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El oso y el Papa, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Han pasado más de siete años pero aún debo de guardar, fosilizada en algún sitio, la mueca de estupor que se me dibujó en el rostro cuando la primera vez que me invitó a La Moncloa, justo antes de sentarnos a cenar, Zapatero me hizo la última pregunta que podía esperar escuchar en aquel sitio: «¿Oye, tú crees en Dios?».
No sé cómo hubieran reaccionado ustedes. Mi primera tentación fue darle un corte en clave ácida, rígida o irónica. Pero mientras dudaba entre el «¿y a ti qué te importa?», el «eso forma parte de mi intimidad» o el «no hablaré si no es en presencia de mi abogado», él aprovechó mis dos segundos de sorpresa para contextualizar su interrogante: «Es que yo no creo… ¿sabes?».
Aún me dejó más estupefacto. La estancia aneja a la sala del Consejo de Ministros, habilitada por entonces como comedor de invitados, se había transformado de repente en una habitación de colegio mayor en la que, con una guitarra en el rincón, un póster del Che o cualquier otro icono pop y un cenicero repleto de colillas, las confidencias y debates no giraban sobre peripecias amorosas, académicas o deportivas sino nada menos que sobre la existencia de Dios.
Claro que, bien pensado, aquello podía parecer frívolo pero no era banal en absoluto. De hecho estaba ante el primer jefe de gobierno de la democracia que, emulando a Azaña, se declaraba cabalmente ateo ante un interlocutor que no podía dejar de tomar nota para, permítaseme el sarcasmo, terminar dando fe de ello.
Por eso, confianza por confianza, me sentí obligado a entrar al trapo, aunque pareciera que lo hacía con una evasiva: «Si no tuviera más remedio que responder a esa pregunta, te diría que no lo sé». Probablemente, el que yo diera esa sensación de nadar entre dos aguas terminó de darle alas y fue entonces cuando me explicó que la hoja de ruta de su «democracia bonita» incluía ayudar a la sociedad española a «liberarse» de la dependencia de la Iglesia católica, fruto de tantos años de «atraso».
Desde ese momento tuve muy claro que para Zapatero no podía haber ni progreso ni modernización sin beligerancia laica y que uno de los raseros por los que iba a medir su propia satisfacción política iba a ser el nivel de confrontación con la jerarquía católica. Cuando algo después me explicó que para él hubiera sido aceptable utilizar la expresión «unión conyugal» en lugar de la de «matrimonio» para regular los derechos civiles de los homosexuales, «pero el problema es que Zerolo no quiere», me di cuenta de que, en su obsesión por restringir un poder fáctico, estaba cayendo en manos de otro. Es decir, que combatía lo que él veía como dogmas y supersticiones de una Iglesia desde el código rígido de otra a cuya prelatura añadiría pronto a feministas y ecologistas.
No faltarán quienes vean tanta inmadurez en mi respuesta como en su pregunta, pero durante estos días en los que con motivo de la visita del Papa muchos colegas se han declarado creyentes, agnósticos o ateos en estas u otras páginas también puede tener algún valor que alguien diga que pertenece al segmento del «no sabe, pero sí contesta».
Puesto que para los bautizados en la Iglesia católica creer en Dios significa creer en la Santísima Trinidad, en la concepción de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, en la transubstanciación del Verbo, en la resurrección de Cristo, en su ascensión a los cielos, en la vida eterna, en los goces del Paraíso y en las calderas del Infierno -tengo entendido que últimamente nos han perdonado lo del Purgatorio- debo confesar que no se me ocurre cómo nada de eso haya podido llegar a suceder de forma material. Pero si a continuación alguien me cataloga, en consecuencia y en pura lógica, como no creyente, algo se revuelve en mí pues considero que se me está expropiando de un derecho que me pertenece, de una parte del legado emocional y cultural que me transmitieron mis padres.
Suele decirse que la fe es una gracia del cielo pero esa misma circunstancia la vuelve imposible de valorar por parte de quienes no la tienen o tenemos. No vean, pues, en esta reflexión ningún tipo de ansiedad o sensación de merma. Tan sólo la serena constatación de que muchos agnósticos e incluso ateos se han vuelto creyentes y, por difícil que parezca, eso puede terminar sucediéndole a cualquiera. Tal vez sea una actitud egoísta e incluso arrogante, pero admito, como lo hice al despedir con admiración a Juan Pablo II, aquel gran Papa carismático que «nos cubría las espaldas», que si escucho siempre con interés y respeto al pensador profundo que hay en Benedicto XVI es «por si acaso» tiene razón.
O, para ser más exactos, porque hay una parte de lo que dice -todo lo relacionado con la dignidad de la persona y de la vida humanas- que resulta muy certero y razonable, al margen de cuáles sean las convicciones religiosas de cada cual. Incluso si no fuera verdad ninguno de los hechos extraordinarios descritos en el Catecismo y en el Credo, el aporte a la convivencia y la civilización humanas de una organización que difunde el amor, predica la paz y atiende a los más necesitados continuaría siendo tan digno de encomio como impagable.
No se puede negar que en esta Jornada Mundial de la Juventud que culminará hoy, las calles de Madrid se han llenado de idealismo, de generosidad contagiosa y energía positiva. El «siempre alegres para hacer felices a los demás» que pregonaban Escrivá de Balaguer y el padre Urteaga se ha plasmado a escala multitudinaria y, a pesar de las ofensas y provocaciones de la marcha anticlerical del miércoles, no hemos visto gestos agresivos, no hemos escuchado insultos, gritos o consignas contra nadie; sólo reivindicaciones positivas de una forma de entender la vida más exigente con uno mismo que con los otros.
A pesar de haber estudiado en la Universidad de Navarra y, a diferencia de algunos colegas que ahora ejercen de lobos feroces, nunca fui del Opus -ni se me pasó por la cabeza, era metafísicamente imposible- y todavía sigo mirando a amigos y conocidos que sí lo son como una especie de bichos raros. Pero mi perplejidad se cimienta -y esto es extensivo a todos los activistas católicos- en la percepción de que la mayoría de ellos desarrollan mejor sus capacidades intelectuales y transmiten más a menudo buenas vibraciones que la media de los mortales. No es casual que se resalte como contradictorio el que un hombre de religiosidad acreditada resulte ser un malvado.
Si me fijo en el otro plato de la balanza no tengo duda de que hay áreas claves para el desarrollo y bienestar social en las que el magisterio de la Iglesia cumple hoy un papel claramente reaccionario. Sobre todo en lo relativo a la sexualidad, la contracepción y la bioética. De hecho sólo una minoría de los propios católicos practicantes aplican a su vida diaria esas estrictas normas que te obligan hasta a apartar la vista de cualquier manzana reluciente.
Pero esto sería un problema si viviéramos en un Estado confesional, no digamos en una teocracia, en el que los principios religiosos impregnaran las normas positivas. En la España actual la Iglesia a lo más que puede llegar, cuando se pone antipática, es a amenazarte con las penas del infierno, y al no creyente eso debería darle igual. «Tant se val si és pecat», cantaba el mejor Serrat hace ya más de 40 años. ¿A qué viene entonces que la práctica del sacramento de la confesión irrite tanto a quien se burla del propio concepto de pecado?
No discuto que en el pasado la intransigencia religiosa ha podido arruinarle la vida a mucha gente, pero tras el viaje pendular que hemos vivido en el último medio siglo, la Iglesia cumple hoy en España un saludable papel de contrapeso crítico frente a una legislación desequilibrada que desparrama derechos y omite deberes. A eso se refirió el Papa con su alusión a quienes «creyéndose dioses» pretenden «decidir quién es digno de vivir». Es el caso de la reforma del aborto que relega de manera injusta la protección del nasciturus, encomendada en su día por el Tribunal Constitucional al legislador, lo que hace ineludible su enmienda por un futuro gobierno del PP. No para asumir las tesis de la Iglesia sino para volver a ponderarlas de forma más ecuánime en un contexto de despenalización parcial.
En cambio, puesto que no pretendemos construir una sociedad cartesiana y es lógico que el pragmatismo impere en la acción política, nada me sorprendería que Rajoy no cambiara ni una coma en la Ley del Matrimonio Homosexual, habida cuenta su nula conflictividad práctica. La denominación de «unión conyugal» hubiera sido idónea en términos biológicos y jurídicos, pero no hay situación límite alguna que imponga ahora la marcha atrás.
El Roma locuta, causa finita ya no rige en la sociedad española. Pero precisamente por eso tiene más sentido escuchar con atención a una institución como la Iglesia que forma parte de la médula de nuestra historia y que encima se expresa a través de un portavoz tan articulado y profundo como ese cardenal Rouco que admira a Edith Stein y, muy en sintonía con el propio Ratzinger, cita a los más variados filósofos en sus homilías.
De hecho el tono intelectual que caracteriza el papado de Benedicto XVI no sólo supone una inyección de consistencia para la Iglesia sino que también implica el lanzamiento de un guante que el racionalismo laico no tiene más remedio que recoger. De ahí la puerilidad de quienes han centrado sus críticas contra la JMJ en la cesión de espacios públicos con sus correspondientes dispositivos de seguridad o en la rebaja del transporte público a los asistentes. Al margen de que ya me gustaría a mí tener cientos de miles de usuarios adicionales de un servicio sin coste marginal, aun pagando el 20% de la tarifa, esto sí que es tomar el rábano por las hojas.
«Lo que nadie pone en duda es que la religión interesa cada día menos», escribía el pasado domingo un sedicente teólogo sin darse cuenta de que tal proposición quedaba desmentida por su propia presencia, hay que suponer que remunerada, en la página 3 de un diario de difusión nacional. Ocurre lo contrario: cuanto más hondas son nuestras crisis mayor es la búsqueda de respuestas trascendentes, y la espectacular capacidad de convocatoria de la JMJ lo demuestra.
Sobre todo cuando quien la ha protagonizado no ha sido ni una estrella de rock ni un futbolista con crestas en el pelo sino un anciano de maneras suaves y sonrisa tímida que cuando fue promovido a la silla de Pedro arrastró hasta su escudo papal, junto a la concha del peregrino y al llamado moro de Freising -símbolo de la universalidad de la Iglesia-, la figura de aquel ursus horribilis que hace 13 siglos atacó a un virtuoso clérigo cuando acudía a Roma para ser ungido obispo.
Los más fieles a estas Cartas recordarán mi fascinación por el oso de San Corbiniano -remoto antecesor de Ratzinger en la diócesis de Baviera- cuando Benedicto XVI comenzó a citarlo en sus homilías. Para el Papa la transformación de aquella fiera corrupia que había devorado a la mula del santo en un dócil animal de carga es la imagen del poder de la gracia divina y el recordatorio permanente de que todos, empezando por él mismo, podemos ser llamados a tirar de un carro al que no esperábamos ser uncidos.
Lo que a mí me inspira el episodio es la capacidad de la civilización humana para transformar los antagonismos fatales en relaciones de colaboración en pos de objetivos compatibles. Nunca ha quedado claro qué es lo que el santo le dijo al oso cuando lo doblegó con su voz suave y firme, pero para mí que le habló de los confortables lechos de paja de ciertos establos de Roma. Por eso me alegro de que el mismo jefe de gobierno que hace siete años me dijo que no creía en Dios acudiera el viernes a la nunciatura a cumplimentar respetuosamente a su representante en la tierra después de una etapa de saludable rebaja de la tensión con la jerarquía católica. Y por eso me alegro, sobre todo, de que en la ciudad que también lo tiene incorporado a su escudo, el oso del Estado no sólo no haya devorado a los cientos de miles de peregrinos sino que haya contribuido a sujetar el madroño frondoso de la fe bajo el que se han cobijado.
Al oso lo que es del oso y a la JMJ lo que es de la JMJ, pero todos saldríamos ganando si esta colaboración volviera a ser la regla y no una excepción, dentro del paréntesis de un vibrante macroevento, bajo la canícula agosteña.
pedroj.ramirez@elmundo.es
Por las truchas del río Salobre, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
-¿Pero todavía hay truchas en este río?
-¿Qué si hay truchas? Ahora verás…
Pepe Bono retrocede unos pasos dentro del antiguo corral que unía la casa de sus padres, la tienda que les daba de comer y la cuadra repleta de animales. Coge un mendrugo de pan, lo parte en trozos pequeños y los va arrojando con fuerza y puntería por encima de la barandilla de la terraza hasta impactar en el caudal que discurre cristalino, seis o siete metros más abajo. De repente, como por arte de magia o cual ballet de una sinfonía animada por Walt Disney, decenas de elegantes bailarines grises y pardos concurren a la convocatoria con sus cuerpos ondulantes y van engullendo armónicamente las migajas, sin pelear por ellas, sin tan siquiera mostrarse en la superficie. Enseguida se dispersan y la apariencia de vacío vuelve al río.
-O sea que en el río de tu pueblo haces lo mismo que en el de la política española cuando lanzas a los peces unos buenos titulares de tanto en tanto…
El presidente del Congreso de los Diputados se ríe, echando hacia atrás la cabeza y parte del tronco en ese gesto tan suyo que a veces le da hechuras de amigable muñeco articulado. Con su rapidez mental de siempre remata la broma.
-Es que cuando dices algo que la gente está deseando oír, como lo del futuro gobierno de coalición entre el PSOE y el PP, no tiene mérito que se acerquen a escucharte. Los seres humanos responden a los estímulos de lo que les conviene. Sí, igual que los peces.
¡Voto a bríos! Hacía tiempo que le había pedido a Bono que me enseñara este pueblo de la sierra de Alcaraz donde tiene sus raíces, donde pasa sus veranos y donde almacena sus recuerdos. Cuando el otro día David Gistau lo comparó irónicamente con el Colombey-les-deux-Eglises que servía de refugio a De Gaulle mientras esperaba a que le llamaran para ocupar el poder, decidí volver a la carga. Es cierto que sacar ahora lo de la gran coalición, justo cuando el PP parece en condiciones de ganar por mayoría absoluta, suena a truco de feriante; pero también es verdad que en la hemeroteca de EL MUNDO hay constancia de que Bono repite lo mismo cada equis años.
Salobre sólo precisaría de 71 habitantes más para alcanzar a Colombey-les-deux-Eglises -607 frente a 678, según los últimos censos- pero la casa de Bono es el doble de grande que La Boisserie en la que el general recibió a Adenauer para sellar la reconciliación con Alemania tras la II Guerra Mundial. En cambio la vista no se puede comparar, pues ni siquiera con todas sus truchas en perpetua exhibición este modesto afluente del Guadalquivir estaría en condiciones de competir con la majestuosa profundidad de la campiña dominada por la doble cruz de Lorena.
Pero si Colombey es la representación de la Francia profunda, Salobre con sus casitas encaladas en la ladera y el sonido de las fichas del dominó sobre las mesas del bar de la Plazuela bien podría serlo de la España profunda, esa que no vemos nunca en los restaurantes de Madrid y Barcelona. Y la casa de Bono, como la del general, también es la propia de una familia acomodada dentro lo que hasta hace bien poco era un pueblo pobre.
-Nunca pasamos privaciones pero tampoco tuvimos una peseta de más.
Según consta en una placa de azulejo junto a la entrada, la vivienda de los Bono se construyó en el 48 sobre un solar adquirido veinte años antes por mil pesetas y precisó de 4.680 kilos de cal, 480 fanegas de yeso, 5.000 tejas y rasillas, 5 días de carro trayendo toba, 336 jornales de albañil y unos pocos más jornales de peón. Total 29.821 pesetas.
Que nadie espere encontrar aquí ni muebles de diseño ni cuadros caros de pintores famosos. El súmmum es un buen retrato de Bono con su hija pequeña, Sofía, a la que adora, por el que pagó 6.000 euros. Tampoco verán colecciones de relojes, joyas u objetos de marfil. Tan sólo una consola con docenas de navajas de Albacete sujetas con su correspondiente imán y su correlativa anécdota política.
-En unas autonómicas, Agustín Conde me llamó «navajero». Nunca lo hubiera hecho. Le contestamos con un poema, mira aquí está el libro, que describe todo lo bueno que se puede hacer con una navaja. Y distribuimos doscientas mil navajas de bolsillo como esta, ten, quédate una… Dijeron que no eran de Albacete sino made en Hong Kong… Eso era verdad, ah sí, pero las distribuimos.
Lo que abunda por doquier en esta casa son los recuerdos infantiles de su propietario. Desde su más tierna infancia, Bono se comportó como una auténtica urraca, guardándolo todo: desde el escapulario de las Hijas de María que su madre llevaba en las procesiones hasta el trozo de cinta con la bandera española que el gobernador civil cortó al inaugurar un camino rural, pasando por el saludo que el ministro Fraga envió a su padre, alcalde del pueblo durante 17 años, agradeciéndole el pésame por la muerte de un familiar. Y, por supuesto, la Enciclopedia Alvárez, el rompecabezas con el que se podía reconstruir un exótico fondo marino o el álbum de cromos de la película Los Diez Mandamientos que yo mismo coleccioné también a primeros de los 60, extrayéndolos uno a uno de las tabletas de chocolate.
Pero la joya de la corona de esta genuina e intransferible memoria histórica es el libro de caja de la tienda familiar de Tejidos, Paquetería y Ferretería, un volumen de noble apariencia pese a lo raído de sus tapas azules y rojas. Un sistema de tornillos permitía separar el lomo y sustituir unas páginas por otras. También proporcionaba un pequeño espacio en el que el abuelo de Bono guardaba los billetes camuflados con los que pudo ayudar al cura del pueblo durante los peores días de la República.
-Aún suenan en mis oídos las palabras de mi abuelo: «Pepito, guarda el libro que en este hemos aprendido todos».
En las páginas que siguen puestas hay anotaciones manuscritas del propio Bono cuando atendía en el mostrador. «Reparación de un transistor, 500 pesetas», dice una del 71. Cada cliente tenía su página en la que constaba lo que compraba, lo que pagaba y lo que debía. Cuando una deuda quedaba saldada, una línea meticulosamente trazada con un lápiz la tachaba.
