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Más lecciones del ‘Prestige’, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Una prestigiosa revista médica de Estados Unidos (Annals of Internal Medicine; 23 de agosto: http://www.annals.org) acaba de anunciar la publicación de un estudio realizado por investigadores españoles (Gema Rodríguez-Trigo y otros) sobre los efectos que la participación en la limpieza del chapapote del Prestige tuvo para la salud de un grupo de pescadores de Galicia. La investigación se centró en 501 pescadores que habían participado en las tareas de limpieza comparando su estado de salud, dos años después, con el de otros 177 que no habían participado. Los resultados más notables se obtienen comparando los subgrupos de no fumadores. El estudio señala, entre los no fumadores que estuvieron expuestos al chapapote, un aumento significativo de afecciones respiratorias y de algunos marcadores de posibles lesiones pulmonares, así como de algunas alteraciones cromosómicas en linfocitos. Como los autores advierten, estos resultados no permiten obtener conclusiones clínicas, ni pueden generalizarse a otras poblaciones. ¿Qué consecuencias se pueden derivar entonces del estudio?
Los propios autores expresan clara y sabiamente sus conclusiones. Con los datos disponibles no se puede predecir cómo va a evolucionar la salud de los trabajadores y voluntarios que participan en la limpieza de vertidos de petróleo; pero hay motivos suficientes para pensar que pueden aumentar los problemas respiratorios y el riesgo de contraer cáncer. Por consiguiente, es preciso establecer programas de seguimiento, estudio y atención a los posibles afectados a largo plazo. En el caso del Prestige, el plan ya está en marcha.
Junto con el artículo, la revista publica el editorial “Lecciones para el estudio de los efectos del vertido de petróleo sobre la salud”. En él se señala la importancia de la contribución de los investigadores españoles, que puede servir de referencia en EEUU, donde las autoridades se enfrentan ahora, a propósito del desastre del Golfo de México, a problemas parecidos a los que aquí tuvimos que afrontar.
Pasan los años y seguimos extrayendo lecciones del Prestige. Ahora debemos recordar una más: para poder responder adecuadamente a estas catástrofes, es preciso alentar la investigación rigurosa, independiente y sistemática sobre sus efectos, no sólo en economía y medio ambiente, sino también en la salud y a largo plazo. Pero lo de 2002… Nunca Mais.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
El mensaje de los astros de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Hace cuatro siglos, Galileo publicó el pequeño opúsculo Sidereus Nuncius (Mensajero sideral) que puede considerarse el acta de nacimiento de la ciencia moderna. Se trataba de un informe sobre las observaciones que había podido realizar utilizando un telescopio que él mismo había construido. Gracias a él pudo descubrir las montañas de la Luna, las fases de Venus y la existencia de satélites en Júpiter, y concluir que el cielo y la Tierra eran partes homogéneas de un único mundo, arrumbando así, en 30 páginas, siglos de especulaciones metafísicas: los humanos no éramos el centro del universo, sino los habitantes de un pequeño trozo del mismo. Otro pensador de la época, Giordano Bruno, había muerto un año antes abrasado en la hoguera por haber especulado con la existencia de infinitos universos.
Las cosas han cambiado en estos cuatro siglos. La proeza de Galileo es ya patrimonio de la humanidad y su modesto telescopio está hoy al alcance de cualquier escolar. Llevamos tiempo embarcados en una odisea apasionante para saber cómo es el universo y tenemos ya constancia empírica de la existencia, no sólo de miles de millones de estrellas y galaxias, sino también de planetas externos. Lo último es que el Observatorio Europeo Austral (institución científica internacional a la que España pertenece) acaba de confirmar el descubrimiento de un nuevo sistema, formado seguramente por siete planetas, en torno a la estrella HD 10180, con algunas características parecidas a las del sistema solar, incluyendo el tamaño de uno de ellos, próximo al de la Tierra ( http://www.eso.org).
