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Lo que importa es el amor, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Los estudios lo dicen y usted lo siente. Ya le puedo contar historias sobre globalización, internet, crisis y demás zarandajas que usted está pensando en otra cosa. Está pensando en el amor, que es lo que de verdad le importa a usted y a todo el mundo, aunque algunos no lo reconozcan. Porque está enamorado o lo ha estado y lo añora o porque aún tiene la esperanza de encontrarlo algún día en un ascensor, incluso en su vejez. Y además las películas, las novelas, la publicidad y cualquier mensaje del entorno comunicativo confirman su anhelo y su frustración. Digo amor, no cariño o afecto o cualquier otro sentimiento que tenga por sus hijos, padres, amigos o animales domésticos. Tampoco me refiero a la sexualidad, porque no hay amor sin deseo pero hay deseo sin amor, entendiendo por deseo la búsqueda variopinta del orgasmo.

¿Qué es esa cosa misteriosa que nos obsesiona hasta el punto de negar la obsesión para tranquilizarnos? Siendo misterio no sabemos mucho, pero sabemos dos cosas fundamentales. El amor es fusión entre dos seres. No es coito, no es (¡absolutamente no!) matrimonio, familia o cohabitación. Es fusión mental que se traduce en todo lo demás. Porque así lo determinó la evolución de las especies. Porque sólo fusionándose se aseguraba no sólo la reproducción biológica, sino también la reproducción social, el cuidado de las criaturas, la estabilidad del grupo familiar. Sólo con el reconocimiento profundo de la una y el otro se construyó la reproducción ampliada de la especie humana. Claro que la dinámica del deseo también incluye el amor-fusión homosexual. Pero el despliegue de esa forma de amor ha tenido que esperar no sólo a la evolución cultural, sino a la evolución científica que desliga tendencialmente heterosexualidad y reproducción biológica. Amor es fusión. Es dejar de ser yo para ser nosotros. La historia de la literatura está sembrada con esta narrativa.

El problema deriva de la segunda cosa que sabemos científicamente. Y es que el yo no es fusionable. Es siempre yo. Lo intuíamos, pero ahora lo sabremos en unos pocos meses cuando se publique el nuevo libro de Antonio Damasio sobre la construcción del yo en el cerebro, cuyo contenido no revelo porque el descubrimiento es suyo. Sabíamos ya dónde está localizado el yo en el cerebro. Pero el funcionamiento de esa zona es específico en cada individuo. Por eso soy yo y no otro. Y ahí está la contradicción. Amor es fusión. Pero en realidad de quien estamos enamorados es de nosotros mismos. Y la fusión consiste en que el otro o la otra se fusionen conmigo. Y como cada uno quiere lo mismo, ahí empiezan los problemas.

La evolución biológica y cultural a lo largo de la historia resolvió el problema decidiendo que el ser físicamente más fuerte (el hombre), que podía proteger al ente fusionado de los peligros del entorno, fusionara a la otra. Así se constituye la familia patriarcal, la institución más longeva de la humanidad que ha llegado hasta nuestros días: la autoridad del hombre sobre la mujer y los hijos e hijas en la familia, en la cultura, en las instituciones y, por si acaso, en la ley divina.

Pero resulta que el cerebro también alumbra la conciencia en su interacción con la sociedad. Y que la historia quiso que las mujeres, primero unas pocas de ellas (pobres brujas) y luego masivamente en las cuatro últimas décadas, decidieran por sí mismas que su yo valía tanto como el del otro. Les costó sangre, sudor, lágrimas y Prozac, pero hoy en día las nuevas generaciones ni entienden eso de que el que tiene derecho de pernada es el macho. Por eso Marina Subirats y yo titulamos el libro que publicamos hace no mucho Mujeres y hombres: ¿un amor imposible?

Porque si ya no hay base cultural para la fusión en sentido único (masculino) y por otro lado los hombres somos como somos (pobrecitos, no es culpa nuestra, nos hizo la evolución), pues no hay fórmula amorosa igualitaria posible. Puede haber contrato de convivencia atado y bien atado, pero no fusión, porque esto requeriría ni más ni menos que el rebobinaje del proceso mental para que dos seres acepten ser uno hecho de dos a partes iguales. Marina y yo coincidimos en el análisis sobre el patriarcado, la insurrección de masa de las mujeres y demás temas clásicos del feminismo. Pero diferimos en el diagnóstico.

No hablaré por ella porque es lo que suelen hacer los hombres con las mujeres. Sólo diré que piensa que podrá haber amor el día en que cambien los hombres. Y yo digo que no tenemos ningún interés objetivo para cambiar. Porque no estamos enamorados de una mujer ni de varias. Estamos enamorados de nosotros mismos y lo que necesitamos son espejos para reflejarnos en ellos. Claro que si no nos dejan aceptamos un contrato de coexistencia pacífica, fundamentalmente para tener acceso fácil a la sexualidad. Aunque la sociedad masculina hace siglos que diferenció entre la fusión postamorosa (familia) y la sexualidad (prostitución).

Lo nuevo es que las mujeres pueden también acceder a este modelo o a cualquier otro. Pero la fusión simétrica, o sea, el amor sin dominación, exige un desarme bilateral y simultáneo. ¿Utopía? ¿Quimera? En realidad, ese sueño vive en nosotros. Porque incluso el desamor es lamento de amor. Y todo lo que vive en los humanos tiene el potencial de llegar a ser. A condición de partir del yo y de que nadie se niegue en esa fusión que no es un nuevo ente, sino dos yos en constante interacción. O sea, que a lo mejor Marina tiene razón. Pero los modelos que llevamos dentro no nos sirven. Si usted aún busca el amor (incluso con la persona que tiene al lado y a quien nunca realmente miró más allá de usted), busque su reflejo en el espejo de la otra persona para, tal vez, volverse a enamorar.

De usted mismo.

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Marzo 13th, 2010 at 8:15 am

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¿Hacia la europeseta?, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Si usted guardó algunas pesetas como recuerdo, cuídelas. Puede que le sirvan. En tiempos de paro y congelación de salarios, cualquier ayuda es buena. Y es que el invento del euro puede desmontarse como castillo de naipes eurocráticos. Como la cosa va en serio, permítame que me explique.

En 1998 tuve un debate público en Bilbao con el entonces vicelehendakari Ibarretxe, por el que siempre he tenido, contra viento y marea de neofranquistas y radicales, un gran respeto, aun en desacuerdo. El debate era sobre las ventajas del futuro euro. Disentimos totalmente. Desde Euskadi y Catalunya todo lo que sea Europa se ve bien porque cuanto más se diluya España, mejor. Y como el euro dejaba Europa atada y bien atada, miel sobre hojuelas. En este caso todos coincidían en la riqueza del panal, incluidos los españolistas más acendrados, que suelen mirar la cotización de bolsa antes de proclamar esencias patrias. La idea era que el euro ampliaría el mercado, reduciría costos de transacción, simplificaría aranceles y constituiría una unidad de destino en lo universal económico frente a EE. UU., países asiáticos y otras gentes de mal vivir.

Yo expresé mis reservas sobre la bondad del euro, pensando en la gente de a pie para quien la economía no son modelos sino vida. Mi razonamiento era (y es) el siguiente: la moneda es expresión de una economía única en la que las diferencias territoriales dan un promedio en el que se basan las políticas económicas del país. O sea: la política monetaria, la política fiscal, las políticas crediticias del Banco Central (que determina los tipos de interés), la balanza por cuenta corriente (relación con el exterior), el nivel de deuda público y privado tienen que corresponderse. Porque hace tiempo que los países están integrados en una economía global de la que dependen en términos de sus intercambios comerciales y financieros. Si un país vive de prestado, con baja productividad y creciente déficit comercial, se le cierra el grifo del dinero, porque el costo de los préstamos que recibe se hace prohibitivo.

Al final, como nadie cree en la moneda en que el país paga, la moneda se devalúa, por decisión del Gobierno o del mercado, el país puede endeudarse menos, y como sus precios son más competitivos por la devaluación recupera poco a poco su crecimiento y su credibilidad económica. La creación del euro supuso algo distinto: que todas las economías eran iguales cuando no lo eran, ni en productividad, ni en competitividad, ni en responsabilidad fiscal. Para homogeneizar se dieron atribuciones al Banco Central Europeo para que decidiera los tipos de interés. Aún peor. Porque si una economía entraba en recesión porque no aguantaba el tirón de ser igual que las otras en competitividad, no podía recuperar esa competitividad ni bajando los tipos de interés ni devaluando su moneda. O sea, todos alemanes por narices.

A los alemanes les iba bien porque su moneda valía igual con competitividad mayor y así les comprábamos más. Algo había que hacer para mantener la ficción de la unidad de gestión económica. Y por eso el tratado de Maastricht impuso un límite al endeudamiento público y amenazó con multas de hasta el 0,5% del PIB.