-¿Y vosotros debíais a alguien? No sé, a los proveedores… Supongo que compraríais a crédito.
-¿Deber? Jamás. Mira, deber dinero se consideraba una de las mayores ofensas… Cuando mi madre, que estaba embarazada, tuvo el ataque del que después murió y la llevaron al hospital a Alicante, una de sus mayores preocupaciones era decirle a mi padre que tenía pendiente de pagar un molde para hacer magdalenas que había comprado no sé dónde… «Pepe, el molde de las magdalenas lo debemos».
Es fácil entender que, desde esa mentalidad de tendero de pueblo con lápiz en la oreja, Bono sienta especial zozobra y desasosiego ante el déficit público. Y de hecho haya sido la acumulación de deudas por parte de las comunidades, empezando por la suya, lo que le haya llevado a ponerle la proa en los últimos tiempos al Estado autonómico del que durante tantos años fue uno de sus pilares.
-En Castilla la Mancha hay mil médicos que cobran 200.000 euros al año. Y cada mes gastamos 55 millones en farmacia. Y en la escuela de este pueblo hay cinco maestros para 37 niños, cuando antes éramos más y teníamos uno solo… No se puede gastar más de lo que se tiene.
Bono tiene muy claro que la austeridad y el recorte del gasto público se han convertido en una prioridad nacional. Y, con el conocimiento de causa que da haber sido ministro de Defensa, ni siquiera dejaría fuera de esos desmoches el gasto en armamento.
-¿Sabes cuánto cuesta uno de nuestros Eurofighters? 20.000 millones. ¿Y sabes cuántos aviones españoles han entrado en combate en el último medio siglo? Cuatro, cuando bombardearon Belgrado a las órdenes de Solana. ¿Y sabes cuántos de nuestros tanques han entrado en combate durante el mismo periodo de tiempo? Ninguno.
Incluso por encima de la austeridad, Bono atribuye a ese Libro de Caja, que acaricia y hojea como si se tratara de un incunable, su obsesión por la transparencia. Hace 16 años, la Junta de Castilla-La Mancha que él presidía fue pionera al publicar en el Diario Oficial de la Comunidad las rentas y bienes de consejeros y diputados y ahora se siente especialmente orgulloso de que, a partir del 8 de septiembre, vaya a ocurrir lo mismo en el Congreso de los Diputados por iniciativa suya.
Esta mentalidad pequeño burguesa de defensa a todo trance de la honra también explica la actividad infatigable con que Bono ha venido dando réplica a las acusaciones de corrupción planteadas durante esta legislatura contra él, reuniéndose con docenas de periodistas, entregando documentación a sus adversarios políticos -Rajoy incluido- y celebrando las resoluciones del Supremo y otros tribunales que una y otra vez han quitado la razón a sus denunciantes.
Durante todos estos meses hemos investigado desde EL MUNDO las decisiones políticas potencialmente comprometedoras para Bono, desde los pequeños regalos institucionales del ministerio de Defensa hasta sus grandes contratos de armamento, y no hemos encontrado ni lucro personal ni favor alguno a la joyería Tous -vinculada a su ex esposa Ana Rodríguez- o a su amigo el constructor Santamaría. Lo más polémico es todo lo relacionado con la hípica Almenara pues es obvio que sus patrocinadores eran conscientes de la identidad del propietario -igual que lo son los clientes que acuden al despacho profesional de tal o cual diputado-, pero tampoco hemos llegado a detectar contrapartida política alguna, ni pagos que no llevaran aparejado un servicio real.
He dicho más de una vez que la ley debería impedir a un alto cargo poner en marcha una actividad comercial de cara al público mientras dure su mandato e igualmente creo que deberían negárseles a Sus Señorías la gran mayoría de las solicitudes de compatibilidad que les permiten servir a particulares cuando su obligación legal es defender el interés público a tiempo completo. Pero a nadie se le puede aplicar una norma de forma retroactiva.
No pongo pues la mano en el fuego ni por este hombre ni por nadie pero en una democracia quien acusa es quien debe soportar la carga de la prueba y al día de hoy nadie ha demostrado nada que deba lastrar su futuro político. A título indiciario baste añadir que si hubiera acumulado el ingente patrimonio que le atribuye la rumorología, bien tonto sería Bono de pasar la mayor parte de las vacaciones -«no me gusta nada la playa, pero me aguantaré una semana para complacer a mis hijos»- en este más que modesto, humilde, casi frailuno apartamento que se ha acondicionado dentro de la casa familiar de Salobre: un cuarto en el que sólo caben la cama y un sillón de lectura, con una tabla a mano para poder escribir, y una cocinita al lado, pegada a la fuente del corral en la que repostaban los arrieros y sobre cuyo regazo flotan ahora un melón y varios pepinos.
Si no hace demasiado calor, Bono trabajará durante la mayor parte del día en sus memorias -condenadas a best-seller a juzgar por los fragmentos que me ha leído-, y al atardecer, siesta mediante, paseará con el alcalde y otros amigos del pueblo. No parece el plan de un soltero de oro.
Muchas sorpresas tendrá que darnos la naturaleza humana para que a alguien tan puntilloso y metódico como él se le coja en un renuncio que le obligue a dejar la vida pública con el rabo entre las piernas. No, lo que condiciona su futuro político es su progresivo distanciamiento de algunas de las grandes líneas estratégicas del PSOE durante la etapa de Zapatero. En especial todo lo relacionado con los pactos con los nacionalistas, la manera de afrontar el final de ETA y las propias relaciones con el PP. Hasta ahora el estatus de presidente del Congreso le daba una plataforma propia. Pero ¿y después de que el próximo 14 de diciembre, día de su cumpleaños, se constituyan las nuevas Cortes Generales con otro presidente, qué?
-Yo no tengo que demostrar que soy de los míos… Pero no vaya a pasarme lo que al bailarín de Cózar, que es un pueblo de aquí cerca, que reventó bailando y a nadie le dio gusto…
Bono ha recurrido a una de sus estampas favoritas para subrayar su condición de rara avis dentro de la fauna política. Comenta incluso que ni siquiera le importaría dejar de ser diputado, aunque tampoco se quitará de en medio si su amigo Rubalcaba le pide que vaya en las listas. Tras casi cuarenta años de activismo desde los tiempos del PSP que también han dejado un reguero de parafernalia diseminado por la casa -fotos, carteles, cajas de cerillas de aquella primera campaña del 77-, Bono se siente cada vez más ajeno a una dinámica de confrontación política que no ve para nada en la base de la sociedad.
-Desde mi puesto me he fijado bien. Ya no hay diferencias insalvables entre los programas del PSOE y el PP.
Lo dice como si el tiempo le hubiera venido a dar la razón. Bono siempre ha relativizado las fronteras entre izquierdas y derechas, cansándose de repetir que él, como socialista, no se considera mejor que su padre franquista. Hoy, para que termine de entenderle, me tiene preparadas dos viejas carpetas marrones repletas de documentos. De una extrae las fichas de afiliación a la Falange Española y de las Jons de Salobre en los años 40, con sus correspondientes juramentos de defensa de «la unidad de los hombres y las tierras de España». De la otra saca las listas de militantes del PSOE local durante la República e incluso antes. No entiendo muy bien lo que trata de decirme. El sonríe hasta que caigo en la cuenta.
-Ves como muchos de los nombres coinciden… ¡Eran los mismos! Por eso digo que parte de mi genotipo político está en estas dos carpetas.
Protegido por los plátanos que recubren el bar de la Plazuela, Bono desgrana junto a varios convecinos recuerdos de guardias civiles y maquis. El pueblo era y sigue siendo de izquierdas -en las últimas municipales el PSOE le ha ganado al PP no con el habitual 6-1 sino por 7 concejales a 0- pero todos parecen orgullosos de aquel último alcalde franquista a quien rinde tributo una placa en la fachada de la casa heredada por su hijo.
Es probable que sea esta visión de la Memoria Histórica más basada en la continuidad que en la ruptura lo que le permita defender con tanta comodidad la gran coalición entre PP y PSOE para superar la crisis económica y acabar con el «café para todos» de las autonomías. Sabe que no es algo viable a corto plazo porque ahora llega la hora de Rajoy y que a lo mejor se trata de una fórmula de emergencia que no cristalizará nunca. Pero no refrena su imaginación y habla como si ya estuviera jurando de nuevo un ministerio ante el Rey e invitando a sus amigos a la toma de posesión del cargo.
-Sería un Gobierno sin concesiones a la demagogia… El sentido común se apoderaría de la sala del Consejo de Ministros… Sería algo emocionante… Con un enorme apoyo popular.
-¿Quieres decir que acudirían a aplaudir hasta las truchas del río?
-Es que el patriotismo emerge ante la adversidad.
pedroj.ramirez@elmundo.es
El extravío de Europa, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Hagan suyo el estupor de los querubines mediterráneos en El rapto de Europa que pintó Tiziano y ha inspirado a Raúl Arias. Nada nuevo bajo la bandera estrellada de la Unión. Cuando hace más de medio siglo se negociaron los contenidos y reglas del juego de la Comunidad Económica Europea fue muy comentado el portazo euroescéptico de uno de los comisionados británicos: «Ustedes nunca se pondrán de acuerdo en nada y si se ponen de acuerdo no se cumplirá y si se cumple será un desastre».
Esta triple maldición de hada despechada parece haberse abatido sobre la eurozona desde el inicio de la actual crisis económica y muy especialmente desde que el primer rescate de Grecia abriera una etapa de convulsiones en el mercado de la deuda soberana que dura ya año y medio. Baste como último ejemplo lo difícil que resultó llegar a los acuerdos del 21 de julio sobre el segundo rescate griego y la compra de bonos de países en dificultades -Merkel no quería ni celebrar la reunión-; la frustración de nuestro gobierno y del propio Durão Barroso por la reticencia alemana a aplicar lo pactado; y los malos augurios que pronostican que eso tampoco servirá de mucho.
Han sido tantos los errores cometidos por el Ejecutivo de Zapatero, Rubalcaba y Salgado en la parte álgida de la crisis, pasando del negacionismo inicial al disparate del desaforado gasto público para demostrar que había una salida socialista que hacía innecesarios los sacrificios y desembocando en las trampas en el solitario de unas reformas tan trompeteadas como inanes, que la mayoría de los españoles no quiere ni oír hablar del contexto internacional.
«¡Que se vayan de una vez estos inútiles!», es la acuciante receta que brota estos días en cualquier debate de altos o bajos vuelos, sin reconocer siquiera el empeño de un presidente en retirada que ha pasado toda la primera semana de agosto en su despacho -cumpleaños incluido- tratando de mantener el barco a flote.
Pero estos «inútiles» desaparecerán dentro de poco más de 100 días de escena -esperemos que los tres- y el probable nuevo gobierno popular, más allá de cuán crítica sea la situación que herede, se encontrará ante problemas derivados de las equivocaciones cometidas en el proceso de construcción europea, de imposible solución unilateral.
Quienes hace 20 años advertimos de los riesgos que conllevaban unos tratados de Maastricht por los que se introducía la moneda única sin un proceso previo o al menos paralelo de unificación política, tenemos alguna legitimidad para la autocita melancólica.
El 6 de septiembre del 92 planteé en esta misma página la objeción de fondo a lo que estaba en marcha: «Hemos permanecido impasibles mientras Felipe González y el resto de los líderes europeos sustituían lo que debía haber sido un pausado proceso constituyente, en el que todo hubiera sido discutido con luz y taquígrafos, por un fulminante mecanismo de carta otorgada… ¿Se imaginan que en 1977 Adolfo Suárez se hubiera encerrado un fin de semana con González, Fraga, Carrillo, Pujol y Tierno en cualquier Casa de la Pradera y a la salida nos hubiera comunicado que España ya tenía una nueva Constitución y que tan pronto como las Cortes la ratificaran entraría en vigor?».
Y avisé de los riesgos concretos que se avecinaban en términos que ya entonces debieron atraer al menos la atención de Rajoy: «Cualquier aficionado al ciclismo sabe que cuando un corredor demasiado joven -o peor dotado, o menos disciplinado- trata de subir los grandes puertos al mismo ritmo que Indurain y Chiapucci lo normal es que termine reventado en la cuneta, llegue con el control cerrado y hasta arruine su futuro deportivo».
Porque -añadía dos semanas después, el domingo del apurado sí del referéndum francés- «cuando la moneda no es, en definitiva, sino el fusible de la economía de un país, resulta un sarcasmo escuchar que de haber estado en vigor el Tratado de Maastricht, ni la peseta se habría devaluado, ni la libra y la lira habrían tenido que abandonar el SME. Desprovistas de esa válvula de seguridad que es el control de cambios, España, Italia e Inglaterra tendrían antes o después la casa en llamas, a menos que recibieran de Alemania recursos mucho más ingentes de los que eran precisos para haber aplacado esta tormenta».
La experiencia de esa crisis de comienzos de los 90, resuelta dentro del Sistema Monetario Europeo mediante las preceptivas devaluaciones competitivas, fue definitiva para apuntalar la decisión británica de quedarse fuera del euro. España e Italia llevaban el mismo camino pero no porque no quisieran entrar sino porque no cumplían los requisitos para hacerlo. Prodi sugirió incluso a Aznar que apostaran juntos por la Europa a dos velocidades y salió malparado al encontrarse con un líder del PP resuelto a no dejar escapar de ninguna manera el tren del euro.
También Aznar sigue diciendo ahora las mismas cosas que entonces, y así en un reciente artículo en el Times ha situado el origen de todos los males de la UE en la ruptura del Pacto de Estabilidad que impedía a cualquier país de la eurozona pasar del 3% de déficit presupuestario. ¿Pero cómo iba a perdurar esa constricción cuando el G-20 apostaba por las políticas de estímulo y existía encima el precedente de que se había consentido nada menos que a Francia y Alemania soslayarla en los propios años de bonanza?
Es cierto que una cosa es incumplir el Pacto de Estabilidad y otra pasar en poco más de dos ejercicios del equilibrio presupuestario a un déficit del 12% como les ocurrió a Zapatero y este alter ego que ahora se presenta a las elecciones como si no fuera corresponsable directo de que los españoles seamos los ciudadanos del mundo desarrollado más castigados por la crisis y encima le dice al presidente que «pase lo que pase en el mundo» no haga nada de aquí al 20-N que pueda molestar a la UGT.
«La clave de todo está en que tú debes ser virtuoso aunque los demás no lo sean», me decía el otro día un Aznar consternado ante lo que ya ve como pérdida irreversible de la autonomía económica de España. Nunca sabremos cómo se las habría arreglado un gobierno presidido por él para mantener el crecimiento sin el tirón de la construcción, pero de lo que estoy seguro es de que no se le habrían desbocado el gasto público y la deuda. ¡Quién no habría prescindido de la sonrisa de Zapatero y mantenido su rostro avinagrado a cambio de haber conservado la disciplina fiscal en los peores momentos!
Pero el hecho de que el caso español pruebe que se pueden hacer las cosas regular, mal o rematadamente mal, y en definitiva sean decisiones españolas las que nos hayan hundido hasta el fondo del pozo en el que estamos, no empece para que el erróneo diseño de la Unión Monetaria haya quedado en evidencia con motivo de estos shocks asimétricos. Porque si la moneda es de todos pero cada uno puede hacer su propia política económica, la divisa común queda al albur de la irresponsabilidad, la demagogia electoralista y los compromisos de cada cual. O mejor dicho es el resultante de lo que sumen los gobiernos austeros y eficientes y lo que resten los manirrotos y torpes.
A los pigs ahora nos llaman educadamente «países periféricos» pero la frivolidad del endeudamiento público y privado ha hecho honor a nuestra fama de suciedad y desaliño financiero. ¿Por dónde se han roto las costuras del euro? Pues por el mercado del crédito, o sea por la asfixia del crecimiento, o sea por el empleo. Cualquiera podía preverlo como de hecho yo lo hice en mi carta del 17 de diciembre del 95: «A falta de la capacidad de devaluar la peseta, las sucesivas pérdidas de competitividad de nuestras empresas sólo podrán desembocar en destrucción de empleos o recorte de salarios».
Había un antídoto, aplicado con intensidad durante los años de Aznar, que eran las reformas estructurales. La llamada «agenda de Lisboa» del año 2000 las convertía poco menos que en hoja de ruta de la UE para el siglo XXI y el resumen del resumen consistía en desmontar el insostenible Estado del Bienestar para impulsar el bienestar dentro de los estados, talando burocracia y favoreciendo el crecimiento.
Para un gobierno asociado durante seis años con los zopencos sindicales -¿se acuerdan del «vicepresidente Méndez»?- y obsesionado ahora por apaciguar a los enragés del 15-M eso era como hablar en chino. Lo que a Zapatero le ponía era implantar una Ley de Dependencia que con el motivo o pretexto de la atención a los mayores creara un segundo PER clientelar en la España deprimida. O el Plan E, o los cheques-bebé o las ayudas a parados de larga duración: gasto, gasto y gasto. Es sólo ahora, cuando ya tiene un pie en su casita de León, cuando Zapatero se lamenta -léase mi última conversación con Jano- de haber destinado cantidades ingentes a un seguro de desempleo que no estimula la búsqueda de trabajo.
El consejo de guerra sumarísimo al que le sometieron los demás miembros de la Unión Monetaria en mayo de 2010 -¿no se había dado cuenta de que estaba disparando con pólvora de Europa?- le hizo cambiar rotundamente de discurso pero sólo parcialmente de conducta. Superado el apuro a costa de funcionarios y pensionistas, Zapatero ha continuado atenazado por prejuicios ideológicos de forma que aunque su mente parecía estar en orden de combate sus pies se resistían una y otra vez a llevarle en la dirección que marcaba su inteligencia. La abdicación de facto en Rubalcaba cuando le nombró vicepresidente supuso el final de esa escapada apenas esbozada y ahí está la clave de las bofetadas que nos han dado esta última semana: es imposible hacer reformas impopulares y dar alas a la vez a la candidatura de un viejo demagogo.
