Archive for the ‘Marcos Roitman Rosenmann’ tag
Qué destapó el terremoto en Chile, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Existen países que siempre se verán afectados por catástrofes naturales. Chile es uno de ellos. Los terremotos y tsunamis han dejado una huella profunda en su historia. No son una excepción. Es una tragedia que se repite. El problema tiene dos caras. Una hace referencia a la naturaleza del fenómeno y la otra al contexto sociopolítico y económico en el cual se produce. Primero nos encontramos ante la incapacidad humana de predecirlos con suficiente antelación para alertar a la ciudadanía. Y en segundo lugar tenemos el grado de organización del Estado para enfrentar sus consecuencias, no importando su magnitud. Estas dos variables marcan las diferencias con relación a huracanes, tifones, heladas o erupciones volcánicas. Estos pueden predecirse con un alto grado de fiabilidad. La sorpresa no existe. El diseño de un plan de evacuación y protección civil puede movilizar y articular a la sociedad civil en la defensa de sus bienes muebles e inmuebles. Poner en tensión todas las estructuras de poder en beneficio de la colectividad aminora los miedos y puede incluso hacer imperceptible los daños causados. Educar en esta dirección es una manera de estar atentos. En esto consiste la diferencia entre unos países y otros de América Latina. Cuba representa un buen ejemplo de lo dicho. Cuando los huracanes amenazan su población, la celeridad y organización muestran su eficacia.
Ahora bien, si hablamos de hacer frente a temblores de alta intensidad su prevención tiene otra dinámica. Consiste en aplicar los conocimientos técnicos más avanzados en el arte de la construcción y la ingeniería sísmica. Edificar de manera segura y vigilar que se cumplan las normas es la mejor y tal vez la única forma de aminorar los daños materiales e impedir una hecatombe humana. En este sentido, las autoridades políticas no pueden relajarse ni bajar la guardia. Hay que estar siempre alerta y tener capacidad de respuesta. Controlar la situación o convertir la tragedia humana y el desastre natural en un sin fin de improvisaciones es la distancia que separa a un sistema político democrático de cualquier otro. Inclusive puede llegar a destapar la inoperancia de sistemas considerados fuertes y bien ordenados. Sirva como dato las repercusiones del terremoto de 1985 que afectó fundamentalmente a la ciudad de México.
En Chile, tras el golpe militar de 1973, el Estado ha sido desmantelado y sus organizaciones sociales populares perseguidas y desarticuladas. En este contexto, cualquier catástrofe natural cobra una dimensión mucho mayor. Si tomamos como ejemplo los terremotos de 1960 en pleno gobierno conservador de Jorge Alessandri, de similares características en intensidad, y el de 1971, ocurrido durante el gobierno de la Unidad Popular, encontramos grandes diferencias en la forma cómo se abordaron y en la respuesta de toda la ciudadanía. La solidaridad unió a los chilenos en la tragedia. Todos quisieron aportar su grano de arena. Trabajos voluntarios, colectas y sobretodo cooperación. No hubo necesidad de aplicar leyes de excepción, imponer el toque de queda o llamar al ejército a defender la propiedad privada
de las hoy opulentas clases dominantes chilenas surgidas al amparo del neoliberalismo.
Esta sutil pero radical diferencia marca la línea divisoria. En el siglo pasado, el Estado por vía de sus organismos públicos, asumió la distribución de medicinas, instaló hospitales de campaña, trasladó a los enfermos más graves a centros hospitalarios y distribuyó comida, agua y mantas. No hubo desmanes, ni asaltos, ni nada parecido. Existía conciencia de poseer una ciudadanía republicana que obligaba colectivamente. Las sensaciones fueron de sobrecogimiento, dolor y pesar. Si bien los más damnificados fueron, como de costumbre, las clases populares y los sectores medios, una sociedad cohesionada disminuyó el tiempo del sufrimiento. Era una forma de interpretar la desgracia. No se trataba de las pérdidas materiales y vidas humanas. Lo importante radicaba en la capacidad para transformar la aflicción en esperanza. Construir una cadena y sin fisuras. Todos se sentían parte del problema y arrimaron el hombro. También, como de costumbre, los más aguerridos fueron quienes perdieron todo o casi todo. Ellos sacaron fuerzas de flaqueza y dieron el ejemplo. Pero no estaban o se sentían abandonados, recibieron la mano amiga y el apoyo de sus conciudadanos. La respuesta fue un símbolo de unidad. Gobierno, instituciones, partidos políticos, movimientos sociales actuaron al unísono.
Hoy, tras el terremoto, no es posible articular una respuesta solidaria y eficaz. Los gobernantes de Chile sólo han podido recurrir a la fuerza bruta. El país no posee la capacidad de respuesta de antaño. Todo es diferente. Las acciones del gobierno y la oposición buscan otros objetivos. Ya no se trata de paliar los efectos humanos y sociales del sismo. Se debe afirmar y mantener una mentira, aquella que señala a Chile como un país de éxito y autosuficiente. Con este relato se quieren minimizar las consecuencias y dejar incólume los fundamentos deshumanizadores del neoliberalismo. Se recrean en su mentira haciendo disminuir las cifras de muertos, como si el dato estadístico fuese un símbolo de buena salud del sistema, restando importancia al problema de fondo. Me refiero al individualismo que se apoderó durante estos 40 años del alma de los chilenos, donde no hay espacio para la solidaridad ni la cooperación. Ahora se trata de competir en el mercado, ser un ganador. No en vano, su futuro presidente, Sebastián Piñera, adjudica su triunfo a la capacidad para interpretar el sentir del chileno medio y del cual se dice un digno representante: una buena preparación académica, una gran iniciativa personal para hacer dinero y un cierto grado, no demasiado, de vocación para ejercer el servicio público.
Seguramente, con estos dones, algunos especuladores se están frotando las manos para encauzar los megaproyectos de reconstrucción. Así, el sismo dejará pingues beneficios. Por estas razones, las autoridades políticas que gobiernan Chile sólo han pensado en atacar el problema en una dirección: declarar el toque de queda, militarizar las zonas afectadas y aplicar la ley marcial. Sin duda, al hacerlo han dejado al descubierto las contradicciones del actual sistema político chileno: sus carencias democráticas. Ojalá el terremoto sirva para desvelar la gran farsa de Chile, sustentada en un sálvese quien pueda, pero yo el primero.
La otra cara de la inmigración, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Mientras esperaba la conexión entre Santa Cruz de la Sierra y La Paz, Bolivia, procedente de Madrid, una conversación distrajo mi atención. De forma casi obligada y para evitar ser descubierto disimulé seguir absorto en mi lectura. Dos mujeres intercambiaban sus experiencias como inmigrantes en España. Se habían conocido en el avión y 10 horas de vuelo dan para mucho. Ahora esperaban ansiosas llegar a su destino: Cochabamba. La familia estaba enterada, y a pocos días del carnaval la fiesta de bienvenida se les antojaba un delicioso aperitivo. No había rencor ni odio en sus palabras. Relataban hechos. Habían emigrado con sus esposos en los años 90. Por ese tiempo España les parecía un buen destino. El idioma y la exención de la visa de entrada eran dos buenas razones para su elección. Las noticias procedentes de España les hacia albergar un futuro feliz. Eran años de vacas gordas
y una avanzadilla de compatriotas les animaba a seguir su camino. No tendrían problemas para encontrar trabajo, regularizar sus papeles y de paso ampliar la descendencia.
Salir de Bolivia se había convertido en una necesidad. Corrían los tiempos del neoliberalismo. Privatizaciones, despidos forzosos, inflación y sobre todo falta de perspectivas. Se imponía romper el círculo de la pobreza y emprender vuelo. Sus pertenencias, comentaban, esgrimiendo una sonrisa, cabían en una maleta. Ahora, la cosa era diferente. En este viaje acumulaban exceso de equipaje. Para evitar sobrepeso, en el mismo aeropuerto de Barajas, se despojaban de lo prescindible. Los empleados de la compañía no dejan para un gramo de más. Por suerte, para la despedida, les acompañaban amigos o sus esposos, de esta manera soltaron lastre. No estaban dispuestas a pagar sobrepeso. Les fastidiaba la incomprensión de los funcionarios. No entendían su actitud. En mi fuero interno les daba la razón. Había sufrido en mis propias carnes la misma intolerancia. El equipaje de mano, según la norma, no debía exceder los seis kilos, el mío tenía ocho. Sin compasión y a pesar de mostrar que se trataba de libros, debí meterlos en una maleta casi vacía. No hubo forma de convencerlos que sumados no sobrepasaba los kilos permitidos.
