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Olvido del Faisán, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
La designación del principal imputado en el ‘Faisán’ como consejero de la Caja Vital lleva a inquietudes razonables sobre las cajas de ahorros, que son nada menos que la mitad de nuestro sistema financiero. Llegado el momento de cubrir las vacantes en la de Álava, el PNV y el PSE se han repartido los cargos: los nacionalistas han colocado a los excedentes del último ‘Gobierno Ibarretxe’, (Javier Balza y Ana Agirre) y muestras de glaciaciones anteriores, como Juan Ramón Guevara y Juan Mª Ollora, mientras los socialistas vascos han propuesto a Víctor García Hidalgo. Todos ellos serán nombrados y tomarán posesión el próximo 30 de marzo.
El PSOE ha derivado la petición de explicaciones a los socialistas vascos, que no han dicho ni mu. Sólo el consejero de Interior ha dicho con entusiasmo contenido que «algunas» de las personas propuestas le merecen «todo el respeto». La portavoz popular ha apuntado con malevolencia: la desmemoria de Gª Hidalgo es la clave de su nombramiento. El ex director de la Policía dijo «no me acuerdo» a 52 de las más de 100 preguntas formuladas por el juez. No recordaba su número de móvil, ni las fechas en que fue nombrado y destituido. Pues nada, para eso estamos. Fue nombrado en el Consejo de Ministros del 30 de abril de 2004, y destituido el 8 de septiembre de 2006, exactamente cuatro días después de que el informe policial que lo acusaba de ser el autor de la llamada fatal entrase en el Juzgado número 5 de la Audiencia Nacional.
Es notable que el cesante se haya pasado tres años largos en tareas de cocina, hasta que el 17 de octubre de 2009 fue nombrado secretario de Organización de Álava. Llama la atención que al constituir su Gobierno hace 11 meses, y estando tan falto de gente experimentada en tareas de Interior, Patxi López no quisiera contar con un hombre de tan cualificada experiencia en el mundo policial ni siquiera para dirigir la Academia de Arkaute, salvo que desaconsejara el nombramiento su imputación cuatro meses antes.
Todo es indiciario, claro. La profusión de llamadas entre el secretario de Estado, el director general, el jefe superior y el inspector de Vitoria que se acercó al dueño del bar Faisán para darle un móvil con una frase muy de programa de televisión –«Tengo una llamada para usted»– son indicios. No hay nada anormal en que los citados hablaran entre sí con frecuencia, si descontamos a Elosua. Bastaría comprobar el número de veces que en parecida franja horaria se han llamado antes o después del día de autos. El chivatazo se dio; eso no es un indicio, sino un hecho. No pudo hacerlo un inspector de policía por propia iniciativa. La única hipótesis que le da sentido a todo es la que explica a la vez el silencio del ex director y la actitud vergonzante de su partido al proponerlo. Así están las cosas en ese duermevela en que mantiene el superjuez algunos de sus casos. Podría parecer que están dormidos, como los cocodrilos a la hora de la siesta, pero los sumarios de Garzón también tienen los párpados transparentes.
España, cuarto y mitad, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Los garbanzos, lo decía un personaje de Bigas Luna, «crían muy mala leche». De ahí que en esta tierra de garbanzos hayamos hecho de la guerra civil una forma de convivencia a lo largo de la Historia. Contagiados quizá por la dieta alimenticia, aquí riñeron romanos y cartagineses, moros y cristianos, carlistas y liberales, rojos y nacionales, y así. Ahora se dibujan de nuevo en el horizonte dos Españas: la garzonista y la antigarzonista.
No llegará la sangre al río, aunque late en el asunto una de nuestras pulsiones de muerte clásicas: la que hizo morir a media España de la otra media, como predijo Larra 100 años antes de que lo clavara Antonio Machado. Debajo alienta la memoria histórica y la negación del pacto que hizo posible la Transición a la democracia. No es banal la imputación del magistrado Luciano Varela contra el más genuino representante del star system judicial por «ignorar u orillar» la Ley de Amnistía. Está en el centro de ese pacto.
No esperen argumentos donde sólo hay pasión y gregarismo. El escrito de los abajofirmantes en el que se denuncia «la oblicua maquinaria puesta en marcha» contra Garzón para asestar a «nuestra democracia el peor golpe desde el 23-F», viene a demostrar tres cosas a un tiempo: la facilidad con que se expenden los títulos de intelectual, la generalización en el abuso de la metáfora y que la paranoia, como decía Julia Kristeva, «vive en grandes palacios barrocos».