Pero como no tiene a la Legión, a ver quién las cobra. La verdad es que España fue mientras pudo un buen ciudadano europeo y se mantuvo dentro de los límites. Fue posible mientras había un alto crecimiento fundado en el modelo especulativo e insostenible del gobierno del PP para crecer sin incremento de la productividad con una economía inmobiliaria, de turismo y de construcción alimentada por mano de obra inmigrada. Cuando la crisis mundial cerró el grifo del crédito fácil, no pudo proseguir ese crecimiento y el Estado tuvo que socorrer a la economía. Sacando el dinero de donde está: de los mercados financieros, o sea, endeudamiento. A finales del 2009 el porcentaje de déficit presupuestario sobre el PIB llegó al 11,8%, no lejos del 13% de la manirrota Grecia. No crece la productividad, no exportamos suficiente (déficit de cuenta corriente del 5,7% del PIB), no hay crédito, baja la inversión y el consumo, por tanto, sube el paro a los niveles más altos de la OCDE, se encarece el crédito en los mercados financieros y es difícil subir impuestos por razones económicas y políticas. El Gobierno tiene las manos atadas, pues no puede hacer lo obvio: devaluar, reducir costos (incluidos laborales) y aumentar productividad.

¿Qué le pasa a la pobre Grecia? Pues que hizo trampa con la UE, ayudada por Goldman Sachs, que maquilló sus cuentas para que los mercados siguieran prestando a una economía fiscalmente quebrada (por el gobierno conservador, por cierto). Y cuando el socialista Papandreou explicó por qué tenía que imponer austeridad se descubrió el pastel. Los mercados dejaron de comprar deuda griega y los especuladores jugaron al alza de precios de los seguros CDS que cubren los riesgos de deuda. Merkel acudió al rescate porque un hundimiento del euro griego es inseparable de un hundimiento del euro. Pero con condiciones leoninas, porque los alemanes no están por la solidaridad a menos que les regalen el Mediterráneo. Esto implica reducción drástica del gasto público, despidos y limitar privilegios del sector público.

Tal vez funcione, porque, pese a las protestas de los afectados, la mayoría de los griegos apoya el plan de austeridad. Pero la urgencia de la intervención resulta de que Grecia es sólo la primera línea de defensa del euro. Los llamados PIGS (qué nombrecito) están en la mira de los especuladores. El coste de los seguros financieros para España se ha disparado desde diciembre. George Soros escribió esta semana que el problema no es Grecia, sino Portugal, Italia, Irlanda y España. Y hace poco Martin Feldstein, respetado economista de Harvard, propuso la restauración temporal del dracma griego para permitir a Grecia gestionar su crisis. Si la crisis del euro no se detiene, empezaremos a hablar de la euro-peseta.

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Febrero 27th, 2010 at 10:14 am

Obama y el sistema, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

El discurso de Obama sobre el estado de la Unión marca un punto de inflexión en su política de reforma y cambio tras un difícil primer año. Recordó que siempre dijo que sería difícil realizar sus proyectos porque chocan contra poderosos intereses condicionantes de la acción de gobierno. Y promete que va a pelear (término que repite en estos días) por sus propuestas. Se enfrenta a los banqueros y a Wall Street y prepara medidas que incluyen mayor regulación, impuestos especiales para recuperar el dinero prestado y una ley para volver a la separación entre bancos de depósito y bancos de inversión cuya anulación en los felices noventa fue una de las causas del desequilibrio en las cuentas bancarias. No abandona la reforma de la salud, pero desplaza el centro de su atención a la creación de empleo. Porque en Estados Unidos pasa algo así como en España: la economía va mejor pero la gente va peor.

La economía está creciendo al 5%, pero el paro aumenta: está por encima del 10% en el país con puntas de hasta el 15% en algunos estados y tasas más altas para jóvenes, hispanos y negros. Una vez estabilizadas, las empresas financieras han vuelto a lo de siempre. Algunas empresas como Goldman Sachs declaran altísimos beneficios. Los bancos han devuelto préstamos para poder pagar primas a sus ejecutivos. Pero han reducido el crédito limitándolo a lo más rentable y han dejado quebrar hipotecas de millones de personas. Sin crédito, las pymes están hundidas y desaparecen los empleos. Obama quiere recuperar los fondos prestados y crear con ellos bancos comunitarios que presten en su entorno local. Va a incentivar fiscalmente a las empresas que creen empleo. Y va a reactivar las inversiones en infraestructura mal gestionadas hasta ahora por los gobiernos locales y regionales.

Pero la dificultad para Obama, en la economía como en los otros grandes problemas heredados de Bush, es tener que remar contra la corriente de intereses enquistados en el conjunto del sistema. En la economía, Wall Street siempre ha dictado las políticas económicas sirviendo a sus intereses en primer lugar y aportando los expertos del Gobierno que luego vuelven a sus lucrativos puestos en la finanza tras haber servido a su comunidad. La Administración de Obama no es excepción en este sentido: Geithner sale de Wall Street, Summers es un neoliberal y los mandos intermedios son los mismos que instaló Rubin (Goldman Sachs) con Clinton. Por eso ha sorprendido el tono de Obama contra Wall Street. Parece haber perdido la paciencia. Pero está por ver cómo consigue mover en una nueva dirección una máquina ideológicamente contraria a sus valores. En la reforma de la salud Obama consiguió esta vez el apoyo de las asociaciones de médicos y del personal sanitario. Pero chocó con dos poderosos enemigos: las compañías de seguros, que tienen en el bolsillo a medio Congreso; y la resistencia ideológica de la mayoría de la población a la intromisión del Gobierno en su vida privada, influenciada por los eficaces medios de comunicación conservadores (Fox, Russ Limbaugh, las redes de radios locales), que consiguieron asimilar salud pública y el Gran Hermano. Mientras Obama se enredaba en los pasillos del Congreso y topaba con la casta senatorial, probablemente la más venal de la política por el poder que concentra, se organizó en la sociedad, en parte por internet, un movimiento de base que está derrotando a los demócratas en las urnas en cada elección parcial. Y como los parlamentarios demócratas tienen como prioridad asegurar su reelección, se posicionan según el viento de los sondeos, aguando reformas y haciendo cada vez más frágil el apoyo a las iniciativas presidenciales.

Algo por el estilo ocurre en la conducción de las guerras. Los generales no quieren retirarse sin haber ganado en los términos que ellos definan. Ya les malhumora que Obama se comprometa a salir definitivamente de Iraq en el 2010. Pero aún más que intente salir de Afganistán a finales del 2011, lo cual implica que no habrán controlado ese país sino simplemente forzado a los talibanes a una negociación y decapitado a Al Qaeda en el mejor de los casos. No hay insubordinación clara, pero sí filtraciones a los medios para poner obstáculos en la ciudadanía y en el Congreso a la política del presidente. Asimismo, la aspiración de Obama de una política no partidista ha chocado con la oposición frontal y destructiva de los republicanos, que decidieron rehacerse mediante una hostilidad sistemática. Y como les funciona van a seguir en ello, ahora, además, con mayor peso en el Senado. El bloqueo político no sólo es partidista, sino institucional. Cada ley, cada reforma, tiene que pasar por el laberinto de negociaciones en el Congreso, donde se emboscan los lobbies y se defiende el escaño propio haciendo pactos con quien sea. Todavía más tras la decisión del Tribunal Supremo de eliminar los límites a las contribuciones de las empresas a las campañas políticas. En fin, un Tribunal Supremo con mayoría conservadora se encarga del último cerrojo al cambio cuando sea necesario. Hay guerra abierta entre Obama y Alito, el influyente juez de extrema derecha en el Tribunal.

Por eso hay que hablar de sistema. No sólo sistema político, sino sistema de instituciones e intereses entreverados a lo largo de la historia para que todo quede atado y bien atado, llegue quien llegue al Gobierno. Y cuando surge un líder de la nada que los ciudadanos llevan en volandas a la presidencia se ponen en marcha todos los mecanismos que van limando su capacidad de iniciativa y aguando cualquier cambio, incluso cuando se trata de la cúspide del poder mundial. Por eso Obama ha vuelto a hablar de pelea y se va a meter en ella. Y por eso declaró recientemente que prefería ser un buen presidente con un solo mandato que un presidente mediocre con dos.

La cuestión es que si los políticos, los nuestros también, se aplicaran esa norma, nos quedaríamos sin políticos.

