Reggio’s

Periodismo de opinión en Reggio’s

Archive for the ‘Pedro J. Ramírez’ tag

El pequeño Danton en la Casa de Pizarro, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Llevamos ya tres horas hablando de cuanto hay de divino en lo humano, cuando me siento obligado a preguntárselo.

-¿Pero el pequeño Danton vive en el Palacio de Gobierno?

Alan García, cercano ya al final de su sorprendente segundo mandato como presidente del Perú, eslora sus ciento y muchos kilos de educada picardía hacia mí y se explaya en los detalles.

-No. Si hay algo que yo ni puedo ni quiero permitirme es parecer un frívolo. El pequeño Danton vive con su madre, yo no voy a meter a otra mujer acá. Es cierto que la primera dama y yo atravesamos por una etapa difícil, que para ella no fue un momento agradable cuando decidí reconocer al niño. Ella viene de una familia muy tradicional… muy religiosa. Y ahora ha decidido no acudir a los actos oficiales. Yo le dije que debía hacerlo porque ella representa la bondad de la República. Me contestó que a ella no la eligieron, pero yo le repliqué que era mi esposa cuando me eligieron a mí y sigue siéndolo ahora. Fue en vano. Entonces yo tomé mi pequeña revancha y llevé al pequeño Danton a esos actos oficiales. La gente adora a ese niño. ¡Ese niño es tan simpático! Se ha ganado el corazón de los peruanos…

Basta teclear su nombre en You Tube para comprobarlo. En el mismo suntuoso Salón Dorado, inspirado en la Sala de los Espejos de Versalles, que ahora mismo está siendo acondicionado con motivo de la visita del presidente de Panamá, puede verse a un niño flaquito de cinco años con un vistoso flequillo, deambulando desenfadadamente dentro de un impecable traje gris, rompiendo el protocolo, acercándose a los micrófonos de la prensa, haciendo muecas, ensayando incluso unos pasos de baile, convertido en suma en la estrella de la fiesta como si estuviera caricaturizando toda la impresionante trayectoria de su padre en la política peruana.

Poco después de su inesperada reelección en 2006 Alan García demostró una vez más sus reflejos cuando, adelantándose a quienes iban a divulgar que acababa de tener un hijo fuera del matrimonio, compareció ante la prensa para anunciar que, en efecto, era padre de “un niño muy bello” al que pensaba “proteger siempre”. La primera dama, Pilar Nores, lo aceptó. Fue un gesto especial toda vez que durante la campaña electoral de 2000 el luego presidente Alejandro Toledo se resistió a dar un paso similar cuando le llevaron a pleito para que reconociera a una hija, fruto de una relación durante una etapa en la que estuvo separado de su esposa, la antropóloga norteamericana Eliane Karp. Al final lo hizo.

“Ella le presionó para que no la reconociera y eso estuvo a punto de costarle la elección. Ten en cuenta que éste es un país con un alto porcentaje de hijos ilegítimos”, me explica la mujer del director de uno de los principales periódicos de Lima. “También esta vez Alan ha querido demostrar que él no es como los demás”.

El Palacio de Gobierno está ubicado en la llamada Casa de Pizarro pues en este enclave vivió y fue asesinado en 1541 el Conquistador y todavía queda en uno de los patios la higuera centenaria que plantó con sus propias manos. Para llegar al antedespacho del presidente García hay que atravesar un imponente vestíbulo dedicado a la memoria del sargento de origen vasco Eulogio Eléspuru, que dio su vida allí mismo el 29 de mayo de 1909 durante el denominado Día del Carácter, cuando el presidente Leguía se negó a dimitir pese a haber sido secuestrado por una facción rival.

Nadie que conozca a Alan García dudaría ni por un momento de que esa misma sería su reacción en un trance así. Y menos después de oír de sus propios labios el relato de su experiencia tras el autogolpe de Fujimori en abril del 92.

-Era de noche. De repente mi casa estaba rodeada de soldados. No sabía si venían a matarme o a prenderme. Yo estaba en bata y pensé que sería indigno morir en bata. Me vestí, avisé a los vecinos, agarré dos pistolas y comencé a disparar al aire. Los soldados creyeron que había resistencia dentro de la casa y se demoraron lo suficiente como para que yo pudiera escapar por los tejados y cornisas.

Pocos peruanos hubieran derramado una lágrima en ese momento por su ex presidente. El exilio de Alan García, primero a Colombia, después a París protegido por los Mitterrand, fue el epílogo del que probablemente sea -junto a la trágica experiencia de Salvador Allende- el mandato más calamitoso de un gobernante elegido por las urnas en América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

Nunca una ilusión tan grande quedó tan amargamente defraudada. Alan García llegó al poder en 1985 con 36 años recién cumplidos, la mitad de kilos de los que pesa ahora y una imagen carismática. No sólo era el presidente más joven de la historia de la República, sino que su triunfo implicaba también por primera vez el del APRA, partido fundado en los años 30 por el mítico líder populista Víctor Haya de la Torre.

-Mi victoria suponía el cumplimiento de un destino y yo no podía apartarme de él… Tenía que cambiar el mundo en un día… Además era la época de Reagan y en Perú había un gran antiamericanismo, casi todos los peruanos se definían de izquierdas.

Pero yo busco explicaciones, no malas excusas. En su discurso inaugural Alan García anunció que restringía unilateralmente el pago de la deuda externa al equivalente del 10% de las exportaciones. Fue una conmoción para el sistema financiero internacional. Todo el orden mundial habría saltado por los aires si otros países en vías de desarrollo le hubieran imitado. Pero no lo hicieron y tras unos meses de euforia, fruto del estímulo artificial de la demanda interna, la economía peruana entró en barrena.

-Cometí ese error tan humano de creer que las cosas que van bien siempre se pueden estirar un poco más…

No sólo eso. Alan García emprendió la huida hacia delante al anunciar en 1987 su propósito de nacionalizar la banca.

-Adopté esa medida porque me di cuenta de que los grandes financieros en lugar de reinvertir en el Perú estaban sacando sus beneficios fuera. Reconozco que fue una gran equivocación.

Ni siquiera llegó a consumar sus propósitos porque los tribunales se lo impidieron, pero la suma del aislamiento internacional y la desconfianza interna desembocaron -entre bandazos y ajustes duros como el llamado ‘paquetazo’- en un escenario de auténtica pesadilla con la inflación en tasas del 7.000% y millones de peruanos perdiendo los ahorros de toda su vida, mientras Sendero Luminoso llevaba su sanguinaria ofensiva del campo a las ciudades.

En su ecuánime estudio del periodo, el británico John Crabtree sostiene que García gobernó de forma “altamente personalista y centralizada, ingiriéndose en el día a día de la ejecución de su plan” y que “decisiones importantes se tomaban de tal manera que se conocían en el último momento y cogían a todos por sorpresa”. Su conclusión no puede ser más demoledora: “Al no estar inscrita dentro de una estrategia más amplia y comprensiva, la política de corto plazo estaba casi destinada a caer en la incoherencia, las contradicciones y finalmente en el fracaso”.

¿Cómo es posible que alguien con semejante balance a sus espaldas pudiera volver al poder 15 años después? En primer lugar porque otros vendrán que bueno te harán: la década del tándem Fujimori-Montesinos sumió al Perú en los infiernos del despotismo y la corrupción, y el mandato democrático de Toledo quedó contaminado por nuevos escándalos. Pero en segundo lugar porque en 2006 funcionó el principio del mal menor: muchos peruanos votaron por García tapándose la nariz para evitar que el país quedara en manos del indigenista Ollanta Humala y pasara a formar parte con la Bolivia de Evo Morales y el Ecuador de Correa del bloque liderado por Chávez e inspirado por Castro. Si de algo no tiene nadie duda alguna es del anticomunismo de Alan García.

-Mientras estén esos señores ahí, yo nunca visitaré La Habana.

Pero hétenos aquí que, precisamente ahora cuando las expectativas eran tan bajas, el otrora caballo en la cacharrería de las finanzas se ha trocado en paladín de la ortodoxia económica, ha dado seguridad a los inversores extranjeros -de manera notable a los españoles- y ha desencadenado un ‘pequeño milagro’ peruano con crecimientos del PIB por encima del 6%, sólo equiparable en la región al brasileño. Además ha logrado recortar en más de 10 puntos el índice de pobreza -número de personas que viven con menos de dos dólares al día-, situándolo claramente por debajo del 40%. No hay mejor antídoto contra el populismo “antiglobalista”, contra la “utopía arcaica”, que mejorar las condiciones de vida de la gente, explica Alfredo Barnechea en su brillante compilación de textos ‘El Edén Imperfecto’.

Total, que el caso de Alan García demuestra que no siempre el hombre tropieza dos veces en la misma piedra e incluso que, como en el mito de Tannhauser, es posible alcanzar la redención de los peores pecados mediante la contrición y el propósito de enmienda. En una reciente conversación, previa a mi viaje a Lima, Zapatero alegaba que quienes le acusan a él de haber cambiado de política económica deberían fijarse en el giro copernicano del presidente del Perú. Alan García salta, entre divertido y competitivo, cuando se lo cuento.

-Sí, yo he cambiado más; pero él lo ha hecho en mucho menos tiempo. A mí me ha tocado gobernar en dos mundos diferentes y habría sido un estúpido si no me hubiera dado cuenta de eso.

También cabe añadir que su examen de conciencia venía de lejos pues en el prólogo de su novela autobiográfica ‘El mundo de Maquiavelo’ -comienza por cierto con el cerco militar a su vivienda- dejó escritas en 1994 unas palabras que le honran: “En el vértigo de lo ocurrido todos estamos obligados a cambiar y a revisar lo que antes pensábamos”.

Gracias a tal autocrítica hubo vida después de la muerte para este insaciable glotón del poder, la buena mesa y la conversación ilustrada. Alan García se ve a sí mismo como un “político torero”, entrando a matar como El Viti o avanzando paso a paso hacia el peligro como Paco Ojeda, por citar a dos de sus ídolos. Me explica que él mismo probó como novillero hasta que un bicho le pegó un buen tantarantán: “De repente me encontré volando por los aires sin saber si me habría roto algo”. Cuando se lo cuento a un colega limeño me dice que nunca había oído esa anécdota pero que es una buena metáfora de toda su biografía: “Ha dado tantas vueltas que ya no sabe ni quién es”.

Alan García no deja indiferente a ningún peruano y hasta quienes más le detestan reconocen su habilidad. Él recorre la historia del pensamiento explicando que se ha pasado de Hegel a Popper, proclama la autonomía del hecho político sobre la coyuntura económica apoyándose nada menos que en Polibio, lo trufa todo de fascinantes anécdotas -”Aquel día que me encontré a Perón en el supermercado Aurrerá de Madrid…”, “Aquel día que me vino a ver Noriega y me puso una cinta con un mensaje de Bush padre para mí…”- y se aferra a su santoral de gigantes de la Historia: Roosevelt, Deng Xiaoping, Mirabeau, pero sobre todo Danton. Por eso bautizó así a su “niño muy bello”.

Compartimos el mismo interés por la Revolución Francesa y doy fe de que su nivel es de gran especialista. Recordamos casi al unísono las palabras clave del discurso más memorable de Danton: “Necesitamos la audacia, después la audacia, siempre la audacia y Francia estará salvada”.

-Lo que me atrae de Danton es su integralidad. Su capacidad oratoria. También su soberbia.

Danton estuvo dos veces en el poder e intentó llegar una tercera pero lo guillotinaron. Alan García no oculta que tan pronto como termine su mandato empezará a trabajar para ser candidato en 2016 -la Constitución peruana prohíbe la reelección inmediata- y volver a ceñirse la banda presidencial en el año del bicentenario de la República. Lo consiga o no, seguro que salva el cuello.

Nuestra larga charla desemboca en una grata cena con colegas en la que me dedico a observarle. Lo veo a la vez tan complicado y tan transparente, tan sofisticado y tan fresco en todos los sentidos de la palabra, que ya no sé si tengo delante al sibarita grandullón o al niño flaquito del flequillo bonito. -Creo, señor presidente, que si admira tanto a Danton es porque usted se parece mucho a él.

Pienso en las matanzas de las prisiones -París 1792, Lima 1986-, pienso en la teatralidad estentórea de los balconazos, pienso en el mal genio y el buen corazón… pero sólo cito uno de los paralelismos.

-A Danton también le acusaron una y otra vez de corrupción.

-Bah, calumnias del Comité de Salud Pública…

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Septiembre 5th, 2010 at 8:20 am

Posted in Internacional, Política

Tagged with

El alacrán de fray Gómez, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Este es el texto de la llamada «Conferencia Magistral» pronunciada por el director de EL MUNDO el pasado jueves con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad San Ignacio de Loyola de Lima.

Quiero ante todo expresar mi inmensa gratitud por este honor académico que viene de una de las universidades más prestigiosas de América Latina, fundada bajo el patronímico de un español universal como Ignacio de Loyola y caracterizada, además, por su compromiso de impulsar la actividad de los emprendedores en todos los órdenes de la vida.

No pueden ustedes imaginar la íntima satisfacción que una distinción así, otorgada en un lugar remoto por un grupo de personas a las que no conocía hasta ahora, supone para alguien que ha hecho del periodismo una manera de vivir pero que siempre ha procurado mantenerse al margen del circuito de galardones, agasajos y otras recompensas banales producto de ese colegueo del hoy yo te premio a ti, mañana tú me premias a mí.

El que mi trabajo, mi trayectoria profesional, ahora que acabo de cumplir 30 años dirigiendo periódicos de ámbito nacional en España, o mis artículos dominicales, publicados primero en ABC, luego en Diario 16 y desde que lo fundamos en 1989 en EL MUNDO, puedan tener un significado, no digamos un valor, para ustedes me llena de orgullo y colma todos mis deseos de utilidad y trascendencia.

Pero además este doctorado que ustedes me otorgan lleva aparejado un premio accesorio que para mí es al mismo tiempo una oportunidad y un maravilloso encargo del destino: la ocasión de conocer Perú. Es imposible que sean conscientes del lugar que su país ha ocupado siempre en mis fantasías como el mítico imperio de los adoradores del Sol, el escenario de los lances más terribles y grandiosos de la llamada historia de la Conquista y el paraíso terrenal fecundado por los dones de la diversidad y el mestizaje. Y es imposible que puedan darse cuenta de la ilusión con que mi familia y yo hemos emprendido este viaje de verificación de todos esos sueños y de búsqueda de la huella de una identidad compartida, justo en este 2010 en que se cumplen 300 años de la muerte en Lima del Virrey Manuel Oms de Santa Pau y en el que una persona tan importante en mi vida como Ágatha Ruiz de la Prada ha heredado, después de una larga batalla legal en defensa de los derechos de la mujer, el título nobiliario de Marqués de Casteldosríus que se le otorgó a él.

Gracias al generoso asesoramiento de nuestro amigo el profesor Martín Santiváñez he podido ir preparándome durante los últimos días para esta inmersión a través de algunas lecturas, tan estratégicamente bien escogidas que no han hecho sino aumentar mi ansiedad, expectación y anhelo ante la visita. He descubierto la prosa deslumbrante de Riva Agüero, la consistencia del pensamiento histórico e historiográfico de Basadre y la magia entrañable y pintoresca, pero con un trasfondo muy especial de ingenio y agudeza, de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma.

De hecho, ha sido al picotear por esa antología de historias verdaderas o inventadas fruto del acervo popular, guiándome por el magnetismo de los temas, la sonoridad de los títulos o el mero albur de abrir al azar un libro con la alta probabilidad de que cualquier página te depare pequeñas briznas de talento natural; ha sido, como digo, en apenas cuartilla y media de esas Tradiciones peruanas donde de repente he descubierto que estaba ya sintetizado cuanto quería decirles hoy sobre la forma en que yo concibo el periodismo, la función social de la prensa y el propio futuro de los medios de comunicación. Y que ya no me quedaba otra tarea sino la de descodificar los mensajes profundos de una historia sencilla.

No seré yo quien les cuente a ustedes la deliciosa peripecia de El alacrán de fray Gómez, pero tal vez pueda interesarles conocer las reflexiones que su lectura han provocado en un racionalista como yo que comparte el escepticismo de Don Quijote cuando advierte que «los milagros, Sancho, son cosas que suceden rara vez» e incluso el distanciamiento burlón de Gibbon cuando subraya que cada generación de cronistas sacros siempre da testimonio de los milagros acaecidos en el pasado y nunca de los que supuestamente suceden de forma contemporánea.

En primer lugar les diré que muchas veces me han preguntado por qué -es decir para qué- he querido ser periodista y que a partir de ahora contestaré poniendo como ejemplo el caso de este fraile que ejercía de refitolero en el convento de los Padres Seráficos de Lima. Yo nací en Logroño, la capital del vino de Rioja, una agradable capital de provincias española sin especial tradición ni vida periodística. En mi familia no había ningún antecedente y el rígido entorno de la dictadura franquista era el vivero menos adecuado para que germinaran vocaciones informativas. Pero desde muy joven, yo creo que aún llevaba pantalones cortos, lo tuve muy claro. Era como si hubiera escrito en la primera página de un cuaderno escolar las cuatro palabras con que Camilo José Cela resumió su determinación en el momento de ponerse a escribir su poderosa y precoz Familia de Pascual Duarte: «Se acabó el divagar».

Yo quería ser periodista porque quería contribuir a moldear la sociedad de mi tiempo no a través del poder sino de la influencia. Hasta ahora la representación más aproximada de lo que esto significa quedaba resumida para mí en una escena de una película clásica de Hollywood titulada Deadline America en la que el director de un periódico al borde del cierre por razones económicas se encuentra al llegar a su despacho a una viejecita que lleva varias horas esperándole, sentada en una silla. Es la madre de una chica asesinada por la mafia local que le trae el diario de la víctima con las pruebas que pueden llevar a personas muy importantes a la cárcel. Cuando el director, interpretado por Humphrey Bogart, le pregunta por qué le ha traído a él esa libreta en lugar de llevársela a la policía, la viejecita responde que ella aprendió a leer en su periódico, que adquirió valores cívicos a través de su periódico y que durante años y años siempre ha confiado en su periódico. La película concluye, lo he contado ya algunas veces, con las rotativas arrancando y Humphrey Bogart haciéndole escuchar su sonido a través del teléfono al jefe de la mafia local. Música celestial.

Claro, quién no hubiera querido ser Humphrey Bogart, a ser posible con Lauren Bacall al lado, alegarán ustedes. ¡Eso no era vocación periodística, sino sueños de seductor! Pues bien, para que no quede la menor sombra de duda, desde hoy me paso a fray Gómez. Porque bastante más inexplicable que el que la viejecita lleve el diario de su hija al periódico y no a la policía es, en principio, que el buhonero que necesita acuciantemente dinero acuda a fray Gómez y no al banco local o al menos a una persona mínimamente acomodada.

Fray Gómez es más pobre que las ratas pero tiene antecedentes milagrosos o más bien milagreros, jovialmente relatados por Ricardo Palma. Es decir, tiene prestigio, tiene credibilidad, tiene autoritas ante los envites más difíciles. El buhonero se fía de fray Gómez por la misma razón que la viejecita se fía de Humphrey Bogart, por la misma razón que nuestros lectores se fían de EL MUNDO, por la misma razón que las personas que nos proporcionaron las pruebas que nos permitieron denunciar y desenmascarar el crimen de Estado o la corrupción en la España de los años 90 se fiaron de nosotros. Porque nunca les habíamos decepcionado, porque la claridad de nuestra conducta diaria les permitía suponer que seríamos capaces de mantener nuestros principios en las situaciones más extremas. Y así lo hicimos.

Lo más fascinante de la reacción de fray Gómez ante la demanda del buhonero es que hace algo que aparentemente puede hacer cualquiera: coge un alacrán de la pared. Primero le dice, claro, que él no tiene los 500 duros que necesita -como los periódicos no tenemos las soluciones a los problemas de la gente-, pero luego coge el alacrán y se lo entrega. ¿Cuántos alacranes aparentemente iguales habría en ese momento en las paredes de Lima al alcance de todas las manos? Algo parecido sucede hoy en día en nuestra sociedad de la información: las noticias están ahí a raudales, subiendo y bajando por las paredes a disposición de cualquiera -son una commodity-, hasta el extremo de que el debate consiste en si alguien puede cobrar por transmitirlas.