El viaje había sido largo. Los vuelos trasatlánticos lo son. Sin embargo, el cansancio y las horas de espera no mermaron el relato de ambas contertulias. Eran apasionadas. Pienso que deseaban ser escuchadas. Por eso hablaban en un tono elevado. Se sentían orgullosas. Durante una década de residencia en España, habían conseguido sus objetivos. Tenían sus papeles en regla y gozaban de trabajo, aunque apuntillaban, les pagaban poco. Aún así, siempre enviaron platita
a sus hermanos, padres o abuelos. Unas veces más y otras menos. Y cuando la ocasión lo ameritaba tiraban de los ahorros y se plantaban en Cochabamba. Para ellos, no era sacrificio. Suponía tomar aire, rencontrarse con los olores y los sabores de las comidas criollas. Unas vacaciones antes de volver a España: en la península les esperaba una realidad poco halagüeña. Su vida consistía en trabajar, trabajar y más trabajar; el descanso era casi una herejía. Para desahogar las penas y no perder el contacto, cada fin de semana llamaban a sus parientes. Así se daban ánimos y retroalimentaban sus sueños y esperanzas.
Ahora, pasado el tiempo, tenían hijos españoles. Los mayores, en primaria, estaban aprendiendo valenciano y catalán, así se adaptaban mejor. La conversación parecía tener un hilo lógico. Pero en ese momento dio un giro inesperado. Una de ellas estaba embarazada. Sería su cuarto hijo y nacería en la tierra de sus ancestros, era una decisión meditada. Por eso adelanto su viaje. Los otros tres los parió en Alicante. Fue como un toque de atención. No volverían a España. Este viaje era definitivo. Sus maridos regresarían más tarde. Ellas trabajaron como asistentes de hogar y sueldos de miseria. Sufrieron el chantaje de sus empleadores, quienes les recordaban a cada momento que gracias a ellos tenían los papeles. Por tal motivo debían mostrar agradecimiento y callarse. El dolor que traían era interno. No huían del trabajo. Sólo expresaban la falta de humanidad de unos patrones que las consideraban sus esclavas. A una de ellas, sus jefes le amenazaban con su expulsión. Mientras hablaban, otras mujeres se sumaron corroborando sus historias. Todas procedían de España. Unas de Valencia, otras de Barcelona, Murcia o Madrid. Era la misma realidad descrita por Anne Bar Din en su imprescindible libro: La vida de los trabajadores latinos contada por ellos mismos, publicado por la UNAM y Siglo XXI.
Cuando estaba a punto de embarcar, las mire por última vez, note un brillo en sus ojos. Pensé que era cansancio acumulado. Me equivoque. En esos momentos sacaban fuerzas de flaqueza y se mostraban felices. Su país, decían, tenía un gobierno en quien confiaban y un presidente al cual respetaban. Para ellas, Evo Morales formaba parte de los suyos. Era el momento de retornar. Una nueva vida les esperaba en Cochabamba: hacer realidad la ciudadanía plena.
El voto útil o la utilidad de votar, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
En las poliarquías, donde el triunfo de la mercadotecnia se impone a los proyectos políticos, el voto útil cobra una relevancia desmedida. Los argumentos políticos ceden paso al miedo. Es una especie de farsa donde se le ven las orejas al lobo. Todo es válido para sacar del poder a quienes han defraudado, incumplido y hecho de la política un trasiego de meretrices.
Mientras los partidos que se encuentren en la oposición harán hincapié en los casos de corrupción, malversación de bienes públicos, abuso de poder y promesas rotas, el o los partidos en el gobierno esgrimirán en contrapartida los argumentos catastrofistas si son derrotados. Nosotros o el caos, ese será el eslogan. De esta manera, los artífices de la propaganda electoral nos recordarán que siempre es mejor un diablo conocido que un ángel por conocer. El escenario que se pinta es similar a los relatos novelescos de Ian Fleming. La saga comienza en medio de la guerra fría con un agente especial 007, James Bond, torturado y a punto de ser seccionado por un novísimo rayo láser. Para salvar su vida, el héroe invoca la llegada de un superpoderoso agente 008. De esta manera consigue salvar el pellejo y posteriormente derrotar a los perversos enemigos de la civilización occidental. Una treta infantil, pero eficaz.
Este ardid es utilizado indistintamente por todos los participantes en la feria electoral. Se esté en el gobierno o en la oposición. No importa el lugar ocupado en el espectro político. Presta la misma utilidad a la derecha neoliberal, a los partidos progresistas que a la izquierda institucional. Se reconoce por su doble lenguaje. Primero viene la autocrítica y luego el zafarrancho de combate. Se reconocerán algunos errores con el fin de parecer humanos y luego se apela a la heroica ¡Vótenos! Ahora va en serio. Cumpliremos nuestro programa, empeñamos la palabra. Por favor, no nos abandone, denos una segunda, tercera, cuarta o quinta oportunidad. De esta manera, como si se tratase de un moribundo al cual se debe prestar un auxilio misericordioso, el voto se despolitiza. Se vota a regañadientes, por aquello que se detesta, que no responde a las expectativas, y lo que es peor, con el convencimiento de estar traicionado la conciencia y con ello los principios.
El voto útil impregna toda la realidad electoral en una sociedad de consumidores. Es apropiado para contraponer situaciones extremas presentadas en blanco y negro. Ellos o nosotros. No hay más salida. Conmigo o contra mí. Los ejemplos prácticos de esta estrategia los tenemos en Chile, España, Italia, México, Colombia, Perú o Panamá. Los argumentos son similares. Si los instrumentaliza la derecha pondrá énfasis en la gobernabilidad, la estabilidad política, la defensa de la economía de mercado o la reducción de impuestos. Todo ello, aderezado con una pizca de anticomunismo más propio de los tiempos de la guerra fría que de la llamada era de la globalización. Durante años fue la principal baza para impedir que la izquierda llegase a gobernar. Hoy, es la guinda del pastel. Tiene un efecto disuasorio para personas educadas en un odio al socialismo. Por el contrario, si es la izquierda institucional quien llama al voto útil, centrará su petición en evitar la llegada de una derecha cavernícola al gobierno. Centrará el discurso en salvar la sociedad de las clases medias y crear mejoras en los servicios públicos, salud, educación, vivienda o cultura. Propondrá reorientar los ajustes estructurales. Su discurso asumirá tintes dramáticos. El triunfo de la derecha traerá las siete plagas. Hay que cerrarles el paso. Civilización o barbarie.
De esta manera, derecha e izquierda institucional hacen uso de todas las triquiñuelas para vestir la ocasión. En esta vorágine, las reglas son las imperantes en el mercado. Quien más dinero posea, quien mejor sepa vender el producto, se llevará el gato al agua. Unas veces ganará la derecha neoliberal y otras los progresistas. Son las reglas del juego del voto útil. De lo malo lo menos malo, así reza el eslogan. Por este motivo es pertinente preguntarse: ¿Tiene sentido el voto útil y cuál es su componente democrático? En principio podemos aventurar una respuesta negativa. El voto útil expresa la emergencia de una sociedad pretotalitaria. Asimismo, el acto de votar pierde el carácter democrático, al presentar su resolución en términos maniqueos de conmigo o contra mí. Tal vez llegó la hora de reivindicar el voto consciente y deliberativo.
Chile: réquiem por la Concertación, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
La transición llega a su fin clausurando un ciclo en la vida chilena. El proceso que se inició con el referéndum de 1988 acaba de forma impoluta. La alternancia ha sido posible. El péndulo completa su oscilación desde la derechista Concertación a la derecha social y política. El pacto entre los partidos golpistas, la Concertación y las fuerzas armadas ha sido ratificado en las urnas. Lo fundamental, la constitución de la dictadura, aprobada en 1980, y vigente en la actualidad, sale fortalecida. Quienes la redactaron vuelven a gobernar.