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Enero 30th, 2010 at 9:14 am

Pueblos contra aparatos, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Se acaban de producir dos hechos políticos importantes en puntos extremos del continente americano. Su significación va más allá de su contexto inmediato, porque indica una corriente profunda en la relación entre ciudadanos y política que se manifiesta en casi todo el mundo. En Chile, la derecha ha ganado las elecciones presidenciales, aun manteniéndose en minoría en el Congreso. En Massachusetts el republicano Scott Brown ganó a la demócrata Martha Coakley el escaño que quedó vacante por la muerte del senador demócrata Ted Kennedy, campeón de los derechos sociales y defensor de la salud pública. Ironías de la historia: su sucesor en el Senado puede ser el voto de bloqueo de la ley de reforma de salud por la que lleva meses luchando Obama. Los hechos en sí son totalmente distintos, pero han alterado el panorama de sus países y hay una raíz profunda común: el rechazo popular a la partidocracia y a la arrogancia de la clase política.

En Chile, Sebastián Piñera, tan rico como conservador, ha ido labrándose una reputación de independencia con respecto a los partidos de su coalición, usando hábilmente su no al referéndum de Pinochet en 1989 para presentar sus credenciales democráticas. Su imagen empresarial, pragmática y poco ideológica le proporciona un aura de renovación frente a la política tradicional. Su programa es vago y flexible. Y ya ha iniciado aperturas hacia medidas populares, como las ayudas económicas a las familias. Sabe que la Alianza es minoritaria en el país. Ganó por un voto de castigo al continuismo de una Concertación que tras dos décadas había quedado en manos de los aparatos de los partidos y sus redes clientelares. No fue rechazo al Gobierno: el apoyo a Bachelet en estos momentos llega al 80% y el de su gobierno al 60%. Pero la candidatura de Frei es harina de otro costal. Porque era un líder débil atado al carro de los partidos. El presidente Lagos, cuyo gobierno asentó definitivamente la democracia y el desarrollo en Chile, rehusó presentarse por segunda vez (hubiera ganado) porque los caciques partidarios se negaron a garantizarle autonomía. Y así, los ciudadanos tuvieron que optar entre refrendar a los aparatos de la Concertación o airear los pasillos del poder. En la primera vuelta Marco Enríquez-Ominami (hijo del legendario líder del MIR asesinado por Pinochet) movilizó el voto joven y llegó al 20%. Pero aunque Ominami votó por Frei, sus votantes no le siguieron, pues para muchos jóvenes la Concertación es corrupción. En un artículo publicado antes de la elección, Ernesto Ottone, el cerebro político del gabinete de Lagos, señalaba que había dos Concertaciones. Una, la de los sucesivos presidentes que, con acentuada independencia política, han hecho de Chile un país moderno y democrático. Y añadía: “La otra Concertación es aquella más enraizada en los intereses partidistas que aceptó la conducción de la Concertación como un mal menor, con disgusto y refunfuñando y que una vez desaparecido el miedo a la dictadura puso en cuestión la obra realizada, rompió las disciplinas mínimas, se refugió en particularismos, ambiciones más personales que colectivas y prácticas políticas que contaminaron la acción del gobierno si no con prácticas corruptas, al menos con redes antimeritocráticas que la sociedad chilena aceptó cada vez menos en la medida en que avanzaba su nivel de bienestar, escolaridad y exigencia de bien público… Las cúpulas partidarias han hecho oídos sordos a abrir la vida partidaria a los ciudadanos, a renovar sus prácticas y a promover los cambios generacionales necesarios”. (Por cierto, ¿le suena familiar?). Piñera no ganó la elección en las mentes de la mayoría. Fue la desconcertada Concertación quien la perdió.Algo así sucedió en Massachusetts. Los sondeos muestran que en ese estado la mayoría apoya a Obama y que fue la crisis económica, más que la sanidad, el factor determinante de la oposición a los demócratas. Fue el voto independiente el que decidió, como voto de protesta contra una representante del aparato demócrata del estado, Martha Coakley, que estaba tan segura de ganar por derecho propio que al inicio de la campaña se fue de vacaciones y sólo se despertó a dos semanas de la elección. Scott Brown, republicano de nueva generación, hizo campaña con el lema de que “este no es el escaño de Ted Kennedy sino el escaño del pueblo”. Y consiguió conectar con la amplia movilización social que la derecha ha conseguido en todo el país, también en Massachusetts, contra las reformas de Obama, en el llamado “movimiento de las tea parties”(reuniones políticas en torno a una taza de té, remedando los orígenes de la revolución estadounidense) La Liga de Mujeres Votantes en Massachusetts ha liderado el movimiento en favor de Brown, usando las mismas tácticas que Obama en su campaña. Internet, teléfonos y puerta a puerta. Incluso su grito de guerra ha sido “Sí, podemos”. Y es que cuando se moviliza al pueblo como lo hizo Obama, no hay vuelta atrás. Igual que rechazó a los republicanos está ahora rechazando a los políticos demócratas tradicionales que se aprovechan de la presidencia de Obama para medrar como nunca. Ycomo el presidente ha tenido que negociar a puerta cerrada su reforma de la sanidad en el Congreso, se ha generalizado la idea de que se decide el seguro de salud sin información y entre los de siempre. La democracia no es de derechas o izquierdas, sino que se define por la supeditación de los representantes a los ciudadanos. Y cuando los aparatos se erigen en dueños y señores de destinos, surgen movimientos de base (naturalmente atizados por intereses creados) que modifican las relaciones de poder.

Veremos cómo reaccionan Obama y la izquierda en Chile. Pero lo que ya saben es que lo que hagan tendrá que ser con los ciudadanos, no sólo con los políticos. Porque cuando se abren las puertas a la participación la gente lo toma en serio. Por cierto, de te fabula narratur (mire Wikipedia).

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Enero 23rd, 2010 at 9:11 am

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Los generales de Obama, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

El presidente Obama heredó tres guerras. Desde el 2002 mostró su oposición a la de Iraq, que consideró innecesaria, costosa en dinero y vidas y gravemente perjudicial para la conducción de la segunda guerra, la de Afganistán, esta sí, considerada legítima, porque fue desde donde se atacó a Estados Unidos. La tercera es la guerra global contra Al Qaeda. No son guerras independientes, pero requieren tratamientos distintos y constituyen el desafío de seguridad más importante que tiene ante sí Obama. La guerra de Iraq estaba en vías de solución cuando llegó al poder. Tras una política desastrosa de represión a los suníes en favor de los chiíes, que permitió el desarrollo de Al Qaeda en un país donde antes era perseguida y provocó una feroz resistencia suní, desde el 2007 una nueva política dio vuelta a la situación. La clave fue reconocer el poder suní, armar y pagar a sus milicias tribales, asegurar que los chiíes no utilizaran el gobierno para ajustes de cuentas y aislar a Al Qaeda. Con Al Qaeda privada de su entorno suní, el aumento sustancial de tropas estadounidenses permitió reducir a Al Qaeda a mortíferos ataques suicidas y normalizar paulatinamente el país.

La nueva política de contrainsurgencia fue elaborada por el general David Petraeus, que asumió el mando en Iraq en la primavera del 2007. Es un militar de la nueva generación (tiene 58 años), formada en el análisis de las lecciones de la guerra de Vietnam. Son militares altamente educados, que utilizan el conocimiento de la política y la sociedad para cubrir sus objetivos utilizando la fuerza como instrumento de la política. Petraeus es doctor en Relaciones Internacionales por Princeton, con una tesis sobre las relaciones civiles-militares en el periodo de la guerra de Vietnam. Fue profesor en la academia militar y escribió un nuevo manual de contrainsurgencia donde se prioriza la relación con la población civil, rechazando la noción de ocupación en favor de la de reconstrucción del país y la devolución del poder a los dirigentes locales. Su frase más famosa: “El dinero es munición”. No son sólo palabras. Pacificó Mosul a principios de la guerra de Iraq combatiendo la corrupción en la policía y respetando a las autoridades kurdas. Cuando asumió la jefatura de Iraq llegó con colaboradores del mismo cuño, como el coronel Messe, profesor en el departamento de ciencias sociales de West Point. Su éxito en poco más de un año le valió un enorme prestigio en la opinión pública. Revistas como Time, Newsweek, Prospect y otros lo calificaron de uno de los más importantes “intelectuales públicos” y Foreign Policy lo incluyó en su lista de los 100 “pensadores globales”. En el 2009 fue promovido como jefe del comando central que engloba a los países de Oriente Medio y Asia Central con el objetivo de pacificar Afganistán. En Afganistán puso a otro hombre suyo, el general Stanley McChrystal, algo más joven, brillante graduado de la academia militar y con periodos de estudio en Harvard y Georgetown. Pero con una vertiente operativa marcada como jefe de las fuerzas especiales en el Golfo y en Iraq. Personifica la nueva táctica de obtener información precisa y utilizar comandos y aviones sin piloto para liquidar a los líderes guerrilleros. Él capturó a Sadam Husein y fueron sus fuerzas las que mataron a Al Zarqaui, el carismático jefe de Al Qaeda en Iraq.Pero McChrystal tiene otra reputación: la de las torturas practicadas en el campo Nara en Iraq por su fuerza de intervención 6-26. Y su encubrimiento de la muerte del patriótico y famoso futbolista estadounidense Tilman por “fuego amigo”. El Congreso pidió su inculpación pero sus servicios eran demasiado valiosos y Gates y Petraeus lo salvaron y lo enviaron a Afganistán.