Así, a ojo, no parece que ningún magistrado del Supremo esté en ninguna conspiración, como ha dicho el presidente de la Audiencia Nacional (AN), pero para todo el que conozca la biografía del instructor Varela mucho menos. Antifranquista en la dictadura, fue fundador de Jueces para la Democracia y autor material de la Ley del Jurado. Por eso se insiste en el sindicato (pseudo) querellante. Otra querella que aún le aguarda tiene como ponente a Joaquín Giménez, magistrado de biografía inequívocamente progresista. ¿La verdad es la verdad, dígala Agamenón y su porquero? Pues depende. Machado hizo dialogar a amo y criado en torno al tema: «Agamenón: estoy de acuerdo. / El porquero: no me convence». Haría falta saber quién de los dos era el progresista, si bien la lógica elemental de la lucha de clases tiende a señalar que la verdad del porquero era más verdad que la de su señorito.
¿A quién y de qué quejarse? La acción popular es un artefacto progresista y el legislador no previó restringir su empleo a los fachas, no se puede estar en todo. De ahí que estemos leyendo en estos días tonterías muy solemnes sobre los herederos del Franquismo que van a sentar a Garzón en el banquillo. Quien lo sentará, en todo caso, será la Sala Segunda del Supremo.
Otro misterio es quién ha podido aconsejar a Garzón que pida el testimonio de sus colegas internacionales para que vengan a enseñar a nuestro Alto Tribunal la correcta aplicación de las leyes. Un matiz antes de proceder con las analogías: ni Guzmán ni Zaffaroni pidieron un certificado para saber si Pinochet o Videla estaban muertos como hizo Garzón en su delirante auto del 17 de octubre de 2008. Vivían; por eso los procesaron.
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Cambio, ¿por qué?, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
La vuelta al tajo de sus señorías ha tardado 48 días, pero merecía la pena esperar. La sesión de control del Senado al Gobierno tuvo como protagonista a un Zapatero ya curtido en su función de presidente de turno de la Unión Europea. Volvió el mejor Zapatero, peleón y con ganas de aclarar conceptos: «A quienes vienen hablando de giro o cambio de rumbo: sencillamente, es incierto».
Momentos como éste hacen brotar un caudal de simpatía hacia la vicesegunda Salgado y su segundo. Esfuérzate en perfilar argumentos y recitar con la impavidez facial de Buster Keaton propósitos tan improbables como bajar el déficit hasta el 3% en tres años, lograr un crecimiento del PIB del 3% en sólo dos y recortar el gasto en 50.000 millones ante los inversores potenciales de la City. Es difícil sin que te dé la risa o, al menos, un acceso de tos. Keaton es que hacía cine mudo.
Con todo, no es eso lo peor. Los números dos y tres del partido han abierto fuego graneado llamando especuladores a su público, con la munición conceptual que les suministró el número uno en la reunión de la Ejecutiva: «Hay un ataque de los especuladores contra el euro, contra una mayor regulación financiera y de los mercados». Aquí se especula, han denunciado Blanco y Pajín para conocimiento del respetable, con un aire de contenida indignación que recuerda a la del Capitán Renault en Casablanca, cuando cierra el garito de Rick Blaine por orden de los nazis y, al ser preguntado por la razón de la clausura, responde: «¡Qué escándalo, aquí se juega!», mientras un camarero, ajeno a la representación, le desliza unos billetes y dice: «Sus ganancias, señor».
La especulación es parte del sistema de mercado y su metáfora es la mano invisible. Lo que nos pasa es que para el buenismo que felizmente nos gobierna da igual la mano invisible de Adam Smith que la manita inocente de los niños de San Ildefonso, que la subasta es como el sorteo de Navidad y que la vida, en general, es una tómbola, tom, tom, tómbola. Tiembla uno de pensar en lo que se nos viene encima el día que descubran que los empresarios (los capitalistas, si ustedes quieren) actúan movidos por ánimo de lucro. Habrase visto.
El capital extranjero se muestra esquivo ante el mercado financiero español, pero no es por una conjura contra el euro, ni porque nos tengan manía. Es sólo porque recela y el principal motivo es que los propósitos de cambio de Salgado han ido precedidos y seguidos por desmentidos implícitos y explícitos de la cúpula del Gobierno y el partido que lo soporta. El primer anuncio de Zapatero, los 420 euros a 200.000 parados nuevos, ya ha subido la cantidad que debemos recortar a 50.511 millones. No es fácil que crean a la ministra de Economía. Keynes explicó la razón en términos abstractos: nada hay tan tímido como un millón de dólares. Ella lo dijo sin reírse, pero a ellos les da apuro.
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‘He said a little prayer’, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
La culpa no fue del chachachá, sino del gospel. Son of a preacher man (Hijo de un predicador), cantaba en los 60 Dusty Springfield, rescatada muchos años después por Tarantino en Pulp Fiction. I say a little prayer, aprendimos a cantar con Aretha Franklin algo después, aunque ya empezábamos a ser laicos. La pequeña oración de Zapatero justifica el rezo en castellano con una razón que nunca emplearía para defender su uso en la educación de los niños españoles: «La lengua en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra». Por lo demás, es un canto razonable de admiración a Estados Unidos. Tiene algo del «Eres hermosa, verde y ancha, Norteamérica», con que Neruda comenzaba Que despierte el leñador, y algo también de los credos obreristas, modelo Palacagüina.
