto que encabeza el presente artículo, es una estafa en toda regla. Quizá no lo sea menos la existencia de una escuela que renuncia a la exigencia y al aprendizaje, que, tras aquella nociva y perniciosa LOGSE, en la que el esfuerzo se quedó proscrito y se pretendió hacer del profesorado una especie de colectivo bufonesco, la cadena de despropósitos no hizo más que incrementarse.

Habría que preguntarse si una sociedad que encumbra a personajes zafios que logran audiencias millonarias en programas televisivos concede al saber la importancia que en realidad tiene. Habría que preguntarse, por tanto, qué espera esa sociedad de la escuela. Habría que preguntarse también por qué hay un empeño tan grande en llamar educación a lo que en principio sería enseñanza. ¿Acaso se puede negar que son los medios, especialmente la televisión, quienes educan en lugar de la escuela? Y, siendo esto así, ¿cómo hay tantos discursos que, con un cinismo hiperbólico, se atreven a hablar de la «educación en valores» que debe dar fundamentalmente la escuela? ¿Valores en la escuela frente a una sociedad que, como hemos dicho, enaltece la chabacanería, frente a una sociedad cuya vida pública es un relato casi continuo de corruptelas, frente a una sociedad que no apuesta claramente por la excelencia?

A propósito de la cita de Ortega, ¿puede la escuela aislarse por completo de la sociedad en que vive, como una especie de oasis, frente a todo lo que la rodea?

Hubo un tiempo en que no se ponía en tela de juicio que el conocimiento no sólo era un instrumento imprescindible para la emancipación de las personas, sino que además nos hacía mejores. Pero no son ésas, por decirlo al orteguiano modo, las ideas y las creencias de nuestro presente.

Se hablaba, y se sigue haciendo, de la atención a una diversidad en el alumnado que no sólo existe, sino que es cada vez mayor. Se hablaba y se sigue hablando de la falta de medios, lo cual no deja de ser en gran parte cierto. Pero ¿por qué no se habla también de la falta de autoridad del profesorado en el aula? ¿Por qué se rehúye lo más obvio, es decir, que, mientras se pueda reventar el desarrollo de una clase impunemente, no es posible una enseñanza de calidad? ¿Por qué se soslaya que hablar de «resultados» en la tarea docente es tan demagógico como peligroso? ¿Cabe aberración mayor que considerar buenos resultados los aprobados generales?

¿Por qué no se quiere caer en la cuenta del grave problema que representan en la enseñanza los sindicatos del sector como palmeros de las humillaciones y de la falta de autoridad, como gentes que no imparten clase y se reconvirtieron en vendedores de lotería en Navidades en los centros docentes? ¿Es necesario explicar a estas alturas que, más que el dinero, lo primero que podemos reivindicar son condiciones dignas de trabajo?

El estado de la cuestión ha llegado a un extremo tal de deterioro que obliga a un pacto que apueste sin fisuras por una reforma educativa copernicana basada en el esfuerzo y en el respeto a unas normas de convivencia mínimas. ¿Se puede hablar de educación cuando no tiene consecuencias saltarse las normas de comportamiento que alteran el desarrollo de una clase? ¿Se puede hablar de la escuela como un ámbito ajeno al saber? Pues es éste, sin exageraciones, el actual estado de cosas.

Y yo me conformaría con que en estas cuestiones hubiese un acuerdo total. Todo lo demás, podría, aunque no mucho, esperar. Y juramentémonos todos para que el pacto, de alcanzarse, sea algo más que una cosmética para salir del paso. Y juramentémonos también para que las puertas estén siempre abiertas para aquellos alumnos que en un momento dado abandonan los estudios: siempre tiene que haber un camino de vuelta. Y, de otro lado, hablando de diversidad, que haya medios, no para segregar a los alumnos, pero sí para que los que tienen la suerte de fascinarse ante la aventura que supone aprender no se vean obligados a renunciar a ese itinerario de fascinación que supone ir, como también dejó escrito Ortega, «de sorpresa en sorpresa».

Confieso que entre todas las grandes compensaciones que tiene la docencia, acaso la mayor de todas sea ver esos ojos abiertos como platos de los alumnos que se estrenan en lo que es apasionarse y asombrarse por conocer y comprender.

No nos pidan ni les pidan que renunciemos y renuncien al eureka nuestro de cada día que, contra éstos y aquéllos, nunca dejó de entonarse, pero tiene que ir a más.

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Marzo 10th, 2010 at 8:09 am

¿El cirujano de hierro, en horas bajas?, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Cirujano de hierro costista cuyo protagonismo en la vida pública y publicada es inconmensurable, sobre todo, a partir del momento en que decidió reabrir el sumario de los GAL. Cirujano de hierro costista que puso al felipismo contra las cuerdas, tras haber abandonado su escaño en el Congreso de los Diputados que había obtenido como «número dos» en la lista encabezada por Felipe González. En aquel entonces, los ámbitos más conservadores lo elogiaban de continuo y, a día de hoy, son los que con mayor virulencia arremeten contra él. En aquel entonces, fue un conocido articulista y tertuliano muy próximo al felipismo quien lo empezó a llamar «el juez campeador».

Mucho han cambiado los tiempos, vive el cielo que sí. Quienes tanto lo ensalzaron lo tienen ahora en el punto de mira. Y los ámbitos que más lo denostaron son los que ahora se erigen en los principales valedores suyos.

Y esto podría llevarnos a pensar en primera instancia que el magistrado de la Audiencia Nacional siempre estuvo en su sitio, toda vez que su trayectoria parece avalar que sus actuaciones no siguieron siempre la misma dirección política o que, en todo caso, cosechó persecuciones mediáticas de uno y otro lado, lo que podría interpretarse como prueba de inequívoca imparcialidad.

Sin embargo, las cosas parecen ser más complicadas y caleidoscópicas. Por ejemplo, nunca se pudo entender del todo que en su momento hubiera aceptado sumarse al felipismo cuando el caso GAL había pasado por sus manos, y que lo reabriese después de haber salido más o menos chasqueado de su experiencia política, por mucho, como se demostró después, que motivos legales había sobrados para reabrir aquello poniendo en su sitio a responsables del terrorismo de Estado. Nunca podrá olvidarse que aceptó ir en la misma lista al Congreso de los Diputados en la que figuraba también José Barrionuevo.

Y, si acudimos al presente, lo que más llama la atención del momento que está viviendo este juez estrella es que se le juzgue por haber intentado llevar a cabo una investigación judicial sobre el franquismo. Paradójico parece que la misma España que le dio amparo legal a este magistrado para retener en Londres al dictador Pinochet lo procese ahora por una actuación judicial contra la dictadura que sufrimos en España durante cuatro décadas.

No seré yo quien me pronuncie sobre la legalidad o no del asunto, puesto que carezco de conocimientos jurídicos para manifestarme al respecto. Dicho esto, resulta en apariencia extraño que una democracia teóricamente consolidada como la española ponga reparos a que se pueda juzgar una dictadura, reparos que llevan a este juez a un proceso que, según dicen, puede llegar a inhabilitarlo. Y, en ese sentido, no me sorprende lo más mínimo que allende nuestras fronteras se considere esto una anomalía.

Es decir, se antoja contradictorio que el país que retuvo a Pinochet en Londres y que se ocupó de asuntos relacionados con los crímenes de la última dictadura que sufrió Argentina no pueda juzgar al franquismo, por mucho que a estas alturas fuese imposible pasar de lo testimonial, lo que no deja de tener su importancia.