Así pues, los astros siguen enviándonos mensajes. Y casi todos van en la misma dirección: no somos nada especial. Nuestra estrella es como otros miles de millones. Nuestra galaxia es una más. Puede haber planetas parecidos al nuestro por todo el universo. Y eso hace que cada vez sea más apremiante la última pregunta: ¿estamos solos? Dada la inmensidad espacial y temporal del universo, no sería imposible que condiciones similares a las que han permitido el desarrollo de la humanidad en la Tierra se hayan dado en otros lugares. Pero al mismo tiempo ¡es tan improbable que suceda lo que sucedió aquí…! Como decía Arthur C. Clarke: “Podemos estar solos o no. Cualquiera de estos pensamientos es aterrador”. Mientras tanto, nos queda una alternativa: seguir escuchando el mensaje de los astros y aumentando nuestro conocimiento científico del universo.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
Fumar mata y la homeopatía no cura, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Durante décadas se mantuvo abierta la polémica sobre los efectos perniciosos que tiene el fumar tabaco. En la actualidad el tema no sólo está cerrado, sino que además ha dado lugar a múltiples iniciativas para proteger la salud de los ciudadanos, evitándoles la exposición involuntaria al humo, o para garantizar que el fumador adulto no pueda alegar desconocimiento sobre los perversos efectos que su vicio puede tener para su salud. El punto de inflexión entre la actitud permisiva de hace unas décadas y el furor preventivo y represivo de nuestros días hay que situarlo en una serie de pleitos que las tabaqueras perdieron gracias a la aportación de evidencias científicas contundentes sobre la relación causal entre el tabaco y diferentes enfermedades. Hoy sabemos que el tabaco mata porque los científicos lo han estudiado y sus conclusiones son incontestables.
Los científicos también han estudiado el poder curativo de la homeopatía (recomendable el monográfico de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico: http://www.arp-sapc.org/articulos/homeopatia/index.html). Y sus conclusiones también son contundentes, aunque contestadas: los remedios homeopáticos tienen la misma capacidad curativa que el placebo, es decir, ninguna específica. (Otra cosa es que las prácticas homeopáticas puedan resultar satisfactorias para un paciente que necesita consuelo, esperanza, atención: se podría hacer lo mismo y recetar bolitas de azúcar en vez de diluciones homeopáticas). La cuestión es: si somos tan precavidos al proteger a los ciudadanos del tabaco y de otras drogas porque estamos científicamente convencidos de sus peligros, ¿por qué somos tan complacientes con terapias homeopáticas científicamente injustificables?
Hay una razón: los preparados homeopáticos son tan inútiles que, salvo por accidente o error, ni siquiera pueden tener efectos secundarios perniciosos. La homeopatía no cura pero, por lo general, tampoco mata. Solo humilla a la gente manteniéndola en la ignorancia y esquilmando su bolsillo. Debería ser obligatorio imprimir una etiqueta en cada preparado homeopático: “Este preparado no tiene ningún poder curativo y es tan inútil que ni siquiera puede hacerle daño: consúmalo con razonable moderación, siéntase cómodo y pague lo que le pidan, pero abandone toda esperanza de recurrir al juzgado si no le hace nada”.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
España y los toros, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
A lo largo de los siglos las corridas de toros, en sus diversas modalidades y estadios de desarrollo, han sido objeto de polémicas intermitentes con distintos niveles de acritud. Larra, en su célebre artículo contra la fiesta (“Corridas de toros”: http://www.cervantesvirtual.com), nos recuerda cómo ha evolucionado la tauromaquia en España, a partir, parece ser, de tradiciones “moras” y siempre vinculada a los avatares de la política. En un tiempo fueron divertimento de caballeros ociosos, después festín indigno para el populacho. Hubo reyes, tan poco sospechosos de antiespañolismo como Felipe II, que prohibieron las corridas y otros que las practicaron. Hubo papas que las condenaron con penas de excomunión, y otros que las toleraron siempre que no se celebraran en domingo y que permitieran recaudar fondos para fines piadosos. Y por lo que el propio Larra cuenta, la evolución de la fiesta, hasta el momento en que él escribía (1828), no parece haber sido un ejemplo de refinamiento de la sensibilidad estética ni de la moral cívica.