«Citar», escribió Ambrose Bierce, «es repetir erróneamente las palabras de otro», y el presidente se aplicó a ello con fruición en su plegaria. Abusando del quiasmo dio la vuelta al Evangelio. Donde el águila de Patmos había escrito «la verdad os hará libres» (San Juan, VIII, 32), Zapatero reescribió «es la libertad la que os hace más verdaderos», y así lo repitió ayer en su plegaria.
Con la misma desenvoltura intelectual fue añadiendo pluralismo, solidaridad y tolerancia a la marmita de la Alianza de Civilizaciones, llegando a invocar el Deuteronomio (capítulo XXIV) como fuente de inspiración para la justicia social con los inmigrantes, tal como los democristianos europeos citaban hace unas décadas la encíclica Populorum Progressio.
Esto lleva a confusión a los espíritus laicos. El mismo Deuteronomio prescribe esta Alianza de Civilizaciones: «Esto es lo que debéis hacer con ellos: derribad sus altares y haced pedazos las estatuas, talad sus bosques profanos y quemad sus ídolos» (Deut. VII, 5). Eso por no hablar de cómo contempla la Ley de Identidad de Género: «La mujer no se vista de hombre ni el hombre se vista de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace» (Deut. XXII, 5), amén de esta muestra de moral sexual: «Mas si es verdad lo que [el marido] le imputa y la muchacha no fue hallada virgen, la echarán fuera de la casa de su padre y morirá apedreada por los vecinos de aquella ciudad, por haber hecho cosa tan detestable en Israel» (Deut. XXII, 20-21). Finalmente, donde el mismo libro dice (XIV, 21) «no cocerás cabrito en la leche de su madre», ¿debemos entenderlo como un alegato contra la cocina de fusión, o más bien contra la redundancia?
Éste es el mismo presidente que en 2007 hacía bromas con su biógrafo De Toro sobre «el complejo retardado del nacionalismo español. Es agarrarse, para salir del rincón de la Historia (risas) al imperio americano (más risas)» (Madera de Zapatero, págs. 157-158).
Es verdad que arrepentidos los quiere el Señor, pero no sé si tanto, la verdad.
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El fin de la ‘baraka’, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Hubo un tiempo en que personas con estudios y sin aspecto de haber dimitido irremisiblemente de la actividad racional, explicaban el factor Zapatero con un término sorprendente: baraka, palabra árabe que quiere decir «suerte». Baraka era el manto que protegía a Franco en su larga campaña de Marruecos. Baraka llegó a atribuirse a Aznar por haber sobrevivido al coche-bomba que el 19 de abril de 1995 pudo acabar con su vida. Baraka han llamado también sus fieles a la suerte que ha acompañado a Zapatero hasta su segunda legislatura, pese al fracaso evidente en los tres grandes asuntos que habían definido la primera. La baraka, en fin, es una síntesis del brazo incorrupto de Santa Teresa con la mano invisible de Adam Smith y el fino instinto que llevó a Pepe Blanco a apostar íntimamente por Obama, aunque su natural discreción no le permitiese explicar sus preferencias para no condicionar el voto de los demócratas estadounidenses.
El propio Zapatero explicaba la suerte como un compendio de azar, destino y carácter que lo había elegido para la gloria. Ya en la crisis que negó con tanto empeño consideró que saldríamos del agujero de manera natural. ¿No se acababan para los egipcios los años de las vacas flacas para volver a los de las gordas? Es lo que tienen los ciclos, que las crisis no son para siempre y mientras esperábamos a salir del bache, íbamos a tener seis meses de presidencia europea que iban a proporcionar incontables ocasiones de lucimiento y la foto definitiva junto a Obama.
Tal día como hoy, Berlanga podría rodar un Bienvenido, míster Barack, con la escena final de la primera versión: una caravana que pasa de largo ahora que habíamos aprendido el inglés suficiente para decir: «Welcome to Villar del Río», sin que Blanco y López Garrido sean capaces de ponerse de acuerdo sobre las expectativas que sobre la visita tenía el Gobierno del que ambos son miembros cualificados. Ha pasado el primer mes de la presidencia española con mucha más pena que gloria, con las cifras del paro más altas de Europa y un déficit que hoy por hoy sólo ha alcanzado Grecia. La prensa europea nos mira entra la lástima y el desdén y el presidente anuncia una medida como el retraso de la jubilación para quedar bien en el foro Davos, sin que lo sepa su ministro de Trabajo. La medida, razonable, tal vez no sea la más adecuada para un país con una tasa de paro juvenil tan alta como la nuestra; la política económica es casi siempre un traje que tira de la sisa. La vicepresidenta económica se muestra dispuesta a flexibilizar una posición del Gobierno que probablemente se quedará en nada.
