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Aplacar a los dioses de los bonos, de Paul Krugman en Negocios en El País
Cuando veo lo que en la actualidad se hace pasar por una política económica responsable, siempre me viene a la mente una analogía. Sé que es exagerada pero, de todas formas, ahí va: la élite política -gobernadores de bancos centrales, ministros de Economía, políticos que adoptan la pose de defensores de la virtud fiscal- se comporta como los sacerdotes de un culto antiguo, y nos exige que llevemos a cabo sacrificios humanos para aplacar la ira de unos dioses invisibles.
Vale, ya les he dicho que era exagerada, pero tengan un minuto de paciencia conmigo.
A finales del año pasado, la opinión general en materia de política económica dio un brusco giro a la derecha. A pesar de que las principales economías del mundo apenas habían empezado a recuperarse, a pesar de que el desempleo seguía estando tremendamente alto en gran parte de EE UU y Europa, crear puestos de trabajo dejó de formar parte del programa. Nos decían que, en vez de eso, los Gobiernos tenían que centrar toda su atención en reducir los déficits presupuestarios.
Los escépticos señalaban que recortar drásticamente el gasto en una economía deprimida no contribuye mucho a mejorar las perspectivas presupuestarias a largo plazo, y que, de hecho, podría empeorarlas aún más al desacelerar el crecimiento económico. Pero los apóstoles de la austeridad (llamados en ocasiones austerianos) descartaban cualquier intento de hacer números. Da igual lo que digan las cifras, declaraban: era necesario recortar el gasto de inmediato para mantener a raya a los vigilantes de los bonos, inversores que cortarían el grifo a los Gobiernos despilfarradores aumentando los costes de sus préstamos y precipitando una crisis. Fíjense en Grecia, decían.
Los escépticos replicaban que Grecia es un caso especial, al estar atrapada por su uso del euro, que la condena a años de deflación y estancamiento haga lo que haga. Los tipos de interés que pagan los países más importantes con una divisa propia (no solo EE UU, sino también Reino Unido y Japón) no mostraban ningún signo de que los vigilantes de los bonos estuvieran a punto de atacar, y ni siquiera de que existieran.
Esperen y verán, aseguraban los austerianos: puede que los vigilantes de los bonos sean invisibles, pero hay que temerles de todas formas.
Este razonamiento resultaba extraño incluso hace unos meses, cuando el Gobierno estadounidense podía pedir créditos a 10 años a menos de un 4% de interés. Nos decían que era necesario renunciar a la creación de empleo, hacer sufrir a millones de trabajadores, con el fin de satisfacer unas exigencias que los inversores en realidad no estaban haciendo pero que los austerianos aseguraban que harían en el futuro.
Pero el razonamiento se ha vuelto aún más extraño últimamente, cuando ha quedado claro que a los inversores no les preocupan los déficits; les preocupan el estancamiento y la deflación. Y han estado manifestando esa preocupación reduciendo los tipos de interés de la deuda de los países más importantes en lugar de aumentándolos. Hace unos días, el tipo de interés de los bonos estadounidenses a 10 años era solo del 2,58%.
Entonces, ¿cómo se enfrentan los austerianos a la realidad de unos tipos de interés que caen en picado en lugar de ponerse por las nubes? La última moda es declarar que hay una burbuja en el mercado de bonos: no es que a los inversores les preocupe realmente la debilidad de la economía, sino que se les está yendo la mano. Resulta difícil expresar lo descarado que es este razonamiento: primero nos decían que debíamos hacer caso omiso de los fundamentos económicos y obedecer en cambio los dictados de los mercados financieros; ahora se nos dice que hagamos caso omiso de lo que esos mercados están diciendo realmente porque están confusos.
Ahora entenderán por qué termino pensando en cultos extraños y salvajes que exigen sacrificios humanos para aplacar a fuerzas invisibles.
Y sí, estamos hablando de sacrificios. Cualquiera que ponga en duda el sufrimiento causado por el recorte del gasto en una economía débil debería fijarse en los efectos catastróficos que han tenido los programas de austeridad en Grecia e Irlanda.
A lo mejor esos países no tenían elección, aunque vale la pena señalar que todo el sufrimiento que se ha infligido a sus ciudadanos no parece haber contribuido a mejorar la confianza de los inversores en sus Gobiernos.
Pero en EE UU sí que tenemos elección. Los mercados no están exigiendo que renunciemos a la creación de empleo. Por el contrario, parecen preocupados por la falta de acción; por el hecho de que, como dijo la semana pasada Bill Gross, fundador de Pimco, el gigante de los fondos de bonos, nos “aproximamos a un callejón sin salida de estímulos” que, según advierte, “se ralentizarán hasta avanzar a paso de tortuga, incapaces de proporcionar un crecimiento de empleo suficiente”.
Teniendo en cuenta todo esto, parece casi superfluo mencionar el último insulto: muchos de los austerianos más alborotadores son, cómo no, unos hipócritas. Fíjense, en concreto, en la rapidez con la que los republicanos perdieron el interés por el déficit presupuestario cuando se les desafió alegando el coste de mantener las subvenciones fiscales para los ricos. Pero eso no les impedirá seguir haciéndose pasar por halcones del déficit siempre que alguien proponga hacer algo para ayudar a los desempleados.
Así que aquí va la pregunta que acabo haciéndome: ¿qué hay que hacer para poner fin al dominio que tiene este cruel culto sobre las mentes de la élite política? ¿Cuándo volveremos, si es que volvemos algún día, a la labor de reconstruir la economía?
Paul Krugman es profesor de economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
Atacar a la Seguridad Social, de Paul Krugman en Negocios de El País
La Seguridad Social cumplió 75 años la semana pasada. Debería haber sido una ocasión alegre, una fecha para celebrar un programa que ha aportado dignidad y decencia a la vida de los estadounidenses de más edad. Pero el programa está siendo atacado, y al asalto se han unido algunos demócratas y casi todos los republicanos. Cuentan los rumores que la comisión antidéficit del presidente Obama podría solicitar un profundo recorte de las prestaciones y, más concretamente, un fuerte aumento de la edad de jubilación.
Los que atacan a la Seguridad Social (SS) afirman que les preocupa el futuro financiero del programa. Pero sus números no cuadran y en realidad su hostilidad no tiene nada que ver con dólares y céntimos, sino más bien con ideología y posicionamientos. Y lo que hay bajo todo ello es ignorancia o indiferencia hacia la realidad de la vida para muchos estadounidenses.
Respecto a los números: legalmente, la SS tiene su propia financiación específica, a través del impuesto único. Pero también forma parte del presupuesto general federal. Esta doble contabilidad significa que hay dos formas en las que la SS podría enfrentarse a problemas financieros. La primera es que la financiación específica resulte insuficiente, lo que obligaría al programa bien a recortar las prestaciones o bien a acudir al Congreso en busca de ayuda. La segunda es que los costes de la Seguridad Social acaben siendo insoportables para el presupuesto federal en su conjunto.
Pero ninguno de estos dos problemas en potencia supone un peligro claro y actual. La Seguridad Social ha registrado superávits durante los últimos 25 años, acumulando esos beneficios en una cuenta especial denominada fondo de fideicomiso. El programa no tendrá que solicitar ayuda al Congreso ni reducir las prestaciones hasta que, o a menos que, el fondo se haya agotado, cosa que los actuarios del programa no prevén que suceda hasta 2037, y, según sus cálculos, hay muchas probabilidades de que ese día no llegue nunca.
Entretanto, una población envejecida acabará induciendo -a lo largo de los próximos 20 años- una subida del coste de pagar las prestaciones de la SS desde el actual 4,8% del PIB hasta cerca de un 6%. Para que se hagan una idea, esta subida es significativamente menor que el aumento en el gasto de defensa desde 2001, algo que Washington no consideró ni mucho menos una crisis, y ni siquiera una razón para replantearse algunas de las rebajas fiscales de Bush.