Conviene recordar todo esto a quienes reclaman para los toros las credenciales de una respetable tradición milenaria, o a los que la asocian con la identidad nacional de España (o de la parte no catalana de este país). En España (en toda o en parte) siempre ha habido críticos de la fiesta, lo mismo que ha habido entusiastas.
Si algo nuevo hay en el movimiento antitaurino actual es que las razones y argumentos en los que se basa tienen más que ver con una nueva sensibilidad acerca de la naturaleza de los animales y del respeto que les debemos que con posiciones meramente políticas o ideológicas sobre la identidad de España, la naturaleza del progreso o las virtudes de la civilización cristiana. El nuevo argumento de los antitaurinos es muy simple y por eso mismo, incontestable: no hay que maltratar a los toros porque eso les hace sufrir.
Es posible que alguien piense todavía que el sufrimiento es una categoría moral, sólo aplicable a animales dotados de autoconciencia. Pero esto es un error científico, disculpable quizá hace un siglo, pero no hoy (véase, si no, Vivan los animales, de Jesús Mosterín). Superado el error, ¿qué argumento se puede dar para justificar la tortura de un animal? Lástima que este asunto tan delicado e importante se haya visto eclipsado por la torpe e hipócrita utilización del tema de los toros en la política nacionalista catalana y española.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
Ciencia con conciencia, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
La Fundación Príncipe de Asturias ha concedido uno de sus premios más prestigiosos, el de Cooperación Internacional, a la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) de España y a The Transplantation Society (TTS), una organización internacional con sede en Canadá. Ambas son un ejemplo de ciencia con conciencia. TTS ha desarrollado una intensa labor de coordinación e impulso a la medicina de trasplantes, y ha creado y difundido estándares éticos y clínicos para esta práctica médica. Gracias a ella, se han desarrollado intensas campañas mundiales contra el comercio de órganos humanos, la utilización de los órganos de condenados a muerte o el llamado “turismo de trasplantes”.
El caso español es también un buen ejemplo reconocido, con justicia, por la Fundación Príncipe de Asturias. La ONT se creó hace 30 años como un órgano centralizado del Ministerio de Sanidad para coordinar todas las intervenciones de trasplantes de órganos en España. Desde el principio, ha actuado guiada por criterios estrictos de eficiencia clínica y de dignidad ética. En la actualidad, extiende su red de coordinadores a todos los rincones de España. Cualquier donante sabe que sus órganos se aplicarán en la persona, el momento y el lugar más idóneos desde un punto de vista estrictamente clínico. Y cualquier receptor potencial sabe que sus posibilidades de acceder a un trasplante sólo dependerán de sus condiciones clínicas y sanitarias, no de otras consideraciones económicas o sociales. El resultado es que España es el país de referencia mundial en trasplantes de órganos humanos, con la tasa más alta de donaciones voluntarias y consentidas, que la Unión Europea y la OMS han recomendado a todos sus miembros que imiten el sistema español, y la propia ONT española es, de hecho, la responsable del registro mundial de donaciones y trasplantes.
En nuestro país, más de 70.000 personas se han beneficiado de algún trasplante de órganos completos en los últimos 30 años. Se lo debemos a los avances del conocimiento científico y de sus aplicaciones, a las que han contribuido de forma sobresaliente las dos instituciones ahora premiadas. Pero no se trata sólo del avance de la ciencia. Todo eso ha sido posible también porque, en este caso, ha habido una sintonía ejemplar entre el desarrollo del conocimiento científico y el de la conciencia ética. Está bien que la Fundación Príncipe de Asturias nos invite a celebrarlo.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Teoría de la Ciencia.