Hace ya más de dos meses que tres cooperantes permanecen secuestrados en Malí; anoche volvió el cadáver de un soldado español, que hace el número 92 de las bajas que contabilizamos por heridas de guerra en una extraña misión de paz. Para completar el panorama, su antecesor en La Moncloa ha destapado la caja de los truenos y hasta el fiel Barreda se atreve a proponerle una remodelación, una inflexión, «un signo inequívocamente claro de que quiere recuperar terreno y dar una respuesta».
Así están las cosas en vísperas del Desayuno Nacional de Oración. ¿Qué puede hacer el presidente? Naturalmente, rezar.
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Se busca, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Una cosa es que a partir de los 40 todos seamos responsables de nuestra cara y otra, muy distinta, que nuestros rasgos faciales nos los gestione el FBI, como le ha pasado a Gaspar Llamazares, que se ha visto despiezado para que su pelo, frente y ojos compongan un retrato robot de dos cualificados terroristas islamistas: Osama bin Laden y Atiyah Abd al-Rahman.
Es comprensible el disgusto de Llamazares, y aun la preocupación que le llevaba a pedir explicaciones sobre su elección. Se resiste a creer que entre 6.000 millones de habitantes del planeta, hayan ido a escogerle a él. Duda, por tanto, de Internet y se pregunta si el FBI tiene en sus archivos fotos de políticos españoles, «lo que sería más grave». Muchas gracias, jardinero / por el gusto que has tenido / Tantas niñas en el corro/ y a mí sola me has cogido, decía la letra de una vieja canción infantil.
No tiene motivo para la preocupación el diputado de IU. Si se hubiera molestado en poner su nombre en el buscador de imágenes de Google habría podido comprobar que entre sus primeras fotos está, por duplicado, la que nos ocupa. Por otra parte, los hechos demuestran que goza de un envidiable anonimato para el FBI y el Departamento de Estado, como demuestra el hecho de que la embajada estadounidense pidiera el teléfono de Llamazares a EL MUNDO, tal como daba a entender ayer este periódico.
Claro que los parecidos los carga el diablo y una vez que te han visto cara de terrorista los tipos encargados de componer los retratos robot del Wanted, vieja institución que hunde sus raíces en la épica del western, no se sabe dónde te vas a encontrar con un problema. El excelente actor José Manuel Cervino, que había interpretado el personaje de José Fernández Cerrá, uno de los asesinos de los abogados laboralistas de Atocha en la película de Bardem Siete días de enero, me contó hace ya unos años un lance revelador.
Él, que es hombre de izquierdas, asistió a una manifestación del 1º de Mayo en Madrid pocos días después de que TVE emitiera la película citada y se quedó muy impresionado al comprobar la animosidad que suscitaba entre algunos manifestantes: «Pero mira a ése hijoputa, es él. ¿Tendrá huevos para presentarse aquí?».
Hoy todo es cinéma verité y las fronteras entre la ficción, el biopic y el documental son líneas borrosas. El mismo terrorismo cambia de calificativos con el tiempo. Lo que ayer mismo llamaba nuestro presidente «terrorismo islamista» en la entrevista de El País era hasta hace bien poco en su lenguaje «terrorismo internacional». Nadie está en condiciones de negar ante un retrato robot que «ese tupé, ese orzuelo o esas arrugas no son mías», pero cualquier persona de bien tiene derecho a mosquearse si el FBI establece que estos terroristas serán clavados a ella cuando sean mayores. Todos nos llamamos Alí, tituló premonitoriamente Fassbinder una de sus películas.
Tiene razón Llamazares para exigir cuantas explicaciones considere oportunas. A quienes no somos él, ni diputados, sino simple carne mortal, carne de escáner, nos sobran motivos para la inquietud. ¿Y dicen que estos señores son los que se encargan de garantizar nuestra seguridad? ¡Virgen Santa!
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La madrastra y el espejo, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Las encuestas son el espejo espejito mágico en el que se miran cada noche todas las fuerzas políticas para preguntar si hay alguna otra más bella en los confines del reino. Las encuestas son elecciones sin cafeína, muestras inocuas de las preferencias ciudadanas que ayudan a las madrastras a tomar medidas cosméticas, aunque en primera instancia todas tiendan a dejar las cosas como están: si les son favorables, se regodean un poco en la suerte. Si desfavorables, depende de cuánto: en el caso de que el descontento haya crecido poco, se relativiza: «Las verdaderas encuestas son las urnas». Si el varapalo es contundente, se plantea alguna reforma en el equipo de comunicación: «Hemos hecho una buena gestión, pero no hemos (léase han) sabido venderla». A esto es a lo que la clase política tiende a llamar hoy autocrítica.
