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Deliberación vana, de Paul Krugman en SinPermiso

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en nuestra cultura política actual, el ruido de fondo está abrumadoramente saturado de perogrulladas conservadoras. Las gentes que tienen fuertes sentimientos políticos pero que, al propio tiempo, carecen de curiosidad tienden a absorber esas perogrulladas y a repetirlas en la creencia de que eso les dará una pátina de astucia

Jonathan Chait y Robert Waldmann, de maneras ligeramente distintas, destacan una dinámica crucial en el debate político norteamericano, y es a saber: la pertinacia con que las figuras públicas resultan castigadas por saber realmente de qué están hablando.

La cosa funciona, sobre poco más o menos, así: la persona A dice “Lo negro es blanco”, acaso por ignorancia, pero más frecuentemente en un intento deliberado de confundir. La persona B dice: “No, lo negro no es blanco; he aquí los hechos”.

Pues bien; se considera que la persona B ha perdido el debate; ya saben, se le ve como arrogante y displicente.

Yo había esperado, debo admitirlo, que la experiencia que nuestra nación tuvo con George W. Bush –que ganó por los pelos la Casa Blanca precisamente porque Al Gore fue castigado por su probada competencia— curaría de esa enfermedad a nuestro discurso. Pero no. ¿Y por qué no?

Chait se declara desconcertado por la insipiencia de la derecha intelectual. Yo, no tanto. Yo lo veo así: en nuestra cultura política actual, el ruido de fondo está abrumadoramente saturado de perogrulladas conservadoras. Las gentes que tienen fuertes sentimientos políticos pero que, al propio tiempo, carecen de curiosidad tienden a absorber esas perogrulladas y a repetirlas en la creencia de que eso les dará una pátina de astucia. (Ezra Klein describió en cierta ocasión de esta forma a   Dick Armey: “Es como la idea que se hace una persona estúpida de lo que debe parecer una persona seria”.)

Inevitablemente, entonces, esas gentes reaccionan con cólera cuando se les refuta o con hechos o con lógica básica: lo viven como un ataque a su sentido de autoestima.

Pero lo verdaderamente triste es el modo en que buena parte de los informativos reaccionan contra la pretendida displicencia de la gente seria e informada. A eso se refiere Waldmann. ¿Habíais esperado realmente, de verdad, que la experiencia de Bush llevaría a los periodistas a tomarse un respiro, a reflexionar y a preguntarse si su tarea era averiguar si un político está en lo cierto, y no cómo se desempeña y sale del paso?

¡Pues nada de eso!

Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

krugman.blogs.nytimes.com, 27 febrero 2010

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Marzo 8th, 2010 at 8:00 am

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El final de la reforma financiera, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Esta es la situación. Hemos atravesado la segunda peor crisis financiera de la historia mundial y apenas hemos empezado a recuperarnos: 29 millones de estadounidenses no pueden encontrar trabajo, al menos no a tiempo completo. Sin embargo, el impulso de llevar a cabo una reforma bancaria seria se ha perdido. Ahora la pregunta, por lo visto, es si conseguiremos un proyecto de ley aguado o ninguno en absoluto. Y odio decir esto, pero la segunda opción empieza a parecer preferible.

El problema radica en el Senado, lo cual no es demasiado sorprendente, y principalmente, aunque no por entero, en los republicanos. La Cámara de Representantes ya ha aprobado un proyecto de reforma bastante drástico, más o menos en línea con lo propuesto por la Administración de Obama, y el Senado probablemente podría hacer lo mismo si funcionase según el principio de gobierno de la mayoría. Pero no es así, y cuando la oposición casi universal de los republicanos a una reforma seria se suma a la indecisión de algunos demócratas, el panorama es sombrío.

¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Y deberían los defensores de la reforma aceptar las concesiones que todavía podrían desembocar en algún tipo de proyecto de ley?

Muchos de los que se oponen a la versión de la reforma bancaria de la Cámara presentan su postura como una cuestión de principios. Los republicanos de la Cámara, cuando presentaron su propuesta alternativa, afirmaban que terminarían con los excesos bancarios introduciendo una “disciplina de mercado” (básicamente, prometiendo no rescatar a los bancos en el futuro).

Pero eso son imaginaciones. Por una parte, a la hora de la verdad, los Gobiernos siempre terminan rescatando a las instituciones financieras clave durante una crisis. Y de forma más general, depender de la magia del mercado para mantener los bancos a salvo siempre ha sido un camino hacia el desastre. Hasta Adam Smith lo sabía: puede que haya sido el padre de la economía de libre mercado, pero sostenía que la regulación bancaria era tan necesaria como los protocolos antiincendios en los edificios urbanos, y defendía una prohibición de los préstamos de alto riesgo y alto interés, la versión del siglo XVIII de las hipotecas subprime. Y la lección se ha visto confirmada una y otra vez, desde el pánico de 1873 hasta la Islandia actual.

Sospecho que hasta los republicanos, en el fondo, comprenden la necesidad de una reforma real. Pero su estrategia de oponerse a todo lo que proponga la Administración de Obama, unida al atractivo de los dólares del sector financiero -allá por diciembre, destacados dirigentes republicanos hicieron piña con los grupos de presión de los bancos para coordinar sus campañas antirreforma-, se ha impuesto sobre todos los demás argumentos.

Dicho esto, algunos republicanos podrían, sólo hipotéticamente, verse persuadidos para apoyar una versión muy debilitada de la reforma; en concreto, una que elimina un punto clave de las propuestas de la Administración de Obama: la creación de un organismo fuerte e independiente que proteja a los consumidores. ¿Deberían los demócratas aceptar semejante reforma aguada?

Yo opino que no. Hay ocasiones en que hasta una reforma enormemente imperfecta es mucho mejor que nada; éste es claramente el caso de la asistencia sanitaria. Pero la reforma financiera es diferente. Un proyecto de ley de asistencia sanitaria imperfecto puede revisarse a la luz de la experiencia, y si los demócratas consiguen que se apruebe el plan actual, habrá una presión constante para mejorarlo. Por el contrario, una reforma financiera débil no se vería puesta a prueba hasta la siguiente gran crisis. Todo lo que haría es generar una falsa sensación de seguridad y proporcionar una hoja de parra a los políticos que se oponen a cualquier medida seria; luego llegaría el batacazo.

Es mejor, por tanto, declararse a favor y poner a los enemigos de la reforma en evidencia. Y, faltaría más, hagamos hincapié en la polémica que ha despertado la propuesta de un organismo de protección financiera de los consumidores.

No cabe duda de que los consumidores necesitan una protección mucho mejor. El fallecido Edward Gramlich -un funcionario de la Reserva Federal que trató en vano de lograr que Alan Greenspan tomase medidas contra los préstamos nocivos- resumía perfectamente el razonamiento allá por 2007: “¿Por qué los productos crediticios más arriesgados se venden a los prestatarios menos sofisticados? La pregunta se responde por sí misma: los prestatarios menos sofisticados probablemente son embaucados para que acepten estos productos”.

¿Es importante que esta protección la proporcione un organismo independiente? Debe de serlo, o los grupos de presión no estarían haciendo campaña con tanta insistencia para evitar la creación de dicho organismo.