Tras los resultados, todos se muestran exultantes. Unos por ganar y otros por perder. En el escenario electoral los candidatos intercambian papeles. Los ayer villanos son héroes redimidos y viceversa. Sebastián Piñera, un millonario, emergido de las entrañas de la dictadura, será investido presidente de Chile. Su triunfo es reivindicado como madurez democrática. Un parto sin dolor. Su padre putativo, los pinochetistas, lo reconocen como uno de los suyos y la Concertación está feliz por ser la parturienta. La fiesta de la política espectáculo comienza a poco de conocerse el ganador. El ya ex candidato de la Concertación, Eduardo Frei, acude al hotel donde Sebastián Piñera tiene su fortín. Es recibido con expectación y tímidos aplausos. Luego de unos minutos de conversación privada, ambos salen al ruedo. Primero lo hará el candidato de la Concertación, Eduardo Frei, con su familia; a continuación hace acto de presencia Sebastián Piñera, acompañado por toda su prole. Mujer, hijos y nietos.
El guión es respetado. Primero los apretones de mano, luego el discurso de enhorabuena, las palabras de aliento y ánimo para el presidente electo. La respuesta guarda el mismo tono de cordialidad. Piñera recuerda la amistad que los une desde niños, el respeto que sentía hacia su padre y le recalca haber sido un digno rival en la batalla. Para la despedida, abrazos fingidos, besos y la foto de rigor. Ahora queda cumplir con otra parte del protocolo. Se está expectante de la llamada de la presidenta Michelle Bachelet a su candidato. Lo hará para decirle que fue un digno competidor, que tenga la conciencia tranquila, que trabajaron hasta la extenuación por cambiar las encuestas y que en definitiva el ganador no es Piñera, sino el país entero. Ahora, le dirá, la tarea es otra, ser oposición, fiscalizar al gobierno y recuperar la confianza del electorado, para ganar los comicios dentro de cuatro años. Toda una declaración de intenciones. Pero la Concertación está herida de muerte. Seguramente, un sector del Partido Demócrata Cristiano buscará solventar al gobierno de Piñera con acuerdos puntuales. Igualmente Piñera hará guiños con el fin de romper definitivamente la coalición. Los comunistas hasta hace poco vetados y marginados de la acción parlamentaria hoy cuentan con tres diputados y han decidido insuflar aires al moribundo, incorporándose para evitar una mayor derechización.
Sin embargo, en los hechos, poco cambiará la manera de hacer política en Chile. En el plano interno, la coalición de partidos que ha gobernado desde 1989, una amalgama en la cual conviven torturados, ex golpistas, radicales, demócratas y socialdemócratas y socialistas, se siente cómoda en la derrota. Sus miembros han defendido y aplicado con vehemencia el paradigma neoliberal. Razón suficiente para afirmar que no habrá cambio de ruta. Al contrario, se profundizará en la desregulación, la privatización y la firma de tratados de libre comercio. Si algo puede ser modificado para mal, serán los programas sociales destinados a maquillar la extrema pobreza y la indigencia. No olvidemos que Chile atesora el mérito de ser el país con mayor desigualdad social en América Latina.
Igualmente, uno de los conflictos sin resolver por los gobiernos de la Concertación ha sido el étnico. Seguramente se seguirá aplicando la misma política: la represión. Sus territorios ricos en recursos naturales, flora y fauna, serán entregados a las trasnacionales hidroeléctricas o madereras. La aplicación de la ley antiterrorista contra los mapuches no tiene visos de ser sustituida por una política de diálogo. Más ahora cuando los terratenientes forman parte de la derecha que entra a gobernar.
Por otro lado, en política exterior, Chile continuará siendo un buen aliado de Estados Unidos. Desde hace décadas sus clases gobernantes miran al norte, no al sur. Es probable que la verborrea contra los gobiernos populares y democráticos de la región –Bolivia, Ecuador y la República Bolivariana de Venezuela– suba de tono. En esta línea se reforzará el eje conservador capitaneado por Felipe Calderón en México y Álvaro Uribe en Colombia. Igualmente se cierra el paso a conversaciones para abordar al legítimo derecho de Bolivia de una salida al mar. El problema asumirá tintes chovinistas. Sin duda, el triunfo de Sebastián Piñera es una mala noticia para la región. Se anuncian nubarrones que esperemos no acaben en tormenta. Mientras tanto, el más perjudicado, como siempre, es el pueblo chileno, que sigue esperando ver que se abran esas grandes alamedas con las cuales soñó Salvador Allende.
Haití: es necesario torcer la mala suerte, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Tras la dictadura de los Duvalier (1957-1986), Haití, el país mas empobrecido de América Latina, daba un giro de 180 grados a su historia reciente. La lucha por la democracia impedía perpetuarse en el poder a la saga familiar. El hijo pródigo de Papa Doc, François Duvalier, Jean Claude, apodado Baby Doc, veía frustrada su intención de ser presidente vitalicio. Dos años después de coronarse debía abandonar Haití rumbo a Francia en 1987.
Las luchas democráticas lograban un éxito sin precedentes. Los años de ocupación norteamericana (1915-1934) dejaron un triste legado. La Guardia de Haití, y un cuerpo de élite, los tonton macoutes. Era el tiempo de enfrentarse a ellos. El regreso de exiliados, trabajadores cualificados, profesionales e intelectuales, transformaba la cara de un país asolado por el hambre, el terror y la miseria. El miedo a los tonton macoutes se perdía lentamente. Afloraba la ilusión, había que torcer la suerte. Tras un intento de restauración totalitaria, que da la victoria a Leslie Manigat en 1988, las fuerzas democráticas conseguirán un triunfo histórico dos años mas tarde. El 16 de diciembre de 1990, ganará las presidenciales el padre Jean Bertrand Aristide, sacerdote con un carisma sin parangón, militante de la Teología de la Liberación. Su triunfo era un proyecto de dignidad democrática. El pueblo haitiano nunca ha sido invitado a sentarse en la mesa, ha permanecido años debajo de ella, es necesario que se levante, se siente y participe. Solos somos débiles, juntos somos fuertes, muy juntos somos una avalancha
sentenciaría.
Poco duraría su deseo. A menos de un año, sufrirá un golpe de Estado. La instauración de un gobierno civil de facto deja en el poder al hombre fuerte de los militares, el general Raoul Cedras. El retorno de Aristide deberá esperar. Los acuerdos firmados en julio de 1993, durante la administración Clinton, levantaron expectativas, pero fueron la sentencia de muerte de la experiencia democratizadora. Sus puntos quedaron en papel mojado. Poco se hizo para cumplirlos. Entre ellos destacaban: a) el nombramiento de un nuevo primer ministro; b) la amnistía política; c) la separación entre el ejército y la policía, y d) la llegada Haití de una misión civil de la ONU para cooperar en la profesionalización del ejército. Amén de la dimisión de Cedras y la entrega del poder al presidente Aristide el 30 de octubre de 1993.
Un proceso de militarización y recomposición de los tonton macoutes inaugura un periodo de represión. El asesinato de Antoine Izmery, empresario amigo de Aristide, y Guy Malary, ministro de Justicia del gobierno constitucional, el 11 de septiembre de 1993, dan al traste con las opciones de recomponer el proyecto democrático. Al unísono, emerge un informe médico apoyando la tesis de una enfermedad mental que aqueja al presidente Aristide. Las agencias de prensa, las televisoras y los medios de comunicación se harán eco del mismo. Será el pretexto para incumplir los tratados. El terror se impondría bajo una nueva organización paramilitar, el Front pour l’Avance et le Progres d’Haiti (FRAPH).
Desde ese año nunca dejarán de estar presentes los cascos azules. Bajo un pretendido control y como parte de una misión democratizadora, se mantienen hasta estos días. En 2004 se da otra vuelta de tuerca. Se aprueba el ingreso de más de 7 mil cascos azules y 2 mil policías. Se trataba de estabilizar el país
. La soberanía está secuestrada. Baste señalar que el jefe de la policía, Mamadou Moutanga, es de nacionalidad guineana.
Hoy, el terremoto destapa los límites del capitalismo global, donde los únicos beneficiarios son las empresas trasnacionales y de maquila. Mismas que se llenarán los bolsillos en los proyectos de reconstrucción. Mientras tanto, las cifras son obscenas. El 20 por ciento más rico concentra casi 50 por ciento de las riquezas y el 10 por ciento más pobre sólo accede al 0,7 por ciento de las mismas. Asimismo, 40 por ciento del producto interno bruto proviene de las remesas de los inmigrantes y 47 por ciento de la población adulta es analfabeta.