Es tradición que la madrastra acabe tomándola con el espejo, desoyendo la sabia advertencia de Quevedo: «Señoras, si aquesto propio/ os llegare a suceder/ arrojar la cara importa/ que el espejo no hay por qué». Las encuestas han llegado a convencer al presidente del Gobierno de que no está en el momento más alto de su popularidad, pero él, aunque no soporta el desamor de su pueblo, no está programado para admitir que se equivoca o, por mejor decir, dada la elasticidad de su pensamiento, acierta hasta cuando se equivoca. Así, en su balance de fin de año, admitió que había cometido un error al empecinarse en sostener que estábamos en desaceleración, que no crisis: «En alguna ocasión he pensado que no estuve muy acertado con ese estéril debate» porque generó una «sensación equívoca en la ciudadanía». Lo malo de mí es que cuando no estoy muy fino se me equivoca la peña. Eso es lo que pasa ahora, que la gente yerra y cree que la respuesta del Gobierno a la crisis ha sido regular, mala o muy mala en un 86%.
El 72,1% de los votantes socialistas cree que ha sido regular o mala y el 40,9% de los de IU la considera mala o muy mala. Más de la mitad de los encuestados no creen que la Ley de Economía Sostenible vaya a sacar a España de la crisis, el 69% se teme que en este 2010 la economía vaya igual o peor que en 2009. Más del 70% considera que los sindicatos no defienden a los parados y el 75% piensa que el tamaño del déficit es un lastre para la economía española. Y en este plan, que diría el maestro Umbral.
Un par de tardes era un lapso muy breve para que Jordi Sevilla le enseñara los rudimentos de la cuestión. Haberse leído el manual de Paul Samuelson (q.e.p.d.) con algún aprovechamiento le habría llevado algo más de tiempo. Por eso cree, quizá de buena fe, que él está obligado a sus análisis optimistas, porque le obliga la teoría de las expectativas autorrealizables. Se equivoca y equivoca a cuantos consideran que la obligación de un gobernante es mentir, si se tercia, porque el pesimismo o el optimismo de los agentes sociales determinan los acontecimientos de futuro. Siendo cierto esto último, los agentes sociales nunca apoyan sus estados de ánimo en las palabras de un gobernante. Se levantan con los resultados de las bolsas de Nueva York y Tokio, leen la prensa económica internacional y están al loro de las tristes previsiones que para nuestro país hacen el FMI, la OCDE, las agencias de rating y el gobernador del Banco de España. Mentir sólo le sirve para hacerle perder credibilidad. Se lo dirá el espejo cada que vez que le pregunte. Y si lo rompe, aún será peor.
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Visto para sentencia, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Hace poco más de nueve meses, Baltasar Garzón empezó a dar muestras de un cierto descuido. El mismo fin de semana en que levantó la alfombra de Gürtel y ordenó la detención de los principales sospechosos de la trama, se fue de montería con el ministro de Justicia. La operación Gürtel era un caso de corrupción en el que aparecían implicados varios cargos públicos del partido de la oposición en Madrid y Valencia, los dos bastiones electorales del PP. Y mientras Francisco Correa y Álvaro Pérez se maceraban en los calabozos, nuestro héroe cenaba en la amable compañía del ministro Bermejo, el jefe de la Policía Judicial y una fiscal.
Nadie le había advertido de que se cuidara de los idus de marzo. Ya venía con su imagen castigada después de haber querido ajustar las cuentas al general Franco y a sus cómplices. Naturalmente, para hacer justicia hacen falta justiciables y hacer justicia con un muerto es algo problemático, sólo imaginable en la escena final del Tenorio, un abuso de la utopía. Los muertos, es lo que tienen, casi todo se la sopla: ni sienten ni padecen, ni muestran intención alguna de cumplir las penas que pudiera imponerles tribunal alguno.
Aquel mismo mes empezó a pesar sobre él la sombra de una duda que no ha parado de crecer, desde que tuvimos las primeras noticias del caso. Garzón había disfrutado de un largo y extraño año sabático, que duró desde marzo de 2005 hasta junio de 2006, un tiempo clave para el proceso negociador con ETA. Durante ese periodo percibió un sueldo de 160.333 dólares de la Universidad de Nueva York, sin dejar de percibir su nómina como magistrado de la Audiencia Nacional. El Centro Rey Juan Carlos, adscrito a esa Universidad y en el que Garzón organizó unos coloquios, pagó 21.650 dólares para la matrícula de su hija en la Escuela Internacional de Naciones Unidas. Entre mayo y diciembre se llevó a una administrativa de Justicia que le ayudó en su tarea con cargo a la Comunidad de Madrid, a la que estaba transferida.