Entonces, ¿a qué se deben esas aseveraciones de crisis? Se basan en gran medida en una contabilidad de mala fe. En concreto, se basan en un juego del trilero en el que los superávits que la SS ha estado registrando durante un cuarto de siglo no cuentan (porque, en fin, el programa no tiene una existencia independiente; no es más que una parte del presupuesto general federal), mientras que los futuros déficits de la Seguridad Social son inaceptables porque, bueno, el programa tiene que sostenerse por sí solo.
Sería fácil descartar este timo de la estampita como un completo disparate, excepto por una cosa: muchas personas influyentes, entre ellas Alan Simpson, copresidente de la comisión antidéficit del presidente, están vendiendo este disparate. Y después de haberse inventado una crisis, ¿qué quieren hacer los asaltantes de la SS? No proponen recortar las prestaciones a los jubilados actuales; en lugar de eso, el plan es invariablemente recortar las prestaciones que se pagarán dentro de muchos años. Así que plantéenselo de esta manera: para evitar la posibilidad de que se produzcan futuros recortes de las prestaciones debemos recortar las prestaciones futuras. Estupendo.
¿Qué es lo que realmente está pasando aquí? Los conservadores odian la Seguridad Social por razones ideológicas: su éxito menoscaba su afirmación de que el Gobierno es siempre el problema, nunca la solución. Pero reciben un apoyo crucial de los enterados de Washington, para quienes una voluntad declarada de recortar la SS ha servido durante mucho tiempo como insignia de la seriedad fiscal, independientemente de la aritmética. Y ningún ala de la coalición anti-Seguridad Social parece conocer o preocuparse por las penalidades que sus propuestas favoritas causarían.
Esta idea tan de moda de aumentar la edad de jubilación aún más de lo que aumentará conforme a la ley vigente -ya ha pasado de los 65 a los 66, está previsto que suba hasta los 67 y algunos proponen ahora que llegue hasta los 70- suele justificarse con afirmaciones de que la esperanza de vida ha aumentado, de modo que la gente puede fácilmente trabajar más años de su vida. Pero eso solo es cierto en el caso de los administrativos, la gente que menos necesita la Seguridad Social. No me refiero únicamente al hecho de que es mucho más fácil verse trabajando hasta los 70 años si se tiene un cómodo puesto de oficina que si uno se dedica a un trabajo físico. EE UU se está convirtiendo en una sociedad cada vez más desigual, y las crecientes disparidades se extienden a cuestiones de vida y muerte. La esperanza de vida a la edad de 65 años ha aumentado mucho en los escalafones más altos del reparto de la renta, pero mucho menos para los trabajadores con rentas más bajas. Y recuerden, la actual legislación ya prevé un aumento de la edad de jubilación.
De modo que repelamos este injusto y -para qué andarnos con rodeos- cruel ataque contra los trabajadores estadounidenses. Los grandes recortes de la Seguridad Social no deben estar sobre el tapete.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
©2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
EE UU se sume en la oscuridad, de Paul Krugman en Negocios de El País
Las luces se apagan en todo EE UU, literalmente. La ciudad de Colorado Springs ha copado los titulares con su intento desesperado por ahorrar dinero apagando un tercio de sus farolas, pero están ocurriendo o barajándose cosas similares en todo el país, desde Filadelfia hasta Fresno.
Entretanto, un país que en su día asombró al mundo con sus visionarias inversiones en transportes, desde el canal de Erie hasta el sistema de autopistas interestatales, ahora se halla en un proceso de despavimentado: en varios Estados, los Gobiernos locales están destruyendo carreteras que ya no pueden permitirse mantener y reduciéndolas a grava.
Y una nación que antaño valoraba la educación, que fue una de las primeras en ofrecer escolarización básica a todos sus niños, ahora está haciendo recortes. Los profesores están siendo despedidos, y los programas, cancelados. En Hawai, hasta el curso escolar se está acortando de manera drástica. Y todo apunta a que en el futuro se producirán todavía más ajustes.
Nos dicen que no tenemos elección, que las funciones gubernamentales básicas -servicios esenciales que se han proporcionado durante generaciones- ya no son viables. Y es cierto que los Gobiernos estatales y locales, duramente azotados por la recesión, están faltos de fondos. Pero no lo estarían tanto si sus políticos estuvieran dispuestos a considerar al menos algunas subidas de impuestos.
Y en el Gobierno federal, que puede vender bonos a largo plazo protegidos contra la inflación con un tipo de interés de solo el 1,04%, no escasea el dinero en absoluto. Podría y debería ofrecer ayuda a los Gobiernos locales y proteger el futuro de nuestras infraestructuras y de nuestros hijos.
Pero Washington está prestando ayuda con cuentagotas, y hasta eso lo hace a regañadientes. Debemos dar prioridad a la reducción del déficit, dicen los republicanos y los demócratas centristas. Y luego, casi a renglón seguido, afirman que debemos mantener las subvenciones fiscales para los muy adinerados, lo cual tendrá un coste presupuestario de 700.000 millones de dólares durante la próxima década.
En la práctica, buena parte de nuestra clase política está demostrando cuáles son sus prioridades: cuando se les da a elegir entre pedir que el 2% de los estadounidenses más acaudalados vuelvan a pagar los mismos impuestos que durante la expansión de la era Clinton o permitir que se derrumben los cimientos de la nación -de manera literal en el caso de las carreteras y figurada en el de la educación-, se decantan por esto último.
Es una decisión desastrosa tanto a corto como a largo plazo. A corto plazo, esos recortes estatales y locales suponen un pesado lastre para la economía y perpetúan el desempleo, que es devastadoramente elevado.
Es crucial tener en mente a los Gobiernos estatal y local cuando oímos a la gente despotricar sobre el desbocado gasto público durante la presidencia de Obama. Sí, el Gobierno federal estadounidense gasta más, aunque no tanto como cabría pensar. Pero los Gobiernos estatales y locales están haciendo recortes. Y si los sumamos, resulta que los únicos incrementos relevantes en el gasto público han sido en programas de protección social, como el seguro por desempleo, cuyos costes se han disparado por culpa de la gravedad de la crisis económica.
Es decir que, a pesar de lo que dicen sobre el fracaso del estímulo, si observamos el gasto gubernamental en su conjunto, apenas vemos estímulo alguno. Y ahora que el gasto federal se reduce, a la vez que continúan los grandes recortes de gastos estatales y locales, vamos marcha atrás.
Pero ¿no es también una forma de estímulo el mantener bajos los impuestos para los ricos? No como para notarlo. Cuando salvamos el puesto de trabajo de un profesor, eso ayuda al empleo sin lugar a dudas; cuando, por el contrario, damos más dinero a los multimillonarios, es muy posible que la mayor parte de ese dinero quede inmovilizado.
¿Y qué hay del futuro de la economía? Todo lo que sabemos acerca del crecimiento económico dice que una población culta y una infraestructura de alta calidad son cruciales para el crecimiento. Las naciones emergentes están realizando enormes esfuerzos por mejorar sus carreteras, puertos y colegios. Sin embargo, en Estados Unidos estamos reculando.
¿Cómo hemos llegado a este punto? Es la consecuencia lógica de tres décadas de retórica antigubernamental, una retórica que ha convencido a numerosos votantes de que un dólar recaudado en concepto de impuestos es siempre un dólar malgastado, que el sector público es incapaz de hacer algo bien.
La campaña contra el Gobierno siempre se ha planteado como una oposición al despilfarro y el fraude, a los cheques enviados a reinas de la Seguridad Social que conducen lujosos Cadillac y a grandes ejércitos de burócratas que mueven inútilmente documentos de un lado a otro. Pero eso, cómo no, son mitos; nunca ha habido ni de lejos tanto despilfarro y fraude como aseguraba la derecha. Y ahora que la campaña empieza a dar frutos, vemos lo que había realmente en la línea de fuego: servicios que todo el mundo, excepto los muy ricos, necesita, unos servicios que debe proporcionar el Gobierno o nadie lo hará, como el alumbrado de las calles, unas carreteras transitables y una escolarización decente para toda la ciudadanía.