El terremoto, es un duro golpe de la naturaleza que se une a las adversidades políticas de un pueblo que no ha dejado de luchar por la democracia. Sin embargo, hay que perseverar. Haití se merece un futuro mejor. Mas temprano que tarde esa avalancha democrática que fue Lavalas no será una utopía. Pero ahora toca arrimar el hombro y cooperar. Es obligatorio torcer la suerte de una nación que se merece un futuro mejor y que su pueblo lo busca con ahínco.
Luis Yáñez-Barnuevo: turista accidental, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Da lo mismo que da igual. Luis Yáñez-Barnuevo, solo o en compañía, sea diputado, eurodiputado, senador, militante de base o apolítico, el problema que se resalta es la negativa de las autoridades cubanas para ingresar en el país. Sin embargo, creo que el problema es otro. Cuba es un país soberano, al igual que España. Como estados tienen y aplican políticas propias a la hora de permitir quién entra y sale de sus fronteras. Desde esta perspectiva, en Cuba y también en España, hay turistas, estudiantes, profesionales, refugiados políticos y exiliados extranjeros. Diariamente, en todos los países del mundo hay cientos de expulsados y nadie pone el grito en el cielo. No pienso que el quid de la cuestión sea la declarada condición anticastrista de Luis Yáñez Barnuevo. Son muchos quienes profesan tal condición y entran sin mayores problemas. Tampoco pueden aducirse sus relaciones con organizaciones que buscan desestabilizar Cuba. Indagar en su historial político es innecesario. Repito, da igual que da lo mismo. No aportaría demasiado.
El problema real es otro, la capacidad soberana de un Estado de aplicar sus normas y su derecho de admisión. Son muchos los ciudadanos del mundo que deciden pasar sus vacaciones en Cuba y no deben presentar un pedigrí revolucionario para disfrutar de su clima, sus gentes o dar conferencias. Tampoco en España existe una ley que impida entrar a quienes se declaran republicanos y antimonárquicos. En este sentido hay un empate técnico. Todos los países del mundo tienen un protocolo para permitir o negar la entrada. ¿Que significa solicitar visas y esperar que se resuelvan para viajar a Estados Unidos o España desde países africanos, asiáticos y latinoamericanos?
Lo que debería cuestionarse y ese es el problema de fondo, es si la decisión responde a derecho o es arbitraria. Y no cabe duda que en este caso responde a la calificación de persona non grata. Por tanto, la expulsión de Luis Yáñez reúne todos los requisitos legales. Le guste o no le guste no han sido violados sus derechos humanos, no hay maltrato, no ha sido ninguneado. Simplemente se le ha denegado la entrada al país de acuerdo a derecho. Opción que Cuba tiene como Estado soberano. Otra cosa sería si Luis Yáñez-Barnuevo hubiese sido víctima de atropello, de arbitrariedad y se le expulsase sin razón. Por el momento me sobra y me basta el que hayan aplicado su legislación vigente y sus normas.
Sin embargo, en España sí existe una política donde predomina la arbitrariedad a la hora de impedir la entrada a turistas, estudiantes o refugiados políticos que desean residir en el país. Pero su gobierno y dirigentes, entre ellos los eurodiputados del PSOE, votaron y aprobaron en el Parlamento Europeo la ley de la vergüenza. Aquella que rige para negar la entrada y cerrar las fronteras a los inmigrantes del tercer mundo, entre ellos, los latinoamericanos.
Un día si y otro también, se ven en los aeropuertos internacionales de Madrid, Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria, Valencia o Bilbao escenas de llantos y desolación de familiares que esperan, sin ningún éxito, la salida de sus familiares. Se quedaron en la zona de nadie. Allí donde se le cancelan todos sus derechos. Aquí si se violan los derechos humanos, se aplica la arbitrariedad, emerge la xenofobia y es patente el racismo. Los criterios de entrada se dejan al libre albedrío del policía de turno. Puede que tenga el día chungo y mande a varios sudacas de regreso. De nada sirve protestar. Se les despoja del habeas corpus sin mayores problemas. Las circulares internas premian dichas conductas totalitarias. Su acción será compensada muy pronto con un ascenso en el cuerpo de policía.
Existen no cientos, sino miles de denuncias donde se exponen los casos. Hay incluso una carta de todos los embajadores latinoamericanos pidiendo mesura y denunciando los casos. Pero los implicados como son gentes humildes, de las clases populares su caso no es noticia. De esta guisa España duerme tranquila con su nueva ley de extranjería. En cambio, levanta la voz y chilla si se expulsa a Luis Yáñez-Barnuevo, un ciudadano con clase. Su condición de eurodiputado no le exime de estar bajo el principio de la ley. Y si la ley en Cuba lo declara persona non grata, no hay nada ilegal. En el caso de los expulsados provenientes de los países del tercer mundo por las autoridades españolas sí hay mucho de ilegal y violación de los derechos humanos. Ésa es la cuestión.
La guerra contra los mapuches, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Las noticias que llegan de Chile no son alentadoras. Nada parece tener sentido en medio de una política de violencia gubernamental cuya máxima consiste en seguir desplazando la frontera del pueblo mapuche hacia regiones más australes e inhóspitas, donde sobrevivir es un milagro. Se trata de robar y negarles los legítimos derechos sobre sus territorios. Pero esto no es nuevo. Durante el mandato de Jorge Alessandri, en los años 60 del siglo XX, un terrateniente perteneciente a la vieja escuela permitió a sus pares seguir con la usurpación de los territorios mapuches. Igualmente, bajo su gobierno, se consumó el exterminio de los indígenas patagones. Desaparecieron sin que se derramase una lágrima. Salvo en documentales, nadie recuerda su existencia. Algo similar ocurre con los indígenas onas en el extremo austral. Su población disminuye constantemente. Pero esto sigue y suma. En el periodo dictatorial, al tiempo que se tortura, asesina y desarticulan las organizaciones indígenas, se enajenan las tierras comunales, distribuyéndose entre los hacendados pinochetistas. En los años 90, cuando muchos saludaban el fin de la dictadura y auguraban tiempos mejores, el pueblo mapuche seguiría acosado y perseguido. Se criminalizan sus reivindicaciones y se da rienda suelta a una de las más feroces represiones ejercidas por gobiernos electos democráticamente. Su impulsor será el entonces ministro de agricultura de Patricio Alywin, Juan Agustín Figueroa, gran latifundista y con intereses económicos en los territorios mapuches, donde tiene sus propiedades. Fue el inductor de aplicar las leyes antiterroristas que han llevado a la cárcel a más de 50 lonkos y justificado la tortura a manos de las fuerzas de orden público. Esta política siguió bajo el gobierno de Eduardo Frei hijo, con la construcción de la presa hidroeléctrica Ralco. Su puesta en funcionamiento acabaría por destruir el patrimonio cultural de los pehuenches, dejando bajo sus aguas una parte fundamental de su arquitectura, cementerios y centros de culto. El etnocidio se consuma. Fueron presionados, violentados y obligados a trasladarse a las regiones altas de la cordillera de los Andes con temperaturas inferiores a cinco grados bajo cero en invierno. No sólo les quitaron sus pertenencias y territorios, han roto su ecosistema y profundizado su pobreza. Endesa, la empresa propietaria, se lava las manos amparándose en las leyes vigentes que avalaron el proyecto.
Sin embargo, antes de llevarlo a cabo, los estrategas chilenos estudiaron posibles conflictos emergentes. En un viaje de Estado, se presentaron en México acompañados por el embajador de Chile. Se reunieron con las autoridades de Gobernación para empaparse de la estrategia contrainsurgente desplegada en Chiapas contra el EZLN. Había que estar prevenidos y tomar ejemplo. Las autoridades chilenas siguieron las instrucciones al pie de la letra. No se cortaron un pelo, militarizaron la región buscando desarticular las comunidades y encarcelar a sus líderes naturales. De paso crearon organizaciones bastardas con las cuales negociaron la venta y el desalojo de los territorios pehuenches. Un diseño sin fisuras. Tras la inauguración de la presa, los nuevos asentamientos no tienen luz eléctrica y su costo es prohibitivo. La presa Ralco no iba a producir electricidad para la población, se trataba de beneficiar a las industrias contaminantes de la minería y la celulosa de papel. El daño al medioambiente de la región es irreversible.