Y no es difícil ver por qué. Algunos han sostenido que el trabajo de proteger a los consumidores puede y debe hacerlo la Reserva Federal, o bien -como se propone en una solución que en estos momentos parece improbable- una unidad integrada en el Departamento del Tesoro. Pero recuerden que, hace no mucho, Greenspan era el presidente de la Reserva Federal y John Snow era el secretario del Tesoro (ministro de Hacienda). Caso cerrado. El único modo de que los consumidores estén protegidos bajo los futuros Gobiernos antirregulación -y, créanme, dado el poder de los grupos de presión financieros, esos Gobiernos llegarán- es que haya un organismo cuya única razón de existir sea controlar los abusos bancarios.

En resumen, por tanto, es hora de decir “hasta aquí hemos llegado”. Es mejor que no haya reforma, y que ello vaya unido a una campaña para nombrar y avergonzar a los culpables, que una reforma cosmética que simplemente encubra la falta de actuación.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Marzo 7th, 2010 at 8:14 am

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Los chicos de la quiebra, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Vale, la bestia pasa hambre. ¿Y ahora qué? Ésa es la pregunta a la que se enfrentan los republicanos. Pero se niegan a responder, o incluso a participar en cualquier discusión seria sobre lo que se debe hacer.

Para los lectores que no sepan de qué hablo: desde Reagan, el Partido Republicano siempre ha estado dirigido por personas que quieren un Estado mucho más pequeño. Citando las famosas palabras del activista Grover Norquist, los conservadores quieren reducir el Estado “hasta un tamaño que nos permita ahogarlo en la bañera”.

Pero siempre ha habido un problema político con este programa. Los electores pueden decir que se oponen a un Estado grande, pero los programas que realmente dominan el gasto federal -Medicare, Medicaid y la Seguridad Social- son muy populares. De modo que, ¿cómo se puede persuadir a los ciudadanos de que acepten grandes recortes en el gasto?

La respuesta conservadora, que se desarrolló a finales de los años setenta, se conocería durante los años de Reagan como “matar de hambre a la bestia”. La idea -propuesta por muchos de los intelectuales conservadores, desde Alan Greenspan hasta Irving Kristol- consistía básicamente en que los políticos partidarios de ella se dedicaran al juego de “dar gato por liebre”. En vez de proponer impopulares recortes del gasto, los republicanos defenderían populares recortes de impuestos, con la intención deliberada de empeorar la situación fiscal del Estado. Los recortes del gasto podrían venderse entonces como una necesidad más que como una opción, el único modo de eliminar un déficit presupuestario insostenible.

Y el déficit llegó. Es cierto que más de la mitad del déficit presupuestario de este año es consecuencia de la Gran Recesión, que por un lado ha hundido los ingresos y por otro ha requerido un aumento temporal del gasto para limitar los daños. Pero incluso cuando la crisis termine, el presupuesto seguirá claramente en números rojos, en gran parte como consecuencia de los recortes de impuestos de la era de Bush (y de las guerras sin respaldo financiero de la era de Bush). Y la combinación de una población envejecida y unos costes médicos en aumento conducirá, a menos que se haga algo, a un crecimiento explosivo de la deuda después de 2020.

Así que, según lo previsto, la bestia está pasando hambre. Por tanto, debería ser hora de que los conservadores expliquen qué partes de la bestia quieren suprimir. Y, de hecho, el presidente Barack Obama les ha invitado a hacer justamente eso al convocar una comisión bipartidista sobre el déficit.

A muchos progresistas les ha preocupado profundamente esta propuesta, ya que temen que se convierta en una especie de caballo de Troya (concretamente, que la comisión termine reviviendo el arraigado objetivo republicano de destruir la Seguridad Social). Pero no tienen de qué preocuparse: los senadores republicanos votaron mayoritariamente en contra de las leyes que habrían creado una comisión con algo de poder real, y es improbable que se consiga nada significativo con la mucho más débil comisión que Obama ha creado por decreto.

¿Por qué los republicanos son reacios a sentarse a hablar? Porque entonces se verían obligados a aportar algo, o si no, a callarse. Dado que se oponen categóricamente a reducir el déficit subiendo los impuestos, tendrían que explicar qué gastos quieren recortar. Y adivinen qué. Después de tres décadas abonando el terreno para este momento, siguen sin estar dispuestos a hacerlo.

De hecho, los conservadores han dado marcha atrás respecto a los recortes del gasto que ellos mismos han propuesto en el pasado. En los años noventa, por ejemplo, los congresistas republicanos trataron de imponer grandes recortes en Medicare (la asistencia sanitaria para los mayores de 65 años). Pero ahora han convertido la oposición a cualquier intento de gastar los fondos de Medicare de manera más sensata en el núcleo de su campaña contra la reforma sanitaria de Obama (¡paneles de la muerte!). Y quienes aspiran a la presidencia dicen cosas como lo que ha afirmado Tim Pawlenty, gobernador de Minnesota: “No creo que nadie vaya a echarse atrás ahora y decir ‘vamos a eliminar, o reducir, Medicare y Medicaid”.

¿Y qué pasa con la Seguridad Social? Hace cinco años, la Administración de Bush propuso limitar los pagos futuros a los trabajadores con ingresos altos y medios, que en la práctica significa evaluar los medios económicos para conceder las pensiones. Pero en diciembre, el editorial de The Wall Street Journal denunciaba cualquier evaluación de medios económicos porque “los electores de clase media y media-alta (es decir, los del Partido Republicano) recibirían menos de lo prometido a cambio de toda una vida de impuestos sobre sus nóminas”. (Ya. ¿Y desde cuándo admiten abiertamente los conservadores que el Partido Republicano es el partido de los ricos?).

Por lo tanto, en este momento, los republicanos insisten en que el déficit debe eliminarse, pero no están dispuestos ni a subir los impuestos ni a apoyar recortes en ningún programa gubernamental importante. Y tampoco están por la labor de participar en debates bipartidistas serios, porque eso les obligaría a explicar su plan (y no hay ningún plan, excepto el de recuperar el poder).

Pero hay cierta lógica en la actual postura republicana: de hecho, el partido está redoblando la apuesta de matar de hambre a la bestia. Resulta que dejar al Gobierno sin ingresos no ha bastado para obligar a los políticos a desmantelar el Estado de bienestar. Así que ahora la estrategia de facto consiste en oponerse a cualquier intervención responsable hasta que estemos en medio de una catástrofe fiscal. Recuerden que lo leyeron aquí primero.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Febrero 28th, 2010 at 9:10 am

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Tácticas de intimidación fiscal, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Ultimamente es difícil coger un periódico o poner un programa de noticias sin encontrarse con graves advertencias sobre el déficit presupuestario de EE UU. El déficit amenaza la recuperación económica, nos dicen; pone en peligro la estabilidad económica estadounidense; minará nuestra influencia en el mundo. Generalmente, estas afirmaciones no se expresan como opiniones, como puntos de vista que tienen algunos analistas, pero que otros ponen en duda. En lugar de eso, se habla de ellas como si fueran hechos, simple y llanamente.

Pero no son hechos. Muchos economistas tienen una visión del déficit presupuestario mucho más serena que cualquiera de las que se oyen en la televisión. Los inversores tampoco parecen excesivamente preocupados: los bonos del Tesoro de EE UU siguen encontrando compradores interesados, incluso con tipos de interés que alcanzan mínimos históricos. La perspectiva presupuestaria a largo plazo es problemática, pero los déficit a corto plazo no lo son, y hasta los pronósticos a largo plazo son mucho menos aterradores de lo que se está haciendo creer a los ciudadanos.