Por tanto, el resultado final de la prolongada campaña contra el Gobierno es que hemos dado un giro desastrosamente equivocado. Ahora, EE UU transita por una carretera a oscuras y sin asfaltar que no conduce a ninguna parte.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
Redefinir a la baja la prosperidad, de Paul Krugman en Negocios de El País
Empiezan a darme mala espina las perspectivas para los trabajadores estadounidenses, pero no por los motivos que se imaginan, o al menos no del todo.
Sí, el crecimiento está ralentizándose, y es probable que en los próximos meses el paro aumente en vez de caer. Eso es malo. Pero lo peor son las pruebas cada vez más numerosas de que a nuestra élite gobernante no le importa, que el nivel de precariedad económica en su día impensable está convirtiéndose en la nueva normalidad.
Y me preocupa que quienes ocupan el poder, en lugar de responsabilizarse de la creación de empleo, declaren en breve que el elevado desempleo es estructural, un elemento permanente del paisaje económico, y que, al condenar a gran cantidad de estadounidenses a un paro a largo plazo, conviertan esa excusa en una triste realidad.
No hace mucho, cualquiera que pronosticase que uno de cada seis trabajadores estadounidenses estaría pronto en el paro o subempleado, y que el parado medio llevaría sin trabajo 35 semanas, habría sido tachado de peregrinamente pesimista, en parte porque, si ocurriera algo parecido, los políticos moverían todos los hilos para generar empleo.
Pero ahora ha ocurrido, ¿y qué vemos?
En primer lugar, vemos al Congreso cruzado de brazos, y a republicanos y demócratas conservadores negándose a gastar nada para crear puestos de trabajo y poco dispuestos incluso a mitigar el sufrimiento de los parados.
Nos dicen que no podemos permitirnos ayudar a los desempleados, que debemos reducir el déficit presupuestario de inmediato o los vigilantes de bonos pondrán por las nubes los costes de los préstamos en EE UU. Algunos hemos intentado señalar que esos vigilantes de bonos son, que se sepa, producto de la imaginación de los halcones del déficit; lejos de huir de la deuda estadounidense, los inversores la han comprado con avidez, bajando los tipos de interés a niveles históricos. Pero los pájaros de mal agüero no se inmutan: luchar contra el déficit, insisten, debe tener prioridad sobre todo lo demás; es decir, todo excepto las rebajas fiscales para los ricos, que deben ampliarse, por muchos números rojos que generen.
La cuestión es que a gran parte del Congreso -lo bastante numerosa como para bloquear cualquier medida para crear empleo- le preocupa mucho los impuestos del 1% más rico de la población, pero muy poco la apremiante situación de los estadounidenses que no encuentran trabajo.
Y si el Congreso no actúa, ¿qué pasa con la Reserva Federal? Al fin y al cabo, se supone que esta persigue dos objetivos: el pleno empleo y la estabilidad de los precios, definida normalmente como un índice de inflación en torno al 2%. Puesto que el desempleo es muy elevado y la inflación está muy por debajo de su objetivo, cabría esperar que la Reserva tomara medidas agresivas para impulsar la economía, pero no lo está haciendo.
Es cierto que la Reserva ya ha pisado el acelerador a fondo en un aspecto: los tipos de interés a corto plazo, su herramienta política habitual, rondan el cero. Aun así, Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, nos ha asegurado que tiene otras opciones, como conservar valores con respaldo hipotecario y la promesa de mantener bajos los tipos a corto plazo. Y un amplio número de estudios indica que la Reserva podría dar un empujón a la economía comprometiéndose a mantener la inflación por encima del 2%.
Pero la Reserva no ha hecho nada de eso. Por el contrario, algunas autoridades están redefiniendo a la baja el éxito.
Por ejemplo, la semana pasada, Richard Fisher, presidente del Banco de la Reserva Federal de Dallas, sostenía que el organismo no es responsable de la debilidad de la economía, que atribuía a la incertidumbre de las empresas respecto a las normativas futuras, una idea popular en círculos conservadores pero que choca de bruces con la realidad. Efectivamente, su manera de responder al hecho de que la Reserva no haya alcanzado una de sus dos metas principales ha sido quitar uno de los palos de la portería.
Luego quitó el otro palo, al establecer que el objetivo de la Reserva no es una inflación en torno al 2%, sino “mantener la inflación extremadamente baja y estable”.
En resumen, todo va bien. Y yo presiento -al haber visto ya esta película en Japón- que cuando los precios empiecen a caer, si es que caen, cuando la inflación por debajo de su objetivo se convierta en deflación, algunas autoridades de la Reserva dirán que eso también está bien.
¿Adónde nos lleva este camino? Esto es lo que yo considero más probable: dentro de dos años, el desempleo será extremadamente elevado, muy posiblemente más que ahora. Pero, en lugar de responsabilizarse de resolver la situación, políticos y autoridades de la Reserva declararán que el alto desempleo es estructural y que está más allá de su control. Y, como decía, puede que con el tiempo estas excusas se conviertan en una profecía que acaba cumpliéndose, ya que los parados pierden sus cualificaciones y sus conexiones con la población activa y son más difíciles de contratar.
Me gustaría creer que la indignación ciudadana impedirá este desenlace. Pero, aunque los estadounidenses desde luego están enojados, su enfado no va dirigido a nadie en particular. Y por eso me preocupa que nuestra élite gobernante, a la cual no le interesan demasiado los parados, permita que la caída del empleo continúe. -
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
¿Quién cocinó al planeta?, de Paul Krugman en SinPermiso
Nunca hay que decir que los dioses no tienen sentido del humor. Apuesto a que todavía se están riendo en el Olimpo por la decisión de hacer la primera mitad de 2010 –el año en la que murió toda esperanza de una acción para limitar el cambio climático– la más caliente en los registros.
Claro, no se pueden inferir tendencias en las temperaturas mundiales por la experiencia de un año. Sin embargo, ignorar ese hecho ha sido desde hace mucho uno de los trucos favoritos de quienes niegan el cambio climático: señalan un año inusualmente caliente en el pasado y dicen: “¡Miren, el planeta se ha estado enfriando, no calentándose, desde 1998!”. En realidad, fue 2005 y no 1998 el año más caliente hasta la fecha; pero el punto es que las temperaturas que rompen récords que estamos experimentando actualmente han hecho que un argumento tonto sea aún más disparatado, y en este momento no funciona ni siquiera en sus propios términos.
Sin embargo, ¿acaso alguno de los negadores dice: “Está bien, creo que me equivoqué”, y apoya la acción climática? No. Y el planeta seguirá cocinándose.
Entonces, ¿por qué la legislación sobre el cambio climático no? No se dañaría significativamente a la economía en su conjunto si le ponemos precio al carbono, pero sí a ciertas industrias –sobre todo, las del carbón y el petróleo–. Y esas industrias han montado una enorme campaña de desinformación para proteger sus ba se aprobó en el Senado? Hablemos primero sobre lo que no provocó el fracaso, porque ha habido muchos intentos por culpar a las personas equivocadas.
Antes que nada, no actuamos debido a dudas legítimas sobre la ciencia. Cada evidencia válida –promedios de las temperaturas a largo plazo que suavizan las fluctuaciones año con año, el volumen del mar congelado en el Ártico, el derretimiento de los glaciales, la relación entre altas récord y bajas récord– apunta a un aumento continuo, y posiblemente bastante acelerado, en las temperaturas mundiales.