Ahora su misión es doble: reproducir en Afganistán lo que funcionó en Iraq y matar a Bin Laden y Al Zauahiri. De momento, ya mató al líder talibán pakistaní Mehsud. Pero los talibanes no son las milicias suníes. Son un movimiento religioso político enraizado en las tribus pastunes a caballo entre Kandahar, Helmand y Pakistán. El gobierno de Karzai no tiene existencia real sin su alianza con los señores de la guerra que controlan diversas provincias y se venden al mejor postor, incluyendo los talibanes. Obama ya no aspira a reformar Afganistán, quiere simplemente un gobierno estable y de unidad que abandone a Al Qaeda. Para eso primero tiene que imponer una relación de fuerza. Y McChrystal aprovechó para pedir 40.000 soldados, aunque dictando nuevas medidas para atenuar los bombardeos civiles. La filtración de su informe a los medios fue un claro gesto de indisciplina por parte del general. Pero Obama no puede ahora abrir una cuarta guerra, contra sus propios militares. Sabedores de la situación, algunos militares están decididos a no perder esta guerra como se perdió la de Vietnam, aunque la quieren ganar políticamente más que militarmente. Y no sólo en Afganistán, sino en Estados Unidos. Ya hay un claro movimiento de los republicanos para convencer a Petraeus de que sea su candidato a presidente en el 2012. Petraeus ha negado cualquier ambición política y además se operó recientemente de cáncer de próstata, aunque sigue en su puesto. Pero con la falta de líderes creíbles republicanos bien pudiera ser una alternativa popular. Si se pacifica la región, por haber sido el líder de esa operación. Y si no puede hacerlo porque Obama mantiene su idea de retirarse en el 2011, por representar una alternativa al pacifismo inoperante de Obama. Obama respeta a sus generales porque conoce su profesionalidad y sabe que la solución está en esa combinación de política, espionaje y uso selectivo de la fuerza para ir saliendo de los avisperos islámicos. Pero también sabe que están lentamente imponiendo una política propia. Al revés de la famosa máxima de Clausewitz, en este caso es la conducción de la guerra a través de la política. Si la cuerda se sigue tensando, habrá crisis, y según cómo se desarrolle puede abortar la presidencia de Obama.

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Enero 16th, 2010 at 9:13 am

Constitunacionalismo español, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Tal vez sea la calma que precede a la tempestad. Pero la barahúnda suscitada por interesadas filtraciones sobre la amputación ideológica del Estatut de autonomía de Catalunya parece apaciguarse en vísperas de la tan esperada decisión del Tribunal Constitucional. Momento que invita a la reflexión antes de que unos y otros se rearmen jurídica y políticamente para esa madre de todas las batallas constitucionales. Mirado con una cierta distancia, el dramatismo del debate, con su aquelarre de improperios imperiales, parece desmesurado.

O sea que ¿nacionalidad es constitucional (artículo 2) pero nación no es constitucional aunque sea en un preámbulo no vinculante jurídicamente? ¿O tal vez era una simple propuesta inicial y alguien se lo contó a un amigo que lo comunicó a un periódico de Madrid a ver si colaba y atizaba el conflicto? ¿Es posible que los intereses profesionales de los jueces empeñados en no tener que aprender catalán y en recortar la autonomía de los tribunales de Catalunya sean más determinantes que la estabilidad institucional en las decisiones de un tribunal guardián del interés general? ¿Pueden las banderas y los himnos (uno de los cuales no tiene ni letra) que sólo emocionan a cuatro trasnochados fracturar la convivencia? ¿No estábamos ya de acuerdo en que el catalán es la lengua propia de Catalunya e idioma vehicular de todo el sistema educativo, manteniendo la cooficialidad con el castellano y el pleno respeto al uso de esta lengua? ¿No se ha llegado a un acuerdo relativamente satisfactorio de financiación autonómica que permite ir adecuando las inversiones públicas en Catalunya a la riqueza generada en el territorio al tiempo que se asume una cuota de solidaridad con las regiones menos desarrolladas del Estado? Cierto, queda el tema trascendental de las selecciones nacionales que no amenazan la unidad del Reino Unido pero sí parecen ofender al reino desunido. Pero ahora que la selección española es medio Barça y que Cruyff ha situado a la ilegal selección catalana en el mapa mediático mundial la estrechez de miras de los burócratas del deporte se hace menos insoportable. Así pues, ¿cuáles pueden ser esos temidos recortes ante los que la sociedad catalana debe aprestarse a responder? ¿Qué discute el Alto Tribunal desde hace tanto tiempo que se le pasó el tiempo de existencia legal y en algún caso, tristemente, el de existencia vital? ¿Cómo un tribunal paticojo, mermado, paralizado y no renovado puede conmover los cimientos de la coexistencia entre Catalunya y España? Sospecho que no hablamos de recortes ni de Estatut, sino de un rechazo ideológico nacionalista español, dominante en el PP y extremadamente influyente en el PSOE (¿no es cierto, señor Bono?) a la aceptación de la especificidad histórica y cultural de Catalunya, reflejada mal que bien en el acuerdo de mínimos conseguido por nuestro añorado Jordi Solé Tura en el tenso parto constitucional. Es ese trasfondo de no aceptación de las diferencias, del respeto al otro que empieza por el reconocimiento de que hay otro, el que enciende la mecha de la sospecha al menor incidente. Y la cuestión es que un cúmulo de errores políticos ha generado múltiples incidentes hasta llevar a una situación en la que habrá que guardar la calma para que, ¡en plena crisis económica!, no nos metamos en una dinámica destructiva en la que todos perdemos -también quienes no nos escandalizamos ante la idea de que tal vez un día se disuelvan estos malhadados estados nación, carniceros de sus gentes a lo largo de la historia, en una utopía europea de identidades sin fronteras-. Primero, como escribí en su momento, por puro principismo legalista se propuso un Estatut que no añadía más autogobierno al que se podía obtener por negociación política, como así ha sido y sigue siendo. Luego, ante la reacción furibunda de los dinosaurios celtibéricos hubo que defenderlo en la calle y en el Parlament hasta que el Gobierno español lo aceptó, luego lo revisó, luego lo negoció y luego lo aprobó en las Cortes, olvidándose de pasarlo antes a dictamen constitucional por si las moscas.

Para más inri, se somete a referéndum del pueblo catalán, que lo aprueba por amplia mayoría.

Y después de todo eso, de sangre, sudor y lágrimas, de trapicheos judiciales, declaraciones tonitruantes, maquiavelismos de vía estrecha y sensacionalismo mediático, ahora resulta que los restos del naufragio constitucional pueden hundir con ellos a la pacífica coexistencia que habíamos ido logrando entre comunidades culturales-históricas que son tan obviamente diferentes que se enfrentan a la más mínima en cuanto los profesionales de la provocación les mientan la bicha. ¿Saben qué? En realidad, no parece probable que con la tormenta ideológica generada en los medios, que no en la ciudadanía, tras la razonada defensa conjunta de la dignidad de Catalunya por parte de sus doce periódicos, ampliamente apoyados por la sociedad civil, el Alto Tribunal dicte una sentencia que cuestione componentes significativos del prolijo Estatut. Como el conflicto es político e ideológico más que jurídico, es posible que se produzca una negociación, dentro y fuera del tribunal, mediante la cual se trueque un recorte light por una renovación pactada del tribunal que satisfaga los intereses corporativos de los jueces y tranquilice a los defensores de las esencias patrias, españolas, se entiende.

En el fondo, aunque el prestigio del tribunal se resienta, eso sería lo razonable, y aun hay que confiar en que los líderes políticos y judiciales no se dejen llevar por demagogos mediáticos que azuzan el conflicto para airear sus frustraciones e incrementar su menguante tirada. Porque si estas aguas turbulentas no vuelven a su cauce podrían desembocar en un río sin retorno donde crisis, paro, nacionalismo, racismo, xenofobia y cabreo con los políticos en general cuezan un brebaje venenoso que emponzoñe nuestras vidas.