Así que ¿a qué se debe la repentina omnipresencia de estas historias de miedo sobre el déficit? No ha surgido a causa de ninguna noticia real. Desde hace al menos un año resulta evidente que el Gobierno de EE UU se va a enfrentar a un prolongado periodo de grandes déficit, y las previsiones sobre esos déficit no han variado mucho desde el verano pasado. Sin embargo, el son de los tambores de las funestas advertencias fiscales se ha vuelto muchísimo más fuerte.

A mí -y no soy el único- el repentino brote de histeria por el déficit me recuerda al pensamiento de grupo que imperaba durante el periodo previo a la guerra de Irak. Ahora como entonces, las afirmaciones dudosas, no respaldadas por pruebas fehacientes, se lanzan como si se hubiesen confirmado más allá de toda duda. Ahora como entonces, gran parte del sistema político y de los medios de comunicación han aceptado la idea de que debemos tomar medidas drásticas rápidamente, aun cuando no ha habido ninguna información nueva que justifique esta repentina urgencia. Ahora como entonces, aquéllos que cuestionan la narrativa dominante, independientemente de lo sólidos que sean sus argumentos o su historial, están siendo marginados.

Y propagar el miedo al déficit podría terminar haciendo tanto daño como la propagación del miedo a las armas de destrucción masiva. Hablemos un momento de la realidad presupuestaria. Al contrario de lo que a menudo se oye, el gran déficit que el Gobierno federal tiene ahora mismo no es consecuencia de un aumento descontrolado del gasto. En lugar de eso, mucho más de la mitad del déficit se debe a la continuada crisis económica, que ha provocado una caída en picado de la recaudación fiscal, ha requerido rescates federales de instituciones financieras y que ha sido contrarrestada -adecuadamente- con medidas temporales para estimular el crecimiento y apoyar la creación de empleo.

La cuestión es que mantener un déficit elevado cuando nos enfrentamos a la peor recesión económica que ha habido desde los años treinta es en realidad lo que hay que hacer. En todo caso, el déficit debería ser mayor de lo que es porque el Gobierno debería hacer más de lo que hace para crear empleo.

Es verdad que hay un problema presupuestario más a largo plazo. Ni siquiera la plena recuperación económica equilibraría el presupuesto, y probablemente tampoco reduciría el déficit hasta un nivel sostenible de forma permanente. Así que, una vez que haya pasado la crisis económica, el Gobierno de EE UU tendrá que aumentar sus ingresos y controlar sus gastos. Y a la larga, no hay manera de hacer que salgan las cuentas presupuestarias a menos que se haga algo con el coste de la asistencia sanitaria.

Pero no hay motivo para sentir pánico ante las perspectivas del presupuesto para los próximos años, o incluso para la próxima década. Fíjense, por ejemplo, en lo que dice la última propuesta presupuestaria de la Administración de Obama sobre los pagos de los intereses de la deuda federal; según las previsiones, dentro de una década habrán subido hasta representar el 3,5% del PIB. ¿Hasta qué punto es eso preocupante? Más o menos igual que lo eran los costes de los intereses que hubo durante el mandato de George Bush padre.

Entonces, ¿por qué toda esta histeria? La respuesta está en la política. La principal diferencia entre el verano pasado, cuando en general (y justificadamente) nos tomábamos el déficit con tranquilidad, y la actual sensación de pánico es que los malos agüeros sobre el déficit se han convertido en una parte esencial de la estrategia política republicana, cumpliendo una doble función: dañan la imagen del presidente Barack Obama y a la vez paralizan su programa político. Y bueno, el que la hipocresía sea impresionante -políticos que votan a favor de recortes de impuestos que destrozan el presupuesto haciéndose pasar por apóstoles de la rectitud fiscal y políticos que un día vilipendian los intentos de controlar los costes del sistema público de salud (¡paneles de la muerte!) y al siguiente denuncian el gasto gubernamental excesivo- no es ninguna novedad.

El problema, sin embargo, es que, por lo visto, a muchas personas les resulta difícil distinguir la diferencia entre las posturas cínicas y los argumentos económicos serios. Y esto está teniendo consecuencias desastrosas.

Porque el hecho es que, gracias a la histeria con el déficit, Washington ha equivocado completamente sus prioridades: solamente se habla de cómo rebajar el gasto gubernamental en unos miles de millones de dólares, mientras que apenas hay voluntad alguna de hacer frente al paro masivo. La política va por mal camino, y millones de estadounidenses pagarán la factura.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Febrero 21st, 2010 at 8:06 am

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La creación de un ‘eurocaos’, de Paul Krugman en El País

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Últimamente, las noticias financieras han estado dominadas por crónicas de Grecia y de otros países de la periferia europea. Y con razón.

Pero me ha inquietado la información que se centra casi exclusivamente en las deudas y en los déficit europeos, con lo que da la impresión de que todo se reduce al derroche gubernamental (lo cual le da la razón a nuestros halcones del déficit, que quieren recortar drásticamente el gasto a pesar de enfrentarnos a un paro masivo y ponen a Grecia como ejemplo de lo que pasará si no lo hacemos).

Pero la verdad es que la falta de disciplina fiscal no es la única, ni la principal, fuente de problemas de Europa, ni siquiera en Grecia, cuyo Gobierno, efectivamente, sí ha sido irresponsable (y ocultó su irresponsabilidad con contabilidad creativa).

No, la verdadera historia que está detrás del eurocaos no se basa en el despilfarro de los políticos, sino en la arrogancia de las élites; concretamente, las élites políticas que instaron a Europa a adoptar una moneda única mucho antes de que el continente estuviera preparado para un experimento de este tipo.

Fijémonos en el caso de España, que en vísperas de la crisis parecía ser un ciudadano fiscal modelo. Sus deudas eran bajas: un 43% del PIB en 2007, en comparación con el 66% de Alemania. Tenía superávit presupuestario. Y su regulación bancaria era ejemplar.

Pero con su clima cálido y sus playas, España era también la Florida de Europa y, al igual que Florida, experimentó un enorme auge inmobiliario. La financiación de este boom provenía principalmente del extranjero: hubo entradas gigantescas de capital procedentes del resto de Europa, en especial de Alemania.

La consecuencia fue un crecimiento rápido combinado con una inflación significativa: entre 2000 y 2008, los precios de bienes y servicios producidos en España aumentaron un 35%, en comparación con un incremento de sólo un 10% en Alemania. Debido a la subida de los costes, las exportaciones españolas fueron perdiendo competitividad, pero la creación de empleo siguió siendo fuerte gracias al boom inmobiliario.

Y entonces estalló la burbuja. El paro en España experimentó un drástico repunte, y el presupuesto incurrió en un profundo déficit. Pero la avalancha de números rojos -que estuvo provocada en parte por la forma en que la depresión redujo los ingresos y en parte por el gasto de emergencia para limitar los costes humanos de la depresión- fue una consecuencia, no la causa, de los problemas de España.

Y no hay mucho que el Gobierno español pueda hacer para mejorar las cosas. El principal problema económico del país es que los costes y los precios se han desmarcado de los del resto de Europa. Si España siguiera teniendo su antigua moneda, la peseta, podría remediar rápidamente el problema con una devaluación (por ejemplo, reduciendo el valor de la peseta un 20% con respecto a otras divisas europeas). Pero España ya no tiene su propio dinero, lo que implica que sólo puede recuperar su competitividad mediante un lento y doloroso proceso de deflación.

Ahora bien, si España fuera un estado de Estados Unidos y no un país europeo, la situación no sería tan mala. En primer lugar, los costes y los precios no se habrían desmadrado tanto: Florida, que, entre otras cosas, podía atraer libremente a trabajadores de otros estados y mantener bajos los costes de la mano de obra, nunca experimentó nada remotamente parecido a la inflación relativa de España. Y en segundo lugar, España recibiría una gran cantidad de apoyo automático en la crisis: el sector inmobiliario de Florida ha pasado de la expansión a la recesión, pero Washington sigue enviando los cheques de la Seguridad Social y del Medicare.