El Tribunal Supremo, que reabrió hace tres meses la investigación por el patrocinio bancario del proyecto neoyorquino de Garzón, cuenta ya con los datos que no tenía el Consejo General del Poder Judicial cuando se lavó las manos: la crónica detallada de sus gestiones para conseguir financiación. Cabe mucha camaradería entre el «Querido Emilio» y «te reitero mi agradecimiento. Recibe un abrazo», de la despedida. Y también hay un huequecito para la advertencia. «Magistrado-juez», dice en una de ellas, debajo de su nombre y antes del cargo relacionado con la petición y el objeto de la carta: «Titular de la cátedra Rey Juan Carlos».
Las cartas dieron fruto: 302.000 dólares para dos proyectos. Unos meses después, ya como magistrado-juez, inadmitió una querella contra el querido destinatario de sus misivas, en lugar de abstenerse, que habría sido lo correcto. En su escrito al Consejo General del Poder Judicial, manifestó que era éste «un asunto en el que ninguna relación directa ni indirecta existe con la entidad, ni de carácter económico ni de otro tipo». La atormentada sintaxis no alcanza a cubrirle la mentira. ¿Qué dirá el Consejo de este asunto? Visto para sentencia.
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Favores reales, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Hace unos años, Fernando Savater escribió una magnífica tribuna sobre una locución de mucho empleo por aquel entonces: «Tenemos un Rey que no nos lo merecemos». Al parecer, sí nos merecíamos el Gobierno, que era de peor calidad, puesto que lo habíamos elegido nosotros. En aquella época, la Corona estaba en todo su esplendor, después de la intervención real la noche del 23-F. Yo mismo depuse mi republicanismo entonces y, aunque mis fervores monárquicos son muy contenidos, aún hoy me parece el menor de los males posibles.
La apreciación de Savater sigue viva en la flor y nata de nuestro republicanismo. Eso que antaño llamábamos las fuerzas de la Cultura, el clan de la zeja, los artistas del no a la guerra y a las descargas y sí a las subvenciones, han dirigido al Rey una carta firmada por ellos y por algunos intelectuales, propiamente dichos, como Saramago, Ignacio Ramonet, y Sánchez-Dragó. «Sí a Aminatu» se titula y en ella piden «una intervención explícita de la Casa Real española ante el monarca alauí (…) que utilice su prestigio y ascendiente ante el Rey de Marruecos para preservar la vida de Aminatu». Nunca habríamos imaginado que ninguno de los firmantes (salvo Sánchez-Dragó) firmara una consideración tan positiva sobre el Rey.
¿Es para sortear un conflicto con Zapatero o porque, en línea con la anécdota de Savater, piensan que el presidente del Gobierno es como ellos y en un trance complicado es mejor pedirle ayuda a alguien de más fuste? Probablemente mitad y mitad.
Es el genio de la raza. Hace una semana, el coordinador general de Izquierda Unida envió una carta a la Zarzuela para pedir a Don Juan Carlos su intervención ante Mohamed VI. Es el mismo Cayo Lara que el pasado 31 de agosto visitó al Rey para exponerle sus proyectos de traer a España la 3ª República. Afortunadamente, no eran planes muy a corto plazo.
La Casa Real ha explicado muy amablemente un rudimento constitucional: que corresponde al Gobierno la dirección de la política exterior, al tiempo que le informaban de que el monarca está muy bien dispuesto, pero que el Ejecutivo está en sus afanes diplomáticos y «considera que no es el momento oportuno para la realización de gestiones complementarias por parte de Su Majestad». Extremo este último que era corroborado ayer por fuentes del Ejecutivo.
Somos un pueblo monárquico y creyente. O Azaña está muy sobrevalorado o no tenía uno de sus mejores días el 13 de octubre de 1931, al afirmar en un memorable discurso parlamentario: «España ha dejado de ser católica». ¿Qué había dejado de ser qué? Somos el único país de ateos que blasfema. Tenían que ser muy creyentes (y muy burros) aquellos milicianos que cinco años más tarde fusilaron el monumento del Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. En justa compensación, nuestros republicanos oficiales hacen rogativas al Rey, impetrándole mercedes que desbordan, con mucho, sus funciones constitucionales, váyase lo uno por lo otro. La única función real que no requiere el refrendo del Gobierno es la de nombrar y relevar libremente a los miembros civiles y militares de su Casa, según se establece en los artículos 64.1 y 65.2 de la Constitución.
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Gálvez en Somalia, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
Jorge Martínez Reverte publicó en los primeros años 80 Gálvez en Euskadi. ETA (m) había secuestrado a un empresario, directivo de una multinacional sueca. Julio Gálvez, el jefe de prensa de la empresa, se encarga de la estrategia negociadora y acaba dando el importe del rescate a ETA (pm), la rama de la banda terrorista que no tenía al empresario.