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Diciembre 12th, 2009 at 8:12 am

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Anatomía de la corrupción, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

La corrupción es un rasgo sistémico de la sociedad y la política a lo largo de la historia. Constatarlo no es resignarse sino alertar sobre su corrosivo efecto. Porque si no podemos confiar en nuestros representantes y gestores, ¿por qué hacer el primo respetando leyes, pagando impuestos y haciendo cola para que nos llegue algo de la riqueza que producimos? La percepción de corrupción política, según datos internacionales, se relaciona directamente con la crisis de credibilidad de la política. El goteo de casos erosiona la confianza sobre la que se basa el funcionamiento de las instituciones y la seguridad de nuestras vidas. Y lo peor es la escasa sensibilidad de la clase política a la indignación ciudadana. En cuanto salta un asunto, se acude al guión habitual. Presunción de inocencia. Son unas pocas ovejas negras. Ya decidirán los tribunales. Se hacen comisiones de investigación que se diluyen con el tiempo. Y los de enfrente son peores y la culpa es de los medios que se alimentan de escándalos. Y así se instala en nuestras mentes el cinismo y la desesperanza, malos consejeros en tiempos de crisis.

¿De dónde viene la corrupción política en las sociedades contemporáneas? Llevo años investigando el tema y de eso trata mi reciente libro Comunicación y poder. Hay múltiples factores pero tres son clave porque apuntan a posibles medidas.

Primero: la corrupción está frecuentemente vinculada a la financiación de los partidos. Sabemos que hay controles legales. También sabemos que hecha la ley, hecha la trampa. Y es que el sistema de financiación legal es poco realista. Habría que aceptar un gasto público adecuado a las necesidades reales de los partidos una vez que decidimos que son las ruedas de la democracia. Al mismo tiempo se necesita una fiscalización mucho más estricta del uso de los fondos que reciben. Por otro lado, hay que reconocer la interrelación entre intereses sociales y política, aceptando que particulares, empresas e instituciones hagan donaciones a partidos para ser oídos. Esto es legítimo mientras se regulen estos lobbies y se hagan transparentes las donaciones. En Europa se ha criticado esta práctica porque aventaja a los adinerados. No necesariamente. Obama demostró que se puede prescindir de los lobbies empresariales recibiendo muchas pequeñas donaciones de ciudadanos individuales. Lo cual daría un mayor control a los ciudadanos sobre los partidos: si no nos gustan les cerramos el grifo. Hoy las donaciones se hacen en un área gris aprovechando vacíos legales. Y en otros casos, son directamente ilegales y a cambio de favores. La mayoría de los escándalos de corrupción en el mundo y en España se refieren a financiación de partidos, donde los intermediarios se quedan una tajada. Por eso no basta con regular y controlar a los partidos. Son los partidos los que deben tomar la iniciativa de endurecer sus controles internos.

Me congratulo del discurso franco y de las medidas de transparencia anunciadas por el president Montilla, así como del esbozo de estrategia común con Artur Mas. Tendremos que esperar a que se traduzcan en hechos para confiar en la autorregeneración de los partidos. Concretamente, así como en relación con la justicia hay que partir de la presunción de inocencia de cualquier ciudadano, en la gestión interna de los partidos, teniendo en cuenta la experiencia pasada, bueno sería partir de la presunción de culpabilidad y apartar de inmediato a aquellos sobre quienes pesen sospechas fundadas. Existen hoy día cargos dirigentes de partidos que han sido condenados judicialmente por financiación ilegal en el pasado. Y es que es complicado para los partidos abandonar a quienes manejan su lado oscuro, no sólo por lealtad sino porque pueden contar muchas cosas. Si los partidos no adoptan medidas sistemáticas contra su propia corrupción pierden credibilidad.

Segundo, la mayoría de los casos de corrupción son en el ámbito local. Están frecuentemente ligados a licitación de obra pública, a recalificación de terrenos y a planes especiales. Aquí convergen un modelo de crecimiento basado en el ladrillo y la especulación inmobiliaria y el sistema de corrupción política y medro personal. Claro que la inmensa mayoría de los alcaldes, concejales y funcionarios son ciudadanos sacrificados al servicio de la comunidad. Pero es el sistema el que está viciado y no todos son ángeles. La especulación urbanística fue limitada en Europa a partir de mecanismos introducidos en 1944 en Inglaterra por la ley Utwhatt, que estableció altísimos gravámenes fiscales sobre las plusvalías obtenidas por la recalificación del suelo. Esta es la madre del cordero especulativo. Limítense los planes especiales, establézcanse controles a niveles supramunicipales y grávense en más del 50 por ciento las plusvalías urbanísticas y veremos disminuir rápidamente la circulación de maletines. Pero eso es ir en contra del sistema de financiación legal de los propios municipios. Ahí estriba la dificultad. Se trata de un cambio de modelo urbanístico.

En fin, hay un problema de información del ciudadano. Con la ley en la mano tenemos derecho a acceder a casi toda la información relativa a la gestión estatal, autonómica y municipal. Y podríamos saber todo lo que ocurre si hubiese sistemas informáticos participativos que pudiéramos usar fácilmente. Es más, hay en Catalunya sistemas como Gencat que están en la punta de la innovación europea y que informan eficazmente al ciudadano sobre los servicios disponibles. Pero no sobre las bases de datos internas de las administraciones porque eso es una decisión política. Ábranseesas bases, estimúlese la participación ciudadana y ya no tendremos que esperar a garzones y reporteros para saber lo que de verdad pasa porque la sociedad civil no es tonta y también sabe leer datos.

Sospecho que si no hacemos cosas tan obvias es porque seguir con la rutina protege la partitocracia. Por eso la corrupción tiene una raíz profunda en la distancia que se ha ido creando entre representantes y representados. Si la corrupción socava la democracia, sólo una profundización de la democracia podría ir diluyendo la corrupción.

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Noviembre 14th, 2009 at 8:15 am

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¡Viva Berlusconi!, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Así se vitoreó a sí mismo un desafiante Berlusconi al conocer la sentencia del Constitucional que cancela la ley Alfano aprobada para garantizar su impunidad en los procesos judiciales en los que aparece como imputado.

Y es que, elegido por cuarta vez, con mayoría absoluta, al Cavaliere o caimán y a sus aliados no les afectan ni las acusaciones judiciales (porque según ellos los jueces son de izquierda), ni las informaciones de la prensa independiente que aún queda sobre sus orgías con menores de edad o sobre el nombramiento de sus amantes como parlamentarias y ministras, ni el descrédito del país como consecuencia de las payasadas de Berlusconi en los foros internacionales. Es un personaje incombustible, un empresario que subió por su propio esfuerzo (según él y su leyenda) o con ayuda de la mafia (según sus críticos). Su padre trabajaba en la Banca Rosini, sospechosa de conexiones con la Cosa Nostra. Y según declaraciones de mafiosos en algunos procesos (en particular Nino Giuffre en 1995), la mafia tuvo un papel determinante en el apoyo financiero y político a Forza Italia en su fundación en 1994, cambiando del renqueante caballo democristiano al brioso corcel forjado por Berlusconi en los entresijos del por entonces corrupto Partido Socialista italiano. Bettino Craxi, el secretario general socialista que tuvo que exilarse en Túnez para no ir a la cárcel, había apostado por Berlusconi para romper el control de la Democracia Cristiana sobre los medios. Y para ello, permitió a Berlusconi crear tres canales nacionales de televisión, en competencia con los tres públicos de la RAI.

Contando con ese poder, Berlusconi creó Finninvest, un imperio mediático-financiero-publicitario que hoy en día es Mediaset. Aprovechando el hundimiento de la clase política tras los escándalos de corrupción en 1993 y usando sus televisiones, ganó las elecciones en 1994, aunque perdió la mayoría rápidamente. Volvió a ganar en el 2001 y entonces usó su monopolio de la televisión (directo en las privadas, indirecto en las públicas) para consolidar su poder, despidiendo a cualquier periodista que no se plegara a sus exigencias.

Estudios muestran que el 70% de los italianos sólo recibe noticias de televisiones controladas por Berlusconi, con el consiguiente sesgo de percepción. Aunque su proyecto fue transformar los medios en espectáculo de comedia chabacana y sexo burdo, complementado con debates políticos marcados por la descalificación personal.

Para llegar a la cima del poder económico, político y mediático (un caso único de reunión de las tres fuentes de poder en una misma persona), Berlusconi utilizó cualquier método. De ahí los problemas con la justicia que han tenido sus empresas, sus colaboradores y él mismo. Logró, sin embargo, que las condenas fueran a testaferros, como Marcello Dell ´ Ultri, su hombre en Sicilia, cofundador de Forza Italia, condenado a nueve años por asociación mafiosa. O David Mills, el abogado encargado de organizar el fraude de las empresas de Berlusconi a través de paraísos fiscales y corrupción de funcionarios, condenado a cuatro años por falso testimonio en las causas contra Finninvest y Berlusconi. Con la supresión de la ley Alfano pueden reabrirse estos procesos contra Berlusconi, y otro proceso por intento de compra de parlamentarios para hacer caer el gobierno de Romano Prodi. Pero un buen número de acusaciones se refiere a hechos cuyo carácter delictivo ha prescrito. Y otras pueden ser dilatadas en el tiempo por maniobras legales hasta que acaben prescribiendo.