Pero España no es un estado de Estados Unidos y, por tanto, está metida en un buen lío. Grecia, naturalmente, está en un lío aún peor, porque los griegos, a diferencia de los españoles, fueron realmente irresponsables desde el punto de vista fiscal. No obstante, Grecia tiene una economía pequeña, cuyos problemas importan principalmente porque se están extendiendo a otras economías mucho más grandes, como la de España. Así que el origen de la crisis es la inflexibilidad del euro, y no el gasto financiado con el déficit.

Nada de esto debería extrañarnos demasiado. Mucho antes de que naciera el euro, los economistas advertían de que Europa no estaba preparada para una moneda única. Pero se hizo caso omiso de estas advertencias y se produjo la crisis .

¿Y ahora qué? La disolución del euro es prácticamente impensable, por meros motivos prácticos. Como dice Barry Eichengreen de Berkeley, un intento de reintroducir una moneda nacional desencadenaría “la madre de todas las crisis financieras”. Así que no hay marcha atrás: para hacer que el euro funcione, Europa tiene que avanzar mucho más en la unión política, para que los países europeos empiecen a funcionar más como estados de Estados Unidos.

Pero eso no va a suceder de hoy para mañana. Lo que veremos probablemente a lo largo de los próximos años es un doloroso proceso de remiendos: rescates acompañados de exigencias de una austeridad despiadada, y todo con un trasfondo de desempleo muy elevado, perpetuado por la dolorosa deflación que ya he mencionado.

Es un panorama feo. Pero es importante entender la naturaleza del fatal fallo de Europa. Sí, algunos Gobiernos han sido irresponsables; pero el problema básico ha sido el orgullo desmedido, la arrogante idea de que Europa podía hacer que funcionara una moneda única a pesar de los fuertes motivos que había para creer que no estaba preparada.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2010 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Febrero 16th, 2010 at 8:14 am

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EE UU todavía no se ha perdido, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Siempre hemos sabido que el reinado de EE UU como primera potencia mundial terminaría algún día. Pero la mayoría de nosotros imaginábamos que la caída, cuando llegase, sería algo grandioso y trágico.

En vez de eso, lo que estamos presenciando no es tanto una tragedia como una farsa mortal. En lugar de desmoronarse por la presión del sobreesfuerzo imperialista, está paralizado por los trámites. En lugar de una nueva versión del ocaso y caída de Roma, está repitiendo la disolución de la Polonia del siglo XVIII.

Una breve lección de historia. En los siglos XVII y XVIII, la asamblea legislativa polaca, el Sejm, funcionaba según el principio de unanimidad: cualquier miembro podía anular una legislación gritando: “¡No lo permito!”. Esto hizo que el país fuese en gran medida ingobernable y los regímenes vecinos empezaron a apropiarse de pedazos de su territorio. En 1795, Polonia había desaparecido, y no resurgió durante más de un siglo.

Hoy, el Senado de EE UU por lo visto está decidido a conseguir que el Sejm parezca bueno comparado con él. La semana pasada, después de nueve meses, el Senado aceptó por fin a Martha Johnson como jefa de la administración de servicios generales, que controla los edificios gubernamentales y compra los suministros. Es un puesto esencialmente no político, y nadie cuestionaba las aptitudes de Johnson: fue aceptada por 94 votos a favor y 2 en contra. Pero el senador Christopher Bond, representante por Misuri, había solicitado el aplazamiento de su nombramiento para presionar al Gobierno a fin de que éste aprobase un proyecto de edificación en Kansas City.

Este dudoso logro puede que haya inspirado al senador republicano por Alabama Richard Shelby. En cualquier caso, ahora Shelby ha solicitado el aplazamiento de todos los nombramientos importantes de la Administración de Obama -unos setenta puestos gubernamentales de alto nivel- hasta que su Estado consiga un contrato de aviones cisterna y un centro de lucha antiterrorista.

¿Qué confiere a los senadores individuales esta clase de poder? Gran parte del funcionamiento del Senado depende de la aprobación unánime: es difícil conseguir que algo se haga a menos que todo el mundo esté de acuerdo con el procedimiento. Y se ha ido estableciendo una tradición según la cual los senadores, a cambio de no paralizarlo todo, obtienen el derecho de vetar a los candidatos que no les gusten. En el pasado, los aplazamientos se usaban con moderación. Eso se debe, como señala un informe del servicio de investigación del Congreso sobre esta práctica, a que antes el Senado se regía por “las tradiciones del respeto, la cortesía, la reciprocidad y el acuerdo”. Pero eso era entonces. Las normas que antes eran viables se han vuelto paralizadoras ahora que uno de los principales partidos políticos del país ha caído en el nihilismo, y no ve problema alguno -de hecho, ve dividendos políticos- en hacer que el país se vuelva ingobernable.

¿Hasta qué punto es grave? Es tan grave que echo de menos a Newt Gingrich. Los lectores quizá recuerden que, en 1995, el republicano Gingrich, por entonces presidente de la Cámara de Representantes, cortó la financiación del Gobierno federal y forzó una parálisis gubernamental temporal. Fue una acción fea y radical, pero al menos Gingrich tenía unas demandas específicas: quería que Bill Clinton accediese a realizar unos fuertes recortes del gasto sanitario.

Actualmente, sin embargo, los dirigentes republicanos se niegan a presentar propuestas concretas. Lanzan vituperios contra el déficit; y el mes pasado, sus senadores votaron en bloque contra cualquier subida del límite de la deuda federal, una jugada que habría precipitado otra parálisis gubernamental si los demócratas no hubiesen contado con 60 votos. Pero también denuncian cualquier cosa que realmente pueda reducir el déficit, lo que incluye, irónicamente, cualquier intento de gastar los fondos de Medicare de forma más prudente.

Y con un Partido Republicano que ha renunciado a cualquier responsabilidad a la hora de hacer que las cosas funcionen es perfectamente normal que los senadores se sientan libres para tomar al país como rehén hasta que se financien sus proyectos.

La verdad es que, dado el estado de la política estadounidense, la forma en que funciona el Senado ya no es compatible con un Gobierno operativo. Los propios senadores deberían reconocer este hecho y fomentar la modificación de esas normas, lo que incluye la eliminación o al menos la limitación del obstruccionismo. Esto es algo que podrían y deberían hacer, mediante votación por mayoría, el primer día de la próxima sesión del Senado.

No aguanten la respiración. Vista la situación, los demócratas no parecen capaces ni de anotarse puntos políticos poniendo de manifiesto el obstruccionismo de sus oponentes.

El mensaje debería ser simple (y debería haber sido el mensaje central en Massachusetts): un voto por un republicano, independientemente de lo que se piense de él como persona, es un voto a favor de la parálisis. Pero por ahora sabemos cómo se comporta la Administración de Obama con aquellos que están dispuestos a destruirla: va directa a los capilares. Como era de esperar, Robert Gibbs, el secretario de prensa de la Casa Blanca, ha acusado a Shelby de “estupidez”. Claro, eso seguro que tiene eco entre los votantes.

Tras la disolución de Polonia, un funcionario polaco que trabajó a las órdenes de Napoleón escribió una canción que finalmente -después de la resurrección del país tras la Primera Guerra Mundial- se convirtió en el himno nacional de Polonia. Empieza diciendo “Polonia todavía no se ha perdido”.