Nuestro héroe ha dejado el periodismo y ahora es un agente del Centro Nacional de Inteligencia en el Cuerno de África. Recordará el amable lector que el Gobierno de España se dejó engañar por el simulacro de bajar a tierra a tres tripulantes del atunero vasco. El CNI pasó la información al mando que, en el ejercicio de su responsabilidad, decidió mentir un poco para tranquilizar a la peña. «Sabemos exactamente dónde están y sabemos que están bien», dijo el 5 de noviembre la ministra de Defensa con un aplomo extraordinario. Moratinos, ese Buda feliz de la diplomacia, acreditó la leyenda al día siguiente a partir de fuentes distintas. Y privilegiadas, claro. Su información tenía la garantía del primer ministro de Somalia, una autoridad: «Los tres secuestrados que fueron trasladados a tierra han regresado a bordo». Eran dos gallegos y un vasco, llegaron a decirnos, en un alarde de precisión hasta en el bulo.
Dirán ustedes que estamos ante un episodio nacional difícilmente mejorable. Falso. Tres agentes de nuestros servicios de inteligencia, que operaban en Djibuti haciéndose pasar por antropólogos, entraron en territorio somalí con la ayuda de los servicios secretos franceses. Una vez en el teatro de operaciones, tomaron contacto con un alto cargo del Ministerio de Defensa, que se les ofreció para mediar con los secuestradores. Él creía que con un millón de dólares se podía conseguir la libertad de los tres pescadores españoles en peor situación. Hasta hoy. Nuestros espías le habían dado la pasta a un poli-mili.
El asunto, imaginarse a nuestros hombres desarrollando su misión en esa Nowhere land y siendo estafados por cualquier catarriberas, produce un poco de alipori, sin contar con que el rescate ha subido a cinco millones de dólares. No pasa nada. También vamos hacia esa cifra de parados y a escote nada es caro.
El palo del poli-mili somalí, toma ya aliteración, no tuvo peores consecuencias, prueba de que era ajeno a los secuestradores. De otra manera, éstos se habrían enterado de que los españoles pagaban un millón por cada tres rehenes y el rescate se nos habría puesto en 12 millones.
Hoy comparece De la Vega en el Congreso. Como este periódico suele hacer sus preguntas por adelantado para animar el debate y pueden ser aprovechadas por la oposición, voy a echar mi modesto cuarto a espadas en favor del Gobierno. La viceprimera podría encararse a la bancada popular y reprocharles: «Mientras ustedes discuten nuestro prestigio internacional, el Gobierno está trabajando por la imagen de España. Nueve de cada 10 somalíes piensan ya que somos un país de gente muy rica y muy generosa y que merecemos estar en el G-20». De nada, a mandar.
© Mundinteractivos, S.A.
Los obispos y los españoles, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
El Vaticano colocó hace unos años al obispo de Palencia, «un tal Blázquez», en la diócesis de Bilbao: ahora acaba de repetir la jugada con un tal Munilla para la de San Sebastián. Donostiarra, criado en Aizarnazabal, cura en Zumarraga durante 20 años y euskaldun. ¿Loro viejo no aprende a hablar? Pues tomad dos tazas.
La tertulia dominical de la SER abrió el asunto con un corte de Egibar que pareció a todos la mar de divertido: «Más a la derecha de Munilla sólo está la pared». Una contertulia nacionalista, mujer por lo demás instruida, corroboró: «Lo que ha ganado (con este obispo) es el integrismo religioso de cuando Tarancón», quizá pensando en Marcelo González Martín (otro de Palencia) o Guerra Campos, quizá porque no sabe atribuir correctamente a sus autores el grito «Tarancón al paredón». Los hechos como si fueran opiniones, que escribió Hannah Arendt. Remató con una prueba adicional: la única que lo había felicitado fue la presidenta del Parlamento vasco «que es cercana al Opus». El nacionalismo vasco no es vaticanista, como dijo Prieto. Está en guerra con la Santa Sede, porque ésta no le concede el privilegio franquista de presentar la terna.
También el progresismo está arrebatado con la jerarquía eclesiástica por querer excomulgar a los diputados que voten sí a la Ley del Aborto. Uno respeta que los obispos regulen el derecho de admisión, aunque le parece exagerado que un asesino múltiple pueda encontrar el perdón de la Iglesia mediante el sacramento de la penitencia y un diputado que vote a favor de la Ley No se lo diremos a papá sea irremisiblemente apartado del banquete celestial. Lo que no entiende es que tanto ateo esté escribiendo columnas furibundas contra la excomunión, en lugar de decirle a Martínez Camino: «No hace falta que se tome la molestia, monseñor. Ya me excomulgué yo mismo hace la tira», o, alternativamente, «yo también he abortado», que era eslogan de la izquierda hace 30 años.