La segunda gran clave de este paralelismo reside en que cuando el buhonero recurre a fray Gómez el religioso hace algo intermedio entre coger el alacrán y entregárselo, que es envolverlo en un papel. La metáfora no podría ser más elocuente pues durante casi tres siglos el periodismo ha consistido en envolver y empaquetar la actualidad hasta subsumirla en nuestras representaciones en letra impresa. Es difícil imaginar algo tan poco valioso, tan perecedero como una hoja de papel de periódico. No en vano Walter Lippman solía decir a los jóvenes reporteros: «Recuerda, chaval, que tus grandes exclusivas de hoy envolverán el pescado de mañana».

Sí, pero entre tanto, por mucho que tengan marcada en un lugar bien visible su propia fecha de caducidad, esas grandes o pequeñas exclusivas de hoy, esa denuncia polémica y valiente de hoy, esa interpretación inteligente y atinada de hoy, antes de envolver el pescado de mañana configura la fuerza más poderosa que hay en una sociedad abierta: la opinión pública.

El papel que utilizó fray Gómez tampoco tenía en sí mismo nada de particular. Ricardo Palma nos dice que «arrancó una página de un libro viejo» sin especificar cuál, pero luego añade que «cogió con delicadeza a la sabandija» y que después de envolverla en el papel fue cuando le dijo al buhonero: «Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita».

Queda claro, pues, que es esa manipulación, esa intervención si se quiere quitarle al término toda connotación peyorativa, esa labor de edición que realiza el periodista profesional, la que transforma lo vulgar en algo valioso, demandado y diferente. Algo con un especial valor añadido. Y es que si bien todo el mundo tiene alacranes y hojas de papel, no todo el mundo envuelve y empaqueta como fray Gómez. Es una pena que el autor no nos explique si el fraile puso la sabandija de frente o de costado, si le estiró o no las patas, si le acarició o no el lomo o la barriga, si los pliegues del papel fueron anchos o estrechos, si dijo «alhajita» en voz alta o susurrando. ¡Nos quedamos sin conocer su libro de estilo!

Si bien todos los periódicos publicamos noticias parecidas en papel impreso de similar gramaje no todos las envolvemos, es decir no todos las seleccionamos, jerarquizamos e interpretamos de igual modo. Por eso el periodismo es, por encima de todo, una actividad ideológica y cada periódico un proyecto intelectual. Por eso cada lector sabe que su alacrán es distinto del que le suministran a ese vecino o compañero de trabajo del que tanto discrepa. Por eso cada día se produce el fenómeno cultural, el prodigio de la inteligencia que supone la transformación de un objeto trivial e inanimado -200, 300 gramos de pulpa de papel prensada y recubierta de tinta- en una formidable caja de Pandora de la que brotan ideas, proyectos, pasiones y emociones.

La hora de la verdad llega en todo caso -y este es el tercer hito de la alegoría- cuando el buhonero entrega la «alhajita» al prestamista, es decir cuando cada mañana nuestros ejemplares se distribuyen entre los lectores a cambio de unos fragmentos de aleación metálica llamados monedas. Es el momento mágico en que se consuma o no el milagro. Dice Ricardo Palma que «la joya era espléndida» pues el cuerpo del alacrán era una «esmeralda engarzada sobre oro» y su cabeza «un grueso brillante con dos rubíes por ojos». Pero él no estaba allí. Lo máximo que puede acreditar es lo que vio el prestamista o para ser más exactos lo que el prestamista creyó que estaba viendo.

Para mí que lo que sucedió fue lo siguiente. El buhonero llegó con el paquete y le dijo al prestamista: «Aquí le traigo esta alhajita de parte de fray Gómez». Y como el prestamista tenía fe en el fraile porque conocía sus milagros anteriores e incluso es probable que le hubiera mandado antes alacranes de esos, cuando abrió el paquete ya estaba predispuesto a apreciar brillos verdosos en los cartílagos del bicho y fulgores rojizos en sus minúsculos ojitos.

Ningún repartidor de prensa dice: «Aquí le traigo a usted unas hojas de papel impreso con noticias dentro». Ni siquiera: «Aquí le dejo el primer diario que tengo a mano». No, el mensaje es «Aquí tiene usted El Comercio, El Correo, EL MUNDO o El País». Porque la marca, es decir la cabecera, la mancheta es el compendio de los atributos ideológicos, éticos y estéticos que distinguen a un periódico de otro. Los elementos de su credibilidad. Los factores que llevan a un ciudadano a decir: «Esto es verdad porque lo publica The Times» o «este punto de vista es consistente porque lo argumenta Le Monde». Ahí está la fuente de autoridad, el origen de ese chispazo que desata la respuesta que, como en un coito intelectual, una comunión de las almas o el mejor de los festines, consuma el hecho informativo.

Es importante lo que digas, pero de nada sirve si no hay alguien que lo acoja, lo ensalive, lo engulla, lo digiera, lo asuma como propio y lo regurgite enriquecido por las esmeraldas y rubíes de la inteligencia y la fantasía humana. Eso depende del prestigio de la mancheta y de la capacidad de cada lector al interactuar con ella, pues no en vano decía Tom Wolfe que muchas personas llevan un periódico bajo el brazo por la misma razón por la que algunas tribus indias llevaban una pata de conejo colgada del cinturón: para reafirmar su identidad ante los demás. Y vaya que si fray Gómez tenía una buena mancheta en la Lima de finales del siglo XVI. ¿Cómo no creer a ese hombre santo que sanaba a los heridos y se sacaba los alimentos de la manga?

La credibilidad nunca cae del cielo. Bueno, tal vez en su caso sí. Pero los periódicos tenemos que ganárnosla día a día, comprobando lo que publicamos, fundamentando nuestras opiniones, rectificando nuestra percepción de las cosas según cuál sea el curso de los acontecimientos, permitiendo en suma que la realidad estropee ese titular que teníamos en la cabeza antes de que sucedieran los hechos. Por eso yo digo que un buen periodista tiene que ser ante todo una buena persona, alguien decente, que no se haga trampas a sí mismo, que luche contra sus propios prejuicios y busque sinceramente la verdad.

Esto debe llevarse a rajatabla cuando se hace una denuncia. Es esencial poder demostrar antes o después que si se pone a alguien en la picota es con motivo, que si se acusa a un alto cargo de conductas reprobables o no digamos nada delictivas es con razón. Y en un sistema democrático, en un Estado de Derecho son los tribunales de Justicia los que quitan y dan esas razones. ¿Por qué un periódico como EL MUNDO salió fortalecido de aquellos años terribles en los que acusó a un gobierno de los peores actos que pueden cometerse desde el poder? Pues porque al cabo de cierto tiempo un ministro y un secretario de Estado fueron condenados por secuestro, un general de la Guardia Civil y un gobernador fueron condenados por torturas y asesinato, un teniente general del Ejército fue condenado por escuchas ilegales, una serie de altos cargos del partido gobernante fueron condenados por corrupción y financiación ilícita. EL MUNDO salió fortalecido porque todo lo que publicó era cierto y pudo probarlo.

Hay que reconocer que muchas otras veces las cosas no tienen un desenlace tan rotundo. Que por mucho que lo intente un periódico no logra averiguar aspectos esenciales de la verdad, como nos ha ocurrido hasta ahora con la masacre del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Y entonces lo honrado es decirles a los lectores creemos por esto, por esto y por esto que no pasó lo que nos dicen que pasó, pero no tenemos una versión alternativa porque no sabemos lo que en realidad pasó. Seguiremos investigándolo. También puede ocurrir que los propios tribunales sean ineficientes o corruptos y toque recurrir a órganos superiores o incluso a la Justicia internacional. Lo esencial es no engañar nunca a los lectores. Cumplir los compromisos adquiridos ante ellos. Perseverar en el empeño. No rendirse jamás. Jugar limpio.

Esta es la clave de que la historia de fray Gómez -volvemos ahora a ella- terminara bien. El buhonero cumplió su parte, devolviendo los 500 duros con su correspondiente interés. El prestamista también restituyendo el alacrán al buhonero, quien se apresuró a llevárselo al fraile. Uno y otro resistieron la tentación de tratar de obtener un beneficio mayor gracias a ese valor añadido que se había incorporado al objeto que transitaba por sus manos. La «alhajita» no pasó, pues, de ser una «alhajita» en potencia, una alhajita virtual, una alhajita editorial, puesto que nunca fue vendida a nadie como objeto material.

Toda una lección para quienes tratan de abusar del control que ejercen sobre una información valiosa, para quienes pretenden convertir el ejercicio del periodismo en un instrumento de coacción, para quienes están dispuestos a hacer de determinadas noticias materia de compraventa o trueque, incluso para quienes, emborrachados por un éxito coyuntural, intentan que los políticos, los empresarios, las instituciones bailen al son que ellos les marquen. No, el periodismo nunca debe traspasar los límites consustanciales a su actividad, nunca debe intentar convertir su influencia, todo lo más su poder blando, en poder fáctico, contante y sonante, puro, duro y real. El periodismo no debe ser un medio para conseguir otras cosas, ni riquezas, ni cargos públicos, ni privilegios de ningún tipo. El periodismo debe ser un fin en sí mismo, que haga su trayecto de ida y vuelta, influyendo en la sociedad, siendo influido por la sociedad, como el alacrán que fray Gómez volvió a colocar sobre la pared de su celda: -Animalito de Dios, sigue tu camino.

Ese es el volver a empezar de cada día, la historia interminable del tejer y destejer, de las más de 10.000 primeras páginas, de las 1.500 cartas del director que quedan ya a mis espaldas. Pero yo, animalito de mi tiempo, sigo mi camino. No estoy cansado, ni aburrido. Todo lo contrario. En medio de la doble crisis -la económica en general y la de la prensa en particular- que caracteriza este momento veo por delante desafíos deslumbrantes que reavivan y estimulan esa pasión y ese compromiso.

Es evidente que el desarrollo tecnológico y muy especialmente la fulgurante expansión de internet, a la vez que ha aumentado las posibilidades de acceso a la información, ha desestabilizado el modelo de negocio de la empresa periodística. Si basta abrir el ordenador para tener cientos, miles de alacranes gratis y al alcance de un clic, ¿por qué pagar por recibir o tener acceso a uno concreto? Mi respuesta es clara: pues porque es el alacrán de fray Gómez y no otro cualquiera. Y por eso mi receta también lo es: hoy más que nunca hay que trabajar en la búsqueda de la excelencia periodística para fortalecer el valor de nuestras marcas.

Porque en medio de esa tupida y a menudo cegadora y ensordecedora tormenta de alacranes -no hay como el exceso de luz para que nadie vea, como el exceso de ruido para que nadie oiga, como la sobredosis de información para que nada cale- los elementos diferenciales que configuran la identidad de una cabecera son más importantes que nunca. La convergencia tecnológica ha hecho saltar por los aires el axioma, divulgado hace más de medio siglo por McLuhan, de que el medio es el mensaje y en su lugar se abre camino la percepción de que la marca es el mensaje, lo cual implica que EL MUNDO puede ser a la vez un diario impreso, un servicio electrónico gratuito de alacranes -perdón, de noticias-, una televisión, una radio, una colección de libros, un club de lectores o una plataforma de aplicaciones de pago mediante suscripción para el ordenador, la Blackberry, el iPhone o el iPad llamada Orbyt.

¿He dicho iPad? Bien, yo suelo decir, ¡Ay, Pad, cuánto te quiero! Y no es que Steve Jobs me haya contratado para el departamento comercial de Apple sino que considero que hay un antes y un después del lanzamiento de esta primera tableta táctil a la que en los próximos meses seguirán muchas otras. La irrupción de estos soportes en el mercado significa ni más ni menos que la oportunidad de pasar de una posición defensiva frente al parasitismo de Google y otros agregadores a poder lanzar una ofensiva en toda regla que debe desembocar en una nueva edad de oro del periodismo.

Discrepo de quienes sostienen que la existencia de periódicos no es requisito imprescindible para que el periodismo pueda cumplir su función social. Y de quienes depositan sus esperanzas en la pluralidad de aportaciones descoordinadas del llamado «periodismo ciudadano». Y de quienes hacen suyo el planteamiento de Google de que la «unidad atómica de consumo» en la sociedad de la información ya no es el periódico como tal sino cada artículo por separado.

Una buena cobertura informativa al servicio del derecho a saber de los ciudadanos requiere de la existencia de organizaciones bien nutridas de periodistas profesionales capaces de trabajar en equipo y de compartir una forma de entender la sociedad e interpretar la realidad. Un señor que mira por la ventana, ve un accidente de coche y lo describe en su blog, advirtiendo que el semáforo no funciona, podrá ser un buen vecino, pero no necesariamente un buen periodista. Y por último la distribución por separado de cada artículo a través de las máquinas de hacer lonchas que son los agregadores y motores de búsqueda, obligaría -como admiten los propios directivos de Google- a que cada artículo se autofinanciara a través de la publicidad que pudiera atraer en función de su audiencia: eso supondría que habría muchos artículos de deportes, sucesos y celebridades y muy pocos sobre derecho constitucional o teoría económica.

Un periódico es un todo que incluye tanto lo ameno como lo relevante y en el que la jerarquización informativa, es decir esa labor de selección, control y síntesis que hacemos los responsables de cada medio, constituye una forma específica de contemplar la actualidad. Nada hace tan vigorosa a una sociedad como el pluralismo informativo y no hay mejor forma de desarrollar una conciencia crítica que el leer varios periódicos, comparar sus puntos de vista y llegar a conclusiones propias. Pero eso es una cosa y otra distinta acudir a un quiosco y pedir sólo las páginas de deportes de un periódico, las de economía de otro y las crónicas internacionales de un tercero. Déme media cabeza del alacrán de fray Gómez, el tronco del de la casa de Pizarro y las patas de una sabandija del «alcalde de Paucarcolla, nada de real y todo bambolla». ¿Verdad que no consentiríamos que ningún vendedor o prestamista distribuyera así nuestros periódicos o tratara así a nuestros alacranes? Pues tampoco debemos consentirlo en la Red.

Cuando la Universidad de Tubingen y la Fundación Toepfer me concedieron hace cuatro años el Premio Montaigne también lo interpreté como un encargo y busqué la estela y el latido del primer ensayista sobre la condición humana en su viejo torreón de las proximidades de Burdeos. Encontré las citas de los clásicos talladas por su mano en las vigas de madera del techo de lo que fue su biblioteca y llegué a la conclusión de que si viviera hoy colaboraría desde allí en los grandes periódicos del mundo, sería una figura internacional y se implicaría en la defensa de las grandes causas morales de nuestro tiempo.

Esta misma mañana he asomado la cabeza en lo que era aquel convento de San Francisco de los Padres Seráficos de Lima y durante los próximos días seguiré fijándome en columnas y paredes en pos de la huella de fray Gómez o al menos del rastro de su alacrán. Estoy convencido de que el lego refitolero tendría hoy su propio blog, pero su dominio no sería fray Gómez.com sino que lo albergaría en la página web de Padres Seráficos.com pues lo suyo no era ni la turris eburnea del convento de clausura ni el culto a la personalidad, sino el trabajo pastoral en equipo en medio de la sociedad.

La próxima vez que nos veamos les contaré si he tenido éxito en mi búsqueda. Pero en todo caso, como hay imágenes que valen más que 1.000 palabras -y yo ya he derrochado esta tarde demasiadas-, lo único que les prometo es que, de igual manera que aquel pívot del baloncesto norteamericano explicaba cuando le preguntaban a qué se dedicaba, que él era el que les limpiaba las orejas a las jirafas del zoológico, de ahora en adelante cuando alguien me pregunte en qué consiste mi manera de entender el periodismo les diré que yo soy el que saca de paseo cada mañana al alacrán de fray Gómez. Y a quien me pida más detalles le remitiré a las Tradiciones peruanas y a la benevolencia cómplice de todos ustedes. Gracias de todo corazón.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Agosto 29th, 2010 at 9:20 am

Posted in Medios, Política, Sociedad

Tagged with

El ‘pase negro’, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Toquemos madera pero éste lleva camino de ser el primer verano en el que no haya habido actividad terrorista de ETA sin que ello sea fruto de una tregua como las declaradas en el 98 con Aznar o en el 2006 con Zapatero. Es decir, el primer verano en el que ETA no mate, secuestre o aterrorice con sus bombas por la, a la vez simple y compleja, razón de que no puede hacerlo.

Digo lo de “simple y compleja” porque junto a una realidad patente que es su espectacular pérdida de poder operativo, fruto del implacable y eficiente acoso policial en España y Francia, ha entrado en juego una variante política más sutil que también coadyuva a la impotencia de la banda. Me refiero a la evolución de la izquierda abertzale, concretada en el emplazamiento realizado a través del grupo de premios nóbeles y mediadores internacionales que pidieron a ETA en enero que deponga las armas.

Si cuando se habla de que los terroristas mantienen desde hace meses una “tregua tácita” se está sugiriendo que ETA no actúa porque no quiere, es decir, porque barajando distintas opciones elige libremente la de aflojar por motivos coyunturales, el análisis es equivocado y sobrevalora desde la ignorancia la capacidad de obrar de la banda. Hoy por hoy la “tregua tácita” no es sino el a la fuerza ahorcan de la mayor crisis que ha maniatado a la banda en su medio siglo de existencia.

Lo que desde hace meses le ocurre a ETA no es ni que no quiera atentar ni que no pueda atentar porque sus genes asesinos siguen estando ahí y sacar a un chaval algo tarado a la calle a pegarle un tiro al primer uniformado que pase es coser y cantar. Lo que atenaza a ETA es no poder querer atentar. Estos tres infinitivos soldados por una negación son las argollas de su cadena. Porque ocurre que aunque la cabra siempre tire al monte no por eso deja de tener esas mínimas dosis de instinto de supervivencia que le impiden arrojarse al precipicio.

Esa imposibilidad fáctica que va relegando la práctica terrorista a una opción cada vez más virtual, en tanto que conlleva aparejado lo que la propia organización percibe como un suicidio seguro, es fruto, como digo, de la suma de dos factores. ETA no puede permitirse seguir perdiendo efectivos cada vez que hace el menor movimiento, no ya operativo sino meramente logístico: es consciente de que las Fuerzas de Seguridad han logrado un nivel de infiltración sin precedentes en su estructura y parece de sentido común que sus mayores esfuerzos clandestinos estén dedicados a revisar sus sistemas de seguridad.

Simultáneamente, ETA tampoco puede permitirse perder el apoyo de aquéllos que son percibidos como representantes genuinos de los sectores independentistas que durante décadas han justificado el recurso al terrorismo. El actual envite de la izquierda abertzale, al menos en su expresión más superficial e inmediata -hago hincapié en esto- coloca a la banda en un aparente callejón sin salida, pues carece de la fuerza que le permitía otrora mandar a sus emisarios para revertir el resultado del congreso de un partido afín como Hasi o fulminar bajo el estigma del “cáncer liquidacionista” a los simplemente tibios; y tampoco está en condiciones de emprender la huida hacia delante en la que, al menos de momento, se convertiría en un mero remedo del Grapo o cualquier otro grupo de pistoleros sin arraigo social.

Éste es el punto crítico en el que interactúan los dos factores analizados porque el instinto natural de ETA, tantas veces hecho carne desgarrada en el pasado, le llevaría a dinamitar ese taponamiento a bombazos, confiando en que al final prevalezcan los lazos de sangre sobre los cálculos políticos de quienes en definitiva buscan un espacio de comodidad o utilidad personal. Pero si el destino manifiesto e inmediato de quien apriete el gatillo o el iniciador del artefacto explosivo, y no digamos nada de quien dé la orden, va a ser la cárcel de por vida, como ha venido sucediendo atentado tras atentado, cúpula terrorista tras cúpula terrorista, entonces el remedio volverá a ser peor que la enfermedad. De sobra está viéndose que, mal que les pese a ambas partes, al ir eliminando a sus tiránicos jefes “militares” Rubalcaba no hace sino abrir espacios a los nada fiables políticos abertzales, pero éstos no tienen ninguna baza que jugar que no pase por contribuir al empeño del Gobierno en eliminar a ETA de la vida española.