Pero el juicio al franquismo no es el único problema al que se enfrenta el juez Garzón en la actualidad. Ahí están las actuaciones contra las escuchas del llamado «caso Gürtel», así como los honorarios que durante su estancia en Estados Unidos cobró don Baltasar.

En cuanto a la primera de estas cuestiones, a nadie le sorprende que los encausados y sus defensas utilicen todos los recursos legales a su alcance. Tan claro como eso es que parece fuera de toda duda que en el llamado «caso Gürtel» hubo corrupción política y que en este sentido estamos hablando también de un golpe más contra el latrocinio.

Sea como sea, la trayectoria de este juez estrella, más allá de las simpatías y las antipatías que concita en lo personal y en lo profesional, no sólo da cuenta de sus avatares, en más de un caso sorprendentes, sino también de lo que vino siendo la vida pública de este país desde el 93 a esta parte.

Y es que la Audiencia Nacional lleva más de 15 años acaparando la atención mediática, entre otras y perogrullescas razones, por los muchos delitos que se cometen por parte de personas que están en el primer plano de la vida política. Y eso no es imputable a Garzón, sino a la calamitosa vida pública de este país.

Quiere decirse que el problema no consiste sólo en el excesivo afán de protagonismo que pueda haber en este juez, sino en que la vida pública es la principal causante de que un día sí y otro también la corrupción política, mejor o peor instruida, sea noticia de primera plana.

Y es esto, precisamente, lo que propicia que personas como el juez Garzón desempeñen el papel de cirujanos de hierro que procesan a personas con la suficiente relevancia pública no sólo para abrir los telediarios, sino también para haber aumentado su duración desde la década de los noventa, aquella en la que el jefe de los guardias se marchó con el dinero y en la que el gobernador del Banco de España ingresó en prisión.

Con una vida pública tan ejemplar y ejemplarizante, parece inevitable que surjan cirujanos de hierro aplicando el Código Penal, aunque de paso den rienda suelta a su vedetismo, si lo tienen, como parece que es el caso.

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Marzo 2nd, 2010 at 8:08 am

Poeta del amor y de la vida, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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«Yo no quiero más luz que tu sombra dorada/ donde brotan anillos de una hierba sombría./ En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada, / para siempre es de noche: para siempre es de día». (Miguel Hernández)

«No me conformo, no: me desespero/ como si fuera un huracán de lava/ en el presidio de una almendra esclava/ o en el penal colgante de un jilguero». (Miguel Hernández)

En este país nuestro de nunca jamás, se cumple, en el presente año, otra efeméride de primera magnitud, la de Miguel Hernández, la del poeta que terminó sus días en las cárceles franquistas. La del poeta autodidacta por excelencia que dio el siglo XX en las letras españolas, la del poeta que escribió una de las elegías más grandiosas de nuestra literatura, la del poeta cuya voz sigue viva si se trata de amor, si se trata de libertad, capaz de conmover incluso a los más insensibles.

Poeta del amor y de la vida, cuyo erotismo alcanza en determinados poemas una fuerza que, si no sobrepasa lo insuperable, sí está muy cerca de ello. Poeta del amor y de la vida, que, a fuerza de tanto amar, alcanza lo trágico sin dar posibilidad alguna a lo cursi y a lo melodramático. Poeta, ante todo, de estremecimientos.

Y no deja de ser desquiciante que, en un año como éste, marcado, más que por ninguna otra cosa, por una insultante mediocridad en la vida pública, se celebre el centenario de un poeta de la envergadura de Miguel Hernández. Y que hayan tenido que transcurrir más de treinta años de la supuesta democracia que gozamos para que, oficialmente, haya un compromiso de declarar nulo el juicio que en 1940 lo condenó a muerte.

Si precoz fue como poeta, su muerte, a los 31 años, no le impidió, sin embargo, haber escrito una obra de una calidad tan deslumbrante que le hará siempre figurar entre los grandes poetas en lengua castellana de nuestra literatura contemporánea.

Y, ante todo y sobre todo, más allá de los fastos que vayan a celebrarse, más allá de los reconocimientos oficiales, lo que hay que preguntarse es en qué condiciones puede recibir la España de hoy el legado de esta obra poética de primera magnitud. Miguel Hernández no es de esos poetas de los que se pueda hacer una lectura aséptica. Miguel Hernández no es de esos poetas que faciliten lecturas ñoñas.

Su dolor, como su amor, son de tal intensidad que, como diría Unamuno, retemblarán en las manos de sus lectores, bien sea en voz baja, bien sea en lectura pública para la ocasión como es de prever que suceda durante los muchos actos que se organizarán con ocasión de su centenario.

La España de 2010, que aún tiene muchos problemas pendientes con lo que es su memoria colectiva, se verá obligada a acoger y a celebrar el centenario de un poeta cuya obra no se lo pone nada fácil a todos aquellos que son decididos y entusiastas partidarios de la amnesia para con una dictadura que es responsable de la muerte de este hombre en sus cárceles, en 1942, tres años después de la victoria del bando franquista en la Guerra Civil.

Aquí no cabe hablar de incontrolados, aquí no cabe alegar ignorancia de lo que ocurría, aquí no es posible argumentar que aquel régimen, que decía ser la salvaguarda de la reserva espiritual de Occidente, tuviese el más mínimo resquicio de generosidad con un poeta que se había comprometido a fondo con la República, poniendo su poesía en primera línea de combate.

La muerte de Miguel Hernández, en las condiciones en que se produjo, es un episodio más no sólo de la historia universal de la infamia, sino también de la crueldad de un régimen totalitario que duró casi cuatro décadas, y, al que según parece, resulta muy complicado juzgar.

Dicho esto, no hay que perder de vista en ningún momento que es tanto el amor que hay en la poesía de Hernández, amor no sólo a la que fue su compañera, amor no sólo a su hijo en aquel inolvidable poema, sino también amor a la belleza y a la vida, que parece imposible, al evocar su vida y obra, no recordar aquel soneto de Quevedo titulado «Amor constante más allá de la muerte», que, según Dámaso Alonso, es probablemente el mejor de la poesía española.

En efecto, médulas que ardieron, venas que dieron fuego incandescente a tanto amor. Poemas los de Miguel Hernández que, como el amor, según Quevedo, van mucho más allá de la muerte.

Poeta que cantó a las explosiones primaverales, que se rebeló contra las condiciones de vida de un niño yuntero, que, ante la muerte de una persona muy querida, expresó que le dolía hasta el aliento. Poeta que volcó su amor hacia su hijo de una forma tan desgarradoramente profunda.

Poeta que captó la belleza del paisaje al que se asomó de niño. Poeta que transitó lo mejor de nuestra tradición lírica. Poeta al que no le fue ajena la tragedia que vivió su pueblo en la Guerra Civil. Poeta gigantesco de un tiempo y un país que asombró al mundo.

Poeta del amor y de la vida, cuya obra es un desquite no sólo ante las injustas y crueles circunstancias en que su muerte se produjo, sino también, y ante todo, ante la injusticia, ante la tragedia, ante todas las miserias de la vida humana.

Poeta del amor y de la vida cuyos clamores estarán eternamente vivos, porque toda su vida y obra cabrían bajo uno de sus títulos más conocidos, bajo un rayo que no cesa, bajo una explosión de vitalidad centelleante cuya llamarada es imposible apagar, cuya llamarada va en la antorcha que siempre estará en manos de la mejor poesía, aquella cuyo compromiso es vencer a la muerte.