Teniendo en cuenta que en países como el nuestro es mucho más probable que ganen las elecciones personajes amables y fantasiosos como Zapatero que personajes ásperos y rigurosos como Aznar -sin los crímenes de Estado, el latrocinio de los amigotes de Glez. y la ola de devaluaciones no se hubiera producido el milagro del 96-, si yo hubiera asistido a su encuentro del otro día en La Moncloa le habría dado la razón al actual presidente en cuanto al camino que debe adoptar Europa si quiere sobrevivir como Unión Monetaria.
Relanzar el compromiso con el Pacto de Estabilidad como sugiere Aznar sólo sería efectivo si cada miembro del euro lo incorporara drásticamente a su Constitución. Seguir fiándolo todo a un mecanismo de sanciones no serviría de nada. Y puestos a adoptar esa discutible autorrestricción de soberanía tendría mucho más sentido encaminarnos claramente hacia una confederación europea como propone Trichet con el aplauso de Zapatero, con su Ministerio de Economía común, su Tesoro común, sus eurobonos y su canesú.
Ésa sí que sería una criatura robusta capaz de tener algo que decir en un nuevo orden mundial en el que Estados Unidos -degradado por Standard and Poor’s, para que digan de las agencias de rating…- ya nunca volverá a ser lo que era y el emergente poder de China necesitará contrapesos de mucha mayor envergadura que los actuales Estados-Nación.
Hay que dejarse de eufemismos: Europa no necesita «gobernanza», qué palabro, sino gobierno. Pero para relanzar esa Unión Política que quedó como asignatura pendiente en Maastricht es preciso que la señora Merkel asuma sus responsabilidades, ejerza su liderazgo y les diga a los alemanes la verdad sobre los riesgos y oportunidades de la construcción europea, en lugar de continuar dejándose arrastrar en medio de la ciénaga por el extraviado mugido de los acontecimientos.
pedroj.ramirez@elmundo.es
El penúltimo testamento de ZP, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Había yo ya desplumado a Javier Gómez Bermúdez y terminado casi de hornear un más que sabroso faisán judicial a fuego lento, cuando sonó mi móvil. Era la voz familiar de alguien que me tenía últimamente algo abandonado.
- Vete parando las rotativas que te traigo panecillos de primera calidad, recién amasados y salidos de la panadería.
Jano Bifronte nunca se había vendido con tanto entusiasmo.
- A ver qué te parece este titular: «Me he abrasado pero he hecho reformas que han modernizado a España».
- ¿Quién y cuándo ha dicho eso?
- Mi amigo José Luis, ayer mismo, tres cuartos de hora después de la rueda de prensa en la que anunció la disolución anticipada y la fecha de las elecciones.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Pues porque me lo dijo a mí, almorzando mano a mano en La Moncloa.
No pude por menos que dar un respingo.
- ¿Cómo? Que tú almorzaste con Zapatero el viernes, el día de su público seppuku…
- Pues ya ves. Él me dijo que había sido una casualidad, pero yo creo que cuando me invitó ya sabía lo que iba a anunciar. Quería estar con alguien que le comprendiera…
- ¿Y?
- Lo encontré bastante contento pero a la vez algo melancólico.
- ¿Cómo se come eso?
- Estaba muy seguro de haber hecho lo más conveniente para todos, zanjando las especulaciones del verano, dando certidumbre a los mercados…
- Pero supongo que triste por no haber podido acabar la legislatura…
- No, elecciones en noviembre equivale para él a elecciones en marzo. Y no se veía presentando un nuevo presupuesto. Entre otras cosas porque los del PNV le habían dicho hace poco: «Es que ya no sabemos qué más pedirte».
- Entonces la melancolía será por haber tenido que dejar a Rubalcaba cuando a él le hubiera gustado poner a Chacón o al menos que hubiera habido primarias…
- ¡Qué va! Él cree que en un momento tan difícil hace falta un senior no un junior. Y piensa que ha acertado. Fíjate lo que me dijo, lo apunté para contártelo: «Que el PP no se crea que esto va a ser un paseo militar. Conozco a Alfredo. Sé cómo trabaja y cuánto trabaja. El hundimiento del PSOE está ya descartado. Y si la campaña se presidencializa, puede saltar la sorpresa, porque Alfredo le barre a Rajoy en liderazgo».
- Perdona, yo creo que Rajoy va a ser mucho mejor presidente de lo que lo sería Rubalcaba.
- Él dice que los ciudadanos van a pensarse mucho esta vez el voto y que Rubalcaba tiene muy buena entrada entre las clases medias y en sectores profesionales que generan opinión. ¡Ah! y comentó también que el tono de la campaña será el mismo del acto de presentación de la candidatura: «Alfredo cree que España necesita reflexión, no agitación».
- Ya. Y por eso han puesto las elecciones el 20-N…
- Se rió cuando salió lo de la fecha. Dijo que interpretar la elección en función de la coincidencia con la muerte de Franco era una «pijada», que el problema es que era el único domingo posible…
- ¿Te dijo «pijada»?
- Sí, una «pijada». Que el 20-N es la única fecha posible para que la campaña no coincida ni con la Fiesta Nacional ni con el puente del 1 de noviembre, y para que haya nuevo gobierno antes de Navidad.
- O sea, que pase lo que pase, Zapatero no comerá el turrón en La Moncloa. Por eso tiene sensaciones agridulces…
- Sí, dice que «como en la amistad y como en el amor» los buenos recuerdos se mezclan con los malos… No, lo de melancólico viene a cuento de que repasó conmigo algunas de sus oportunidades perdidas. Como si estuviéramos delante de una moviola.
- ¿Por ejemplo?
- Pues él se arrepiente de no haber tenido reflejos para pinchar la burbuja inmobiliaria… Pero, claro, entonces era muy difícil bajar al país de la euforia. ¿Sabes qué imagen se le ha quedado grabada de esos años, de lo que él llama «el momento dulce»? Pues cuando la ministra de Fomento llegaba a los Consejos de Ministros con grandes planes de inversión y Solbes le decía: «¡Magdalena, no me calientes la economía!».
- Hombre, lo peor de esa primera legislatura fue la negociación política con ETA y lo del Estatut…
- Bueno, él lamenta que esos dos asuntos le impidieran entenderse mejor con Rajoy, porque en el fondo se caen bien. Siente lo que pasó en ese debate del estado de la Nación, cuando no le contó que iba a haber aquel encuentro del PSE con Batasuna. Pero dice que él «estaba pillado», que Rajoy lo interpretó como un «engaño» y que eso generó «desconfianza».
- ¿«Pillado»? ¿Te ha dicho «pillado»?
- Sí, en el sentido de que no podía hacer otra cosa.
- ¿Y lo de Cataluña?
- Sostiene que no fue él, sino el Parlamento catalán quien hizo el Estatut. Aunque, fíjate, me reconoció que cuando dijo en aquel mitin lo de que aceptaría el Estatuto «que venga de Cataluña», ya se dio cuenta de que se estaba metiendo en un problema. ¿Tu sabías que aquello fue un discurso que le escribió Barroso para contentar al PSC y que él ni siquiera lo había leído antes? Pues eso.
- ¿Y sobre la segunda legislatura?
- Dice que lo que le ha tocado vivir es tan fuerte que a veces piensa que su vida comenzó aquel domingo de octubre de 2008 después de la quiebra de Lehman Brothers, cuando parecía que el mundo se hundía, y Sarkozy convocó a los líderes europeos a la cumbre de urgencia en el Elíseo.
- ¿Y qué pasa con los tremendos errores cometidos desde entonces?
- Él sostiene que nadie podía imaginar la dimensión de esta crisis. Y que luego, cuando tuvo que bajar el sueldo de los funcionarios, él ya sabía cuál iba a ser el coste político. Por eso cuando el 22-M la mayoría de los funcionarios abandonaron al PSOE y votaron al PP, él ya estaba «muy bajo de defensas» y asumió enseguida el papel de culpable ante el partido…
- ¿Y dices que a pesar de todo le viste contento?
- Sí, porque él cree que su sacrificio ha merecido la pena. Me contó que el otro día almorzó con Sócrates y que le dijo que, aunque vivía muy bien como ex, sentía la amargura de haber tenido que pedir dinero a otros países. «Ver cómo intervienen tu país es lo más duro que le puede pasar a un gobernante y eso es lo que hemos evitado en España». Entonces es cuando añadió lo de «me he abrasado, pero he hecho reformas».
- Pues con la prima de riesgo en 350 yo no cantaría victoria… Podemos tener un agosto de aúpa.
- Él descarta que vaya a pasar nada grave. Me explicó que los intereses que pagamos por la deuda sólo suponen el 2,2% del PIB. Menos que en Francia o Alemania. Sí, nos costará un poco más caro financiarnos, pero nada más. Además en agosto se mueve muy poco dinero. Y él se va a encargar de garantizar con las medidas de ajuste que el déficit no pase del 6%.
- ¿Y luego qué?
- ¿Cómo que luego qué?
- Sí, ¿qué planes tiene a partir de la disolución?
- Será un presidente en funciones muy institucional, hará poca campaña electoral, se irá a vivir tan contento a León, vendrá al Consejo de Estado en el AVE y ayudará al que gane las elecciones.
- ¿De qué manera?
- Pues poniendo a su disposición su experiencia, ayudándole a abordar lo que, en su opinión, son las grandes asignaturas pendientes. A mí me explicó tres: una reforma del Estado autonómico que garantice la lealtad de las comunidades para que, por ejemplo, no puedan incumplir acuerdos del Consejo de Política Fiscal; una reforma de la «estructura empresarial» que, a través de cambios en el Impuesto de Sociedades, estimule que las inversiones de las grandes compañías se hagan en España y no en el extranjero; y una reforma del desempleo para que no paguemos a tanta gente por no hacer nada.
- No está mal para empezar… O mejor dicho para terminar.
- Pero según él aún más importante que todo esto es lo que llama la «reforma de las actitudes» para impulsar un nuevo patriotismo. Considera imprescindible una «recuperación de los afectos» entre los miembros de la clase política. Porque alega que «si quieres a tu país, terminas entendiéndote con todos».
- ¿No suena eso a su típico buenismo sin contenido?
- Sí y no. ¿A que no sabes con quién se tomó el otro día un café de varias horas?
- ¿Con Guardiola?
- Frío, frío.
- ¿Con Stiglitz?
- Bueno, sí estuvo con él, pero ése no cuenta. ¡Con Aznar!
- ¡No me jodas!…
- Con Aznar. No había vuelto a La Moncloa desde el 2004. ¿Y sabes lo que me dijo José Luis? Pues que «ese tío se conoce lo de Europa de cojones, que lo entiende como nadie».
- ¿Dijo «de cojones»? Entonces la cosa fue bien…
- Sí, sí: «De cojones». Aznar sostiene que el dilema para Europa es optar por el camino de los estímulos, como en Estados Unidos, o por el camino del encefalograma plano, como en Japón. Y Zapatero está de acuerdo. Por eso defiende tanto lo de los eurobonos y la propuesta de Trichet de crear un ministerio europeo de Finanzas.
- Aznar y Zapatero de acuerdo sobre el futuro de la UE… Eso sí que es una noticia.
- Los dos creen que la solución para España es más Europa. Zapatero está muy preocupado porque cree que Grecia puede necesitar más de 200.000 millones durante los próximos 10 años y ve que, aunque Merkel ha flexibilizado su rechazo a absorber esa deuda, ahora mismo el único país que sostiene el equilibrio en Europa es Francia. Me lo explicó de forma muy gráfica, cerrando las manos y tirando en ambas direcciones. Por un lado está Alemania y más allá Holanda y Finlandia, que no quieren comprometerse a nada. Por el otro España, Italia y los demás…
- Pero, oye, cuéntame más de lo de Aznar…
- José Luis se quedó muy contento. Tenía ganas de tomar ese café hace tiempo. El encuentro fue cordial. Discreparon, claro, en relación al País Vasco. Aznar está muy preocupado. Cree que en dos años habrá una operación política independentista muy peligrosa…
- Es que, perdona, lo de Bildu ha sido todavía peor que la gestión de la crisis económica. ¿Qué dice Zapatero de eso?
- Pues que al Gobierno le hubiera gustado no legalizarles todavía. Pero que supo lo que iba a pasar en cuanto vio el resultado de la votación en el Supremo. Según él, los magistrados que estuvieron en minoría en el Supremo son los «discípulos» de los que tienen la mayoría en el Constitucional…
- Sí, unos y otros promovidos por el PSOE.
- Pero él dice que no movió un dedo para influir sobre ellos. Que se enteró de sus decisiones por los teletipos.
- Mira, lo que es un disparate es poner sobre la mesa los informes de las Fuerzas de Seguridad, movilizar a la Abogacía del Estado, movilizar a la Fiscalía y perder esa batalla… ¿Y qué cree que va a pasar ahora con ETA?
- Que no volverá a matar pero que tampoco se va a disolver. Y le preocupa, claro, que en una circunscripción como Guipúzcoa haya una fuerza independentista que obtenga el 35% de los votos.
- ¿Entonces?
- Él es consciente de que entre eso y la economía el Gobierno que llegue va a tener un panorama tremendamente complicado. Y encima con el riesgo de lo de Artur Mas…
- ¿Cómo lo de Artur Mas?
- Él cree que el PP no va a tener mayoría absoluta y que Rajoy puede caer en la tentación de aceptar el pacto fiscal que exige Artur Mas. Eso haría inviable el sistema autonómico. José Luis piensa que antes o después serán necesarios grandes acuerdos de Estado entre el PSOE y el PP, y como ex presidente, él hará todo lo posible para favorecerlos.
-A buenas horas mangas verdes.
-Pero eso es lo que él entiende por ser un ex presidente ejemplar. No dará la lata. Ayudará siempre que se lo pidan. ¿Y sabes qué es lo que me dijo al despedirme? Agárrate. «Siento que estoy en mi mejor momento político». Con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¡El gato de Cheshire!
- No, el optimista antropológico. Me lo dijo convencido. Seguro que vendrán otros que lo harán mejor que él, pero ninguno será tan demócrata ni tan simpático. Le echarás de menos.
- Oye, por curiosidad, ¿qué comisteis?
- Gazpacho con virutas de jamón, un pescado a la romana y sandía con bolitas de melón. Él se las tomó con sal, como hacía el coronel Lozano.
Jano Bifronte colgó el teléfono. La conversación había sido tan larga e intensa que sólo entonces me di cuenta del olor a churrasco que llegaba de la cocina. Siniestro total. El faisán judicial se me había pasado completamente de hornada y tendría que improvisar algo nuevo, aunque fuera un picnic, para la comida del domingo. Menos mal que mi amigo me había dejado esos «panecillos» tiernos.
pedroj.ramirez@elmundo.es
El último traje (según Shakespeare), de Pedro J. Ramírez en El Mundo
OPINIÓN: CARTA DEL DIRECTOR
No es fácil describir la súbita alegría del importante miembro del Gobierno con quien almorcé el miércoles. Las pupilas de sus ojos emitían destellos chispeantes, la sonrisa se le ensanchaba buscando las orejas y los dedos se le hacían huéspedes en pos de los mensajes de móvil que desde la sede del PSOE valenciano le informaban puntualmente de la progresión de Camps hacia el acantilado de su indignidad.
Inmediatamente antes de recibirme a su mesa había hablado con Zapatero y Rubalcaba y un rayo de luz se abría de repente paso entre su cielo entoldado. Después de la masacre electoral del 22-M y de estas humillantes semanas batiéndose en retirada, el PSOE había encontrado al fin un argumento letal, quien sabe si toda una killer application, para pasar al contraataque. Porque si Rajoy había convencido a Camps de que se declarara culpable para eludir la propaganda adversa del juicio de los trajes en plena campaña de las generales, eso no sólo significaba que -como acababa de enfatizar EL MUNDO- la Comunidad Valenciana pasaba a tener un «Molt honorable mentiroso y delincuente», sino que el propio Rajoy había engañado a los españoles al proclamarle una y otra vez inocente a sabiendas de que no lo era.
Mi interlocutor, curtido en mil lizas electorales, se frotaba literalmente las manos, ensayando ante mí los argumentos del próximo mitin. Rajoy se erigía así como un amo despótico suplantando a los tribunales en el trance de impartir justicia. Camps había sido inocente hasta el mismo momento en que Rajoy había decidido lo contrario. El líder del PP era un cínico egoísta empeñado en defender lo indefendible hasta el mismo momento en que había dejado de convenirle. Ni la dignidad de los valencianos, ni los intereses de los españoles le importaban un bledo. Su ambición ciega por llegar a La Moncloa arrumbaba cualquier otra consideración y lo que estaba ocurriendo con Camps no era sino el último ejemplo. «Me apuesto lo que quieras a que en estas circunstancias no se atreve a debatir con Alfredo».
Además estaban los suculentos efectos colaterales. «Supongo que si Ricardo Costa se declara culpable en el sumario de los trajes también lo hará en el de la financiación ilegal del partido… ¿O es que va a hacernos creer que al negarlo todo ha mentido en lo uno y ha dicho la verdad en lo otro?». La imagen de la cúpula del PP valenciano condenada por aplicar las técnicas de extorsión de Filesa a través de El Bigotes y su clan encandilaba ya al eufórico ministro cuando le llegó el mensaje de que Camps acababa de abortar su peregrinación a los juzgados, ordenando a su abogado retirar el escrito por el que se aquietaba en una ominosa sentencia de conformidad.
En un primer momento mi interlocutor vio en ello la exasperación del conflicto: Camps desafiaba a Rajoy y se atrincheraba en la Generalitat, después de que dos de sus colaboradores ya le habían dejado en evidencia, al reconocer ante el juez que les regalaban los trajes. El ministro levitaba. Yo no lo veía tan claro y menos cuando supimos que el aún presidente acababa de anunciar una inesperada comparecencia para las cinco de la tarde. Nos despedimos con la incertidumbre flotando en el ambiente pero en su última mirada ya no afloraba el instinto del cazador enfilando a su presa sino el temor a verla desvanecerse entre la bruma.