Este círculo paradójico es el fruto aplazado de la tan valiente como perspicaz decisión de Aznar de ilegalizar Batasuna y del meritorio apoyo que Zapatero le prestó desde la oposición entre fruncidos de ceño de quienes se sentían depositarios de la ingenua tradición garantista de la izquierda. Sólo posteriores desencuentros y en especial la frustrante, y en algunas fases indigna, negociación política emprendida unilateralmente por el Gobierno socialista, han impedido celebrar todas las bondades de ese hito histórico que, una vez refrendado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, marca un antes y un después en la defensa de nuestra democracia frente a quienes abusaban de la legalidad para tratar de destruirla.

La bendición jurídica de la UE a su exclusión del juego democrático y los acuerdos de colaboración antiterrorista impulsados en este caso tanto por Francia como por Estados Unidos han terminado de convertir al autodenominado Movimiento Vasco de Liberación Nacional en un paria sin espacio alguno bajo el sol. A los etarras se les detiene en México, Portugal o ayer en Bélgica. Han perdido la guerra contra España porque no tienen ya ni fuerza “militar” para causarle daños sustanciales ni instrumentos “políticos” para erosionarla desde dentro. Para ellos ha llegado la hora de salvar los muebles e intentar abrir ante las nuevas generaciones una alternativa distinta a la del crimen y la cárcel o el exilio interior en el limbo de la nada.

Ése es el trasfondo del nuevo planteamiento que la izquierda abertzale ha transmitido a nuestro periódico, tras meses de debate, durante un encuentro del que se hizo eco Casimiro García-Abadillo en su sección del lunes 2 de agosto. Me parece lógico que nuestros lectores conozcan lo esencial de la conversación y los pilares de la que será nuestra línea editorial al respecto. En efecto, los portavoces cualificados del independentismo radical vinculado hasta ahora a la banda terrorista, manifestaron una y otra vez que “la estrategia político-militar se ha acabado”, que están convencidos de que ETA declarará pronto “un alto el fuego permanente y verificable” y de que en el caso de que la banda pretendiera como en otras ocasiones frustrar esta dinámica con nuevos atentados “habría una respuesta contundente” y “se produciría una ruptura”.

Nosotros les dijimos que era imposible escuchar esas palabras sin sentir “satisfacción”, pero que a la vez producía “frustración y amargura” que ellos o sus antecesores no las hubieran pronunciado -y sobre todo llevado a cabo- hace 30 años cuando algunos ya les transmitimos análisis muy similares a los que se ven obligados a asumir hoy. Estas décadas de asesinatos cometidos con el aval de una izquierda abertzale sorda, muda y ciega no pueden borrarse ahora de un plumazo pues todos los españoles en general, y cada familia golpeada en particular, han de velar por la memoria, dignidad y justicia debida a las víctimas de la iniquidad. En concreto, nuestro periódico nunca podrá comportarse como si José Luis López de Lacalle no hubiera sido abatido a tiros por el único delito de pensar de modo diferente a sus verdugos.

Tampoco puede hacerse abstracción de lo ocurrido tras las dos treguas ya mencionadas cuando ETA volvió sangrientamente a las andadas. Las fórmulas que entonces abrieron un infundado espacio a la esperanza ya no sirven. El último alto el fuego etarra también era “permanente y verificable” y lo único que en definitiva “permaneció” fue la vileza criminal de la banda, lo único que finalmente se “verificó” fue la ingenuidad dolosa de Zapatero. Conste en acta pues que nos parece que cualquier planteamiento que resulte reversible o implique la posibilidad de que ETA tutele desde el fondo del escenario esta reconversión de la izquierda abertzale debe ser rechazado por insuficiente si lo que se pide, como es el caso, es participar en las próximas elecciones autonómicas.

Hace 30 años el Estado que se acababa de transformar de dictadura en democracia necesitaba a una izquierda abertzale desligada del terrorismo, por lo que podían tener sentido ciertas concesiones que facilitaran su integración en el sistema. Ahora, gracias a los aciertos del consenso antiterrorista, han cambiado las tornas y es la izquierda abertzale la que necesita como el pan de la boca el nihil obstat de un Estado cargado de motivos para ser absolutamente severo en el examen de cualquier solicitud que venga de su entorno.

Durante esa conversación les preguntamos a nuestros interlocutores si buscaban la “vía rápida” o se conformaban con la “vía lenta” hacia su legalización. Es decir, si estaban dispuestos a esperar hasta las elecciones municipales de 2015, demostrando durante cinco años a la sociedad española la sinceridad de su evolución. ¿Qué menos que un lustro de margen de seguridad para poder constatar o bien la ausencia de atentados o bien su inequívoca condena por los sedicentes conversos al monoteísmo pacifista?

Ellos contestaron que no, que aspiran a poder circular por la “vía rápida” y concurrir a los comicios locales del año próximo. Sostienen que su viraje es fruto de una amplia discusión entre las bases y que se sienten legitimados para aplicarlo de inmediato con todas sus consecuencias. Por eso acaban de desmarcarse -a su manera- de la kale borroka. A nuestro entender, sólo un acontecimiento tan “dramático” desde el punto de vista de su impacto rotundo en la opinión pública como, en otro sentido mucho más cruel, lo han sido los crímenes etarras, podría abrir el debate sobre esta hipótesis: o la autodisolución de ETA como banda terrorista o la condena reiterada, explícita e inequívoca de sus actividades por los postulantes.

E incluso en ese supuesto el Estado debería ir con pies de plomo. No en vano el propio ministro Rubalcaba incluye entre los escenarios de su análisis de perspectivas el del llamado “pase negro” que practican los más refinados y peligrosos jugadores de póquer. Consistiría en que ETA dejaría jugar durante un tiempo a los demás actores, asumiendo incluso un distanciamiento pactado bajo cuerda con una nueva Batasuna aparentemente emancipada de su yugo, pero reservándose sus terribles bazas de siempre para el siguiente envite. Si esa izquierda abertzale blanqueada a su costa, pero con su anuencia, tiene un gran éxito, ETA siempre encontrará la manera de aflorar de nuevo sus títulos de propiedad; y en caso contrario invocará el principio de utilidad para sentirse legitimada a volver a pegar tiros -veis como por las buenas no se consigue nada…- tras una auditoría operativa a fondo.

El nudo gordiano de todo esto sigue siendo por lo tanto la eficacia de la política antiterrorista y eso requiere no aflojar un ápice la presión policial, fortalecer la colaboración con Francia, afianzar el renovado consenso con el PP mediante un nivel de complicidad que estimule la confianza y extenderlo, en la medida de lo posible, a las asociaciones de víctimas. A estos efectos resulta esencial que exista una desautorización clara y permanente de las fantasías de socialistas vascos como Eguiguren o Elorza o profesionales bien untados de la mediación como el tal Brian Currin sobre nuevos procesos de negociación o diálogo político. La experiencia demuestra que esas interferencias pueden contaminar e impregnar de sospechas -máxime con los antecedentes de Zapatero y Rubalcaba- incluso líneas de actuación tan acertadas en lo sustancial como la actual política penitenciaria.

Para que esa adecuada política de palo a los irreductibles y zanahoria por etapas -dentro de la dura legalidad al fin vigente- a los que vayan rompiendo con la disciplina de la banda, dé todos sus frutos es imprescindible que se desvincule de cualquier búsqueda de beneficio político a corto plazo. Comprendo que la tentación de capitalizar el fin del terrorismo puede ser muy fuerte para quien ve llegar las elecciones entre alarmantes números rojos; como también comprendo que haya quienes sientan urticaria sólo de pensar que el Gobierno que más oxígeno dio a ETA sea asimismo el que, apoyándose en todos los aciertos anteriores, la haya colocado al borde mismo de la asfixia. Pero si, salvo denostadas excepciones como los GAL, hemos sido capaces de mantener la serenidad democrática cuando el resultado era incierto, estoy seguro de que también ocurrirá ahora cuando, si no se cometen nuevos errores, a la victoria sólo quedará ponerle fecha.

Written by Reggio's

Agosto 22nd, 2010 at 9:20 am

Posted in Política

Tagged with

Port Corrupció, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

La gran mayoría de los españoles ignora el nivel que alcanzó la corrupción en las Islas Baleares, y especialmente en Mallorca, durante los últimos mandatos de Maria Antònia Munar como presidenta del Consell Insular y de Jaume Matas como presidente de la comunidad autónoma. La tenaz labor investigativa de EL MUNDO de Baleares en el caso de la intocable Unió Mallorquina y la selectiva labor de la Fiscalía -unida a nuestras propias revelaciones- en el del PP está, sin embargo, dando ya los suficientes frutos como para que la suma de todas las tramas de pillaje del erario descubiertas adquiera categoría de gran escándalo nacional.

No estamos ante uno, dos, cinco o 10 episodios aislados -en estos momentos debe haber abiertos más de 50 sumarios por corrupción en las islas- sino ante toda una concepción de la política como maquinaria para enriquecerse delictivamente. Tanto es así que antes de que lo ocurrido se convierta en un caso de estudio en la Harvard Business School u otras escuelas de negocios, sería conveniente que el Congreso de los Diputados creara una comisión de investigación no para determinar las responsabilidades penales -que de esas ya se ocupan al tran-trán los tribunales-, ni siquiera para asignar culpas políticas personales -que ésas están claras una vez que las principales figuras han quedado fuera del juego-, sino para proponer toda una batería de medidas, a modo de Libro Blanco contra la corrupción, que impida que ninguna comunidad autónoma pueda volver a ser saqueada por sus gobernantes como lo ha sido ésta.

Toda vez que esta iniciativa requeriría de un consenso difícil de forjar, tanto por parte del PP, por su implicación directa, como del PSOE, dispuesto a proteger como sea a su pestilente aliada UM, sólo se me ocurre que la absurdamente degradada Secretaría General de Turismo, encabezada por un mallorquín con vitola de integridad, como Joan Mesquida, promueva la creación de un parque temático en las inmediaciones de Palma a modo de museo de los horrores, feria de los disparates y nuevo callejón del gato donde se exhiban o remeden todas las variedades del trinque practicadas en la isla.

Con el precedente de Isla Mágica en la cabeza había pensado proponer que su nombre fuera Corruption Island. Pero la injusticia que supondría crear mala fama a esa inmensa mayoría de mallorquines que no sólo no han participado en estos sucios engranajes, sino que han sido sus víctimas directas, me lleva a decantarme por Port Corrupció que, además de evocar el refugio de bucaneros en que se convirtió la política balear, rinde homenaje a la peculiaridad lingüística que ha servido de coartada a todos los latrocinios de UM y parte de los del PP.

Las distintas atracciones se alinearían en la típica calle mayor de un pueblo pirata. Las del PP aparecerían de un lado con el emblemático velódromo Palma Arena y sus multimillonarias desviaciones de costes en el centro; las de UM del otro, repartidas a derecha e izquierda del solar de Can Domenge, adjudicado a mitad de precio al postor que garantizaba más comisiones. La feliz y elocuente coincidencia de que ambos emplazamientos -el velódromo y el solar- coexistan frente con frente en la topografía real de la capital de la isla contribuiría pues, no poco, al verismo de esta Corruptilandia de tramoya y cartonaje.

Pero pasen y vean, que la juerga va a comenzar. Abriendo la puerta de la primera barraca coincidimos con un hombre bien trajeado que acude a su oficina saludando a la mejor sociedad del lugar. Es un abogado respetable y se llama Jaime Montis. Sin embargo, en la pared de su despacho hay colocado un plano enorme de otro polígono, el de Son Oms, que cualquier visitante puede ver al aterrizar o despegar del aeropuerto. Una presentación audiovisual ilumina entonces un primer documento: es la propuesta por escrito que los dirigentes de UM hicieron a los propietarios de las parcelas para garantizarles su recalificación a cambio de una comisión del 15% en suelo. De esa forma se hicieron con 60.000 metros cuadrados valorados en unos 50 millones de euros. El siguiente documento son las anotaciones del propio Montis incautadas por la policía. Hablan de cinco partes «en metálico y en B» e identifican con iniciales a los beneficiarios. Uno sería el orondo ex presidente del parlamento balear Maximiliano Morales, otro, el ex conseller del Territorio Bartomeu Vicens; otro, un socio fallecido; el cuarto, el propio Montis y, el quinto -o quinta-, una persona identificada como «M».

Entonces reaparece en escena el tal Montis pero -atención- ya no va vestido con traje, corbata y zapatos italianos, sino que lleva una extravagante pamela, unos ridículos shorts y unos zuecos agujereados y chillones. Ante el estupor de sus amistades de toda la vida, va andando con ademanes de marchador olímpico y profiriendo todo tipo de incoherencias. Está loco o se lo hace para no tener que declarar ante la justicia. Un psiquiatra certifica que no está en condiciones de asumir ninguna responsabilidad. ¿Tampoco la gestión de su despacho? ¿Y de qué va a vivir el señor Montis? El mismo psiquiatra certifica su curación, pero pasan los meses y la citación a declarar no llega.

El foco se fija ahora en un rincón de la estancia donde tras unas rudimentarias rejas cumple prisión el ex conseller Vicens. Su avaricia rompió el saco, porque para evadir el pago de impuestos por el fruto de su parte del pelotazo compró facturas falsas y recompensó a su contable por el «trabajo», pagándole 12.000 cutres euros de dinero público, justificados con unos grotescos informes copiados de internet.

Entonces aparece emperifollada y enjoyada Maria Antònia Munar, «sa Princesa», probablemente la señora «M». Va colgada del brazo de su marido al que el narrador presenta como Miguel Munar Munar. Pero entonces irrumpe en escena un nuevo personaje, protestando: «No, Miguel Munar Munar soy yo». Y la líder de UM, «Marian la ladrona» para los amantes del cine de Hitchcock, va y lo explica: «Es que mi marido y este otro señor se llaman igual. Siempre les confunden. Como todos somos de Costitx… Ha sido su eterna coartada desde que empezaron a acusarla de enriquecimiento ilícito: lo que le adjudicaban a su marido era del otro M. M. M. Pero cuando vamos a pasar ya a la siguiente atracción, vemos a ese «otro señor» de Costitx accediendo a una de las cuentas de la sociedad instrumental que reparte las comisiones de Son Oms. ¿Cabría imaginar un testaferro más perfecto que alguien con tu mismo nombre y apellidos?

Al salir de esa barraca la líder de UM se mete en un coche aparcado en la puerta y le da 300.000 euros en billetes a su delfín Miguel Nadal para que compre una productora a la que su televisión insular, la TeleMunar, va a adjudicar contratos por cinco millones y en la que podrán poner en nómina a todos los activistas de la campaña electoral. Con su parte en el botín de esta Operación Maquillaje, Nadal se compra una avioneta con la que pronto le vemos surcar, libre como el viento, el cielo de Port Corrupció. Todavía queda por ahí un pico con el que el propio Nadal, Vicens y -¡oh casualidad!- la secretaria de la Munar se hacen a precio de saldo con cuatro bloques de apartamentos construidos por una inmobiliaria a la que el Consell -¡oh casualidad!- acaba de triplicar la edificabilidad de su principal inmueble de oficinas.

Pasamos al corro de «la Piñata» y vemos a la propia jefa de la banda, recién cumplidas sus obligaciones diarias en la peluquería y con una nueva toilette, golpeando la cucaña del presupuesto del Consell para que una lluvia de cuatro millones en subvenciones, contratos y demás golosinas caiga sobre sus colaboradores y asociados. Enseguida vemos a la consellera insular de Cultura Dolça Mulet llevándose de gorra a su madre y un grupo de amigas a hermanar lazos con la isla siciliana de Lípari. Y como Sicilia tenía que ser, la siguiente escena muestra a la tal Mulet colocando en el Consell al hijo del juez Pedro Barceló que, a renglón seguido, archiva el caso.

Y ahora comienza en un tablado la subasta de Can Domenge. «¿Tu cuánto ofreces? ¿Tu cuánto ofreces?» Los emisarios de la Munar contactan con los principales promotores. Se habla menos del precio del solar que del precio de la coima. A uno le piden 8.000 euros por cada una de las 600 y pico viviendas y dice que sí. Pero hay otro que paga más. Total que el solar tasado en 60 millones por el que Núñez y Navarro oferta 61, se le adjudica a Sacresa por 30 y cuando se registran sus oficinas, se descubren las pruebas de que tenía todos los datos del concurso antes de que se convocara. Vemos entre tanto como en el piso de la Munar instalan una caja fuerte tan voluminosa que el ascensor, escandalizado, decide hacer huelga de cables caídos. En otra viñeta el delegado de Hacienda sigue la pista del dinero y el Gobierno socialista le traslada fuera de la isla.

Sin tiempo para subirnos en los camiones de la empresa familiar que suministra grava a los contratistas del Consell, ni en los que mueven tierra para las obras particulares del Director General de Carreteras y otos cargos del caso Peaje, pasamos por delante de un artista ambulante que pinta compulsivamente terribles marinas para que el muchos años director de Costas, Garau, pueda «vendérselas» a todos los hoteleros y demás particulares que, a instancias suyas, le sobornan, y cruzamos de acera para entrar en el Palma Arena que comunica por su parte de atrás con el llamado «palacete» de Jaume Matas.

Vemos al ex presidente balear declarar delante del juez que aumentó su patrimonio gracias al dinero negro que obtenía defraudando al fisco con unos alquileres durante años. Como las cuentas no cuadran, el juez le impone una fianza-trampa de tres millones: 10 veces la de Munar. Si no paga, a la cárcel; si paga, aquí hay gato encerrado. Y Matas paga. Y no se aclara por qué el velódromo presupuestado en 45 millones acabó costando 110. Ni por qué las actas de las reuniones en las que se aprobaba el gasto son casi todas falsas. Ni por qué Matas contrató directamente a los nuevos arquitectos. Ni por qué la empresa de publicidad del velódromo servía de tapadera para pagar actos del PP o facturas del Govern. Ni por qué la esposa del president derrochaba a troche y moche, pagando siempre en metálico. Ni por qué se contrataban los servicios de la empresa Over Marketing -a su vez contratista de Gürtel- muy por encima del precio de mercado. Ni por qué en el Plan Territorial algunas de las mejores parcelas terminaron en manos del promotor al que todas las malas lenguas vinculan a Matas. Ni por qué, ni por qué, ni por qué…

Pero nuestra atención se desplaza unos metros hasta un pequeño jardín interior. Dos mujeres desentierran una lata de Cola-Cao con 240.000 euros dentro y se la entregan a la policía. Son «las Soprano», o sea la gerente del Consorcio para el Desarrollo Económico Antonia Ordinas y su esposa, la cantante de ópera Isabel Roselló. Las han cogido con el carrito del helado -los contratos que se autoadjudicaban-, las han metido en la cárcel y se les ha empezado a soltar la voz. Claro que sus gorjeos no suenan igual que cuando la una cantaba para la otra, de Shanghai a Nueva York con cargo al contribuyente balear. Pero, de repente, se les escapa un gallo y resulta que dicen que el conseller Cardona también era parte del negocio.

En una cárcel similar a la de Vicens vemos al alcalde de Andratx, Hidalgo por realizar obras ilegales y al teniente de alcalde de Palma Rodrigo de Santos por pagar drogas y compañía homosexual con la Visa del ayuntamiento. Rodeando la manzana del edificio judicial topamos con una interminable fila de imputados populares, empezando por los del Turisme Jove que se autoalquilaban locales y se autoagasajaban con pantagruélicos ágapes, y terminando, de momento, con los del Ibatur que cobraban comisiones de sus proveedores -uno de ellos ya apuntó maneras imputándole al erario las copas y no se sabe si algo más en el moscovita club de alterne Rasputin-, pero entre medias vemos también a los acusados de los casos Puertos, Bitel, Bomsai y quién sabe qué.

El nuevo líder del PP, Bauzá, le está echando un par, con la doble legitimidad de estar limpio y ser el primer presidente regional elegido directamente por las bases. Ningún imputado irá en las listas y todo aquél contra quien se adopten medidas cautelares será baja en el partido. ¿Pero cómo garantizar que no volverán a las andadas?