Pero este robo y expropiación de las tierras a los pueblos originarios no es nuevo en la sociedad chilena, y se remonta al siglo XIX con el proceso de pacificación de la Araucanía. Eduardo Mella en el excelente libro publicado por editorial LOM Los mapuche ante la justicia. La criminalización de la protesta indígena en Chile, señala su significado: “la ocupación de la Araucanía implicó para el Estado la anexión de casi 5 millones de hectáreas y para los mapuches la reducción a menos de 5 por ciento de lo que fue su territorio ancestral (…) con la reducción territorial, alrededor de 40 mil mapuches no fueron radicados en territorio alguno. El mapuche fue obligado a subsistir en pequeños espacios de superficies, inferiores a 6.18 hectáreas por persona promedio”. Así, la pacificación consolida la usurpación desconociendo de los derechos de posesión y propiedad del pueblo mapuche a sus tierras ancestrales. En consonancia, reconoce títulos de propiedad fraudulentos a los nuevos colonos y viejos terratenientes.
Hoy, cuando la presidenta Michelle Bachelet está a punto de acabar su mandato, el balance con respecto a su política indígena es peor. Si José Saramago le puso en antecedentes durante su viaje a Madrid acerca de la situación de los mapuches, rogándole que mirase al sur y no los abandonase, el resultado ha sido más dirigentes detenidos y tres asesinados a quemarropa y por la espalda. Bachelett ha superado a Ricardo Lagos en su política de nuevo trato
a los mapuches. Da una vuelta de tuerca y deja impunes a los autores del acoso a los niños mapuches. Ahora, intimidados, se les hace presenciar las palizas a sus padres, se les esposa, golpea y maltrata. Se les amenaza con matarlos si no delatan a los defensores de los derechos del pueblo mapuche en su comunidad. Existen más de una docena de casos contrastados por Naciones Unidas. Un ejemplo es el acaecido en la comunidad de Rofue, en Padre Las Casas. Allí el menor de 14 años F. P. M. fue tiroteado con perdigones, golpeado, subido a un helicóptero del GOPE y amenazado con ser lanzado al vacío si no denunciaba los nombres de los integrantes de la comunidad. Sin embargo, el subsecretario del Interior, Patricio Rosende, se defiende con estos argumentos: algunos dirigentes mapuches utilizan a niños y mujeres como escudos
. Versión similar a la aportada por el general Hero Negrón, jefe de zona de carabineros en la Araucanía. Los menores atacan a carabineros o han sido puestos por delante durante los cumplimientos policiales generados por órdenes judiciales
. Seguramente la máxima del gobierno de Bachelet no dista de la acuñada por las oligarquías del siglo XIX para justificar el exterminio de los pueblos originarios: civilización o barbarie.
Los amigos de los pobres, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
¿Qué sería del capitalismo sin pobres? Seguramente no abría ONG para el desarrollo, no existirían organizaciones sin fronteras apadrinando niños, ni campañas para paliar el hambre. Tampoco disfrutaríamos de los análisis del Banco Mundial diferenciando entre pobreza, pobreza extrema, indigencia o pobres de solemnidad. Por estas razones debemos estar agradecidos a los expertos que dedican su esfuerzo para crear tales categorías. Así, nos enteramos de las diferencias y como se articulan sus políticas internacionales. Al fin y al cabo, señalan, a los pobres les gusta vivir en poblaciones sin agua potable, electricidad, centro médico, escuelas o transporte público. Prefieren la enfermedad a la salud, desprecian el trabajo, son ariscos, pendencieros, violentos y se dan a la bebida. Hay que enseñarles a vivir decentemente. No darles el pescado, deben aprender a pescar. Dedicarse a su cuidado es rentable. Forma parte del espíritu del capitalismo. Las carencias son rentables para bancos, financieras y empresarios crápulas. En este sentido distingo los actos humanitarios poco o nada altruistas de la actividad cotidiana desarrollada hacia la población marginal y los pobres. En el primer caso, paliar los efectos de terremotos, tsunamis, tifones o guerras bastardas supone una oportunidad de oro para hacer negocios. La reconstrucción atrae a cuanto bicho viviente quiere sacar tajada de la desgracia ajena, entre otras las empresas trasnacionales de construcción. Por el contrario, quiero subrayar las acciones destinadas a sacar rédito de la existencia de los pobres. Entre más haya mejor. Sólo deben mostrarse sumisos y ser agradecidos con sus amos. Estos últimos, son gente justa de acuerdo con sus creencias y valores. Desean lo mejor para ellos.
De esta manera, aliviar las penas de los pobres pasa a ser una actividad gratificante y la par que enriquece a sus hacedores. Sirva como ejemplo la tradicional teletón de fin de año. Durante esas fechas desfilan por la pantalla del televisor famosos de todos ámbitos. Futbolistas, actores, actrices, cantantes, políticos y empresarios. En un acto de altruismo y caridad cristiana donan prendas y objetos que serán subastados entre el público para comprar juguetes. En esta vorágine, los bancos abren cuentas especiales y de paso hacen publicidad de sus servicios. Asimismo, las fundaciones realizan donaciones y desgravan. Todo sea para que los niños pobres gocen de una navidad entrañable. Esto se repite en los países del primer mundo. La generosidad de los ricos es abrumadora. Ningún pobre sin su balón, muñecas, pistolas, tanques o coches de carrera.
En otro orden de cosas, los gobiernos del llamado primer mundo se sienten comprometidos y dedican 0.7 por ciento del PIB a financiar proyectos contra la pobreza. Sin embargo, no olvidemos que una parte importante de este porcentaje, cuando se cubre, se queda en casa. Sirve para hacer frente a los alquileres y los gastos corrientes, atender los sueldos de los funcionarios y las visitas a los países pobres. En España, la Agencia de Cooperación destina 50 por ciento de su presupuesto a infraestructura. Pero se sienten solidarios contra el hambre. Así en el último plan para 2010 de ayuda alimentaría, Bruselas asigna a España la suma de 52.5 en alimentos gratis para los países pobres. De esta manera se quitan la sobreproducción y alivian la situación de sus agricultores.
No cabe duda, primero roban, esquilman las riquezas naturales, deterioran el medio ambiente y posteriormente dan limosnas para paliar sus efectos. La ayuda al desarrollo, los créditos baratos, el canje de deuda externa por inversiones, son algunas de las acciones preferidas. Para ellos, sería una pena acabar con la pobreza de millones de personas que sufren explotación. Es mejor brindarles protección y hacer un uso rentable de su existencia. Mientras los pobres reciben caridad, los ricos se llenan los bolsillos a su costa.
Sin embargo, hoy en día, emerge un nuevo tipo de mecenazgo. Son personas y gobiernos que desean lo mejor para sus pobres y los guardan de caer en tentaciones tales como tener trabajo estable, gozar de una educación pública, servicios mínimos de calidad y vivienda digna. Es entrañable constatar como en Río de Janeiro se yergue una muralla destinada a garantizar los valores y las tradiciones de los pobres. Hay que trasmitirles el mensaje en positivo. El muro se ha levantado por su bien. Al ser pobres, y muchos analfabetos, no entienden el significado. No es un muro sin ton ni son. ¿Que sería de Río sin las favelas y sin sus pobres? Asistiríamos a una perdida de identidad. Es necesario preservar sus costumbres, su cultura e idiosincrasia. El muro es una opción democrática. No debe hacerse caso a los radicales antisistema y antiglobalización. Estos buscan desprestigiar a un gobierno dizque de izquierdas. El muro no está concebido para controlar militar y policialmente a sus habitantes. Por el contrario, se busca amparar el tan preciado derecho a la propiedad privada de los pobres ante los desalmados ricos que intentan a toda costa apropiarse de sus terrenos y destruir las favelas que tanto les ha costado edificar. En definitiva, no hay mejor opción que levantar el muro. Así se evitan malos entendidos.
Otros muros semejantes existen en Ceuta y Melilla. Tienen otra función, buscan evitar el acceso de los inmigrantes de las naciones africanas a España. Es un muro de la libertad. Evita que los pobres caigan en el consumo y el despilfarro, actos impropios de gente menesterosa. Así, deben ser conscientes del alto precio que pagan las sociedades occidentales por su construcción. Igualmente sucede en la frontera estadunidense con México. ¿Cómo criticar un acto lleno de solidaridad hacia los pobres? Ya se darán cuenta que es por su propio bien. Por ende, demos la bienvenida a los amigos de los pobres, sujetos deseosos de luchar por su mantenimiento en aras de chuparles toda la sangre. ¡Vivan los pobres y la madre que los parió!