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Febrero 23rd, 2010 at 8:04 am

El despertar del occidente asturiano, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Será posible que la destitución tan injusta como inexplicable de Pepe el Ferreiro sirva como aldabonazo para que la sociedad asturiana en su conjunto tome conciencia de lo que está sucediendo en el occidente de Asturias y sienta que esta parte de nuestro territorio es algo que a todos nos incumbe y pertenece? ¿Acaso es necesario esgrimir argumentos para convencer a la ciudadanía de que el monasterio de San Salvador de Cornellana y el río Narcea, por poner dos ejemplos entre otros muchos, forman parte no irrelevante del patrimonio común? ¿Acaso se desconoce el estado en que se encuentra el río, cada vez con más vertidos y menos salmones, así como el aspecto ruinoso que presenta un monasterio cuyas partidas económicas para su rehabilitación, parece ser que aprobadas, no acaban de llegar? ¿Acaso se ignora que de unos años a esta parte las agresiones medioambientales están aquí a la orden del día? Y, lo que es más importante, ¿tan difícil es caer en la cuenta de que la defensa del patrimonio cultural y paisajístico de estas comarcas tiene que ser llevada a cabo por el conjunto de Asturias, pues de no ser así los destrozos serán tan irreversibles como irrecuperables?

Se permiten el lujo de alarmar a todo el suroccidente de Asturias con unos planes para el Hospital de Cangas del Narcea que abren interrogantes más que serios sobre su futuro. Nadie pone freno a una invasión de parques eólicos que llevó a algún Alcalde a alzar la voz en contra. Las infraestructuras en marcha sufren retrasos continuos y, quizás, el caso más sangrante de todos es el tramo Grao-Doriga de la autovía de la Espina, cuyo enlace no sólo está sin hacer, es que ni siquiera se sabe por dónde se va a habilitar, y eso que el candidato in péctore del PSOE al Gobierno de Asturias aseguró en diciembre en Cangas del Narcea que estaría listo en abril. Se trata del tramo que evitaría la Cabruñana. Mal empieza, don Javier, con sus promesas por estos lares.

Me llamó mucho la atención que el actual alcalde de Grandas de Salime, uno de los principales artífices de la destitución del Ferreiro, dijese que la gente que se concentró en Grandas tras esa tremenda cacicada era en su mayor parte foránea. ¡Cráneo privilegiado el de este buen señor, que diría el personaje valleinclanesco! Pero ¿es que hace falta ser un genio para llegar a la conclusión de que el Museo Etnográfico de Grandas es patrimonio común de toda Asturias? ¡Cráneo privilegiado el de este señor, que afirmó que ningún empleado debe criticar a su empresa! Es decir, que hay alcaldes y politiquillos que piensan que son incuestionables, que no admiten la crítica y que además consideran, a lo que se ve, que los ayuntamientos no son una institución de la ciudadanía, sino su propio cortijo. ¡Toma socialismo! ¡Toma democracia!

Lo que acaba de hacerse contra Naveiras es atacar a alguien que plasma uno de los valores más importantes en el sentir y en el pensar de esta tierra. Se trata de ensañarse contra un ciudadano que representa lo que en estos lares se conoce como ser un Paisano con mayúscula. Y eso sí que es imperdonable, hasta para los más dóciles.

Tras enormes embestidas al paisaje, alguna de las cuales no culminó, como la de Salave, por la oposición ciudadana, o como las pretensiones de minas a cielo abierto en Tineo por parte de don Victorino Alonso, que fueron frenadas el año pasado por el coraje de su alcalde, culminaron sus agresiones contra el paisanaje en la persona de Pepe el Ferreiro.

Algo se está moviendo en el occidente de Asturias para que 128 profesores de la Universidad de Oviedo estampen su firma pidiendo la readmisión de Pepe el Ferreiro al frente del museo de Grandas. Y algo, mucho, tendrá que moverse para que el tesoro paisajístico de estas comarcas del occidente asturiano deje de estar en venta, a muy bajo precio, además, y eso que nos gobierna la izquierda plural y transformadora.

Esa IU que no sale del Gobierno ni con agua hirviendo, y que, sin embargo, en la persona de doña Laura González, tenga la desfachatez de fotografiarse al lado de Naveiras, aunque, eso sí, su idolatrada hija Noemí no abandone la Consejería de la que es titular. Esos Verdes, también coaligados con Areces, que no se sonrojan por lo acontecido en el valle de Carondio. Esos Verdes que apoyaron a IU en Grado, que en la pasada legislatura aprobó en la localidad Santa Marina la famosa subestación a la que sus vecinos se oponen frontalmente.

En el occidente de Asturias se constata que, para desgracia nuestra, no es la izquierda quien asume la defensa de sus tesoros medioambientales, ni tampoco la puesta en valor de su patrimonio artístico y cultural. En el occidente de Asturias se tiene el pleno convencimiento de que esta batalla por la dignidad que le toca librar a una población envejecida sólo podrá tener posibilidades de éxito cuando Asturias en su conjunto se vea implicada en su devenir.

Resulta desolador que los tesoros paisajísticos y culturales de estas comarcas tengan que defenderse no sólo sin contar con el apoyo de los políticos de la llamada izquierda de siglas, sino también en algunas ocasiones en contra de ellos. Pero, al mismo tiempo, es esperanzador ver que cada vez son más los ciudadanos e instituciones de esta tierra que están dispuestos a luchar para que estas comarcas puedan seguir sobreviviendo a muchas adversidades, entre ellas, las de no pequeña parte de sus políticos.

Reivindico con este artículo el clamor de que el occidente de Asturias también existe y sobrevivirá si todos lo sentimos nuestro, que lo es.

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Febrero 16th, 2010 at 8:04 am

Aquel otoño de 2000, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Carta abierta a Javier Fernández

«Carácter o tradición son, pues, las fuerzas de la resistencia; por mucho que, de frente o de soslayo, se haga en contra suya, siempre estarán presentes, tirando hacia atrás. La inteligencia activa y crítica, presidiendo en la acción política, rajando y cortando a su antojo en ese mundo, es la señal de nuestra libertad de hombres, la ejecutoria de nuestro espíritu racional. Un pueblo en marcha, gobernado con un buen discurso, se me representa de este modo: una herencia histórica corregida por la razón». (Azaña)

Se cumplía el 60.º aniversario de la muerte de Azaña. Y unos cuantos asturianos organizamos un viaje a Montauban a rendir homenaje al estadista republicano. Principiaba noviembre, tiempo de castañas y sidra dulce en nuestra tierra. Y en el PSOE asturiano se libraba, empero, una batalla ciertamente agria. Poco más de un año hacía de la única mayoría absoluta conseguida por Areces, y las tensiones eran muy grandes, tras las trifulcas con nombramientos que fueron fugaces en Cajastur y tras aquella escenificación de desencuentro en Rodiezmo con Zapatero como testigo de unos silbidos dirigidos a Villa que causaron furor. Usted, que hasta entonces había sido consejero de Industria, optaba a la secretaría de la FSA frente a don Álvaro Álvarez. Cuando regresábamos de Francia, tuvimos noticia de su victoria.