«Lo terrible no es que hayamos tenido unos líderes corruptos, sino que el sistema iba calando desde arriba hacia abajo y al final había decenas, centenares de cargos corruptos en la administración», me decía el otro día un notable letrado mallorquín. «¿Cómo en la administración?», le corregí yo. «Querrás decir en las administraciones». Porque una de las líneas para reflexionar es la de si es lógico que en un escueto territorio con menos de un millón de habitantes convivan funcionarios del Estado, la comunidad autónoma, los consells insulares y los municipios. Cuantas más covachuelas, cuantos más trámites, más oportunidades para la rapiña.

Ésta es la madre del cordero. ¿Qué clase de Estado cleptocrático estamos construyendo? Porque es obvio que si la Fiscalía no fuera el perro faldero del Gobierno nuestro Port Corrupció también tendría su barrio socialista, con el Ibiza Center como edificio emblemático, una barraca entera dedicada a los abusos impunes en Calvià de la misma Margarita Nájera a la que se acaba de confiar el multimillonario proyecto de la playa de Palma y las corruptelas del fulano que se fumaba los mejores habanos del mercado a costa de su consellería como curiosa amenidad. Pero el mal de muchos no es aquí ni siquiera consuelo de tontos. Porque lo que hay que prevenir no es tanto el retorno de las grandes urracas, como la plaga de langostas. Es decir, la consolidación de una cultura política según la cual ha terminado habiendo tantos mangantes, robándoles tanto a tan pocos contribuyentes.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Agosto 15th, 2010 at 8:20 am

Posted in Política

Tagged with

Cómo atrapar a Proteo, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

La historia de Proteo, el dios marino capaz de ir cambiando de apariencia según las circunstancias, mitificado por Homero en el canto cuarto de La Odisea, ha fascinado durante casi 3.000 años a la inteligencia humana. Desde Platón y Virgilio hasta James Joyce, que bajo su advocación convirtió un capítulo del Ulises en el más poderoso ejercicio de transformación del lenguaje de la historia de la literatura, muchos grandes intelectuales y escritores han incluido lo proteico -el poder de la metamorfosis- entre sus principales obsesiones.

La proyección de la figura de Proteo sobre la vida política produce a la vez magnetismo e inquietud. Lo positivo era que el dios podía convertirse sucesivamente en león, en serpiente, en árbol o en lo que quisiera y eso le permitía adaptarse a cualquier escenario y salir airoso de todas las coyunturas. Lo negativo, que sólo por la fuerza decía la verdad y que, como pudieron comprobar Menelao cuando quería saber lo que había ocurrido en Esparta durante su ausencia o Aristeo cuando trató de averiguar por qué habían muerto sus abejas, sus dones camaleónicos lo hacían escurridizo y prácticamente imposible de atrapar.

El gobernante, capaz de reinventarse a sí mismo con desafiante reiteración, como está resultando ser el caso de Zapatero, genera, por lo tanto, sentimientos encontrados. Atrae su creatividad, repele su oportunismo. Atrae su combatividad, repele su desmemoria. Atrae su pragmatismo, repele su decisionismo. Es el político actor, eligiendo en el camerino la máscara del día, dispuesto a representar al héroe o al villano, a la paloma o al halcón, al despilfarrador o al austero, al libertador o al prohibicionista. El aprendiz de brujo capaz de embutirse el severo sayal del penitente. El funambulista que hace juegos malabares en el alambre para caer sobre la red de su buena suerte, haciéndonos ver que igual le dan ocho que ochenta.

Cuando el día en que Zapatero tuvo que abdicar de todas sus fantasías sobre la salida social de la crisis para asumir el plan de ajuste que le exigía la UE se dijo acertadamente que estábamos viviendo «la T-4 de su política económica», yo ya advertí que el paralelismo podía tener más recorrido de lo que se pensaba. Porque, en efecto, él quedaba tan en evidencia, tan en ridículo, tan devastadoramente dañado como con el atentado de ETA. Una y otra situación eran de las que, de acuerdo con los manuales de urbanidad de la política democrática, conllevan la dimisión del chamuscado a nada que tenga su corazoncito. Pero habida cuenta de que el de Zapatero está recubierto por una espesa capa de amianto iridiado -y no por eso deja de latir-, el descarte de esa opción sólo permite otra alternativa: si no puedes con la realidad, súmate a ella. De negociar con ETA, pasó a tratar de liquidar a ETA. De columpiarse en el déficit ha pasado a declararle la guerra. «Íbamos a reformar los mercados y los mercados nos han reformado a nosotros». Frase para la posteridad y a remangarse tocan. Comprendo que abunden los analistas, economistas o empresarios que sintieran ganas de estrangular a Zapatero cuando le oyeron presentarse la semana pasada como el presidente «de las reformas». Me pido primero. Es en efecto frustrante comprobar cómo, al cabo de dos años perdidos en los que España se ha ido hundiendo más y más en la crisis por culpa de su deuda creciente y su solvencia menguante, este hombre ha empezado a hacer lo que tantos le pedíamos en público, en privado, por activa, por pasiva, por las buenas y por las malas.

No existía, pues, el obstáculo ideológico insalvable que él esgrimía una y otra vez, igual que en enero en febrero, para eludir las políticas de ajuste, las reformas estructurales y las medidas consensuadas con la oposición. Lo de la «salida de izquierdas» a la crisis era filfa, puro teatro. Como el de ahora, sólo que con una función mucho peor. Si el mantenimiento de esa política económica basada en el gasto público a costa de tirar de déficit que tanto aplaudían nuestros patéticos sindicatos hubiera sido una cuestión de principios para Zapatero, se habría ido a su casa antes que rectificarla de arriba abajo. Sin embargo ahí le tenemos diciendo ahora que cumplirá con su obligación «cueste lo que cueste», que antepondrá los intereses de España a los del PSOE y que en lo último que piensa es en las elecciones.

Insisto, no me llevo a engaño, «lo tuyo es puro teatro/ falsedad bien ensayada/ estudiado simulacro». Sustituyamos pues el Happy Birthday Mr. President por aquella canción de La Lupe que Almodóvar incluyó en Mujeres al borde de un ataque de nervios y no le ahorremos ningún latigazo al entrar en la cincuentena: «Igual que en un escenario/ finges tu dolor barato./ Tu drama no es necesario./ Yo conozco ese teatro,/ fingiendo qué bien te queda el papel,/ después de todo parece/ que ésa es tu forma de ser». Pero una vez consumado el desahogo, contagiémonos de su frialdad analítica y examinemos la situación en la que estamos hoy, que es significativamente distinta a la del 1 de mayo, a la del 1 de junio y a la del 1 de julio.

El plan de ajuste, aprobado en el Congreso por un voto, ha entrado en vigor. La reforma laboral anticipada por decreto y mejorada -aunque no de forma suficiente- en el trámite parlamentario ha comenzado a aplicarse. La reestructuración de las cajas de ahorros es un hecho. Los tests de estrés de los bancos han tenido un buen desenlace y sobre todo han resultado ser un acierto en términos de imagen. Hasta la biblia salmón ha aconsejado a Alemania que imite la «transparencia» de España. Los chinos han apostado por invertir en deuda española y, aunque seguro que habrá contrapartidas políticas, los mercados han entendido la señal. El diferencial con el bono alemán -el spread, que de la noche a la mañana, tanto obsesionaba a Zapatero- ha bajado de 230 a 135 puntos. Nuestros bancos empiezan a colocar sus emisiones. Llevamos dos trimestres creciendo mínimamente. El paro ha caído por cuarto mes consecutivo.

¿Significa esto que se atisbe ya el final de la crisis? No, ni mucho menos. Ni siquiera está garantizado que el creciente peso de la deuda pública y privada sobre nuestro PIB no provoque una recaída en el otoño, volvamos a ser el enfermo de la UE y terminemos teniendo que acogernos al fondo de rescate hacia el que todavía hace mes y medio parecía querer empujarnos la señora Merkel para garantizar que nuestros acreedores alemanes cobraran sus deudas y, sobre todo, que una instancia internacional nos impusiera la disciplina que, durante tanto tiempo, habíamos rehuido.

El peor escenario sigue siendo posible, pero sería necio no admitir que también empieza a perfilarse otro menos malo, consistente en que Zapatero persevere en la piadosa representación de su papel de converso a la ortodoxia capitalista y los mercados vayan recompensándole hasta engendrar incluso los primeros trazos del círculo virtuoso, que empieza por la confianza, continúa con la inversión y el consumo, prosigue con el crecimiento y desemboca en la recuperación del empleo. Esto aún son pájaros y flores, pero de la misma manera que la cuesta abajo es siempre más fulgurante y dramática de lo que se espera, también la recuperación puede sorprendernos en 2011 por su mayor vigor.

Nadie debería minusvalorar el estímulo que para un tipo tan competitivo -homo ludens sin paliativos- como Zapatero están suponiendo estos primeros caramelos con que le han endulzado el inicio del verano los circuitos financieros. Pasen y vean al león transformado en serpiente, al dios del mar echando raíces de secano. Ha descubierto que «en el mundo desarrollado no hay más que tres focos de poder: Wall Street, la City y un poco Bruselas». En el último Comité Federal les dijo a los altos cargos del PSOE que era por su bien por lo que les retiraba de los órganos de gobierno de las cajas, pues no era justo que consejeros, alcaldes y concejales, además de gestionar sus instituciones, tuvieran que ocuparse de a quién se le dan los créditos. Está entusiasmado con Fainé y con privatizar la mayor parte de esas cajas, convirtiéndolas en bancos que acrecienten su capital con inversores extranjeros. Sueña con el día en que pueda «ponerle el número 67» a la edad de jubilación de los españoles por «la credibilidad» que ese paso dará a su Gobierno ante los mercados.

O mucho me equivoco o este otoño abrirá el melón del debate sobre las políticas activas de empleo, pactará el Presupuesto con el PNV y se olvidará del brindis al sol del impuesto sobre los ricos. «Creo que ya he demostrado ser un presidente demócrata, ahora voy a demostrar que soy un presidente responsable», le dijo a un amigo el día de su cumpleaños, recordándole que la madurez intelectual se alcanza a los 53 años y a él aún le quedan tres de recorrido. Ver para creer.

El peor error en el que podría embarrancarse el PP es seguir oponiéndose globalmente a la política económica de Zapatero como si continuara siendo la de antes de Pearl Harbor. Pocos empresarios entienden su voto en contra del plan de ajuste y su oposición sin matices a la reforma laboral. El PSOE estuvo a punto de perder aquel envite clave en el Congreso, pero no lo perdió. Si Rajoy sigue atascado en pedir que la mayoría cambie de líder o que Zapatero anticipe las elecciones, corre el riesgo de proyectar una creciente sensación de esterilidad hasta envolver a sus seguidores en el mantra de los esfuerzos inútiles que conducen a la melancolía.

Queda más de año y medio de legislatura y mucho partido por jugar. La ventaja que el CIS y otros sondeos conceden al PP es inferior a la que tenía Aznar poco antes de ganarle por la mínima a González. La nada democrática porfía por defenestrar a Tomás Gómez para poner en su lugar a Trini indica que las autonómicas van a ser a cara de perro. Si Cospedal no vence en Castilla-La Mancha y el debutante Bauzá no recupera Baleares, las dudas y el vértigo arrullarán de nuevo la candidatura de Rajoy a La Moncloa.

¿Qué receta podemos aconsejar entonces quiénes creemos imprescindible para la regeneración de la España constitucional que las próximas generales den paso a una clara alternancia en el poder, fruto de un triunfo rotundo de la oposición? Back to basics: el PP debería utilizar la misma técnica que permitió a Menelao inmovilizar y, por lo tanto, derrotar a Proteo. No hace falta que Rajoy, Soraya y compañía se disfracen con pieles de foca para penetrar en su cueva como hicieron el rey de Esparta y sus compañeros, pero sí que lo aten rígidamente, fijándolo en su condición original, sin inmutarse ante sus sucesivos cambios de apariencia. El león, la serpiente o el árbol se desvanecerán con la misma facilidad con que habrán brotado y el viejo dios del mar continuará ahí, con su verdadera identidad, a sus expensas.

Lo sustancial de la posición de Zapatero como gobernante no es ni su política antiterrorista, ni su política económica, ni su política social, ni su política sobre derechos y libertades, pues en todos esos ámbitos ha demostrado poder hacer una cosa y su contraria. No, lo que le caracteriza de forma inmarcesible -y porque no está en su mano el cambiarlo- es su condición de jefe de un gobierno de coalición entre dos partidos, el PSOE y el PSC, con visiones contrapuestas sobre la identidad de España y la articulación del Estado. La supeditación dentro de esa coalición de los intereses de la mayoría a los de la minoría, fruto de los chantajes de un visionario como Maragall y de un sinvergüenza como Montilla, es el verdadero talón de Aquiles de Zapatero, el punto neurálgico en el que un adversario audaz puede golpearle y derribarle fulminantemente.

Máxime cuando el destrozo fruto de ese sometimiento, a la vez concienzudo y pueril -«Aceptaré el Estatuto que venga de Cataluña»: ¡manda carallo! o si se prefiere ¡manda huevos!- ha ocasionado un destrozo inmenso de proporciones históricas en nuestra fábrica democrática. La inmersión lingüística, la rotulación obligatoria, la prohibición de los toros

Written by Reggio's

Agosto 8th, 2010 at 9:20 am

Posted in Cultura, Política

Tagged with

El embudo catalán, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Cualquiera diría que la evolución de Felipe González desde su ya remota salida del poder parece destinada a refrendar la cínica teoría del brillante ensayista y compulsivo fumador de opio Thomas de Quincey sobre lo imparable de la degradación humana. Según él, quien se ha bañado en el crimen pronto se verá cometiendo pequeños hurtos, de ahí pasará a emborracharse e incumplir sus obligaciones religiosas y, a nada que se descuide, terminará siendo maleducado y perezoso. Entraba pues dentro de lo previsible que el promotor, o al menos consentidor, de los GAL echara ritualmente fuego por la boca, se enredara en los negocios de un magnate transoceánico y entrara con pie firme en los circuitos de la prensa rosa. Con lo único que no contábamos es con que escribiera artículos tan malos como los que periódicamente aparecen en las páginas del diario que tanto le debe.

Y como si se tratara de demostrar que cuatro manos pueden aporrear el piano con más saña que dos, el peor de todos esos artículos es el que firmó el pasado lunes en comandita con la también indefendible ministra de Defensa, Carme Chacón. Sus ‘Apuntes sobre Cataluña y España’ tuvieron, sin embargo, la doble virtualidad de demostrar que es ya el conjunto del PSOE -quintaesenciado en estas figuras emblemáticas de dos generaciones distintas- el que ha asumido el planteamiento de Zapatero que está cuarteando nuestro Estado constitucional y de poner en evidencia la inanidad intelectual, la simplonería párvula de los cuatro palotes dialécticos que lo sustentan.

Que quien fuera piropeado hace 28 años al llegar al poder por el ‘New York Times’ como un “joven nacionalista español” y quien tiene encomendada la preservación de la seguridad nacional frente a cualquier amenaza exterior o interior empiecen haciendo suyo el concepto romántico de Cataluña como “uno de los sujetos llamados naciones sin Estado”, a mitad de camino entre los palestinos, los kurdos y el ‘Holandés Errante’, ya lo dice todo de en qué manos estuvimos y en qué manos estamos.

Pero la metamorfosis que hacen de la España de las Autonomías, consagrada en la Constitución del 78, no ya en el modelo federal, históricamente defendido por el PSOE, sino en una rimbombante “Nación de naciones” con toda su herrumbre a cuestas, plantea un dilema que ni este decrépito profesor Higgins ni su cantarina Liza Doolittle con mando en plaza tienen al menos el decoro de resolver. Asumiendo que las trillizas Galeusca y doña Realidad Nacional Andaluza son “naciones” que integran la “Nación”, sólo cabría deducir que o bien la “nación” riojana, la “nación” extremeña y la “nación” castellano-manchega también figuran entre las llamadas con igual rango a sentarse en esa tabla redonda o ’sensu contrario’ sería España la que, ocupando tan sólo el espacio comprendido entre Despeñaperros y el Ebro, concurriría junto a las mentadas a una confederación superior, pendiente de denominación. Es decir que Pigmalión y su alumna aventajada habrían dado por fin carta de naturaleza política al inveraz dictamen metereológico-musical de que “the rain in Spain stays mainly in the plain”.

Descontemos, para no desviar el tiro, el patético sectarismo que supone diabolizar al PP por haber recurrido el ‘Estatut’ ante el Constitucional “tras perder la votación en las cámaras y en el referéndum” -lo verdaderamente pintoresco es que lo hubiera recurrido tras ganar esas votaciones- y centrémonos en el corazón argumental de esta mezcla de tomadura de pelo colectiva y ejercicio de mala fe.

Sostienen Carme González y Felipe Chacón que, puesto que “la fuerza de España está en su diversidad”, huelga la “obsesión injustificada por la indisoluble unidad de la nación española” plasmada, según ellos, en la sentencia del Constitucional. Al margen de que si eso fuera cierto doña Torcuata, el Dúo Sacapuntas y sus otros tres compañeros de viaje habrían anulado decenas de artículos en vez de blanquearlos mediante la “interpretación conforme” de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, lo mínimo que podría exigírseles a quienes establecen esa premisa canónica -lo bueno es la “diversidad”, lo execrable la pretensión del PP de imponer “una España uniforme con una sola lengua”- es que la aplicaran por igual a los dos sujetos de la controversia.

Pero hétenos aquí que estos mismos vates de lo plural y heterogéneo se nos vuelven trovadores de lo monolítico y homogéneo cuando proclaman la necesidad de preservar “la inmersión lingüística que cohesiona Cataluña”. O sea que la “diversidad” de España debe llegar hasta el extremo de ser el único Estado del mundo -perdón, junto a Dinamarca en su relación con las remotas Islas Feroe- lo suficientemente idiota como para consentir que en una parte importante del territorio no se pueda estudiar en la lengua oficial común a todos los ciudadanos. Y al mismo tiempo la “cohesión” de Cataluña puede adquirir tanta capacidad implosiva como para liquidar las raíces culturales de la mitad de sus habitantes y transformar incluso en extranjeras a las familias transeúntes.

Esta pareja de truchimanes nos dice en resumidas cuentas con fingido aplomo que siendo lo “progresista” defender la “diversidad” de España y la “cohesión” de Cataluña, incurrirían en grave pecado reaccionario quienes osaran abogar por la “cohesión” de España y la “diversidad” de Cataluña. No pretendo darle la vuelta a su tortilla, sino invocar algo tan elemental como que lo que ellos preconizan como bueno para el todo también debería serlo para la parte, o incluso a la viceversa. Que esto va de “diversidad”, pues “diversidad” para todos: ¡Viva la Cataluña plural del torero Serafín Martín, el no menos diestro Boadella y los valerosos firmantes del manifiesto de los 2.300! Que esto va de “cohesión”, pues “cohesión” para todos: que el Congreso de los Diputados recupere cuanto antes para la Administración central las competencias sobre Enseñanza, Cultura y Medios de Comunicación y ya verían lo rápido que se encauzaba el problema.

Lo inaceptable es que cual nuevos Chirinos y Chanfalla de un, por cierto, españolísimo retablo de maravillas embusteras, este par de tramposos nos obligue a pasar por su asimétrico embudo -tan ancho de entrada, tan estrecho de salida- so pena de quedar identificados, tal que en el texto cervantino como chuetas, marranos o levitas.

Pero ésta es la doble vara de medir que viene interiorizando el PSOE al menos desde que Maragall “no actuó lealmente” -son palabras de Rodríguez Ibarra- y se saltó los acuerdos de Santillana del Mar sobre los límites estatutarios para perseguir su quimera soberanista. Los compromisos adquiridos por Zapatero, la antepasada semana hizo 10 años, en el Congreso en el que el PSC le proporcionó el liderazgo socialista, canalizaron el destrozo, dando carta de naturaleza a una sensibilidad política, según la cual a la selección española hay que llamarla ‘La Roja’ para no ofender a nadie y a los órganos de la Administración central de la España “diversa” trasformarlos en “agencias estatales”, de modo que los símbolos y las instituciones “nacionales” queden reservados para una Cataluña “cohesionada” a martillazos.