Bueno, EE UU todavía no se ha perdido. Pero el Senado está trabajando en ello.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Febrero 14th, 2010 at 8:06 am

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La tragedia española, de Paul Krugman en SinPermiso

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Cuando Europa se ve enturbiada por temores asociados a la deuda, importa percatarse de que la crisis en el mayor de los países PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) no tiene nada que ver con la irresponsabilidad fiscal. Al romper la crisis, España tenía superávit presupuestario; sus deudas, como puede verse en el cuadro de arriba, eran pequeñas en relación con el PIB.

¿Qué pasó, pues? España es materia para una lección sobre los problemas que entraña una unión monetaria sin integración fiscal y laboral. Primero hubo un gigantesco auge en España, en buena medida espoleado por una burbuja inmobiliaria (y financiado por flujos de capital procedentes de Alemania). Ese auge trajo consigo la subida de los salarios. Luego estalló la burbuja, dejando al trabajo español sobreapreciado en relación a Alemania y Francia y disparando el desempleo. Provocando también enormes déficits presupuestarios, sobre todo a causa del colapso de los ingresos, pero también debido a los esfuerzos hechos para limitar el incremento del desempleo.

Si España dispusiera de moneda propia, sería la ocasión de devaluar; pero no es el caso.

Por otro lado, si España fuera como Florida, sus problemas serían harto menos graves. El déficit presupuestario no sería tan grande, porque los gastos de seguridad social vendrían a cubrirse desde Bruselas, como la Seguridad Social y Medicare vienen de Washington. Y habría una válvula de seguridad en materia de desempleo, porque muchos trabajadores emigrarían a regiones con mejores perspectivas. (Tampoco los salarios habrían subido tanto al comienzo: la inmigración lo habría evitado.)

El caso es que nada de eso tiene que ver con un gobierno manirroto; lo que pasa es que España refleja los problemas inherentes al euro, que ahora más que nunca aparece ante nuestros ojos como una unión monetaria llevada demasiado lejos.

Paul Krugman fue Premio Nobel de economía en 2008

Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro

http://krugman.blogs.nytimes.com/2010/02/05/the-spanish-tragedy/

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Febrero 8th, 2010 at 8:05 am

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Bueno y aburrido, de Paul Krugman en Negocios de El País

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En tiempos de crisis, la buena noticia es que no haya noticias. El desastre de Islandia ocupó titulares; la notable estabilidad de los bancos de Canadá, no tanto.

Pero ahora que la atención del mundo se desvía del rescate financiero hacia la reforma financiera, las discretas historias de éxito merecen al menos la misma atención que los fracasos espectaculares. Tenemos que aprender de esos países que, evidentemente, lo han hecho bien. Y encabezando esa lista está nuestro vecino del norte. Ahora mismo, Canadá es un modelo de conducta muy importante.

Sí, lo sé, se supone que Canadá es soso. Es muy conocido que The New Republic declaró que el titular “La iniciativa canadiense vale la pena” (extraída de una columna de opinión publicada en los años ochenta en The New York Times) era el más aburrido del mundo. Pero Canadá siempre me ha parecido fascinante, precisamente porque es similar a EE UU en muchos aspectos, pero no en todos. La cuestión es que cuando los canadienses y los estadounidenses experimentan una divergencia, es casi seguro que las diferencias políticas, más que las diferencias culturales o de la estructura económica, están detrás de esa divergencia.

Y de todas formas, en lo que respecta a la banca, lo aburrido es bueno. Primero, algunos antecedentes. A lo largo de la última década, EE UU y Canadá hicieron frente al mismo entorno mundial. Ambos se enfrentaron al mismo aluvión de productos baratos y dinero barato procedentes de Asia. Los economistas de ambos países afirmaron alegremente que la era de las recesiones graves se había terminado.

Pero cuando las cosas se torcieron, las consecuencias fueron muy distintas en EE UU y en Canadá. En EE UU, las ejecuciones hipotecarias se dispararon, algunas instituciones financieras importantes se hundieron y otras sólo sobrevivieron gracias a las enormes ayudas económicas del Gobierno. En Canadá no pasó nada de eso. ¿Qué hicieron los canadienses de forma diferente?

No fue la política sobre los tipos de interés. Muchos analistas han culpado a la Reserva Federal de la crisis financiera, alegando que la Reserva creó una desastrosa burbuja al mantener los tipos de interés demasiado bajos durante demasiado tiempo. Pero los tipos de interés canadienses han seguido bastante de cerca a los estadounidenses, así que parece que los tipos bajos por sí solos no bastan para desencadenar una crisis financiera.

La experiencia de Canadá también parece refutar la opinión, enérgicamente defendida por Paul Volcker, el formidable ex presidente de la Reserva, de que las raíces de nuestra crisis se encuentran en la escala y el alcance de nuestras instituciones financieras (en la existencia de bancos que eran “demasiado grandes para quebrar”). Porque en Canadá prácticamente todos los bancos son demasiado grandes para quebrar: sólo cinco grupos bancarios dominan la escena financiera.

Por otra parte, la experiencia de Canadá sí parece respaldar el punto de vista de personas como Elizabeth Warren, la directora del grupo de expertos del Congreso que supervisa el rescate de la banca, quien atribuye gran parte de la culpa de la crisis a la incapacidad de proteger a los consumidores de los préstamos engañosos. Canadá tiene un organismo del consumidor financiero independiente, y éste ha restringido radicalmente los préstamos de alto riesgo.

Por encima de todo, la experiencia de Canadá parece corroborar la opinión de aquellos que dicen que la forma de hacer que la banca sea segura es hacerla aburrida, es decir, limitar la medida en que los bancos pueden asumir riesgos. EE UU solía tener un sistema bancario aburrido, pero la liberalización de la era Reagan hizo las cosas peligrosamente interesantes. Canadá, por el contrario, ha mantenido un tedio feliz.

Más concretamente, Canadá ha sido mucho más estricto a la hora de limitar el apalancamiento de los bancos, el grado en que pueden depender de fondos prestados. También ha limitado el proceso de titulización, por el que los bancos empaquetan y revenden derechos sobre sus préstamos pendientes; un proceso que se suponía que ayudaba a los bancos a reducir el riesgo repartiéndolo, pero que, en la práctica, ha resultado ser un modo de que los bancos hagan apuestas aún mayores con el dinero de otra gente.

No cabe duda de que en los últimos años estas restricciones han supuesto menos oportunidades para que a los banqueros se les ocurriesen ideas brillantes que habrían estado a su alcance si Canadá hubiese imitado el fervor liberalizador de EE UU. Pero resulta que eso ha acabado siendo bueno.

¿Y qué posibilidades hay de que EE UU aprenda del éxito de Canadá? En realidad, el proyecto de ley de reforma financiera que la Cámara de Representantes aprobó en diciembre haría que el sistema estadounidense se asemejase significativamente al canadiense. Crearía un organismo independiente de protección del consumidor financiero, establecería límites para el endeudamiento y restringiría la titulización al exigir a las entidades de crédito que conserven parte de sus préstamos.

Pero las perspectivas de que un proyecto de ley así obtenga los 60 votos que ahora se necesitan para que se apruebe algo en el Senado son inciertas. Los republicanos están clara y absolutamente en contra de cualquier reforma financiera importante -ni un solo republicano votó a favor del proyecto de ley de la Cámara de Representantes- y algunos demócratas también tienen sentimientos opuestos.