Y, a propósito de Azaña, yo me había permitido recordarle a don Vicente en un artículo una lapidaria frase del autor de «La Velada en Benicarló»: «Lo más difícil de administrar es una victoria política». Y lo había hecho, comprobando que Areces se había lanzado de lleno a lo que eran instrumentos de poder. Parecía entonces que el PSOE podía repetir una historia de disensiones como la que había tenido lugar en el PP. Sin embargo, desde que usted asumió la secretaría general de la FSA, hubo, si no armonía, sí al menos el entendimiento necesario para no incurrir en aquello.

Se le comparó a usted con frecuencia con el señor Martínez Noval, en el sentido de que no iba a dar el paso de liderar la candidatura socialista al Gobierno de Asturias y que, llegado el momento, al igual que había sucedido con su antecesor, usted podría llegar a ser nombrado ministro. A lo que se ve, esas especulaciones no se cumplirán y sucederá justamente lo contrario. A la tercera, en su caso, iría la vencida, pues, no habiéndose presentado ni en 2003 ni en 2007, sí parece que lo hará en 2011.

Son muchas las incógnitas que con su más que posible decisión se abren. En todo caso, hablamos del mismo partido que ha venido gobernando Asturias desde la preautonomía a esta parte con la excepción de la etapa de Marqués. De un partido omnipresente en esta tierra, concejo a concejo, comarca a comarca que, al margen de las intenciones que usted pueda tener, no cambiará de la noche a la mañana. Y, en el ámbito estatal, hablamos de un partido que ahora mismo es el sustento de un Gobierno cuya credibilidad va a menos a pasos agigantados, lo que, de aquí a mayo de 2011, es imposible que no tenga su influencia en Asturias.

En todo caso, don Javier, barrunto que no será muy fácil mantener la paz interna en el PSOE astur en tanto no se llegue a un acuerdo con Areces, cuyo entorno esgrime su trayectoria ganando elecciones en esta tierra de 1999 a esta parte. Cierto es que, como antes recordaba, sólo una vez obtuvo la mayoría absoluta y que en las dos ocasiones anteriores tuvo como principal adversario a don Ovidio Sánchez, dándose además la circunstancia de que la diferencia de votos no fue en modo alguno ostensible.

Convencido estoy de que hay una parte no pequeña de la sociedad asturiana que ya siente cierto hartazgo ante el arecismo, ante sus chiringuitos, sus obras faraónicas, su nepotismo y un largo etcétera. No es menos cierto que, dada su discreción, en Asturias no se tiene un profundo conocimiento de su visión política de esta tierra, aunque sí hay constancia de que no siente especial simpatía por todo lo que guarde relación con el asturianismo, ni tampoco es un apasionado de aquello que en la primera legislatura de Zapatero dio en llamarse la España plural.

De todos modos, don Javier, estoy seguro de que, sin grandes entusiasmos, entre los muchos sectores descontentos que hay en Asturias, puede haber expectativas no del todo desfavorables hacia usted tras la experiencia del arecismo.

Por ver está, de otro lado, quién será su principal adversario en las elecciones de 2011. Desde luego, salir de su despacho de la FSA para enfrentarse a Álvarez-Cascos sería un gran reto. Y, de otro lado, don Javier, habría que preguntarse si el partido de doña Rosa Díez tendrá presencia en nuestro Parlamento, así como el asturianismo.

De confirmarse su candidatura, la tarea que le espera está llena de retos, y, puestos a soñar, sería fantástico que hubiese en usted un afán de renovación que empezaría por su partido y que redundaría en la sociedad asturiana.

Pero ya se sabe que los sueños y la realidad política, incluso para la llamada izquierda, hace tiempo que no forman pareja, no ya de cama, sino ni tan siquiera, ¡ay!, de tentativa de baile.

Ya ve.

Written by Reggio's

Febrero 9th, 2010 at 8:08 am

¿Incierto 2010?, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Antes de 2011, cabe suponer que los partidos decidirán sus candidatos para presidir el Gobierno de Asturias. No sólo está la incertidumbre en el PSOE, que acaba de analizar Alberto Menéndez en este periódico, acerca de si seguirá Areces, o si, por fin, don Javier Fernández, deshojado el último pétalo, dará el paso para optar a regir los destinos del Ejecutivo autonómico. Porque, a decir verdad, la indeterminación no es menor en el PP. La lógica más elemental, aquella que dice que todo partido político aspira a ganar elecciones, apunta a que no cabría esperar que don Ovidio Sánchez estuviese dispuesto al sacrificio que implicaría salir derrotado por cuarta vez. Y, en ese caso, ahí están los amagos de Álvarez-Cascos dejándose querer para que le pidan que capitanee la lista de su partido en su tierra. Invitaciones a ello sí que tiene; lo que no sabemos con certeza es si son suficientes para que dé el paso, o, si en lugar de eso, espera otras solicitudes tanto en Madrid como en Asturias.

¿Y qué decir de IU? Bien sabemos que, ni en la más favorable de las hipótesis, puede aspirar al triunfo electoral, pero sí a formar parte del Gobierno, con lo que ello acarrea de puestos y sinecuras. Ignoro si la militancia de esta coalición se sentiría satisfecha con seguir teniendo de cabeza visible al señor Iglesias, palmero de Areces desde los tiempos en que era concejal en Gijón por su partido y servía de apoyo a don Vicente. Y, además de eso, como parlamentario, no parece haber sido un gran descubrimiento. Añádase a ello que, en el caso de que Llamazares regresase a su tierra para seguir en la política, no sabríamos bien qué acomodo podría tener en su propia coalición.

Y si las cosas están de tal guisa en lo que se refiere a los candidatos para presidir el Gobierno, acaso no sería inapropiado preguntarse por los planes que puede haber para las alcaldías de las principales ciudades asturianas.

Fuera de toda duda parece estar que Gabino de Lorenzo no tendría que acudir con mayor frecuencia a los plenos del Ayuntamiento que gobierna para volver a ganar la Alcaldía vetustense, máxime si el PSOE vuelve a decantarse por doña Paloma Sainz, cuyas dotes oratorias no logran maravillar a nadie y cuyo proyecto para la ciudad nos sigue siendo desconocido. En Gijón, sin embargo, los cambios pueden producirse. Habría que preguntarse si la señora Pardo sería la cabeza de lista del PP en la ciudad de Jovellanos, caso de que Cascos se presentase a presidir el Gobierno de Asturias. Y, de otro lado, habría que ver hasta dónde llegarán las disputas entre la alcaldesa de Avilés con el infatigable Álvaro Álvarez, y si éstas pueden tener consecuencias en la candidatura.

Como el lector habrá podido comprobar, las incertidumbres son grandes. Pero frente a ellas, hay algo que puede mucho más: la necesidad de cambio, y no ya de partidos, sino de personas.

No parece extraño que, dado el envejecimiento de nuestra población, Asturias tenga una mal llamada «clase política» cercana ya a la gerontocracia, muy por encima de la media nacional.

Aquí, el cambio generacional llama a la puerta, se diría que con clamor. Imagine el lector por un momento que de 2011 a 2015 sigue Areces presidiendo el Gobierno, continúa Ovidio Sánchez arremetiendo contra él una vez al año en el debate sobre el estado de la región. Que de 2011 a 2015, mantiene Gabino de Lorenzo su tradición de no acudir a los plenos, aunque cante zarzuela, mientras doña Paloma prosigue con sus discursos tan previsibles. Que de 2011 a 2015, doña Paz Fernández Felgueroso repite un mandato más, mientras el señor Montes Estrada reinicia sus periplos viajeros por el ancho mundo, eso sí, por el bien de Asturias y de la ciudad de Jovellanos.