Así fue. Todo había sucedido en Valencia tan embarulladamente como los demás actos del drama desde que Camps se metió en el lío de los trajes, dejándose llevar por lo que Rita Barberá acaba de definir como su «bonhomía» y cualquier observador neutral tildaría como mínimo de estupidez. Pero al final, quien osara comparar hace dos años ante las Cortes Valencianas su resistencia con la de Churchill, comprendió, en un imprevisto brote de realismo, que si trataba de evitar la dimisión mediante la indignidad de declararse culpable, se quedaría para siempre con la indignidad y no evitaría la dimisión.
Es imposible saber en qué medida fue la última conversación telefónica con Rajoy la que le sacó de su error. Pero es obvio que la negativa del líder del PP a garantizarle su apoyo para seguir en la Generalitat bajo el baldón de haber admitido el cohecho impropio y la sombra del artículo de los Estatutos del PP que impone la expulsión de todo condenado por delito doloso, precipitaron el desenlace.
¿Era ya consciente Camps en el momento de su patética comparecencia final de que, cual burlador burlado, había caído en la trampa urdida por Federico Trillo y Juan Cotino con la santa desvergüenza de los mejores agentes dobles? Probablemente sí porque sólo el shock intenso de quien descubre que se le ha tendido una celada cuando ya es demasiado tarde y sólo queda cubrirse el rostro con la toga para expirar con dignidad sobre la silla curul, explica su risa floja mientras se declaraba «harto» de que los logros de la Comunidad Valenciana quedaran relegados en los medios de comunicación por los de su sastre.
Fue en todo caso su insistencia en replicar a nuestro editorial y aferrarse en términos de conducta y empeño a su condición de «Molt Honorable» lo que me llevó a rebobinar su comparecencia, quitándole el sonido y poniendo en su boca las palabras que realmente Camps quería pronunciar. En primer lugar para describir la dimensión de su «sacrificio» en el momento de la inmolación:
«Retiro de mi cabeza este peso abrumador, de mi mano este cetro incómodo, de mi corazón este orgullo real; lavo el óleo que me ha consagrado con mis propias lágrimas; entrego mi corona con mis propias manos; anulo mi poder sagrado con mi propia lengua; asiento con mi propio hálito todos los juramentos de obediencia; abjuro toda pompa y toda majestad…»
Pero sobre todo para explicar el motivo profundo de su rectificación in extremis:
«Tú mandas en mi vida pero no en mi honra; mi deber es consagrarte la una, pero mi buen renombre, que a despecho de la muerte me sobrevivirá en la tumba, no tienes poder para arrojarlo al negro deshonor».
Aunque el destinatario final de unas y otras palabras sea obviamente Rajoy, nadie como Trillo para calibrar su significado y trascendencia pues ambas citas de Ricardo II figuran en las páginas 128 y 374 de su libro El Poder Político en los Dramas de Shakespeare. En el primer caso es el propio rey derrocado el que habla; en el segundo, Mowbray, duque de Norfolk, negándose a admitir su culpabilidad.
¿Cuál ha sido el papel del propio Trillo, instalado en la vivienda de Camps, acampando como enviado de Rajoy y hermano en la fe, en el sancta sanctorum de su conciencia moral? Sin duda el del obispo de Carlisle cuando se dirige al monarca tambaleante: «No temáis, milord: la potestad que os hizo rey, tiene potestad para conservaros rey a despecho de todo» (pag. 149).
Ese fue el mecanismo del autoengaño inducido que llevó a Camps a creerse invulnerable, blindado frente a cualquier eventualidad por el respaldo de Rajoy: «El soplo de los simples mortales no puede desposeer al diputado elegido por Dios… que opone a favor de su Ricardo uno de sus ángeles gloriosos… Sólo la mano de Dios puede desposeernos de nuestra lugartenencia…» (pag. 152).
El problema es que Camps creía estar alojando al ángel de la guardia y tenía en casa al ángel exterminador. Tras casi dos años en los que había permanecido instalado en esa «magistral inactividad» que en tiempos de Shakespeare se atribuía a la reina Isabel (pag. 120), el líder del PP había llegado a la correcta conclusión de que, una vez consumada la acusación del juez Flors, su apoyo a Camps se convertía no sólo en un peligro para él sino en un impuesto injusto sobre las bases del PP y en un obstáculo intolerable para la alternancia democrática. Había que removerlo, pero debía hacerse, como siempre, a modiño.
Rosa Estarás recordaba el otro día su mezcla de estupefacción y espanto cuando tuvo que asistir en los albores de su carrera política a la fulminante decapitación de Gabriel Cañellas por Aznar en una implacable secuencia de apenas 48 horas. Con un liderazgo mucho menos asentado que el que actualmente detenta Rajoy, aquel bisoño jovenzuelo del bigote se zumbó a uno de los dos únicos presidentes autonómicos que tenía el PP mientras literalmente se fumaba un puro. Muy poco antes yo había coincidido con ambos en el AVE de vuelta de Sevilla tras la boda de la Infanta Elena. Eramos los únicos pasajeros en aquel vagón y Aznar se instaló lo más lejos posible de Cañellas sin dirigirle la palabra para que constara su desaprobación a los chanchullos del túnel de Soller, de mucho menor calado sin duda que los de la Gürtel.
Nada que ver con este otro modelo de solución de conflictos. Rajoy ha mantenido a Camps durante estos dos años oscilando entre el sí pero no y el no pero sí. Aunque en privado le mandaba mensajes crípticos, en público no dejaba de respaldarle -«No voy a liquidar la carrera política de nadie por tres trajes», me dijo en febrero en Veo7- y Camps sólo escuchaba lo que le interesaba oír. Hasta que llegó su hora.
El último traje de Camps ha sido su mortaja pero se equivoca gravemente Trillo al pavonearse de haberle tomado las medidas como aquellos enterradores del Far West siempre prestos para la ocasión cuando se mascaba la tragedia. Su gira del día siguiente de emisora en emisora evocaba también la tarjeta de visita de Harvey Keitel en Pulp Fiction: «Soy el señor Lobo. Soluciono problemas». O incluso el momento en que el hijo mayor de Tito Andrónico le informa de la ejecución de uno de sus enemigos en un pasaje que el ex ministro de Defensa olvidó consignar en su suculento libro: «Mirad, padre y señor, como hemos cumplido nuestros ritos romanos. Los miembros de Alarbo han sido cercenados y sus entrañas alimentan el fuego del sacrificio, cuyo humo perfuma el cielo como incienso».
El riesgo de Trillo que, por cierto, se negó a entregar su acta de diputado como hubiera sido pertinente cuando su subordinado el general Navarro fue condenado por las falsas identificaciones de las víctimas del Yak, reside en el hecho de que Rajoy no puede quedar tampoco como el jefe inhumano que ordena acabar con quien se interponía en su camino hacia el poder. Suele decir que él también «tiene corazón» y no me extrañaría que cualquier día hiciera suyas las palabras que Enrique IV dirige a aquel a quien encargó ejecutar a su antecesor:
«Aunque le desease muerto, odio al asesino y amo al asesinado. Recibe por tu trabajo los remordimientos de tu conciencia… Ve a errar con Caín a través de la sombra de la noche y no muestres jamás la cabeza al día ni a la luz» (pag. 305).
Pero no adelantemos acontecimientos. Para el PP bien está lo que bien acaba. Camps nunca debió ser candidato a la reelección. Sin embargo ahora ha pagado cumplidamente por sus errores políticos declinando un cargo por el que tanta fascinación y apego sentía. Eso implica que la presión ha cambiado ya de bando, los sitiadores se han convertido en sitiados y a mi anfitrión del miércoles, que tan felices se las prometía, debieron atragantársele enseguida las lentillas. Seguro que a estas alturas el PSOE del Faisán y de los ERE estará ya arrepentido de haber convertido la exigencia de dimisión de Camps en el eje principal de su acoso al PP. Y eso que solo yo escuché al aún presidente valenciano musitar las últimas palabras que Mortimer conde de March dirige antes de morir al bando contrario en una reciente versión libre de Enrique IV:
«Ese es el peligro de remover la tierra; amigo y enemigo están tan enraizados, que cuando arrancas el cuerpo de un adversario detrás siempre desentierras el de un amigo».
pedroj.ramirez@elmundo.es
El arreglo, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Si los autos judiciales fueran multimedia todos los ciudadanos interesados en el caso Faisán habrían podido escuchar ya el audio de los fragmentos transcritos por el juez Ruz, correspondientes al anonadado monólogo en el que Joseba Elosua le cuenta a su cuñado lo nunca visto, lo que jamás pudo imaginar ni desde lo más hondo de sus vapores etílicos, la fantasía más grande que vieron los siglos: ¡la txakurrada, ayudándole a él, al recaudador de ETA, a no ser detenido!
Habrá que esperar sin embargo al juicio oral -varias emisoras de radio han dramatizado la lectura de estos textos, pero no es lo mismo- para constatar la autenticidad de ese asombro, lo genuino de esa estupefacción, incompatible con la alambicada penúltima cortina de humo, según la cual Elosua llevaba ya mucho tiempo trabajando para la Policía y el chivatazo trataba en realidad de preservarlo como confidente. Bullshit.
Será tal la elocuencia del sonido ambiente que ay de los jueces o fiscales que, desviándose por mor de sus querencias políticas de la doctrina del Supremo sobre la colaboración con banda armada, se hubieran atrevido a calificar los hechos de otra manera. Si avisar a ETA de lo que debía y no debía hacer para conservar incólume su trama de extorsión no es colaborar con ETA, que quiten entonces ese delito del Código Penal.
Seguro que, cuando llegue el momento, la atención de la opinión pública se repartirá, como ya ha ocurrido ahora, entre el sobreentendido vinatero según el cual cada millón de pesetas extorsionado era «una botella», la sarta de expresiones blasfemas y homófobas -«o maricones o maderos», sabiniano tenía que ser este faisán- que jalonan la jadeante incredulidad de Elosua y las elocuentes referencias políticas a ese «proceso que hay quien quiere que se rompa».
Mi pasaje favorito volverá a ser, sin embargo aquel que sirve de caja de resonancia a una variante mucho más modesta de las palabras de quien presuntamente era el Jefe Superior del País Vasco, Enrique Pamies, arrastrando su brillante historial por el ignominioso fango de una excusatio non petita extraída de la noche de los tiempos: «Yo no soy político… yo lo que quiero es que esto se arregle… no sé, oye, si se arreglará… pero que se arregle».
Es la frase culminante del sumario. No sólo porque resume el utilitarismo chapucero que latía bajo ese aviso de emergencia que los policías daban a los delincuentes que durante décadas habían financiado los asesinatos de sus compañeros para que eludieran el cerco de la Justicia, sino porque refleja a la perfección el desistimiento moral y la abdicación democrática de quienes tenían ya interiorizado el empate como único resultado posible de su lucha contra ETA.
Había que arreglar lo de la redada en marcha contra el grupo del Faisán y se arregló. Chapucera y atropelladamente, pero se arregló. No en vano este era ya el Gobierno del como sea. Ahí queda para la posteridad la imagen del inspector Ballesteros captada por las cámaras de vigilancia cuando se disponía a entrar, teléfono en ristre, para servir de mensajero de la infamia. Nunca sabremos con qué nivel de precisión y claridad se expresó Pamies a lo largo de los ocho minutos durante los que consumó la acción más vil achacable a un policía, pero en lo inaudito de su pecado ha encontrado a la postre su penitencia, pues fue tal el aturullamiento que sus palabras provocaron en Elosua que pocos minutos después nos lo encontramos a bordo del Ford Focus, diciéndole a su yerno entre una retahíla de frases inconexas que «en el coche y por teléfono… nada».
Si el recaudador de ETA no hubiera dicho en el coche que la Policía le había avisado de que no hablara en el coche, el chivatazo habría pasado desapercibido y quedaría impune para siempre. Pero todo quedó registrado para eterna vergüenza y oprobio de los implicados y sus superiores por la chicharra colocada por orden judicial en el vehículo desde hacía dos meses.
Una de las principales aportaciones del auto del juez Ruz -al margen naturalmente de su demoledora carga probatoria contra los procesados- es la minuciosa reconstrucción de las pesquisas contra esta trama específica de ETA cuya importancia y envergadura aconsejaron la firma en París de un protocolo ad hoc, por el que se creó un equipo policial conjunto que trabajó a las órdenes de los jueces Grande Marlaska y Levert. Sólo esto, y no una iniciativa policial o política para enmendar el yerro como pretende Rubalcaba, explica que seis semanas después del chivatazo se procediera a la detención de los etarras extorsionadores cuando ya habían podido destruir todo tipo de pruebas.
Si hubiera sido por el Ministerio del Interior Elosua y compañía no habrían sido detenidos nunca, o al menos no durante la tregua y las negociaciones de aquella primavera. Así queda bochornosamente documentado en las actas incautadas al entonces jefe de ETA Thierry, quien tomó nota de cómo el 22 de junio de 2006 uno de los interlocutores enviados por el Gobierno se refirió así a la redada: «Es un accidente grave… Es un asunto que viene del juez… Cuando lo escuché me irrité y entiendo que vosotros también lo estéis».
Todo indica que el irritado solidario con la banda de matarifes era José Manuel Gómez Benítez, el letrado amigo de Garzón que incomprensiblemente sigue siendo hoy vocal del Poder Judicial después de que Rubalcaba lo convirtiera en una especie de representante personal en aquellas oprobiosas negociaciones. Pero daría lo mismo que hubiera sido el ex fiscal general Moscoso o el patético Eguiguren. El sentido del comentario y la aclaración sobre quién llevaba ya las riendas queda perfectamente nítido cuando, aludiendo al nombramiento de Rubalcaba como titular de Interior, el enviado de Madrid añade que se han hecho «cambios en el Gobierno con la intención de blindar el proceso».
De ahí que la pregunta que quepa hacerse en este momento es si el episodio del Faisán, además de un execrable acto delictivo que debería llevar a prisión a sus ejecutores y artífices, es también un hito coherente dentro del itinerario que ha desembocado no ya en la legalización sino en la glorificación de Bildu, hasta el extremo de permitir a ETA encaramarse al altar de su triunfo, utilizando como peana el cadáver de Miguel Ángel Blanco.
El hecho de que ese recorrido esté jalonado por importantes logros policiales frente a ETA puede parecer que desbarata esa interpretación, a menudo llevada hasta el extremo por Jaime Mayor. Cada vez que se ha visto en apuros, Rubalcaba ha recurrido a un estribillo que no deja de impactar a las almas sencillas: tantas detenciones en tantos meses, ningún asesinato o atentado en esos meses. Pero la verdad de lo ocurrido es más compleja y nada ayuda a entenderlo mejor que la frase de Pamies sobre el arreglo.
Rubalcaba se ganó la gratitud eterna de Zapatero -y probablemente la disparatada oportunidad de la que disfruta ahora- durante los meses posteriores al atentado de la T-4 y al final formal de la tregua, pues en lugar del reguero de asesinatos que debió soportar Aznar en 2000, le ofreció el desfile hacia la cárcel de los cabecillas etarras. Eso y el control de daños que supuso admitir en la entrevista que le hice entonces que los contactos habían continuado tras la voladura de Barajas -para él habría sido letal que lo hubiera descubierto Ángeles Escrivá por su cuenta-, permitieron a Zapatero eludir en 2008 el castigo que merecía en las urnas por haber mantenido una negociación política sin precedentes con los terroristas.
Pero desde el mismo momento en que el PSOE soslayó ese escollo, Rubalcaba comenzó a explicar por doquier -yo mismo lo escuché en más de una ocasión- que a ETA había que darle una salida política a la vez que se la derrotaba policialmente. Nada podía convenir más al ansia de inmortalidad de alguien como Zapatero, incapaz de conformarse en ningún ámbito con la correcta gestión de los problemas de los españoles. No, el destino que unía a estos dos hombres que siguen sin enterarse de que murieron, codo con codo, acribillados a balazos el pasado 22 de mayo, no podía limitarse a perseverar en el acoso a ETA hasta convertirla en un tigre de papel sin otra expectativa que la rendición. Ellos tenían que pasar a la Historia como los artífices del fin de la violencia en el País Vasco. Zapatero pondría las palabras grandilocuentes; Rubalcaba, el arreglo.
¿Cuántas veces no habremos escuchado desde la banalidad de la barra del bar expresiones del estilo de «esto hay que arreglarlo como sea», «que se vayan si quieren», «que les den la independencia, pero que nos dejen en paz»? Nada tan español como lo del arreglo. Te arreglan el reloj, te arreglan los frenos del coche, te arreglan la nevera o el aire acondicionado, para que al cabo de un tiempo todo se vuelva a estropear. Un arreglo no es una solución, es un parche, un remiendo para ir tirando y luego Dios dirá. Y para eso Rubalcaba se las pinta solo: nadie le atribuye una visión del Estado o un proyecto para España, pero todos le consideran un hábil operador político. Jamás ha compuesto una sola melodía original, pero como arreglista de la música ajena resulta de lo más apañado.
Ese fue su papel en el encubrimiento de los GAL. No pudo impedir que Barrionuevo y Vera fueran condenados, pero logró que no inculparan a González a cambio de hacerles el pasillo en Guadalajara y de chantajear al PP para que les indultara. Su rol en la obstrucción de la investigación del 11-M viene siendo parecido, recurriendo sin el menor escrúpulo a la mentira para apuntalar a Sánchez Manzano y con él a la insostenible versión oficial basada en la arreglada mochila de Vallecas. Y entre tanto su aportación a la cuestión de ETA fue convencer a Zapatero de que había que sustituir la negociación por el arreglo.
Rubalcaba se dio cuenta de que con la oposición del PP y la movilización de las víctimas era imposible que la sociedad española aceptara unos acuerdos entre los poderes públicos y ETA equivalentes a los de Blair con el IRA. Sobre todo, porque en nuestro caso cualquier compromiso que afectara a la soberanía y la territorialidad -lo único aceptable para la banda- supondría una vulneración de la Constitución y tendría un coste político abrumador para quien hiciera esas concesiones.
