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Especulación, sí; conspiración, no, de Miguel Jiménez en El País
Mientras la vicepresidenta económica desembarcaba ayer en la redacción del Financial Times para tratar de ganarse el favor de sus líderes de opinión, el blog más destacado de la publicación británica llamaba al Gobierno español, y más concretamente al ministro de Fomento, “paranoico”. El blog Alphaville se hacía eco de las declaraciones de Blanco a la Cadena SER de ayer por la mañana, en que denunciaba una especie de conspiración internacional contra el euro, al que atacaban por los flancos más débiles.
“Nada de lo que está ocurriendo en el mundo, incluidos los editoriales de periódicos extranjeros, es casual o inocente”, dijo Blanco, según el cual ese “ataque al euro” es fruto de “maniobras un tanto turbias” por parte de los “especuladores financieros”, los mismos que “originaron la crisis” que, “ahora que estamos saliendo de la crisis, no quieren que se regulen los mercados para así poder volver a hacer de las suyas”.
Quizá Blanco lo expusiese con más crudeza (o con más torpeza) que otros miembros del Gobierno, pero son varios los ministros que comparten esa idea y -en cierto grado- el propio presidente la abona.
Que hay especulación es un hecho, y eso es inherente a los mercados financieros. Los datos de contratos de opciones y futuros del mercado de Chicago muestran que las apuestas contra el euro han alcanzado niveles récord. Pero frente a esa realidad, hay dos posibles respuestas.
Una es la que abraza Blanco, la teoría de la conspiración. Algunos subrayan en privado incluso el hecho de que el ex presidente del Gobierno, José María Aznar, sea consejero de News Corporation, el conglomerado de Rupert Murdoch que edita The Wall Street Journal, la publicación económica de mayor tirada. Por más que ese medio y muchos otros, Financial Times incluido, cometan en ocasiones errores de bulto que puedan perjudicar a un país (que se lo digan a Grecia, con el reciente episodio sobre las supuestas negociaciones para colocar deuda pública al Gobierno chino), ese camino es erróneo. Resulta casi ridículo tratar de ver una conjura mundial de los inversores, los economistas (Krugman, tan querido por el Gobierno, incluido) y los periódicos para tumbar el euro atacando a España. Incluso aunque los mercados estén equivocados, esa forma de negación de la realidad no hace más que restar credibilidad.
La otra forma de combatir es la que protagonizó ayer el secretario de Estado de economía, José Manuel Campa. Quienes le escucharon aseguran que estuvo brillante, se expresó en perfecto inglés, reconoció las debilidades de la economía española y prometió remedio a los problemas. Expuso cifras, datos, argumentos y comparaciones. Nadie le oyó hablar de conspiración. Le preguntaron por los mercados, sí, pero su respuesta fue más suave y, a la vez, más inteligente. Los mercados con frecuencia reaccionan con exageración en el corto plazo, pero a medio y largo plazo reencuentran el equilibrio, argumentó. La deuda española no va a seguir siendo castigada con dureza si se generaliza la impresión de que no hay motivo para ello. Pero para lograrlo de poco sirve denunciar conspiraciones. Valen más los hechos y los argumentos.
Una tarde de economía, de Miguel Jiménez en El País
Los males del presupuesto que defendió ayer Salgado son conocidos. Menos inversión en I+D+i e infraestructuras, más gasto corriente y unos cálculos de ingresos muy optimistas. Tras los irritantes bandazos y mensajes demagógicos del Gobierno durante su preparación, la vicepresidenta se esforzó ayer, sin mucha fortuna, en revestirlos de coherencia. Su argumentación flaqueaba en lo relativo al cambio de modelo y a la retirada de estímulos fiscales.