Los ateos de ahora temen la excomunión y los familiares de los condenados en el Franquismo quieren anular los juicios. Uno tiene entre sus amigos a un superviviente de la pena de muerte impuesta dos veces por un consejo de guerra y no se imagina a Teo Uriarte reivindicando la anulación del Sumarísimo 31/69. Hay condenas que infaman a un régimen, al tribunal y al verdugo, no al reo; un suponer, Julián Grimau. «Un bel morir tutta una vita onora», escribió Petrarca.
Las huellas de los disparos de Tejero en el techo del Congreso son una hermosa cicatriz en la piel de la democracia. Esperemos que a ningún gilipollas se le ocurra revocarlas en aplicación de la memoria histórica.
Sólo los pueblos creyentes blasfeman. Este anticlericalismo nacional-progresista es la confirmación de la sentencia del maestro Camba: «La cocina española está demasiado influida por el ajo y por las preocupaciones religiosas». El español, vasco incluido, es un pueblo que marcha detrás de un crucifijo, ya sea en procesión, ya para tirarlo al agua, tal como resumía la vieja sentencia popular: «No he visto gente tan bruta / como la gente de Alcocer / que echaron el Cristo al río / porque no quiso llover».
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Piratas en Isla Tortuga, de Santiago González en El Mundo
A CONTRAPELO
La confusión sentimental es estado propio de la condición humana sometida a una fuerte tensión. De ahí que horas después de que los 63 secuestradores del Alakrana abandonaran el atunero, los tripulantes y sus familias, los miembros del Gobierno y de la oposición, la opinión pública y también la publicada, tengan la tentación de deslizarse por el sintagma final feliz, en abierta confusión entre la felicidad y el alivio.
Feliz, ¿comparado con qué? Estos 47 días han sido un calvario para las víctimas y sus familiares. También para un Gobierno cuya gestión ha sido la viva imagen de la incompetencia, la descoordinación y las ausencias durante el pasado mes y medio.
Los piratas han ingresado unos cuatro millones de dólares, parte de los cuales serán inversión logística para próximos secuestros. Hace casi tres siglos que Montesquieu, un cadáver exquisito, previó que bienes como la libertad no pueden comprarse, porque quien la vende se encuentra después en mejor posición para venderla de nuevo.
¿Y ahora, qué? «Respetemos la acción de la Justicia», pidió ayer la viceprimera, mientras se aplicaba briosa a cuadrar un círculo tras otro en el nuevo modelo de rueda de prensa del Gobierno: con preguntas, pero sin respuestas.
Lo que pasa es que la petición del fiscal excede muy largamente los cinco años de privación de libertad que la Ley de Enjuiciamiento Criminal, enmendada ad hoc, establece como límite para los juicios rápidos (Ley 38/2002, art. 795). Por otra parte, la retirada de la acusación de asociación ilícita es un imposible lógico, salvo que se acepte que 63 somalíes fuertemente armados se encontraron hace mes y medio por casualidad en la cubierta del atunero. ¿Insistirá la Audiencia en el juicio rápido, habiendo desaparecido el estado de necesidad? ¿Indultará el Gobierno a los dos procesados en virtud del pacto entre caballeros alcanzado con los piratas? Sería extraordinario que Zapatero mantuviera la palabra dada a unos delincuentes cuando la ha quebrado tantas veces en promesas a sus votantes y a sus eventuales socios de Gobierno.
Uno es más partidario del estilo Sarkozy, tan inspirado en Julio César y su aventura con los piratas cilicios, pero el estilo Zp se encuentra más en la tradición mercedaria, a pesar de su laicismo. A la pregunta de si se iba a perseguir a los delincuentes, la portavoz dijo tres veces, tres, que la operación Atalanta tiene como objetivos «luchar contra la piratería y detener a los piratas en flagrante delito». Hubo ocasión de detenerlos in fraganti: durante los 47 días que tuvieron en su poder el atunero y a su tripulación. Ahora no. Descartada la posibilidad de que ella desconozca el significado del término flagrante, cabe pensar que ha perdido todo respeto intelectual hacia la peña.
Los rehenes vuelven a casa; sean bienvenidos. Mientras, los piratas se han retirado a algún Notorious Ranch tercermundista, su particular Isla Tortuga para relajarse. No parece que vayan a sentir el acoso legal que describía el grupo Suburbano en Los delirios del pirata, aquel álbum que tanto le gustaba a Joseba Pagaza: «Esta noche se hace historia./ Hoy se cierra Isla Tortuga./ Después de un tiempo de gloria/ comienza un tiempo de fuga».
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