Había que sustituir el esquema de las negociaciones de paz de la primera legislatura en pos de la foto de la entrega de las armas por el del deslizamiento hacia una situación de hecho que permitiera a las dos partes cantar victoria sin haberla realmente conseguido. Y era además requisito imprescindible que el Gobierno pareciera ajeno a los beneficios políticos que obtuviera la banda terrorista a cambio de dejar de matar y de aceptar estoicamente las detenciones de algunos de sus miembros mientras otros fueran excarcelados con todo tipo de argucias.
Pocos episodios ilustran mejor lo ocurrido que el momento en que, barruntándose la jugada, el presidente del Supremo Carlos Dívar plantea a Rubalcaba que si el Gobierno quería que la izquierda abertzale se presentara a las municipales, lo que tenía que hacer era aceptar la inscripción de Sortu, a expensas de lo que pudiera decir la sala de lo Contencioso ante un eventual recurso. La respuesta fue que no, que el Gobierno prefería poner directamente el asunto en manos de los tribunales y, de hecho, movilizó a la Abogacía del Estado y a la Fiscalía para escenificar un rechazo que de sobra sabía que al final quedaría neutralizado en el Constitucional por su Pascual, criado leal. En esa peripecia estuvo el cursus honorum de Bildu: cada día de incertidumbre y notoriedad añadió miles de votos a su zurrón.
El problema de todo remiendo es su carácter efímero. Sobre todo, si se basa en intentar engañar a varios a la vez. Nunca sabes por dónde van a reventar las costuras de lo tan precariamente hilvanado. Además, Rubalcaba ha desplazado a Zapatero, sin darse cuenta de que políticamente está tan muerto como él, y ahora su nivel de exposición es máximo. La poca credibilidad que en apariencia le queda se evaporará el día en que, una vez que la chicharra del Faisán ha sentado a sus colaboradores en el banquillo, las chicharras del arreglo con ETA le dejen a él en evidencia.
pedroj.ramirez@elmundo.es
Los ‘banqueros’ son la SGAE, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Al atardecer del 19 de Floreal del año II de la República Francesa, vulgarmente conocido como 8 de mayo de 1794, una caravana de no menos de diez carretas cruzó el puente que une la Île de la Cité -sede del a la vez siniestro e imponente palacio de Justicia o Conciergerie- con la almendra central de París y emprendió su peregrinación, calle de Saint-Honoré arriba, hacia la plaza de la Revolución -antes de Luis XV y hoy de la Concordia- en la que aguardaba madame Guillotine.
Dieciséis meses después de la ejecución del rey, y una vez que habían visto rodar sucesivamente las cabezas de los llamados girondinos, de María Antonieta, del duque de Orléans, de los sans-culottes más radicales o de Danton y sus amigos indulgentes, los parisinos empezaban a dar muestras de hastío ante las crecientes dosis de Terror que les suministraba el Comité de Salud Pública dominado por Robespierre y sus dos principales acólitos, el bello arcángel de la Revolución Louis-Antoine de Saint-Just y el paralítico Couthon.
Además, en la medida en que su política proteccionista basada en fijar precios máximos para los productos de primera necesidad no había servido sino para extremar el desabastecimiento de los comercios parisinos, el gobierno revolucionario iba perdiendo el apoyo de la calle, y en su propio seno se iba gestando la intriga que dos meses y medio después desembocaría en el golpe de Thermidor.
Por todo ello aquella hornada masiva que había sido despachada hacia el cadalso, previo cumplimiento del trámite de un juicio exprés en el Tribunal Revolucionario, constituía todo un test para la popularidad del llamado Gran Comité. Enseguida quedó patente que el gobierno pasaría la prueba: la plebe se agolpaba sobre los adoquines del trayecto y asomaba malencarada tanto por las ventanas de las plantas bajas, que habitaban los burgueses, como por los ventanucos de los pisos altos en los que se hacinaban los sans-culottes. Por doquier partían imprecaciones, aliñadas con feroces escupitajos, contra los condenados y expresiones de apoyo al régimen terrorista. Los niños y los perros seguían al cortejo y junto a la guillotina, a la luz de las primeras antorchas, aguardaba en mayor número que nunca una legión de tricoteuses, aquellas furiosas mujeres que alternaban el ganchillo con los aplausos al verdugo y los abucheos ensordecedores a cualquier justiciable que osara intentar hablar. El éxito estaba asegurado.
No podía ser de otra manera pues los pasajeros forzosos de esa lúgubre decena de carretas renqueantes eran nada menos que 27 antiguos fermiers généraux, responsables por contrata regia -la Ferme Générale- del cobro de los impuestos directos e indirectos a lo largo de las últimas décadas. Tal era el odio que el pueblo profesaba a estos agentes tributarios que se lucraban con la carga fiscal acumulada por el Viejo Régimen sobre los hombros del tercer estado -la aristocracia y el clero siempre terminaban estando exentos- que ni siquiera distinguía entre quienes habían ejercido sus funciones con probidad y mesura de quienes habían abusado corruptamente de ellas.
Para los indignados o enragés del momento un fermier général era un fermier général y punto. Si aun antes de la toma de La Bastilla habían dado rienda suelta a sus frustraciones quemando los fielatos de las aduanas que cercaban París para que ni una sola mercancía dejara de pagar impuestos, ver marchar ahora hacia el patíbulo a los operadores de ese tinglado opresor sólo podía ser motivo de éxtasis. Nadie reparó pues en que entre las 27 víctimas figuraba Antoine Lavoisier el padre de la química moderna quien al despedirse de uno de sus primos acababa de escribir: «Nada de todo lo importante que he hecho por la Nación, por el bien de la ciencia y el conocimiento humano puede salvarme de este deprimente final. Debo morir como alguien culpable».
La técnica de recurrir a la oportuna inmolación del chivo expiatorio para enmascarar las taras del gobernante y distraer a los gobernados de sus problemas reales es tan vieja como el Estado mismo. Desde los sacrificios rituales en los que las antiguas civilizaciones aplacaban a los dioses hasta los procesos múltiples con los que los modernos totalitarismos han purgado sus propias filas, hemos visto subir una y otra vez los peldaños del patíbulo a grupos de víctimas propiciatorias, elegidas ora por su origen étnico, ora por su actividad. Stalin rizó el rizo al inventar el complot de los médicos, que acabó con la ejecución de una docena de galenos, casualmente todos judíos.
Cuanto menos tiene que ofrecer un político, más necesita inventar un enemigo; cuanto menos capaz es de movilizar a los ciudadanos a través del entusiasmo, más necesita aglutinarlos mediante el odio. Cualquiera que repase la trayectoria de Rubalcaba se dará cuenta de que esta ha sido la pauta reiterada de sus recetas políticas. Por eso se maneja siempre el cliché de que es muy querido por los suyos y muy temido o detestado por los adversarios. Para Rubalcaba la acción política consiste esencialmente en la fabricación de estereotipos maniqueos hacia los que encauzar la ira popular y a nadie puede sorprenderle que en esta ocasión haya empezado por los banqueros.
Si hay un colectivo fácilmente guillotinable es el de los financieros. Máxime en un momento en el que la inmensa mayoría de quienes padecen la crisis económica no tienen las mínimas nociones de Economía necesarias para entender lo que les pasa y por qué les pasa. El argumento rubalcabiano de que los bancos atrajeron a ingenuos solicitantes de hipotecas con todo tipo de facilidades a sabiendas de que no podrían devolver los préstamos y eso les permitiría quitarles los inmuebles, sin tan siquiera cancelar la deuda para seguir exprimiéndoles de por vida, tiene la doble ventaja de que libera de responsabilidad a quienes se entramparon mucho más allá de lo prudente y convierte en émulos de Robin Hood a los activistas que claman por la dación e impiden por la fuerza la ejecución de los desahucios. ¿Cómo no van a apropiarse de la calle los indignados si el ministro del Interior ha hecho suyas sus reivindicaciones -o al menos su retórica-, abocando en la práctica a la policía a una huelga de porras caídas?
Si con cualquier otro protagonista este relato implicaría ya un alarde de simplificación y demagogia, tratándose de alguien que lleva siete años en el poder, hay que elevarlo a la categoría del más burdo de los cinismos. Porque Rubalcaba sabe mejor que nadie que los bancos son un sector regulado que desarrolla su negocio dentro de los márgenes estrictos que mediante sus directrices, coeficientes, obligaciones de provisión e inspecciones periódicas les marca el Banco de España. Un Banco de España cuya autonomía nominal queda siempre amortiguada por el nombramiento de su máximo responsable por parte del Ejecutivo. Algo significará que Fernández Ordóñez pasara sin solución de continuidad de secretario de Estado de Hacienda y Prespuestos a gobernador.
Y es que, para mayor abundamiento, resulta que ese Gobierno de cuyo núcleo duro formaba parte Rubalcaba hasta ayer ha alardeado una y otra vez desde que estalló la crisis del perfecto funcionamiento de nuestro sistema financiero y en especial de la salud, vigor y eficiencia de los bancos españoles. De ahí que haya tomado la muy discutible decisión de imponer la transformación de las cajas en bancos, obligándolas a salir en el peor momento al mercado de capitales y, por lo tanto, al mercado de ejecutivos para apuntalar la confianza de los inversores en sus equipos dirigentes.
Nada era tan previsible como el encarecimiento de la captación de recursos -y su traslación a los clientes- y las alzas salariales de los fichados o retenidos por las entidades. Por lo tanto, si el vicepresidente y portavoz del Gobierno que ha desencadenado este fenómeno aparece al mismo tiempo con la ocurrencia compensatoria, verbalizada por el ministro de Trabajo, de un impuesto especial sobre los bancarios mejor pagados, lo mínimo que se merece es que el nada sospechoso de querencias oligárquicas Cándido Méndez tilde todo ese discurso de «soplapolleces». ¿O por qué no se incluyó si no esa disposición en el Real Decreto sobre retribuciones del sector financiero del que el propio Rubalcaba dio cuenta tras el consejo de ministros del 3 de junio?
Nada de esto impide desdoblarse en la hipocresía al candidato que proclama en pleno hidromasaje periodístico que será ahora, ya cumpliendo los 60, cuando al fin pueda ser «él mismo». Pero justo en el momento en que se apresuraba a subir a empujones a los banqueros a la carreta para someterlos al paseíllo de las iras populares, Rubalcaba se ha encontrado con que hay un estamento aún más detestado al que el personal ha empezado a tirar tomates por su cuenta. Con el inconveniente añadido de que se trata de un grupo de personas hondamente arraigado en el entorno social del PSOE y cuyos desmanes sólo han sido posibles gracias a la complicidad o al menos la negligencia del Gobierno.
Me refiero, naturalmente, a la cúpula de la SGAE, una sociedad de gestión de derechos bastante parecida en el fondo a aquella odiada Ferme Générale del XVIII. La principal diferencia es que entonces se privatizaba de forma injusta el cobro de tributos destinados al erario y ahora los poderes públicos imponen y recaudan un tributo injusto -el canon digital- destinado a unas arcas privadas. Seguro que entre los artistas de la SGAE también hay gente eminente -no sé si tanto como Lavoisier- y cabe subrayar que la mayoría de los fermiers généraux eran personas cultivadas y mecenas de las artes y las letras. Pero en uno y otro caso se había ido creando un abismo creciente entre su privilegiado elitismo y las estrecheces del pueblo. Con el agravante para los activistas zapateriles de la SGAE de que en teoría ellos viven del público, por el público y para el público. Un público que, en efecto, como se lamentó Ernesto Caballero, tal vez les admira, es dudoso que les respete pero, desde luego, ya no les quiere.
Cualquiera que siguiera la rueda de prensa en la que los portavoces de la SGAE anunciaron la gestora con la que pretenden enmascarar su negativa a entregar la cabeza del Bautista, comprobaría la agresividad rayana en el linchamiento de muchas preguntas. Cuando el mismo Víctor Manuel reconoce que el juez del caso «ha pillado cacho», es decir, que a la propia impopularidad del canon y de los métodos desalmados para cobrar derechos de autor hasta a las peluquerías hay que sumar ahora el descubrimiento de una trama corrupta en el seno de la organización, no es de extrañar que el veredicto social esté ya emitido.
El escándalo no ha podido estallar en un momento más inoportuno para esta especie de beautiful people de la charanga y el sintetizador, pues ha coincidido con la hora del crepúsculo en el cielo protector de Zapatero. ¿Coincidido? Rodríguez Ibarra insinuaba el jueves mucho más al presentar los ataques a los banqueros y la redada contra la SGAE como «dos cosas que indican un tiempo nuevo» en el que el PSOE debe consumar su «acercamiento al 15-M». Y apostillar enseguida: «No sé si ha tenido algo que ver Rubalcaba».
Recuerdo que a comienzos de los 90, en pleno escándalo Ibercorp destapado por EL MUNDO, me encontré con el ex ministro Barrionuevo en el restaurante La Fuencisla. Pensé que no me dirigiría la palabra -hacía tiempo que estaba en el punto de mira de nuestras investigaciones sobre la guerra sucia- pero ante mi sorpresa vino a felicitarme por el servicio que estábamos rindiendo a la sociedad y, según él, «a la izquierda» al poner en evidencia a quienes se habían enriquecido gracias a sus conexiones con un sector del Gobierno. «Eso es lo que le importa a la gente y no lo de los GAL», me dijo.
Tiene razón Zapatero en que tras la proclamación de ayer de Rubalcaba habrá «un antes y un después». De lo que no parece darse todavía cuenta es de que uno de los síntomas más nítidos de ese «tiempo nuevo» anunciado por el ex bellotari elevado al Consejo de Estado será la laminación y, si es preciso, el arrastramiento de los personajes más identificados con aquella democracia bonita que pudo ser y no fue. Vae victis. Las carretas ya están listas en el Patio de Mayo de la Conciergerie: al final de la inocencia ha resultado que los reyes son los padres y los banqueros -o sea los malos de la película-, los cejudos de la SGAE. ¡Ay, ZetaPé!
pedroj.ramirez@elmundo.es
La autopsia del doctor Tulipán, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Tenía razón Jiménez Losantos cuando en su columna escrita al pie del último debate de totalidad de la era Zapatero alegaba que el «único presidente» que había en el hemiciclo era Rajoy. Al menos en el sentido de que el óbito del titular del cargo había entregado, por primera vez en nuestra historia parlamentaria, el dominio de la escena al jefe de la oposición.
Poco importaba ya que la causa del fallecimiento hubiera sido el suicidio, el accidente laboral o el apuñalamiento por la espalda. El difunto Zapatero estaba allí, de cuerpo presente, y tan sólo quedaba por dilucidar qué tipo de trato iba a dar a su cadáver quien tenía en sus manos el bisturí, las pinzas y el escalpelo. A pocos pudo sorprenderles que Rajoy se comportara con esa misma contención humanitaria, con ese mismo respeto hacia la dignidad del muerto que un joven pintor de 26 años llamado Rembrandt percibió o insufló en el protagonista de su famoso cuadro La lección de anatomía del doctor Tulp.
Rembrandt asistió a la sesión organizada el 31 de enero de 1632 por el Gremio de Cirujanos de Ámsterdam para cumplimentar su encargo de realizar uno de aquellos retratos de grupo tan en boga en la burguesa y próspera capital de las Provincias Unidas que habían logrado independizarse de España al amparo de la fe calvinista y el comercio con las Indias. En esa «vulgar colmena del capitalismo», explica Simon Schama en su admirable libro Los ojos de Rembrandt, «a las abejas les encantaba zumbar juntas y no como individuos aislados».
Al menos en la comunidad médica y científica el doctor Tulp era la abeja reina. Se llamaba en realidad Claes Pieterszoon, pero todo el mundo le identificaba por la flor de origen oriental en forma de turbante alargado -de tulbund vino tulp, o sea, tulipán- que figuraba tanto en la fachada de su casa como en la puerta del carruaje con el que recorría la ciudad visitando a los enfermos. De hecho, cuando fue elegido para formar parte del Consejo Municipal, su preceptivo blasón no incluía más figura que la de un tulipán dorado sobre un fondo azul con una pequeña estrella en un extremo.
Aunque el doctor Tulp pasaba por ser un hombre calmado y meticuloso, tan obsesionado por la fisiología humana como para equiparar su descubrimiento de la válvula ileocecal -en el tramo final del intestino- con las esclusas que regulaban el caudal de los canales holandeses, es imposible saber si la decisión de romper con la forma tradicional de representar esas sesiones invernales en las que se diseccionaba el cadáver de algún recién ejecutado, partió de él o del pintor. Eran acontecimientos sociales en los que se cobraba entrada y en los que, como dice Schama, «había música, comida, bebida y conversación; había intestinos, sesos y corazones que contemplar, velados sólo parcialmente por el humo del incienso que se quemaba para enmascarar el desagradable olor del cuerpo».
El difunto que aquel día yacía sobre la mesa no era sino un ladrón de medio pelo apodado Aris Kindt -o sea, «el niño»- que había cruzado la línea roja de golpear con saña a una de sus víctimas y había sido ahorcado de inmediato en el puerto. Lo procedente según el ritual era comenzar la sesión de anatomía con la extracción de sus vísceras y eso es lo que con toda seguridad hizo el doctor Tulp. Pero a Rembrandt parecía no interesarle toda esa casquería. Quizás porque, como apuntaría un fascinado Joshua Reynolds, trataba de evitar que su cuadro resultara «asquerosamente desagradable».
Su legendario óleo muestra el cadáver intacto del delincuente, iluminado por un prodigioso color cerúleo, con una única incisión en el antebrazo izquierdo, y se centra en el momento en el que el doctor Tulp levanta con sus pinzas, sujetas con una mano, los músculos flexores del finado para explicar su funcionamiento; y reproduce con la otra el consiguiente movimiento que generarían en los tendones y en los dedos de una persona viva.
Toda la magia del cuadro reside en ese mismo contraste entre la rigidez de la muerte y el dinamismo propio de la vida que con machacona y didáctica insistencia describió una y otra vez Rajoy durante el debate del martes, en relación a la tremenda coyuntura de la economía española. Como los flexores de la actividad que son la inversión y el empleo han dejado de funcionar hace mucho y no circula la sangre del crecimiento, los dedos de todas las políticas sociales -desde la sanidad a las pensiones pasando por la educación- permanecen yertos, atrapados por el rigor mortis.