Y todo ello por no hablar de alcaldes de otros muchos municipios que llevan muchas legislaturas al frente de respectivos consistorios, así como de parlamentarios autonómicos que nos resultan ya tan familiares, no por su proximidad al electorado, sino por su dilatada presencia en la vida pública.

Bien sabemos que estos tiempos que vivimos no se caracterizan por grandes ilusiones colectivas, que las esperanzas están muy recortaditas, y que nadie sueña con milagros de ningún tipo. Lejos estamos del año 82, de los anhelos que se vivieron con aquel eslogan de un «cambio», que luego no fue tal.

Pero, a pesar de todo ello, los principales protagonistas de la vida política asturiana ya han cumplido con creces su etapa, ya están en una prórroga. Todo ello, en la medida en que se respira un hartazgo no pequeño en la sociedad, hartazgo, y esto es inquietante, que, en lugar de dar pie a una actitud combativa de la ciudadanía, lo que está generando es todo lo contrario: apatía, abulia, resignación, conformismo; es decir, todo lo contrario de lo que puede manifestar una sociedad ilusionada y vivaz.

Y, en otro orden de cosas, no menos importante, esta tierra tiene por delante grandes retos que demandan nuevos enfoques que no son esperables de la mayoría de los actuales dirigentes políticos. No podemos seguir siendo la autonomía de los sobrecostes, no podemos continuar con una política medioambiental que no parece existir más allá del afán recaudatorio, y así sucesivamente.

Lo que hace falta es que en un año se pongan en la mesa proyectos de y para Asturias que generen debate en la sociedad. Y para eso resulta imprescindible que quienes comparezcan ante el electorado lo hagan convenciendo de que piden el voto ciudadano para algo más que perpetuarse en sus cargos, sean de Gobierno o de oposición.

¿Será 2010 el año que marque el principio del fin de la gerontocracia en la vida política de Asturias?

En todo caso, debería ser.

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Febrero 2nd, 2010 at 8:09 am

Delirios del politburó arecista, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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¡Qué delirios, madre mía, qué delirios! Apuestan por museos y chiringuitos que no existen, que, en algunos casos, hasta carecen de edificio, y arremeten contra lo que está consolidado. Algo que fue creado a su imagen y semejanza por Pepe el Ferreiro, es decir, el Museo Etnográfico de Grandas de Salime, es, a día de hoy, un enclave en el que se le prohíbe la entrada al que fue su principal artífice. ¿Cabe dislate mayor?

Alegan desajustes burocráticos. O sea, que lo que importa aquí no es que, a lo largo del tiempo, el señor Naveiras haya puesto en pie un museo etnográfico que representa, sin duda, una de las grandes referencias de la Asturias occidental, sino que lo esencial son los papeleos, seguir el modelo, ir acorde con lo que dictamine el politburó.

¡Qué atropello a la más mínima elegancia! ¡Hasta las piedras saben que Pepe el Ferreiro no se merecía terminar así al frente del museo! Alguien que estaba llamado a un reconocimiento público al más alto nivel en el momento en que dejase la dirección del museo es cesado con métodos propios de caprichos intragables y, por si esto fuera poco, la persona que nombraron para sustituirle le niega incluso la entrada en el museo que fue obra suya.

¿Por qué, más allá de la falta de elegancia a la que acabamos de hacer mención, hay un ensañamiento así con este hombre? ¿Cómo podemos interpretar los silencios tan vidriosos desde las instancias oficiales, empezando por ayuntamientos y siguiendo por gentes de la cultura que no pueden no ser conscientes de la labor que vino llevando a cabo el ciudadano Naveiras que representa una de las grandes referencias de lo que es a día de hoy el occidente asturiano?

No pongo en duda la capacidad y preparación de la persona que acaba de ser nombrada, pero no puedo dejar de manifestar que no pudo empezar con peor pie tratando así a la persona que hizo realidad el museo que este ciudadano dirige.

Y, por si todo esto fuera poco, Areces, en una de sus escasísimas visitas al occidente asturiano, no sólo afirmó que la decisión del cese estaba fundada, sino que además se permitió el lujo de hablar de proyectos culturales para el occidente de Asturias por parte del Gobierno que preside.

¡No me diga, don Vicente, no me diga! Usted, que en momento alguno se molestó en presionar al Gobierno central de su mismo partido para que se cumpliesen los plazos prometidos en las obras de infraestructuras del Occidente; usted, que no pone freno a la invasión eólica de las montañas del Occidente, ni siquiera en espacios protegidos; usted, que no mueve ni un músculo de su rostro exigiendo que llegue la partida presupuestaria ya aprobada para la rehabilitación del monasterio de Cornellana, se permite hablar de que existe una política cultural para el occidente de Asturias. ¿Es que pretende que alguien puede creerse que su Gobierno tiene una política cultural para el occidente de Asturias?

Y, eso sí, todo su hacer, toda su capacidad decisoria, es cesar al señor Naveiras, al que nadie le puede negar su tesón, su trabajo y su obra.

Fiscalizar la gestión burocrática del Museo Etnográfico de Grandas de Salime. ¿Y qué decir de tantas y tantas actividades y sus costes? ¿Y qué decir de tantas y tan faraónicas obras, sin que se sepa su utilidad concreta, por ejemplo, su despacho oficial en la Laboral? ¿Y qué decir de la nula voluntad de dar explicaciones a la sindicatura de cuentas en algunos casos puntuales? ¿Y qué decir de los altísimos sueldos de algunos cargos públicos que parecen casi un secreto de Estado?

Pero, claro, de lo que aquí se trata es de fiscalizar la gestión burocrática del Museo de Grandas de Salime. ¿Con qué cuajo se puede justificar semejante atropello?

Entre presupuesto y presupuesto, entre sobrecostes y sobrecostes, ¿no podía haber ni siquiera una exigua cantidad de dinero para nombrar un cargo técnico que llevase la gestión burocrática del Museo de Grandas? Se ve que no.

¿Y qué decir de IU, cuyos dirigentes se pronunciaron con la boca pequeña? ¿Les puede quedar un mínimo de dignidad dejando sus cargos? No, ese peligro parece estar más que conjurado.

Aunque se haga la incineradora, a la que dicen oponerse; aunque se destituya de esta forma a Naveiras; aunque ese portento del conocimiento científico que se llama doña Belén Fernández no ceje en su apuesta por el embalse de Caleao, y así un largo etcétera, estas buenas gentes no parecen tener la más mínima voluntad de irse del Gobierno de coalición de la izquierda transformadora que rige nuestros destinos políticos en las Asturias.

Delirios del politburó arecista. ¿Tanto les mueven sus alardes de poder contra personas como Navieras que no acostumbran a arrastrarse ante los «poderinos» de turno? ¿Tan incapaces son de comportarse con tiento y elegancia con un ciudadano cuya obra cultural está ahí, más allá de megalomanías virtuales en las que hay tantas gentes en plantilla?

¿Es esto lo que nos merecemos? ¿No nos podemos sentir con derecho a ser gobernados por personas que no atenten de tan desalmada y descarada manera contra el buen gusto?

Ante estos delirios del politburó arecista, quiero dejar muy clara mi solidaridad con Pepe el Ferreiro.