¿Cómo será el mundo dentro de 20 años?, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
No se trata de un acertijo ni de jugar a las profecías. A diferencia de lo que ha sucedido durante siglos en la historia de la humanidad, ahora no tenemos por qué conformarnos con intentar adivinar, conjeturar, o implorar un futuro mejor. Ahora podemos hacerlo nosotros mismos. Al menos en la medida en que el futuro estará en gran parte configurado por las aportaciones del conocimiento científico y la innovación tecnológica, las cuales dependerán, a su vez, de los retos que ahora decidamos asumir.
A esta filosofía responde la Agenda Ciudadana de Ciencia e Innovación, una iniciativa de la presidencia española de la Unión Europea, implementada por FECYT. A partir de las sugerencias de 14 personalidades que de alguna manera han contribuido a cambiarnos la vida por su actividad científica y profesional (desde Ferrán Adriá hasta Margarita Salas, para que el lector se haga una idea) se han propuesto 14 retos de carácter científico y tecnológico que podrían orientar la acción de los gobiernos en los próximos 20 años, para que los ciudadanos elijan cuál de ellos querrían conseguir antes de 2030. Como algún bloguero ya ha hecho saber, lo malo de esto es que a casi todo el mundo le gustaría que se cumplieran los 14. Pero el juego está en saber cuáles son los más importantes. Por el momento el reto más valorado es el de mejorar los sistemas de almacenamiento de energía eléctrica, propuesto por Paulina Beato.
Más allá de los resultados concretos de esta iniciativa, que podemos seguir on line hasta el 26 de mayo, el hecho mismo de haberla puesto en marcha constituye un bonito experimento en un campo, el de la participación pública en la ciencia y la tecnología, en el que necesitamos un gran esfuerzo de innovación social y política. Si el experimento sale bien, no será el último. Y eso será una buena noticia.
Si hace 20 años hubiéramos votado qué tipo de tecnologías nos hubiera gustado tener hoy, es posible que ahora estuviéramos más cómodos en el mundo que habitamos. Pero éste es justamente el reto que tenemos por delante para los próximos 20 años: decidir cómo queremos que sea entonces nuestra vida y la de nuestros hijos. Yo me apunto a ciudades más habitables (propuesto por Foster), órganos artificiales para trasplantes (Rafael Mastesanz) y medicina personalizada gracias a la genética (Margarita Salas). ¿Y usted? Puede dar su opinión en http://www.reto2030.eu.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
La ciencia y la izquierda, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Noam Chomsky suele criticar a los intelectuales postmodernos de nuestra época, porque han abandonado el espíritu de la Ilustración y no creen en el valor objetivo del conocimiento científico; y los contrapone a los intelectuales de la izquierda tradicional, que “procuraban compensar el carácter clasista de las instituciones culturales mediante programas educativos para los trabajadores, o escribiendo libros de gran éxito sobre matemáticas, física y otros temas científicos dirigidos al gran público”. Recientemente, Alan Sokal ha recuperado estas críticas de Chomsky en un brillante alegato de izquierdas en favor de la racionalidad.
De hecho, nos estamos acostumbrado a ver la ciencia y la tecnología como parte del sistema social y económico y a meter en el mismo saco las injusticias del sistema capitalista, el expolio de recursos naturales y el calentamiento global junto con el conocimiento científico, el desarrollo tecnológico y el imperativo económico de la innovación. Así que cada vez parece más natural la idea –completamente ajena, en realidad, a la tradición de la izquierda– de que la ciencia y la innovación son asuntos de los que ya se ocupan los guardianes del sistema y a los que no merece la pena que preste más atención el pensamiento progresista.
Craso error. La ciencia sigue siendo uno de los pocos productos de la civilización que lleva en su propia estructura el germen de la emancipación. Es cierto que el conocimiento científico puede servir a la guerra y al capitalismo depredador. Pero también sirve para combatir la enfermedad y la pobreza, la desigualdad y la opresión. Además el conocimiento científico no conoce fronteras, sólo sobrevive en medios culturales estimulantes y abiertos y tiene vocación de difusión universal. Aunque sólo fuera por eso, la ciencia debe seguir siendo una parte esencial del patrimonio de la izquierda.