Tanto a través de sus palabras como de las subsiguientes propuestas de resolución -rechazadas, como de costumbre, de forma indiscriminada por el PSOE- Rajoy explicó cómo estimulando la contratación, el consumo y hasta la natalidad puede ir devolviéndose el vigor a los tendones y reanudarse el movimiento de las articulaciones. Para ello es preciso limpiar el sistema sanguíneo de la arteriosclerosis de la desconfianza, pues la propia percepción por parte de los mercados de que al frente del Gobierno de España no queda ya sino un cadáver listo para la autopsia, contribuye a encarecer las emisiones de deuda generando un círculo vicioso en el que los ahorros obtenidos mediante recortes y sacrificios se van por ese desaguadero.
Las elecciones generales deberían celebrarse, por lo tanto, no en noviembre, trinchera de retirada sobre la que al parecer se apalanca en estos momentos Zapatero, una vez disipada su fantasía post mortem de llegar hasta marzo, sino en octubre. Es decir, en la primera fecha disponible tras las vacaciones. Cada día que se pierda en estas circunstancias no hará sino empeorar las cosas. Máxime cuando ha sido el propio Zapatero quien ha apuntalado la convicción general de que su muerte política se produjo el 22-M, al introducir en el debate de esta semana su pintoresca ceremonia de los adioses.
Pero el calendario va a depender al final de otras personas y eso nos hace volver al cuadro de Rembrandt -o más bien a su recreación por Ricardo Martínez dentro de esta magistral serie de homenajes a los genios de la pintura de algunos de los últimos domingos- para fijarnos en las siete figuras que rodean al doctor Tulp y al cadáver del malhechor ajusticiado. En el margen izquierdo aparecen dos individuos relegados a la condición de espectadores pasivos: hemos asignado ese papel a los portavoces José Antonio Alonso y Llamazares pues el uno sólo va a asentir a lo que se le diga y el otro -como el resto de las minorías de izquierda- sólo puede oponerse a cuanto parezca emanación del bandazo económico de mayo de 2010. Tampoco hemos tenido duda al adjudicar a Bono la identidad del personaje que controla la lista de asistentes, supervisando al conjunto del grupo con una mezcla de distancia y actitud de espera.
Sólo queda centrarnos en las cuatro figuras que forman la pirámide o punta de flecha que tiene su base en el propio cadáver. Es esencial fijarse en sus gestos y sobre todo en sus miradas pues, como ya ocurría casi siglo y medio antes en La última cena de Leonardo, constituyen los elementos de los que se sirve el pintor -los «ojos de Rembrandt» no son sino los de sus personajes- para reflejar los «movimientos del alma». De hecho, no tiene nada que ver la mirada del cirujano que estira su cuello desde el lado izquierdo del cuadro para fijar obsesivamente sus pupilas en el brazo del cadáver como si esperara algo de un estertor postrero, con la del que, juiciosa y reservadamente, centra a su lado la atención en las explicaciones del doctor Tulp como quien escucha al heraldo del futuro. Esa es la diferencia entre la actitud del portavoz del PNV Josu Erkoreka, empeñado en sacarle al finado hasta la última hijuela, y la del representante de CiU Duran Lleida, a quien no le amargan ocho hospitales o la colocación de una ristra de «bonos patrióticos», pero lo que de verdad le preocupa es el margen de entendimiento que pueda tener con Rajoy tras las generales.
Sobre sus dos cabezas hemos colocado la de Rosa Díez, identificándola con la figura que, reprobando sin ambages al desvalijador difunto, mira más directamente al libro desplegado que se atisba en el ángulo inferior del cuadro. No hay duda de que si en aquella lección de anatomía se trataba de la obra de Vesalio De humani corporis fabrica, auténtico libro de referencia para el doctor Tulp y sus colegas, en ésta no puede ser otra sino la Constitución de esa «nación discutida y discutible» llamada España a la que Rosa y muchos millones de ciudadanos aún nos aferramos como ámbito de protección de nuestras libertades democráticas.
¿Y ese último personaje que, pretendiendo dominar el cuadro desde la cima de la pirámide, señala al cadáver con su dedo índice mientras simultáneamente parece vigilar más que observar al doctor Tulp? Según Schama era un tal Frans Van Loenen y su relevancia era tal «que le hacía estar casi a la par que el propio primer anatomista». Obviamente, aquí y ahora no puede ser otro que Rubalcaba, satisfecho de mostrar los despojos de aquel cuya muerte ha acelerado en provecho propio y presto a abalanzarse sobre el tulipán del PP, a la menor oportunidad que tenga para ello. Por una vez, sus intereses y los de España pueden coincidir, pues sabe que el buen verano turístico abrirá en el otoño una ventana de oportunidad en forma de falsa mejoría del empleo que, sin embargo, se cerrará bruscamente a final de año como consecuencia de la cruda realidad subyacente.
En un poema dedicado al cuadro de Rembrandt siete años después de su ejecución, Caspar Barlaeus elogia cómo «los malvados, que hicieron el mal mientras vivieron, hacen el bien tras su muerte; la salud se beneficia de la muerte misma». Sustitúyase o no «malvados» por «errados»: aquí tenemos una buena descripción de la oportunidad que abrirán las urnas para que quien suceda a Zapatero y su catastrófico Gobierno aprenda de sus desoladoras equivocaciones. Pero mucho me temo que para ello el doctor Rajoy va a tener que abandonar su pausado hieratismo y abrir en canal el cadáver, que no es solamente el de su adversario sino también el de la propia España, pues es en su estómago donde están alojados todos los sapos, culebras y hasta caimanes tipo Bildu que nos han hecho tragar.
En el siglo XVII a un médico le resultaba más fácil lucirse en una sesión de anatomía que curar enfermedades que ni siquiera era capaz de diagnosticar. De hecho a la hora de la verdad el vademécum del doctor Tulp siempre desembocaba en la colocación de sanguijuelas, las revulsiones con ventosas de cristal caliente destinadas a «arrancar» las infecciones y las trepanaciones craneales para aliviar la presión sobre el cerebro de quienes padecían fuertes dolores de cabeza.
El doctor Rajoy podrá aplicar otras técnicas pero en definitiva tendrá que intervenir sobre órganos y zonas mucho más sensibles que los flexores de un antebrazo pues, por purulenta que nos parezca, nuestra crisis económica no es sino el producto de una honda crisis política autóctona exacerbada por una mala coyuntura internacional.
De todas las miradas de los protagonistas del cuadro de Rembrandt la más singular es la del propio doctor Tulp, que «se pierde en la distancia como en un rapto de meditación cristiana» para simbolizar «que su destreza es la genialidad del Creador». De todos los presidentes de la democracia, Zapatero es el único que se ha declarado abiertamente ateo. Rajoy, por el contrario, es católico practicante y aunque no me cabe duda de que seguirá dando al César lo que es del César, más le vale ir invocando la protección del más allá, ya se trate del cielo redentor o de los manes de la filosofía, a ver si eso le ayuda a discernir lo esencial de lo accesorio, porque como escribe Schama, fijándose en ese doctor Tulp con una mano alzada y la otra sosteniendo su herramienta, «saber es ver; ver es saber: la cáscara y el grano, el cuerpo y el alma». Nuestra cáscara se agrieta día tras día, pero la fuente de los males que padecemos brota desde mucho más hondo, pues está alojada en las entrañas mismas del alma de España.
pedroj.ramirez@elmundo.es
Alice en Twitterland, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
La del alba sería cuando el 10 de marzo decidí comenzar mi Timeline de Twitter. Ciento y pocos días después, en el momento de la revisión final de esta Carta, he enviado 6.561 mensajes de 140 caracteres -la inmensa mayoría con mis propios dedos-, tengo 39.150 seguidores y perseguidores y aspiro a incrementar esa cifra con muchos de ustedes porque mi propósito de hoy, lo digo sin ambages, es abiertamente proselitista.
Nuestro gran Pedro G. Cuartango se hacía eco en su columna del miércoles del pequeño debate que tuvimos durante una cena con amigos intelectuales sobre la presunta antinomia entre la dedicación a Twitter y la lectura. Con la transigencia y flexibilidad propia de nuestro ADN corporativo, admitía haber pasado de una posición desdeñosa, asimilable al «Twitter makes you stupid» del difunto Bill Keller, a admitir mi observación sobre el carácter polifónico de la conversación que mantenemos mediante mensajes cortos y por lo tanto el planteamiento de que la calidad de Twitter depende de la de cada red de tuiteros.
Sentadas esas bases, Cuartango concluía que «carece de sentido confrontar la vindicación de los libros que yo hago con su apasionada defensa del Twitter. Son dos cosas distintas y complementarias si uno tuviera tiempo y energía». No me conformo, sin embargo, con ese amable ofrecimiento de armisticio y paso a reanudar las hostilidades alegando que, aunque empecé haciéndolo con un doble propósito instrumental -captar la opinión de la calle y promocionar de forma viral nuestras actividades editoriales-, la verdadera razón por la que cada mañana entro en Twitter es porque se trata de una prolongación de la misma pasión que comparto con Pedro por los libros.
Es obvio que Twitter es lectura y escritura. Podemos hablar con toda propiedad de que se ha creado un nuevo género literario que cuenta con Arquíloco, Marcial, Gómez de la Serna o Monterroso entre sus inconscientes precursores. Hay buenos y malos tuiteos como hay buenos y malos poemas o buenos y malos artículos. Desde el punto de vista de su valor social, Twitter es un tablón de anuncios en perpetuo movimiento como el que Montaigne pedía que se colocara en algún lugar de las grandes ciudades. Pero en la dimensión de la experiencia personal Twitter es también el escenario del viaje del héroe, llámese Phileas Fogg o Leopold Bloom, Eneas o Quijano, fulanito o menganita. Por eso no es casual que cada tuitero se identifique mediante un avatar, concepto que, mucho antes de que se hiciera la famosa película de James Cameron, la RAE ya identificaba con el «descenso o encarnación de un dios».
De la misma manera que la gama de los trayectos literarios abarca un abanico que va desde la pulp fiction al Ulises pasando por las novelas de caballerías, las de Karl May, Julio Verne, Melville o la saga de El señor de los anillos, cada periplo tuitero aporta texturas diferentes pero todos tienen como denominador común esa bifurcación del yo que -como bien recordaba Pedro al metamorfosearse en distintos personajes literarios- constituye en definitiva la esencia de nuestra relación con los libros.
La primera vez que me di cuenta de que en Twitter pasaban cosas inesperadas e incontrolables fue cuando recibí un abucheo coral por haber enviado un mensaje escrito íntegramente con mayúsculas. No entendía nada, hasta que me explicaron que emplear la caja alta equivalía a levantar la voz, es decir a gritar… y quién me había creído yo que era para emplear esos modales nada más llegar.
Fue de esa manera como empecé a darme cuenta de que, casi por casualidad, me había caído en el agujero del conejo y al fondo del túnel de los sueños empezaba a vivir aventuras similares a las que le sirvieron a Alicia para descubrir -según el, más que crítico, gurú Harold Bloom- que «la vida es un extraño viaje en el que hay juegos gobernados por muchas reglas, aparentemente arbitrarias, que a menudo no entendemos».
Tal arbitrariedad fue quedando patente según fui comprobando que existían los trolls -criaturas malignas tomadas prestadas del imaginario de Tolkien que se infiltran en los Timeline sólo para insultar soezmente- pero nadie era capaz de catalogarlos ni de imponerles un código de conducta. O cuando fue imposible ponerse de acuerdo sobre qué hacer si alguien incita a que te asesinen, como ocurrió con un chico de Zaragoza que terminó retractándose, o suplanta tu personalidad, como le pasó a Pío García-Escudero, en cuyo nombre se emitieron durante horas los más groseros comentarios escatológicos.
Con su habitual entusiasmo ante los nuevos problemas legales, @JavierCremades me ha propuesto organizar un debate entre juristas y tuiteros que se llamaría algo así como Tweets and Law. El empeño merece la pena pero dudo de que avancemos mucho ni siquiera en el plano de la autorregulación pues lo que se percibe en las entrañas de esta red social es un ansia roussoniana por aferrarse al estado de naturaleza y poner diques a todo intento civilizador. De ahí que esa bifurcación del yo, esa diversión en el sentido orteguiano y por lo tanto lúdico entre la persona que tuitea y el personaje que encarna su avatar pueda ser modulado a voluntad, de forma que @pedroj_ramirez se relaciona por igual con otros colegas o figuras públicas cuyo margen de desviación respecto a sus ideas conocidas es tan pequeño como el mío, con personas que concurren a la contienda con su nombre real y fotos reales, con quienes mantienen el nombre pero emplean una imagen falsa o ficticia y con quienes permanecen celosamente escondidos bajo un seudónimo y un icono fruto del capricho.
Esta asimetría iguala y da pie a todo tipo de fantasías en las que las mesoneras se transforman en princesas, las princesas en mesoneras, los gigantes en molinos y los molinos en gigantes. Twitter es una torrencial sucesión de escaramuzas en las que hay dragones, mazmorras, expediciones de castigo o de rescate y tribunales de honor en medio de un constante entrechocar de las espadas. Las alianzas se hacen y deshacen y cada tuitero puede alardear como Falstaff no sólo de su propio ingenio -«Witty in myself»- sino del inducido en los demás: «The cause that wit is in other men».
La magia de Twitter emana de la aparente contradicción entre la anarquía de esa jungla salvaje sin ley ni orden y el rígido aro de los 140 caracteres por el que deben pasar por igual «el noble y el villano», los premios Nobel y los analfabestias. «Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas», escribió Neruda y aún le sobraron 39 caracteres. El momento exacto en que la niña Alicia da paso a la heroína Alicia es precisamente cuando se da cuenta de que debe empequeñecerse para caber en el mundo en el que ha aterrizado. «¡Qué extraño!», exclama tras ingerir el providencial bebedizo. «Siento como si me estuviera plegando como un telescopio». Ese es el juego: va a menguar para aprender a crecer. En eso consiste la síntesis de cualquier argumento en una treintena de palabras. He ahí el césped sobre el que se desarrollan lo que el psicólogo Piaget denomina «las estrategias del ego».
Todas las aventuras de Alicia son típicamente tuiteras pues los personajes aparecen, desaparecen y reaparecen a salto de mata extravagantemente estereotipados en sus brevísimos monólogos y ella misma disfruta empleando palabras hermosas que no sabe del todo lo que significan -latitude, longitude- para impresionar a los demás. Pero hay una escena que parece la representación plástica del Twitter mismo: me refiero a la partida de croquet en la que los flamencos se convierten en bastones, los erizos en pelotas y los soldados contorsionistas de la Reina de Corazones forman los angostos arcos, tal vez de 140 milímetros de diámetro, por los que tiene que transcurrir el juego.
Es una instalación de quita y pon en la que todo parece suceder plácidamente hasta que de repente alguien se pone a gritar «¡Cortadle la cabeza! ¡Cortadle la cabeza!» e incluso las briznas de hierba se movilizan para improvisar el cadalso y ejecutar la sentencia. Yo lo aprendí el día en que uno de nuestros columnistas más iconoclastas se había pasado sobradamente de frenada y en cuestión de minutos se formó una caravana de antorchas que ríete tú de los caucus de linchadores del Ku Klux Klan.
A Twitter hay que llegar no sólo a oír sino también a escuchar. Yo decidí quitar un cadáver de la foto de portada del terremoto de Lorca a instancias de centenares de tuiteros y eso me valió un disgusto con la redacción. Pero también hay que saber mantener la sangre fría para no dejarse arrastrar por esas llamaradas de histeria -los diosecillos tienen sed- que se apagan tan deprisa como se encienden.
En esa capacidad de discriminación está la clave. De la sabiduría o el instinto de cada tuitero depende percibir cuándo merece la pena asumir una opinión ajena sólidamente reiterada, cuándo hay que ponerse de brazos en jarras ante una iniciativa infecciosa -«No os tengo miedo, sólo sois un manojo de cartas», les dice Alicia a los que hacen trampas en el croquet- y cuándo hay que recurrir a la solución extrema de bloquear a un troll contumaz, impidiéndole el acceso a tu Timeline. Yo sólo lo he hecho tres o cuatro veces.
Reconozco que cuando les cuentas a tus seguidores que has ido a cortarte el pelo, que se te ha caído el iPad en una calle de Londres con pronóstico cercano al siniestro total o que estás en el teatro y a ver si aciertan de qué obra se trata, hay una dimensión frívola y hasta exhibicionista que te acerca a El show de Truman. Pero en estos tres meses y medio mi cuenta en Twitter ha servido para dar muchas noticias, plantear grandes debates, hablar de literatura y filosofía, crear pequeñas citas diarias como el #bonusparatuiteros o los Tuits al Director, impulsar la #quedadapj que reunió a más de un centenar de asiduos en la sede de EL MUNDO, inventar etiquetas premonitorias como #rubalnoquiereprimarias o su divertida secuela #primariasde1solo e incluso para conseguir que la lluvia de vocablos castellanos canalizada como #trespalabrasespañolas fuera Trending Topic, o sea asunto destacado de conversación a nivel mundial el sábado de la semana pasada.
Se podrá inquirir, desde la perspectiva de Cuartango, dónde está la profundidad de la experiencia que justifique que yo invite hoy a todos los lectores de EL MUNDO a hacerse tuiteros e incorporarse a este Magical Mistery Tour. La respuesta es doble: el bagaje de las personas cultas y exigentes nos mejorará inmediatamente a los demás; y resulta que la posibilidad de añadir enlaces con textos largos, fotos o imágenes permite que Twitter tenga un fondo de armario, una trastienda todo lo rica que se quiera detrás de los 140 caracteres.
He ahí la extensión del telescopio. De hecho ya tengo decidido que cuando en septiembre publique mi próximo libro, un libro distinto a todos los anteriores que no pasará inadvertido -esto es una primicia-, mi Timeline incluirá un club de lectura en el que iremos desgranando capítulo a capítulo sus aportaciones y significado.