La evidencia tampoco está contaminada con un mal comportamiento científico. Es probable que hayan escuchado sobre las acusaciones contra investigadores del clima –alegatos de datos inventados, el presuntamente condenatorio correo electrónico del ‘Climagate’, y así sucesivamente–. De lo que es posible que no se hayan enterado porque ha recibido mucha menos publicidad, es que cada uno de estos presuntos escándalos se desenmascaró al final como un fraude tramado por los oponentes a la acción climática, que después muchos introdujeron en los medios informativos. ¿No creen que cosas semejantes puedan suceder?
¿Las inquietudes razonables sobre el impacto económico de la legislación sobre el clima bloquearon la acción? No. Siempre ha sido chistoso, en una especie de forma de humor negro, observar a los conservadores que alaban el poder ilimitado y la flexibilidad de los mercados dar un giro de 180 grados e insistir que la economía se colapsaría si le pusiéramos un precio al carbono. Todas las estimaciones serias indican que podríamos introducir paulatinamente límites a la emisión de gases invernadero con cuando mucho un impacto reducido sobre el índice de crecimiento de la economía.
Así que no fueron la ciencia, los científicos o la economía lo que acabó con la acción sobre el cambio climático. ¿Qué fue?
La respuesta es, los sospechosos de siempre: la codicia y la cobardía.
Si se quiere entender la oposición a la acción climática, hay que seguir el dinero. No se dañaría significativamente a la economía en su conjunto si le ponemos precio al carbono, pero sí a ciertas industrias –sobre todo, las del carbón y el petróleo–. Y esas industrias han montado una enorme campaña de desinformación para proteger sus balances.
Miren a los científicos que cuestionan el consenso sobre el cambio climático; miren a las organizaciones que impulsan escándalos falsos; miren a los comités asesores que dicen que cualquier esfuerzo para limitar las emisiones paralizaría a la economía. Una y otra vez, se encontrará que están en el extremo receptor de un ducto de financiamiento que empieza con las grandes compañías de energía, como Exxon Mobil, que ha gastado decenas de millones de dólares promoviendo la negación del cambio climático, o Koch Industries, que ha patrocinado organizaciones antiambientalistas durante dos décadas.
O vean a los políticos que a gritos se han opuesto más a la acción climática. ¿De dónde sacan gran parte de su dinero para la campaña? Ya saben la respuesta.
No obstante, no habría triunfado la codicia por sí misma. Necesitaba la ayuda de la cobardía; sobre todo, la de los políticos que saben que el calentamiento mundial representa una enorme amenaza, que apoyaron la acción en el pasado, pero desertaron de sus puestos en el momento crucial.
Existen varios de esos cobardes climáticos, pero me permito señalar a uno en particular: el senador John McCain.
Hubo una época en la que se consideró a McCain amigo del ambiente; allá en 2003 pulió su imagen de independiente al ser uno de los que introdujeron la legislación por la que se habría creado un sistema de tope y trueque para las emisiones de gases invernadero. Reafirmó el apoyo para tal sistema durante su campaña presidencial, y las cosas podrían verse muy diferentes si hubiese seguido respaldando la acción climática una vez que su oponente estuvo en la Casa Blanca. Sin embargo, no lo hizo –y es difícil ver su cambio como algo que no sea el acto de un hombre dispuesto a sacrificar sus principios, y el futuro de la humanidad, por agregar unos cuantos años a su carrera política–.
Desgraciadamente, McCain no fue el único; y no habrá ninguna iniciativa de ley sobre el clima. Ha triunfado la codicia con la ayuda de la cobardía. Y todo el mundo pagará el precio.
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008
El Universo, miércoles 28 de julio del 2010
Adictos a Bush, de Paul Krugman en Negocios de El País
Durante un par de años, fue el amor que no se atrevía a pronunciar su nombre. En 2008, los candidatos republicanos casi nunca mencionaban al presidente que seguía ocupando la Casa Blanca. Después de las elecciones, el Viejo Gran Partido (GOP en sus siglas en inglés) hizo cuanto pudo para acallar todas las conversaciones sobre la manera en que nos metimos en la caótica situación en la que nos encontramos e insistía en que teníamos que mirar hacia delante y no hacia atrás. Y en los medios de comunicación, muchos le siguieron la corriente comportándose como si por alguna razón fuera una grosería el que los demócratas mencionaran siquiera la época de Bush y su legado.
Lo cierto, sin embargo, es que el único problema que tuvieron los republicanos con George W. Bush fue su bajo índice de aprobación. Sus políticas y su forma de gobernar siempre les encantaron y las quieren de nuevo. En las últimas semanas, los líderes del GOP han abogado por un regreso absoluto al programa de Bush, incluyendo las deducciones fiscales para los ricos y la liberalización financiera, y hasta han resucitado el plan para recortar las futuras prestaciones de la Seguridad Social.
Pero tienen un problema: teniendo en cuenta el historial de Bush, ¿cómo pueden adoptar sus políticas? A fin de cuentas, las dos iniciativas más destacadas de Bush fueron los recortes de impuestos y la invasión de Irak, y ambas, según la opinión pública, fueron unos fracasos estrepitosos. Los recortes de impuestos nunca aportaron la prosperidad prometida, sino que junto con otras políticas -especialmente la guerra de Irak, para la que se carecía de fondos- convirtieron el superávit presupuestario en un déficit permanente. Entretanto, resultó que las armas de destrucción masiva por las cuales invadimos Irak no existían y, hacia 2008, la gran mayoría de los ciudadanos creía no solo que la invasión fue un error sino que la Administración de Bush engañó deliberadamente al país para que entrara en guerra. ¿Qué puede hacer un republicano?
Ya conocen la respuesta. Actualmente se está llevando a cabo un esfuerzo coordinado para rehabilitar la imagen de Bush por lo menos en tres frentes: la economía, el déficit y la guerra.
Respecto a la economía: la semana pasada Mitch McConnell, el líder de la mayoría en el Senado, declaró que “no existe la más mínima prueba de que las rebajas fiscales de Bush redujeran realmente la recaudación. Aumentaron los ingresos, por la vitalidad que dieron estos recortes a la economía”. De modo que la consigna ahora es que la economía de la época de Bush se caracterizaba por su “vitalidad”.
Supongo que depende del significado de la palabra “vitalidad”. El balance real de los años de Bush fue: 1) dos años y medio de disminución del empleo, seguidos de 2) cuatro años y medio de modesto crecimiento del empleo, a un ritmo significativamente más bajo que el de la media de los ocho años con Bill Clinton, seguidos de 3) un año de catástrofe económica. En 2007, en el momento álgido de la “expansión de Bush”, los ingresos medios de las familias, ajustados a la inflación, seguían siendo inferiores a los de 2000.
Pero los apologistas de Bush esperan que ustedes no se acuerden de todo eso. Y también tienen una teoría, que estoy oyendo cada vez más: a saber, que el presidente Barack Obama, a pesar de que todavía no ejercía su cargo y ni siquiera había sido elegido, causó la recesión de 2008. Como ven, la gente estaba preocupada de antemano por sus futuras políticas y eso es lo que hundió la economía. En serio.
En cuanto al déficit: los republicanos afirman ahora que la Administración de Bush fue en realidad un modelo de responsabilidad fiscal y que el déficit es culpa de Obama. “El último año del Gobierno de Bush”, aseguraba McConnell hace poco, “el déficit como porcentaje del producto interior bruto era del 3,2%, dentro del radio de lo que la mayoría de los economistas piensa que es razonable. Un año y medio más tarde, es de casi el 10%”.