Rajoy, mientras, mostró que no le vendrían mal un par de tardes con Rato aprendiendo economía. Desde decir que la hostelería es un sector exportador a proclamar una relación causa-efecto entre el acierto en las previsiones del Gobierno y la evolución de la recaudación, el líder del PP patinó varias veces en lo conceptual y abusó de las cifras hasta casi enredarse. Sí estuvo inspirado en la segunda réplica ante las facilidades que le dio Salgado. Por ejemplo, al decir que para Rajoy no había habido crisis económica (olvidando la palabra internacional). O al acusar al líder del PP de resultar “previsible”, lo que puso en bandeja a Rajoy lamentarse de que el presidente sea todo lo contrario: imprevisible.
La retórica tal vez le dio una ajustada victoria a los puntos, pero Rajoy, como le afeó la vicepresidenta, no puso encima de la mesa ni una sola idea o propuesta. Su crítica demoledora de la política económica del Gobierno empieza a perder eficacia cuando suena a mil veces escuchada, así que quizá era momento de algo más que dar, como única receta, la confianza. No sólo es que lo diga el líder político que, según las encuestas, menos confianza genera. Sino que, además, como sostenía Aristóteles, los discursos inspiran menos confianza que las acciones. Y el tono duro, implacable, de Rajoy frente al Gobierno, contrasta con la incapacidad o falta de carácter para gestionar los problemas de su propio partido.
Una subida hacia abajo, de Miguel Jiménez en El País
En estos días son legión los economistas dispuestos a tildar de ignorantes a quien ose hablar de deflación. Deberían empezar por los académicos de la lengua, que en su diccionario la definen como un “descenso del nivel de precios debido, generalmente, a una fase de depresión económica o a otras causas”. Aunque la marcha de la economía sea algo deprimente, podemos admitir que no estamos en una depresión. Pero, a menos que la caída de precios se considere divina -incausada- parece claro que debe responder a “otras causas”. Luego tenemos deflación.
“Desde una perspectiva analítica rigurosa, el concepto de deflación sólo se aplica al fenómeno de una caída generalizada y prolongada de los precios”, señalaba el Banco de España en su último boletín económico. O, dicho de otra forma, ¿qué sabrán los académicos de economía?
Algo sí debe saber el FMI, que en uno de los estudios más completos sobre la materia, supervisado por Kenneth Rogoff en 2003, sostenía que la deflación es “una caída sostenida en un índice agregado de precios como el índice de precios al consumo (IPC) o el deflactor del PIB”. Y añadía: “Uno o dos trimestres de caídas de precios, aunque técnicamente constituyan deflación, no serían preocupantes”. Vaya, pues aquí la tasa anual del IPC lleva ya tres meses en negativo (y le faltan al menos otros tantos). Y parece que eso es económicamente prolongado para el FMI.
¿Y generalizada? Veamos la definición de Bernanke, al que tampoco cabe considerar muy ignorante: deflación es “una caída general de precios, con énfasis en la palabra ‘general”. Pero, bueno, ¿cómo de general? Pues según el actual presidente de la Reserva Federal, la “deflación per se ocurre cuando índices de precios de base amplia como el índice de precios al consumo registran caídas sucesivas”. Vaya, pues lo que cae aquí es eso, un índice de base amplia.
¿Sólo por el petróleo? Pues va a ser que no. Bajan los precios de los zapatos, de la ropa de hombre, mujer y niño; de los coches, frigoríficos y lavadoras; de los juguetes y los medicamentos; del pan, la leche, el aceite, el pollo y el pescado, y no digamos de los teléfonos, ordenadores, equipos de sonido y fotografía. Así, más de una treintena de subclases cuyo peso en el IPC cuadruplica al de los productos energéticos. Y eso con datos de abril, cuando la caída de los precios era del 0,2%, y no del 0,8%.
Si esto no es deflación -por el efecto base-, se le parece bastante. Algunos usan “desinflación”, una palabra que, dejando de lado el pequeño detalle de que no exista, se refiere en puridad a una reducción del ritmo al que los precios suben, pero sin llegar a caer. Y otros rizan el rizo y para esquivar la deflación, hablan de inflación negativa. O, lo que es lo mismo, de una subida hacia abajo.