Esa es también la cuestión de fondo que late tras mi insistencia en tratar de convencer al mayor número posible de tuiteros para que se suscriban a Orbyt: optimizar el uso de la tecnología al servicio de una vivencia intelectual común, compartir materiales de trabajo y debate, consolidar un núcleo de reflexión que impulse un proyecto regeneracionista de la democracia española a través del nuevo modo interactivo de leer los periódicos. Ah, y disfrutar del placer de ir juntos a la ópera o a otros espectáculos. ¡Qué ganas tengo, por cierto, de que alguien contraste la experiencia de usuario de Orbyt con la experiencia de usuario del anti-Orbyt que lanzan ahora los que han preferido restarse con tal de no sumar!
Lo dicho. Abran ahora mismo su cuenta, elijan su avatar y empiecen a tuitear. Verán cómo su vida se bifurca, cómo el telescopio se pliega y se despliega. No tienen por qué seguirme. Pero si lo hacen se implicarán aún más en este proyecto periodístico que va ya por su año 22. Les prometo tantas diversiones, naturalmente efímeras, que enseguida tendrán que contestarles a sus amigos lo mismo que Alicia les dijo al Grifo y a la Tortuga Artificial cuando insistían en oír alguna de sus peripecias: «Podría contarles mis aventuras, pero son las que empezaron esta mañana. No vale la pena comenzar por las de ayer porque entonces yo era una persona diferente». Carpe diem.
pedroj.ramirez@elmundo.es
El Boabdil vasco, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Debo empezar pidiendo la venia a María San Gil, Maite Pagaza, Rosa Díez, Ana Iribar, Marimar Blanco, Sandra Carrasco y al resto de vascas indomables que, al plantar cara a ETA y a los suyos en los peores momentos, han demostrado que el valor no es una cuestión de género. Pero cuando escuché el otro día las reacciones lastimeras de Patxi López sobre la «evidente vuelta al pasado» que suponían los actos de coacción protagonizados por Bildu en las tomas de posesión de los alcaldes y sobre todo cuando le oí quejarse de que el PNV se esté prestando a configurar «un frente nacionalista» con los radicales, no pude evitar dirigirle mentalmente el reproche machista más famoso de la leyenda histórica: «Llora como mujer, lo que no supiste defender como hombre».
Y es que sólo la agria descalificación que su madre Aixa la Horra dirigió a Abú Abd Allah, último rey de Granada, más conocido en el bando cristiano como Boabdil, compendia al mismo tiempo el desdén que merece quien no ha sido capaz de batallar por su causa a tiempo y la constatación de la esterilidad de sus lamentos cuando la catástrofe ya se ha consumado y sus consecuencias resultan irreversibles.
Siento tener que levantar acta de esta decepción pero en medio del abigarrado retablo de perdedores del 22-M, cuyo denominador común es ya, por cierto, seguir aferrándose a sus cargos orgánicos como si nada hubiera sucedido, la figura de Patxi López supera en patetismo incluso a la del Invictus de Parla y a la de la criaturita valenciana de Pepiño Blanco. Si siguiera otorgándose la distinción al Tonto Contemporáneo o se instituyera el Abundio de Oro, para señalar a quien con más ahínco haya actuado contra sus propios intereses generando mayor estropicio por el camino, el lehendakari sería este año su ganador indiscutible.
Los constitucionalistas vascos -y por ende todos los españoles- han tenido mala suerte al encontrarse con un personaje de muy escasa envergadura cuando se les abrió la ventana de oportunidad de colocar a uno de los suyos -a uno de los nuestros- en Ajuria Enea. ¡Qué distinto habría sido el curso de los acontecimientos si el paladín para esta ocasión hubiera sido Redondo Terreros o la propia Rosa Díez, Mayor Oreja o el propio Basagoiti!
Lo malo no es que la forma en que Patxi López se hizo con el liderazgo del PSE, aupado por Ares y todos sus abencerrajes del aparato, recordara bastante aquellas guerras civiles del reino de Granada plagadas de traiciones y oportunismo, sino que a la hora de la verdad ha resultado ser un líder tan débil y torpe como aquel malhadado Boabdil que enseguida se convirtió en rehén de sus enemigos.
Si había una persona en toda España que debía haber liderado ardorosamente la oposición a la legalización de Bildu, ese era el lehendakari del cambio, el hombre que prometió a los demócratas vascos que «se acabó la arrogancia de quienes utilizan el argumento del amparo velado de la capucha» y a continuación añadió que «este país se construirá sobre la memoria de las víctimas y no sobre la de sus verdugos».
Patxi López pronunció estas palabras, en una de sus mejores horas, con motivo del asesinato del inspector Eduardo Puelles, calcinado vivo hoy hace dos años dentro del toro de Falaris en que ETA convirtió su automóvil en el parking de Arrigorriaga mediante una bomba lapa cargada con un voraz combustible llamado aminotol. Resulta más que elocuente que la familia, liderada por el hermano ertzaina de la víctima, no haya invitado al lehendakari al homenaje que le tributará en este segundo aniversario.
Y es que, claro, ha bastado que transcurrieran estos 24 meses para que la trágica realidad sea exactamente la opuesta a la descrita con tintes de compromiso por López. «La pregunta clave es cómo se contará aquí el final de ETA», me comentaba el otro día Josean Izarra, director de EL MUNDO del País Vasco. «Con los resultados del 22-M ETA y Batasuna ya tienen el elemento central de su relato. Dirán que todas las muertes tuvieron sentido porque permitieron que sus reivindicaciones fueran escuchadas y quedaran reflejadas en el reparto institucional vasco».
O sea que la memoria oficial sobre la que se construirá el futuro será la de los verdugos, a costa de la de las víctimas que seguirán viendo desgarrada y pisoteada su dignidad a diario. Y eso en el mejor de los casos, porque aún cabe una pesadilla mayor, alentada por los movimientos que se detectan en Francia -véase el material que transportaba el detenido anteayer-: la de que no exista tal final de ETA y la ocupación institucional se simultanée con la reanudación de los atentados.
Sí, ya sé que quienes tomaron la decisión de legalizar a Bildu, revirtiendo el criterio del Tribunal Supremo, fueron Pascual Sala y los otros cinco magistrados del Constitucional cuyos nombres recuerda cabalmente Luis del Val todas las mañanas en la COPE. Pero ese fue el desenlace de un intenso debate jurídico y político en el que Patxi López, doblemente legitimado como lehendakari y como líder de los socialistas vascos, desempeñó exactamente el papel opuesto al que le correspondía. Todavía hay que frotarse los oídos para creerlo.
Su falta de personalidad, su inconsistencia política, su levedad estratégica le convirtieron en presa fácil por un lado de las fantasías de un desequilibrado con brotes agudos de síndrome de Estocolmo como Eguiguren y por el otro del doble juego de Rubalcaba que, creyéndose más listo que nadie, una vez más ha terminado siendo el auténtico ingeniero de este suicidio institucional que lastrará a nuestra democracia mucho más que la actual crisis económica. El resultado de esa doble atracción fatal no fue otro sino la sucesión de guiños del PSE y el Gobierno vasco a favor de la legalización de Bildu, con argumentos idénticos a los del PNV, que desconcertaron a sus electores hasta el extremo de mantenerles en casa o hacerles cambiar su voto el 22-M.
Nunca un presidente autonómico tuvo tantos motivos para plantar cara a un ensayo de laboratorio urdido desde la distancia de los despachos madrileños en perjuicio de los intereses de su comunidad y, muy especialmente, de los de su propio electorado. Si Bono le montó a Borrell la que le montó a propósito de Cabañeros o las Hoces del Cabriel, o Ibarra, Chaves, Maragall y hasta el pobre Montilla plantaron cara al Gobierno central en defensa de sus respectivas regiones, qué no podía haber hecho López con una causa mucho más nítida y justa entre las manos.
La legalización de Bildu nunca se hubiera llevado a cabo contra el Gobierno vasco. Habría bastado su veto para impedirlo, pero no sólo no lo ejerció, sino que se puso a la cabeza de la manifestación pro-abertzale, confundiendo dentro del PSOE las posiciones del PSE con las de un PSC que siempre apoya lo que pueda convenirle menos a la estabilidad constitucional de España. Ahora debe empezar a darse cuenta de que, una vez más, al químico prodigioso -el tacticismo hecho carne, según recordaba el propio González- le ha estallado la retorta entre las manos; y de que la legalización de Bildu se ha hecho, en la práctica, a costa de la destrucción del Gobierno vasco.
Porque no nos engañemos, la debacle socialista en las municipales significa de cara a las próximas autonómicas lo mismo que la pérdida de la plaza avanzada de Alhama supuso para la suerte del reino de Granada: el anuncio de lo inexorable. Si Zapatero es ya un pato tan cojo como para que el Rey le preste sus muletas con discoteca incorporada, Patxi López tendría que comparecer desde el 22-M a cualquier acto público en el tipo de silla de ruedas reservada a quienes han sufrido un siniestro total. Su ejecutivo sobrevive aún más de prestado y con menos resortes de poder que el Gobierno central, pues en el Parlamento de Vitoria sólo le mantiene la caridad cívica de Basagoiti y por primera vez en varias décadas el PSE no controlará ninguna de las tres diputaciones y ninguno de los tres ayuntamientos de las capitales y encima, ha perdido buena parte de sus feudos tradicionales.
Sólo los troyanos lo hicieron igual de mal al abrir sus puertas al caballo que determinó su perdición. Faltaba un ejemplo contemporáneo de lo que Barbara Tuchman describió en su libro The March of Fools como «la persecución de políticas contrarias al propio interés» y Patxi López -tradúzcase fool indistintamente como loco o tonto- nos lo ha proporcionado. Da igual que agote o no la legislatura: ya nadie le toma en serio y sus posibilidades de seguir en Ajuria Enea dentro de año y medio son entre cero y ninguna. Es muy probable que el PSE emerja de esas nuevas autonómicas como cuarta fuerza vasca y su triste destino será intentar volver a servir de peana bien al PNV, bien al propio Sortu que, con Otegi a la cabeza, ocupará el lugar de Bildu y competirá por la hegemonía nacionalista. Entre tanto ETA ejercerá su satisfecha tutela a través de comisarios políticos, como ese que le han colocado al nuevo alcalde de San Sebastián.
En junio de 2005 la madre del asesinado Joseba Pagaza escribió a Patxi López en términos proféticos: «Ya no me caben dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son». Se refería a su público encuentro con Batasuna y anticipaba la ignominia de la negociación política con ETA. Seis años después, aquella estrategia ha sido sustituida por Rubalcaba por otra mucho más sutil, consistente en ir comprando la interrupción de la actividad terrorista con recompensas políticas y estímulos penitenciarios. Cada parte parece actuar unilateralmente pero, como en el fondo se trata del mismo do ut des, es ahora cuando adquiere más importancia esa falsificación del lenguaje. Hemos pasado de llamar «proceso de paz» a esa negociación política, a referirnos al «fin de la violencia» para describir el triunfo paulatino de los violentos.
Al repasar la merma del poder municipal socialista el propio Zapatero se ha dado cuenta de que han hecho un pan como unas tortas y anda mandando mensajes crípticos con timbres de reproche. Sobre todo después de la huida hacia delante del lehendakari, prestándose a servir de punta de lanza a la conjura palaciega de Rubalcaba y Blanco que acabó con las primarias. Que en ese contexto alguien llegara a considerarle una opción de futuro como líder del PSOE indica lo bajo que se ha colocado el listón en ese barco a la deriva. Porque si a Boabdil no le llamaban el Chico sólo porque fuera bajito, ahora ha quedado demostrado que quienes hablaban premonitoriamente de Patxi Nadie tampoco se referían sólo a que fuera poco conocido. ¡Ay de mi Alhama!
pedroj.ramirez@elmundo.es
«Pienso pero no existo», de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Cuenta Robert Darnton que cuando en 1772 Diderot publicó los dos últimos volúmenes de su Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des metiers ya conocido como la Encyclopédie, rechazó de plano una propuesta de reedición por considerar que el resultado final de ese trabajo colectivo, promovido por D’Alembert y en el que a lo largo de un cuarto de siglo se habían implicado también Voltaire, Rousseau o el propio Montesquieu con un artículo póstumo, era «una monstruosidad, algo que habría que reescribir de principio a fin».
A esa sensación de fracaso contribuyó, por supuesto, la brega insoportable que los enciclopedistas tuvieron que mantener con la censura regia y eclesiástica, prácticamente desde la aparición del primer volumen en 1752. Mutatis mutandis los planteamientos inquisitoriales de los jesuitas y otros clérigos con vara alta en la corte de Luis XV no eran demasiado diferentes de los esgrimidos hoy por el Grupo Parlamentario Socialista al pedir nada menos que el bloqueo de la distribución del Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia hasta que una «comisión científica», ahormada a su satisfacción, corrija las desviaciones de la obra respecto a la ortodoxia dominante.
No es difícil entender que en el ecuador del siglo XVIII las interpretaciones racionalistas sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el valor de la teología o el propio concepto de tolerancia resultaran bastante más provocadoras a los ojos de la sociedad estamental de lo que, por muchos aspavientos que hagan, pueda serlo para la izquierda política y cultural de este momento la mirada benévola del antidemócrata Luis Suárez sobre la figura opresora de Franco. No en vano, como dice el propio Darnton, D’Alembert y Diderot habían «reorganizado el universo cognitivo y reorientado al hombre dentro de ese universo, mientras empujaban con el codo a Dios hasta dejarlo fuera».
Comprendo que alguien alegue que aquellas transgresiones alentaban el progreso y ésta contribuye a la reacción, pero la cuestión clave es si la libertad de opinión es un valor superior a esa dicotomía, como siempre hemos creído los volterianos -y a lo que se ve también el Tribunal Supremo, absolviendo a los editores filonazis-, o si por el contrario tiene tan sólo un sentido instrumental al servicio de las percepciones dominantes y la presunta verdad establecida, de forma que el hecho de que un proyecto se financie con dinero público ha de conllevar el derecho o incluso el deber institucional de velar por la corrección política de su contenido.
Es cierto que nuestro orden constitucional ofrece a la postre a cualquiera que se embarque en un proyecto intelectual de esta envergadura un marco de seguridad jurídica al que sólo en sus sueños más idealistas podían aspirar quienes trataban de encender aquellas primeras luces en medio de la oscuridad del absolutismo. Y eso se traduce en que por muchas resoluciones que adopte la izquierda parlamentaria y muchos banquillos tipográficos en los que la izquierda periodística pretenda arracimar a los académicos destinados a su paredón intelectual, sólo una resolución judicial firme, francamente inimaginable a la luz de la jurisprudencia recién aludida, podría detener la distribución del Diccionario Biográfico Español.
En el otro platillo de la balanza habría que colocar, sin embargo, el hecho de que a pesar de las semanas transcurridas desde la ignición de la polémica aún no haya surgido en el ámbito gubernamental o entre la propia progresía cultural una figura con la altura de miras y la capacidad de actuar contracorriente que caracterizaron a aquel heroico Malesherbes que, siendo el encargado de la censura como director de la Biblioteca Nacional, se convirtió en el principal protector de la Encyclopédie, llegando a ocultar sus originales en su propio domicilio cuando el Consejo de Estado ordenó destruirlos. Ni las pocas personas de calidad que quedan en el Gobierno, tipo Ángel Gabilondo o Miguel Sebastián, ni siquiera una figura au dessu de la melée como Bono, han levantado su voz para defender el derecho a difundir pensamientos heréticos en una sociedad pluralista. Y eso que vivimos en una época en la que las posibilidades de que te corten el pescuezo por distinguirte del rebaño, como le pasó al pobre Malesherbes cuando casi medio siglo después asumió la defensa de Luis XVI ante la Convención, son mucho más remotas.
Si en algunas noches de insomnio, cuando lo único iluminado alrededor son las luces cenitales de mi biblioteca, abro con veneración algún tomo de esa rara primera edición de la Encyclopédie que hace un par de años me vendió el librero Luis Bardón y que constituye hoy la más preciada de mis posesiones, no es porque desde una perspectiva canónica discrepe demasiado de esa opinión masoquista con la que Diderot hizo balance retrospectivo de tantos años de loable empeño. No se trata de una «monstruosidad» ni afortunadamente fue «reescrita de principio a fin», pero una parte significativa de los textos de la Encyclopédie bien podrían pasar a la antología del disparate, incluso si se examinan a la luz de los conocimientos de la época.
Casi por casualidad he descubierto recientemente que un personaje secundario del periodo que más he estudiado de la Revolución -un tal doctor Menuret, médico del Estado Mayor del general Dumouriez cuando éste consumó su traición, pasándose a los austriacos- había sido en su juventud el autor de los textos de entradas tan significativas de la Encyclopédie como manstupration o mort. El primero se dedica a detallar «una infinidad de enfermedades muy graves, casi siempre mortales» fruto de las manipulaciones que «los dos sexos, rompiendo los lazos de la sociedad», llevan a cabo «con sus criminales manos». Esta «secreción ilegítima de semen» provocaba unas veces la ceguera, otras el «reumatismo universal» y otras una combinación de parálisis y epilepsia, pero siempre desembocaba en «una muerte con todos los horrores de la más espantosa desesperación» (T. X, pags. 51-53).
La premisa del segundo artículo aún es más impactante: «Es un axioma generalmente adoptado que la muerte no tiene remedio. Nosotros nos atrevemos sin embargo a asegurar, basados en la estructura y las propiedades del cuerpo humano y a partir de un gran número de observaciones, que la muerte se puede curar». Menuret, que al menos tenía el doble rasgo de honestidad de firmar sus contribuciones con su inicial en minúscula y declararse consciente de que estas opiniones le convertirían en objeto de befa y escarnio, distinguía entre la «muerte imperfecta» ante la que la medicina tenía, según él, ciertos recursos y la «muerte absoluta» frente a la que seguía vigente el principio latino «contra vim mortis nullum est medicamen in hortis» (T. X, pags. 725-727).