Pero resulta que esa cifra del 3,2% corresponde al ejercicio fiscal de 2008, que no fue el último año de la Administración de Bush, ya que finalizó en septiembre de 2008. En otras palabras, finalizó justo cuando la caída de Lehman Brothers -durante la guardia de Bush- estaba desencadenando un hundimiento financiero y económico generalizado. Este hundimiento provocó que el déficit se disparara: en el primer trimestre de 2009 -con solo un hilillo de estímulos financieros- el endeudamiento federal ya había alcanzado casi el 9% del PIB. En opinión de algunos de nosotros, esto dice que la crisis económica que empezó con Bush es la responsable de la mayor parte de nuestro déficit actual. Pero el Partido Republicano no quiere saber nada de ello.
Y por último, sobre la guerra: para la mayoría de los estadounidenses, todo el debate sobre la guerra es agua pasada a pesar de ser doloroso, pero no para los obsesionados por restablecer la imagen de Bush. Ahora Karl Rove afirma que su mayor error fue dejar que los demócratas se salieran con la suya con la “escandalosa” afirmación de que el Gobierno de Bush promocionó a bombo y platillo los argumentos para invadir Irak. ¡Corramos un tupido velo!
Por otra parte, los republicanos no tratan de restablecer la reputación de George W. Bush por razones sentimentales, sino que tratan de despejar el camino para el regreso a las políticas de Bush. Y eso contiene un mensaje para cualquiera que espere que los republicanos se comporten de una manera diferente la próxima vez que ejerzan el poder. Si creen que han aprendido algo -digamos, sobre prudencia fiscal o la importancia de una regulación eficaz- se están engañando a sí mismos. Más vale afrontarlo: son adictos a Bush.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
Haría cualquier cosa en favor de los estímulos públicos, pero no esto, de Paul Krugman en SinPermiso
Es realmente irrelevante para los actuales debates políticos, pero hay un asunto que me viene encocorando desde hace un tiempo, y he decidido escribir sobre él.
Ahora mismo, el debate político real es si necesitamos austeridad fiscal aun hallándose la economía en un estado de profunda depresión. Obviamente, yo me opongo a eso, porque creo que lo apropiado es, al contrario, incurrir en déficits.
Pero aquí está la cosa: hay una escuela de teoría económica que sostiene que los déficits nunca son un problema, mientras el país pueda seguir emitiendo su propia moneda. El defensor más destacado de esta corriente de pensamiento es seguramente Jamie Galbraith, pero no es el único.
Jamie y yo, creo, estamos completamente de acuerdo respecto de lo que habría que hacer ahora. Así que estamos discutiendo de teoría, no de práctica. Ello es que no puedo acompañarle en su opinión de que:
“Mientras los bancos estadounidenses estén obligados a aceptar cheques del gobierno –es decir, mientras exista la República—, el gobierno podrá gastar y gastará sin necesidad de empréstito, si así decide hacerlo (…) La insolvencia, la quiebra o aun unos tipos de interés real más elevados no constituyen un riesgo para el sistema.”
Ahora bien; yo no creo que esté en lo cierto. A fin de poder gastar, el gobierno debe convencer al sector privado para que libere recursos reales. Puede hacerlo mediante la recaudación fiscal, con empréstitos, o a través de la rentabilidad del señoreaje, imprimiendo moneda. Las tres cosas tienen sus limitaciones. Incluso un país con moneda fiduciaria propia puede quebrar, si se empeña lo bastante.
¿Cómo? Un pequeño modelo ayudará a entenderlo.
Pensemos en términos de un modelo de dos períodos, aunque no necesito decir mucho sobre el primer período. En el período 1, el gobierno toma prestado emitiendo bonos indexados (podría hacerlos nominales, pero entonces necesitaría introducir las expectativas de inflación, y terminaríamos donde estábamos). Eso significa que en el período 2, el gobierno posee un servicio de la deuda por el monto D.
El gobierno puede honrar esta exigencia de servicio de la deuda, en todo o en parte, consiguiendo un excedente primario, un exceso del ingreso respecto del gasto corriente. Supongamos, empero, que hay un límite máximo, S, al excedente primario factible, un límite impuesto por las restricciones políticas, las circunstancias administrativas (si los impuestos son demasiado altos, todos evadirán), o por el hecho palmario de que la recaudación fiscal no puede rebasar el PIB.
Pero el gobierno dispone también de una imprenta. El ingreso real que recauda sirviéndose de la imprenta es [M(t) - M(t-1)]/P(t), en donde M es la oferta monetaria y P el nivel de precios.
¿Qué determina el nivel de precios? Supongamos una teoría cuantitativa simple, con un nivel de precios proporcional a la oferta monetaria:
P(t) = V*M(t)
Suponiendo eso, estoy partiendo del supuesto más favorable respecto de la capacidad de señoreaje, porque, en la práctica, acudir a la imprenta lleva a una caída en la demanda real del dinero (la gente empieza a servirse de sacos de carbón o de cualesquiera otros substitutos).
Vale. Preguntémonos ahora qué pasa, si el gobierno ha incurrido lo suficiente en deudas como para que el límite máximo al excedente primario sea una restricción forzosa y resulte necesario acudir a la imprenta para salir del paso. En tal caso:
[M(t) - M(t-1)]/P(t) = D – S
Pero P es proporcional a M, de modo que:
[M(t) - M(t-1)]/VM(t) = D – S
Despejando, tenemos que:
M(t)/M(t-1) = 1/[1 - V[D-S]]
¿Y qué implica eso? Puesto que hemos supuesto que el nivel de precios es proporcional a M, lo que esto nos dice es que cuánto más elevada sea la carga de la deuda, tanto más elevada tendrá que ser la tasa de inflación, y que –lo que resulta crucial— a medida que D-S se acerca a un nivel crítico, la inflación generada tiende a infinito. La cosa pinta así:


De modo que hay un nivel máximo de deuda que resulte manejable. En la práctica, si es que tiene sentido decir tal cosa en relación un modelo estilizado, en algún punto por debajo del nivel crítico implicado por el modelo, el gobierno tendría que decidir que la quiebra es una opción mejor que la hiperinflación.
Y volviendo al período 1, los prestadores tomarán en cuenta esta posibilidad. De manera que hay límites reales a los déficits, aun en los países con capacidad para imprimir su propia moneda.
Bien, estoy seguro de que habrá comentarios y réplicas en otros blogs por el estilo de: “¡Ahahá! Krugman admite ahora que los déficits causan hiperinflación! ¡Peter Schiff mola cantidad!”. Pues no: en condiciones extremas, los déficits PODRÍAN causar hiperinflación; ahora no estamos, ni por mucho, cerca de una situación así. Lo único que estoy diciendo es que no estoy preparado para seguir a Jamie Galbraith hasta el final. Los déficits pueden causar una crisis; pero no es razón para recortar el gasto público ahora.
Paul Krugman fue Premio Nobel de Economía en 2008.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F.Nyerro
krugman.blogs.nytimes.com, 17 julio 2010
La ineficaz Reserva Federal, de Paul Krugman en Negocios de El País
En 2002, un catedrático convertido en alto cargo de la Reserva Federal que responde al nombre de Ben Bernanke ofreció un discurso citado muy a menudo, titulado “Deflación: asegurarnos de que eso no ocurre aquí”. Como otros economistas, yo incluido, Bernanke sentía una profunda inquietud por la deflación pertinaz y aparentemente incurable de Japón, que a su vez estaba “asociada a años de crecimiento exasperantemente lento, al aumento del desempleo y a unos problemas financieros aparentemente intratables”. Esto es algo que, supuestamente, no debería ocurrirle a una nación avanzada que cuenta con políticos sofisticados. ¿Podría sucederle algo similar a Estados Unidos?
No hay que preocuparse, decía Bernanke: la Reserva Federal dispone de las herramientas necesarias para evitar una versión estadounidense del síndrome japonés, y las utilizaría en caso necesario.