Pero hay algo más. La ciencia y la tecnología no crecen y se desarrollan solas. Cada paso en una u otra dirección se da porque alguien ha tomado decisiones para orientar el proceso de acuerdo con intereses particulares o públicos, ocultos o transparentes, egoístas o solidarios. La discusión de la nueva Ley de la Ciencia puede ser una buena ocasión para poner a prueba el compromiso de la izquierda de nuestro país en este campo. Para empezar, el Gobierno haría bien en abrir el debate sobre el futuro de la ciencia y la innovación a un público amplio, interesado e informado.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
La Ley y el Pacto por la Ciencia, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Después de poco más de un año desde que se anunció el primer borrador de Ley de la Ciencia, la ministra Garmedia ha presentado su nuevo proyecto. El tiempo transcurrido ha servido para que el Gobierno inicie la tramitación de la la Ley de Economía Sostenible, que ofrece cobertura “filosófica” a la nueva política científica, y para que diferentes agentes sociales, políticos e institucionales hayan podido digerir mejor algunas de las novedades que presenta el proyecto.
Tiempo habrá para entrar en detalles y participar en debates que seguramente surgirán a lo largo del proceso de discusión parlamentaria y de negociación social. Por el momento comentaremos sólo un par de rasgos reseñables del actual borrador.
El primero es que con él se consolida una apuesta sistemática y contundente por la integración de las políticas tradicionales de ciencia y tecnología con las políticas más novedosas orientadas a la innovación. Llevamos años quejándonos de que nuestro sistema científico no logra alimentar con suficiente eficacia los procesos de innovación que constituyen la fuente principal de competitividad económica. Lo nuevo es que, por primera vez, se contemplan de forma sistemática, en una sola ley y bajo la dirección de un único ministerio, todos los aspectos de estas políticas, desde la gestión de subvenciones para la investigación básica hasta la planificación de las ayudas e incentivos para la incorporación de tecnología en las empresas; o la apertura de nuevos cauces para la colaboración entre el sector científico y el empresarial. Si la ley tiene éxito en su apuesta, dentro de muchos años seguiremos celebrando el salto cualitativo que sin duda habrá dado nuestro país en este campo.
También creo que debe resaltarse la contundencia con que se aborda en el proyecto de ley el problema de la carrera científica y la situación precaria de muchos de nuestros investigadores más jóvenes, con una fórmula simple y audaz. En primer lugar, los científicos en formación predoctorales tendrán un contrato laboral desde el primer año. En segundo lugar, los científicos posdoctorales tendrán un contrato indefinido desde el primer momento, pero la evaluación que les hagan a los cinco años podrá ser motivo de despido, si no alcanzan el nivel de rendimiento adecuado. Por último, la ley anuncia una serie de medias que facilitarán el acceso a los diferentes niveles y escalas de técnicos e investigadores de los Organismos Públicos y las Universidades, potenciando la movilidad entre ellos. Costará adaptar los esquemas tradicionales a la nueva estructura y habrá que vigilar que la evaluación del rendimiento de los científicos se haga con criterios rigurosos y objetivos. Pero, si se logra, la carrera científica empezará a ser mucho más atractiva en España.