El poder de la Iglesia en España, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
En España, durante el franquismo, la Iglesia jugó un papel relevante en la consolidación del régimen. Hoy su protagonismo no ha disminuido y su poder se mantiene intacto a pesar que la Constitución de 1978 en su artículo 16.3 señala el carácter aconfesional del Estado. Durante la transición, la Iglesia católica no estuvo dispuesta a perder ninguno de los privilegios ganados durante 40 años de dictadura. Para sus miembros fue mejor reconocer el carácter aconfesional que pasar a una fórmula de Estado laico. Fue una solución de compromiso de los constituyentes que dejaba claro el papel de la Iglesia y los límites de la reforma política. No se ponía en cuestión su función garante de la moralidad de los españoles. Lo que Franco ató, siguió atado. Así, la Iglesia católica podría seguir gozando de un trato de favor a la vez que se marginaban otras confesiones. La enseñanza de la religión en los colegios públicos se dejó en manos del clero. Así, el Estado paga la educación católica de los colegios privados concertados, cuya cifra de alumnos supera el millón. La ley franquista de 1970 que lo avala no ha sido derogada. Igualmente, el episcopado confecciona sus programas de estudio y contrata a sus profesores pagados por el Estado.
En otro orden de cosas, los hospitales públicos mantienen en su plantilla sacerdotes y las universidades cuentan con una capilla. Ni que decir que no hay ni mezquitas ni sinagogas, ni templos budistas. Los rituales políticos utilizados por el poder civil para asumir los cargos de representación popular están sometidos a ceremonias donde el crucifijo preside las ceremonias. No menos importante es su presencia en los medios de comunicación social públicos. Televisión Española transmite todos los domingos una misa, amén de un programa llamado Pueblo de Dios. Tampoco debemos pasar por alto que la mayoría de los días festivos forman parte del credo católico. Semana santa, la inmaculada, los reyes magos, la Almudena, etcétera. Asimismo, el episcopado posee una radio de ámbito estatal, la cadena COPE, utilizada como medio para arremeter contra el poder político y dar rienda suelta a sus campañas contra el aborto, los homosexuales, el uso del preservativo y la asignatura educación para la ciudadanía donde se apoya una visión progresista de las relaciones sexuales, de la inmigración, de la tolerancia religiosa o de los matrimonios gays. En este caso han llamado directamente a la objeción de conciencia. Un sin sentido.
No menos importante es su poder económico. Y no me refiero al patrimonio cultural atesorado en los monumentos de interés nacional, hago mención a los terrenos urbanos y rurales, los edificios, las casas, mansiones y el conjunto de propiedades cuyo origen es la donación testamentaria. Sin menospreciar las empresas subsidiaras y sus inversiones en la bolsa. El uso de su capital para fines especulativos ha quedado al descubierto con los escándalos de Afinsa, entre otros. Sus turbios negocios han salido a la luz cuando los imputados han debido declarar quiénes eran sus principales inversores.
La Iglesia desde 1993 controla 40 por ciento de las universidades privadas. Jesuitas, dominicos, escolapios, Opus Dei, legionarios de Cristo o franciscanos gozan de los fondos públicos para sus proyectos. Mientras tanto la enseñanza aconfesional y pública sufre los envites del clero cuando se trata de subvenciones.
Su poder es tan grande que ningún gobierno del PSOE, hasta la fecha, quiere tomar el toro por los cuernos. Incluso algunos destacados militantes como el ex ministro de Justicia y creador de jueces para la democracia Alberto Belloch, hoy alcalde de Zaragoza, ha considerado ejemplar dedicar una calle al fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, amén de obligar a los concejales del consistorio a participar del rosario y las misas cantadas en honor a la patrona de la ciudad en la catedral el día 12 de octubre. Sus actos no son sino otra manera de poner en cuestión el carácter aconfesional del Estado. Pero sin ir más lejos, la próxima visita del papa Benedicto XVI a España será sufragada en 50 por ciento por Hacienda. Desde la seguridad, el transporte, una parte de la publicidad, la estancia y el conjunto de la parafernalia, tanto como ser considerada una visita de Estado. Son muchos millones de euros los que se invertirán en apoyar a la Iglesia católica. En contrapartida, sus máximos responsables deciden bajar los decibelios en la crítica a la nueva ley de aborto.
Si hacemos memoria, los orígenes de su actual poder están ligados al golpe de Estado contra la Segunda República, en 1936. Para los alzados, el gobierno del Frente Popular fue una suma de políticos masones, judíos y comunistas interesados en destruir la unidad de España, era necesario combatirlos y la iglesia se convirtió en la mano derecha de Franco. Éste gobernó con la Iglesia y la Iglesia gobernó para el régimen. La guerra civil se consideró parte de una cruzada, y su objetivo consistió en aniquilar al enemigo. Ellos avalaron los fusilamientos de miles de republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. La Iglesia aupó a Franco a la categoría de caudillo por la gracia de Dios y desde esa atalaya lució una aureola cercana a la santidad. Un enviado del Señor cuya tarea consistía en blandir su espada contra los comunistas, representantes del demonio en la tierra. Su triunfo se consideró por la Iglesia católica la primera derrota del comunismo internacional y el renacer de España como la reserva espiritual de Occidente. Era un enviado y no podía renunciar a su tarea, los obispos se encargaron de recordárselo siempre. Él hubiese preferido llevar una vida sencilla y en familia. Pero los hechos lo situaron en el papel de salvador de la patria. Se transformó en un martillo de herejes bajo la mano férrea de una Iglesia católica, apostólica y romana que hasta hoy no ha perdido ningún ápice de su poder real. La España actual sigue teniendo miedo a realizar una reforma que relegue a la Iglesia católica a su única función, ser un refugio para sus creyentes a título de fe y al margen de la esfera de lo público.
Cuando cayó el Muro de Berlín otros lo remplazaron, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
El mundo se encontraba dividido entre países comunistas y mundo libre. La guerra era total y se mostraba en todas las dimensiones de la vida cotidiana. Desde el lenguaje propagandístico hasta lo sutil de las películas de espías o los inocentes cómics donde los buenos y los malos siempre eran los mismos. En Occidente no existía mayor vergüenza que el Muro de Berlín y así fue adjetivado. Tras el llamado telón de acero se encontraban las tinieblas, el frío, el hambre, la falta de libertad y un sistema perverso e inhumano.
Todo estaba permitido dentro de la estrategia por derribarlo. Eran tiempos donde la derecha conservadora, en Estados Unidos, tomaba el mando y Ronald Reagan variaba la política de su antecesor James Carter. Ya no habría contemplaciones con los soviéticos y sus aliados. El comunismo debía retroceder, cualquier maniobra se justificaría en pro de este objetivo. Sus aliados perdían autonomía dentro de un nuevo escenario mundial. Se trataba de pasar de la distensión a la disuasión. Una nueva política de seguridad hemisférica emergía en el Pentágono y la Casa Blanca. Se apoyaba a los talibanes en Afganistán y no había reparo en manifestar su total compromiso con las dictaduras del cono sur. Asimismo se emprendía por primera vez una acción política institucional destinada a revertir procesos. Pasaban a mejor vida las acciones encubiertas para derrocar gobiernos democráticos. Ahora serían la Cámara de Representantes y el Senado estadunidenses quienes otorgarían fondos públicos para dichas maniobras. La intervención en la isla de Granada fue el primer aviso. Más adelante se armó y financió a la contra nicaragüense para desestabilizar al gobierno sandinista. Y las fuerzas armadas de El Salvador y Guatemala disfrutaron de similares fondos para luchar contra los ejércitos de liberación nacional. Honduras se constituyó en el portaviones de la región y Panamá acabaría siendo invadida bajo estos parámetros, subvencionando a sus cipayos. Costa Rica, país sin fuerzas armadas, recibiría decenas de millones para compras de helicópteros, armamento ligero y semipesado. Su incremento relativo en gasto militar fue el más elevado de la región llegando a su pico durante el gobierno de Óscar Arias. Estas políticas se reflejan en los documentos de Santa Fe I y II y el Informe Kissinger para Centroamérica.