En la actualidad, Bernanke es presidente de la Reserva Federal, y su discurso de 2002 suena a últimas palabras célebres. No estamos sufriendo literalmente una deflación (todavía). Pero la inflación está muy por debajo del índice preferido por la Reserva, que se sitúa entre un 1,7% y un 2%, y muestra una tendencia constante a la baja; es factible que, según algunos cálculos, veamos deflación en algún momento del año próximo. Entre tanto, ya sufrimos un crecimiento exasperantemente lento, un índice de desempleo muy elevado y problemas económicos intratables. ¿Y cuál es la respuesta de la Reserva Federal? Está debatiendo -con extrema lentitud- si quizá, un día de estos, debería plantearse hacer algo respecto a esta situación.
La irresponsabilidad de la Reserva no es algo único, desde luego. Mientras se desarrollaba la crisis económica, ha sido increíble e indignante ver a la clase política estadounidense redefinir a la baja el concepto de normalidad. Hace solo dos años, a cualquiera que hubiese predicho el estado actual de las cosas (el desempleo no solo es desastrosamente alto, sino que la mayoría de los pronósticos aseguran que seguirá así durante años) se le habría tachado de loco alarmista. Sin embargo, ahora que la pesadilla se ha hecho realidad -y sí, es una pesadilla para millones de estadounidenses-, Washington no parece sentir urgencia alguna. ¿Que se destruyen esperanzas, que las pequeñas empresas caen en bancarrota, que se arruinan vidas? ¡Qué más da! Hablemos de los males de los déficits presupuestarios.
Aun así, cabía esperar que la Reserva Federal fuese distinta. Para empezar, la Reserva, a diferencia de la Administración de Obama, sigue gozando de una considerable libertad de acción. No necesita 60 votos en el Senado, y los límites máximos de sus políticas no se ven determinados por la opinión de senadores de Nebraska y Maine. Aparte de eso, se suponía que la Reserva estaba preparada intelectualmente para esta situación. Bernanke lleva mucho tiempo dando vueltas a cómo se podía evitar una trampa económica al estilo japonés, y los investigadores de la Reserva han estado obsesionados durante años con la misma cuestión.
Pero aquí nos tienen, resbalando claramente hacia la deflación, mientras la Reserva se mantiene en sus trece.
¿Qué debería estar haciendo? La política monetaria convencional, en la que la Reserva Federal induce una bajada de los tipos de interés a corto plazo comprando deuda del Gobierno de EE UU también a corto plazo, ha llegado a su límite: esos tipos a corto plazo ya rondan el cero y no pueden bajar mucho más. (Los inversores no van a comprar garantías que generen un interés negativo, ya que siempre pueden dedicarse a acumular efectivo). Pero el mensaje del discurso ofrecido por Bernanke en 2002 era que la Reserva Federal puede hacer otras cosas. Puede comprar deuda pública a más largo plazo. Puede comprar deuda del sector privado. Puede intentar cambiar las expectativas anunciando que mantendrá bajos los índices a corto plazo durante mucho tiempo. Puede elevar su objetivo de inflación a largo plazo para convencer al sector privado de que los préstamos son una buena idea y de que amontonar efectivo es un error.
Nadie sabe hasta qué punto funcionaría cualquiera de estas medidas. Sin embargo, la cuestión es que hay cosas que la Reserva Federal puede y debe hacer pero no hace. ¿Por qué no?
A fin de cuentas, las autoridades de la Reserva, como la mayoría de los observadores, tienen una visión bastante funesta de las perspectivas económicas. Pero no lo suficientemente funesta, en mi opinión: los presidentes de la Reserva, que hacen pronósticos cada vez que se reúne el comité que fija los tipos de interés, no se toman lo bastante en serio la tendencia hacia la deflación. No obstante, incluso sus predicciones muestran un desempleo elevado y una inflación por debajo de sus objetivos que persistirán al menos hasta finales de 2012. Entonces, ¿por qué no intentar hacer algo al respecto?
Lo más parecido a una explicación que he visto es un discurso reciente de Kevin Warsh, miembro de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, en el que declaraba que seguir las recomendaciones que planteaba Bernanke en 2002 conllevaba el riesgo de socavar la “credibilidad institucional” de la Reserva. Pero, ¿de qué manera exactamente contribuye a la credibilidad de la Reserva el hecho de que no haga frente al elevado desempleo, a la vez que fracasa sistemáticamente a la hora de alcanzar sus propios objetivos de inflación? ¿Hasta qué punto es creíble el Banco de Japón después de presidir 15 años de deflación?
Independientemente de lo que esté sucediendo, la Reserva Federal debe replantearse sus prioridades, y rápido. El “eso” de Bernanke no es una posibilidad hipotética; está a punto de ocurrir. Y la Reserva Federal debería hacer cuanto esté en su mano para impedirlo.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008
©2010 New York Times Service.
Traducción de News Clips.
Pobrecitos consejeros delegados, de Paul Krugman en Negocios de El País
La creación de empleo ha sido decepcionante, pero los beneficios empresariales durante el primer trimestre aumentaron un 44% con respecto al año anterior. Los consumidores están nerviosos, pero el Dow, que se encontraba por debajo de los 8.000 puntos el día en que fue investido el presidente Obama, supera ahora los 10.000. En un universo racional, las empresas estadounidenses estarían muy contentas con Obama. Pero no. Últimamente corren rumores de que la Administración de Obama está “contra las empresas”. Y circula la opinión generalizada de que los temores a los impuestos, la regulación y los déficits presupuestarios frenan la inversión empresarial y bloquean la recuperación económica.
¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones? Nada. La inversión empresarial es baja, desde luego, pero no más de lo que cabría esperar dado el exceso de capacidad y el escaso gasto de consumo endémicos. La patronal no se siente querida, pero darles un abrazo en grupo no sanará los males de la economía.
Pidan a quienes opinan que Obama asusta a las empresas alguna prueba fehaciente que respalde sus afirmaciones y le dirán que la inversión empresarial en fábricas y equipamientos se halla en su nivel más bajo, como porcentaje del PIB, en 40 años. Lo que no mencionan es que la inversión empresarial siempre cae en picado cuando la economía está deprimida. A fin de cuentas, ¿por qué deberían ampliar las empresas su capacidad de producción cuando no venden lo suficiente para utilizar la que ya tienen? Y, por si no lo habían notado, nuestra economía sigue estando profundamente deprimida.
Históricamente, ha existido una estrecha relación entre el grado de inversión empresarial y el “desfase en la producción”, la diferencia entre la producción real de la economía y su tendencia a largo plazo, lo cual significa que la escasez actual de inversión no tiene nada de sorprendente, dado que el desfase en la producción es altamente negativo. En cualquier caso, es curioso lo bien que ha resistido la inversión empresarial.
Por otro lado, podemos observar directamente las cantidades de capacidad de negocio no utilizada. La utilización de la capacidad en la industria se ha incrementado en el último año, pero sigue estando muy por debajo de sus pautas históricas. Los índices de desocupación de las propiedades industriales y comerciales han alcanzado máximos históricos. Por lo tanto, puesto que las empresas tienen muchas estructuras y máquinas paradas, ¿por qué deberían construir o comprar todavía más?
De modo que, ¿dónde está la prueba de que un clima antiempresarial reduce el gasto? Supuestamente, la respuesta es que esto es lo que oímos cuando hablamos con los empresarios. Pero no se lo crean. Sí, cuando hablamos con los empresarios se quejan de los impuestos, de las normativas y del déficit; siempre lo hacen. Pero la cantinela de que las políticas socialistas de Obama están hundiendo la economía no viene de las empresas, sino de los grupos de presión empresariales, que no es ni mucho menos lo mismo. Lean el informe sobre la Cámara de Comercio de Estados Unidos en el último The Washington Monthly: difundir historias de terror sobre lo que los demócratas están maquinando es, en buena parte, lo que organizaciones como la Cámara hacen para ganarse la vida.