Así que hay una gran probabilidad de que no hagamos nada, o no demasiado, para evitar futuras crisis bancarias. Pero no será porque no sepamos qué hacer: tenemos un claro ejemplo de cómo hacer que la banca sea segura justo en la puerta de al lado.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Febrero 7th, 2010 at 8:06 am

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La marcha de los pavos reales, de Paul Krugman en Negocios en El País

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La semana pasada, el Centro para el Progreso de Estados Unidos, un comité de expertos estrechamente vinculado a la Administración de Obama, publicaba un cáustico ensayo sobre la diferencia entre los auténticos halcones del déficit y los vistosos “pavos reales del déficit”. Se decía a los lectores que pueden reconocer a los pavos reales del déficit por el modo en que fingen que nuestros problemas presupuestarios pueden resolverse con trucos como una congelación temporal del gasto discrecional no de Defensa.

Una semana después, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Obama proponía una congelación temporal del gasto discrecional no de Defensa. Pero esperen, la cosa se pone peor. Para justificar la congelación, Obama empleó un lenguaje que era casi idéntico a las observaciones que hizo a principios del año pasado John Boehner, el líder de la minoría en la Cámara de Representantes, y que muchos ridiculizaron. Boehner dijo entonces: “Las familias estadounidenses se están apretando el cinturón, pero no ven que el Gobierno se apriete el suyo”. Obama ha dicho ahora: “Las familias de todo el país se están apretando el cinturón y están tomando decisiones difíciles. El Gobierno federal debería hacer lo mismo”.

¿Qué está pasando aquí? La respuesta, se supone, es que los asesores de Obama creían que podría apuntarse unos cuantos tantos políticos haciendo el baile del pavo real del déficit. Pienso que se equivocaban, que se ha hecho a sí mismo más daño que bien. Sea como sea, sin embargo, el hecho de que cualquiera pensase que una idea política tan tonta era políticamente inteligente es mala señal, porque indica hasta qué punto estamos renegando de nuestros problemas económicos y fiscales.

La naturaleza de los problemas de Estados Unidos es fácil de explicar. Estamos sufriendo las secuelas de una grave crisis financiera que ha provocado una destrucción de empleo masiva. Lo único que impide que nos precipitemos hacia una segunda Gran Depresión es el gasto deficitario. Y ahora mismo necesitamos más gasto deficitario porque las vidas de millones de estadounidenses se están arruinando por el elevadísimo desempleo, y el Gobierno debería estar haciendo todo lo posible por reducir el paro.

A la larga, sin embargo, hasta el Gobierno de EE UU tiene que pagar su parte. Y las perspectivas del presupuesto a largo plazo eran nefastas incluso antes del reciente repunte del déficit, principalmente por culpa de la inexorable subida de los costes de la asistencia sanitaria. Con vistas al futuro, vamos a tener que encontrar la manera de que los déficit sean más pequeños, no más grandes.

¿Cómo se puede resolver este aparente conflicto entre las necesidades a corto plazo y las responsabilidades a largo plazo? Desde el punto de vista intelectual, no resulta nada difícil. Debemos combinar medidas que creen empleo ahora con otras que reduzcan el déficit más adelante. Y los responsables de la economía en la Administración de Obama comprenden esa lógica: durante el año pasado, han dejado muy claro que su visión conlleva combinar los incentivos fiscales para estimular la economía ahora con una reforma de la asistencia sanitaria para ayudar al presupuesto más tarde.

Sin embargo, la triste verdad es que nuestro sistema político no parece capaz de hacer lo que es necesario. En lo que respecta al empleo, ahora está claro que el estímulo de Obama no fue lo bastante grande ni de lejos. Ahora no es necesario responder a la pregunta de si la Administración debería o podría haber solicitado un paquete de medidas mayor a principios del año pasado. En cualquier caso, la cuestión es que el impulso debido al estímulo empezará a desaparecer dentro de unos seis meses, aunque todavía nos enfrentamos a años de paro masivo. Según los últimos pronósticos de la Oficina Presupuestaria del Congreso, el año que viene la tasa media de paro sólo estará ligeramente por debajo del actual y desastroso 10%.

Con eso y todo, el Congreso no muestra mucho entusiasmo por lanzar ningún plan importante de creación de empleo. Mientras tanto, la reforma de la asistencia sanitaria se enfrenta a unas perspectivas complicadas. Puede que los demócratas del congreso se las apañen para aprobar un proyecto de ley; el no hacerlo sería un suicidio político. Pero no cabe duda de que los republicanos han tenido mucho éxito a la hora de desacreditar el plan. Y, lo que es más crucial, lo que han desacreditado más eficazmente han sido las iniciativas para controlar el gasto: unas medidas modestas y absolutamente razonables para garantizar que los dólares de Medicare se gasten sabiamente se han convertido en “paneles de la muerte”.

De modo que si la reforma sanitaria fracasa podemos olvidarnos de cualquier intento serio de controlar el aumento de los costes de Medicare. E incluso si tiene éxito, muchos políticos habrán aprendido una dura lección: uno no se lleva ningún laurel por hacer lo que es fiscalmente responsable. Por el bien de la carrera de uno, es mejor limitarse a fingir que uno es fiscalmente responsable, o sea, ser un pavo real del déficit.

Por eso estamos paralizados ante el paro masivo y el gasto sanitario descontrolado. No culpen a Obama. Un hombre sólo puede hacer lo que está en su mano, aunque viva en la Casa Blanca. Culpen más bien a nuestra cultura política, una cultura que recompensa la hipocresía y la irresponsabilidad en vez de los esfuerzos serios por solucionar los problemas de Estados Unidos. Y culpen a las maniobras obstruccionistas, por las cuales 41 senadores pueden hacer que el país sea ingobernable si así lo deciden. Y así lo han decidido.

Siento decir esto, pero el Estado de la Unión (no el discurso, sino la cosa en sí) no pinta muy bien.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Enero 31st, 2010 at 10:08 am

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El dilema de Bernanke, de Paul Krugman en El País

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Un republicano ha ganado en Massachusetts y, de repente, no está claro si el Senado confirmará a Ben Bernanke como presidente de la Reserva Federal para un segundo mandato. Eso no es tan extraño como parece: Washington se ha dado cuenta de pronto de la indignación de los ciudadanos ante las políticas que han rescatado a los grandes bancos, pero no han conseguido crear empleo. Y Bernanke se ha convertido en símbolo de esas políticas.

¿Cuál es mi postura? Admiro profundamente a Bernanke, como economista y por su respuesta a la crisis financiera. (Para conocimiento general: antes de irse a la Reserva, dirigía el Departamento de Economía de Princeton y me contrató para el puesto que actualmente tengo allí). Pero sus detractores tienen buenos argumentos. Como conclusión, estoy a favor de su renovación en el cargo, pero sólo porque destituirle podría empeorar las políticas de la Reserva, no mejorarlas.

¿Cómo hemos llegado a una situación en la que eso es lo mejor que puedo decir? Bernanke es un excelente investigador en economía. Y desde la primavera de 2008 hasta la de 2009, su experiencia académica y su función política encajaron a la perfección, ya que empleaba tácticas agresivas y poco ortodoxas para esquivar una segunda Gran Depresión.

Desgraciadamente, ésa no es toda la historia. Antes de que estallara la crisis, Bernanke era en gran medida un funcionario de la Reserva convencional y típico, que compartía plenamente la complacencia de la institución. Y lo que es peor, después de que terminase la fase aguda de la crisis, volvió a sumergirse en esa corriente dominante. Una vez más, la Reserva siente una complacencia peligrosa y, una vez más, Bernanke parece compartirla.