¿Problemas pendientes? Muchos, sin duda. Y habrá que hablar de ellos. Pero creo que no va a ser fácil, en esta ocasión, que las fuerzas políticas puedan eludir un gran pacto por la ciencia que permita no sólo sacar adelante una ley absolutamente necesaria, sino hacerlo además con un amplio consenso social que le garantice una vigencia al menos tan duradera y sólida como la de la anterior Ley de la Ciencia, en vigor desde 1986.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
No en mi patio trasero, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Hay muchas razones para desear que no instalen un Almacén Temporal Centralizado (ATC) de residuos nucleares en el patio trasero de tu casa. Por ejemplo, prefieres dedicar tu patio a cultivar flores. Así que, si estás en esa situación, es comprensible que prefieras que tus concejales no se apunten a la carrera por conseguir el ATC, por la misma razón que te opondrías a la instalación de una batería de aerogeneradores: no quieres que te alteren el entorno. Y si lo hacen, tienes derecho a negociar compensaciones. También puedes oponerte al almacén de residuos porque crees que es altamente peligroso, o simplemente porque eres antinuclear. Las tres opciones son legítimas, aunque la más racional es la primera (sopesar las compensaciones, con información adecuada). La segunda se basa en información, en mi opinión, errónea; y la tercera es inconsistente: si eres antinuclear deberías ayudar a resolver el problema del almacenamiento de residuos.
Estas reflexiones deben haber sido muy comunes entre los vecinos de los municipios que se han planteado presentar su candidatura para acoger el ATC. Todos los que han participado en el proceso merecen respeto. En esto España ha mejorado mucho. Durante años ha sido imposible dar una respuesta adecuada al problema del almacenamiento de los residuos de las centrales nucleares y en cambio ahora, por primera vez, se vislumbra una solución eficiente, segura y consensuada. Sin embargo, aún quedan rastros de irracionalidad en el proceso de decisión colectiva sobre estos temas.
En primer lugar, hay un conflicto entre la política de compensaciones económicas y la gestión correcta de la información científica para hacerla accesible a los ciudadanos. Ciertamente las compensaciones pueden ayudar a que se tomen decisiones con criterios racionales. Pero también contribuyen a complicar la situación. El argumento más obvio reza así: a falta de otra información, si las compensaciones son tan altas debe ser que el riesgo que se asume es muy serio. Sin embargo, esto no es cierto: la probabilidad de que el ATC cause la muerte de una persona por contaminación radiactiva es, sin duda, menor que la de que esa persona muera atropellada por un tractor agrícola. La importancia de las compensaciones no tiene nada que ver con la gravedad del riesgo real, sino con el riesgo imaginado, que es muy alto precisamente porque no se utiliza de forma adecuada la información científica relevante.
En segundo lugar, resulta impresentable la frivolidad con la que casi todas las fuerzas políticas han afrontado este proceso. Partidos que defienden la energía nuclear amenazan a sus ediles si participan en un concurso abierto que esos mismos partidos reclamaron que se pusiera en marcha. Presidentes de comunidad autónoma, relevantes personalidades del partido gobernante, que podrían alardear de estar contribuyendo a solventar un problema importante para toda España, aducen ahora cuotas de solidaridad territorial (solidaridad ¿frente a qué?) para escurrir el bulto.
Tenemos derecho a rechazar un ATC en nuestro patio trasero, pero por favor, que sea sin hipocresía, con buenas maneras, información adecuada y razones dignas.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
La revolución digital, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Los primeros que apostaron claramente por lo que ahora llamamos sociedad de la información fueron algunos intelectuales marxistas que, en los años sesenta del siglo pasado, analizaron lo que entonces llamaban la revolución científico-técnica. De aquella época es La civilización en la encrucijada, una obra colectiva dirigida por Radovan Richta dedicada a examinar las consecuencias que la automatización de la producción industrial debía tener sobre la organización del trabajo, el desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo y el advenimiento de una sociedad sin clases. Duró poco la utopía: los tanques soviéticos se encargaron de borrarla por las calles de Praga en la primavera del 68.
Pero los ecos de aquella idea de la revolución científico-técnica resuenan desde entonces en los discursos sobre la revolución digital y la sociedad de la información. Hay quien ya piensa que la libre descarga de música, películas o libros en Internet es una manifestación palpable del advenimiento de una sociedad igualitaria. Aunque en el bando contrario nos encontramos también con algunas de las otrora llamadas fuerzas de la cultura y de las ahora conocidas como multinacionales del entretenimiento que, para perseguir la piratería digital, estarían dispuestas a imponer un canon hasta para la lectura de libros en las bibliotecas.