Poco espacio había para la acción de los países no alineados. Su actividad era cuasi testimonial, aunque expresaba una posición firme demandando la no intervención, el derecho de soberanía y el cese de la carrera armamentista. Igualmente, sus programas eran parte de un proyecto democrático ligado a la lucha antimperialista. Pero poco se podía hacer. Las grandes potencias y los bloques militares se contraponían bajo un peligroso escenario nuclear. La OTAN y el estado mayor del Pacto de Varsovia no ahorraban esfuerzos ni medios para neutralizar al enemigo. En este contexto el Pentágono diseñará la estrategia de misiles conocida como la guerra de las galaxias. La Unión Soviética, asustada por la dimensión del plan, decidió echar toda la carne en el asador. Así, destinó más fondos a la industria militar, lo que supuso el principio del fin. No había manera de hacer frente a las necesidades de la economía civil. El colapso era cuestión de tiempo. Mientras tanto, la guerra de las galaxias nunca llegó a ponerse en práctica. Fue una cortina de humo que los servicios de inteligencia soviética no lograron desentrañar.
En esta lógica y como un castillo de naipes, un sistema político articulado bajo el control de los partidos comunistas se derrumbaba. Polonia y el movimiento Solidaridad encabezaron el lento declive del comunismo realmente existente. Más tarde no hubo tiempo para pensar en las alternativas socialistas y democráticas. Resurgieron los nacionalismos y el mapa europeo se recomponía. Los países se quebraban y las guerras civiles y étnicas apoyadas por Occidente daban sus frutos. El mapa político cambiaba. Una multitud de nuevos estados emergía al amparo del reconocimiento de Francia, Alemania y el propio Estados Unidos. Así, se entremezcló la justa reivindicación por mayores espacios de participación y justicia social con la emergencia de proyectos asociados a una nueva distribución del poder internacional con hegemonía del capitalismo neoliberal. Los países occidentales apoyaron y financiaron a los disidentes y los partidos anticomunistas. Los procesos electorales fraudulentos los auparon al poder. La euforia prendió en las calles. En Rumania no hubo contemplaciones. Se ajustició, se asesinó y se encarceló desde el presidente hasta los agentes de la seguridad. El camino fue similar en otros países. Sin olvidar que en la Unión Soviética el Partido Comunista fue declarado ilegal por quienes habían sido sus dirigentes. Pero ya nada importaba, el objetivo se había cumplido. El capitalismo salía triunfante en medio de una reconversión neoliberal. La caída del Muro de Berlín sería el emblema. Inicialmente destruido a martillazos y más tarde por el hacer de las palas mecánicas desapareció de un plumazo. Casi 30 años de historia se hacían añicos. Hoy salvo los berlineses mayores de 20 años saben por dónde pasaba. Mientras tanto, los turistas se conforman con adquirir un trozo en las tiendas de souvenirs. Su triste final, convertirse en una mercancía, no estaría seguramente presupuestado entre los objetivos de sus constructores. Asimismo, su destrucción fue más que un símbolo, el acontecimiento se dotó de un mensaje: nunca más deberían levantarse muros políticos, ni ideológicos. La humanidad había aprendido la lección.
Ahora bien, cuando muchos se sintieron libres y partícipes de un nuevo mundo sin muros, otros han ido emergiendo, esta vez dentro del propio capitalismo. Sus arquitectos son los actuales afectos a las políticas sistémicas, sean socialdemócratas, neo-oligárquicas o liberales. De esta guisa Israel levanta su muro para evitar la libre circulación de los palestinos. En España se erige otro para frenar la inmigración y mostrar el poder de Occidente. Rodeado de alambradas, vigilado por militares provistos de armas con sensores de calor, y carteles disuasorios escritos en castellano, árabe, francés e inglés, se convierte en la frontera que divide el mundo de la opulencia de aquel representado por los países pobres. Y por último, en Brasil, Lula construye una barrera para separar los barrios ricos de las favelas. Todos ellos muros de la indecencia a los cuales debemos sumar los de la ignominia. Éstos son visibles para unos pero invisibles para otros. Siempre han existido y tienen nombre; son el muro del hambre, la explotación, el colonialismo, la xenofobia y el racismo. Por tanto, celebrar la caída del Muro de Berlín es más bien un acto de hipocresía si con ello buscamos descalificar las luchas anticapitalistas y democráticas. Ni el socialismo ha sido derrotado ni el capitalismo se yergue triunfante.
Empresarios y capitalismo, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Los empresarios son sujetos débiles. Cuando son pillados in fraganti en blanqueo de dinero, evasión fiscal u otros actos de corrupción, contratacan exigiendo despido libre, congelación salarial, más privatizaciones y amenazan con cerrar sus empresas. Al fin y al cabo, argumentan, su actividad, ganar dinero, acumular y ganar más dinero, debe ser protegida. Se consideran una especie en peligro de extinción. No entienden por qué los partidos de izquierda los vapulean cuando los empresarios pertenecientes al capital financiero les ayudan en sus campañas electorales. Tampoco comprenden la etiqueta de chupasangre adscrita por los sindicatos cuando a la limón negocian y consensúan despidos y políticas de reducción de plantillas. Y menos se explican la mala prensa
en los medios de información cuando los mismos sobreviven gracias a los anuncios publicitarios. Por todas estas razones se sienten acosados. Son unos incomprendidos. Parece ser que olvidamos los valores altruistas que encierra su actividad. Al fin y al cabo, no es fácil ser empresario. Ellos asumen una pesada carga. Son honrados capitanes de barco, responsables de llevar la nave a buen puerto y evitar el naufragio. Asimismo, dan trabajo a los parias, a los menesterosos, a quienes carecen de iniciativa y prefieren recibir un sueldo a fin de mes sin riesgo alguno. Por consiguiente, los empresarios se dejan la piel por los demás. Su actividad debe considerarse como un acto de altruismo. ¿Que más podemos pedir a los sufridos empresarios?
No hay punto de comparación entre un obrero y un empresario. Son el alma mater de la sociedad del bienestar, creadores de progreso e impulsores de crecimiento económico. Gracias a ellos, los trabajadores, con su salario, pueden comer, gozar de vacaciones, pagar un alquiler, financiarse la educación, ahorrar para un fondo de pensiones o acceder a un seguro médico privado. Por contra, los empresarios viven en el temor de perderlo todo. Sus yates, sus aviones, sus chalés, sus colecciones de arte, sus amantes. Una mala maniobra y pueden quedarse en la calle. Aun así, arriesgan su capital, ponen en peligro su salud y se transforman en mecenas de la civilización. Crean organizaciones no gubernamentales y fundaciones que les permiten sobrellevar su escaso ego. Por ese motivo, además de ahorrarse impuestos, Rockefeller, Ford, Ramón Areces, Juan March o Billy Gates donan una parte minúscula de sus fortunas, tan sudadas, a fines sociales. Sin ellos nuestra mortal existencia sería gris y sin alicientes.
Aún así, lo quieran o no, los empresarios configuran un mundo sórdido alejado de su idílica autopercepción. Su única función consiste en obtener beneficios a costa de explotar hombres, mujeres y niños. Para tal acción, prescinden de cualquier principio ético. Si son atrapados en algún renuncio no dudan en soltar lastre. No pondrán en peligro sus posesiones. Para evitar el colapso y verse entre rejas irán construyendo una sólida retaguardia. Pondrán a nombre de terceros sus propiedades. Testaferros dedicados a buscar paraísos fiscales garantizarán sus capitales. Se protegen con dobles contabilidades y buscan demostrar su situación de bancarrota. Así, no habrá nada que arrebatarles. Con abogados especialistas en apañar pufos se verán libres de polvo y paja y seguirán viviendo como si nada hubiese pasado. Y al cabo de unos años, resurgirán de la nada. Dirán que se han levantado gracias a su esfuerzo y un poco de suerte. Son la perseverancia viviente. No se sonrojan ante tanta mentira. Arremeten con violencia cuando se les pregunta sobre el origen de sus fortunas y van rodeados de guardaespaldas para evitar que sean sorprendidos por reporteros indiscretos o sometidos a escarnio público. Se sienten los amos del mundo y se comportan como tal. En caso de sentirse con la cárcel en sus talones, recurren a la compra de voluntades, sean jueces, fiscales, diputados, senadores, alcaldes, etcétera. Es una buena inversión regalar relojes, coches de lujo, viajes al fin del mundo y orgías. Nada es suficiente si se obtiene la inmunidad para hacer y deshacer. Y si por algún motivo se ven traicionados los sicarios actuarán en su nombre.