Y, desde estas orillas del bajo Narcea, quiero hacerte llegar, río arriba, el irrenunciable afán que creo que compartes.

¡Salud y República, ciudadano Naveiras!

http://blogs.lne.es/luisarias/

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Enero 29th, 2010 at 8:07 am

Buscando a Adolfo Suárez desesperadamente, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Primero fue aquella foto en el verano de 2008 en la que el Rey y Adolfo Suárez, desandando los dos, se diría que camino de aquel tiempo irrepetible tras la muerte de Franco. Después, supimos de un libro, más oportunista que oportuno, cuyo título parodiaba una conocida obra de Josefina Carabias sobre Azaña, y que decía ser una biografía del ex presidente del Gobierno. Después, se emitieron versiones televisivas del 23- F. Y ahora se anuncia una serie sobre la vida del gran protagonista de la transición política española.

Forzoso resulta, así las cosas, preguntarse a qué obedece este afán de rescatar el recuerdo de una figura política que, según parece, ya no puede recordarse a sí mismo, para quien el pasado podría describirse con aquellos conocidos versos, tan amargos como geniales que dicen: «-¡Memoria, ciega abeja de amargura!-/ ¡No sé cómo eras, yo que sé qué fuiste!».

Suárez -perogrullesco es decirlo- representa un tiempo y un país que cambiaban, un momento histórico envidiable en tanto se pensaba y se sentía que casi todo estaba por hacer. Frente a aquel tiempo, está el nuestro. Y es ineludible tratar de responder a un interrogante. ¿Se añora a Suárez en la medida en que desearíamos vivir una etapa en la que lo deseable y lo posible se sentían mucho más cercanos que ahora? ¿O se trataría, antes bien, de que ambos momentos históricos tienen en común la necesidad de grandes cambios con la diferencia de que ahora no hay un gran hacedor para llevarlos a cabo? Algo hay de cierto en cada una de estas hipótesis, sobre todo en la primera.

La revista «Cambio 16» habló en su editorial de que el primer Ejecutivo que formó Suárez en el 76 era «un Gobierno de penenes». (Tendrían que pasar años para que alguien escribiese la ingeniosa maldad que sigue: «Los penenes fueron los alféreces provisionales de la democracia».)

Suárez no se caracterizaba por ser un gran orador, ni tampoco poseía un discurso con una gran consistencia intelectual. Pero, hasta junio del 77, había cumplido sus objetivos. En un momento dado, hay maniobras políticas para crear un partido político a su servicio, al tiempo que el franquismo más nostálgico se organizaba en torno a Fuerza Nueva y a Alianza Popular, formado este último por ex ministros franquistas. El PSOE, que había estado de vacaciones, que comparecía tras haber orillado a dirigentes históricos como Rodolfo Llopis, obtenía un magnífico resultado, mientras que el PCE, entonces tan temido, se quedaba muy por debajo de las expectativas, a pesar de que había moderado enormemente su discurso.

Suárez ganaba las primeras elecciones apoyándose en un partido en el que destacaban más las individualidades que, andando el tiempo, darían al traste con el proyecto. Y revalidaba su victoria en el 79. La Constitución estaba aprobada, y se diría que el proceso de cambio se había consolidado. Pero el terrorismo golpeaba con fuerza, el descontento era grande en muchos sectores, su partido se rompía, hasta que llegó su dimisión en vísperas del 23- F. La gran pregunta que todos nos seguimos haciendo es por qué dimitió y hasta qué punto creía que con esa decisión conjuraba el peligro del intento de golpe de Estado que se produjo durante la investidura de Calvo-Sotelo. Vendría más tarde la creación de un nuevo partido, el CDS, que terminó por desaparecer, víctima, entre otras cosas, del bipartidismo.

Al margen de sus méritos, que no discuto, ¿no habrá en todo esto una añoranza de un tiempo en el que la mediocridad no era tan abrumadora en la vida pública? ¿No existirá también nostalgia por un tiempo en el que la mayoría de las gentes que participaba en la política no eran profesionales de ella y se dedicaban a esa función defendiendo un proyecto de país con el que se podía estar más o menos de acuerdo, pero que en muchos casos estaba distante y ajeno de asegurarse canonjías? ¿No habrá una necesidad de desear que exista mayor voluntad política para los acuerdos, en lugar de tanta crispación?

Pero no se olvide una cosa muy importante: la realidad política de hoy es no pequeña parte herencia de aquella época, con sus listas cerradas, su ley electoral injusta, su afán de favorecer el bipartidismo y así sucesivamente. Puede que, en todo caso, aquello no pudiera resolverse entonces, y que ahora este tiempo demande unos cambios que la mal llamada clase política no está dispuesta a llevar a cabo, mucho más pendiente de sí misma que de los problemas de una sociedad que ve en los políticos el mayor problema tras el paro y la situación económica.

Puede que la sociedad no vea en ningún partido ni en ningún líder la capacidad de acometer los cambios que se demandan. Y que de ahí derive en buena parte la nostalgia hacia una figura histórica que cambió este país, hasta que llegó «el cambio» prometido por González en su abrumadora e irrepetible victoria del 82, «cambio» que no fue tal, o que, en todo caso, no respondió a lo que de aquello se esperaba.

Si hay algo que no se le puede negar a Suárez fue que llevó a término las expectativas que en él estaban puestas y que demostró una capacidad de diálogo que ninguno de sus sucesores en el Gobierno tuvo.

Y, dados los tiempos que vivimos, la presencia en la vida pública de alguien dispuesto a hacer realidad las transformaciones necesarias con capacidad de diálogo rozaría hoy lo milagroso.

Se explica, así las cosas, tanta remembranza de una figura política que en su momento fue mucho más denostada que ensalzada.

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Enero 26th, 2010 at 9:09 am

Las pasarelas del ministro Gabilondo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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PCPI, contra lo que pudiera suponerse, no significa Partido Comunista de los Pueblos Ibéricos, sino «Programas de Cualificación Profesional Inicial» concebidos y pensados para atajar en la medida posible que un alto porcentaje del alumnado abandone los estudios tras la ESO; alcanza un 32 por ciento, según las últimas cifras publicadas; y hay un dato que empeora aún más el panorama: ni tan siquiera todos los que dejan los estudios consiguen la titulación de la llamada Secundaria Obligatoria.

Dando por sentado que siempre hay que considerar positivo que exista la mayor flexibilidad posible para que quienes renunciaron a seguir puedan volver a iniciar sus estudios, nos encontramos con algo que, de forma tan incomprensible como inaceptable, se soslaya, y es que, siendo tan altas las cifras de abandono, el llamado sistema educativo fracasa estrepitosamente, y no se ve voluntad por parte de nadie para modificarlo en serio.

Miren ustedes: conseguir el título de la ESO es, de por sí, ciertamente fácil. Añádase a ello que existen vías como la llamada «diversificación» que resultan de una gran ayuda para quienes, por motivos varios, no terminan la etapa siguiendo el itinerario más genérico.

Pero, con ser esto preocupante, no es, ni con mucho, lo más grave. Como es de sobra sabido, se supone que estamos en un sistema educativo en el que casi todo es guay, donde el esfuerzo está proscrito. Pues bien, algo falla estrepitosamente cuando, a pesar de todo ello, casi un tercio del alumnado no encuentra alicientes en el sistema educativo para seguir estudiando, bien sea un módulo, bien sea el Bachillerato.