Lo primero que deberíamos reconocer es que los cambios tecnológicos a los que asistimos son realmente extraordinarios y, por lo tanto, nadie tiene respuestas definitivas para los nuevos problemas. Así que no tenemos más remedio que ir tanteando y ensayando soluciones. Algunos de esos ensayos, por cierto, están teniendo éxito e implicaciones sociales esperanzadoras: el software de código abierto, las licencias copyleft y la cooperación intelectual, anónima y desinteresada de la Wikipedia, por ejemplo.
Lo segundo es que, en cualquier caso, las soluciones que ensayemos deben partir del reconocimiento de que el creador tiene derecho a intentar vivir libremente de sus creaciones, lo que significa que la propiedad intelectual debe ser protegida de alguna forma (respetuosa con las intenciones del creador) y la piratería digital perseguida por la ley de forma eficaz, pero proporcionada y sensata, claro está.
La tercera consideración es que no debemos empeñarnos en encerrar los nuevos vinos en los odres viejos. Las tecnologías digitales no sólo amplían las posibilidades creativas, sino también los formatos de distribución, uso y disfrute de las obras del espíritu. La vieja amalgama de los contenidos culturales con sus soportes físicos se ha roto para siempre y ahora deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en sacar las consecuencias de esa ruptura para la renovación de la industria cultural.
Las tecnologías nos permiten hacer cosas nuevas, pero la forma como nos organicemos socialmente para gestionarlas no viene impuesta por ellas, sino que depende de lo que nosotros seamos capaces de imaginar y conseguir. La revolución científico-técnica no fue suficiente para preservar la primavera de Praga y ahora ya deberíamos saber que la revolución digital no es la revolución, aunque tampoco permite que las cosas se queden como están.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
Cultura de la innovación, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
Muchos economistas, gestores y políticos tienen tendencia a pensar que manejando las variables económicas de un sistema social se consigue, de forma casi automática, cualquier resultado que se considere deseable. Por ejemplo: la abundancia de crédito genera inversión y anima el consumo, esto hace crecer el PIB y, como consecuencia, se genera empleo. Así que todo es muy sencillo: si nos preocupa el empleo, facilitemos dinero a los bancos para que aumente el crédito y esperemos los resultados. Con la crisis actual aparecen nuevas recetas, igualmente simples. Por ejemplo: en una economía basada en el conocimiento, la fuente más importante de la competitividad es la innovación, así que invirtamos en innovación y esperemos resultados.
El problema es que la innovación no es un proceso simple, cuyo flujo se pueda controlar en términos de variables económicas. Se parece más a un proceso de carácter social y cultural cuya gestión requiere intervenciones sistémicas complejas.
Un ejemplo. En un periódico local de Salamanca aparece una noticia referida a un proyecto de investigación para encapsular células madre y controlar su liberación en el organismo. El proyecto es liderado por una joven ingeniera química, Eva Martín, investigadora contratada gracias al programa Ramón y Cajal. Un turista que pasaba por allí (literalmente) lee la noticia y se pone en contacto con la agencia regional que la había emitido (Agencia Dicyt: htpp://www.dicyt.es) y con la investigadora. El turista es un empresario brasileño que desea explorar las posibilidades de utilizar la técnica del encapsulado de fármacos para fabricar prendas de vestir que emitan sustancias hidratantes. Se produce el flechazo y al cabo de un tiempo (menos de dos años) tenemos una innovación en la empresa Golden Quimica de Brasil que incorpora una tecnología derivada de una investigación en una universidad española; y desde entonces continúa la colaboración entre la universidad y la empresa con nuevos proyectos.