Diluida ya toda seña de identidad ideológica en el pragmatismo económico del a la fuerza ahorcan -he ahí los primeros efectos, tan alentadores como tardíos, de la reducción del déficit, la reforma laboral y la despolitización de las cajas- al PSOE sólo le queda apalancarse en el poder mediante la asunción del discurso nacionalista y la gestión conjunta de una agenda más desintegradora que separatista. En el “usted ha echado cuentas” de Zapatero a Rajoy se resume el desastroso estado actual de la Nación, puesto que implica que el propio presidente no deja de tenerlas ni un momento en la cabeza: 25 diputados del PSC, 11 de CiU, tres de Esquerra, uno de Iniciativa. En esos 40 escaños que, junto con los escuálidos siete del PP, aporta Cataluña al Congreso de los Diputados -casi un 15% de la cámara- radica la morfología del embudo en el que los socialistas se han zambullido y por cuyo angosto cuello pretenden hacernos pasar ahora a todos los españoles.

Sólo un gran pacto de Estado sobre el modelo territorial podría haber interrumpido esta deriva hacia el desastre. Las promesas de reforma constitucional, previo dictamen del Consejo de Estado, enunciadas por el PSOE y el clima favorable a un nuevo consenso que siguió al trauma del 11-M parecían propiciarlo al comienzo de la pasada legislatura. Sin embargo, Zapatero descartó pronto ese camino y pese a haberse comprometido con Rajoy a afrontar juntos cualquier reforma estatutaria, emprendió con CiU la huida hacia delante de construir el nuevo marco jurídico catalán. Si en algunos momentos en los que se enfrentan parece que Rajoy pone cara de estupor, es porque, cinco años después, aún no se ha recuperado del impacto que le produjo el innovador argumento de Zapatero de que los consensos sobre cuestiones de Estado había que fraguarlos entre los dos principales partidos de cada comunidad. El día que le dijo eso en La Moncloa se evaporó en un instante la confianza y se acabó toda posibilidad de colaboración entre este líder de la oposición y este jefe de Gobierno.

Así las cosas, la superchería de que España ha de ser plural para que Cataluña pueda elevarse monolítica sólo aguantaría medio embate si no llevara aparejada la demonización del único partido que, junto con la UPyD de Rosa Díez, aún merece el calificativo de nacional. Es verdad que hay otros ámbitos en los que el PP parece trabajar a diario para sus adversarios políticos -no puede ser que siga votando contra la política económica que demandó siempre- pero el único reproche que cabe hacerle en éste es falta de tesón y brío en lo que no ha dejado de ser una postura impecable de defensa de la igualdad de derechos de todos los españoles.

La fuerza de los hechos va imponiéndose en todo caso de manera inexorable y ni siquiera un trilero redomado como Chaves, curtido en 1.000 engaños y falsificaciones, puede convencer a nadie de que, tras la prohibición de los toros en Cataluña, es el PP quien amenaza la convivencia por querer anular sus efectos mediante una norma estatal. Es de sentido común que ninguna autonomía puede utilizar una competencia cedida por el Estado para liquidar la actividad que se le encomienda regular. Por las mismas Castilla-La Mancha podría prohibir la caza o Castilla y León la pesca, privando a Zapatero de algunas de sus mejores horas de cruel asueto.

Aquí está en juego mucho más que la fiesta de los toros. Por respetable, por respetabilísima o incluso encomiable que fuera la iniciativa popular de los defensores de los animales, su formulación política nada tiene que ver con esa causa y los ‘correbous’ son -nunca mejor dicho- la prueba de fuego. Sólo la peor ralea del ‘zoon politikon’, sólo los especímenes más cínicos de nuestra ‘animal farm’ -de ahí la comentada portada de EL MUNDO el jueves- pueden pretender que nos creamos que mientras la suerte de banderillas ha de ser expulsada de la legalidad, la ignición y quema del astado, en medio de otras torturas varias, constituye, en cambio, una tradición a conservar. De nuevo la ley del embudo, sólo que al revés: cuello estrecho para la sangrienta lidia a la española, manga ancha para el gamberrismo sádico a la catalana.

Aunque mi ecuación es la del prohibido prohibir, si para algo habría motivos sería para llegar a un resultado opuesto al del Parlament, pues todos los argumentos contra la corrida se dan en los ‘correbous’ y, en cambio, resulta imposible redimirlos con el elemento cultural y artístico compensatorio que intelectuales de todas las generaciones e ideologías han encontrado en la lidia. Pero, insisto, el desenlace legislativo de este debate no es sino la última expresión de la forma más mezquina y ruin del nacionalismo, consistente en moldear una identidad colectiva mediante la poda y supresión de cuanto lingüística, comercial o culturalmente se desvíe del patrón establecido por los popes de su iglesia, por los zelotes de un catalanismo excluyente.

Todo mi respeto también para el independentismo educado y tolerante, pero tras los modales aseados de algunos dirigentes late el fanatismo insaciable de un puñado nada despreciable de profesionales de lo antiespañol. Forman una minoría pequeña pero compacta, organizada y audaz. No son Cataluña, pero logran a veces suplantar a Cataluña o, al menos, arrastrar a una parte de sus fuerzas vivas. Son el huevo de la serpiente. La típica levadura de todo cataclismo engendrado siempre entre el silencio de los corderos. ¿Cómo hacerles frente? Hay dos alternativas perfectamente reflejadas en las dos últimas estrofas de un lúcido poema de Auden que me enseñó el otro día Carmen Iglesias.

La primera opción es la del apaciguamiento: “¿Qué diablos les hiciste? / ¿Nada? Nada no es la respuesta: / Terminarás pensando -¿y cómo no pensarlo?- / Que algo hiciste, en efecto, que algo has hecho, / Te verás deseando hacerles sonreír, / Buscarás su amistad”.

La segunda la de la resistencia churchilliana al totalitarismo: “No habrá tregua / Plántales cara, pues, con todo tu coraje / Y todas las argucias de que seas capaz, / Con la conciencia clara a este respecto; / Su causa, si es que causa tienen, la han olvidado; / Ellos odian tan sólo por el placer de odiar”.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Agosto 1st, 2010 at 9:20 am

Posted in Política

Tagged with

Enrique Múgica en el portal de la Casa de los Espejos, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

En la calle de Calvo Sotelo de Logroño, justo enfrente del colegio de los Maristas en el que estudié desde los cuatro años, había una casa, muy moderna para aquellos años 50, con un amplio portal de suelo de mármol cuyas paredes laterales eran dos espectaculares espejos que llegaban hasta el techo. A la salida de clase aprovechaba las ausencias del portero para colarme allí y contemplar embelesado la multiplicación de la imagen que se iba empequeñeciendo a diestra y siniestra como en la espiral de un sueño. Era como sumergirte en el pozo de Alicia o en aquella subyugante etiqueta de una botella de anís en la que había una figura sosteniendo una botella de anís en cuya etiqueta había una figura sosteniendo una botella de anís… Tanto se magnifican las experiencias infantiles que, cuando muchos años después conocí la Galería de los Espejos de Versalles, tuve la sensación de que, de pequeño, ya había estado allí.

A mediados de los 70, tras mi año de estancia en los Estados Unidos y la muerte de Franco, volví unas cuantas veces a aquel portal porque la que entonces era mi novia vivía en ese inmueble. Fue allí donde conocí a un hombre avasalladoramente cordial de melena aleonada y efigie de emperador romano sobre quien ya flotaba una leyenda oscura y fascinante. Enrique Múgica Herzog se había casado con la hija del dueño o al menos promotor de la Casa de los Espejos y de su mano había hecho el tránsito del Partido Comunista al Partido Socialista tras su tercer o cuarto paso por la cárcel.

Yo me dedicaba ya al periodismo político en ‘ABC’ y conocía los antecedentes de los disturbios estudiantiles del 56 que habían provocado la primera gran crisis del régimen con la salida del Gobierno de Ruiz-Giménez y las detenciones de jóvenes idealistas como Sánchez Dragó, Tamames o Múgica. También estaba al tanto del mucho más reciente ‘Pacto del Betis’ mediante el que los socialistas vascos, encabezados por Nicolás Redondo y el propio Múgica, habían ayudado a los andaluces a elevar a la Secretaría General del partido en el congreso de Suresnes a un tal Felipe González, alias ‘Isidoro’.

Todo ello, unido a su ascendiente judío -aquel hombre parecía un vademécum de los fantasmas del franquismo-, me hicieron sentir una enorme atracción por el personaje. Nos hicimos amigos paseando por las calles de Logroño durante las vacaciones. Él defendía la socialdemocracia, yo el liberalismo. Él argumentaba con ‘Le Monde’, yo le replicaba con ‘The New York Times’. Él me hablaba de Indalecio Prieto, yo de Bobby Kennedy.

Nuestra relación me sirvió de puerta de entrada a los vericuetos y ‘dramatis personae’ de aquel PSOE por el que Alemania y los propios Estados Unidos apostaban como aglutinante de la izquierda democrática española. No sé si directamente fue quien me lo presentó, pero desde luego sí el inductor de las buenas relaciones que durante casi 10 años mantuve con González, hasta que pasó lo que pasó. Como ‘número dos’ de facto del partido -Guerra sólo llevaba aún la Secretaría de Información-, Múgica era el responsable de sus relaciones políticas y el interlocutor con todos los organismos unitarios de la oposición. Era flexible y moderado, pero sabía dar el puñetazo sobre la mesa a tiempo. Recuerdo, como si fuera hoy, el día en que anunció en el domicilio de Joaquín Satrústegui en la Castellana que su partido abandonaba la llamada Comisión de los Doce que negociaba con Adolfo Suárez, como respuesta a la legalización del llamado PSOE Histórico. Si los cachorros del régimen querían hacer un doble juego, con la herencia de Pablo Iglesias de por medio, ellos rompían la baraja.

Durante unos meses fueron oficialmente el PSOE Renovado, pero en junio del 77 las urnas zanjaron para siempre la cuestión después de que los brazos en alto y los puños cerrados convivieran esperpénticamente -tal era la amalgama concitada en torno a aquel ‘revival’- en algunos mítines del PSOE Histórico. Con González convertido ya en líder de la oposición, Múgica se consolidó como la figura de referencia del ala derecha del PSOE, es decir, quien preconizaba antes que nadie todo lo que el partido terminó haciendo en cuestión de pocos años: aceptar la Monarquía, abandonar el marxismo, cambiar de opinión sobre la OTAN.

Lo que más me atraía de Múgica era la pasión que ponía en la defensa de sus ideas, la demostración diaria de que se podía ser emocionalmente racionalista. También tengo grabadas en la retina las lágrimas de desconsuelo que surcaban sus mejillas en el vestíbulo del Palacio de Exposiciones y Congresos aquella noche de mayo del 79 en que el tridente radical formado por Gómez Llorente, Pablo Castellano y el rector Bustelo ganó la votación contra el abandono del marxismo y forzó la dimisión durante unos meses de González y su equipo.

Como presidente de la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados, Múgica se ocupaba también de guiar la nave del PSOE en un mar tan proceloso como el de las Fuerzas Armadas de la época. Nunca sabremos cuáles fueron los términos exactos de la conversación durante el almuerzo que tuvo lugar en Lérida con el entonces gobernador militar Alfonso Armada y en el que, además de Múgica, estuvieron presentes el líder del PSC Raventós y el alcalde de la ciudad Ciurana. Cuando poco después se desencadenó el 23-F, varios de los golpistas alegaron que los socialistas habían preconizado en ese encuentro “un golpe de timón” y el nombre de Múgica apareció en el hipotético gobierno de concentración que el durante mucho tiempo hombre de confianza del Rey pretendía encabezar.

Aunque durante el juicio él negó como testigo tales acusaciones y sólo Pujol vendría a corroborarlas en sus Memorias mucho tiempo después -según Múgica, en venganza por su firmeza frente a la deriva soberanista del nacionalismo catalán-, la sombra de la sospecha le dejó fuera de juego el suficiente tiempo como para impedirle formar parte del primer gobierno formado por González tras su aplastante triunfo de octubre del 82. Para él fue muy frustrante comprobar cómo, quien tanto había contribuido a desembarcar en Normandía, se veía privado de la gloria de desfilar en París.

Poniéndole como siempre al mal tiempo buena cara, Múgica se entregó entonces con ahínco a otra de sus grandes causas: el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Tras unos años de sordo pero eficiente trabajo en comandita con el teórico representante en Madrid ante la Organización Internacional del Turismo, Samuel Haddas, y tras la creación de la Sociedad de Amistad España-Israel -de cuya primera directiva formé parte-, el objetivo se alcanzó en 1986, proporcionando a Múgica una de las grandes alegrías de su vida.

Su peculiar y, en cierto modo, ‘churchilliana’ travesía del desierto -seguro que el ‘perro negro’ de la depresión también le asaltó en algún momento- concluyó dos años después cuando Felipe González le encomendó la cartera de Justicia. Múgica ya era por fin ministro y en un tiempo tan turbulento como ese cambio de década en el que se descubrió la implicación gubernamental en la trama de los GAL, él logró dejar su impronta como jurista en leyes tan importantes como la de Demarcación y Planta o la de Sociedades Anónimas, sin que su trayectoria democrática se viera emborronada por ningún trabajo sucio del estilo de los asumidos por sus coetáneos Corcuera, Leopoldo Torres o Javier Moscoso.

Aunque su paso por el ministerio coincidió con la crisis inducida de ‘Diario 16′ y el arrollador nacimiento de ‘EL MUNDO’ como un “Yo Acuso” colectivo -qué lástima que aquel gran equipo vaya mermando por las bajas voluntarias-, nunca en esos tres años hubo un solo conflicto entre Múgica y la prensa crítica al felipismo. Es muy significativo que fuera su sucesor, Tomás de la Quadra, quien se prestara a canalizar la irritación del nuevo régimen mediante aquel proyecto de Ley Mordaza que la pérdida de la mayoría absoluta en el 93 hizo decaer.

El gran acierto político de la gestión del Múgica ministro fue la dispersión de los presos de ETA por las cárceles de toda España. Vasco o, para ser más exactos, guipuzcoano y donostiarra hasta la médula y buen conocedor de los rituales de toda organización clandestina, nadie como él para tomarle la medida a este frente decisivo para la actividad de la banda. Con toda propiedad puede decirse que las disensiones internas que cuartean hoy el planeta etarra son el fruto aplazado de aquella sabia medida.

No en vano el reagrupamiento de presos se convirtió enseguida en una de las banderas más tenaces de la izquierda abertzale y no pocos han interpretado el asesinato de Fernando Múgica Herzog en 1996 como una venganza de ETA, golpeando al ya ex ministro donde más podía dolerle: en su familia. El ángel fieramente humano que, evocando a su admirado Blas de Otero, siempre ha llevado consigo Enrique Múgica, afloró ante la tumba de su hermano. Después de tantos años de rendiciones póstumas, su “Ni olvido, ni perdono” nos reconcilió por un instante con la voz del corazón y el ansia de justicia.

No faltaron quienes alegaron que este trauma personal podía ser una rémora a la hora de ejercer las funciones de Defensor del Pueblo cuando en el año 2000 -poco después de haber revalidado por octava vez su escaño por Guipúzcoa- fue designado para el cargo por el Gobierno de Aznar, previo acuerdo con el PSOE. Bien al contrario, los hechos demostraron que esa terrible experiencia le proporcionó la empatía necesaria para ponerse en el lugar de las víctimas durante el periodo crítico en el que, ya con Zapatero en el poder, su memoria y su dignidad estuvieron a punto de ser sacrificadas en el ignominioso altar de una negociación política con la banda.

Pocas entrevistas tan memorables hemos publicado en la historia de este periódico como aquella que, firmada por Esther Esteban, apareció en nuestra portada el 12 de febrero de 2006. Las frases de Enrique Múgica que sirvieron de titulares no podían ser más elocuentes: “El fin de ETA que exigimos es la rendición incondicional. Tiene que haber vencedores y vencidos… El único diálogo que cabe es el de la escoba con la basura”.

En esa misma conversación, el ya confirmado como Defensor del Pueblo para un segundo mandato, adelantaba que si en el nuevo ‘Estatut’ había elementos que atentaran “contra los derechos de los españoles” -aún no se había agotado el trámite parlamentario-, interpondría recurso de inconstitucionalidad. Dicho y hecho. Enrique Múgica recurrió nada menos que 112 artículos y cuatro disposiciones adicionales del texto que el Gobierno aseguraba haber dejado “limpio como una patena” tras su paso por el Congreso. En unas declaraciones publicadas hace bien poco en ‘El Siglo’ explicaba el sentido profundo de su gesto: “Para mí, la Constitución no es un punto de partida, sino el punto de llegada de tantos años de lucha y de combate por la libertad”.

Su beligerante independencia le mereció la inquina de los nacionalistas y le dejó marcado ante los ojos del propio partido del que procedía. Ésta es la auténtica clave de su no renovación para un tercer mandato. Es verdad que, cumplidos ya los 78 años, la edad era un ‘hándicap’, pero Alberto Oliart acababa de ser designado, pasados los 80, para un sillón mucho más caliente como el de la presidencia ejecutiva de RTVE. Múgica se sentía con fuerzas para seguir y así lo manifestó ante varios medios más o menos próximos al Gobierno.

Fue inútil, él apelaba a la memoria de la lucha antifranquista y al espíritu de la Transición y se encontró con que ni en el poder ni en la oposición quedaba ya nadie generacional o intelectualmente sensible a esos argumentos. A diferencia de lo que ocurre con los vocales del Poder Judicial o los jueces del Constitucional, el Defensor del Pueblo cesa automáticamente al finalizar su mandato. Eso es lo que ocurrió el pasado 30 de junio: más de medio siglo de implicación en la vida pública concluía de forma un tanto abrupta y poco menos que entre la indiferencia general.

Esto no es un obituario anticipado porque su brío indomable garantiza que hay Enrique Múgica para rato, pero sí un homenaje personal a un verdadero grande de España. Porque tal vez no haya logrado como Havel “convertir su vida en una obra de arte”, pero estoy seguro de que la próxima vez que, con los pies o con el recuerdo, vuelva a aquel querido portal de la Casa de los Espejos, Enrique Múgica se sentirá reflejado tanto a su izquierda como a su derecha en múltiples imágenes del pasado de las que podrá sentirse simultánea y coherentemente orgulloso. Él mismo no es consciente de hasta qué punto ese es un privilegio al alcance de muy pocos. ¡Ah, la Tercera España de Alcalá Zamora y Azaña, de Marañón y Ortega, de Madariaga y Unamuno, de Paco Ordóñez y Joaquín Garrigues, de Ruiz Giménez y de Múgica!

Written by Reggio's

Julio 25th, 2010 at 9:20 am

Posted in Política

Tagged with

La bombilla no es el vidrio, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Aunque él las derramara a raudales, yo lo digo sin sorna o ironía alguna: el discurso que Rajoy pronunció el miércoles en el Debate del Estado de la Nación quedará en los anales de nuestra democracia como una de las mejores piezas de oratoria política pronunciadas nunca desde el centro derecha. Sin el significado histórico del “Puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez ni la fuerza conceptual de la intervención de Aznar en el congreso de Valencia, tuvo sin embargo la eficacia de un hacha afilada capaz de ir derribando, por decirlo con sus propias palabras, los “engaños”, “rectificaciones”, “políticas errabundas” y demás “amenidades” del “señor Rodríguez Zapatero“.

Salta al oído que, además de con su buena cabeza, Rajoy tuvo que contar para elaborar el texto con la pluma de alguien especialmente ducho en la historia del pensamiento político -descartada Cayetana, probablemente se trate de Lassalle- pues la similitud de su impactante arranque con el del legendario panfleto del Abate Sieyès sobre el Tercer Estado no puede deberse a una casualidad. Probablemente no se trate de una copia deliberada, pero es imposible que la musicalidad de ese texto fulgurante que tanto contribuyó a comienzos de 1789 a la convocatoria de los Estados Generales no resonara en el subconsciente del negro de Rajoy. Fíjense hasta dónde llega el paralelismo.