Más serio es el caso que estalló esta semana en el que el empresario De Benedetti ganó su juicio contra Mediaset por presiones ilegales para controlar su grupo de empresas y obtuvo una indemnización de 750 millones de euros yuna posible vía de acusación a Berlusconi en persona. De modo que aunque Berlusconi no está acabado y en teoría puede gobernar cuatro años más, empieza a resquebrajarse su control sobre las instituciones y las mentes de los italianos, y el deterioro de su imagen se ve incrementado por las revelaciones sobre su uso de menores y prostitutas en fiestas privadas y por las críticas recibidas del propio Vaticano.

Aunque la Iglesia se hizo más prudente cuando la prensa de Berlusconi sacó a relucir los abusos homosexuales del director de Avvenire (diario vaticano), que tuvo que dimitir. Aquello de la primera piedra parece haber hecho efecto en los reservados salones de la sexualidad episcopal.

La pregunta que se hace todo el mundo es cómo es posible que ante las continuas informaciones sobre los contactos mafiosos de Berlusconi (nunca probados pero sólidamente documentados), las condenas por fraudes e ilegalidades de sus más próximos colaboradores, su depravada vida personal, sus provocaciones e insultos (que no son fascismo sino cinismo, arrogancia y desprecio populista a las instituciones), la mala imagen que transmite al mundo (hasta hacerse abroncar por la reina de Inglaterra y malmirar por Obama), incluso después de que la prensa reprodujera la conversación entre dos ministras en que una aconsejaba a la otra que “le mordiera un poquito” cuando aquella le preguntaba cómo satisfacer sexualmente a Berlusconi, después de todo esto, ¿cómo es posible que la mayoría de los italianos siga apoyándolo en los sondeos y, si surgiera el caso, probablemente en las urnas?

Formulé la pregunta al catedrático Guido Martinotti, el más respetado sociólogo italiano. Me recuerda que la casi totalidad de la televisión está en manos de Berlusconi y que los italianos apenas leen prensa. Y que en el clima de pesimismo que caracteriza el país, el optimismo ideológico de Berlusconi es aire fresco. En un guión de commedia dell ´ arte donde sexo e intriga realzan al personaje central. Pero, añade, “el factor decisivo es la falta de alternativa política”. “El Partido Democrático no ha sido capaz de plantear ningún proyecto. Y así la gente se agarra a Berlusconi. Sólo puede cambiar la situación una posible agravación de la crisis económica”, explica. Triste historia, digo yo, que haga falta sufrir la crisis para dejar de confiar en un histrión.

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Octubre 10th, 2009 at 8:13 am

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¿Fin del unilateralismo?, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

El discurso de Obama en la Asamblea General de las Naciones Unidas podría marcar un nuevo rumbo en la geopolítica estadounidense y mundial. Obama rompe con la política de Bush (y de algunas otras administraciones) de decidir en nombre “del mundo libre” y animar a los demás a seguir la estela de la superpotencia mundial. Y cuando EE. UU. no conseguía imponer su criterio no le importaba situarse al margen de la comunidad internacional, consciente de su liderazgo económico y militar. Obama renuncia al unilateralismo que ha marcado la política mundial en la última década. Y lo hace porque piensa que la magnitud y la urgencia de los problemas son tales que sólo una acción mancomunada y global puede permitir gestionarlos. Quiere detener la proliferación nuclear y llegar al desarme parcial de los arsenales de destrucción. Tomar medidas para mitigar el cambio climático. Acabar con Al Qaeda y prevenir el terrorismo global. Lo cual en parte está ligado a una estrategia de desarrollo compartido, de lucha contra la pobreza, las hambrunas y las epidemias. Vuelve a la carga para salir de la guerra de los cien años entre israelíes y palestinos. Y busca una estrategia coordinada para superar la crisis económica porque sabe que la mejora actual es frágil por ser consecuencia de la descomunal inyección de dinero público, cuyos efectos se irán diluyendo.

Su proyecto va más allá del discurso. Lo está apoyando con gestos concretos, como la renuncia al despliegue de misiles en Europa Oriental, una medida esencial para que Rusia coopere con relación a Irán y al desarme nuclear, pero por la que está pagando un alto precio político. Y es que, más allá de las convicciones personales de Obama, la situación de crisis económica, social y de valores que vive EE. UU. es de tal envergadura que aunque quisiera ser imperio no tendría los recursos para serlo. Aquí se junta el hambre de paz de Obama con las ganas de comer de un país que necesita su propia perestroika.¿Pero puede hacerlo?

Hace cosa de un año, en el estimulante encuentro anual que organizan en el monasterio de Sant Benet Jordi Pujol y Felipe González, en el marco de la cátedra que dirigen en Esade, provoqué un cierto revuelo cuando hice el paralelo entre Obama (todavía no presidente) y Gorbachov, refiriéndome al fin del imperio estadounidense. Felipe González me corrigió diciendo que en realidad estaba hablando del fin del unilateralismo. Tenía razón. Pero lo que ocurre es que el contenido concreto del epíteto de imperio, con el que se ha etiquetado con frecuencia a EE. UU., una vez despojado de la carga ideológica, es el unilateralismo, la capacidad de poder prescindir del mundo en decisiones tomadas en función de su interés nacional. Si esa capacidad deja de existir ya no hay imperio, porque la superioridad estadounidense en algunos temas clave (universidades, iniciativas emprendedoras, tecnología, creación musical o cinematográfica) seguirá existiendo sin que ello implique dominación sobre el mundo. La capacidad militar por sí sola no permite ejercer esa dominación, como ha demostrado la guerra de Iraq y, en cierto modo, está demostrando la guerra de Afganistán. Bombardear por doquier no es un signo de fuerza, sino de debilidad. Algo que ha entendido Obama perfectamente y que está intentando rectificar mediante un multilateralismo aplicado a todos los grandes problemas del mundo.

Ahora bien, el peligro es que si su propuesta no encuentra eco, reoriente su política hacia una priorización de la solución de los problemas internos del país, empezando por la economía y la sanidad. Ese fue el temor expresado por Jordi Pujol en la reunión mencionada (no vulnero ningún secreto porque la reunión era seguida por una pléyade de atentos periodistas)

Pujol argumentaba, con gran sensatez, que en un mundo tan peligroso y complejo como el nuestro hace falta un liderazgo capaz de enfrentarse a los desafíos que nos amenazan. Considerando la falta de recursos de las Naciones (Des) Unidas para actuar por sí solas y teniendo en cuenta la falta de consenso de la UE en los grandes temas geopolíticos, Estados Unidos, mal que bien, actuaba en nombre de los demás, por ejemplo en los Balcanes. en la lucha contra el terrorismo global y en la contención de la proliferación nuclear. Y ahora podríamos añadir la primera iniciativa en el tratamiento de la crisis económica global. Comparto la preocupación de Pujol. Pero ya va siendo hora de que el mundo en general y Europa en particular asuman responsabilidades colectivas y pongan recursos humanos, militares y financieros al servicio de causas universales. Algo que, por cierto, España hace modestamente. Si la apertura de Obama hacia una estrategia compartida de tratamiento de los grandes problemas de la humanidad suscita apoyos concretos, estaremos en los albores de una geopolítica multilateral con objetivos estratégicos comunes que podría realmente cambiar el mundo. Pero los obstáculos a ese multilateralismo son enormes. Sobre todo porque priman los intereses políticos a corto plazo, tanto de los líderes en el poder como de cada Estado. La cooperación se entiende como una plataforma para sacar tajada, dejando para los ingenuos creer en la retórica obamista. Y es que líderes como Sarkozy o Merkel, para no hablar de Putin, tienen una profunda envidia de Obama, más popular que ellos en sus propios países. Y no están dispuestos a que se lleve las palmas de salvador del mundo cuando eso estaba reservado para los civilizados europeos, acostumbrados a utilizar a los rudos estadounidenses para que hagan el trabajo sucio por nosotros. Eso no lo consentirá Obama. Se acabó el unilateralismo. Pero si el multilateralismo no es realmente multilateral (por ejemplo en Afganistán/ Pakistán, que nostoca a todos porque es Al Qaeda), Obama se irá a su casa, resolverá los temas internacionales que le toquen y allá se las arreglen los demás porque los recursos del pseudoimperio no dan para más.O sea, que es el fin del unilateralismo global, pero sin un multilateralismo real podríamos encontrarnos con una colección inarticulada de unilateralismos locales.