¿Qué tipo de políticas habría que adoptar para maximizar las probabilidades de que se produzcan casos parecidos a este? Casi todas son políticas culturales en un sentido amplio. Para empezar, hay que facilitar que haya universidades competitivas con equipos de investigación activos, eficientes, jóvenes y audaces. Además hay que fomentar el interés de los jóvenes investigadores por la innovación. Pero no es suficiente: es preciso que las actividades científicas y tecnológicas de los pequeños grupos que trabajan en el último rincón del país tengan acceso a canales de información que les permitan llegar no sólo a colegas de todo el mundo, a través de revistas especializadas, sino también a las empresas y a los ciudadanos. Para ello es preciso que existan instrumentos que faciliten la difusión de esa información (oficinas de prensa, agencias de noticias científicas), y que los medios se interesen por la cultura científica que se genera cada día en decenas de laboratorios ubicados en su entorno inmediato.
Es, como se ve, algo más complicado que simplemente invertir en innovación: es política cultural, pero de cultura científica y de la innovación.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
El retorno al Edén, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público
En Copenhague se ha iniciado la última etapa de un largo viaje cuyo destino final es recuperar el Edén, es decir, recuperar el dominio de la humanidad sobre el planeta Tierra, pero no para seguir esquilmándolo y explotándolo de forma despiadada, sino para cuidar de él, preservarlo de nuestros propios desmanes y hacerlo habitable para las generaciones futuras.
La cumbre del clima ha sido un fracaso para quienes iniciaron el viaje hace muchos años y esperaban llegar en Copenhague a la última estación. Pero entre ellos no estaban ni Estados Unidos ni muchos países en desarrollo, ni sobre todo los grandes países llamados emergentes. Ahora están. Es cierto que el acuerdo es débil, timorato y ambiguo, pero es la primera vez que estamos todos al pie de firma y que todas las naciones reconocen que hay que ponerse manos a la obra: limitar las emisiones de gases de efecto invernadero, contener el calentamiento global en límites soportables y compensar a los países en desarrollo transfiriendo fondos y tecnología y establecer sistemas internacionales de información y seguimiento de emisiones.
Falta mucho por hacer, pero menos que antes de Copenhague. Y es cierto que las expectativas eran muy superiores, pero quizá no fueran tan realistas. Recordemos: todavía hay movimientos ideológicos y políticos que prefieren dar la espalda al conocimiento científico y ningunear el cambio climático. Pues bien, ninguno de los líderes políticos del mundo actual, todos ellos presentes en Copenhague, se ha permitido el lujo de alardear de posturas negacionistas. El negacionismo no vende, y ya no venderá más. A partir de ahora, los climatólogos podrán dedicarse a trabajar en vez de tener que emplear sus energías en pelear con charlatanes. Y es posible que las empresas de energía se dediquen a encontrar nuevos negocios con energías limpias, en vez de justificarse poniendo en duda la evidencia científica.
Es cierto también que la cumbre ha sido bastante caótica en términos organizativos. Si se invita a miles de representantes de la sociedad civil para que presionen a los gobernantes, luego no se les puede echar de la reunión con la excusa de que los gobernantes necesitan tranquilidad para llegar a acuerdos. La participación social es esencial para el progreso de la democracia mundial, pero nos falta mucho que aprender para hacer esto compatible con la gobernanza efectiva de la nave Tierra. También en esto Copenhague dejará huella: ha sido un experimento social del que podemos aprender cómo hacer las cosas un poco mejor la próxima vez.
Por lo demás, es hora también de que los europeos nos sintamos orgullosos, a pesar del desaire final que nuestros gobernantes han sufrido. En términos prácticos, todo el movimiento mundial contra el cambio climático está siendo liderado, en gran parte, por Europa. Aunque creo que con ello sólo estamos haciendo lo debido: pagar la deuda contraída con el resto del mundo por haber utilizado de forma tan desaforada los recursos de la ciencia y la tecnología para esquilmar el planeta. Unos recursos que ahora debemos poner a disposición de todo el mundo para hacer el viaje de vuelta al paraíso perdido.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.