Hasta tal punto tienen razón quienes, rasgándose las vestiduras, claman que las deficiencias de un gran diccionario pueden inducir a posteriores errores en cascada, que fue esa teoría de la «muerte imperfecta» la que sirvió de base a dos médicos alemanes para realizar a finales de siglo un alegato contra la guillotina, argumentando que «las cabezas separadas de sus troncos pueden experimentar dolores agudos» en el intervalo que media entre el «síndrome temporal» -fruto de la acción de la cuchilla- y el momento real del óbito. Según ellos ese lapso de tiempo durante el que el muerto seguía muriéndose podía durar hasta un cuarto de hora, «teniendo en cuenta que la cabeza, al ser gruesa y redonda, no pierde calor fácilmente».
Puede parecer estrafalario pero les prometo que desde que Zapatero decidió continuar como si tal cosa con sus planes de agotar la legislatura, después de ingresar como cadáver político en la morgue del 22-M, no he dejado de pensar en esta majadería santificada por la obra cumbre de la Ilustración. Sobre todo a partir de la irónica exégesis que el historiador Daniel Arasse hiciera de esa imagen de «una cabeza sin un cuerpo, capaz de pensar un único pensamiento: ‘Pienso pero no existo’».
No hay nada que pueda resumir mejor el extremo estupor en el que debe de estar sumido el aún nominal presidente del Gobierno, sobre todo desde que ha empezado a enterarse de una pequeña parte de las cosas que Rubalcaba hace ya no sólo para desmarcarse de su sombra sino para ridiculizar gran parte de su legado. Zapatero es un «muerto imperfecto» que cree que lo suyo aún tiene cura. Conserva su siempre peculiar capacidad de discernimiento pero no parece ser consciente de que las urnas le separaron la cabeza del cuerpo. Por eso toca la campanilla y ya no acude nadie. Por eso llama por teléfono y ya no responde nadie. Por eso llega al Parlamento, se abre la puerta de su automóvil y de su vehículo ya no baja nadie. Y pretende seguir así no 15 minutos sino nueve meses más, a modo de muerto que sigue muriéndose.
Aunque sólo Barreda -que por algo es profesor de Historia contemporánea- se ha dado cuenta por ahora, en el ectoplasma que forman los fragmentos de lo que fue un día Zapatero se refleja algo más que un drama personal. Cuando se pierde la «hegemonía ideológica» antes o después se pierden la «iniciativa política y las elecciones», ha resumido con tino el pronto ex presidente de Castilla-La Mancha. Quien vive su agonía postmortem es el PSOE en su conjunto, incapaz de redefinir el papel de la izquierda en la Europa de la moneda única y aferrado por ende a tics tan artificiales como la legitimación de los nacionalismos o la obsesión con el pasado, Diccionario Biográfico incluido.
¿No es este itinerario que va de las ocurrencias del doctor Menuret a la certera reflexión de Barreda prueba suficiente de que una obra monumental como sin duda fue la Encyclopédie puede incluir graves errores no sólo sin perder por ellos su envergadura y su sentido, sino convirtiéndolos en fuente de tensión paradójica o incluso adversativa con el lector crítico que antes que saciar su curiosidad busca disfrutar con ella?
De la misma manera que no existe un solo lector de EL MUNDO al que le gusten todos y cada uno de los artículos que publicamos, no habrá un solo suscriptor del Diccionario Biográfico Español que no tropiece con alguna piedra de escándalo al rastrear sus páginas. En mi caso concreto lo que más me indigna, como testigo presencial, no es el camuflaje de la dictadura de Franco bajo las melifluas formas del autoritarismo que no pueden engañar a nadie, sino el blanqueamiento de los abusos de poder de Felipe González y la omisión grosera del legado ruinoso que su gestión dejó a los españoles.
Pondré como muestra un botón, refiriéndome no a los eufemismos con que se enmascara una trama de terrorismo de Estado distinta a todas las anteriores que sólo pudo ser organizada desde La Moncloa, no a la llamativa circunstancia de que entre varios miles de palabras ni una sola de ellas sea Filesa, sino a la forma en que se describe lo que ocurrió en España entre 1993 y 1996 cuando se alcanzó un inaudito 24,2% de paro, entramos en recesión, el precio del dinero estaba por las nubes y no cumplíamos ninguna de las condiciones para formar parte del euro:
«A finales de los ochenta… se redujeron las cifras del paro y se disparó la creación de infraestructuras… Y aunque al comienzo de la década de los noventa el país tuvo que soportar una cadena de estrepitosas devaluaciones monetarias, el último de los gobiernos socialistas emprendió una serie de políticas que supusieron la recuperación del ciclo y facilitaron la tarea de sus sucesores en el poder».
No salta tanto a la vista, claro, no salpica como lo de la manstupration o lo de la «muerte curable» pero precisamente por eso resulta mucho más cínico y dañino. De ahí que yo también haya depositado mi confianza en el prudente anuncio del director de la Academia Gonzalo Anes -al que a algunos les gustaría dar el mismo final que a Malesherbes, sin por ello detectar la honorable similitud de sus talantes- en el sentido de que en una futura edición se enmendarán los errores incluidos en ésta. Doy por hecho que eso afectará al equivocado denominador común de haber elegido a autores con flagrantes conflictos de interés a la hora de expresarse con ecuanimidad sobre personas de las que son deudores.
Pero como tampoco eso ocurrirá de aquí a pasado mañana, yo ya me he suscrito a esta primera edición y voy preparando el espacio para tener el Diccionario Biográfico Español lo más cerca posible de la Encyclopédie, ansioso de disfrutar de ambos, de acariciar sus páginas, de ir encontrándoles abolladuras, pecas y lunares y de poder pelearme con ambos a la vez. Ya lo ven, es una actitud distinta de la que exaltaba Albert Soboul al elogiar una tercera obra de referencia: «El espíritu enciclopédico se da libre y plenamente en la única sociedad liberada del capitalismo y de la explotación del hombre por el hombre, la sociedad sin clases, de la cual es reflejo la Enciclopedia Soviética». A esa obra nunca le puso ninguna pega nadie.
pedroj.ramirez@elmundo.es
Rajoy y los ‘enragés’, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Es normal que Mariano Rajoy siga paladeando aún las mieles del 22-M. No ha sido su primera victoria pero sí su primer gran triunfo desde que hace ya casi ocho años fue elegido sucesor por Aznar. Que Feijóo ganara en Galicia tuvo su aquel y técnicamente el PP ya se impuso en las municipales de 2007 por 150.000 votos y en las irrelevantes europeas del 2009 por algo más de medio millón. Pero el efecto de lo uno quedó acotado al feudo del noroeste y las otras victorias fueron demasiado angostas para significar mucho. Nada que ver con lo de ahora: dos millones doscientos mil votos y casi diez puntos de ventaja sobre el PSOE.
Si comparamos el resultado con el del 95, parece imposible que Rajoy no gane las generales con mucha más holgura que Aznar en el 96. Aquellas autonómicas y municipales entraron pronto en la leyenda, porque el PP subió diez puntos respecto al 91 y conquistó por primera vez en la Democracia dos grandes comunidades como Madrid y Valencia. Pero no pasó de un 35% raspado de sufragios, aventajando en menos de un millón de votos a un PSOE que anduvo cerca del 31%.
Más allá del valor simbólico de Castilla-La Mancha, ninguna de las autonomías que ahora cambian de manos tiene ni de lejos la importancia que las conquistadas entonces por Gallardón y Zaplana. Sin embargo, tanto en porcentaje como en número de votos, el abismo que hoy se ha abierto entre los dos grandes partidos es superior al doble del de hace 16 años. Y el hecho de que el avance del PP en relación a sus resultados de 2007 haya sido superior en Cataluña -tres puntos- y sobre todo en Andalucía -nada menos que siete- a los dos puntos de la media nacional es otro magnífico augurio de cara a las generales.
Todos los elementos del entorno coadyuvan al diagnóstico. Ahora no hay tres millones de parados, sino cinco. No estamos en el tercer año de la crisis y saliendo de ella, sino en el cuarto y atascados en el fondo del pozo. Hay menos droga, menos pasotismo y menos sida que a mediados de los 90, pero el horizonte de los jóvenes es mucho más negro que entonces. Contra este gobierno no pesan la corrupción y el terrorismo de Estado, pero sí el Estatuto catalán, la vileza del Faisán y la legalización de Bildu, que neutraliza en gran medida los éxitos obtenidos contra ETA.
Y otro tanto puede decirse del factor humano. Veremos qué tal resulta como presidente, pero con toda su falta de carisma y de pegada Rajoy no es peor candidato que el Aznar del 96. Yo casi diría lo contrario pues no inquieta a nadie y en su equipo difícilmente se encontrará a un dóberman. En cambio Rubalcaba es muy inferior al González de entonces. Como él, llegará a esa cita cosido por las cornadas y con un debe terrible a sus espaldas. También con la misma habilidad y desparpajo, pero sin su tirón personal. No sé si a Rajoy le quiere tan poco la cámara como dicen los colaboradores de Rubalcaba, pero da la impresión de que aún no han mirado con detenimiento a su paladín.
El único escenario que temía Rajoy era el de un triunfo inesperado de Chacón en un proceso de primarias, pues se habría encontrado de repente con un tablero distinto: una mujer joven, una catalana cada vez más españolizada, un proyecto renovador impulsado desde la base, un tipo de cambio distinto del que va a ofrecer él… En definitiva un lío porque, oye, de repente la gente va y se vuelve loca y vota por una ilusión, por una fantasía como ocurrió con aquello de ZetaPé.
Por el contrario, no hay nada en lo que Rubalcaba pueda parecer mejor que Rajoy. Si su punto fuerte, como él mismo ha subrayado, es la experiencia, será como hablarle a Noé de los diluvios. Rajoy tiene una hoja de servicios casi idéntica, sólo que la suya está impoluta y la de Rubalcaba tiznada por los más atroces abusos de poder. Es cierto que el delfín inverso de Zapatero -por primera vez un viejo sucede a un joven- se las sabe todas y tiene mucha labia. Pero necesitará hacer una campaña al ataque y, abra el frente que abra, quedará en evidencia hasta qué punto su techo es de cristal. Que vuelva a hablar por ejemplo de respeto a las sentencias judiciales y enseguida habrá quien relea la nota con que acogió en el 98 la condena a Barrionuevo y Vera por el secuestro de Marey, antes de pasarse por Guadalajara. Y éste es sólo un pequeño botón de muestra.
Será desagradable vérselas de nuevo con el famoso comando Rubalcaba. El hoy vicepresidente es un maestro en el arte de embarrar el campo, carece de límites morales y controla al mismo tiempo los resortes de la policía y una potente red de terminales periodísticas que llegan hasta este diario, siempre tolerante y plural, pero no necesariamente idiota. El presidente de otro importante grupo mediático acaba de proclamarse su amigo personal a través de la misma frase en la que ha hecho referencia a su delicada situación financiera.
Había demasiado dinero en juego como para permitirle a Zapatero más experimentos -por eso le montaron el chantaje del congreso extraordinario- y cuanto más se resista el aún presidente de iure a reconocer que ha sido víctima de un golpe palaciego, más se irá pareciendo a esos locos que van lanzando su monserga a los viandantes que aprietan el paso al atisbarlos. El problema derivado de lo ocurrido es que el miedo cerval del candidato a la democracia -recuerden mi #rubalnoquiereprimarias- le ha privado de la que podía haber sido su única ventaja sobre el líder del PP. De momento estamos en el «tan a dedo eres tú como yo, que yo como tú», pero como Rubalcaba se empeñe en seguir hablando de lo mucho que siente que le quieren y los «miles de dedazos» cosechados, conseguirá convencernos de que el PP es un dechado de democracia interna comparado con el culto a la personalidad que él pretende implantar.
Puesto que en definitiva su golpe de mano y consiguiente toma del poder tiene como primer objetivo que ninguno de los barones del PSOE -fíjense, ni siquiera Alarte, humillado en el coso valenciano por el más vulnerable de los adversarios- pague precio político alguno por su debacle electoral, si Rubalcaba se empeña, no sólo le llamarán Alfredo, sino que pronto alabarán su larga y suave cabellera. Ya ocurre con la barba florida de Rajoy, a quien todos llaman Mariano, pero al menos eso tiene cierta base.
A la luz de nuestro sondeo de hoy no veo, pues, margen para la sorpresa en las próximas generales. Queda por saber si habrá o no adelanto al otoño y si el PP alcanza o no la mayoría absoluta. Rajoy no lo reconocerá pero ese es el objetivo con el que trabaja en un plan que le llevará a menudo a Andalucía y al cinturón industrial de Barcelona. Aunque insista en pedir la convocatoria anticipada, lo hace con la boca pequeña, no tanto porque no lo vea posible, sino porque se da cuenta de que cuanto más se prolongue la actual situación con un presidente zombi y un candidato que no se atreve a desvincularse del gobierno de los desastres económicos para no perder los resortes del poder, aviones oficiales incluidos, mayor será el desgaste del PSOE. Lo ocurrido esta semana con la falta de reflejos iniciales ante la crisis de los pepinos -estaban todos demasiado inmersos en la intriga de las #primariasde1solo- y la ruptura de la negociación sobre la reforma de los convenios no son sino el anticipo de lo que para este ejecutivo va a ser una extravagante agonía post mórtem.
No digo que el partido esté ganado sin bajar del autobús pero sí que los verdaderos problemas del PP llegarán cuando gobierne. Sea cual sea la holgura del resultado, deberá afrontar una situación mucho más crítica que la del 96 y con una hoja de ruta bastante menos clara porque, además de que no existe el salvavidas de la devaluación, queda mucho menos que privatizar y liberalizar. Además, en el proceso de construcción europea no existe un anzuelo atractivo como el cumplimiento de los requisitos para la entrada en el euro y por el contrario la mitificada Merkel empieza a emerger como una política provinciana, capaz de cargarse las centrales nucleares en Alemania -y con ellas todo atisbo de política energética común- de resultas de algo imposible de extrapolar, ocurrido en Japón.
El mayor reto que deberá afrontar Rajoy el día que llegue a La Moncloa será, de hecho, el de presentar ante los españoles un trayecto cuya desembocadura justifique las medidas impopulares, los recortes de gasto público, las limitaciones del Estado de Bienestar que necesariamente tendrá que introducir para reflotar la economía. En un lugar en el que la mera alusión a un proyecto nacional pone en guardia tanto a las minorías como a una izquierda a la deriva -lo único que se le ocurre al PSC tras sus humillantes derrotas es separarse más del PSOE- y cuando, como digo, Europa pierde sex appeal, alguien como Rajoy que tampoco va a ser nunca el flautista de Hamelin, necesitará desesperadamente un argumento político para convencer a los ciudadanos de que esos nuevos sacrificios merecerán la pena.
A mi modo de ver su estribillo no podrá ser otro que el vincular la idea de recuperación económica a la de regeneración democrática mediante una agenda de ambiciosas reformas en uno y otro ámbito. Esa hubiera sido mi receta en todo caso, pero lo ocurrido con los indignados del 15-M la hace ineludible. Más allá de lo anecdótico -y las propias acampadas lo son- ha quedado demostrado que en las grandes ciudades existen decenas de miles de personas que malviven en condiciones muy precarias y están dispuestas a movilizarse en cuestión de minutos mediante una red de comunicaciones que nadie puede controlar.
Ya que Simon Schama ha puesto de moda los paralelismos entre la primavera árabe y la Revolución Francesa y no han faltado los símiles entre la plaza Tahrir y la Puerta del Sol, parece justificado decir que estamos ante el equivalente al llamado movimiento de los enragés parisinos -hasta la semántica coincide- que en los primeros meses de 1793 emergió como un inesperado tercer actor en plena guerra civil entre la izquierda y la derecha de la Convención. Inicialmente también iban contra todo y contra todos, alternando las exigencias de intervencionismo económico con el pillaje de comercios; pero pronto los Jacobinos tuvieron la habilidad de convertirlos en la fuerza de choque que aplastó a los moderados.
Aquí sucederá lo mismo: mientras gobiernen Zapatero y Rubalcaba las protestas serán contra el sistema; cuando lo hagan Rajoy, Soraya y Gallardón, el enemigo será ese gobierno de la derecha insolidaria que atentará contra los derechos del pueblo. Lo del Prestige y la guerra de Irak será una broma -entonces no existían las redes sociales- comparado con la que se liará en la calle para regocijo de la izquierda y los sindicatos. Si Rubalcaba ha sido tan condescendiente con los acampados, aun a costa de convertir las resoluciones de la Junta Electoral y la propia legalidad en papel mojado, es para preservar esa alianza que ya avizora.
Nadie tiene que convencerme de que no hay otra democracia real sino la que emana de las urnas, pero eso, además de decirlo, hay que estar en condiciones de aplicarlo. Para que la opinión pública se ponga de su lado a la hora de hacer frente a un seguro desafío desde la calle, además de la legitimidad de origen -el sufragio- Rajoy necesitará también una legitimidad de ejercicio y eso implica un programa de gobierno que desactive las simpatías que muchos sienten por nuestros enragés, asumiendo sus reivindicaciones políticas transversales que la mayoría comparte.
Las medidas de austeridad anunciadas el miércoles van por el buen camino pese a su tibieza en el asunto clave de las televisiones autonómicas, pero Rajoy tendrá que mojarse en los tres grandes asuntos que afectan a las reglas del juego: separación de poderes, reforma electoral y eliminación de los blindajes de la clase política. Él sólo se siente cómodo con lo primero -y no está mal lo de hacer vitalicios a los magistrados del TC para proteger al tribunal de los vaivenes electorales- porque es consciente de que lo demás supone que no pueda volver a haber congresos como el de Valencia ni listas como las de Camps. Pero o se da cuenta de que lo que la opinión pública exige es un desarme arancelario en toda regla que ponga fin a los chanchullos de la Casta -porque ese es un intolerable impuesto extraordinario que pagamos todos los españoles- o un atardecer cualquiera escuchará un murmullo creciente de cliqueos y tuiteos y Moragas tendrá que comunicarle, lívido, que «no es una revuelta, Sire, sino una revolución».
pedroj.ramirez@elmundo.es