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Septiembre 26th, 2009 at 9:14 am

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Ideas contra corriente, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Por fin se decidió Obama a activar a la ciudadanía para desatascar su plan de reforma de salud. Su discurso claro y enérgico ante el Congreso (aprobado por dos tercios de la audiencia) anunció la puesta en práctica de medidas que acaben con el escándalo de que un país como Estados Unidos gaste proporcionalmente el doble que España en salud y tenga 47 millones de personas sin seguro y otros muchos millones sometidos a restricciones y discriminaciones por parte de las aseguradoras privadas que dominan el sistema.

La calidad de la medicina estadounidense está en los más altos niveles mundiales. Pero sólo una minoría, pagando sumas astronómicas por su seguro de salud, tiene acceso al mejor cuidado sanitario. Los jubilados y los pobres reciben ayuda del Gobierno federal, aunque con limitaciones a lo que pueden gastar. Las mayores dificultades no las tienen los más pobres, sino los que, aun trabajando, no ganan bastante para pagar costosas pólizas de seguros de salud. O los que pierden el empleo. O los que tienen una enfermedad grave y pierden el seguro porque ninguna compañía los aceptará.

El plan de Obama es flexible y con múltiples medidas. Por un lado, para los que tienen seguro prohíbe a las aseguradoras privadas las discriminaciones que ahora practican para eliminar a los enfermos más costosos, así como la discriminación por sexo y edad. Además pone un límite máximo a lo que los pacientes tienen que pagar de su bolsillo y elimina las actuales elevadas tarifas para medidas preventivas. Para quienes no tienen seguro, se crea un sistema de mercado regulado por el Gobierno que permite a los ciudadanos elegir entre distintos planes y proporciona desgravación fiscal a las familias y a las empresas para subvencionar el pago del seguro de salud.

Además, para quienes no encuentren un plan privado adecuado a sus posibilidades ofrece una “opción de seguro de salud público”, es decir, un plan del Gobierno federal al que pueden optar, en competencia con los seguros privados. De hecho, ese plan es un último recurso para hacer cumplir la nueva norma según la cual todas las familias deberán tener un seguro de salud. La administración calcula que no más del 5% de la población estará incluida en el plan público. Pero aun así, es esa opción de seguro público lo que ha desencadenado una feroz campaña de oposición por parte de los sectores conservadores (republicanos pero también algunos demócratas) yque parece haber calado en la población, puesto que menos de la mitad de los ciudadanos apoyaban la propuesta de Obama, en parte porque hasta ahora era bastante vaga.

La oposición de derechas es de una tal agresividad que llegó incluso hasta la solemne sesión del Congreso, en la cual un congresista, un tal Wilson de Carolina del Sur, le gritó “mentiroso” al presidente en un gesto sin precedentes y que ha generado un rabioso debate en internet. Reuniones y mítines en todo el país han amenazado a los estadounidenses con el socialismo y el control del Gobierno sobre su salud y sus vidas si pasa esta reforma. De modo que Obama se ha encontrado con el mismo obstáculo, en la sociedad misma, que frenó numerosos intentos de crear un seguro universal de salud a lo largo de la historia, el último de ellos el de Clinton, la primera gran derrota de los Clinton (la autora del proyecto era Hillary), que debilitó su voluntad reformista durante la presidencia de Bill.

En la raíz de esa extraordinaria resistencia a la reforma sanitaria muchos ven la poderosa coalición de las aseguradoras, la industria farmacéutica, el complejo hospitalario y las asociaciones médicas, en defensa de sus intereses y de su autonomía. Eso es cierto. Pero todo el poder de estos grupos no serviría de mucho si no fueran capaces de convencer a muchos ciudadanos de que es malo que el Gobierno asegure la salud. Y la paradoja es que la gente se opone a algo tan necesario como que el Estado les garantice a todos el derecho a la salud. En parte por falta de solidaridad. Como la mayoría tienen seguro, que se fastidien los demás. Y les han convencido de que tendrán que pagar mucho más para seguir con su seguro, lo cual no es cierto en un sistema regulado donde el Gobierno limitará los precios abusivos, además de racionalizar y abaratar los costos. De ahí que el verdadero problema es la fuerza de la ideas que satanizan cualquier programa del Gobierno, que los conservadores han conseguido asimilar en la mente pública a burocracia autoritaria, cara e ineficiente que interfiere en la vida privada. En términos objetivos esta es una sangrante paradoja en el momento en que las locuras financieras resultantes de la desregulación han sumido al mundo en la crisis y han dejado sin casa a millones. Pero como se trata de ideas enraizadas en el descrédito de los políticos y propagadas en las chácharas de muchos médicos en el secreto de sus consultorios, cualquier intento de reforma tiene que luchar contra corriente.

Suerte tiene Europa de que los sistemas de cobertura universal se crearon en momentos históricos en que la intervención de los gobiernos era la única salida a los problemas sociales y económicos con los que nos enfrentábamos. Pero también en nuestro contexto hay ideas enraizadas que deslegitiman políticas. Por ejemplo, subir impuestos se ha convertido en anatema sin entrar en cuándo y por qué. Aquí y ahora yo concuerdo en esto con mi tocayo Antoni Castells, pero por razones técnicas de política económica, no por principio como repite el disco rayado conservador. La política se gana en las mentes de las personas.

Por eso Obama ha tenido que dejar de lado las maniobras en el Congreso, definir su plan, movilizar a quienes lo apoyaron y entrar al quite de mentiras e insultos con la verdad por delante, confiando en la gente. Sólo así podrá Obama proseguir esta y otras reformas, abriendo camino en un mundo incierto que lo observa con preocupación.

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Septiembre 12th, 2009 at 9:10 am

Dramas de la identidad, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBLAL

“La diferencia -me dice Paul- es que enseñar en catalán es cool porque fuisteis los oprimidos bajo Franco. Mientras que enseñar en afrikáans no es cool porque fuimos los opresores en tiempos del apartheid”. Quedamos un momento en silencio, sus ojos azules vagando por las colinas doradas por el sol de invierno. Paul es neurocirujano, universitario y viticultor. Dialogamos sin límites ni prejuicios, porque él ya los ha superado aunque lúcidamente sostiene que todos los tenemos en el fondo. Todo parece tan apacible en Stellenbosch, en el campus de casas coloniales del siglo XVIII inmaculadamente blancas rodeadas de viñedos de los que manan los generosos caldos sudafricanos. Y sin embargo cuántos dramas, cuánta sangre, cuántos desencuentros y cuántas injusticias vivieron estas tierras proyectando una sombra constante sobre el actual esfuerzo cotidiano de aprender a convivir. Las identidades contrapuestas estuvieron siempre en el centro del conflicto, mezclándose con el colonialismo, la esclavitud , la explotación y la lucha por la supervivencia. En su origen, los colonos que en 1652 se instalaron en lo que sería Ciudad del Cabo fueron establecidos por la todopoderosa compañía Holandesa de las Indias Orientales para cultivar verduras, fruta y vino proveyendo a los buques en ruta hacia el Sudeste Asiático. Eran holandeses, pero también franceses hugonotes refugiados en Holanda y reexpedidos a África, y alemanes cuyas vidas se torcieron en algún momento y acabaron en tierra incógnita. En esa tierra encontraron indígenas nómadas, los khoi khoi, con quienes primero comerciaron y a quienes luego subyugaron. Cuando la colonia creció trajeron esclavos de Malasia y África,y así se fue formando una sociedad multirracial, con los blancos reservándose todos los derechos. Lejos de la metrópoli y organizados en torno a su Iglesia reformada, los colonos guerrearon con tribus más poderosas en el este, los khosas, el grupo étnico al que pertenecen Mandela y Mbeki (pero no Zuma, que es zulú). Los afrikáners se hicieron granjeros y desarrollaron una cultura y una lengua, el afrikáans, derivada del holandés pero con otros elementos lingüísticos. Cuando el imperio británico se apoderó de Ciudad del Cabo en 1795, su único interés era proteger sus rutas a la India, de modo que dejaron intacta la sociedad colonial superponiendo una estructura administrativa. Pero la expansión hacia el este provocó numerosas guerras con los khosas que llevaron a los ingleses a imponer restricciones a la brutalidad de los afrikáners con respecto a los nativos negros. Para los afrikáners afirmar su superioridad por la fuerza era una cuestión de supervivencia, porque eran pocos y no tenían otro lugar. Se sentían de allí, era su país. Y cuando los ingleses empezaron a imponer sus leyes muchos afrikáners decidieron volver a empezar. En 1836 miles de ellos cargaron en carromatos familias y posesiones y, rifle y Biblia en mano, marcharon hacia el norte y el este, guerreando con los zulúes hasta establecer comunidades en los vastos altiplanos del Transvaal, cerca del actual Johannesburgo. Allí reconstruyeron su sociedad comunal agraria con su autogobierno, obteniendo una independencia de hecho.