En esta dirección, hay múltiples ejemplos. Todos los países tienen su prototipo. Lo que no es común es que sea presidente de la organización que los agrupa. Éste es el caso sangrante del actual presidente de la Confederación de Organizaciones Empresariales de España (CEOE), Gerardo Díaz Ferrán. Parece ser que los empresarios españoles no tienen estima por la imagen que proyecta su máximo dirigente. Díaz Ferrán solventa un imperio donde sobresalen empresas del sector turístico como Marsans, del transporte de mercancías, de autobuses urbanos, limpiezas, ocio, espectáculo, inmobiliarias y hostelería. Entre sus joyas se encuentra Air Comet, una compañía aérea de transporte de pasajeros de bajo coste que factura 300 millones de euros al año. En la actualidad lleva sin pagar a sus 700 empleados los sueldos de cinco meses sin contar pagos extras. Igualmente mantiene una deuda superior a los 50 millones de euros y adeuda 20 millones en cotizaciones a la seguridad social. Aún así, los afiliados a la CEOE no han abierto la boca y siguen considerando su gestión y su manera de llevar su holding como exitosa y digna de ejemplo. Nadie pide su dimisión o muestra signos de sonrojo. Y en el mayor de los sinsentidos, Díaz Ferrán pide responsabilidad a los trabajadores y los conmina a bajarse los sueldos al tiempo que demanda al gobierno abaratar el despido.
La crisis tiene muchas caras y no afecta a todos por igual. Mientras los trabajadores que en cinco meses no pudieran hacer frente a su hipoteca sufren el embargo y el desahucio de su vivienda, mientras tanto Gerardo Díaz Ferrán seguirá pasando por ser un hombre honesto y de bien. Así, obtendrá un aval del Estado para un crédito oficial de 20 millones para tapar agujeros. Todo sea cuestión de asegurar su fortuna. Esto es capitalismo y lo demás son historias. Vivan los empresarios, la explotación y los gobiernos socialdemócratas que los apoyan.
La corrupción de los premios Nobel, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada
Cuando Alfred Nobel decidió que una parte proporcional de su inmensa fortuna fuese a parar todos los años a las manos de los más preminentes hombres y mujeres de las ciencias y la literatura buscó redimirse. Sus últimos días fueron angustiosos. No podía soportar las consecuencias del uso militar de la dinamita, su gran invento. Apesadumbrado, se transformó en un pacifista confeso. En su testamento dejó muestra de ello. Así podemos resumir sucintamente el origen histórico de los cinco premios que llevan su nombre. Un sexto, el de economía, se añadiría apócrifamente en 1968.
El deseo de Nobel fue premiar el esfuerzo en física, química, medicina o fisiología, la creación literaria y a quienes dedicaban su actividad a luchar por la paz. Los candidatos en todas las categorías y por tanto los ganadores debían sobresalir por sus aportes en beneficio de la humanidad y proyectar una vida ejemplar. Muchos son los nombres asociados a esta perspectiva. En química Ernest Ruherford o Linus Paulin, en física Max Planck, Marie y Pierre Curie, Einstein o Niel Bohr, en medicina Santiago Ramón y Cajal, Jaques Monod o Severo Ochoa, en literatura Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Octavio Paz, entre otros. En el caso concreto del Nobel de la paz, el beneficiario, persona o institución, debía, según rezaba el testamento: llevar a cabo la mayor o mejor labor a favor de la fraternidad entre las naciones, por la abolición de los ejércitos permanentes y por la celebración y el fomento de congresos por la paz.
.
No han faltado años en los cuales una de las cinco categorías haya quedado desierta. En física la primera vez ocurriría en el año 1916, repitiéndose en 1931 y 1934; en medicina no se entregó los años 1921 y 1925, en literatura durante la Gran Guerra y en 1935. En cuanto al Nobel de la paz, 1923, 1924, 1948, 1955, 1956. Hay que destacar que durante los años de la segunda guerra mundial no se concedieron en ninguna de las cinco vertientes.
Aunque las opiniones del jurado para conceder el premio contienen una dosis de subjetividad, declararlo desierto, explicita la dificultad para hacerse acreedor del mismo. Así, el premio Nobel ganó en prestigio. Sin embargo, desde los años 70 del siglo XX cayeron en desgracia. La muestra más flagrante del despropósito fue concederlo a Henry Kissinger en 1974, genocida de guante blanco acusado de crímenes de lesa humanidad y responsable de los bombardeos de los B-52 en Vietnam. Pero cuatro años más tarde, será entregado a Menachen Begin un terrorista confeso de múltiples muertes contra ciudadanos palestinos en los años 50 del siglo pasado. Así, comienza una era marcada por el desconcierto y el descrédito. Los Nobel pierden su lustre. Se conceden por motivos menos altruistas y rompiendo su filosofía inicial. Así, en el Nobel de fisiología o medicina, las compañías farmacéuticas presionan para que sus investigadores sean los beneficiarios. En 2008, el laboratorio AstraSeneca, la multinacional británica, intervino para que dos jurados, asesores de la compañía, apoyaran la candidatura del medico alemán Harald zur Hausen por sus trabajos sobre el virus del papiloma humano que puede causar el cáncer de útero. Tuvieron éxito. No faltó tiempo para que AstraSeneca desarrollara dos vacunas controlando las patentes, el mercado y el proceso de innovación tecnológico. Algo similar ocurre en el Nobel de economía. Durante la hegemonía del liberalismo económico, sus agraciados han formado parte del grupo de Mont-Pèlerin creado por Hayek y Von Mises en 1946. El propio Hayek lo recibirá en 1974, a continuación lo hará Milton Friedman en 1976, seguidos por George Stigler en 1982, James Buchanan en 1986, Maurice Allias 1988, Ronald Coase en 1991, Gary Becker 1992 y Bob Lucas en 1995. Algo sospechoso si consideramos que provienen de una corriente marginal en la teoría y desarrollo de la economía hasta los años 70 del siglo pasado.
Las presiones se suman y los intereses creados desdibujan su filosofía inicial. Sobre ellos pende un halo de corrupción donde se cuestiona un año sí y otro también el nombre de los agraciados. Muchos son los posibles y pocos los elegidos. Algunos podrían argumentar que los dos premios más cuestionados, el Nobel de la paz y el de medicina, no los concede la academia sueca, sino su comité en Oslo y el Instituto Karolinska, intentando lavarse las manos. Aduce autonomía en las decisiones. Y podría ser verdad, sólo que compromete la transparencia y el buen hacer de la fundación Nobel. Sin embargo, hoy, los jurados que premian los apartados de física, química o literatura también son presa de la desconfianza.
Por este motivo, conceder el Nobel de la Paz a Barack Obama no es un acto de agravio, ni un despropósito, marca una tendencia en la cual han caído los Nobel. No hay nada que destacar del actual ocupante de la Casa Blanca en su lucha por la paz. Pero tampoco se consideró dicha circunstancia cuando en 2002 se concede a James Carter, autor material de la guerra de Afganistán, de apoyar con misiles tierra aire a los Talibán y de favorecer la expansión de las transnacionales estadunidenses en África a costa de aumentar el conflicto en la región. Obama no es distinto, por ello no hay que rasgarse las vestiduras. Su política consiste en aumentar la presencia de sus tropas en Afganistán, apoyar a Israel en su política de exterminio contra el pueblo palestino e instaurar bases militares en Colombia, Perú y México. Asimismo defiende a regímenes como el paquistaní y reniega de soluciones democráticas en Honduras. No favorece la paz ni busca la abolición de los ejércitos o la fraternidad entre las naciones como reza el testamento de su creador. Por consiguiente se altera la voluntad de Alfred Nobel y con ello se descompone la credibilidad de sus jurados. Tal vez hay que llegar a una triste conclusión, dejar de pensar en los Nobel como un premio de premios. Hoy forman parte de la sociedad del espectáculo, se degradan y pierden el componente ético asignado por Nobel. Descansen en paz.