O lean el último estudio sobre tendencias de la pequeña empresa que ha llevado a cabo la Federación Nacional para Negocios Independientes, un grupo de apoyo. El comentario que encabeza el informe es básicamente una diatriba contra el Gobierno -”Washington aplica sanguijuelas y practica la sangría a modo de cura”- y uno podría suponer inocentemente que esta diatriba refleja lo que han dicho las empresas entrevistadas. Pero, aunque algunas empresas declararon que el clima político disuadía la expansión, fueron muchas más las que citaron la mala situación de la economía.
Los gráficos incluidos al final del informe, que muestran las tendencias en las percepciones que tienen las empresas sobre cuál es su “problema más importante”, son todavía más reveladoras. Resulta que a las empresas les preocupan menos los impuestos y la regulación que durante los años noventa, era de auge inversor. Por otro lado, la inquietud por la escasez de ventas se ha disparado. La debilidad económica, y no el temor a las acciones del Gobierno, es lo que frena la inversión.
Entonces, ¿por qué oímos hablar tanto del presunto daño que está infligiendo el clima antiempresarial? Básicamente es la vieja historia de siempre: grupos de presión que tratan de intimidar a Washington para que recorte los impuestos y anule las normativas y de paso imponen precios más elevados a sus clientes.
Al margen de eso, como ya he dicho, los líderes empresariales no se sienten queridos: la crisis financiera, los escándalos relacionados con los seguros sanitarios y la catástrofe del golfo de México han pasado factura a su reputación. Sin embargo, por alguna razón, en lugar de condenar a sus compañeros por su mala conducta, los consejeros delegados culpan a Obama de “vilipendiar” a las empresas, al parecer refiriéndose a que habla con franqueza sobre la culpabilidad de las partes responsables.
Vale, los consejeros delegados también son humanos, pero consolarles porque se sienten dolidos no es una prioridad ahora mismo, y no tiene nada que ver con fomentar la recuperación económica. Si queremos un gasto empresarial más fuerte, debemos dar a las empresas una razón para invertir. Y, para ello, el Gobierno tiene que empezar a hacer más, y no menos, para propiciar la recuperación de la economía en general.
Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
Los mitos de la austeridad, de Paul Krugman en Negocios de El País
Cuando era joven e ingenuo, creía que la gente importante adoptaba una postura basándose en una consideración concienzuda de las opciones. Ahora sé que no es así. Gran parte de lo que la gente seria cree se basa en prejuicios, no en análisis. Y estos prejuicios están sujetos a modas y tendencias.
Esto me lleva al tema de la columna de hoy. Durante los últimos meses, otros y yo hemos presenciado, con asombro y horror, el surgimiento de un consenso en los círculos políticos a favor de la austeridad fiscal inmediata. Es decir, la idea de que ha llegado la hora de recortar drásticamente el gasto se ha convertido de algún modo en una creencia generalizada, a pesar de que las principales economías mundiales siguen profundamente deprimidas.
Esta creencia generalizada no se basa en pruebas ni en un análisis pormenorizado. En lugar de eso, se asienta sobre lo que podríamos llamar amablemente pura especulación, y menos amablemente, productos de la imaginación de la élite política -concretamente, en la fe en lo que yo he llegado a imaginar como un invisible guardián de los bonos y un hada de la confianza-.
Los guardianes de los bonos son inversores que les cierran el grifo a los Gobiernos que consideran que son incapaces de pagar sus deudas o que no están dispuestos a hacerlo. No cabe duda de que los países pueden sufrir crisis de confianza [véase la deuda de Grecia]. Pero lo que los defensores de la austeridad afirman es que a) los guardianes de los bonos están a punto de atacar Estados Unidos y b) cualquier gasto adicional en estímulos económicos les hará saltar.
¿Qué motivos tenemos para creer que algo de esto pueda ser cierto? Sí, Estados Unidos tiene problemas presupuestarios a largo plazo, pero lo que hagamos en relación con los estímulos durante los dos próximos años no afectará prácticamente en nada a nuestra capacidad para hacer frente a estos problemas a largo plazo. Como ha dicho hace poco Douglas Elmendorf, el director de la Oficina Presupuestaria del Congreso, “no existe una contradicción intrínseca entre proporcionar un estímulo fiscal adicional hoy, cuando la tasa de paro es alta y muchas fábricas y oficinas están infrautilizadas, e imponer restricciones fiscales dentro de unos años, cuando la producción y el empleo probablemente estarán casi a la altura de sus posibilidades”.
No obstante, cada pocos meses nos dicen que los guardianes de los bonos han llegado y que debemos imponer la austeridad ya, ya mismo, para apaciguarlos. Hace tres meses se produjo un ligero repunte de los tipos de interés a largo plazo que fue recibido con reacciones cercanas a la histeria: “El miedo a la deuda dispara los tipos”, era el titular de The Wall Street Journal, a pesar de que no había pruebas reales de dicho miedo, y Alan Greenspan declaró que la subida era el aviso de un “canario en una mina”.
Desde entonces, los tipos a largo plazo han vuelto a desplomarse. Lejos de huir de la deuda del Gobierno de Estados Unidos, los inversores la ven evidentemente como su apuesta más segura en medio de una economía que se tambalea. Pero los defensores de la austeridad siguen asegurando que los guardianes de los bonos atacarán en cualquier momento si no recortamos drásticamente el gasto de inmediato.
Pero no se preocupen: los recortes del gasto pueden ser dolorosos, pero el hada de la confianza hará que desaparezca el dolor. “La idea de que las medidas de austeridad podrían desencadenar una situación de estancamiento es incorrecta”, afirmaba Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo, en una entrevista reciente. ¿Por qué? Porque “las políticas que inspiran confianza fomentarán, no obstaculizarán, la recuperación económica”.
¿En qué se basa la creencia de que la contracción fiscal es en realidad expansionista, en que mejora la confianza? (Por cierto, esta es precisamente la doctrina que exponía Herbert Hoover en 1932). Bueno, ha habido casos históricos de recortes del gasto y subidas de impuestos que han ido seguidos de crecimiento económico. Pero, que yo sepa, cada uno de esos ejemplos, al analizarlo detenidamente, resulta ser un caso en el que los efectos negativos de la austeridad se vieron compensados por otros factores, factores que no es probable que sean relevantes actualmente. Por ejemplo, la era de la austeridad con crecimiento de Irlanda en la década de los ochenta dependió de una evolución drástica desde el déficit comercial al superávit comercial, lo cual no es una estrategia que pueda seguir todo el mundo al mismo tiempo.
Y los ejemplos actuales de austeridad son cualquier cosa menos alentadores. Irlanda ha sido un buen soldado en esta crisis y ha aplicado con determinación unos recortes del gasto radicales. Su recompensa ha sido una crisis con categoría de depresión -y los mercados financieros siguen considerándolo un país con grave riesgo de impago-. A otros buenos soldados, como Letonia y Estonia, les ha ido todavía peor; y estos tres países, lo crean o no, han sufrido crisis peores en cuanto a producción y empleo que la de Islandia, que se vio obligada por la tremenda escala de su crisis financiera a adoptar políticas menos ortodoxas.
Así que la próxima vez que oigan a gente aparentemente seria explicar por qué es necesaria la austeridad fiscal, traten de analizar sus argumentos. Casi con seguridad, descubrirán que lo que parece realismo pragmático se sostiene en realidad sobre una base fantástica, en la creencia de que unos guardianes invisibles nos castigarán si somos malos y el hada de la confianza nos recompensará si somos buenos. Y las políticas del mundo real -políticas que arruinarán las vidas de millones de familias trabajadoras- se están construyendo sobre esa base.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
La docta incompetencia de la teoría macroeconómica actual, de Paul Krugman en SinPermiso
Brad DeLong nos llaman la atención sobre la crítica de James Morly a la teoría macroeconómica actual. Hace algún tiempo, yo mismo escribí sobre eso. Como dejé dicho entonces, la historia básica de la macroeconomía “moderna” discurre sobre poco más o menos así:
1.- Lucas y sus discípulos coincidían en que la economía tiene una apariencia keynesiana –es decir, todo ocurre como si las políticas monetaria y fiscal tuvieran efectos reales—, pero sostuvieron que un enfoque teórico en términos de equilibrio con información imperfecta podía explicar por qué, y al propio tiempo, librarse de las implicaciones políticas keynesianas. Y ridiculizaron la teoría económica de Keynes.