Pero, como viene sucediendo desde hace muchos años a esta parte, de lo que se trata es de poner parches, de improvisar ocurrencias. En ningún caso existe voluntad de estudiar a fondo lo que sucede, y, tras ello, buscar soluciones que vayan más allá de lo que es, sin más, un intento de salir del paso, del que no cabe albergar demasiadas esperanzas.

Recientemente, el señor Gabilondo mantuvo una reunión con doña María Dolores de Cospedal, y no se descartaba un «pacto educativo». Lo que desconocemos es en qué puede consistir y hasta dónde están dispuestos a llegar los partidos mayoritarios en este asunto.

¿Es que nadie quiere darse cuenta del rotundo fracaso que supone, no ya el listón tan bajo de conocimientos que se alcanza según atestigua el «informe Pisa», sino que además, en lo pedagógico, lo que es el estudio en sí mismo, no se consigue hacerlo atractivo para casi un tercio del alumnado que, como venimos diciendo, se va de los centros escolares al concluir la ESO?

Hubo un momento en el que se hablaba, con fundamento, del preocupante desprestigio que sufría la Formación Profesional. En parte importante a resultas de ello, se arbitró el actual sistema, que contempla títulos de grado medio y de grado superior, a los que se accede, respectivamente, desde la ESO o desde el Bachillerato. La pregunta obligada es si de esta forma las cosas mejoraron y si la FP salió ganando. En cualquiera de los casos, vemos que nuestro metafísico ministro abre pasarelas y puentes para que los estudios puedan ser retomados, lo cual, reitero, es plausible. El problema, sin embargo, estriba en que ese sistema educativo que genera tasas tan altas de abandono no parece que vaya a ser modificado con la profundidad necesaria.

Miren: aquí lo básico no está ni en que exista o no la religión en los centros, ni en esa asignatura que tanta polémica suscitó llamada Educación para la Ciudadanía, ni tampoco en los ordenadores que el Gobierno autónomo valenciano rechaza; todo ello, que también puede y debe ser discutido, tiene que quedar pospuesto al momento en el que el sistema educativo se modifique sustancialmente.

Es apremiante recuperar cosas que la LOGSE destruyó. Primero, conseguir una formación mayor en todos los niveles. Segundo, no renunciar al esfuerzo. Tercero, dignificar la profesión docente. Cuarto, educar de verdad en el sentido de que el conocimiento tiene que ser un objetivo para alcanzar por parte del alumnado, más allá de un título en cuyo valor cada vez se cree menos.

Las pasarelas del ministro Gabilondo. Se diría que se trata de escenificar una voluntad de alcanzar un pacto educativo, al tiempo que desconocemos las propuestas de los partidos políticos más allá de discusiones que, a día de hoy, no dejan de formar parte del pan y circo. Se diría también que se intenta estabular al alumnado en los centros, y no hay afán de que el nivel de conocimientos ascienda para que dejemos de formar parte del furgón de cola europeo.

Y, por otra parte, a pesar de la gravedad de la situación, o precisamente por ello, no tendría que haber prisa, es decir, sería deseable que se estudiase a fondo qué se debe hacer para que no se repita el desaguisado que viene causando la LOGSE desde su puesta en práctica. Porque ya no nos sirven ni apaños ni recetas para salir del paso, sino que hay que poner sobre la mesa un sistema educativo útil y serio, todo lo útil y serio que esta sociedad necesita.

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Enero 19th, 2010 at 9:06 am

Un hombre solo y solidario, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Ligero de equipaje iba en el accidente que le costó la vida el 4 de enero de 1960. En la guantera del coche en el que viajaba como copiloto se encontraban el manuscrito de su libro inconcluso, «El primer hombre», que se publicaría en 1994, así como el ensayo de María Zambrano «El hombre y lo divino», que se había editado en 1953, pero que Camus pretendía que Gallimard lo incorporase a su prestigioso catálogo. Así, pues, un manuscrito y un libro, este último, ¡ay!, perteneciente al exilio español. Y es que a Camus también le dolió España: «Por España hemos aprendido que puede tenerse toda la razón y ser vencidos, que la fuerza puede derrotar al espíritu y que hay tiempos en que el valor no es su propia recompensa». Y sobre la derrota de la República dejó escrito en el 20.º aniversario de la Guerra Civil: «El 19 de julio de 1936 comenzó en España la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra ha terminado en todas partes, salvo, precisamente, en España. (…) La República española, en consecuencia, no ha cesado de ser traicionada o cínicamente utilizada. Por esto es quizá vano dirigirse, como lo hemos hecho otras veces, al espíritu de justicia y de libertad, a la conciencia de los gobiernos. Un Gobierno, por definición, no tiene conciencia. Tiene, a veces, una política, y eso es todo».

Camus y España, cuya relación literaria comenzó con la Revolución del 34 en Asturias. Camus y España, de la que procedía una de sus ramas familiares. Camus y la II República española en su relación con una de las grandes actrices del siglo XX, María Casares, personaje fascinante cuyas memorias son lectura obligada para quienes deseen comprender una de las muchas peripecias de aquel legado desterrado, trasterrado y exiliado.

Su hija Catherine define la peripecia de Camus con un título que no puede ser más sugestivo: solitario y solidario. En efecto, solitario con respecto a los cenáculos literarios en los que sufrió marginación y rechazo por parte de un gran contemporáneo suyo. Sartre lo calificó de ingenuo por oponerse a la violencia, así como por su heterodoxia hacia el comunismo. Y solidario no sólo con España, sino con el dolor humano en un tiempo de barbarie como el que le tocó vivir.

Un combatiente literario contra el sufrimiento y la crueldad, también contra las bombas atómicas que se lanzaron cuando finalizaba la II Guerra Mundial. Un combatiente literario contra el oprobio, la injusticia y los totalitarismos.

Aquel hombre sobrio, aquel escritor de raza; la gabardina y el pitillo que llevaron a considerarle una especie de Bogart de la literatura. Sus pasiones literarias. Siempre tuvo presente a Dostoievski, en especial, su obra «Los demonios», de la que llegó a hacer una adaptación teatral. Y, por otro lado, hablamos también un gran lector de Nietzsche y de Kierkegaard.

Nacido en 1913, fue, además de otras muchas cosas, un escritor precoz, y su vida, hasta 1960, estuvo marcada por el horror de los dos grandes conflictos mundiales. Así, el protagonista de «El extranjero» habla con una frialdad heladora de la muerte de su madre y sobrecoge la indiferencia con que asume el absurdo asesinato que comete. Así, llega a plantearse, sin concesiones de ningún tipo, el significado del suicidio en su obra «El mito de Sísifo». Así, pone sobre las tablas el despotismo y los abusos del poder en su versión teatral de Calígula.

La novela y el teatro. El relato y la escena. Con ellos y junto a ellos, el periodismo más combativo, que no renunció nunca a la voluntad de estilo.

Un solitario solidario cuyo aniversario de muerte no puede hacernos pasar por alto la tremenda orfandad que, en lo literario y en lo filosófico, vivimos en el momento presente.

¿Dónde está la gran obra literaria de nuestros días que, como «El extranjero», haga una radiografía tan exacta de lo que le ocurre al hombre de nuestro tiempo? ¿Dónde están esos pensadores, además de inteligentes y lúcidos, con la suficiente independencia de criterio, lejos de todo pesebre, para analizar lo que sucede en el presente que estamos viviendo?