Sin embargo, el destino quiso que precisamente aquellas tierras encerraran los mayores tesoros del continente: oro y diamantes. Cuando en 1867 aparecieron diamantes en los ríos se activó el interés de los ingleses por aquel remoto territorio. Durante un tiempo, coexistieron con los afrikáners, por el interés común en utilizar el trabajo de los negros. Pero el rechazo de los afrikáners a aceptar las leyes inglesas, incluyendo la enseñanza en inglés y una explotación más racional de los nativos, condujo a la ruptura entre las dos comunidades blancas y desembocó en la insurrección de los granjeros (llamados bóers por los ingleses) en 1899. Siguió una guerra atroz en la que los comandos a caballo de los afrikáners, adaptados a su tierra, mantuvieron en jaque durante tres años al ejército imperial. Al final Inglaterra envió la mayor fuerza expedicionaria de su historia, casi medio millón de soldados, y practicó tácticas de exterminio, encerrando en campos de concentración a mujeres y niños afrikáners, así como a sus trabajadores negros. Unos 30.000 afrikáners y otros tantos negros perecieron en dichos campos. Los afrikáners tuvieron que rendirse, pero nunca olvidaron e iniciaron una larga marcha política dentro del sistema parlamentario británico, coexistiendo a veces, radicalizando su nacionalismo en otros momentos, utilizando su número: siempre fueron el grupo blanco más numeroso y sólo los blancos podían votar.

Así fue como en 1948 el Partido Nacional Afrikáans llegó al poder e inició la política sistemática del apartheid, intentando crear un país enteramente blanco y confinando a los negros en países inventados y controlados por los blancos en los que no tenían recursos y de donde tenían que emigrar, sin derechos, a las áreas blancas, sin sus familias, como trabajadores temporales desprovistos de nacionalidad sudafricana. Algo así como el inmigrante ideal para muchos europeos hoy día: trabajador desechable, al que sólo se recurre cuando hace falta. Fue contra ese régimen de injusticia, la más despiadada máquina segregacionista de la historia, que se levantaron los negros, los mestizos, los indios y miles de blancos que no aguantaron la indignidad. Tras años de lucha, Mandela y De Klerk (un afrikáner de Stellenbosch) pactaron la democracia y acordaron una reconciliación en 1994. Pero las heridas quedan. Los afrikáners oprimidos por los británicos y opresores de negros preservaron su identidad contra todo y contra todos, pero mancillaron su historia.

Paul no participó en la opresión. Y cree en el futuro compartido de Sudáfrica. Pero cuando se plantea en qué lengua debe enseñar la Universidad Stellenbosch (cuna de la élite afrikáner), parece inevitable establecer dos enseñanzas en paralelo, una en cada lengua y con currículos propios. Porque, al final, la preservación de la propia identidad sólo es posible, me dice Paul, coexistiendo con los demás.

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Agosto 29th, 2009 at 10:08 am

El poder de internet, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

La revuelta popular iraní contra el fraude electoral ha mostrado claramente el poder de internet. Y a la vez sus límites. El poder, en Irán como en el resto del mundo, depende en gran medida del control de la información y la comunicación. Así, apenas habían cerrado los colegios electorales, con una participación del 85%, la televisión anunció el triunfo aplastante de Ahmadineyad. Algo poco creíble, porque según el propio Gobierno, tras proceder a un recuento parcial, en unas 50 ciudades se encontraron más votos que votantes. Concluyeron que no afectaba el resultado final. Tal vez. Puede ser que Ahmadineyad ganara porque su popularidad es alta entre los sectores pobres y rurales. Pero no por ese margen. Se les fue la mano para asegurar la victoria. Con la comunicación controlada y un Consejo de Guardianes conservador todo quedaba bien atado. No tan deprisa. La gente, sobre todo los jóvenes en las ciudades, salió a la calle a reclamar nuevas elecciones. La represión de las manifestaciones hubiera podido deshacer el movimiento de protesta rápidamente si los manifestantes se hubieran sentido solos y si la población hubiera asumido la ley del silencio impuesta por los medios de comunicación.

Pero, como en tantos otros movimientos en estos últimos años, ahí estaban los móviles y ahí estaba internet. También había una policía de la comunicación altamente sofisticada que, como en otros países, ha aprendido que hay que cortar como sea la auto-comunicación de masas, para así desinformar y aislar al movimiento.

Al principio los móviles jugaron un papel importante, tanto en la coordinación de la protesta como en el acceso a la red. Pero cuando sintió la fuerza de la indignación el Gobierno desactivó las redes de los operadores de móviles, y los móviles se convirtieron sobre todo en cámaras de grabación para registrar las imágenes de la revuelta y la represión, como en el asesinato de Neda.

Internet fue distinto. Ningún país se puede permitir desconectar la red por completo porque hay centros neurálgicos de actividad que dependen del acceso a internet. Lo que el Gobierno iraní intentó fue controlar los servidores y bloquear todos los que pudo. Sin embargo, como internet es global, la comunidad internauta acudió al rescate, proporcionando servidores alternativos, abriendo acceso a servidores proxy cuyas direcciones informáticas no podían ser personalizadas y, además, lanzando ataques contra los servidores del Gobierno por medio del desvío de sus direcciones hacia sitios con tráfico intenso capaz de saturar a dichos servidores. Es decir, batalla informática en toda regla, desde Irán y desde fuera de Irán. Aquí fue decisivo el alto grado de participación de los jóvenes iraníes en la blogosfera y en las redes sociales de internet. En mi visita a Irán hace tres años pude contrastar con investigadores que había 500.000 blogs activos (ahora hay más de 700.000), un 40% publicados por mujeres.

Y hay millones de jóvenes (que representan el 70% de la población) que participan activamente en Facebook, YouTube, Twitter y demás redes de comunicación que escapan a cualquier control centralizado. La prensa internacional ha destacado el papel de Twitter,pero en realidad algunos analistas han mostrado que su uso fue más limitado de lo que se ha dicho y altamente concentrado en el exterior. Incluyendo un sospechoso elevado número de mensajes procedentes de Israel.

Pero en su conjunto, internet fue el canal de comunicación mediante el cual los jóvenes iraníes se mantuvieron informados y coordinados y la única ventana al mundo que tuvieron y que el mundo tuvo sobre Irán. Las redes sociales en internet pasaron a ser la principal fuente de información sobre lo que ocurría en un país decisivo por su relevancia geopolítica. Algo que, significativamente, puso muy nerviosos a los medios de comunicación.

Porque para ellos el perder el monopolio de la información es perder el negocio, a menos que vayan acostumbrándose a cooperar fructíferamente con el llamado periodismo ciudadano,en el que la gente produce y distribuye su propia información. Hay buenas prácticas profesionales en ese sentido. Por ejemplo la BBC recibe una enorme masa de información espontánea y gratuita, pero luego la filtra mediante un nutrido departamento de verificación de la información antes de difundirla. Ahora bien, la idea, expresada en medios internacionales durante la crisis de Irán, de que sólo los profesionales de los medios son fiables por su ausencia de sesgo es cuando menos sorprendente, ya que consta que algunos de ellos han informado sobre las crisis de Oriente Medio integrados en las unidades del ejército israelí o estadounidense. En cualquier caso tendrán que habituarse a que en situaciones de crisis las personas pasan a ser protagonistas no sólo de la acción sino también de la información. Y los gobiernos tendrán que habérselas con ciudadanos que tienen la capacidad autónoma de comunicación y de información porque están enredados localmente y globalmente.

Con todo eso, Ahmadineyad y su patrón Jamenei se ríen del mundo y se prometen un largo reinado de intransigencia y teocracia en una sociedad que se ha transformado en altamente educada, moderna y con un protagonismo creciente de las mujeres, como pude constatar en mi vivencia directa en ese extraordinario país. Algo en lo que coincido con mi amigo Tomás Alcoverro, el más lúcido de los corresponsales en Oriente Medio. De modo que queda ahora claro que no se puede controlar internet ni con todos los medios del Estado, y menos en una situación de crisis. Pero también que el cambio social y político depende de otros muchos factores. Aun así, el poder de la comunicación es el de su efecto sobre las mentes, el hacer sentirse relacionado con el mundo. Y en ese sentido, los jóvenes que lucharon y luchan en Irán, en internet y en la calle, ya no volverán a pensar y sentir como antes. Y si la gente piensa distinto no hay policía que aguante en el largo plazo. Y si no, que se lo cuenten al sha.

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Julio 4th, 2009 at 7:09 am

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