Fíjense en estos dos problemas: la reforma financiera y el paro.

Allá por el mes de julio, Bernanke habló en contra de una propuesta de reforma clave: la creación de un nuevo organismo de protección financiera de los consumidores. Instó al Congreso a mantener la situación actual, en la que la protección de los consumidores ante las prácticas financieras injustas es responsabilidad de la Reserva Federal.

Pero el problema es éste: durante la época que precedió a la crisis, mientras proliferaban los abusos financieros, la Reserva no hizo nada. En concreto, ignoró las advertencias relacionadas con los préstamos subprime. Por eso llamaba la atención que en su declaración Bernanke no reconociese ese fracaso, no explicase lo que había pasado y no ofreciese razones para creer que la Reserva se comportaría de forma diferente en el futuro. Su mensaje se reducía a: “Sabemos lo que estamos haciendo; confíen en nosotros”.

Como he dicho, la Reserva ha retornado a una complacencia peligrosa. Y luego está el paro. Puede que la economía no se haya hundido, pero está en una situación terrible, en la que el número de personas que buscan trabajo es seis veces superior al de puestos vacantes. Y Bernanke tampoco espera ninguna mejora rápida: el mes pasado, cuando predijo que el paro iba a bajar, admitió que el ritmo de bajada sería “más lento de lo que nos gustaría”. De modo que, ¿qué propone que se haga para crear empleo?

Nada. Bernanke no ha dado ninguna muestra de que sienta la necesidad de adoptar políticas que puedan reducir el paro más deprisa. En lugar de eso, ha respondido a las insinuaciones de que la Reserva tome más medidas con frases huecas sobre “el anclaje de las expectativas en cuanto a la inflación”. Es duro, pero cierto, afirmar que se comporta como si la misión ya estuviese cumplida ahora que se ha rescatado a los grandes bancos.

¿Qué ha pasado aquí? Yo tengo la sensación de que Bernanke, como muchas personas que trabajan codo con codo con el sector financiero, ha terminado viendo el mundo a través de los ojos de los banqueros. Lo mismo podría decirse de Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, y de Larry Summers, el principal economista de la Administración de Obama. Pero ellos no están a merced del Senado, mientras que Bernanke sí lo está.

Teniendo esto en cuenta, ¿por qué no rechazar a Bernanke? Hay otras personas con el peso intelectual y la sabiduría política necesarios para asumir el puesto: entre los posibles candidatos estarían mi compañero de Princeton Alan Blinder, ex vicepresidente de la Reserva, y Janet Yellen, la presidenta de la Reserva de San Francisco.

Pero -y aquí llega mi defensa de la renovación de Bernanke- cualquier buena alternativa para el puesto supondría una lucha encarnizada en el Senado. Y optar por una mala alternativa tendría consecuencias verdaderamente nefastas para la economía. Además, las decisiones políticas en la Reserva se toman mediante la votación del comité. Y aunque Bernanke parece estar demasiado poco preocupado por el paro y excesivamente preocupado por la inflación, muchos de sus compañeros son peores. Sustituirle por alguien menos respetado, con menos capacidad para influir en la discusión interna, podría terminar fortaleciendo las garras de los halcones de la inflación y haciendo aún más daño a la creación de empleo.

Eso no es un respaldo incondicional, pero es lo mejor que puedo ofrecer. Si Bernanke es reelegido, él y sus compañeros tienen que darse cuenta de que lo que ellos consideran un éxito de la política es en realidad un fracaso. Hemos evitado una segunda Gran Depresión, pero nos enfrentamos a un paro masivo -un paro que arruinará las vidas de millones de estadounidenses- durante los años venideros. Y la Reserva tiene la responsabilidad de hacer todo lo que pueda para acabar con esa plaga.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y Premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Enero 26th, 2010 at 9:14 am

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Aprender de Europa, de Paul Krugman en Negocios de El País

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La reforma sanitaria ha provocado muchos lloriqueos y rasgado de vestiduras entre los conservadores. Y no me refiero solamente a los más radicales. Hasta los conservadores más serenos han estado lanzando advertencias atroces sobre que la sanidad de Obama convertirá a EE UU en una democracia social de tipo europeo. Y todo el mundo sabe que Europa ha perdido todo su dinamismo económico.

Sin embargo, por extraño que parezca, lo que todo el mundo sabe no es verdad. Europa tiene sus problemas económicos; ¿quién no? Pero la historia que oímos constantemente (de una economía estancada en la que los impuestos elevados y los beneficios sociales generosos han eliminado los incentivos, y detenido el crecimiento y la innovación) se parece poco a los hechos, sorprendentemente positivos. La lección de Europa es en realidad la opuesta a la que cuentan los conservadores: Europa es un éxito económico, y ese éxito demuestra que la democracia social funciona.

De hecho, el éxito económico de Europa debería resultar evidente incluso sin estadísticas. Para aquellos estadounidenses que han visitado París: ¿les parecía pobre y atrasada? ¿Qué me dicen de Frankfurt o Londres? Siempre deberían tener en cuenta que cuando se trata de qué creer -las estadísticas económicas oficiales o lo que uno ve con sus mentirosos ojos- son los ojos los que dicen la verdad.

En cualquier caso, las estadísticas confirman lo que ven los ojos. Es cierto que la economía de EE UU ha crecido más deprisa que la europea en la última generación. Desde 1980 -cuando nuestra política giró bruscamente hacia la derecha, mientras que la de Europa no lo hizo- el PIB real de EE UU ha crecido, de media, un 3% al año. Mientras tanto, la UE de los 15 -el bloque de los 15 países que eran miembros de la Unión Europea antes de que ésta se ampliase para incluir a una serie de antiguos países comunistas- sólo ha crecido un 2,2% al año. ¡EE UU se impone!

O puede que no. Todo lo que nos dice esto es que hemos tenido un crecimiento demográfico más rápido. Desde 1980, el PIB real per cápita -que es el que importa para determinar la calidad de vida- ha aumentado casi al mismo ritmo en EE UU y en la UE de los 15: 1,95% al año en EE UU; 1,83% en Europa.

¿Y qué pasa con la tecnología? A finales de los años noventa, era posible sostener que la revolución de la tecnología de la información estaba pasando de largo a Europa. Pero, desde entonces, Europa ha acelerado en muchos sentidos. La banda ancha, en concreto, está casi igual de extendida en Europa que en Estados Unidos, y es mucho más rápida y barata.

¿Y qué hay del empleo? En esto se puede afirmar que a EE UU le va mejor: las tasas de paro europeas suelen ser significativamente mayores que la estadounidense, y la fracción de la población con trabajo, menor. Pero si la visión que tienen es la de millones de adultos con la edad perfecta para trabajar sentados sin nada que hacer, viviendo del paro, piensen otra vez. En 2008, el 80% de los adultos de entre 25 y 54 años de la UE de los 15 tenían trabajo (y el 83% en Francia). Eso es aproximadamente lo mismo que en EE UU. Los europeos tienen menos tendencia que nosotros a trabajar cuando son jóvenes o mayores, pero ¿es eso algo negativo?

Y además, los europeos son bastantes productivos: trabajan menos horas, pero la producción por hora en Francia y Alemania está cerca de la de EE UU.

