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Periodismo de opinión en Reggio’s

Una unión fiscal franco-alemana, de Fernando Guirao en Dinero de La Vanguardia

La situación de la zona euro es trágica, esencialmente por la falta de propuestas efectivas para poner fin a la inestabilidad que nos zarandea desde hace meses. Muchos analistas proponen que se emitan eurobonos, mediante los cuales una parte de la deuda soberana amenazada por una prima de riesgo creciente pueda ser compartida entre todos los países miembros del euro.

Otro grupo importante de observadores postula la salida de ciertos países de la zona euro, para facilitar sus recuperaciones mediante la devaluación de una moneda nacional felizmente recuperada.

Otros muchos defienden que el Banco Central Europeo (BCE) se comporte como un auténtico banco central de una unión monetaria, anunciando la compra sin límite de la deuda soberana.

Otros (pocos, por ahora) abogan, simple y llanamente, por la disolución del euro. Y, finalmente, están todas las propuestas de reformas institucionales -que van desde fortalecer el papel fiscalizador de las instituciones europeas existentes a la creación de nuevas instituciones ad hoc- que conllevarían una inevitable y tortuosa reforma de los tratados de la Unión Europea.

Mi posición de partida es la defensa del euro y de la eurozona con la composición y naturaleza actuales, pero no utilizaré este artículo para explicar por qué las propuestas ya conocidas para su mantenimiento no resolverán, en mi opinión, el problema de fondo, que, en definitiva, es la incapacidad de los instrumentos clásicos de la política monetaria y de la integración europea para hacer frente a los fuertes desequilibrios acumulados durante más de diez años de unión monetaria pero no económica.

Ni los eurobonos, ni el BCE, ni la Comisión Europea, ni ninguna otra nueva institución factible en el corto plazo podrán reducir la vulnerabilidad que representa una unión monetaria en la que sus distintas regiones (esto es, países miembros) mantienen trayectorias de divergencia real.

Lo que hoy vivimos es -no sólo pero sí esencialmente- el resultado final del fuerte desequilibrio vivido en la zona euro desde el primer día, provocado por el hecho de que Alemania haya ganado en productividad con respecto a todos sus socios de la unión monetaria, incluidos aquellos países que, como España, crecieron por encima de la media de la zona euro desde 1999. Para cada uno de los países amenazados podríamos presentar numerosas pruebas de comportamientos irresponsables que, sostenidos en el tiempo, les han llevado a la situación actual. Limitémonos al caso más reciente y grave: aún cuando Italia no ha crecido prácticamente nada desde 1999, ninguno de los siete gobiernos que ha tenido el país desde entonces ha sido capaz de iniciar ninguna (¡ninguna!) reforma significativa.

Sólo un crecimiento económico sostenido puede permitir pagar nuestras deudas. ¡No hay otra solución válida en el largo plazo! Ni eurobonos, ni BCE, ni todas nuestras lamentaciones por el tiempo perdido, sirven para ello. Cabe ponernos manos a la obra.

Ha sido precisamente el aumento de las primas de riesgo de la deuda soberana de ciertos países europeos lo que ha llevado a muchos gobernantes a iniciar las reformas que ya eran ineludibles, como digo, mucho antes de la crisis del 2008. No obstante, ningún paquete de reformas, por muy coherente que sea, nos sacará de la crisis actual de la deuda soberana de la noche a la mañana y necesitamos soluciones más inmediatas que generen confianza a quienes nos financian. Sólo un órdago mayor puede tener efectos inmediatos.

A mi juicio, la única vía para escapar del bucle catastrófico que nos está llevando al cuestionamiento del euro radica en la inmediata integración de las políticas fiscal y presupuestaria de Francia y Alemania mediante la creación de un único Ministerio de Economía franco-alemán, la armonización de su fiscalidad, la aprobación de un presupuesto común mediante la sesión conjunta de sus cámaras legislativas y la constitución de un consejo único de supervisión para toda emisión de deuda por parte de las entidades subestatales.

Este paso no requeriría de un refrendo más allá de las fronteras de Francia y Alemania. El arreglo es de conveniencia mutua para ambos gobiernos y sus poblaciones, es perfectamente factible de manera expeditiva, no exige reforma alguna de los tratados de la Unión Europea y pondría fin a toda especulación sobre la viabilidad del euro y sobre el compromiso alemán con la eurozona.

Esta unión fiscal estaría abierta a otros países de la zona euro que aceptaran una soberanía fiscal y presupuestaria compartida. Austria y Holanda se sumarían de inmediato, no cabe ninguna duda. Este grupo reducido de países representa el 58% del PIB de la zona euro (en el 2010), alcanzando el 60% si se sumaran Finlandia y Luxemburgo.

El mero anuncio de la unión franco-alemana pondría fin a toda especulación sobre el futuro del euro (¡y sobre la deuda soberana de Francia!). Una vez consolidado el euro, este conjunto de países podría diseñar los instrumentos para el rescate del resto de los países de la zona euro, que consistiría, en esencia, en ayudas generosas, incluso muy generosas, pero condicionadas a la realización, en un plazo razonable de tiempo (un mínimo de cinco años), de serios y creíbles programas de reforma económica, política y social respaldados por el conjunto de la clase política del país afectado.

Sería necesario contar con un respaldo explícito de una mayoría parlamentaria equivalente a aquella que resultara en cada país necesaria para aprobar las reformas constitucionales. Estas reformas estarían así mejor formuladas y serían mejor comprendidas y aceptadas por las opiniones públicas de los países afectados porque verían en los beneficios asociados a la adhesión al núcleo duro del euro la compensación futura (¡pero no lejana!) a sus sacrificios, lo que, a su vez, salvaguardaría el sistema democrático de las actuales aventuras populistas y tecnocráticas.

La mejor garantía de crecimiento económico, cohesión social y calidad democrática reside en el tipo de política económica que prima en los países fuertes del euro. No obstante, el requisito fundamental para que un órdago de este calibre sea viable es el factor humano: sólo estadistas de talla serían capaces de llevarlo a cabo; confiemos en que Merkel y Sarkozy lo sean.

Necesitamos más Europa, sí, pero siempre que implique cuotas de mayor responsabilidad nacional (gubernamental y del colectivo de los ciudadanos). La historia europea desde la reconstrucción posbélica hasta nuestros días aporta numerosas lecciones que ahora no podemos desatender para diseñar nuestro futuro colectivo. Estas han forjado la estructura sobre la que se basa mi argumento. Explicar con detalle los mimbres históricos del mismo debería ser objeto de otro artículo.

Fernando Guirao. Catedrático de la UPF.

Publicado por Reggio's

27 Noviembre, 2011, a las 7:14 am

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