El panfleto de Sieyès comienza con aparente sencillez inquisitiva: “El plan de este escrito es muy simple. Tenemos tres preguntas que hacernos”. (”Le plan de cet écrit est assez simple. Nous avons trois questions à nous faire”). El discurso de Rajoy utiliza el mismo determinismo en la construcción verbal, resumiendo las “tres preguntas” en una: “Tras escuchar esta mañana al señor Rodríguez Zapatero la pregunta que cabe hacerse es…”.

Sieyès recurre luego a los ordinales para enfatizar el planteamiento dialéctico de tesis, antítesis y síntesis: “1º) ¿Qué es el Tercer Estado? Todo. 2º ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. 3º) ¿Qué es lo que pide? Convertirse en algo”. (”1º) Qu’est-ce que le Tiers État? Tout. 2º) Qu’a-t-il-été jusqu’à présent dans l’ordre politique? Rien. 3º) Que demande-t-il? À y devenir quelque chose”). Rajoy repite el esquema, presentando la misma antinomia tras plantear su pregunta única: “¿En qué se diferencia este debate del que celebramos hace un año? Por mi parte, en nada. Por la suya, en todo. Lo que yo reclamaba entonces es lo mismo que reclamo ahora”.

En ambos casos es el estruendoso contraste entre ese “todo” y ese “nada” lo que legitima la posición de quien a renglón seguido “pide” o “reclama”. Si por parte del astuto profesional de la supervivencia, a quien Robespierre bautizaría como el topo de la Revolución, lo que venía a continuación era una durísima requisitoria contra el Viejo Régimen, Rajoy -adornado con algunas de sus mismas cualidades de corredor de larga distancia- no se le quedó a la zaga a la hora de demoler el zapaterismo.

La implacable tala argumental, recurriendo al Diario de Sesiones para poner en evidencia el giro copernicano impuesto a Zapatero por la UE o catalogando los males que se podían haber evitado o paliado si tal aterrizaje en la realidad se hubiera producido un año antes, llegó además acompañada de una pulida retórica con sobresalientes destellos de ingenio. Así, una cita del presidente -”No hacer demagogia sobre si se gasta más o se gasta menos”-, que retrataba al Zapatero despilfarrador en su frívolo apogeo, se convertía en “una frase que pide mármol, señorías”. Así, el duro sino que le espera en los próximos meses al populista caído del guindo quedaba resumido en un “no quiso hacerlo en prosa y ahora tendrá que hacer lo mismo, pero en verso” y por eso -ay- “el Boletín Oficial balbucea rectificaciones…”.

Cualquier escritor político se sentiría orgulloso de poder firmar una pieza así en la que, parafraseando a Churchill, el líder del PP fue capaz de poner el idioma castellano “en perfecto orden de combate”, con misiles finales del calibre de “le pido que no juegue más con la gente” o “¿no comprende que no es posible acompañarle en el afligido peregrinaje de sus contradicciones?”. Que no quede, pues, la menor sombra de duda de mi querencia por ese Rajoy interior, profundo en su socarronería, complejo en su sencillez, que para sorpresa de propios y extraños tanto fascinaba a Umbral.

Ahora bien, ¿cómo es posible que si el miércoles, entre las cuatro y las cinco de la tarde, este bien dotado submarino tuvo una de sus irrupciones estelares, emergiendo en el sucio mar del debate con toda su potencia de fuego, no lograra hundir al averiado paquebote que zurcido de remiendos en la chapa y echando humo como una vieja cafetera fue capaz no sólo de aguantar sus ataques sino de conseguir reír el último con su “usted tampoco está para tirar cohetes”?

La respuesta asoma en el mensaje capturado por un fotógrafo de ‘El Economista’, en plena intervención matinal de Zapatero, en la pantalla del iPhone de Rajoy -”¡¡¡cuidado con el compromiso de abordar los aspectos inconstitucionales del Estatut”- cuando estaba a punto de enviárselo a su asesor-adormidera Pedro Arriola. O mejor dicho en la falta de traducción de ese vehemente aviso en el debate vespertino, pues así como Rajoy azotó a Zapatero por sus “engaños” durante la elaboración del Estatut, no dijo una palabra ni sobre la singularidad de una sentencia plagada de “interpretaciones conformes” que obligan a menudo a entender el texto en el sentido opuesto al pretendido por sus redactores; ni sobre las intenciones del PP ante las leyes ya emanadas del Parlament que han quedado en clamoroso fuera de juego; ni ante la insumisión del presidente de la Generalitat y representante del PSOE en Cataluña; ni siquiera ante el anuncio fronterizo con el desacato por el que el propio Zapatero se ha comprometido -en efecto- a entregar a Montilla por la puerta trasera lo poco que el Constitucional le ha prohibido entregarle por la delantera.

Es decir que Rajoy advertía por la mañana, con tres admiraciones a falta de una, de que ése era el nuevo desafío de Zapatero a la legalidad constitucional y Rajoy lo soslayaba por la tarde, haciendo caso omiso a los sucesivos pares de banderillas de fuego que el presidente le fue clavando en sus réplicas y dúplicas. El más certero fue una destilación perfecta de su cinismo político: “Después de cuatro años usted ha venido a decir pelillos a la mar. ¿Ya no está el Estado en peligro, señor Rajoy? Ha echado cuentas y ya no le parece tan interesante cabalgar sobre el anticatalanismo”.

¿Qué “cuentas” podía haber “echado” Rajoy para que Zapatero pudiera presumir con tanta seguridad sobre su resultado, sino aquéllas que él mismo viene también “echando” desde que, hace 10 años menos cuatro días, conquistó el liderazgo del PSOE gracias al pacto que implicaba bendecir y alimentar el viraje del PSC de Maragall hacia el nacionalismo? He ahí el corazón de las tinieblas que siguen envolviéndonos con capas cada día más espesas, pues fue ese desplazamiento artificioso y esnob del socialismo catalán el que generó tanto el subsiguiente corrimiento de tierras que ha radicalizado el nacionalismo como los sucesivos actos de la farsa del ‘Estatut’.

Tan verdad es que lo demandaba el pueblo de Cataluña y que obtuvo el respaldo mayoritario de los catalanes como que en la manifestación de hace ocho días hubo un millón de personas. Pero ni los reiterados estudios demoscópicos que demuestran el desinterés popular por la ocurrencia del último retoño de una saga de lunáticos, ni el resultado real del referéndum que prueba que sólo el 37% del censo refrendó el ‘Estatut’, ni los minuciosos estudios fotométricos de la empresa Lynce que acreditan la imposibilidad material de que a la marcha soberanista, encabezada por Montilla -hasta que lo echaron- asistieran más de 64.000 personas van a ser tenidos en cuenta nunca en ‘La Vanguardia’ o ‘El Periódico’. El corazón tiene razones que la razón no entiende y hasta personas tan solventes como Roca y Duran Lleida se han dejado arrastrar por la manipulación de las emociones colectivas.

Si esto ha ocurrido con una sentencia que, en definitiva, abdica de la obligación de podar los preceptos inconstitucionales, dando una patada hacia delante al balón de las “interpretaciones conformes” y convalidando así la derogación de facto de la Constitución del 78 que, como bien ha explicado Jorge de Esteban, tuvo lugar hace cuatro años en Cataluña, cabe preguntarse qué habría sucedido si el ‘Dúo Sacapuntas’ hubiera actuado con un mínimo de coherencia intelectual, formando mayoría con los cuatro autores de los votos particulares para cargarse no menos de 50 artículos. Pues probablemente lo mismo. Ni más ni menos. Si las aspiraciones del nacionalismo tuvieran un perímetro constante, ¿de qué vivirían los miles de profesionales del sentimiento de agravio a Cataluña? Todo lo que se consigue queda desde esa perspectiva inmediatamente amortizado y lo único que cuenta -como le ocurría a quien todos sabemos en las negociaciones con Chamberlain- es lo poco que no se obtiene.

De ahí la gravedad de que Rajoy se quitara de en medio en el Debate, fomentando así la sensación de que lo único que queda pendiente tras la sentencia es encontrar la forma de aplacar a los catalanes ofendidos por la conducta del Tribunal; cuando la realidad es que, ahora más que nunca, la supervivencia de nuestra democracia depende de que al frente del PP haya alguien dispuesto a emprender una tarea hercúlea de restitución constitucional, presentando recurso tras recurso a las leyes del Parlament y promoviendo una reforma de la Carta Magna que reintegre al seno del Estado las competencias saqueadas con la complacencia irresponsable de Zapatero.

Aunque más vale eso que nada, esta hoja de ruta requiere no de una raquítica victoria como la que los sondeos han otorgado a Rajoy tras el Debate, sino de un triunfo electoral lo suficientemente rotundo por parte del PP como para poner al PSOE en crisis y obligarle a regresar a la centralidad constitucional que mantuvo hasta hace una década. Es cierto que el primer set del partido se va a disputar en Cataluña, pero lo ocurrido en el 95, cuando el PP de Aznar y Vidal-Quadras obtuvo el mejor resultado de su historia, indica que la claridad y la firmeza también pueden ser allí recompensadas. Máxime cuando la grotesca impostura de Montilla ha dejado huérfanos y a la deriva a gran parte de los votantes del PSC.

Sería lamentable que Zapatero tuviera razón y Rajoy estuviera supeditando como él su acción política nacional a la aritmética de una hipotética boda catalana -en este caso con CiU- que en la práctica le ataría de pies y manos ante el único gran problema de España que trasciende a la coyuntura económica. Comprendo que la experiencia de la amarga victoria del 96 pese tanto en su ánimo como en el de Arriola, pues no en vano ambos estuvieron en la cocina de la que salió aquel guiso, pero la herencia que presumiblemente recibirá el PP en el 2012 será mucho peor que la de entonces y requerirá cirugía invasiva a mansalva. Por otra parte, lo que ese antecedente demuestra es que siempre quedaría margen para acogerse al mal menor de un plan B si el plan A no diera de sí lo suficiente.

De momento lo único que puede devolver la esperanza a millones de españoles de muy diversa condición es ver al frente del partido de la oposición a alguien consciente de la envergadura del envite y con el coraje político suficiente como para jugarse el todo por el todo. Sin embargo, Rajoy transmitió el miércoles la sensación del delantero obsesionado por cuidar sus tobillos y con miedo a pisar el área. Una de las metáforas finales de su brillante discurso ayuda a comprender la esencia de su error pues, si bien es cierto que “la confianza es tan frágil como el vidrio de una bombilla”, no es verdad que sea “igual de irreparable cuando se quiebra”.

De hecho, Zapatero ha logrado ‘reparar’ durante esta legislatura su quebrada confianza en la lucha contra ETA al cambiar rotundamente de política; y si tuviera tiempo para que la reducción del déficit, una reforma laboral mejorada en el trámite parlamentario, la privatización de facto de las Cajas y el retraso de la edad de jubilación dieran sus frutos en términos de competitividad y empleo, también haría lo propio en el ámbito económico y volvería a ser un rival muy peligroso ante las urnas. Y es que en la mayoría de los terrenos de la confrontación política se puede ser ‘resultadista’. Se rompe un cristal y se pone otro. Cambiará de apariencia, de color o de tamaño, pero seguirá habiendo una bombilla.

Cuestión distinta es cuando lo truncado no es el vidrio, sino ese pequeño filamento de un misterioso metal llamado por unos wolframio y por otros tungsteno cuyo calentamiento sobre un frágil trípode de alambre produce la luz. Ahí reside la fuente de la energía, la magia de la identidad. No la toquéis porque así es la rosa. El vidrio podrá seguir intacto pero si se tolera que alguien quiebre o altere ese filamento la bombilla quedará fundida para siempre. Sinceramente, tras los hechos memorables de estos días, yo esperaba que alguien, además de Rosa Díez, dijera en el Congreso de los Diputados que España es algo más que lo que pasa en ella.

pedroj.ramírez@elmundo.es

Written by Reggio's

Julio 18th, 2010 at 9:20 am

Posted in Política

Tagged with

De gigantes, pigmeos y farsantes, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

CARTA DEL DIRECTOR

El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos Earl Warren, famoso por su tan extenso como contestado informe sobre la muerte de Kennedy, decía que “mientras las conquistas del ser humano se reflejan en las páginas de deportes, sus fracasos suelen ser los que ocupan las portadas de los periódicos. Desde el mismo día de su nacimiento, EL MUNDO ha resuelto esta paradoja publicando muchas noticias de fútbol, tenis, ciclismo o baloncesto en su portada y nos sentimos especialmente orgullosos del tono cosmopolita de nuestra sección de Deportes, concebida como plataforma de lo que es a la vez un abigarrado retablo de pasiones y el mayor fenómeno cultural contemporáneo.

Otros, que alardearon incluso de la fantasía fundacional de no publicar información deportiva, han tenido que rendirse a la evidencia. El deporte puede ser el opio del pueblo, pero también una excelsa expresión de talento y entrega colectiva que canaliza los sentimientos de identificación y pertenencia de las personas. Benditas sean estas “guerras sin el sentimiento de culpa”, como decía ya en el siglo XVIII el poeta inglés William Somerville, sobre todo cuando las ganamos nosotros. Y, sobre todo, cuando nos ayudan a entender, como viene sucediendo estos días con providencial elocuencia, la clave de lo mejor y lo peor que nos ocurre.

El resumen del resumen de estas jornadas memorables es que mientras el miércoles el acrobático testarazo de un mocetón desgreñado de La Pobla de Segur y los portentosos reflejos de un galán mostoleño de patronímico vasco culminaron el grandioso esfuerzo de un equipo de superdotados procedentes de todas las regiones españolas para alcanzar la antesala de la gloria, ayer sábado unas decenas de miles de “españoles que se creen no serlo” -Madariaga ‘dixit’-, encabezados por un farsante oportunista, se manifestaron en Barcelona para exigir que esto no pueda volver a repetirse.

Y es que no hay más claro compendio del espíritu separatista del ‘Estatut’ que sus pretensiones en materia de selecciones deportivas, incluidas, cómo no, en el capítulo dedicado a la “acción exterior de la Generalitat” -véase el artículo 200- que ha superado intacto el esperpéntico parto de ‘Torcuata’. No una sino mil veces hemos oído a todos los partidos de ese rincón nororiental de la península, con excepción del PP y de Ciutadans, reclamar el derecho de la “nación” catalana a competir en los Juegos Olímpicos o el Mundial de Fútbol frente a la nación española. O sea, que Puyol le hubiera metido su golazo a Casillas… o Casillas hubiera neutralizado con su paradón el remate de Puyol… o ninguno de los dos habría llegado demasiado lejos por separado.

Entendemos muy bien ese mensaje: ya que hay algo en lo que no tiene vuelta de hoja que la unión entre españoles hace la fuerza, vamos a ver si nos lo cargamos, no sea que cunda el efecto contagio. Con franqueza, a eso -cambiar para peor, separarse para ser más débiles- se le llama mear y no echar gota.

Con cinco titulares en el equipo que eliminó a Alemania y otros dos cracks en el banquillo, Cataluña es la comunidad que más jugadores aporta a la selección nacional. Sin embargo, esa simbiosis decisiva con un portero madrileño, un defensa sevillano, un centrocampista guipuzcoano y otro albaceteño o un delantero asturiano y otro canario es considerada por la clase política y los popes mediáticos barceloneses como algo vergonzante que debe ser escamoteado o al menos camuflado en los espacios públicos. De ahí la respuesta de Jorge Lorenzo cuando Alejandro Sanz le reprochó su negativa a exhibir no ya la bandera española sino la propia camiseta de la selección tras su victoria de la semana pasada en Montmeló: “Aquí en Cataluña es complicado salir con ella. No quiero problemas”.

El episodio demuestra que por mucho que vaya a convertirse en nuestro primer campeón del mundo en la mayor cilindrada, Lorenzo no ha pasado todavía de ser un chavalín que monta en moto y está muy lejos de la consistencia personal de un Gasol o un Nadal, cuyas experiencias cosmopolitas no han hecho sino reafirmarles en que la única manera natural de proyectar a Cataluña o Baleares en el mundo es como partes de una España a la vez cohesionada y diversa. Pero el acoquine es libre y es indiscutible que ese clima de coacción antiespañola existe, pues 30 años de gobiernos nacionalistas -incluidos estos nefastos tripartitos en los que el PSC ha vendido su alma por el poder- no pasan en balde para la vida pública de una sociedad.

Hace tiempo que tenía ganas de escribir que jamás había sentido primero tanta vergüenza ajena y enseguida tanto desprecio por un rebaño a la vez ovino, caprino y porcino como el día en que el minuto de silencio en memoria de Juan Antonio Samaranch fue acogido con una nutrida pitada en el Camp Nou. Nunca tantos le debieron tanto a uno solo en un mismo sitio como los barceloneses al hombre irrepetible que puso su nombre en el mapa de la globalización a través de los Juegos del 92. Ese abucheo póstumo sonó como los cañonazos con que el imbécil del marqués de Sully desmochó las torres de su maravilloso castillo del Loira cuando, al abrazar las ideas nuevas, decidió aplicar con rajatabla arquitectónica la ‘egalité’ revolucionaria. Claro que hoy me desquito, pensando que nadie habría sido tan feliz con la victoria de una selección nacional plagada de jugadores de Sabadell, Tarrasa o Arenys como este grande de España que quedará a la vez como el catalán más universal del siglo XX.

Con la excepción de Duran Lleida, que nunca ha creído en los mitos circundantes, hace años que la clase política catalana dejó de tener el problema de cómo desembarazarse de alguien que destaque. El raquitismo político de sus intérpretes ha venido a enfatizar la inanidad intelectual del nacionalismo cuando se trata de afrontar los problemas reales de una sociedad sacudida por crisis de gran calado. Y conste que esta reflexión la hago extensiva a todos los patrioterismos, hasta el extremo de que si España no existiera yo no sería partidario de inventarla.

Pero al menos el nacionalismo mantiene su coherencia irredentista, tanto en sus expresiones moderadas como radicales, como respuesta romántica a la racionalidad del Estado moderno. Pedirle a Convergència que dé por cerrado el proceso de transferencias es como plantear a la Asociación de Amigos del Bistec que se hagan vegetarianos. Y bastaba visitar la página de ‘e-noticies’ -web de referencia de la información en catalán- para contemplar el ambientazo que había en el principal casal de Esquerra Republicana en Barcelona, desde que los admirados alemanes empezaron a competir por la pelota con los “gitanos” de la “puta” España. Sí, ésas eran sus exclamaciones. Contentos se fueron a la cama los chicos de Carod y Puigcercós

Los temores de los líderes independentistas a que este fin de semana hubiera en los balcones más banderas españolas que ’senyeras’ prueban hasta qué punto consideran una prioridad romper la unidad victoriosa de la selección nacional de fútbol. Por algo las páginas webs de aquellos de sus compinches a quienes mejor se les entiende todo estaban plagadas de banderas alemanas, y desde el miércoles alternan los insultos al “botifler” y “feixista” de Puyol con las enseñas holandesas. “El domingo iré con Holanda”, ha declarado el tal Santiago Espot, promotor de campañas tan ejemplares como los silbidos al Rey en la final de Copa o las denuncias contra los comerciantes que no rotulen en catalán.

El que Montilla haya quedado retratado ayer en compañía de esta tropa, precisamente en el momento en que más embarazoso e inconveniente podía resultar para él, es un acto de justicia poética. El muy impostor tenía preparados el discurso de repudio y la convocatoria de la manifestación antes de conocer cuál era la sentencia del Constitucional, pero no contó con el calendario del Mundial. De ahí que hasta el último momento tratara de buscar un pretexto para echarse atrás a cuenta de la pancarta y la consigna. Al final sus socios y compañeros de viaje le cerraron toda escapatoria al acceder a que los lemas ‘Som una nació’ y ‘Nosaltres decidim’ -equivalente al que ETA impuso a Zapatero en el ‘proceso de paz’- no figuraran en el centro sino en los laterales de la pancarta. Ha sido una manera de ponerle aún más en evidencia: Montilla quería encabezar una manifestación soberanista, pero sin que se notara que lo era. Y, claro, como dijo Oriol Pujol, “cuando uno hace una cosa que no se acaba de creer, termina metiéndose en un problema”.