2.- Hacia 1980 -¡hace ya tres décadas!— estaba ya claro que el proyecto científico de Lucas había fracasado. Los modelos de equilibrio con información imperfecta no pueden, en efecto, explicar hechos clave sobre los ciclos económicos, especialmente el de la persistencia de las recesiones aun cuando todos los agentes saben que se hallan en recesión.
3.- Sin embargo, lejos de admitir que seguían una senda equivocada, los abogados de la teoría macroeconómica que se practica en las universidades de agua dulce [1] doblaron la apuesta, y buscaron explicar el ciclo económico en términos de shocks reales.
4.- Tampoco este enfoque se ajustaba a los hechos. Así que, tratando de salvar sus modelos, añadieron más epiciclos, y si alguna vez tuvieron un adarme de claridad, ahora la perdieron toda.
5.- Los economistas de agua dulce declaran que el ciclo económico es profundamente enigmático, y que necesitamos más investigación antes de poder hacer recomendaciones políticas.
En suma, estamos ante una docta incompetencia. Los economistas que no se adentraron por esa senda y no arrojaron al agujero de la memoria todo lo que la profesión aprendió entre 1936 y 1973 no están particularmente desconcertados ante la situación en que ahora nos hallamos.. Al contrario; parece una versión extrema de algo bastante familiar, y las políticas recomendables no son difíciles de hallar.
Sólo quien sigue comprometido con un proyecto de investigación fracasado –un proyecto que fracasó hace una generación, pero que se negó en redondo a admitirlo— está perplejo.
NOTA T.: [1] Se llama “economistas de agua dulce” a los economistas antikeynesianos concentrados en varias universidades del interior de los EEUU, situadas cerca de grandes lagos (como la de Chicago), mientras que se conoce como “economistas de agua salada” a los keynesianos, concentrados más bien en las universidades norteamericanas de la costa atlántica y de la costa pacífica.
Paul Krugman fue Premio Nóbel de Economía en 2008.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F.Nyerro
krugman.blogs.nytimes.com, 29 junio 2010.
La tercera depresión, de Paul Krugman en Negocios de El País
Las recesiones son habituales; las depresiones son raras. Que yo sepa, solo ha habido dos épocas de la historia de la economía que en su día se describieron de forma generalizada como depresiones: los años de deflación e inestabilidad que llegaron tras El Pánico de 1873 y los años de paro masivo que siguieron a la crisis financiera de 1929-1931.
Ni la Larga Depresión del siglo XIX ni la Gran Depresión del XX fueron épocas de declive ininterrumpido sino que, por el contrario, en ambas hubo periodos en los que creció la economía. Pero estos episodios de mejoría nunca bastaban para compensar el daño causado por la crisis inicial, e iban seguidos de recaídas.
Me temo que ahora estamos en las fases iniciales de una tercera depresión. Es probable que esta acabe pareciéndose más a la Larga Depresión que a la mucho más grave Gran Depresión. Pero el coste -para la economía mundial y, sobre todo, para los millones de vidas arruinadas por la falta de puestos de trabajo- será inmenso de todos modos.
Y esta tercera depresión será, por encima de todo, un fracaso político. En todo el mundo -hace muy poco en la profundamente desalentadora reunión del G-20 del fin de semana pasado- los Gobiernos están obsesionados con la inflación, cuando la verdadera amenaza es la deflación, e insisten en la necesidad de apretarse el cinturón cuando el problema real es el gasto insuficiente.
En 2008 y 2009 daba la impresión de que a lo mejor habíamos aprendido de la historia. A diferencia de sus predecesores, que subieron los tipos de interés para afrontar la crisis financiera, los actuales dirigentes de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo han recortado drásticamente los tipos e intervenido para apoyar los mercados del crédito. A diferencia de los Gobiernos del pasado, que trataron de equilibrar los presupuestos ante una economía que se hundía, los Gobiernos actuales han permitido que los déficits aumenten. Y unas políticas mejores han ayudado al mundo a evitar una debacle absoluta: se puede afirmar que la recesión que trajo la crisis financiera terminó el verano pasado.
Pero los historiadores futuros nos dirán que esto no era el fin de la tercera depresión, del mismo modo que la recuperación comercial que se inició en 1933 no fue el fin de la Gran Depresión. Después de todo, el paro -especialmente el paro de larga duración- sigue a unos niveles que se habrían considerado catastróficos no hace mucho, y no hay indicios de que vaya a bajar rápidamente. Y tanto EE UU como Europa van claramente encaminados hacia unas trampas deflacionistas similares a la de Japón.
Ante este sombrío panorama, uno esperaría que los responsables políticos se dieran cuenta de que todavía no han hecho lo suficiente para propiciar una recuperación. Pero no: durante los últimos meses ha habido un asombroso resurgimiento de la ortodoxia del dinero contante y sonante y los presupuestos equilibrados.
En lo que se refiere a la retórica, el regreso de la religión de los viejos tiempos resulta más evidente en Europa, donde las autoridades parecen estar extrayendo sus argumentos de la colección de discursos de Herbert Hoover, hasta llegar a afirmar que subir los impuestos y recortar el gasto realmente harán crecer la economía al mejorar la confianza empresarial. A efectos prácticos, sin embargo, a EE UU no le va mucho mejor. La Reserva Federal parece ser consciente de los peligros deflacionistas, pero lo que propone hacer al respecto es, bueno, nada. La Administración de Obama comprende los riesgos de una austeridad fiscal prematura, pero como los republicanos y los demócratas conservadores del Congreso no van a autorizar ayudas adicionales para los Gobiernos estatales, esa austeridad se está imponiendo de todos modos, en forma de recortes presupuestarios a escala estatal y local.
¿A qué se debe este giro político equivocado? Para justificar sus acciones, los partidarios de la línea dura suelen mencionar los problemas a los que se enfrentan Grecia y otros países de la periferia europea. Y es verdad que quienes invierten en bonos se han vuelto contra los Gobiernos con déficits inmanejables. Pero no hay pruebas de que, ante una economía deprimida, la austeridad fiscal a corto plazo vaya a tranquilizar a los inversores. Por el contrario, Grecia ha acordado un durísimo plan de austeridad, para luego encontrarse con que sus diferenciales de riesgo crecen todavía más; Irlanda ha impuesto unos recortes radicales al gasto público, y después los mercados han actuado como si su riesgo fuese mayor que el de España, que se ha mostrado mucho más reacia a tragar la medicina de los partidarios de la línea dura.
Es casi como si los mercados financieros comprendiesen lo que los responsables políticos parecen no entender: que aunque la responsabilidad fiscal a largo plazo es importante, recortar drásticamente el gasto en mitad de una depresión, lo cual empeora esa depresión y allana el camino hacia la deflación, es realmente autodestructivo.
Así que no creo que la cuestión sea realmente Grecia, y ni siquiera cualquier valoración realista del equilibrio entre déficit y empleo. En lugar de eso, es el triunfo de una ortodoxia que tiene poco que ver con el análisis racional, y cuyo principal dogma es que imponer sufrimiento a otras personas es el modo de demostrar liderazgo en épocas difíciles.
¿Y quién pagará el precio de esta victoria de la ortodoxia? La respuesta es decenas de millones de trabajadores desempleados, muchos de los cuales seguirán en paro durante años, y algunos de los cuales no volverán a trabajar nunca más.
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2010 New York Times News Service.
Traducción de News Clips.