Francia, aquella Francia en la que un literato de origen humilde, nacido en Argelia, se convirtió en uno de los grandes escritores de su tiempo, en un momento en el que destacaban también figuras como Sartre y Malraux, entre otros muchos.

Francia, aquella Francia que, a la muerte de Camus, iniciaba una década que ocho años después marcaría la historia del siglo XX. ¿Cómo no imaginarse la voz de Camus, crítica e independiente, durante aquellos sucesos y posteriormente a ellos?

Hoy, el presidente de la República quiere que los restos de Camus vayan a parar al Panteón de Hombres Ilustres. En cualquier caso, ese gran país tiene que sentir aflicción ante la ausencia del autor de «La peste», ante la ausencia de grandes literatos como él, ante la ausencia, en fin, de referentes éticos.

¿Qué ha pasado, qué nos ha pasado, para sufrir tanta orfandad, para sobrevivir sin gigantes literarios, para sobrellevar el día a día sin pensadores que den buena cuenta de lo que nos está sucediendo? El mundo de hoy es, sin duda, mucho menos desgarrador que el que le tocó sufrir a Camus, pero es también mucho más mediocre.

Cerramos los ojos y rescatamos su pasión por un mundo más libre y más justo, por la dignidad humana; de ahí que su obra sea zozobra y desazón de principio a fin.

Aquella gabardina, aquel pitillo que hacia de compañero y confidente, aquella forma de amar, hasta con delirio, a las mujeres que formaron parte también de sus pasiones más encendidas.

Acercarse a la obra de Camus supone conmoverse y angustiarse, pero conlleva también un clamor por la vida digna y por la libertad. Clamores desde el desengaño y desde la angustia que afrontan y enfrentan la vida con el frenesí que nos provocan las grandes pasiones y la belleza.

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Enero 5th, 2010 at 8:07 am

El poeta y la guerra, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Sobre la reedición del libro «Guerra en España», de Juan Ramón Jiménez

Nunca quiso ser hombre de acción. Aislado siempre del mundanal ruido. Su principal empeño fue la poesía. Y, sin embargo, llegado el momento, no tuvo reparo en manifestar su compromiso con la República. Hablamos de Juan Ramón Jiménez, hablamos del poeta que no quiso volver a la España de Franco, por mucho que en su obra no hubiese estridencias ni combates a ras de suelo, aquellas cosas que los censores podían advertir sin demasiado esfuerzo. Hablamos, ciñéndonos a la actualidad, de la reedición de su obra «Guerra en España» que, con respecto a la versión publicada en 1985 al cuidado del poeta Ángel Crespo, presenta cambios que son muy notables. Se trata de 880 páginas frente a las 335 que tenía la anterior, así como de 150 imágenes frente a 27. Esta edición definitiva se debe sobre todo al ingente trabajo de la investigadora Soledad González Ródenas.

Se trata de una recopilación que hizo del poeta de Moguer a lo largo de su vida con respecto a personas, obras y acontecimientos que guardaron relación con la República.

Y, más allá de un análisis pormenorizado del libro, que habrá que hacer en su momento, lo más llamativo es que, ante el afán de unos cuantos por crear confusión con respecto al significado de la Segunda República, esta obra de Juan Ramón resulta tremendamente esclarecedora.

Ante un escritor que ni de lejos incurrió jamás en lo panfletario, ante un poeta que buscaba sobre todo el perfeccionismo, ante un literato que no ambicionó jamás destacar en la vida pública en algo que no tuviese relación con su obra, es difícil argüir en su contra bajo el pretexto de intereses personales o políticos. Ítem más, resulta imposible rebatirlo con argumentos que no sean estéticos.

Nos encontramos, además, con un gran libro en prosa de un poeta. Es muy significativo a este respecto lo que en su momento señaló uno de los principales estudiosos juanramonianos, Ricardo Gullón, cuando, al ocuparse de otro libro en prosa del poeta de Moguer, «Españoles de tres mundos», afirmó que se trataba de «uno de los dos mejores libros de prosa escritos en nuestro siglo y en nuestra lengua. (El otro sería, ¡qué casualidad!, “Juan de Mairena”, de Antonio Machado)».

Así pues, un poeta que escribe en prosa sobre la República, manifestando su compromiso con ella. Para el muy prolífico Andrés Trapiello, se trata de «la gran novela de la Guerra Civil española». Es curioso que se hable de novela cuando, además de no haber ficción, sino retratos de personajes de su tiempo, así como opiniones del poeta, tampoco se encuentra un discurso narrativo propiamente dicho. Acaso por todo eso, tenga su parte de ingenioso lo que apunta este escritor que tanto se prodiga.

En días como éstos, en lo que está tan reciente la infructuosa búsqueda de los restos de Lorca, el libro de Juan Ramón sobre la República viene a ser un refuerzo a la justicia poética que los hechos históricos están pidiendo a gritos.

Es también un libro que da cuenta de los avatares sufridos por el poeta desde el estallido de la guerra. Por ejemplo, parece ser que en abril del 39 la casa madrileña de Juan Ramón fue saqueada, y en el expolio se llevaron libros, manuscritos y cuadros.

Además de esto, se quiso forjar una imagen del poeta desde la España de Franco que Juan Ramón desde el exilio sólo pudo combatir con parte de muchas de las cosas que consignó en este libro.

Otro detalle que habla de la enorme generosidad del franquismo fue el hecho de que la editorial Espasa-Calpe, atendiendo a los requerimientos del régimen surgido tras la gloriosa cruzada, le rescindió el contrato, como hizo, según se cuenta, con los exiliados que no eran muy entusiastas con el nuevo régimen.

Un Juan Ramón desterrado y exiliado que vivió desde la dolorosa partida sus días en republicano, o, si se prefiere decir de otro modo, con lealtad al Estado que se proclamó el 14 de abril del 31.

Libro que da cuenta de lo que fue el exilio no sólo de Juan Ramón, sino de otros muchos intelectuales españoles, cuya mayor o menor coherencia es puesta de relieve por el gran poeta de Moguer.

El poeta y la guerra. El poeta que supo del asesinato de Lorca y de la muerte de Machado, el poeta que, hasta los últimos días de su vida, siguió siendo leal al significado de la Segunda República.

El poeta al que se le concedió el Premio Nobel y que no quiso celebrar tan prestigioso galardón en su país. El poeta que clamaba por el nombre exacto de las cosas, que no permitía que en sus escritos tuvieran cabida ni las estridencias ni los tópicos, comparece en la España de hoy dando una lección de justicia poética con admirable y trabajada prosa.

El poeta y su memoria, desterrada, exiliada, pero lúcida y con continuidad hasta su último suspiro.

Para quienes estén interesados en conocer lo que fue el exilio literario español visto por uno de sus miembros más destacados, este libro es cita obligada con lo mejor de un tiempo y un país en la pluma de uno de sus gigantes literarios.

Poesía y verdad, la madrugada en la que asesinaron a Lorca; aquellos últimos versos de un Machado moribundo en un papel arrugado.

De lejos, desde lejos, desde que el poeta y Zenobia abandonaron su casa el 20 de agosto de 1936, la República viajó, también, con ellos.

El libro del que les hablo cuenta la peripecia seguida por el poeta hasta su muerte.

Juan Ramón y la República. La poesía y la República.

¡Cuántos abismos y naufragios nos separan de todo eso y los contemplan!

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Diciembre 29th, 2009 at 8:07 am

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