Montilla es como aquel tosco e iletrado pescador napolitano, paradigma de demagogos, llamado Massianello, que a comienzos del siglo XVII empezó enfrentándose al virrey, logró imponerle sus condiciones y cuando fue elevado al poder y se creyó que de verdad podía ejercerlo terminó siendo liquidado por sus seguidores más radicales. En su loca huida hacia delante, el otro día llegó a acusar al PSOE de “esconderse” y tener “miedo al federalismo” frente a un PP que “le ha comido la moral”. ¡Como si un ‘Estatut’ basado en la bilateralidad y en la exigencia de competencias vedadas a todos los demás fuera una expresión de federalismo y no de insolidaridad!

Si hubiera que reproducir en la selección los esquemas que los nacionalistas y Montilla se empeñan en hacer tragar al conjunto de los españoles, los siete jugadores catalanes aprovecharían su número y su fuerza para reunirse por separado con Del Bosque e imponerle cuotas en la alineación y baremos diferentes en la distribución de las primas. Sería la garantía del fracaso del equipo, tal y como le ocurrirá antes o después a nuestro Estado constitucional.

Es una lástima que en el tira y afloja sobre la pancarta de la cabecera no se incluyera también la música de la manifestación, pues el resto de los convocantes podrían haber cedido en todo a cambio de que al paso de Montilla siempre sonara ‘L’Opportuniste’ del gran Jacques Dutronc. Bastaría cambiar la mención del “comunismo” por la del nacionalismo para que su primera estrofa quedara perfecta: “Je suis pour le nationalisme/ Je suis pour le socialisme/ Et pour le capitalisme/ Parce que je suis opportuniste”.

La mayoría de las estrofas posteriores ni siquiera precisarían el más mínimo ‘lifting’. Por ejemplo ésta: “Je suis de tous les partis/ Je suis de toutes les patries/ Je suis de toutes les coteries/ Je suis le roi des convertis”. O no digamos esta otra: “Je crie vive la revolution/ Je crie vive les institutions/ Je crie vive les manifestations/ Je crie vive la collaboration”.

Pues bien, ahí tienen al Conde don Julián, al obispo don Oppas, a este Iscariote de tres al cuarto que se entiende por el pinganillo de la traducción simultánea con su compadre Manolo Chaves, evita a sus hijos la inmersión obligatoria que impone a los de los demás y necesita sacar los apuntes hasta para escribir una dedicatoria en catalán; ahí le tienen encabezando una manifestación antiespañola en la víspera de la primera final española del Campeonato Mundial de Fútbol.

“Pobre converso: teme la insignificancia y se abandona a veces a la melancolía, sin saber que tiene ante sí un horizonte agónico porque ya está muerto”. ¿Cómo no dedicar este epitafio, extraído del estupendo artículo que el ensayista Higinio Polo publicó hace ya unos años sobre los chaqueteros, a este tonto útil al que todos los focos han sorprendido haciéndoles el juego a quienes pretenden que Carles Puyol no siga sumando su inteligencia, su pundonor y su estado de gracia a los de Iker Casillas?

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Julio 11th, 2010 at 9:20 am

Posted in Política

Tagged with

El pacto de ‘Torcuata’, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Ayer se cumplieron 34 años de aquel 3 de julio de 1976 en que el último presidente de las Cortes franquistas, el tan altivo y distante como inteligente y agudo Torcuato Fernández Miranda, pronunció ante la prensa, al término de una reunión clave del Consejo del Reino, la frase destinada a convertirse en el abrelatas institucional de la Transición: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que el Rey me ha pedido».

También era un sábado muy caluroso. En el Madrid efervescente y ansioso que, a falta de partidos legales, vivía el apogeo de los cenáculos políticos prevalecieron durante unas cuantas horas dos noticias -una mala y una buena- que resultaron ser igualmente falsas. La mala era que el arrogante catedrático asturiano, altamente valorado por el Rey, pero poco querido entre sus coetáneos, no sólo había doblado la mano del Consejo del Reino, sino que tenía la desfachatez de jactarse públicamente de ello. La buena, que, gracias a esa imposición, Don Juan Carlos iba a cerrar de forma inminente la crisis abierta tras la dimisión inducida de Arias Navarro con el nombramiento de José María de Areilza, el favorito de intelectuales, aperturistas y demócratas en general, como nuevo presidente del Gobierno.

Pero a las ocho y media de la tarde, ante la estupefacción general, TVE anunció la designación de Adolfo Suárez. El nombre del cosmopolita Areilza ni siquiera había estado en una terna en la que relucían las figuras de Federico Silva y Gregorio López Bravo, paladines de las dos familias «católicas» del régimen, y en la que el finalmente elegido parecía ir de mera comparsa. Eso es, al menos, lo que creyeron la mayor parte de los 16 miembros del Consejo del Reino que durante dos días habían ido cribando una lista de 32 nombres, sin que Fernández Miranda les transmitiera ninguna consigna previa. Su habilidad había consistido en ir haciendo avanzar al candidato del Rey sin que se notara, apuntando sutilmente cualidades coincidentes con las de Suárez, hasta situarle en la última votación como alternativa al candidato indiscutible del sector azul, Rodríguez de Valcárcel, cuya grave enfermedad -¡qué lástima que Alejandro…!- fue oportunamente enfatizada.

Ese era el verdadero significado de la frase, aparentemente campanuda y fatua. Fernández Miranda había conseguido que un órgano colegiado, integrado por personalidades de peso, celosas de su reputación y su conciencia, adoptara libremente una decisión inimaginable para quien no estuviera en el secreto, pues como el propio Adolfo Suárez decía de sí mismo, él no era, dentro del escalafón del régimen, sino «un chusquero de la política».

Lo que estoy evocando no es una mera escaramuza para curiosos de la historia reciente, porque al «estar en condiciones de ofrecer al Rey» eso que el Rey le «había pedido», Fernández Miranda estaba dando el paso decisivo para transformar la democracia orgánica franquista en una monarquía constitucional, mediante una técnica providencialmente diabólica: «De la Ley a la Ley, sin apartarse de la Ley». A partir de ese primer sábado de julio el proceso ya no tuvo vuelta de hoja.

Cuando en diciembre de 2004 yo me permití asimilar los primeros balbuceos de María Emilia Casas como presidenta del Tribunal Constitucional, poniendo en duda el concepto de Nación española que le correspondía proteger, a aquella estrategia de desmontaje del franquismo desde dentro, hasta el extremo de rebautizarla como ‘Torcuata Fernández Miranda’, uno de los hijos del ilustre difunto me envió una carta impregnada de toda la acidez que ocasionalmente podía caracterizar a su padre, pero desprovista de la honda perspicacia que nunca le abandonaba. Pese a haber hecho una estimable carrera política, aquel hombre no había entendido nada.

Yo no estaba equiparando ni la altura intelectual, ni la talla moral, ni el papel político de ambos personajes, sino su hoja de ruta, su técnica jurídica, su receta para producir un cambio constitucional por vía de deslizamiento. En ese momento el proyecto de ‘Estatut’, promovido por Maragall y Zapatero, aún estaba cociéndose en el horno de la ponencia del Parlamento catalán y dominaban los pronósticos de quienes auguraban que nunca pasaría de esa fase, pero las alocadas reflexiones del presidente sobre la Nación como «algo discutido y discutible», combinadas con esa inaudita pulsión autodestructiva de la guardiana del orden constitucional, ya auguraban lo peor.

Por eso escribí: «En manos de la señora Casas no está, afortunadamente, cambiar la Constitución, pero sí señalar el camino para hacerlo… Estimulando con sus palabras a prefigurar, a través de la reforma del Estatuto catalán, los hechos consumados que deberían obligar al PP a rendirse a la evidencia de una mutación de facto de la realidad constitucional, cualquiera diría que la señora Casas anhela poder pronunciar algún día la misma frase que supuso la apoteosis del cínico catedrático asturiano que dinamitó el franquismo: “Estoy en condiciones de ofrecer al presidente Zapatero lo que el presidente Zapatero me ha pedido”».

Pues bien, ese día llegó el lunes cuando, tras urdir un último apaño a dos bandas con los incondicionales del Gobierno y el ‘Dúo Sacapuntas’, María Emilia Casas logró que el Tribunal Constitucional avalara por seis votos contra cuatro la legalidad de la mayor parte de los artículos del ‘Estatut’. Es cierto que lo que a Torcuato Fernández Miranda le costó unos meses de gestación, y día y medio de ejecución, ha supuesto en el caso de su émula un elefantiásico parto de más de cuatro años de contracciones y espasmos; y también es cierto que la tesis de Carlos Marx -a propósito de los golpes de Estado de Napoleón I y Napoleón III- de que la Historia siempre se repite como farsa, ha quedado refrendada en este caso con especial intensidad esperpéntica. Pero, o mucho me equivoco, o también ahora hemos cruzado el punto de no retorno en el tránsito del régimen constitucional del 78 a otro de perfiles como mínimo inquietantes.

Sólo su obsesión por la conquista del poder a corto plazo explica la mezcla de conformismo e incluso alivio con que el PP de Rajoy ha acogido el fallo y el propio Aznar se ha quedado corto. Es cierto que hasta que no se confirme la literalidad de la sentencia en lo que se refiere a las 24 «interpretaciones conformes», no se podrá emitir un juicio definitivo, pero, a juzgar por lo filtrado, tendremos que pasar de lo simplemente desastroso a lo decididamente catastrófico, pues ya sabemos que en todo lo esencial se trata de una resolución encaminada a facilitar el desbordamiento del marco constitucional fingiendo que lo preserva.

Los ejemplos son innumerables, empezando por el ardid del preámbulo. Lo que en el fondo ha hecho el Alto Tribunal al enfatizar algo tan obvio como que la autodefinición de Cataluña como Nación carece de «eficacia jurídica» -faltaría más- es blanquear su inclusión como verdad revelada e hito de referencia del relato nacionalista del que se desprende el resto de la norma. Si el Tribunal hubiera querido zanjar de verdad esa cuestión seminal, habría anulado el preámbulo. Al consentir su vigencia con esa especie de nota a pie de página, no viene sino a potenciar el carácter de asignatura pendiente de la reivindicación soberanista. Menudo precedente para cualquier norma jurídica: con la coartada de que lo afirmado no es de aplicación práctica, cabe a partir de ahora incluir en ella postulados que distorsionen o incluso neutralicen su propia sustancia. ¿Qué broma es ésta, alegarán las generaciones venideras, de que a quienes se han definido institucionalmente como Nación se les trate de contentar con un simple estatuto de autonomía? Pero hoy la pregunta debería ser a la inversa.

Ítem más, si los magistrados Aragón y Jiménez hubieran votado contra los demás artículos que establecen «los derechos históricos» como fuente de soberanía, proporcionan a las instituciones catalanas competencias exclusivas del Estado -de manera flagrante en materia de política exterior- o las sitúan en un plano de bilateralidad con las españolas, su actitud habría sido coherente. Pero como no lo han hecho, quedo a la espera de conocerlos -y de seguir su trayectoria, nombramientos, condecoraciones y demás recompensas- para dictaminar si es que son demasiado tontos -los más tontos de varias promociones de juristas- o demasiado listos.

El otro gran brindis al sol es el de las «interpretaciones conformes». Con razón apuntaba el jueves Secondat, que algo sabe de la materia, que mantener la vigencia de una norma con la salvedad de que debe entenderse de una manera determinada, supone lavarse las manos al modo del «despreciable Pilatos». Sobre todo cuando esa acepción es la menos obvia de todas las posibles y el tribunal no tiene mecanismos de control directo que garanticen el acatamiento de sus restricciones.

De nada sirve que se anule la caracterización del catalán como idioma «preferente» si se da por buena su condición de «lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza». Sobre todo cuando una patética «interpretación conforme» no sólo preserva la inmersión obligatoria, es decir, el circuito único de enseñanza en catalán y por lo tanto la inaudita imposibilidad de estudiar en español en una parte de España, sino que lo hace mediante la cínica simulación de que ni ese atropello está sucediendo, ni está en el ánimo del legislador fomentarlo. Si lo publicado esta semana es lo que finalmente aparece en la sentencia estaremos ante la mayor vileza intelectual que se recuerde y Casas, Sala, Gay, Pérez Vera y el ‘Dúo Sacapuntas’ merecerán que los viandantes les digan de todo menos bonitos durante el resto de sus vidas.

No sólo se trata del abuso más grave que va a quedar convalidado, sino también del ejemplo más elocuente de la esterilidad de las «interpretaciones conformes». ¿O es que alguien cree que por muy clarificadora que hubiera sido la pérfida digresión de los magistrados, el Gobierno desandaría ahora su decisión de no recurrir la Ley de Educación catalana, después de haber sacrificado el propio pacto de Estado sobre la Enseñanza promovido por Gabilondo, con tal de no molestar al PSC?

Ya han oído a Artur Mas. Al mantener abiertos tantos melones, el Constitucional va a impulsar no sólo décadas de litigios en torno a los límites del Estatut, sino décadas de negociaciones políticas sobre cómo interpretar las «interpretaciones conformes». Y con una manga tan laxa por parte del Tribunal, lo determinante va a ser el número de escaños que necesite el gobernante de turno de las fuerzas políticas catalanas. Como bien ha apuntado Salvador Sostres, vuelve el tiempo de los «pescadores» avispados en el río revuelto de la ambigüedad legal y la aritmética parlamentaria. Zapatero no sólo no ha cerrado así el proceso autonómico, sino que ha reabierto una subasta al alza de la que no querrá quedar excluido nadie. Si él mismo acaba de dar el peor de los ejemplos prometiendo «reforzar» el ‘Estatut’, devolviéndole parte de las competencias judiciales incluidas en los artículos directamente anulados por el Tribunal, qué no estará dispuesto a hacer cuando la materia sólo afecte a las «interpretaciones conformes».

Total, que desde ahora queda consagrado un nuevo modelo de Estado en el que, como en la granja de Orwell, todas las comunidades son iguales, pero hay una que es mucho más igual que las demás. Si alguien hubiera dicho hace unos años que el Tribunal Constitucional avalaría este convoluto entre la infamia y la chapuza, habría sido tomado por tan fantasioso o incluso demente como el que en los 70 hubiera pronosticado que el Consejo del Reino incluiría a Adolfo Suárez en una terna de candidatos a la presidencia del Gobierno. Ahí es donde entran en juego las arriesgadas parteras de estas criaturas imposibles, loadas para siempre si el niño sale guapo, como le ocurrió a Torcuato, o cubiertas de perpetuo oprobio, si lo que se alumbra es un monstruo como creo que le ocurrirá a ‘Torcuata’.

¿Y cómo se casa esta dura evaluación con toda la pirotecnia de la ampulosa indignación de Montilla y gran parte de la clase política catalana? La respuesta es fácil, pues su estrategia es la de quien habiéndose apropiado de algo que no le corresponde -potestades y competencias anejas a la soberanía nacional- pone el grito en el cielo porque se le obliga a devolver una pequeña parte, buscando la garantía de que le será «restituido» antes o después.

Churchill lo explicó muy bien al resumir lo ocurrido en la conferencia de Múnich sobre Checoslovaquia: hubo un tipo que «en vez de apoderarse de las vituallas que había sobre la mesa, aceptó que se las sirvieran plato a plato»; ese tipo «exigió una libra» y los otros se la dieron; después «exigió dos libras» y, como eso ya era intolerable, los otros lograron convencerle «de que se contentara con una libra, diecisiete chelines y seis peniques, y el resto en promesas de buena voluntad». Y claro que, aunque vulneren los derechos humanos, no estoy equiparando ni a Montilla con Hitler, ni a sus socios con los nazis pues, como ya advertí en mi videoblog cuando Cospedal le llamó «fascista», hasta para profesar ideas aberrantes hay que creer en algo distinto del sillón en el que se aposenta el molt honorable culo.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Julio 4th, 2010 at 8:20 am

Posted in Política

Tagged with

‘The Phoney War’, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

La carta del director

Desde que supe que Zapatero había bautizado como Pearl Harbor el ataque de los mercados contra el euro que le obligó a dar un giro copernicano a su política económica, no puedo dejar de interpretar la actualidad a través del prisma de la II Guerra Mundial. Hace dos semanas advertí que, más que a la de Roosevelt tras el bombardeo japonés, su situación se asemejaba a la de Churchill después de la apurada evacuación de Dunkerque. Por lo tanto debía de formar un gabinete de guerra, poner la lengua castellana en orden de combate y anunciar con bravura a la nación un periodo de fuertes sacrificios. No sólo no ha hecho ninguna de estas tres cosas, sino que la palabra clave del decreto sobre la reforma laboral -«razonabilidad»- ni siquiera está en el diccionario.

Trataba de explicarle que sobrevivir a su temido mes de junio significaría simplemente el final del principio y de ninguna manera habría base para creer haber alcanzado el principio del fin. Pero Zapatero escucha a tanta gente de ideas opuestas con el mismo buen talante, que no hace caso a nadie durante más de 10 minutos. Hoy explicamos por qué más que un churro, la reforma laboral terminó siendo una croqueta recalentada, fruto de demasiadas idas y venidas. Y todo indica que, una vez que el presidente ha dejado de ver las orejas del lobo a la altura exacta de sus cejas, la fase de abnegada cordura está disipándose a la misma velocidad con que cobró forma. Pobre de él, pobres de nosotros.

Para entender lo que le pasa hay que remontarse unos meses más en la crónica de aquellos meses en los que el destino del continente europeo quedó marcado, hace 70 años, por el desenlace del pulso entre dos políticas antagónicas en la mayor de sus islas adyacentes. Y si se trata de encontrar a un gobernante al que los acontecimientos le obligaron a rectificar, poniéndole en la desairada tesitura de hacer lo contrario de lo que venía predicando, el modelo no sería Roosevelt -tampoco, por supuesto, Churchill- sino Neville Chamberlain.

A Zapatero le molestó mucho el miércoles que Rajoy le presentara en el Parlamento como un gobernante sometido al protectorado de la Unión Europea y no hiciera otro tanto con los demás líderes que también han tenido que aplicar de repente duras políticas de ajuste. Pero no tenía razón. La diferencia estriba en que ni Merkel, ni Sarkozy, ni Cameron habían dicho una semana antes de llevarla a cabo que no era necesaria una mayor reducción del déficit, ni menos aún habían alardeado con insistencia de que nunca abaratarían el despido. Quien sí hizo ese papelón fue Chamberlain, al tener que pasar en 24 horas de una similar obstinación en la política de apaciguamiento que había desembocado en el oprobio de Múnich, a la declaración de guerra a Alemania cuando a comienzos de septiembre de 1939 las tropas de la Wehrmacht invadieron Polonia. El aún líder del Partido Conservador se tragó todas sus palabras, nombró a Churchill primer lord del Almirantazgo -o sea ministro de Marina- y con el sentido de la responsabilidad propio de un acrisolado patricio de una vieja democracia, empuñó la batuta para interpretar una nueva sinfonía bélica. Pero pronto quedó patente que en el fondo de su corazón no creía en lo que hacía.

Un cuerpo expedicionario cruzó el Canal para respaldar la ofensiva francesa en el Sarre, destinada a obligar a los alemanes a distraer parte de las fuerzas dedicadas a la nueva violación de Polonia. Pero el ataque se detuvo tras haber penetrado tan sólo ocho kilómetros en territorio enemigo. Entre tanto, la RAF iniciaba sus misiones sobre suelo alemán… lanzando millones y millones de panfletos contra el régimen de Hitler, como únicos proyectiles. Su propósito era demostrar a los nazis cuán vulnerables eran, pero eso sólo sirvió para hacerles reforzar sus defensas antiaéreas, además de -como dijo un alto cargo militar- «suministrarles papel higiénico para varios años de guerra».

Empezaron llamándola la guerra del confeti y el senador americano William Borah terminó bautizándola The Phoney War, algo así como la guerra de pega. «Europa estaba pacíficamente en guerra», escribiría William Manchester, subrayando que la única baja británica en el continente fue un cabo que se hirió mientras limpiaba el arma. Aquello era una guerra sin guerra. Exactamente lo que más podía gustarle al archipacifista Chamberlain.