La cuestión no es que Europa sea una utopía. Como EE UU, está teniendo problemas para lidiar con la actual crisis financiera. Como Estados Unidos, los grandes países de Europa se enfrentan a graves problemas fiscales a largo plazo y, como algunos estados concretos de Estados Unidos, algunos países europeos se tambalean al borde de la crisis fiscal. (Sacramento es ahora la Atenas de Estados Unidos, en el mal sentido). Pero desde una perspectiva general, la economía europea funciona; crece; es tan dinámica, teniéndolo todo en cuenta, como la nuestra.

Entonces, ¿por qué muchos expertos nos pintan un cuadro tan diferente? Porque, según el dogma económico dominante en EE UU -y al decir esto me refiero a muchos demócratas, así como a prácticamente todos los republicanos- la democracia social de tipo europeo debería ser un completo desastre. Y la gente tiende a ver lo que quiere ver.

Al fin y al cabo, mientras que la información sobre la defunción económica de Europa se exagera, no se hace lo mismo con la referida a sus impuestos elevados y beneficios generosos. Los impuestos en los principales países europeos están entre el 36 y el 44% del PIB, en comparación con el 28% en EE UU. La asistencia sanitaria universal es, bueno, universal. El gasto social es inmensamente superior al de EE UU. Así que, si hubiese algo de verdad en las suposiciones económicas que predominan en los debates públicos estadounidenses -sobre todo, la creencia de que la subida, incluso moderada, de impuestos a los ricos y las prestaciones para los pobres eliminarían radicalmente los incentivos para trabajar, invertir e innovar- Europa sería la economía estancada y decadente de la leyenda. Pero no lo es.

Europa se presenta a menudo como una historia con moraleja, una demostración de que si uno trata de hacer la economía menos brutal, de ocuparse mejor de sus conciudadanos cuando pasan por malos momentos, uno terminará destruyendo el progreso económico. Pero lo que la experiencia europea realmente demuestra es lo contrario: la justicia social y el progreso pueden ir de la mano.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

(c) 2010 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Enero 24th, 2010 at 9:11 am

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Banqueros sin la menor idea, de Paul Krugman en Negocios en El País

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La Comisión de Investigación sobre la Crisis Financiera oficial -el grupo que pretende llevar a cabo una versión moderna de las audiencias Pecora de los años treinta, cuyas investigaciones sentaron las bases de la regulación bancaria del New Deal- empezó a recoger testimonios el pasado miércoles. En la primera sesión, la comisión sometió a un duro interrogatorio a cuatro importantes peces gordos del sector financiero. ¿De qué nos hemos enterado?

Bueno, si estaban esperando un momento a lo Perry Mason -una escena en la que el testigo suelta: “¡Sí! ¡Lo reconozco! ¡Fui yo! ¡Y me alegro!”-, la vista fue un fiasco. Lo que sí hubo, en cambio, fueron testigos que exclamaban: “¡Sí! ¡Lo reconozco! ¡No tengo la menor idea!”.

Vale, no con tantas palabras. Pero el testimonio de los banqueros puso de manifiesto una asombrosa incapacidad, incluso ahora, para entender la naturaleza y alcance de la crisis actual. Y eso es importante: nos dice que, ahora que el Congreso y el Gobierno están tratando de reformar el sistema financiero, deberían ignorar los consejos provenientes de los supuestos sabios de Wall Street, que no tienen ninguna sabiduría que ofrecer.

Fíjense en lo que ha pasado hasta ahora: la economía estadounidense sigue lidiando con las consecuencias de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión; se han perdido billones de dólares de posibles ingresos; las vidas de millones de personas se han visto perjudicadas, en algunos casos de manera irreparable, por el paro masivo; millones de personas más han visto esfumarse sus ahorros; cientos de miles, puede que millones, perderán la asistencia sanitaria básica debido a la combinación de pérdida de empleo y recortes draconianos por parte de unos gobiernos estatales con problemas de liquidez.

Y este desastre ha sido completamente autoinducido. Esto no es como la estanflación de los años setenta, que tuvo mucho que ver con la subida del precio del petróleo que, a su vez, era consecuencia de la inestabilidad política en Oriente Próximo. Esta vez tenemos problemas gracias únicamente a la naturaleza disfuncional de nuestro sistema financiero. Todo el mundo comprende esto (todo el mundo, salvo, por lo que parece, los propios financieros).

Hubo dos momentos destacados en la vista del miércoles. Uno fue cuando Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, declaró que una crisis financiera es algo que “sucede cada cinco o siete años. No debemos sorprendernos”. En resumen, son cosas que pasan, y simplemente forman parte de la vida.

Pero lo cierto es que Estados Unidos ha conseguido evitar las principales crisis financieras durante medio siglo después de que se celebrasen las audiencias Pecora y el Congreso aprobase importantes reformas bancarias. Ha sido después de que olvidásemos esas lecciones, y se desmantelase la regulación efectiva, cuando nuestro sistema financiero ha vuelto a ser peligrosamente inestable.

Como comentario aparte, también fue asombroso oír a Dimon reconocer que su banco nunca llegó siquiera a plantearse la posibilidad de una gran bajada de los precios de la vivienda, a pesar de las advertencias generalizadas de que estábamos en medio de una monstruosa burbuja inmobiliaria.

Aun así, la ignorancia de Dimon se quedaba pequeña al lado de la de Lloyd Blankfein, de Goldman Sachs, que comparó la crisis financiera con un huracán que nadie podría haber previsto. A Phil Angelides, el presidente de la comisión, no le hizo gracia: la crisis financiera, declaró, no ha sido un acto divino; ha sido la consecuencia de “actos de hombres y mujeres”.

¿Acaso Blankfein simplemente se expresó mal? No. Empleó la misma metáfora en su testimonio preparado, en el que instó al Congreso a no presionar demasiado en favor de la reforma financiera: “Debemos resistirnos a una reacción… que únicamente está pensada para protegernos de una tormenta que sólo se produce cada 100 años”. Así que esta gigantesca crisis financiera no ha sido más que un raro accidente, una anomalía de la naturaleza, y no deberíamos reaccionar de forma excesiva.

Pero la crisis no tiene nada de accidental. Desde finales de los años setenta en adelante, el sistema financiero estadounidense, sin restricciones gracias a la liberalización y a un clima político en el que la avaricia se suponía que era buena, empezó a descontrolarse cada vez más. Había recompensas cada vez mayores -primas que superaban los sueños de avaricia- para los banqueros que podían generar grandes beneficios a corto plazo. Y el modo de aumentar esos beneficios era amontonar cada vez más deuda, tanto animando a los ciudadanos a pedir préstamos como asumiendo un apalancamiento cada vez más elevado dentro del sector financiero.

Antes o después, este sistema desenfrenado estaba destinado a estrellarse. Y si no realizamos cambios fundamentales volverá a repetirse.

¿De verdad que los banqueros no comprenden lo que ha pasado, o lo que dicen es simplemente en su propio interés? Da igual. Como he dicho, lo importante de cara al futuro es dejar de escuchar a los financieros en relación con la reforma financiera.

Los ejecutivos de Wall Street les dirán que el proyecto de ley de reforma financiera que aprobó la Cámara el mes pasado paralizará la economía por el exceso de regulación (en realidad es bastante moderado). Insistirán en que el impuesto sobre la deuda bancaria propuesto por la Administración de Obama es una burda concesión al populismo estúpido. Advertirán de que las medidas para gravar o refrenar de algún modo las remuneraciones del sector financiero son destructivas e injustificadas.

Pero, ¿qué saben ellos? La respuesta, por lo que yo sé, es: no mucho.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008.

(c) 2010 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Enero 17th, 2010 at 9:10 am

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