Aunque hubo episodios que impregnaron la pugna por la supremacía naval de un aura de misterio y aventura, como la incursión de un submarino alemán hasta la base de Scapa Flow o la persecución y hundimiento del acorazado de bolsillo Graf Spee ante la rada de Montevideo, durante ocho interminables y aburridos meses no ocurrió nada relevante en el teatro de operaciones terrestres. Mientras en el Reino Unido se suscitaba el debate sobre si debía mantenerse o no la prohibición de encender el alumbrado público por la noche -pues proliferaban los accidentes de tráfico en la oscuridad- y gran parte de los niños enviados preventivamente a Canadá regresaban a sus hogares, todos los esfuerzos de la mayor parte de los miembros de aquel supuesto gabinete de guerra se encaminaban a negociar la paz.

Sólo Churchill se salía de esa pauta, pero sus planes obtenían siempre un apoyo limitado y espasmódico por parte del primer ministro. Fue el caso de su propuesta de minar los accesos a los puertos noruegos para prevenir un desembarco alemán, adoptada a mediados de febrero, revocada 10 días después y a punto de ser implementada al fin a primeros de abril. Fue entonces cuando Chamberlain compareció ante el Parlamento y se jactó de que «su» declaración de guerra y el rearme auspiciado por «su» gobierno habían ejercido un efecto disuasorio sobre el Reich, hasta el extremo de poder afirmar que «una cosa está clara: Hitler ha perdido el autobús».

Fue algo parecido a lo que le ocurrió a Zapatero cuando, el 22 de diciembre de 2006, pronosticó que «dentro de un año estaremos mejor que hoy» y el 23, ETA hizo estallar su bomba en la T-4. Chamberlain intervino un jueves en los Comunes y el martes siguiente Hitler invadió Noruega como aperitivo de la Blitzkrieg que un mes después plancharía la Línea Maginot y le convertiría en amo de Francia. Fue entonces cuando el veterano líder liberal Lloyd George le explicó a Chamberlain que «lo mejor que podía hacer por el esfuerzo bélico» era presentar la dimisión para que alguien que creyera en una política de búsqueda de la victoria a cualquier precio -es decir Churchill- pudiera formar un gobierno de unidad nacional.

No deja de ser una enorme ventaja que esta III, IV o V Guerra Mundial -según se computen o no la Guerra Fría y la Guerra contra el Terrorismo Internacional- en la que estamos inmersos se dispute en los igualmente brutales, pero menos sanguinarios, campos de batalla de los mercados de valores. Siempre será un alivio que los bombardeos se ciernan sólo sobre los índices de cotización y que las operaciones de sabotaje afecten únicamente al diferencial de la deuda. Pero como eso se traduce en la continua destrucción de empleo, en la constante pérdida de bienestar en el presente y en el creciente deterioro de nuestras expectativas de futuro, es lógico que la pregunta de si Zapatero está haciendo lo que debe, empiece a adquirir tintes de angustia.

Ha sido él quien ha utilizado esta semana la expresión «bomba de relojería insostenible» para descartar el mantenimiento de la política de protección social con cargo al déficit público anterior al 12 de mayo. Empleó el argumento en una respuesta a Llamazares, pero dejando caer que eso es lo que en realidad le gustaría a él poder seguir haciendo. Y, claro, esa doble confesión plantea a su vez dos problemas tremendos: el primero, el de su irresponsabilidad al haber colocado a nuestra economía -tic-tac, tic-tac- esa carga explosiva ceñida al pecho; el segundo, el de la incertidumbre sobre si el artefacto -tic-tac, tic-tac- estará o no de verdad desactivado.

Cuando Zapatero comenzó a transmitir el mensaje de que había aprendido la lección -«Íbamos a reformar los mercados y los mercados nos han reformado a nosotros»- y estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario por el bien del país, aunque ello supusiera sacrificar su futuro político, yo pensé que había llegado «su mejor hora», puesto que su audacia y capacidad de seducción se desplegarían al fin al servicio de una política económica adecuada. Si la rectificación había sido completa y esencialmente satisfactoria en la lucha contra el terrorismo, ¿por qué no asistir a similar enmienda en el combate contra el déficit y la falta de competitividad?

Puesto que una y mil veces habrá que conceder el beneficio de la duda al gobernante legítimo que cual hijo pródigo toca de noche con los nudillos la puerta de la vieja casa solariega de la sensatez, lo coherente es vigilar también hasta en los más nimios detalles cada uno de sus pasos posteriores. Y si es evidente que Zapatero concluye junio con mucha mejor cara que la que tenía al empezar, yo me acojo a la proverbial retórica marianista para decir que entré en este mes «preocupado» y salgo de él «muy preocupado».

Es innegable que hemos salvado una situación crítica y que si España no está ya en la UVI del fondo de rescate bajo la férula de los médicos de la UE y las implacables ATS del FMI -por siglas que no quede- lo debemos, en gran parte, a la oportuna declaración de guerra que han supuesto el plan de ajuste y la reforma laboral. Hasta aquí nada que objetar: que el médico lo sea a palos no le resta un ápice de mérito si es capaz de curar al paciente. Cuando saltan las alarmas es al comprobar que el presidente cree que ha sanado al enfermo por el mero hecho de haberle bajado unas décimas la fiebre.

Los síntomas de tan inquietante confusión están a la vista de todos. Zapatero ha enviado al BOE una reforma laboral con una música que suena bien pero sin añadirle la letra en ninguno de sus pasajes clave, de modo que, hoy por hoy, sólo sirve para crear inseguridad jurídica. Zapatero acaba de decir que una vez que se retrase en dos años la edad de jubilación ya no habrá más reformas que aplicar, olvidándose así del propio sistema de cálculo de las pensiones, de los cambios pendientes en un seguro de desempleo que incentiva el paro y la economía sumergida, del imprescindible Plan Energético Nacional que ambiciona Sebastián, de la urgencia de hacer financieramente viable el Sistema Nacional de Sanidad y no digamos nada del imperativo de desmochar cuanto hay de disparate y despilfarro en el Estado Autonómico. ¡Qué pronto quiere la hormiga volver a ser cigarra!

Pero lo más grave de cuanto ha ocurrido en los últimos días es, por su elocuencia indiciaria, la decisión del presidente de abortar la crisis de Gobierno que, a regañadientes, había puesto en marcha mediante la correspondiente ronda de consultas exploratorias. Su lógica es bastante transparente: ¿para qué voy a disparar esa bala cuando ya no estoy acorralado como hace días?; mejor me la guardo para otra ocasión. He aquí la demostración definitiva de que sigue sin ser consciente de lo que de verdad nos pasa. Por eso disculpa a Antonio Gutiérrez. Por eso da a entender a los sindicatos que no deben preocuparse por los cimientos de su búnker. Por eso le dice en el pasillo del Congreso a Joan Ridao: «Tu abstente y luego lo arreglamos». ¿Cómo? Pues igual que aquel problema diplomático en la conferencia de Barcelona: «Como sea». No, Zapatero no se cree lo que está haciendo y por eso lo que libra tan sólo es una guerra de pega con su ofensiva de mentirijillas y su bombardeo de confetis: una phoney war.

Sólo le falta proclamar que los especuladores «han perdido el autobús» y nunca lograrán traspasar la Línea Maginot de nuestra solvencia. Y, sin embargo, los mercados financieros siguen cerrados a cal y canto para nuestras entidades e instituciones -ahí está lo que acaba de ocurrirle a la manirrota Generalitat- mientras todas las predicciones de crecimiento, lo único que de verdad nos permitiría romper el cerco, oscilan entre lo irrelevante y lo birrioso. En este escenario bastaría un «shock de liquidez» de una caja mediana para tumbarnos sobre la lona.

Si Zapatero fuera periodista, sería de los que piensan que una vez que se les ha ocurrido el título ya tienen escrito el artículo. Decir que se va a hacer algo, no es hacerlo. Hasta ahora lo único contante y sonante es la reducción de 15.000 millones de gasto. Muy poco, casi nada. Y cada día que pasa crece el riesgo de que alguna vez caiga sobre él una losa de oprobio equivalente a la que la confesión del mariscal Jodl en el juicio de Nüremberg supuso para la memoria de Chamberlain: «Si Alemania no se colapsó ya en el 39 fue sólo por la inactividad de las divisiones británicas y francesas durante la campaña de Polonia». En esas estamos.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Junio 27th, 2010 at 8:20 am

Posted in Política

Tagged with

La Guardia Blanca, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

without comments

Carta del Director

¿Qué hacer cuando todo un mundo se desmorona de la noche a la mañana, cuando un código de certezas, tradiciones, lealtades, valores ideológicos y argumentos culturales que han sido transmitidos de generación en generación queda destruido como por ensalmo y los propios guardianes de sus esencias se despiertan desnudos entre las ruinas, mientras a su lado emerge poderoso un orden nuevo basado en el triunfo de cuanto les resultaba ajeno o más bien antagónico?

Ésta es la pregunta que trata de contestar Mijail Bulgakov en la adaptación teatral de su propia novela, ‘La Guardia Blanca’, cuyo montaje por el National Theater acabo de tener la suerte de poder ver en una de sus últimas representaciones en el South Bank de Londres. Pero es también la pregunta genéricamente planteada ante una izquierda europea que en los últimos años comprueba impotente cómo una y otra vez el electorado entrega su confianza en medio de la crisis a los partidos conservadores y liberales. Y, muy particularmente, la pregunta que estalló como una granada de fragmentación en el corazón del socialismo español y todos sus entornos ‘progresistas’ aquel 12 de mayo en que Zapatero sacó bandera blanca, rindió su espada y anunció que emprendería el camino del ajuste bajando el sueldo de los funcionarios, congelando las pensiones, bloqueando la inversión pública y abaratando el despido.

Es decir haciendo todo lo que una, 10, 100 y 1.000 veces había dicho que no haría jamás porque, según él, la recesión era una oportunidad de demostrar la superioridad de las ideas socialdemócratas a través de una salida de izquierdas a la crisis que preservara e incluso ampliara la “protección social” y las políticas de igualdad. Por eso él no podía pactar nada sustancial con Rajoy en materia económica, porque un “abismo ideológico” les separaba. Pues bien, sobre los cascotes de todas estas anteayer altivas presunciones, hoy escombros de una súbita voladura incontrolada, se desarrolla ahora nuestro drama.

‘La Guardia Blanca’ transcurre en Kiev, capital de Ucrania y lugar de nacimiento de Bulgakov, durante la guerra civil que, en 1918, enfrentó por un lado a la vieja aristocracia y la burguesía urbana leales al zarismo, respaldadas por el ejército alemán; y por el otro a los bolcheviques, aliados con los campesinos nacionalistas. Aunque hasta su prematura muerte Bulgakov fue siempre tratado por el régimen soviético como un apestado decadente, Stalin sentía debilidad por esta obra -al final no sólo ganaban los suyos, sino que lo hacían imponiéndose a un enemigo digno y respetable- y, además de autorizar su puesta en escena bajo el más aséptico título, eso sí, de ‘Los días de los Turbin’, cuenta la historiadora Julie Curtis que él mismo asistió “no menos de 15 veces” a la representación.

Los Turbin son la quintaesencia de la familia numerosa en la que creció Bulgakov y el espacioso piso que ocupan en el centro de Kiev, “un puerto seguro para todos tras persianas de color crema caladas frente a la rugiente tempestad”, la propia transposición del confortable apartamento burgués en el que transcurrieron su infancia y adolescencia. La bella Lena -así se llamaba también una hermana suya- es allí el centro de un sistema solar en torno al que giran su marido, el siempre confuso y ubicuo viceministro de la Guerra Talberg, sus hermanos Alexei y Nikolai, oficiales ambos de la Guardia Blanca, y algunos de sus compañeros de armas, entre los que destacan el integrista Alexander y el pragmático Leonid, enamorados ambos de la anfitriona, al igual que su primo Larion, poeta y pacifista.

El momento culminante de la función tiene lugar en la gélida mañana de diciembre en que cae el Gobierno títere del Hetman -un noble investido por los alemanes con ese ancestral título ucraniano- y la artillería nacionalista, respaldada por los bolcheviques, retumba sobre la ciudad nevada. Tanto el Hetman como Talberg huyen vergonzantemente hacia Berlín. Entonces Leonid, ayudante de campo de Su Excelencia, avisa a tiempo desde el palacio presidencial a los Turbin y el coronel Alexei, respaldado por su hermano, adopta una decisión que le honra. Reúne en su destartalado cuartel general a los oficiales y cadetes de la Guardia Blanca, les explica la verdad -que su causa está perdida- y, coherente hasta las últimas consecuencias, decreta la disolución de la milicia zarista. “Iros a casa”, les dice. “Eliminad cualquier prueba de vuestra pertenencia a la Guardia Blanca e iros a casa”.

Pero eso resulta inaceptable para Alexander: ellos están allí para combatir por el zar y la Rusia eterna, y mientras exista la oportunidad de hacerlo, no permitirá que se consume esa traición. Tras un tenso forcejeo en el que Alexander encañona a Alexei y ordena en vano a su hermano que lo arreste, finalmente convienen en que cada oficial será libre de actuar como desee, pero los cadetes -en realidad niños con escopetas- se irán todos a sus casas. Alexei asume su responsabilidad de ser el último en abandonar el barco que ha ordenado desalojar y muere heroicamente protegiendo la retirada de los demás. Su hermano Nikolai resulta gravemente herido.

Apenas tres meses después, los bolcheviques liquidan a sus aliados nacionalistas y asumen el poder. Leonid se presenta en casa de los Turbin con un astroso abrigo proletario encima de uno de sus elegantes trajes y se jacta de que ahora le llaman “camarada”. Le explica a Lena que “todo ha cambiado”, que “los soviets gobiernan Rusia”, que “éstos son los hechos” y que deben “empezar una nueva vida”. Ella le reprocha que se comporte como “un camaleón”, pero admite que le toca “despertar del sueño del pasado” y acepta su propuesta de matrimonio.

En ese momento reaparece, sin embargo, Talberg, más equívoco que nunca, pues regresa a Berlín tras haber realizado una visita oficial a Moscú. No se ha detenido en Kiev para recoger a su esposa, sino para transmitir a sus antiguos compañeros de la Guardia Blanca el mensaje de que no pierdan la esperanza. Pero, tratándose de él, no puede ser, por supuesto, un mensaje ni claro ni unívoco:

- Reagrupémonos… Volveremos. Pero es un secreto. Oficialmente no volveremos. Eso es lo que les he dicho a los bolcheviques en Moscú. Se lo han creído. Pero quería decíroslo a vosotros. Y a todos nuestros leales amigos de la Guardia Blanca. No os creáis la línea oficial sobre este asunto, porque el plan es mucho mejor. ¿Básicamente en qué consiste? Hay que reagruparse. Recuperaremos Rusia… Tengo garantías de los alemanes de que cuando las piezas del dominó caigan yo regresaré y les conduciré personalmente hasta Moscú, consiguiendo la victoria final.

En un ataque colectivo de lucidez todos se ponen de acuerdo en echar a Talberg a patadas de la casa. La realidad es la que es. “Los rojos han ganado Ucrania”, proclama uno de ellos. “Éste es el preludio de un gran drama histórico”, advierte el poeta Larion. “Y el epílogo de otro”, admite al fin Alexander. Lena abraza a un impedido y amnésico Nikolai mientras cae el telón. La Guardia Blanca ha dejado de existir.

¿Quién es quién? No es difícil distribuir estos papeles según la conducta que viene caracterizando a las figuras más destacadas de la izquierda española desde que sobrevino la hecatombe. Es obvio que Méndez y Toxo encarnan la reacción agresiva de quien, como Alexander, se revuelve contra la realidad y trata de mantener la cohesión de sus seguidores, aunque sea mediante el autoengaño. Su mente está tan cuadriculada, se sienten tan incapaces de subsistir en otro entorno, que ni siquiera parpadean cuando comparecen públicamente para anunciar que la huelga de funcionarios tuvo un seguimiento superior al 70%. Para ellos mentir por la clase obrera forma parte de un convenio que incluye decenas de miles de liberados sindicales.

En el otro extremo del espectro, hemos visto a Felipe González reaparecer en escena embutido como Leonid en el gabán del adversario ideológico. Y digo gabán, porque a quien trabaja como comisionista para un multimillonario orondo, que encima se llama Slim, los simples abrigos, por muy altas que sean sus hombreras, se le han quedado pequeños. No digamos ya nada de aquella pana proletaria convertida tiempo ha en fondo de armario para mítines.

En todo caso, a juzgar por la soltura con que le oímos defender que la “competitividad” debe ser la regla de oro de la política económica y que los salarios deben quedar vinculados no a la evolución de los precios, sino a la “productividad” de los trabajadores -el que no genere plusvalía no cobra-, cualquiera diría que nunca se ha vestido de otra manera. No me extraña que desde el sentimiento de superioridad de quien se cree partícipe de los arcanos mágicos del capitalismo se sintiera en condiciones de perdonarle la vida al “necio que rectifica todos los días”, para regocijo de sus viejos mariachis de aquella bodeguilla de cal viva y uñas arrancadas en la que no se rectificaban ni los secuestros por error.

Mucho más peliagudo es determinar qué papel está representando Zapatero. Aunque dejemos descansar esta semana a Jano bifronte, debo decir que todas sus explicaciones privadas sobre Pearl Harbor y su compromiso por sacar a España adelante, al margen de cuáles sean las consecuencias electorales para él y su partido -su propia resistencia ante la coacción sindical de trazo grueso-, podrían asemejarle al personaje del abnegado Alexei. Le falta, eso sí, dar el paso decisivo de comparecer ante su Guardia Blanca en un Comité Federal del PSOE o ante el conjunto de los ucranianos a través del Congreso y la televisión, y decirle a la gente tres verdades.

Primera, que al margen de que el G-20 y la propia Unión Europea tengan que cambiar las reglas para impedir nuevos abusos, como los que hicieron posible la crisis financiera que desde hace ya casi tres años nos azota, y al margen de que España tenga que cambiar mucho o poco su modelo productivo, lo único indiscutible es que dos y dos siguen siendo cuatro. Es decir, que pretender salir de la crisis a crédito, incrementando el déficit para alardear de gasto social, era una quimera de la que él es directo responsable y por la que debe pedir perdón a los engañados.

Segunda, que cuando se forma parte de una moneda única las decisiones de política económica de cada socio repercuten en los demás y que, por lo tanto, la Ley de Dependencia, el PER, las televisiones autonómicas, las embajadas catalanas o los coches oficiales -incluido ése del alcalde socialista de Sevilla que viaja más de 1.000 kilómetros de vacío para pasear al señorito por Barcelona- ya no se pagan con la vieja pólvora del rey, sino con la nueva de Merkel y Sarkozy. Y eso significa que en la actual Eurozona nadie podrá hacer política de izquierdas mientras sea la derecha la que gane en los países grandes y la estabilidad presupuestaria se anteponga -como debe ser- a casi cualquier otra consideración.

Tercera y última, que es cierto que ha sido esa Unión Europea la que nos ha impuesto los actuales recortes y reformas -pronto vendrá la de las pensiones- porque después de un cuarto de siglo subvencionándonos tenía derecho a hacerlo. Y que incumplir dicho mandato imperativo, como pretenden los sindicatos que hagamos, nos impondría tutelas más duras y nos situaría en la disyuntiva de tener que abandonar el euro y entrar en una deriva en la que probablemente España dejaría de ser pronto una democracia.

Comprendo que para hablar así de claro cuando se preside un gobierno y un partido en el que las pijas todavía levantan el puño hay que terminar de creérselo. Los términos confusos y embarullados con que Zapatero ha entrecerrado la reforma laboral, indican que más bien podría estar ‘haciendo la goma’ -Rajoy sabe bien de lo que hablo- y, en todo caso, le alejan del idealismo heroico de Alexei y le acercan de nuevo al chapucero Talberg, cuya mejor frase en toda la función es aquélla en la que aclara que él “no huye”, sino que “sólo se escapa”.

Bien, al menos que no se llame a engaño. Si hemos superado a flote la primera mitad del que él mismo considera como el “junio más importante de nuestra historia reciente” es gracias al salvavidas que, a punto del ahogamiento, nos echaron el jueves. Pero nadie adjuntó a ese flotador ni vituallas ni repelente contra los tiburones.

pedroj.ramirez@elmundo.es

Written by Reggio's

Junio 20th, 2010 at 8:20 am

Posted in Política

Tagged with

Load time improved by PHP Speedy Load time improved by PHP Speedy